Juan, la leyenda

diciembre 22, 2010 under Relatos de Historia

 

A menudo estaba ocioso. La sola ocupación del conde Ricardo era fortificar más y más su castillo, robustecer su caballo y reparar su armadura, porque la batalla y el botín no eran mas que excepciones. La administración era sencilla, los campos estaban cultivados por los aldeanos, la industria se hallaba a cargo de los siervos y las letras abandonadas a los monjes, a los cuales enviaba periódicamente regalos para que siguieran orando y estudiando.

El conde Ricardo debía pues correr aventuras sino quería morirse de aburrimiento junto a la familia, jugando al ajedrez o a los dados en los salones inmensos, mientras los juglares entonaban canciones al son de una bandurria. Y así pasaba la mayor parte de su tiempo, planeando partidas de caza, andanzas de saqueo a feudos vecinos o peregrinaciones a lugares sagrados. Lo importante era hacer algo emocionante, fuese lo que fuese, para poder arrancarle de aquella ociosidad interminable.

En una de las torres del castillo, con ventanas abiertas a los cuatro vientos, estaba el centinela que cada día anunciaba con el sonido del cuerno, anunciaba la hora del amanecer a fin de que los vasallos comenzaran su tarea y también a veces la aproximación del enemigo, para que los hombres de armas se dispusieran a la defensa. Aquel día cuando el centinela divisó a un hombre que se acercaba a caballo dio rápidamente la voz de alarma.

Juan se detuvo frente a la muralla del castillo obedeciendo la orden de alto.

Había llegado hasta allí animado con la idea de pedir protección al conde y hacerse su vasallo. Era un pequeño noble propietario de tierras y no tenía ni castillo ni medios para defenderse a sí mismo. No tener protector en aquella sociedad que no conocía más ley que la fuerza, era demasiado peligroso, sobre todo después de las últimas invasiones de aquellos hombres terribles procedentes del norte de Europa y a pesar de que apreciaba su libertad, no tenía interés en seguir siendo un hombre libre.

Y así se lo hizo saber al centinela, que le interceptó el paso clavando la punta inferior de su escudo en el suelo. Éste después de escucharle atentamente le indicó que se no avanzara y se apresuró a comunicarlo a su compañero de armas, quien a su vez, lo dijo a otro y así sucesivamente, hasta hacer llegar la petición de Juan a la guardia personal del conde Ricardo.

Dentro del castillo, en una de las piezas construidas especialmente para las damas de la nobleza, las tres hermanas del conde escuchaban una canción de labios de un apuesto trovador. Las palabras del joven arrancaban lágrimas de sus ojos, al mismo tiempo que las notas de su laúd.

Estaban sentadas entorno a la inmensa chimenea y rodeadas de armaduras, que pendían en medio de los escudos colgados en las paredes del gran salón. Iban vestidas con parecida túnica talar, cuyas mangas eran tan extremadamente largas que casi rozaban el suelo, y llevaban sobre los hombros un manto recogido por unos broches. Cada uno de ellos tenía una forma distinta: el de Odelina era en forma de corona, el de Elisenda de guirnalda y el de Juana de flor. Los cabellos de las tres estaban cubiertos por velos de distintos colores que hacían juego con sus túnicas: verde para Odelina, azul para Elisenda y rojo para Juana, pero aunque las tres mujeres vestían de un modo muy similar eran muy distintas entre sí, no sólo en edad.

Odelina era la más joven pero la menos agraciada. Juana la mayor, era en cambio la más hermosa y Elisenda no era ni tan joven como Odelina, ni tan hermosa como Juana, pero tenía un encanto especial que no poseía la mayor con toda su belleza, ni la menor con su radiante juventud.

Ella fue la que escuchó el grito de alto del centinela y se apresuró a correr al ventanal que daba al patio. Aunque la altura era considerable pudo distinguir la silueta de Juan hablando con la guardia del puente. Hacía tanto tiempo que sus ojos no veían un rostro desconocido que se quedó un rato mirándole con curiosidad y entonces la casualidad o quizás el destino hizo que Juan levantase la vista hacia lo alto y la viese también. Los dos se quedaron sorprendidos al descubrirse mutuamente y se observaron con atención, la distancia que los separaba desfiguraba sus facciones pero ambos tuvieron un sentimiento común, la convicción inexplicable de que ya se habían visto antes.

La sensación era extraña por lo imposible, la condesa no había salido nunca del castillo, con la excepción de asistir a los torneos que su hermano organizaba con los senderos de los feudos vecinos y cuando el enemigo atacaba y los vasallos se refugiaban dentro del castillo a las hermanas no les era permitido salir de sus habitaciones. Un pensamiento inesperado la asaltó, solo podía haber conocido a aquel hombre en sueños y se ruborizó mientras abandonaba el ventanal con precipitación.

Juan se sintió decepcionado y confuso, hubiera deseado seguir contemplando a aquella joven vestida de azul, no había podido ver bien su rostro, pero sentía que la conocía y no comprendía donde podía haberla visto antes, porque sus tierras estaban bastante alejadas de allí. Curiosamente tuvo el mismo pensamiento que Elisenda: quizás la había conocido en sueños y se quedó pensativo mirando el balcón vacío durante largo rato, hasta que el centinela volvió y le hizo saber que el señor conde accedía a su petición de vasallaje y que dentro de tres días debía volver para el acto de homenaje e investidura.

Mientras su caballo bajaba lentamente el difícil acceso de la escarpada montaña, Juan iba pensando que, aunque compartiera con el conde los beneficios de sus tierras, no cultivaría más que las que siempre habían sido suyas y podría seguir legándolas a sus descendientes. El contrato era ventajoso porque a cambio podría vivir protegido en el castillo en tiempo de guerra. No se arrepentía de su decisión y además, sonrío esperanzado, quizás pronto, podría volver a ver a la dama de azul que había visto en el balcón. Y mientras iba meditando en todo aquello, poco a poco, se fue alejando por el camino.

Uno de los centinelas de la guardia cortejaba a la sirvienta de la dama y por ella se enteró Elisenda que aquel hombre desconocido iba a ser nombrado vasallo, así como del día y de la hora en que tendría lugar la ceremonia ritual de investidura. La muchacha sentía una gran curiosidad por verle más cerca, no comprendía porque había reaccionado de aquel modo tan extraño al verle desde el balcón y quería averiguar la causa, quizás si conseguía mirarle a los ojos encontraría la respuesta a aquel misterio.

Elisenda no pudo dormir bien durante las noches que precedieron a la fecha señalada y por las mañanas se levantaba con la sensación de haber soñado con el desconocido, pero nunca podía recordar su sueño. Aquello le producía mucho desasosiego porque estaba segura de que en ellos se encontraba la clave a todas las incógnitas. Nunca había estado enamorada, pero conocía bien los síntomas, los había escuchado mil veces en las canciones que los trovadores cantaban para distraer a los habitantes del castillo durante sus largas horas de ocio. Ahora con asombro se daba cuenta de que los estaba experimentando en sí misma y tenía la intima e inconfesable convicción de que aquella cara que no había podido ver, correspondía a la del hombre que amaba.

 

El día de la ceremonia Juan, a lomos de su caballo, fue rodeando el camino de ronda que se extendía a todo lo largo de la muralla, después se dirigió al puente que se alzaba sobre el profundo foso y entró en el recinto del castillo. Atravesó seguidamente el gran patio hasta llegar a la torre de homenaje donde residía su futuro señor. Nadie preguntó su nombre, el conde lo esperaba y todos lo sabían.

Escoltado por dos soldados subió por las escalinatas de piedra iluminada por antorchas. Vestía el traje del pueblo, pero algo en su porte le confería una distinción natural, que no la da el nacimiento sino el carácter, pues era alto y esbelto y vestido de otra forma podía haber parecido un príncipe.

Eso es lo que pensó Elisenda, que se había escondido en uno de los huecos de la escalera para verle pasar, pero tampoco esta vez pudo ver su rostro, sólo sus cabellos, que caían largos, sobre los hombros y que le sorprendieron porque eran del color de la cenizas.

Juan ignoraba que era observado, estaba nervioso y no había dejado de preguntarse si su estado de ánimo se debía al hecho de la ceremonia que iba tener lugar, o quizás a que volvería ver la dama desconocida. Avanzaba por las escaleras adaptándose al paso de los soldados, que iban armados con lanzas adornadas con flecos.

Por fin, llegaron a la espaciosa sala donde el conde les aguardaba, rodeado de sus pajes, sus hombres de armas, sus siervos y sus familiares.

Cabezas de jabalís y de lobos o aguiluchos clavados en las puertas de hierro, cuernos de ciervos y de cabritos en las paredes, indicaban las sanguinarias diversiones del señor. En el interior del amplio y desabrigado salón, las armaduras, lanzones, alabardas y mazas ferradas pendían por todas partes. Juan dirigió su mirada hacia las dos mujeres que discretamente estaban sentadas en segundo término y sus ojos se ensombrecieron, la dama vestida de azul no estaba entre ellas.

Avanzó hasta encontrarse delante del conde y se arrodilló ante él con respeto. El noble feudal se levantó entonces de su enorme sillón y adelantándose hasta donde se encontraba, cogió sus manos entre las suyas. Sin más preámbulo, Juan repitió entonces el juramento de fidelidad:

Desde ahora en adelante soy vuestro hombre ligio, con mi vida y con mis miembros, en todo tiempo os consagraré honor y fe, por las tierras que de Vos tengo.

Después extendió la mano sobre un libro sagrado añadiendo:

Señor os seré fiel y leal, os guardare mi fe por las tierras que os pido. Os prestaré lealmente las costumbres y los servicios que os debo, así sean en mi ayuda Dios y los Santos.

Cuando terminó besó el Evangelio y se levantó sin volver a ejecutar ningún acto de humildad. Entonces, el conde le dio la investidura entregándole una rama de árbol que representaba las tierras que le confiaba y mediante la cual consideraba al nuevo vasallo en un hombre suyo.

Después de aquello se dio por terminada la sencilla ceremonia y el conde se retiró del salón con dignidad, dejando a Juan solo en el centro del mismo. Ninguna palabra se había intercambiado entre ellos, sólo se había ejecutado lo estrictamente necesario.

Escoltado nuevamente por la guardia, iba ya Juan a abandonar el salón decepcionado por la ausencia de su dama, cuando la vio.

Su silueta se recortaba limpiamente sobre los oscuros tapices bordados que colgaban de las paredes. Las múltiples velas que iluminaban la estancia parecían dar un brillo dorado a su piel y a sus cabellos, hasta el punto que le pareció una princesa digna de los mejores libros de caballería que él solía leer a veces.

Todo lo que les rodeaba dejó de tener importancia y desaparecer, sentía la alegría de un reencuentro. Siguió caminando hasta situarse frente a ella, entonces se detuvo y ambos permanecieron mirándose en silencio, fue sólo un instante, pero para los dos pareció abarcar el infinito.

Después un soldado se acercó y empujó con decisión a Juan para que continuase la marcha, éste volvió bruscamente a la realidad y pasó por su lado casi rozándola. La joven se estremeció ante su proximidad, hubiera deseado hacer algo para retenerle pero no le era permitido hablarle y vio como Juan desaparecía del salón escoltado por los soldados de su hermano el conde.

 

Aquella mañana, se presentía un ataque inminente por parte del señor del feudo vecino y el castillo era todo febril actividad. Las damas estaban ocupadas en poner plumas a las flechas y muescas a los arcos. En otra habitación se pulían las espadas, escudos, yelmos, martillos y toda clase de armas de hierro, de cobre, de cuerno y de cuero.

De repente se oyó el sonido de la campana de la atalaya e inmediatamente cundió la voz de alerta y las armas de adorno se convirtieron en armas de veras. Multitud de soldados corrieron a las almenas y a las barbacanas y cientos de personas, hombres, mujeres y niños acompañados de animales de todas clases y gran parte de sus pertenencias, corrieron en dirección al castillo para ponerse a salvo. Eran los habitantes de las humildes cabañas, entre las cuales el gran edificio construido en piedra maciza y torres redondas, se alzaba como un gigante omnipotente y poderoso. Una vez entrado todos en el recinto se alzaron los puentes, se bajaron los rastrillos y todos los hombres se dispusieron a la lucha.

En el interior del castillo se encontraban las provisiones necesarias para comer y para guerrear. Juan se quedó admirado de ver todo aquella abundancia: por todas partes se veían vajillas de plata y copas de cobre, chimeneas de doce pies de anchura para sostener troncos de muchos años, calderas capaces de contener medio ternero y asadores en que daba la vuelta un jabato entero.

Había enormes mesas con decenas de cántaros de vino, hornos para cocer a un tiempo cien panes, sartenes de centenares de huevos, bodegas, guardarropas, lecherías, despensas, fruteras que rebosaban. No se necesitaba menos para tantos escuderos, halconeros, pajes, conductores, siervos, jardineros, peleteros, porteros, soldados y centinelas y también peregrinos que permanecían allí en tiempo indefinido.

Con todas aquellas gentes diversas deambulando en el interior del castillo y otras tantas peleando sin tregua en el exterior, no fue extraño que en la confusión Juan y Elisenda se encontraran de nuevo, pero para que esto sucediera, tuvo que intervenir algo más que la casualidad.

Elisenda había conseguido escapar de sus habitaciones vestida con el traje de su sirvienta, deseaba encontrar a Juan y se mezclaba con la gente del pueblo sin que nadie reparase en ella. El joven había sido herido en la contienda y se hallaba tendido en uno de los grandes salones del castillo. La muchacha le vio y se acercó a él para auxiliarle. Juan no se sorprendió al verla, pues la esperaba.

Elisenda desgarró la falda de su vestido e improvisó unos vendajes con los que intentó detener la sangre que manaba en abundancia de la herida y Juan sin poder contener más el amor que le desbordaba cogió aquellas manos entre las suyas y las besó. Fue en aquel momento cuando el conde, acompañado por algunos soldados hizo su aparición en la estancia y los vio. La joven intentó ocultar su rostro bajo su manto, pero fue inútil, Ricardo la había reconocido.

Elisenda intentó explicar lo inexplicable, pero su hermano no atendió a razones. Inmediatamente, el conde dio orden a sus soldados de detener a Juan y encarcelarlo, las pruebas eran innegables, ella no debía de estar allí vestida con aquellas ropas y Juan, como vasallo, nunca debía haber besado las manos de la hermana de su señor.

En el exterior, la contienda parecía haber llegado a su fin, había sido una pequeña escaramuza por el simple placer de guerrear, pronto las gentes abandonarían el castillo y todo volvería a la normalidad. Ricardo pensó en las horas de tedio que seguirían después de la batalla y no pudo evitar la satisfacción que aquel incidente inesperado le deparaba. Había encontrado la solución a sus próximas horas de aburrimiento…

 

Ante el tribunal Eclesiástico, Elisenda se defendió a si misma con vehemencia. Declaró que no podía permanecer aislada en sus habitaciones escuchando los gritos de dolor de los moribundos y se había puesto las ropas de su sirvienta para poder salir de ellas y ayudar a los heridos.

Juan alegó que había correspondido a la caritativa ayuda de la dama con un espontáneo gesto de agradecimiento. Ambos se declararon inocentes de cualquier pecado de concupiscencia contra Dios o de deslealtad hacia su señor y hermano, el noble conde Ricardo, y juraron sobre la Biblia la veracidad de sus palabras. Los jueces, sin saber donde estaba la verdad, admitieron que era preferible dejar que Dios omnipotente hiciera prevalecer la justicia.

El Juicio de Dios consistía en probar la inocencia de los reos, sometiéndolos a la prueba del hierro candente. Si las quemaduras hechas en los brazos de los culpables cicatrizaban en menos de una semana, esto probaría que ambos decían la verdad, en caso contrario Juan sería condenado a morir vivo en la hoguera y Elisenda ingresaría en un convento para el resto de su vida.

Los jóvenes lloraron amargamente al conocer la decisión del Tribunal. Los dos sabían el triste final que les aguardaba: las heridas producidas por el hierro al rojo vivo nunca podrían cicatrizar en tan corto periodo de tiempo. Y aquella noche, con la inexplicable comunicación que siempre les había unido, ambos tuvieron el mismo sueño, decidieron ante la imposibilidad de unir sus cuerpos en la vida, unir sus almas para siempre en la muerte.

Años después, los trovadores popularizaron en sus cantos el amor de Juan y de Elisenda y los extendieron por toda Europa como un póstumo homenaje a aquellos amantes que nunca pudieron serlo.

 

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