Meisuna, el amor

noviembre 28, 2010 under Relatos de Historia

 

Meisuna, aquella noche estaba más hermosa que nunca, su belleza resaltaba en los rubíes y esmeraldas que se engarzaban formando collares en su cuello, ajorcas en sus tobillos, brazaletes en sus brazos y anillos en sus dedos. Sus párpados oscurecidos con finísimo polvo de khol, enmarcaban unos grandes ojos negros, atentos a cualquier movimiento.

Era una mujer a quien la vida le había dado mucho y aquella danza solitaria en la noche era un acto de gracias por su propia existencia.

Dejó de bailar cuando la luna estaba ya en lo alto y permaneció inmóvil y jadeante, solo entonces, apareció quien ella esperaba. Su  silueta medio oculta entre los árboles estaba de espaldas, cubierta por una sencilla chupa de color negro y tenía la complexión de un hombre alto y joven. Los cabellos del color del trigo eran tan largos que casi rozaban sus hombros.

Meisuna le llamó en voz baja y aunque él no pudo oírla, se giró como si la hubiese escuchado, entonces, ella corrió hacia él y se precipitó en sus brazos. Los rizos oscuros de la mujer se entremezclaron con los del hombre y el velo que cubría su rostro cayó al suelo y se enroscó entre sus piernas, agitado por el viento como si fuera una serpiente. Meisuna era musulmana y Rodrigo cristiano.

Todo había comenzado hacía ya tiempo; el joven mozárabe era uno de los cuidadores del jardín del Palacio donde Meisuna solía pasear  rodeada de otras damas de la corte y en el momento en que sus ojos se encontraron por primera vez, ya no pudieron renunciar a verse de nuevo.

Desde aquel día, las palmeras y las fuentes fueron testigos de sus encuentros clandestinos y el jardín, escondiéndoles en sus rincones, se convirtió en su cómplice. Así los dos enamorados pudieron vivir en secreto sus horas de amor.

Meisuna no comprendía porque Rodrigo no la desposaba, ella no le pediría nunca que renunciase a su religión, sólo sus hijos estarían obligados a seguir el islamismo según la ley.

Cada vez que el muecín, desde el minarete, llamaba a los fieles a la oración, Meisuna oraba también desde sus habitaciones al mismo tiempo que los hombres en la mezquita. Tenía una gran fe y sabía que su Dios no podía defraudarla, sólo le pedía a Alah desposar a Rodrigo. Su Dios era el único suficientemente grande para comprenderla y escucharla. Deseaba ser su esposa, cómo y de qué manera Alah lo consiguiese, lo dejaba en sus manos.

Al igual que los varones musulmanes obligados por su religión a recitar las cinco oraciones cotidianas y las abluciones rituales, ella se volvía en dirección a La Meca y se postraba dos o tres veces en el suelo, después se arrodillaba descalza cara al nimbar, una especie de púlpito donde solía escucharse las palabras del profeta Mahoma. Para todo árabe, el templo no es la morada de Dios, sino un lugar dedicado a la oración, y aunque ella nunca había estado allí, podía imaginar el decorado interior de la mezquita desbordante de fantasía, con figuras geométricas de animales, plantas y flores entrelazadas.

Rodrigo en cambio, se sentía insignificante y avergonzado delante de la imagen de Jesús crucificado. No quería hacer como la mayoría de los campesinos que habían olvidado el cristianismo para hacerse musulmanes. Rodrigo seguía practicando la fe de sus padres fieles a su religión y a la cultura visigoda. Solía ir a la iglesia a menudo, aunque desde la invasión musulmana, la mayoría de ellas habían sido convertidas en mezquitas y los ritos se celebraban sólo dentro de los templos sin ninguna pompa exterior, a veces, ni siquiera estaba permitido tocar las campanas.

También pedía lo mismo que Meisuna, pero él sabía que aquella sola petición ofendía al Señor, puesto que su amor por una infiel era un sentimiento de pecado y después de haber formulando su deseo pedía perdón.

Como si los dos dioses de ambos tampoco se pusieran de acuerdo, el amor del cristiano y la musulmana languidecía en los jardines del palacio, entre los murmullos del agua de las fuentes, la fragancia de las flores y el susurro de las hojas de las palmeras estremecidas por el cálido viento del sur.

- Rodrigo.- susurraba  Meisuna. Mi Dios, no se parece al tuyo, que es intolerante y cruel. Mi Dios es benévolo y justo, no juzga ni condena, sólo comprende. Él sabe que nos amamos y Él, que sólo es amor, nos bendice. Rodrigo la escuchaba y admiraba su fe en aquel dios tan distinto al suyo y también la envidiaba, porque ella podía vivir en paz consigo misma y él se atormentaba continuamente con remordimientos.

Entre los cristianos, la devoción a la Virgen corría paralela a la devoción a la dama. Rodrigo experimentaba la sensación de estar ofendiendo a Jesús en la persona de su Madre y a la vez estar traicionando a María con otra mujer. Nada de lo que le podía decir su compañera podía aliviar aquella sensación de amargura que le impedía disfrutar completamente de su amor.

Meisuna nunca pensó que sería destronada por una rival de aquel calibre. Hubiera podido luchar con otra mujer, pero no contra la madre del Dios de los cristianos y a pesar de su confianza en Alah, a veces se sentía desalentada. Hasta que un día tomó una decisión: iría a encontrarse, cara a cara, con la Virgen y le pediría que ya que ella poseía a todos los hombres cristianos de la Tierra, le cediese a Rodrigo para ella sola.

Así se lo comunicó a Rodrigo. No fue fácil convencerle para que accediese a que le acompañara a su iglesia. Meisuna era una infiel y las puertas del templo estaban cerradas para ella, como para él estaban cerradas las de la mezquita; sin embargo tanto y tanto insistió, tantas y tantas fueron sus súplicas, que al final consiguió su propósito.

Para evitar ser reconocida, Meisuna, se vistió como las mujeres del pueblo, con camisa, pantalones y un manto de vivos colores sobre los hombros y así disfrazada se reunió con Rodrigo muy temprano no lejos del Palacio.

Las calles de la ciudad todavía estaban iluminadas. Córdoba se había convertido bajo el mandato de Abderramán III en la ciudad más rica y poderosa de Europa. Allí vivían medio millón de almas y sobre todos ellos gobernaba el Emir, cuya autoridad política y religiosa era absoluta.

Caminaron entre los numerosos edificios de ladrillo adornados con arcos de herradura que los árabes habían adaptado de los visigodos. Las figuras del cristiano y la musulmana pasaban desapercibidas entre las gentes que, a pesar de la temprana hora, inundaban las calles.

Tres mil mezquitas se alzaban altivas hacia el cielo, un gran número de bibliotecas y trescientas casas de baños estaban a la disposición de los ciudadanos. La sociedad de Al Andalus, como los árabes llamaban a la península Ibérica, presentaba una gran riqueza de etnias. La nobleza de sangre estaba representada por los invasores musulmanes, que poseían grandes latifundios en el valle del Guadalquivir; los altos cargos de la administración y el ejército eran ocupados por grupos originarios de Europa central; también había una gran mayoría de beréberes dedicados a la ganadería, y un considerable número de judíos que habitaban en todas las ciudades. Finalmente, los hispano godos, burguesía urbana, que junto con la plebe y una masa de campesinos y artesanos, constituían la población sometida y estaban divididos en dos posiciones opuestas: los que habían decidido convertirse al islamismo por miedo o por conveniencia, y los que, como Rodrigo, preferían conservar las formas cristianas primitivas.

A los primeros, los árabes les llamaban renegados y los despreciaban, a los segundos se les daba el nombre de mozárabes y eran víctimas de toda clase de vejaciones que éstos soportaban estoicamente por considerar como un honor y una gloria ser escarnecidos por los infieles. Los vencidos estaban excluidos del servicio militar, aunque no se distinguían de los invasores, porque según el Corán todo musulmán es un soldado y así, ningún árabe llevaba uniforme.

Ya en el interior de la iglesia, y antes de que Rodrigo le indicase el lugar, Meisuna se detuvo instintivamente frente a uno de los altares llena de inquietud. La Virgen aparecía ante ella, mirándola con serenidad y ante aquella mirada la musulmana se tranquilizó. La Madre del Dios de los cristianos le parecía muy distinta a como ella la había imaginado. No era soberbia ni altiva, sino todo lo contrario, dulce y modesta, y había algo en el fondo de aquellos ojos tan tristes que parecía atravesar su alma como un dardo. Comprendió que también ella era una mujer que sufría por amor y observó con ternura el niño que llevaba entre sus brazos.

Entonces ocurrió algo inesperado. La cara de la mujer árabe se iluminó con la misma comprensión que emanaba de los ojos de la Imagen cristiana y con voz alta y segura pronunció estas palabras:

- Si tú fuiste capaz de renunciar a tu propio hijo por amor, me doy cuenta que yo tampoco podría retener a mi lado a Rodrigo en contra de su propia voluntad.

El último eco de aquellas palabras se acalló engullido entre las piedras de la iglesia y el gran peso que Rodrigo sentía en su alma dividida desapareció. Meisuna había decidido. Miró a su vez a la Virgen, esperando una inspiración parecida a la que había penetrado en el corazón de la musulmana y entonces el rostro de la Imagen resplandeció con una luz especial que nunca supo si emanaba de ella o de su propia fe. Rodrigo y Meisuna no escucharon estas palabras con los oídos del cuerpo sino con los del alma: Dios nada puede contra el amor verdadero, porque Dios, como quiera que se le llame, es Amor. Ambos se cogieron de las manos y salieron de la iglesia muy juntos para no separarse más. Habían entendido el mensaje

 

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Einar, la mitología

noviembre 1, 2010 under Relatos de Historia

 

 

Einar la miraba orgulloso desde la playa y sus ojos, que parecían copiar el color del cielo, brillaban de orgullo. Su nave era lo único que amaba en éste mundo. El viento helado de la costa nórdica agitaba sus cabellos partidos en dos gruesas trenzas, de un rubio tan pálido como el sol que parecía dormir sobre la línea del horizonte del mar en calma.

La tripulación le había escogido jefe de la nave por votación unánime y una vez elegido, todos le habían jurado obediencia y seguirían su disciplina a rajatabla; sólo si no fuese capaz de llevar a buen término la empresa, sería depuesto o simplemente abandonado por sus compañeros que elegirían un nuevo comandante.

Hacía tres noches Einar había hablado con Odin, el Dios padre y soberano de todos los dioses, espíritu universal y esencia de la vida. Se le había aparecido en el interior de su casa, al pie de su lecho de madera mientras dormía, iba vestido con su manto azul y montado en su caballo Splenir de ocho patas, armado de lanza y coraza. En sus hombros se posaban los dos cuervos que siempre le acompañaban, Hugin y Munin y en su cara envejecida de luengas barbas blancas destacaba inquietante su único ojo.

Odin le comunicó que había estado en contacto con su padre, el gran jefe guerrero Ragnar desaparecido hacía ya años en combate, para trasferirle el honor de ser el jefe de la próxima incursión a las costas del país vecino.

Einar sabía, como todos los vikingos, que Odin podía hablar con los muertos y no dudó que su propio padre le había designado desde el Walhalla, el cielo escandinavo, para ser su sucesor y el héroe de la próxima batalla.

Al día siguiente de haber recibido el mensaje del dios, fue elegido comandante de la tripulación del Skeid y aquel designio divino le daba toda la confianza en la victoria. Einar era pirata y guerrero, vivía del mar y para el mar como toda su gente; indomables navegantes sin prejuicios, siempre en busca de presa.

 

El día de la partida, Einar, se había puesto su traje de combate, la cota de malla y sobre los hombros un manto de piel. Su sangre inquieta vibraba ante la navegación, el punto culminante de su vida. No dejaba en tierra ni esposa, ni hijos porque ninguna mujer había podido apasionarlo más que su nave y Einar siempre le había sido fiel.

Con ella a la cabeza, los barcos vikingos abandonaron la playa envuelta en brumas y se adentraron lentamente en el mar. Las mujeres, los ancianos y los niños habían salido a despedirles. Con su partida, el poblado se quedaba sin hombres jóvenes, pero todos esperaban verles volver pronto cargados con un rico botín; mercaderías de todas clases y alimentos para el largo y frío invierno e incluso, a veces, también con esclavos oriundos de extraños países, porque los navegantes del norte eran feroces aventureros y no tenían prejuicios en robar lo que le interesaba en sus incursiones de rapiña, ni tampoco en matar, ni en destruir todo lo que se interponía a su paso.

Poco a poco las casas, bajas y macizas de aspecto sombrío, fueron empequeñe­ciéndose junto a sus dueños, y entonces Einar, desde su puesto de mando, pudo ver claramente como Frigg, la esposa favorita de Odin, símbolo de la tierra fecunda y de la felicidad conyugal, surgía de la bruma y extendía su manto cubriendo con él a todo el pueblo en señal de protección. También se dio cuenta de que el mismo Odin había adquirido la forma del viento e hinchaba las velas a favor con su aliento. Sonrió ampliamente dejando al descubierto dos hileras de dientes blancos, los dioses estaban a su favor e intuía la victoria y el éxito de la empresa.

Los barcos fueron alejándose hasta desaparecer en la lejanía, en una sinfonía de colores de velas salpicando el cielo, que poco a poco, también se confundieron con el gris azulado del mar.

Durante la travesía Einar estuvo planeando cuidadosamente su plan de ataque. El Skeid era un barco extremadamente ligero, había estado guardado todo el invierno en una dársena bien protegida, cubierto, untado de grasa y lleno de agua hasta su mitad, para navegar en verano. Una vez alcanzada la playa enemiga, no se limitarían a asaltar a los pueblos costeros, sino que cargarían a cuestas las naves y recorrerían largos trechos de tierra, para después volver a botar al agua las embarcaciones en el próximo río, de este modo, remontando la corriente, se internarían grandes distancias tierra adentro.

Y aquella noche soñó también con la victoria. No sólo traería víveres y mercancías a su pueblo, también conquistaría territorios nuevos que extenderían los límites del suyo. Sabía que podía contar con la complicidad de los dioses y la bendición de su padre Regnar, el guerrero más valiente de todos los tiempos de la historia de los países del norte.

 

En pleno combate contra el enemigo, a pie de un hermoso castillo que se alzaba como mudo testigo de la contienda feroz, Einar luchaba como un dios entre los hombres, mientras los aceros de las espadas aullaban en los oídos entremezclados con los gemidos de los heridos y los feroces gritos de los asaltantes. La hoja de su cuchillo estaba cubierta de la sangre de sus víctimas y el sudor del esfuerzo cubría por entero su cuerpo. No tenía miedo a morir, porque la muerte de un guerrero equivalía a una experiencia única, entrar en el Walhalla, la mansión de los bienaventurados, que no se abría más que a los héroes y eso hacía que su fuerza fuera inagotable y su espada invencible.

En lo alto y entre las nubes, Tyr, el dios de la guerra, combatía también al lado de Einar, con su espada mágica que se esgrimía por si sola. Más allá, muy cerca del sol, galopaban las walkirias en sus caballos celestes, hermosas vírgenes de rubios cabellos, quienes, de acuerdo con Odin, decidirían el final del combate y elegirían entre los caídos a los héroes que conducirían al Walhalla.

Aquella era la batalla final. El país asaltado, había sucumbido por entero a las feroces huestes de sus vikingos tal y como Einar había soñado, volvería triunfante a su pueblo y sería aclamado por todos como un Dios viviente…

Después de muchas horas de lucha, cuando en el campo de batalla apenas si quedaban supervivientes enemigos, una de la walkirias se acercó a lomos de su caballo blanco, Einar estaba a punto de hundir su espada en el vientre de su adversario cuando ella le miró, fue sólo un instante, pero el guerrero no pudo resistir la intensidad de aquellos ojos de un azul casi transparente. Aquello decidió su suerte, porque su adversario, aprovechando su momento de distracción, le atravesó el corazón de parte a parte…

Lo que sucedió después, nadie, a parte de los dos enamorados pudo verlo. La walkiria descabalgó y arrancó con sus propias manos la espada mortal. Después, cogiendo el cuerpo del guerrero entre sus fuertes brazos, lo montó a lomos de su caballo y partió veloz como el viento camino de la morada de los dioses. Einar había sido escogido entre todos para vivir en el Walhalla como un dios más y para poseer el amor de la bella amazona que le conducía.

Mientras ambos se remontaban en el cielo, Einar, pensó que pronto vería también a su padre que hacía años le aguardaba y se sintió rebosar de felicidad. Entonces, cuando ya estaba a punto de penetrar en el interior de una nube que parecía estallar de luz, miró hacia atrás y todavía pudo ver cómo sus compañeros de armas enterraban su cuerpo sin vida en su barco. Había mucha gente, todos cantaban canciones tristes y algunos lloraban. Era el funeral de un héroe vikingo. El suyo.

Minutos después, la nave con las velas desplegadas al viento ardía en el agua como una gigantesca antorcha… pero, Einar, ya no pudo ver nada más… estaba entrando en el Walhalla.

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