Isabel, la confesión

marzo 1, 2011 under Relatos de Historia

Era una mujer de mediana edad, no demasiado alta y bien proporcionada. Su tez blanca estaba enmarcada por una cofia oscura que casi ocultaba su cabello de un rubio descolorido; los ojos pequeños y vivos, entre verdes y azules, se hubieran perdido entre tanta palidez, sino hubiera sido por su brillo de acero metálico y parecían no mirarle a él, sino a un objetivo invisible.

 

 

Más incluso que su real presencia, fue aquella mirada la que le asustó de veras al pobre fraile y ambos se quedaron observándose, como si esperasen algo el uno del otro. Después Fray Fernando dijo simplemente: Arrodillaos, Señora.

Entonces, la soberana habló y su voz sonó como una campana en la estancia silenciosa: Nunca me arrodillaré ante vos, si vos no lo hacéis también ante mí. No olvidéis que soy la reina.

Fray Fernando se quedó por unos momentos sin palabras, no esperaba aquella falta de humildad, pero ante semejante arrogancia, el fraile encontró la réplica justa: Majestad, yo represento a Dios en el Tribunal de la Penitencia y Dios, como rey del Cielo, no puede hincar la rodilla ante ningún rey de la Tierra.

Isabel pareció haber recibido un golpe, porque se estremeció. Nadie se había atrevido a contradecirla, sólo permitía ser replicada por su esposo, Fernando, con quien después de su matrimonio había pactado compartir el título y el mando, pacto que simbolizaron ambos en aquellas palabras que unidas al yugo y a las flechas se hicieron grabar bajo sus respectivos escudos: Tanto monta, monta tanto.

Sin embargo no se indignó, al contrario, le había sido sumamente grato el valeroso rasgo del fraile, tanto, que comprendió que aquel era el confesor que había estado buscando durante mucho tiempo, un confesor digno de ser el suyo. El anciano, con su entereza y dignidad, había ganado de golpe toda su confianza, hasta el punto de hacerle sentir irreprimibles deseos de liberar por fin su alma de los pecados que jamás había osado confiar a ningún sacerdote por temor a que no supiera guardar el secreto sagrado de la confesión.

Había vivido durante años con aquellas ocultas culpas pesando en su alma como piedras de molino. Ahora y por primera vez, un ministro de Dios le parecía lo suficientemente integro para confiar en él, y sin añadir palabra se arrodilló dispuesta a iniciar la confesión de sus pecados.

La voz de la reina hablando en susurros a su oído parecía confundirse con el crepitar del fuego que se consumía lentamente. Era una tarde del año 1495.

- Padre, yo me acuso de haber pecado hace ya mucho tiempo y aunque me he confesado de otras faltas cometidas después, éstas primeras quedaron en el fondo de mi corazón sin haber sido perdonadas. Como fue que he tomado la comunión muchas veces con ellas en la conciencia, el pecado ha sido cada vez mayor, hasta llegar a tal proporción que ya no sé si seré digna de la absolución de mi culpa.

La reina hizo una pausa, como si no se atreviese a continuar. Fray Fernando esperó pacientemente sin decir nada, invitándola a seguir con su silencio y entonces, ella incapaz de retener ya más lo que había estado reprimido durante tanto tiempo, prosiguió: Padre, me acuso de ocupar un trono que por derecho no me pertenece.

Y después de aquellas palabras, las demás acudieron a sus labios como un torrente imparable.

- Vos debéis saber lo que se contaba de mi hermanastro Enrique sobre su impotencia, hasta el punto que por esta causa, su propia esposa Juana de Portugal solicitó la nulidad de su matrimonio; pero parece ser que la clase de impotencia que Don Enrique padeció no fue en absoluto total y pudo permitirle alguna relación aislada, porque la reina dio a luz a dos hijos y una hija, llamada Juana, apodada despectivamente la Beltraneja, porque decían que Beltrán de la Cueva era el supuesto progenitor de aquella criatura. Yo, y muchos otros, sabíamos que éste no podía ser el padre, pues la falta que se le reprochaba a la reina databa sólo de un año y hacía mucho más que la princesa había venido al mundo.

Creo que recordareis que los castellanos indignados se sublevaron al ver educar a Juana, supuesto fruto de un adulterio, para que le sucediese en el trono. Enrique, siempre débil y juguete de intrigantes, nombró entonces heredero a su hermano Alfonso, aunque bajo la condición de que se casaría con ella.

Poco después murió Don Enrique y yo recogí sus últimas palabras en su lecho de agonía; en ellas declaraba solemnemente la legitimidad de su hija Juana, pero yo las callé para mí e hice como si no las hubiera nunca escuchado, proclamándome rápidamente Reina.

Aquí Isabel, hizo de nuevo una larga pausa, como si tuviera que tomar fuerzas para continuar hablando; cuando al fin lo hizo, su voz sonó distinta, como cargada de un sentimiento de odio mezclado con desprecio.

- Pero la Beltraneja- como la llamaba ahora- tenía sus partidarios, que eran mis enemigos, entre ellos el mismo rey de Portugal, antiguo y desairado aspirante a mi mano. Éste también pretendía mi reino y para ello se desposó con Juana y declaró la guerra a Castilla. Mi esposo el rey, y yo misma, le hicimos frente en la batalla: Fernando como capitán de los soldados y yo como estratega en la retaguardia. Una vez vencido el rey de Portugal y mientras mi amado esposo recogía toda la gloria de la victoria, yo me ocupaba de otros menesteres aún más importantes, aunque desconocidos para todos.

Decidí apartar a Juana de mi vida, aunque sin perderla tampoco de vista. No por ella misma, que era, igual que su padre, un pobre e insignificante ser que se dejaba llevar por las circunstancias como un muñeco, sino porque preveía que un enemigo potente podía jugar la carta de la Beltraneja como se juega un comodín.

La solución que se me ocurrió fue recluirla en un convento, porque pensé que así la tendría siempre controlada, y aprovechando una crisis de desmoralización de la muchacha, cansada de que su persona y la circunstancia de su procreación fuesen utilizadas como arma política según los intereses del poder, la convencí de que renunciase al trono para siempre, y amenacé a las autoridades eclesiásticas con las más severas sanciones si la dejaban salir del convento.

Para que jamás se descubriese que yo me había aprovechado del desánimo de aquella pobre alma, puse especial empeño en que constara en los papeles del convento de Santa Clara, que la Beltraneja había tomado el acuerdo de hacerse monja por su propia voluntad.

Y allí es donde la desgraciada de transcurrir tristemente sus días y esa es la forma en que yo, Isabel reina de Castilla, he pisoteado su porvenir y el trono, que como he dicho al principio de esta confesión, es a ella a quien por derecho pertenece.

Esta verdad, que sólo yo, Juana, y ahora Vos conocéis, no me deja vivir en paz, y aunque no he vuelto a verla, sueño cada día con su triste rostro, encerrado tras las paredes de su celda y los remordimientos por la injusticia cometida con aquella infeliz me roban la alegría de vivir.

El fraile había escuchado sin hablar la confesión real con tanta atención como asombro, porque de todos era sabida y conocida la virtud y la honestidad de la reina, según se decía la mujer más recta e inflexible de Castilla. No estaba en su mano juzgarla porque eso sólo correspondía a Dios y a Dios invocó piadosamente para hablar en su santo Nombre. Permaneció unos minutos en silencio esperando la iluminación, hasta que el Señor efectivamente puso en su boca las temidas palabras:

- Hija mía, el único modo de recobrar la paz de tu conciencia, es devolver el trono a su verdadera dueña.

Isabel, que había esperado conteniendo los latidos de su corazón a que el sacerdote hablase, dio rienda suelta a su indignación al escuchar lo que jamás hubiera deseado oír.

-¿Pretendéis decir que yo, la reina de Castilla y Aragón, que he podido conseguir junto a mi esposo la unidad de los reinos y he reducido a la obediencia a los nobles y grandes señores, obligándoles a devolver a la corona las tierras que de hecho le pertenecían. Yo, que he hecho posible, tras innumerables esfuerzos políticos y económicos, hacer posible el descubrimiento de las Indias, apoyando al intrépido navegante Cristóbal Colon, a quien nadie, excepto yo misma, daba un voto de confianza. Que he sido una amante de mis súbditos, hasta el punto de preocuparme también de darles un esplendor intelectual nunca conocido. Que he tenido a mis cinco hijos uno tras otro, en medio de guerras y constantes campañas en pos de la grandeza del reino y los he casado con los reyes más poderosos de Europa, sacrificando su voluntad. Que he librado a la Iglesia y a los cristianos de la nefasta influencia de los judíos, ordenando la expulsión de los mismos del país y creando el Santo Tribunal de la Inquisición para la persecución de herejes peligrosos para la fe de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Vos pretendéis que yo, que tanto he hecho en nombre de Dios, en ese mismo nombre entregue a esa mujer sin carácter todo lo que me ha costado semejante esfuerzo?.

-Majestad, yo sólo hablo en nombre de Jesucristo y a Él poco le importan los bienes de la Tierra. Es vuestra alma la que está en juego y ella es más importante que todo el poder y toda la grandeza del reino-.

La blanca tez de la reina, perdió su fantasmal palidez y se tornó roja de indignación a medida que escuchaba las palabras de Fray Fernando, toda su admiración y confianza se había truncado en furia desmedida y maldijo el impulso que la había llevado a hacerle partícipe de sus más íntimas confidencias, sin tener en cuenta que él como hombre, nada tenía que ver con la figura divina que representaba.

- Padre, Dios está muy alto, pero el bien de mi patria es para mí, más alto todavía. Si Él no puede comprender el porqué de mis actos y perdonarlos, prefiero vivir en pecado pero ser reina, que ser una mujer justa pero sin corona.

- Hija mía, nada puede ser más alto que la palabra del Señor, pero si ésta es tu decisión, yo no puedo darte la absolución para tus pecados.

La tensión parecía poder cortarse con un cuchillo. Con arrogancia se levantó Isabel del suelo, dejando al fraile arrodillado a sus pies. Le miró con desprecio, después giró la espalda con brusquedad y salió de la habitación haciendo crujir las ropas de su austero traje mientras se alejaba.

Fray Fernando de Talavera se quedó solo y de rodillas en medio de la estancia desierta, con las paredes como único testigo de aquella conversación, pensó entonces que las paredes no podrían contar nunca lo que habían escuchado, pero tuvo el presentimiento de que sus días como confesor de la reina habían terminado.

 

Acababan de darle la extremaunción, la reina estaba agonizando. Sólo tenía cincuenta y cuatro años, aún era joven para morir, pero la mujer que no había flaqueado ante las preocupaciones de los más arduos negocios de estado y las mayores fatigas corporales, sucumbía al acerbo dolor de ver morir a sus hijos uno tras otro. En sus últimos momentos aún tuvo la suficiente fuerza de espíritu para exigir al sacerdote que al ponerle los óleos sagrados lo hicieran bajo las sábanas, pues su pudor no permitía enseñar los pies desnudos.

Fernando, su esposo, que estaba a su lado, pensó que era lógico que no quisiera mostrarlos a nadie, puesto que él no los había podido ver nunca, como tampoco el resto de su cuerpo.

El rey comprendía que iba a perder a su mejor compañera, pero también a su peor amante. Como marido, jamás había podido disfrutar de su áspero cuerpo, por eso había buscado calmar su sed en otros cuerpos más complacientes a lo largo de todo su matrimonio. Isabel, inteligente y astuta, no sólo le había pagado sus infidelidades con la más intachable lealtad sino que había colmado de regalos a sus enamoradas, las casaba y las enviaba lejos, bien lejos…

Aquella manera de comprender sus debilidades de la carne, siempre le llenó de respeto hacia su esposa. También la había admirado porque ella era mejor estadista, mejor político, mejor soldado y mejor estratega que él mismo, pero lo que nunca podría perdonarle, es que ella fuese mejor rey que el mismo rey.

 

Juana la Beltraneja se sentó al lado del lecho de la moribunda mirándola con sus ojos grandes y soñadores. Desde su nacimiento Isabel había odiado aquella mirada abúlica en su rostro dulce, lleno de la característica melancolía que tan parecida la hacía a su padre Enrique y que hacía clara la legitimidad de su origen.

Isabel se dio cuenta de que Juana no podía estar allí con los demás, porque hacía ya varios años que había muerto en el monasterio donde ella misma la había recluido y entonces comprendió que Juana había venido desde el Más Allá para pedirle cuentas en el lecho de muerte. La reina sabía que tenía una deuda y que si no era saldada antes de morir, le impediría franquear las puertas del Paraíso. Con voz velada por la fiebre se dirigió al fantasma creado en su culpable imaginación.

- Juana, yo te dejo mi reino en mi muerte, ya que te despojé de él en vida.

Pero Isabel estaba tan acostumbrada a mandar, que hasta aquella última súplica parecía una orden.

Juana inclinó la cabeza en un deje contemplativo y le contestó con suave voz:

- Donde yo estoy, Isabel, ya no necesito un trono, porque ese reino que me arrebataste ya me ha sido devuelto en el Cielo. Allí no tengo corona, ni castillos, ni vasallos, ni soldados, pero tengo algo que tú no tuviste y que nunca tendrás: paz.

Tú has sido reina en la tierra pero ahora en el infierno penarás eternamente, del mismo modo que yo pené al entrar tras los muros del convento donde me condenaste a vivir de por vida. Ese es el precio que pagarás por tu ambición.

 

En el mismo momento en que Isabel intentaba retener a Juana a su lado, el último aliento escapó de sus labios. El médico real que había estado atento a los movimientos de la soberana, se acercó al lecho y tomó una de sus manos para comprobar si la vida había abandonado su cuerpo. Después se dirigió hacia el gentío que llenaba la habitación, ávido de presenciar sus últimos momentos y dijo con voz solemne: La reina ha muerto.

Y mientras estas palabras todavía resonaban en los oídos de todos los presentes, el alma de aquella mujer se escapaba veloz por el hueco de uno de los ventanales de la alcoba en pos de su próximo destino, que sólo Dios podía conocer.