CONFUCIO, La Enseñanza

noviembre 8, 2009 under Relatos de Historia
La naturaleza no fue pródiga en cambio con su cuerpo terrenal, ya que su aspecto era un tanto cómico. Tenía una nariz de anchas aletas acampanadas, los ojos oblicuos, la cabeza con una protuberancia en la parte superior y la barba y los bigotes le colgaban de la cara en tres grandes flecos. Sin embargo era un hombre de complexión vigorosa y aventajada estatura, que solía cubrir con una vestimenta que recordaba el kimono de los japoneses.
Confucio aprendió a cantar y a tocar el laúd y la cítara desde niño, llegando a ser un músico inspirado. Se casó muy joven y se dedicó a vivir una vida privada y tranquila hasta su madurez, entonces quiso hacerse experto en lo relativo a las reglas que regían el ceremonial de la música y abandonando la pequeña provincia donde había nacido, se trasladó a la capital con el fin de ampliar sus estudios. Allí tuvo que ganarse la vida dando clases, pero solo recibía honorarios de la gente con recursos; a los que no tenían dinero les enseñaba gratuitamente, porque nunca ambicionó la riqueza y el poder, ya que no creía en la aristocracia de la sangre y afirmaba que, por naturaleza, todos los hombres son iguales.
En una de sus clases conoció a la joven Li Che Ti. Sus padres la llevaron ante él atraídos por su fama de músico y maestro en el arte de la etiqueta. La niña contaba tan solo 10 años de edad y era la primera vez que se la permitía salir de la casa paterna. Tenía un rostro de marfil enmarcado por negros cabellos sueltos a ambos lados de las mejillas y sus pies habían sido reducidos a tres pulgadas, como indicativo de que su poseedora no había nacido para el trabajo. Aquello era considerado como algo de suprema elegancia entre las nobles familias chinas, ya que la reducción de los pies sólo afectaba a una de cada cinco hijas de familia y a ella le había  tocado el honor de ser la quinta. Un honor que había supuesto para la niña haber sido sometida al tormento de unos vendajes compresores que provocaban a veces no sólo una simple atrofia, sino la rotura de los dedos Todo este proceso no estaba destinado a las mujeres de humilde cuna, que sólo se libraban de semejante suplicio para ser convertidas en verdaderas bestias de labor por sus maridos.
Su enseñanza con el maestro duró varios años. Al llegar a la adolescencia, la joven peinaba sus cabellos en una larga trenza que llevaba recogida sobre la cabeza como signo de haberse convertido en una mujer. Y a los quince años, cuando se prometió con Yu Fu Hag, adoptó una aguja de plata sobre su peinado, lo que equivalía al símbolo de prometida.
Entonces Li Che Ty ya sabía, porque así se lo habían enseñado, que la estima que su futuro esposo le dedicaría en su matrimonio estaba en funciones del tamaño de sus pies y que nunca debía hablar de ellos ni mostrarlos delante de otra mujer. Tampoco los necesitaría para caminar, puesto que una vez casada y después de un necesario aprendizaje en el arte de hilar, tejer y bordar, algo de música y el ceremonial tradicional de las costumbres de sus antepasados, sólo saldría de su casa previo consentimiento de su marido para visitar a una amiga o a sus padres  conducida siempre en un recatado palanquín.
Su futuro esposo probablemente contraería matrimonio con cuatro o cinco esposas más, pero ella seria la preferida entre todas, las otras adaptarían zapatos muy elevados sobre el tacón y suela gruesa inclinada hacia adelante para dar a sus pies el aspecto de los suyos, lo que las obligaría a caminar apoyadas en la extremidad de los dedos; pero ninguna, aunque intentasen imitarla, poseería ese andar balanceante de los pies que han sufrido la reducción y que los poetas comparaban con el vuelo de las mariposas.
Li.Che-Ti era una joven despierta e inteligente, aprendía deprisa las artes y ciencias que le enseñaba su maestro. Antes había sido sumamente coqueta porque lucia gran cantidad de adornos personales en sus vestidos y mostraba gran preferencia por los afeites, pero poco a poco fue perdiendo gran parte de su vanidad y dejaba que fueran los sirvientes quienes siguiesen maquillándola y vistiéndola, consciente de su deber de agradar a su futuro marido.
Ellos solían pintarle un lunar artificial, grande y de un rojo encendido entre el labio inferior y la barbilla y una línea vertical de carmín en el entrecejo, también arqueaban sus cejas en negro y conocían a la perfección el arte de achicar sus ojos, según las modas del momento y además, enfundaban sus dedos en dedales de plata que protegían sus uñas extremadamente largas y le colocaban pendientes tallados en coral en las orejas, collares de cuentas vegetales en el cuello y anillos de jade en las manos.
Así pues y aparentemente, Li Che Ti, correspondía al perfecto ideal de una joven china de buena familia, sin embargo, en su interior difería mucho de lo que aparentaba, pero este interior era desconocido por todos; por todos menos por su maestro.
Él le había enseñado no sólo el arte de la música, las tradiciones y el culto a los antepasados, sino el arte de bien pensar. Solía decirle a menudo, en sus horas de charla, que el camino de la verdad consiste en no engañarnos a nosotros mismos. Trataba así el maestro de hacerle ver a Li Che Ti, que toda aquella parafernalia a que había estado sometida desde niña y que ella siempre había considerado como algo natural, podía ser tan solo la imagen que los demás querían ver en ella, más que su propia imagen.
Estas reflexiones podían resultar muy peligrosas para una joven educada al modo tradicional, especialmente si la joven era inteligente, puesto que podían significar el despertar de un letargo que no podían comportarle más que desgracias.
El maestro también solía decirle, entre pausa y pausa en la enseñanza del laúd, que el camino de la verdad es fácil de hallar y que el único inconveniente es que la mayoría de los hombres no lo buscan.
Si los padres de la hija de familia hubieran siquiera sospechado las ideas que poco a poco el sabio introducía en su mente se hubieran escandalizado pero el gran pensador no podía dejar de sentir compasión por aquella mujer dirigida y monopolizada como una autómata.
Juzgaba Confucio, que a todos nos alienta un impulso hacia lo alto y la idea básica de su doctrina era que todo ser humano ha de mantenerse en continuo crecimiento, por eso él deseaba que su discípula fuese dueña de sus propios pensamientos.
La relativa sencillez que él veía en la vida, le permitía pretender solucionar problemas materiales y sociales con principios puramente espirituales. Según sus criterios, bastaba actuar en un sentido, para que todos los demás respondieran a su vez, pero tal idea resultaba especialmente utópica en China, donde los vínculos familiares eran más estrechos y fuertes que en ningún otro sitio y las tradiciones eran extremadamente arraigadas y cerradas a influencias extrañas, Confucio sin embargo, arremetía contra la realidad con todas las consecuencias, incluso la amenaza de su propio destierro.
Un día, la discípula visitó a su maestro con el semblante muy apenado y al preguntarle éste por la causa de su tristeza, la joven le contestó que aquella era la última vez que le sería permitido verle.
Esa tarde fue ella quien habló durante largo rato mientras el sol caía lentamente tras los biombos de bambú y el maestro la escuchó atentamente sin interrumpirla ni una sola vez.
Cuando la joven terminó de hablar Confucio se quedó pensativo y recordó sus propias palabras: No te creas tan grande que te parezcan los demás pequeños. Y comprendió que era el momento para aprender de su propia filosofía.
La joven china de buena familia le había dado una lección que jamás podría olvidar. Después la vio partir montada en su palanquín portado por servidores, protegiéndose del sol con su quitasol de seda y ocultando recatadamente su rostro tras su abanico redondo de plumas.
Confucio ya no volvió a verla y durante los años que siguieron a aquella conversación ya no pudo dedicarse más a la docencia. El maestro sintió enormemente perder la compañía de la inteligente joven, a quien había tomado mucho cariño y su dolor fue doblemente grande, porque sabía que el camino que ella emprendía en su matrimonio era un camino sin retorno que jamás la conduciría de nuevo a él.
Meditó largamente y con su imaginación creó un demonio familiar a quien él llamó el duque de Tschou y que representaba el arquetipo de todas las virtudes del hombre superior. Con aquel espíritu mantenía día tras día conversaciones visionarias. En estas confidencias Confucio le revelaba sus dudas e imaginaba que el duque le descubría secretos sobre el saber más profundo, ya que él no se sentía capaz de enseñar, sino de aprender.
A partir de entonces su vida fue un continuo peregrinar para encontrar un heredero espiritual del duque, un príncipe capaz de seguir sus principios y organizar sus territorios de un modo que fueran el ejemplo de los colindantes, hasta ser así sucesivamente el espejo del mundo.
Intentó inútilmente conseguir que se le concediese algún cargo importante en la administración pública y aunque viajó varios años por China, con la esperanza de encontrar un monarca que le proporcionase la ocasión de realizar las reformas con las que soñaba, nunca lo consiguió.
Viejo y cansado, se retiró a su lugar de nacimiento, donde murió en el año 479 a.C. convencido de que su vida había sido un fracaso.
Fue enterrado en el cementerio de Kuofon y sus discípulos lo lloraron como a un padre guardándole tres años de luto riguroso, empleando ese tiempo en recoger y recordar las experiencias del Maestro.
Estas recopilaciones se convirtieron siglos más tarde en la Biblia de la nación China, pero quizá nunca se hubieran escrito, si las siguientes palabras de una joven que nadie recuerda, no hubiesen quedado marcadas a fuego en su corazón:
- Mis padres han fijado ya el día de la boda, pero quiero que sepas maestro, que voy al matrimonio contra mi voluntad, aunque no puedo hacer nada para evitar mi destino. Yo desearía quedarme, pero mis pies no pueden caminar para seguirte, porque son tan pequeños y están tan deformados que apenas pueden sostenerme. Tampoco puedo vivir de mis manos, que sólo saben bordar, tocar las cuerdas del laúd y adornar jarrones con flores.
Me han educado para ser un ser perfectamente inútil que solo sirve para alegrar la vista de mi esposo con mi belleza y mis cualidades sociales y para ofrecerle el refugio de mi cuerpo cuando él quiera desahogar la llamada de su sexo. No he nacido para mí, sino para los demás. Soy la imagen viviente de lo que mis padres han querido que yo fuera, y yo no he tenido opción para elegir.
Pero como el pájaro que canta dentro de su jaula de oro, feliz por ignorar que hay algo más allá de su prisión, yo no seria consciente de mi desgracia si tú no hubieras despertado mi inteligencia con tus palabras.
Tú le has dado a mi alma las alas que le faltan a mi cuerpo. Has abierto los ojos de mi razón y me has hecho comprender la realidad de mi vida y ahora estoy condenada a vivir hasta la muerte separada de mi espíritu, porque él ya conoce lo que yo nunca podré conocer.
Tú eres un hombre sabio y dices lo correcto, tú me has enseñado que a donde quiera que vaya lo haga de todo corazón. Dime tú, sabio entre los sabios… ¿cómo podrá latir el mío dentro de un cuerpo sin alma? ¿Cómo podré vivir estando muerta?
Tú eres un hombre sabio, pero quizá deberías aprender de una ignorante como yo, que la verdadera sabiduría sólo lo es cuando se aplica adecuadamente, si no es así, lo destinado a encontrar la felicidad también puede ser la causa de la desgracia.
Mucho hemos hablado en todos estos años y tus palabras estarán guardadas dentro de mi corazón como el más valioso de mis tesoros. Pero quiero que sepas también que con estas palabras, lejos de darme la libertad, me has condenado para siempre.
comments: 0 »

Reyes de Francia: Blanca de Castilla (Regente entre 1226 y 1235)

noviembre 1, 2009 under Salones Reales

 

La biografía de Blanca de Castilla, también conocida por Blanca de Borgoña, empieza el día de su nacimiento, el 4 de marzo de 1188, en la ciudad de Palencia. Su acceso a la corona de Francia fue orquestada por su abuela, Leonor de Aquitania, quien en el año 1200 se desplazó desde Inglaterra hasta Castilla para elegir una de sus nietas como futura heredera del reino de Francia. En un principio la intención del rey castellano era el de entregar a su hija mayor, doña Urraca, que aún permanecía soltera, pero Leonor prefirió elegir a Blanca, con solo 12 años de edad, la novena de los doce hijos que habían tenido el rey Alfonso VIII el Noble, también llamado el de Las Navas, y Leonor de Plantagenet, hija de los reyes de Inglaterra, Enrique II Plantagenet y Leonor de Aquitania.

Coronación de Luis VIII y Blanca de CastillaBlanca de Castilla era, por tanto, hija de los reyes de Castilla, nieta de los reyes de Inglaterra, sobrina de los futuros reyes Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra y, posteriormente, fue tía de Fernando III el Santo.

De su matrimonio con Luis VIII había tenido 9 hijos. El primero y teórico heredero de la corona, llamado Felipe, había fallecido en 1218 a los nueve años, por lo que fue nombrado como siguiente heredero el segundo de sus hijos, Luis, que se convirtió en Luis IX, más conocido como San Luis.

Blanca, aunque había sido educada en la corte de Castilla, al dejarla con solo doce años, se formó realmente en el ambiente de la corte francesa, interviniendo activamente en todos los asuntos de estado, con lo cual, al tomar la regencia, estaba al corriente de todos los problemas a los que debía hacer frente.

Entre estos problemas destacaban los constantes conflictos con sus parientes de la corona inglesa y el problema de la herejía cátara, unido a la rebeldía de los condados occitanos y provenzales que no acababan de acatar la soberanía de Francia.

En este entorno tomó importantes decisiones, además de seguir educando a su hijo para convertirlo en un rey ejemplar para la corona francesa.

En 1229 consigue la claudicación del Conde de Toulouse, mediante el tratado de Meaux-París, firmado el 12 de abril de ese mismo año, con lo que pone fin a la resistencia de Raimon VII y se imponen las condiciones que llevarán a la total extinción del catarismo.

El acuerdo comprendía 22 clausulas que comprometían al cese de las hostilidades entre el conde de Tolosa y la nobleza feudal francesa a cambio de que el primero prestase su fidelidad a la Iglesia Romana y al rey de Francia, abandonando su apoyo a la causa de sus vasallos albigenses enfrentados a la Iglesia a la que debía simultáneamente compensar con una serie de indemnizaciones económicas.

Para ello Raimundo VII debía entregar la mitad de sus territorios, empezando por los pertenecientes a los vizcondes de Trencavel y los senescales de Beaucaire y Carcasona que pasan al Reino de Francia. Así mismo el conde se comprometía a retirar sus pretensiones sobre los territorios del valle del Ródano (pasando el marquesado de Provenza a manos de la Iglesia con el nombre de Condado Venaissin), desmantelar las defensas de varias villas (entre ellas Toulouse), fundar y costear durante 10 años una universidad en Toulouse y a participar directamente en las cruzadas de Oriente.

Sin embargo, las cláusulas que se revelarían de mayor importancia para el devenir de la historia medieval fueron la 12ª y 13ª que estipulaba por una parte, el matrimonio entre la hija del conde y uno de los hijos del rey Luis, y por otra, la transmisión a la corona real francesa de las posesiones restantes del conde en caso de fallecimiento sin descendencia:

Tras este tratado, coincidiendo con el nacimiento de la Inquisición, los cátaros quedaron totalmente desamparados, debiendo huir, los que lograron sobrevivir, a otros territorios colindantes, entre ellos Catalunya, Aragón y Lombardía.
Este tratado no llegó porqué si, fue consecuencia de la presión militar que Blanca de Castilla había ejercido sobre los territorios del Conde, ya a partir del mismo año de la muerte de su esposo.
Blanca de Castilla fue, a su vez, ferviente admiradora de Bernat de Claravall, San Bernardo, a quién ayudó a fundar las abadías de Royaumont (1228) y de Maubuisson (1236).
Fue admirada, a partes iguales, por su sagacidad y por su belleza, y se cuenta que despertó una gran pasión en el trovador Thibaut de Champagne, quién le dedicó numerosos versos y la apoyó públicamente en sus decisiones políticas.
Entre otras decisiones, para consolidar las aspiraciones políticas sobre los territorios provenzales, desposó a su hijo Luis IX con Margarita de Provenza (hija de Ramón Berenguer V, Conde de Provenza, bisnieto de Alfonso VII de Castilla), en el año 1235.

 

Durante la ausencia de su hijo por las cruzadas, ejerció igualmente de regente, hasta que se retiró a la abadía de Melun, donde fallecería en el año 1252. Un  año antes, en 1251, había fundado un orfanato, en la abadía de Juilly, para los hijos de los caballeros muertos en las cruzadas.

 

Imagen digitalizada del Tratado de París

 

Texto en francés actualizado del Tratado de París:

Lettres patentes du roi Louis IX portant promulgation du traité de paix conclu avec Raymond VII, comte de Toulouse. Paris, avril 1229. Raymond, fils du feu comte de Toulouse, après avoir longtemps persisté dans son excommunication, contumace et rébellion, s’est décidé, sur l’injonction du cardinal de Saint-Ange, légat du Siège apostolique, à implorer la miséricorde de l’Eglise et celle du roi, en souscrivant aux conditions d’un traité en vingt-deux articles : 1° soumission à l’Eglise romaine et fidélité jusqu’à la mort; 2° guerre aux hérétiques, sans distinction de parents, de vassaux et d’amis; il en purgera sa terre et aidera à en purger celle du roi et fera faire justice des hérétiques manifestes par ses baillis; – 3° prime de deux marcs d’argent pendant deux ans et d’un marc à perpétuité, à quiconque prendra un hérétique convaincu; pour les hérétiques non manifestes, recéleurs et fauteurs d’hérétiques, il suivra la volonté du cardinal; – 4° protection de l’Eglise et du clergé; défense de leurs droits et privilèges; rupture avec les excommuniés; il saisira les biens de ceux qui ne seront pas réconciliés dans le délai d’un an; – 5° obligation aux baillis de jurer l’observation de ces règles, sous peine de confiscation de leurs biens; – 6° nomination de baillis qui ne soient ni juifs ni hérétiques, mais catholiques reconnus; même condition pour les receveurs des villes et percepteurs de péages; – 7° restitution totale des biens et droits d’Eglise existant à l’époque de l’entrée des croisés dans le pays; pour les autres biens contentieux, on recourra aux juges ordinaires, au cardinal ou à ses délégués; – 89 engagement de payer les dîmes et d’empêcher les chevaliers et autres laïques d’en percevoir; en compensation des dommages causés, payement de 10,000 marcs d’argent entre les mains de commissaires désignés par le cardinal ou par l’Eglise romaine; indemnités aux abbayes : Cîteaux, 2,000 marcs d’argent; Clairvaux, 500; Grandselve, 1,000; Belleperche, 300; Candeil, 200; pour la fortification du Château-Narbonnais et autres châteaux nécessaires à la sécurité de l’Eglise et du roi, 6,000 marcs; la somme totale de 20,000 marcs devra être acquittée en quatre ans; – 9° allocation de 4,000 marcs pour quatre maîtres de théologie à 50 marcs par an, deux décrétistes à 30 marcs, six maîtres d’arts libéraux à 20 marcs et deux régents de grammaire; – 10° promesse de prendre la croix contre les Sacrasins, à, titre de pénitence, immédiatement après l’absolution, de passer outre-mer dans les deux ans et d’y séjourner cinq années; – 11° promesse de n’exercer aucune représaille contre les adhérents de l’Eglise, des rois Louis VIII et Louis IX et des comtes de Montfort, et de les traiter en amis, sous charge de réciprocité; – 12° la fille de Raymond VII sera remise au roi, qui, par dispense de l’Eglise, la mariera à l’un de ses frères; – 13° le roi abandonne à Raymond VII tout l’évéché de Toulouse, réserve faite de la terre du maréchal; après la mort du comte, Toulouse et l’évêché appartiendront au frère du roi; si celui-ci meurt sans enfants, ses domaines reviendront à la couronne, sans que les autres descendants ou héritiers de Raymond VII puissent y prétendre aucun droit; le roi abandonne au comte les évêchés d’Agen et de Rodez et la partie de l’évêché en deçà du Tarn, le reste demeurant au roi; l’évêché de Cahors, moins la ville épiscopale et les fiefs du roi Philippe II; – 14° cession à l’évêque de Toulouse et au fils d’O. de Liliers, du territoire de Verfeil et les Bordes, sous charge à l’évêque de rendre au roi le service féodal qu’il devait aux comtes de Montfort; annulation de toutes les autres donations; Raymond VII devra au roi l’hommage lige, selon la coutume des barons de France; – 15° renonciation à toute prétention sur la rive droite du Rhône; – 16° réintégration en leurs biens des gens du pays partisans de l’Eglise, du roi et des comtes de Montfort; – 17° guerre aux habitants de la terre du comté qui refuseront de se soumettre, notamment le comte de Foix; il ne sera traité avec eux que sous l’assentiment de l’Eglise; Raymond VII gardera pendant dix ans les terres confisquées sur eux, destruction préalablement faite des ouvrages défensifs; après dix ans, ces terres reviendront au roi; – 18° rasement des murailles de Toulouse et comblement des fossés, suivant l’ordre du légat; rasement des murailles et comblement des fossés des trente villes et châteaux de Fanjaux, Castelnaudarri, Labécède, Avignonnet, Puylaurens. Saint-Paul, Lavaur, Rabastens, Gaillac, Montaigut, Puycelsi, Verdun, Castelsarrazin, Moissac, Montauban, Montaigut, Agen, Condom, Saverdun, Auterive, Casseneuil, Pujols, Auvillars, Peyrusse, Laurac et cinq autres au choix du légat; faculté au comte d’en faire autant dans les villes non fortifiées; en cas ou les seigneurs particuliers s’opposeraient à ces destructions, le comte emploiera la force; – 19° le comte jure ces conditions pour lui et pour tous ses vassaux; il s’engage à faire préter le même serment par les citoyens de Toulouse et autres habitants de la terre qui lui est laissée; en cas d’infraction de sa part, il délie ses vassaux de tout devoir féodal, s’il n’a pas fait soumission dans quarante jours, auquel cas sa terre tombera en commise; dans le serment seront comprises les promesses de fidélité à l’Eglise et au roi ;- 20° livraison, à titre de gage, du Château-Narbonnais, que le roi gardera dix ans, avec pouvoir de le fortifier, et, dans les mêmes conditions, des châteaux de Castelnaudarri, Lavaur, Montaigut, Penne-d’Agenais, Peyrusse, Cordes, Verdun et Villemur; durant les cinq premières années, le comte payera 1,500 livres tournois par an pour l’entretien de ces divers lieux; il pourra, s’il plaît à l’Eglise, détruire les châteaux de Castelnaudarri, Lavaur, Villemur et Verdun; mais la somme due n’en sera pas diminuée; – 21° livraison du château de Penne-d’Albigeois avant les calendes d’août, pour dix ans; le comte assiègera la place, si c’est nécessaire; faute de l’avoir remise dans un an, elle sera donnée aux Templiers, aux Hospitaliers ou autres religieux à titre inaliénable et sous charge de ne jamais faire la guerre au roi, à moins d’un mandat de l’Eglise; si personne n’en veut, elle sera détruite de fond en comble; jusqu’à livraison de Penne d’Albigeois, le roi gardera Penne d’Agenais et le Château-Narbonnais; – 22° les citoyens de Toulouse et les habitants de la terre laissée à Raymond VII sont déliés de leurs serments au roi et aux comtes de Montfort, et dégagés de toute responsabilité vis-à-vis de l’évêque et des autres prélats. Robert [de Courtenay], bouteiller; Barthélemy [de Roye], chambrier; Mathieu [de Montmorency], connétable, la chancellerie vacante- Les Benédictins ont publié, dans leur Histoire générale de Languedoc, la promulgation du même traité par le comte de Toulouse. (III, c. 326 a 335. Edit. Privat, VIII, col. 878 a 893.)

 

Fuentes de este contenido:

Bibliográficas:

En la red:

 

by joclar/2009

comments: 0 »