Safo, la vanidad

septiembre 30, 2009 under Relatos de Historia

A pesar de todo, Safo poseía todas las componentes para ser feliz, era inteligente, constante y además, después de la muerte de su marido, rica, los poseía todos menos uno, convencer a su enamorado Faón de la que la amase. Esta fue su única causa perdida. Y es que Safo, nunca pudo comprender, que aunque puede lograrse casi todo lo que está dentro de nosotros, nunca podemos acceder a lo que está dentro de los demás. Y Faon poseía sus propio sentimientos que nunca la correspondieron.

Hacía ya tiempo que había regresado de Sicilia donde fue desterrada a causa precisamente de uno de sus versos, dedicados al tirano Pitaca, pues el carácter integro de Safo no podía consistir las injusticias que se cometían en su patria y su pluma dulce y apasionada podía ser a veces afilada como un cuchillo y causar heridas profundas y dolorosas. Ahora el tirano había muerto y ella estaba otra vez en Grecia, asomada al luminoso y enorme balcón de su lujosa casa, que se sostenía con columnas blancas de mármol mientras dejaba que los recuerdos volasen libremente

El mar parecía un gran lago ligeramente movido por la brisa que bordaba en sus orillas cenefas de encaje. Safo estaba enamorada de aquel mar que sonreía entre rocas e isletas desde el fondo de golfos y bahías recortadas como por las mágicas tijeras de un dios, de los  ríos que corrían a sumirse en el seno de sus aguas azules, de las muchas penínsulas donde crecían la vid, las higueras, el laurel y el olivo y también de las montañas que salpicaban el suelo de su patria aquí y allá y condicionaban la vida marinera y comunicativa de sus gentes, formando una raza artista, jovial de pobladores de distinta procedencia.

Pero ella ya no se identificaba con ellos porque se sentía muy sola dentro de su lujoso palacio rodeada de esclavos y servidores y ni siquiera la compañía de su hija Cleida la consolaba de aquella sensación de soledad.

Aquel día llevaba un ligero manto echado sobre el hombro que dejaba en libertad el brazo derecho con el que pulsaba las cuerdas de su lira. Aunque rodeada de tan idílico marco Safo se sentía tan triste que de su boca solo surgían cantos melancólicos.

Había inventado una medida métrica de versos completamente personal, diferente de las entonces conocidas pero hasta el momento solo el poeta Alceo, su incondicional enamorado, lo utilizaba… Recordó la carta que éste había hecho llegar a sus manos aquella misma mañana…

 

Mujer de los bucles violetas,

de encantadora sonrisa,

que yo adoro y venero…

un pudor me detiene…

 

Safo había sonreído al leer aquella poesía escrita, sin rima aparente. Estimaba a Alceo por su valía y se sentía conmovida por su ternura y pasión, pero no le podía corresponder y eludía estas tímidas proposiciones ofreciéndole a cambio intercambiar no sus besos, sino sus versos, porque ella solo amaba a Feón, que contrariamente a Alceo no merecía ni uno solo de sus poemas.

Faón era un hermoso y elegante ejemplar de varón, en una época donde la hermosura física del cuerpo humano era admirada hasta extremos inconcebibles. Para él, Safo, morena y pequeñita no era suficiente, pues en su escala de valores la hermosura era mejor que la bondad y la inteligencia y Safo solo poseía la belleza de su genio.

Dejó el arpa a un lado y los melancólicos cánticos quedaron en silencio entre sus cuerdas. Aquella mañana el sol le hacía cosquillas en los ojos y todo lo que la rodeaba estaba tan lleno de vida que parecía advertirla de que ya iba siendo hora de que reaccionase antes de que fuera demasiado tarde.

Pensó entonces que hacía  tiempo que deseaba fundar una escuela de música, danza y poesía que reuniese a un círculo de muchachas nobles como ella,  a quienes no solo se les enseñaría a mover con gracia sus cuerpos, manejar delicadamente los instrumentos y pronunciar con arte las palabras simples de la vida corriente, sino que a diferencia de otras escuelas, se les enseñaría también el arte de amar.

Su ilusión era que ellas nunca llegasen a sumergirse en un porvenir parecido a la mayoría de las muchachas griegas, esposas, valientes madres y amas de casa, pero mediocres compañeras en la cama, que aburrían a sus maridos y eran al final de sus vidas objeto de desprecio. En sus planes, las mujeres serían compañeras iguales a los hombres y les demostrarían con su nivel intelectual que eran dignas de ellos. Quizá, pensaba, si ella misma hubiera sabido antes de casarse lo que ahora sabía, su matrimonio hubiese sido distinto y no se hubiera enamorado de Feón, centrando en él todas sus frustraciones y deseos íntimos insatisfechos

Estuvo dando vueltas y vueltas a aquellas ideas, sin advertir que mientras lo hacia Faón quedaba relegado al olvido y cuando abandonó la gran terraza su semblante era ya muy diferente, como si de repente se hubiera trasformado en una persona distinta. Una gran idea había cobrado vida en su interior y se reflejaba en el brillo de sus ojos iluminados por el sol, su cómplice.

 

El benigno clima mediterráneo favorecía las reuniones al aire libre y la vida política y social de las ciudades griegas. Aquella tarde y bajo los pórticos orientales de la plaza pública se albergaban paseantes y mercaderes. Las casas, mudos testigos de aquella agitación estimulante, eran bellas y armoniosas, porque los arquitectos que las habían creado lo hicieron con cánones y reglas totalmente flexibles, no se hallaba en toda Grecia dos edificios igualmente interpretados.

Fedra, antigua alumna de Safo, estaba frente al balcón abierto y mientras dejaba que una de sus esclavas la vistiese, miraba curiosa todo lo que sucedía en el exterior. Para poder colocarse el peplos, la mujer se situaba en el centro de la ropa plegada en dos partes iguales. Dos broches fijaban la tela en la espalda y mantenían colocado el tejido a lo largo de los brazos, formando verdaderas mangas. La ropa iba ceñida al talle con un cinturón y la esclava tiraba hacia arriba, hasta que la tela llegase hasta los pies, para poder luego marcar otro pliegue mantenido por un segundo cinturón. Finalmente el indumento quedaba listo, en toda su elegancia.

Fedra se miró complacida en el espejo donde su esclava le mostraba su imagen. Aquellos magníficos pliegues que se veían en el tejido habían sido obtenidos marcando los dobleces con las uñas y mojando luego la ropa en un engrudo para después dejarla secar al sol, un largo y entretenido proceso que quedaba recompensado por el efecto estético conseguido.

Peinó los rizos castaños que caían por su frente y mientras se cubría los dos brazos con el himation, se dirigió a una dama que se hallaba oculta en algún lugar de la estancia para decirle.-

.- Vamos a llegar tarde a la ceremonia y no quisiera perderme ni un solo detalle… – y dándose una última mirada al espejo añadió. -¿Crees que llevo demasiados brazaletes y collares?. Quizá me he perfumado demasiado el pelo… no hay que olvidarse de que vamos a la ceremonia  de la  muerte de Safo y no a una fiesta.-

La desconocida interlocutora, mujer elegante como su amiga, se incorporó a su vez haciéndose visible en la habitación -.

.- Dado lo extraño de esta muerte, el templo va a estar más rebosante de curiosos malévolos que de compungidos familiares y discípulos y más va a parecer a una fiesta que a un funeral. Ya sabes el denigrante rumor que se ha levantado entorno a esta muerte. Muchos intentan conservar de Safo una imagen grosera y sensual, de mujer que satisfacía todos sus instintos sexuales con los cuerpos de las discípulas de sus escuelas.-

.- Por eso las mujeres de Grecia han propagado también que se arrojó al mar desde la roca de Leucades, por haber amado a un hombre y verse desdeñada por él.-

.- Pero tú y yo sabemos bien que Safo amaba demasiado a la vida para despreciarla y esta fábula fue inventada por todas las que rehusan pasar por lesbianas.-

Y Fedra añadió levantando un poco la túnica que cubría sus pies para arreglar las cintas de cuero que los cruzaban repetidamente hacia arriba.

.- Mujeres como nosotras, ex- discípulas de sus escuelas.-

.-Sin embargo, sus confidencias sentimentales y explosiones de celos apasionadas muestran los tiernos sentimientos de Safo por sus alumnas.-

.-Oh Cleida, sus poesías contienen algunas alusiones a sus gustos homosexuales, pero tú sabes, que pocos versos indican que Safo deseaba estar físicamente con las chicas que ella amaba tanto. Ni tú ni yo podremos olvidar sus cánticos al Himeneo, sus hermosas imágenes y ante la observación de la naturaleza y sobre todo que intentó colocar a la mujer en el mismo nivel que los hombres.-

.- Pero también sabes querida amiga, que es mejor renegar de Safo que caer en la mala reputación.-

.- Eso siempre.-

.- Fíjate, la plaza ya está desierta.- dijo Fedra asomándose al balcón abierto.- todo el mundo debe de estar ya en el templo.-

.- Vamos, al fin de cuentas, donde Safo se encuentra ahora debe de serle muy indiferente lo que los humanos piensen de ella.-.

.- Y lo importante es que sus versos seguirán en la boca de la gente a través de las generaciones, quizá no se conozca cual fue su vida, perdida entre la leyenda y la historia, pero cuando todos nosotros estemos olvidados, ella seguirá siendo recordada.-

 

El templo no estaba rodeado de viviendas, sino aislado de la población y situado sobre un alto cerro que dominaba la ciudad. En realidad el monte entero era una ciudad sagrada. Se necesitaba media hora de andar para recorrer el camino que facilitaba la ascensión al templo, alzado sobre una prominencia en forma de terraza y rodeado de muros que facilitaban el acceso. La entrada era monumental y sobre ella, cubierto por tejas multicolores se levantaba un frontón triangular decorado con ricas esculturas y cubierto por tejas multicolores. Sin embargo y a pesar de la apariencia, los templos griegos eran siempre pequeños, pues raramente constituían lugar de reunión sino la morada de dios.

El vestíbulo, se encontraba ya abarrotado cuando Feón se abrió paso a duras penas entre la muchedumbre hasta el santuario en el que se encontraba la estatua de Afrodita. Al fondo de la cámara y en la penumbra, pues la luz no penetraba más que por la puerta, aparecía la estatua del culto, aquello le impedía ver el rostro de la diosa, pero tampoco dejaba ver el suyo a los demás evitando así ser reconocido por la gente.

La silueta de Afrodita era gigantesca y los visitantes sentían una fuerte impresión de presencia divina  a su lado. Al gentío le estaba vedado acceder a la cámara posterior, en la que se guardaba el tesoro y las ofrendas y apenas había si un pequeño espacio donde colocar a tanta humanidad.

Feón contrariamente a la mayoría de sus conciudadanos, llevaba el pelo largo y la barba ya un poco canosa, corta y cuidada. Aunque, como todos, se envolvía el cuerpo con el himation, para diferenciarse de los demás él lo usaba sin ropa debajo, ciñendo la prenda fuertemente contra su cintura y combinándola con un largo pliegue que apenas encubría su bien formado cuerpo.

Era atractivo y elegante pero aunque le gustaba enormemente llamar la atención, aquel día prefería pasar desapercibido, sabía que su imagen despertaba los sentimientos más encontrados y no quería arriesgarse a salir mal parado. Sin embargo no podía perderse aquel acontecimiento. Siempre había correspondido a los requerimientos de Safo con la mayor indiferencia, pero debía acudir a su funeral, aunque solo fuera para comprobar por si mismo como una criatura tan físicamente insignificante como la poetisa, había llegado a semejante altura.

Esperaba que Afrodita le diera una respuesta a su pregunta. Ella era la diosa de la belleza y del amor, reinaba sobre los vientos y las olas porque había nacido de la espuma del mar, los poetas la pintaban como la más bella y hechicera de todas las diosas, cuyos encantos no podía resistir ni el hombre más austero… pero quizá ni la misma Afrodita podría resistir los suyos y se sinceraría con él, quizá le revelaría el secreto del triunfo de una mujer como Safo, que no era hermosa y por que él, Feón, que poseía aquel don divino, no había alcanzado la gloria.

En aquel momento por la puerta penetró un rayo de potente luz que iluminó el rostro de la diosa como si fuera dedicado expresamente a él, entonces una mujer lo reconoció y gritó: !Es Feón, el enamorado de Safo…

Todos los que estaban a su lado se giraron hacia él y lo miraron, y otra mujer añadió después… Que hermoso es… y una tercera… y que alto y que fuerte… También un hombre joven exclamó: !Y que elegante!…

Feón se sintió tan halagado que se olvidó de mirar a Afrodita y sonrió a todos con una mirada preñada de felicidad. Cuando las voces se acallaron, recordó sus propósitos, pero el último rayo de la tarde había desaparecido ya tras las montañas y el rostro de la diosa volvió a sumirse en la oscuridad.

Feón abandonó el templo sin haber hallado la respuesta que había venido a buscar y siguió viviendo tal y como había hecho siempre, en la ignorancia de la verdadera belleza.

Quizá había tenido una oportunidad de descubrirla, pero su propia vanidad se lo había impedido.

 

ALTEA, la madre

septiembre 20, 2009 under Relatos de Historia


A L T E A, La Madre

 

Esparta, 700 a. C.

 

a madre miró a su hijo recién nacido con ternura y dolor. Su destino había sido trazado desde el momento de su concepción. Había nacido para ser soldado, seria educado para servir al ejército, austeramente, dentro de la más rígida disciplina y fuera del hogar, como todos los niños de Esparta y al ejército pertenecería, desde la infancia hasta la muerte, tal como mandaban las leyes del país.

Altea no había nacido allí. Sus padres eran Ilotas, nombre con el que los espartanos denominaban a los pueblos sometidos. Su familia poseía un pedazo de tierra, fértil y próspera, que cultivaban con gran amor y dedicación, ya que de la tierra dependía su subsistencia.

Recordaba vagamente a sus padres y a su hermano Zores, compartiendo los cuatro una vida sencilla, aunque de eso hacía ya mucho tiempo, cuando su pueblo era libre y no tenía que dar a los conquistadores la mayor parte de sus ganancias. Altea era entonces casi una niña que corría descalza por los montes, siempre verdes, que rodeaban su hogar. Nunca había vivido fuera del valle ni se había separado de sus padres, hasta que conoció a Psistrates, aquel día fue arrebatada a la fuerza por unos soldados crueles montados a caballo y su familia despojada de sus tierras. A partir de aquel momento ya solo trabajarían para Esparta, no en condición de esclavos, pero si como vencidos de guerra y ella no volvería a ver más a los suyos.

Miró a su pequeño hijo y deseó que sus padres estuvieran allí para compartir su felicidad. Se sentía muy sola. Nunca había amado al hombre que la arrebató de su hogar, pero había permanecido junto a él porque le temía y le había dado hijos y a ellos si los había amado.

Ahora ninguno de sus hijos estaba a su lado y cuando los veía, en las escasas ocasiones que el ejército les permitía visitarla, ya casi no los reconocía, habían cambiado mucho, sus modales eran diferentes y les avergonzaba que ella les acariciase el rostro o les diese un beso en la frente.

- Esas son cosas de mujeres. Decían rechazándola, y Altea se sentía infeliz. Tampoco Psistrates, su marido, estaba con ella.

Hacia ya cinco años que Esparta había declarado la guerra a Atenas y la pocas veces que volvía a casa era para dejarla embarazada de un nuevo hijo que perdería irremisiblemente después. Sí, se sentía terriblemente sola y aunque siempre había tenido miedo a huir, por primera vez deseaba rebelarse contra un destino que no comprendía.

Volvió a mirar a su hijo y pensó que pronto dejaría de ser suyo para pertenecer a otros. Apretó contra sí el pequeño bulto de carne caliente y decidió que esta vez sería ella quien manejaría los hilos de su propia vida.

Cuando se sintió suficientemente fuerte se dispuso a emprender el largo viaje. No había visto a Psistrates en mucho tiempo y ni siquiera sabía si volvería a verle, pensó que a él solo la unían sus hijos y como a éstos ya los había perdido, ya nada la retenía allí.

Miró su casa por última vez. El rey de Esparta había prohibido todos los adornos en las viviendas de sus súbditos, solo dejaba atrás unas paredes vacías y tristes, la única alegría de su vida la llevaba entre sus brazos.

Era de noche cuando comenzó a andar con su hijo apretado contra su pecho envuelto en su túnica a modo de cuna. Había cubierto su cabeza para el viaje y sus rizos de color castaño asomaban cayendo por su frente, enmarcando un rostro delgado y pálido. Sólo disponía de unas cuantas monedas que su marido le dejó y algunas provisiones para el camino, pensó que la gente la tomaría por una mendiga y así, cuando tuviese hambre, pediría limosna mientras su hijo bebería de la leche de su pecho.

Apenas recordaba como ir a la casa de sus padres, pero confiaba en su intuición y en que los dioses la guiarían. Caminaría siempre de noche y durante el día se escondería entre los matorrales del campo, así no despertaría sospechas y evitaría a los soldados que custodiaban los montañosos caminos y organizaban cacerías de esclavos.

Tras algunos días de andar Altea se sentía desfallecida de hambre y de cansancio. Alguna alma buena se había compadecido de ella y de su hijo y le había dado de comer y de beber, pero el camino era largo y las noches frías, sus sandalias estaban destrozadas y los pies comenzaban a sangrarle, la espalda se le curvaba por el peso del niño y los huesos le dolían de dormir en el suelo.

Cuando ya pensaba que no llegaría nunca a su destino y ambos no sobrevivirían al esfuerzo, la casa de sus padres se alzó delante de sus ojos. Altea casi no podía dar crédito a lo que estaba viendo, la alegría dio fuerza a sus pies y apenas pudo llegar a la puerta para desplomarse en el suelo sin sentido.

Cuando abrió los ojos, un hombre la miraba con atención. Buscó a su hijo con angustia, pero se tranquilizó al ver que éste dormía plácidamente a su lado. Poco a poco reconoció al hombre como a su propio hermano Zoes, había cambiado mucho pero sus ojos eran los mismos de siempre. Él también pareció reconocerla y ambos se abrazaron estrechamente.

Altea pasó allí un tiempo con la familia de su hermano. Sus padres habían muerto y pronto se dio cuenta de que la mujer de Zoes no la quería. Su cuñada tenía miedo de Psistrates, si su marido iba a buscarla allí y la encontraba todos morirían por haberla encubierto. Tanto presionó a su hermano, que éste, con lágrimas en los ojos tuvo que pedirle que se fuera.

El día antes de su marcha, Altea no durmió en toda la noche. Sabía que no podía volver a su antiguo hogar, quizá Psistrates habría vuelto del campo de batalla, regresar era demasiado expuesto, si él había descubierto su huida no le perdonaría haberle abandonado y la mataría con su propia espada. No podía arriesgarse.

Tenía que tomar una decisión y decidió que dejaría a su hijo con su hermano y su mujer, así el niño tendría la oportunidad de criarse libre como un Ilota y quizá algún día podría volver a buscarlo. Emprendería el camino sola, hacia lo desconocido.

Por la mañana temprano Altea abandonó la casa sin mirar atrás. Había dejado al niño durmiendo, junto a los otros hijos de Zoes. No había querido volver a mirar su carita.

Pensó que al menos él no seria soldado como los otros hijos y se criaría feliz en aquella casa. Pensó también que habiéndolo querido tener para ella sola lo había perdido del todo. Pensó que aquello había sido un castigo a su propio egoísmo. Pensó muchas cosas mientras caminaba sin saber a donde se dirigía y ensimismada en sus pensamientos, se encontró en la cumbre de una montaña. Se dio cuenta de que no era ella quien guiaba sus pasos sino que ellos la habían conducido hasta allí. Miró frente a sí y vio un enorme precipicio que se abría ante su vista y ya no pensó mas…

A la luz del amanecer su figura pareció un pájaro sin alas volando desde la cumbre hasta el abismo, mientras caía, pensó que eso era exactamente lo que era.

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No paran de llegar nuevos relatos

septiembre 9, 2009 under Relatos de Historia

Hasta yo me he animado y he colgado mi pequeño relato. Gloria está lanzadísima, ya nos ha enviado otros dos, si es que no para.
No os podéis perder el recorrido por la historia de la humanidad al que nos invita Gloria Corrons con sus fantásticos relatos cortos.
Los últimos relatos de Gloria se llaman Aran, la familia y Assur, la crueldad
Por mi parte he iniciado un relato que va a tener continuidad en otros episodios posteriores, Eleonor, diario de una hereje.
Se trata de una historia que está enlazada con otros relatos que están circulando por ahí y que un día de estos recopilaré todos juntos en este sitio.
Desde aquí quisiera animaros a todos los que os sintáis inspirados para que nos mandéis vuestros propios relatos, ello dará más vivieza y actualidad a esta Web.

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Assur, la crueldad

septiembre 9, 2009 under Relatos de Historia


A S S U R,   La Crueldad

Los Asirios, Mesopotamia, 715 a. C.

 

 

ssur se había dejado arreglar cuidadosamente la barba aquella noche. Apala, su esclava favorita, había dedicado horas enteras a rizársela para que hiciese juego con su cabelloy la había cortado un poco en sus puntas para que el conjunto resultase simétrico. También había empleado un tiempo especial a su túnica que caía en forma de espiral a lo largo de su cuerpo fornido y que estaba adornada con bordados procedentes de Babilonia y le había ayudado a sujetársela por encima del hombro izquierdo sobre la espalda para atarla de nuevo con el cinturón dejando el brazo derecho libre, tal y como era la costumbre de la corte.

Se miró en la superficie del espejo y aprobó su aspecto. Aunque se había coloreado las mejillas y oscurecido las cejas con tinte negro, nada de esto le restaba aspecto varonil. Los brazos estaban cubiertos con brazaletes de oro, los pies con ajorcas de plata y la frente ceñida con una diadema de piedras preciosas. Su esclava había hecho un buen trabajo, quizá aquella noche seria compasivo con ella y la dejaría dormir en su cama.

La había estado observando cuando le maquillaba y le vestía, no tenía  buen aspecto, el dormir al raso en las crudas noches de invierno de aquel país abrupto la había envejecido, debería pensar en cambiarla por otra más joven y más fuerte, quizá a la próxima la alimentaría mejor y le daría algo mas que los restos de su propia comida, así duraría mas tiempo hermosa y fresca, pero aquella noche dormiría con ella, sí, le concedería el favor de la última noche, después la haría degollar como a todas las anteriores, no podía consentir que nadie mas disfrutase de su cuerpo una vez él lo había poseído.

Dejó que Apala le ciñese las sandalias a los tobillos y le colocase en la mano el bastón acreditativo de su rango con el sello donde estaba labrada la marca de los Sarcoditas, la dinastía más temible y sanguinaria que jamás existió a lo largo de la historia.

Assur estaba orgulloso de ser asirio, cierto era que su país estaba situado en la región más pobre del valle que se extendía entre los ríos Tigris y Eufrates, pero sus tropas habían sabido dominar a los pueblos de Mesopotamia y Caldea que ocupaban los lugares más fértiles, deportando verdaderas masas humanas entre los sometidos o esclavizándolos aunque sin asimilar para nada su cultura y sus costumbres, simplemente sometiéndolos para su provecho. Las brutalidades cometidas tras las batallas con los prisioneros de guerra, las aceptaba no como algo que debe ocultarse por vergüenza, sino como algo de que jactarse.

Antes de abandonar la lujosa estancia para encaminarse al templo, miró a Apala por última vez, aún despertaba su instinto sexual a pasar de su aparente deterioro. Pensó en poseerla en aquel mismo instante, pero prefirió reservarlo para la vuelta de la ceremonia sagrada.

Ella le miró con sus grandes ojos oscuros muy abiertos, llenos de una ambigüedad extraña, algo parecido al amor y al odio al mismo tiempo y al captar aquella expresión sintió unos feroces deseos de amarla y hacerle daño a la vez. La agarró con fuerza por el largo cabello negro que caía lacio y sin brillo sobre la cintura desnuda hasta arrancarle un mechón de ellos, la mujer se plegó sobre si misma y gimió quedamente, con fiereza se abalanzó sobre ella y la poseyó de un modo brutal, dominado por un instinto irreprimible, después la apartó de su lado y pensó que era absurdo esperar más, desenvainó su puñal y lo clavó con frialdad en el vientre de la mujer que cayó al suelo mientras la sangre que manaba de su herida mortal manchaba sus ropas destrozadas.

Después volvió a contemplarse en el espejo y sin ningún tipo de remordimiento arregló su túnica y abandonó la estancia sin volver a mirar una sola vez el cuerpo tendido sobre el suelo que se desangraba poco a poco.

En el templo le aguardaba su corte, los sacerdotes y los guerreros. Subió con majestuosidad los siete cuerpos de distinto color que representaban el sol la luna y los cinco planetas conocidos hasta llegar a la cúspide donde se guardaba la imagen del dios. Los toros halados con cabeza humana parecían mirarle desde las paredes con fiereza, erguidos sobre sus cinco patas, de las cuales, de perfil solo se veían cuatro.

Sabía que su vida y su muerte dependían de los astros y su futuro seria leído en las entrañas de la víctima que debía inmolarse aquel día para aplacar la furia de los dioses. Las entrañas de su peor enemigo. Su propio hermano.

Esperó a que éste fuese sacrificado y mientras veía la sangre correr delante de él y las manos del sacerdote extraían el corazón y se lo mostraban, pensó con lujuria, mientras observaba a una de las mujeres de su séquito, que aquella noche dormiría con ella.

 

 

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Aran, la familia

septiembre 7, 2009 under Relatos de Historia

 


A R A N, La Familia

Los Fenicios, Mediterráneo oriental, 1.000 A. C.

cababa de anclar la nave y los navegantes comenzaron a preparar el desembarco a tierra de las mercancías obtenidas durante el largo viaje. Traían telas, alfombras y perfumes de Arabia, cereales de Egipto, cobre de Chipre y otros metales, además de frutas, vino, pescado y aceite que habían intercambiado por los productos de su propia industria con otros pueblos.
Aran era un hombre alto y fornido ya entrado en la cincuentena que aún conservaba toda la fuerza y el empuje de los años de juventud. Siempre había sido navegante, como la mayoría de los hombres de su tierra y toda su vida era el mar. El mar sabía de sus más íntimos secretos. A él le había confesado incluso lo inconfesable y aunque amaba tiernamente a su mujer, Sila, el mar lo conocía incluso más que ella, más que nadie en el mundo. Cada retorno era una alegría y una tristeza para él y ambas se mezclaban de un modo inseparable la una de la otra. La alegría de volver a casa con los suyos, la tristeza de dejar el mar.

Aran, descubrió el rostro de su mujer y su hijo entre la multitud que aguardaba impaciente a los marinos. Pudo distinguir claramente los dos pares de pupilas oscuras y brillantes que escudriñaban la cubierta, tan parecidas entre sí y una punzada de orgullo atravesó su alma. Verdaderamente era un hombre afortunado, poseía todo lo que un ser humano puede desear: el amor de una buena y hermosa mujer, un hijo sano e inteligente y un barco que le aguardaba fielmente anclado en el puerto para llevarlo a recorrer los senderos del mar, su segunda enamorada.

Ya en tierra los abrazó con fuerza y sus brazos parecieron lo suficientemente largos como para abarcarlos a los dos. Enjugó con sus labios las lágrimas que resbalaban por la cara de Sila y jugó con los ensortijados cabellos negros de su hijo adolescente, observó que Uri estaba ya casi tan alto como él, en un par de años más le sobrepasaría en estatura, crecía aprisa, pero su rostro conservaba aún el candor de la niñez, cada separación le deparaba una sorpresa…

La ciudad de Tiro se erguía hermosa y llena de vida, enfrentada al puerto que bullía de agitación. Le esperaba una merecida jornada de descanso entre los suyos y estaba deseando llegar a casa.

Mientras los tres caminaban muy juntos a través de la muchedumbre, Aran fue dejando atrás el mar y con él se quedó anclada su nostalgia, pero él sabía que ésta era pasajera, pronto volvería a sentir su llamada y volvería a embarcarse con el corazón dividido pero feliz.

Los días pasaron veloces en el hogar de Arán, confortablemente construido para él y su familia. Todo parecía estar en calma y desarrollarse satisfactoriamente. El último viaje había sido muy productivo y las arcas del marino habían aumentado considerablemente.

Aquella noche, como todas las noches, se encontraron ambos esposos en la alcoba. Hacía mucho calor y la piel de Sila brillaba desnuda sobre el lecho. Él la observaba en silencio y pensaba que casi no había cambiado. Continuaba siendo delgada y flexible como cuando era muchacha y sus menudos pechos se agitaban rítmicamente al compás de su respiración. Ávido de ella, acarició las largas piernas con sus fuertes manos que sabían poseer el don de la dulzura, sin embargo, Sila las detuvo antes de que alcanzasen el objetivo deseado:

- Aran, tengo miedo.

Aquella frase inesperada le sorprendió hasta el punto de enfriar completamente su deseo.

-¿Miedo?, exclamó a su vez.- ¿Y por qué?-

- Acabo de tener una terrible pesadilla y me siento intranquila… Una desgracia va a caer sobre nosotros-

- Somos una familia unida, que se quiere y es feliz. ¿Qué es lo que puede ocurrir?

- No lo sé, pero sé que algo ocurrirá, una voz me lo ha dicho mientras dormía.

Aunque intentó que su mujer se calmara, se sintió inquieto, conocía la clarividencia de su esposa y sus presentimientos se acostumbraban a cumplir. Era ya muy entrada la mañana cuando concilió el sueño.

La ciudad se despertó también inquieta. Baal, el dios de los fenicios a quien ninguno osaba llamar por ese nombre, sino Señor, estaba indignado contra su pueblo y clamaba venganza. Alguien había entrado en el Templo Sagrado y había ultrajado su culto. Los sacerdotes debían reunirse con urgencia y darle una satisfacción inmediata por aquella injuria, antes de que éste se vengara de todos ellos de un modo terrible.

Cuando Aran se enteró de lo sucedido, comprendió que aquello era la clave que descifraba el mensaje de los sueños de Sila. Ambos esposos esperaron atentos la decisión de los sacerdotes reunidos en la casa del señor Baal. Conocían las leyes. Aran miró por la ventana y vio a su hijo en el jardín que se entretenía jugando a pelota, totalmente ajeno al destino cruel que, como una araña monstruosa, tejía una amenazadora tela a sus espaldas para atraparle. La juventud desbordaba en su bien formado cuerpo y pensó que no era justo aceptar la ley, pero no sabía como evitarla. Si lo ocultaban los soldados lo buscarían hasta encontrarle y entonces el sacrificio se extendería a él mismo y al resto de su familia.

Un griterío le sobresaltó. La ley se había proclamado y el llanto de las mujeres y las protestas de los hombres llenaban las calles. No había tiempo para pensar, se precipitó al jardín y cogió a su hijo de la mano. Ambos salieron a la calle seguidos de Sila, no sabían a donde se dirigían pero ninguno quería separase del otro, el destino de uno sería el destino de todos.

Corrieron hasta llegar al puerto, Aran miró a su barco anclado que parecía estar siempre aguardándole, bellísimo, de formas redondeadas y de altos costados. Contempló su casco construido con madera de cedro del Líbano y su quilla que se prolongaba a proa en un mascarón representando la cabeza de un caballo pintado de rojo, con dos piedras de color verde incrustadas a modo de ojos. Una galera ágil y ligera, apta para remontar ríos y adentrarse en las bahías de las ensenadas poco profundas. Frente a ellos se extendía el mar. Le pareció que ahora era la ocasión de unir sus dos grandes amores para siempre.

Subieron los tres al barco solitario y Aran soltó amarras. La ciudad fue quedándose atrás lentamente, al cabo de pocas horas navegaban en alta mar. Entonces, advirtió con su agudo ojo de marino dos pequeños puntitos sobre las olas que a medida que se acercaban, iban agrandándose. Enseguida se dio cuenta de que les seguían. Intentó aumentar la velocidad de su nave, pero el viento no le era favorable y tres tripulantes no podían remar con rapidez.

Poco a poco, los perseguidores iban ganándoles terreno y fueron haciéndose visibles las velas a cuadros, que usaban los grandes y pesados galeones fenicios. Comprendió que no podrían escapar. Entonces, dejó de remar y miró a su mujer y a su hijo que también le miraron expectantes, se levantó y los abrazó estrechamente como el día que llegó de su largo viaje. Sin pensarlo ni un minuto, con los mismos brazos poderosos que los abrazaba, los arrojó a la profundidad del agua, lanzándose después tras ellos. En pocos segundos, el mar los envolvió dulcemente con su manto azul. 

Mientras las últimas burbujas de su aliento subían a la superficie, los soldados del rey recorrían las calles de la ciudad de Tiro y sacaban a la fuerza de las casas a todos los hijos primogénitos para llevarlos al sacrificio.

El último pensamiento de Aran fue que, aunque el señor Baal había intentado separarlos, el mar, su viejo amigo, los había reunido para siempre en la profundidad de su seno y allí reposarían los tres juntos para siempre.

 

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Novedades primera semana septiembre

septiembre 3, 2009 under Especial Aula Magna

Hola amigos y amigas, estrenamos esta nueva categoría de Especial Aula Magna, en la sección Aula Magna, con algunas de las novedades editoriales que nos ha traido este recién inaugurado mes de septiembre.
Este otoño promete, las editoriales han preparado muchas novedades y nos encontraremos con muchos libros interesantes, bastantes libros buenos e, incluso, algún libro muy bueno, hasta puede que aparezca alguno de excelente.
Esperemos que disfruteis de la lectura y que seáis generosos, comprando alguno de estos libros que os apetecen a través de nuestro enlace a la Casa del Libro, a vosotros os va a costar lo mismo y contribuiréis al mantenimiento de este sitio.
Gracias anticipadas.

 

Nuevos relatos

septiembre 3, 2009 under Novedades


Tenemos tres nuevas historias en la sección de relatos, dos en los relatos de historia y uno en los relatos de catarismo.
No dejeis de leerlos y dejar vuestros comentarios, sus autores esperan vuestra opinión, vuestros ánimos o vuestros consejos.
También queremos animaros a que enviéis vuestros propios relatos.
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Eleonor. El diario de una hereje

septiembre 3, 2009 under Relatos de catarismo

Hola. Me llamo Eleonor y empiezo a escribir en estas hojas para practicar el arte de la escritura, que me ha enseñado mi tío Benaset.

No se porqué he escrito hola al principio, supongo que será porqué pienso que algún día alguien, que no sea yo misma, lo va a leer.

Estoy nerviosa, no se por donde empezar.

A lo mejor por el principio.

Si, contaré quien soy, así, si de verdad alguien lo lee algún día, sabrá algo de mí.


Nací en la ciudad de Béziers, hace 16 años, y este año, dice mi tío, que es el año 1225 de nuestro señor.

Hablo de mi tío porque no tengo padre, él murió poco después de nacer yo y mi tío ha sido como mi padre.

Mi madre es panadera y, hasta hoy, vivíamos en la misma casa donde mi madre vende el pan. Digo hasta hoy, porqué yo ya no voy a vivir con ella, hoy es mi primera noche en la nueva casa.

Mi tío vive unas cuantas casas más arriba, con mi tía Jacqui, que es la hermana de mi madre y mis primos Peire y Francine.

Mis primos se llaman igual que mis padres. Él también se llamaba Peire, aunque como era franco le llamaban Pierre, y por eso pusieron ese nombre a mi primo. Mi madre también se llama Francine, pero a mi prima la llamo Francis, aunque a ella no le gusta y solo me lo permite a mí.


Hoy estoy muy contenta, ha venido el Obispo Gilabert y todos lo hemos celebrado, pero la más feliz he sido yo, porque me ha dado el Consolhament.

Ha sido muy emocionante, estábamos todos reunidos en la nueva casa de la Gleisa de Dieu y el Obispo nos ha dirigido un sermón.

Después, con los hermanos y hermanas mayores, hemos entrado en una gran habitación todos los postulantes, dos chicos y tres chicas.

La habitación estaba oscura, pues no tiene ventanas y los hermanos mayores han encendido las velas, mientras el Obispo preparaba el ritual.

Cuando las velas han iluminado la estancia he visto al obispo que estaba delante de una mesa poniendo un libro sobre algo de metal que parecía un plato y después le ponía una tela encima. Después hizo lo mismo con otros cuatro libros, eran los libros sagrados que nos iban a entregar a los postulantes.

En el suelo había pintado un enorme círculo. Raimonda una de las hermanas mayores me ha cogido de la mano y me ha hecho poner dentro del círculo, he sido la primera en empezar la ceremonia.

Raimonda es una gran amiga de mi madre y me ha estado enseñando las escrituras, junto con mi tío. Ella es, a partir de hoy, mi hermana mayor. Siempre tengo que acompañarla y solo ella me instruirá a partir de hoy.


Una vez dentro del círculo los hermanos y las hermanas mayores también han entrado, junto con el Obispo, haciendo un círculo alrededor mío. El obispo llevaba el libro tapado en la mano y se lo ha dado a Raimonda.

Entonces el Obispo me ha preguntado si quería hacer el Melhorament y yo le he dicho que si.

Antes de hacer el Melhorament he tenido que hacer el Servisi y para ello me he postrado de rodillas en el suelo, con la cabeza agachada, contando mis faltas.

Cuando he terminado el Obispo me ha hecho las amonestaciones. Ha sido algo especial, parecía que mi vida cobraba una nueva visión, era una sensación de relajación, como si acabase de descargar un saco de harina y quitarme el peso de encima.

Al terminar el Servisi y la amonestación, el Obispo, en nombre de Dios y de su Iglesia me ha concedido el perdón por mis faltas.

Después, mientras el Obispo y los hermanos mayores iniciaban el cántico de las Germanas de Dieu, he realizado las tres postraciones para mi Melhorament.


Uno de los momentos más emocionantes ha venido a continuación, cuando el Obispo ha iniciado la Tradició dei Llivre. Raimonda ha alargado los brazos con el libro en sus manos, yo he puesto mis manos encima de la tela, y el Obispo me ha preguntado si iba a seguir las enseñanzas del libro y compartirlas con el resto de los hombres y mujeres que Dios pusiese en mi camino. Entonces yo he tenido que responder la frase que Raimonda me había enseñado para ese momento – En el nombre de Dios y su Iglesia me comprometo a seguir fielmente las enseñanzas del Nuevo Testamento, a compartirlas con todos los hombres y mujeres que Dios ponga en mi camino y defenderlas hasta el fin de mis días aunque ello me cueste la vida. – Después de lo cual el Obispo y todos los demás han respondido – Que así sea.

Aunque el libro ya era mío, lo iba a conservar Raimonda hasta el fin de la ceremonia, pues no podía tocarlo con mis manos hasta recibir el Consolhament.

Después el Obispo me ha dirigido un sermón sobre la Trinidad y como la tenemos que ver en nuestra Iglesia y, a continuación ha iniciado la Tradició de l’Oració.

Con esta Tradición el Obispo me ha transmitido el Pater Nostre, la oración que Jesucristo nos dejó como legado a los hombres.


Ya solo quedaba el final, el Consolhament, la parte más emotiva de todas.

Estaba tan emocionada que casi me sentía fuera de mi cuerpo, como si mi cabeza estuviese flotando y mirando la ceremonia desde fuera del círculo.

El Obispo ha destapado el libro, lo ha cogido y lo ha puesto encima de mi cabeza, mientras yo seguía arrodillada.

Todos han puesto la mano derecha sobre el libro, el Obispo y los hermanos y hermanas mayores, y han empezado las recitaciones. Primero el Benedicte, después tres veces el Adoremus y, para terminar, siete Pater Noster. Antes de dar por terminado el Consolhament, el Obispo ha leído el principio del Evangelio de San Juan.

Al final, el Obispo me ha quitado el libro de la cabeza, me he puesto de pie y me ha entregado el libro, ahora ya podía tocarlo con las manos, ya me había consolado. Mientras sucedía todo esto, todos juntos cantábamos el Tots som de Dieu.

Después, como una hermana ya consolada, me he incorporado al círculo para dar paso al siguiente postulante. Uno tras otro, con todos ellos hemos repetido la ceremonia y cada uno de ellos, una vez consolado, se incorporaba al círculo. Solo Anhês se ha quedado sin participar en una ceremonia de Consolhament como hermana, al ser la última en ser consolada.


Después de apagar las velas hemos regresado a la sala principal, donde nos esperaban los familiares y amigos, con los otros seguidores de la Gleisa de Dieu, para celebrar nuestra incorporación a la orden.

Mi madre me ha dado entonces mi zurrón, con mi túnica de repuesto, y he puesto dentro, con mucho cuidado, el libro. Me sabía mal porqué ella se iba a quedar sola en casa, yo me quedaba a vivir en la casa de la Gleisa de Dieu, con Raimonda, las otras hermanas mayores y Anhês y Guiraudeta, las otras dos postulantes que también han recibido hoy el Consolhament. Los otros dos chicos que también lo han recibido se han trasladado a vivir a la otra casa, donde están los hermanos mayores.


Acaba de entrar Raimonda en mi celda, me ha dado las buenas noches y me ha avisado que la vela se está terminando, así que me voy a dormir, espero poder continuar mañana. También me ha dicho que me va a dar más hojas para que pueda seguir escribiendo, le ha gustado la idea de que escriba lo que me ha pasado durante el día.