Arabela, el embrujo

julio 8, 2011 under Relatos de Historia

 

El hombre, un sencillo pastor de edad indefinida, continuó hablando durante largo rato sin que nadie le interrumpiera. La concurrencia que le rodeaba, en su mayoría mujeres y niños, se había incrementado lentamente a medida que los campesinos que regresaban a sus hogares se unían al grupo.

Sólo al cabo de largo rato de escucha silenciosa, uno de ellos se atrevió a romper la magia de aquellas palabras que parecían fascinar a todos los oyentes e interrumpió la larga oratoria…

- Pues yo creo que todo esto que explicas es un cuento. Seguro que estabas borracho cuando la viste. Si es que  la viste.

- Pues yo si creo que la vio- añadió otro.

Esta intervención dividió rápidamente al grupo en dos bandos contrarios.

A medida que los ánimos se calentaban se enzarzaron rápidamente en una discusión que podía haberse hecho interminable y que amenazaba acabar en feroz pelea, si no hubiese sido por la feliz intervención de uno de ellos, quien subiéndose a una de las piedras más altas del camino zanjó la discusión, gritando simplemente:

- Pues yo pienso que la mejor manera de ponerse de acuerdo es averiguarlo por nosotros mismos y encontrar a la bruja-.

Tras unos breves segundos de reacción el asentimiento de todos fue unánime. Rápidamente los ánimos pasaron de la exaltación a la impaciencia y abandonando las discusiones, todos se pusieron a planear la acción.

Capitaneados por el hombre que había hablado, trazaron un plan de estrategia: al día siguiente, los habitantes del pueblo recorrerían el bosque divididos en grupos de cuatro y las mujeres y los niños se quedarían vigilando en la entrada para evitar que la bruja escapase con sus malas artes mientras los hombres la buscaban. Todos tenían motivos para vengarse de ella y no podían dejar que se burlase de nuevo.

 

La leyenda se remontaba al pasado y había corrido de boca en boca sin que nadie hubiese podido averiguar nunca que había de cierto o no en ella.

Hacia tiempo, una vieja fea y desaliñada llamada Arabela vivía en una de las casas más apartadas del pueblo. Nadie conocía exactamente su historia, pero los más ancianos del lugar contaban que en un tiempo fue una joven malvada pero extraordinariamente hermosa, hija de un cura y de una prostituta. Abandonada a su suerte después de su indigno nacimiento y dotada de unos encantos a los que los hombres no podían resistir, había tenido infinidad de amantes, a los que había asesinado con sus propias manos, uno tras otro, después de haber obtenido de ellos dinero y placer.

Al paso de los años aquella hermosa mujer dilapidó su fortuna con la misma rapidez que sus amores y acabó viviendo sola, en una casa miserable de aspecto lúgubre, con la única compañía de un extraño gato negro y un par de lechuzas cuyos ojos vigilaban la casa día y noche; y de los cuales según se decía que era ella misma la que tomaba su aspecto para mezclarse con la gente del pueblo sin que nadie lo advirtiese.

También, según contaban, se untaba el cuerpo con unas substancias misteriosas que la hacían remontarse por los aires a lomos de su escoba voladora para reunirse en las noches del sábado con sus iguales, llegados de los más lejanos parajes donde adoraban al mismísimo demonio en forma de macho cabrío, danzando juntos en torno a un caldero lleno de horribles ingredientes: sangre de seres humanos mezclada con ungüentos y jugos mágicos.

Un día la vieja mendiga a quien todos habían comenzado a llamar bruja,  fue a pedir limosna a una de las casas del pueblo. Al negársela, su cólera fue terrible y vociferó que pronto se acordarían de ella jurando hacerles a todos mal de ojo.

A los pocos días, moría el hijo mayor de la casa y los dueños recordaron de inmediato la amenaza de la mendiga. Los hombres de la familia del muchacho fallecido, se reunieron y le salieron al encuentro para llevarla arrastrando al pie de la cruz del término donde habían preparado una hoguera. Allí la ataron a un roble donde habían preparado una pira de leña seca, le prendieron fuego y la arrojaron a las llamas abandonándola a su suerte.

Después de aquel suceso, no se volvió a saber nunca más nada de la desgraciada mujer. Nadie sabía si se había salvado del fuego o si su espíritu continuaba viviendo en lo más profundo del bosque para seguir vengándose de los vivos. Así pues, cada vez que alguien enfermaba o moría en la aldea, todos  atribuían aquel infortunio a la venganza de la bruja.

 

Los hombres comenzaron la búsqueda al amanecer y a lo largo del día recorrieron hasta los más apartados rincones del bosque sin hallar ni rastro de la vieja. Cuando el sol declinó, se encontraron cansados y sin ánimos de seguir. Entonces, desalentados y de común acuerdo, decidieron regresar al pueblo.

Solo uno, Tomás, el mismo hombre que había jurado ver a la bruja, resolvió continuar la búsqueda. El resto de sus compañeros le tacharon de loco e intentaron convencerle inútilmente del peligro que podía correr si permanecía allí, pero ninguno sabía que algo en aquel lugar atraía irremisiblemente a Tomás y le obligaba a seguir buscando hasta encontrarla.

Le dejaron solo y la noche le envolvió pronto con su gama de susurros desconocidos que parecían surgir por todas partes, mientras extrañas sombras que convertían a los árboles en fantasmas imaginarios.

Tras algunas horas de vagar perdido y exhausto se refugió en el interior de una cueva acurrucándose contra las rocas. Sólo entonces, se sintió a salvo. Pensó que quizás debería haber sido más sensato y regresar con los demás al pueblo para continuar la búsqueda al día siguiente, pero ya sólo podía quedarse allí y esperar a que pasase la noche. Entonces, cuando sus ojos comenzaban a cerrarse, rendido por el sueño y el cansancio, escuchó una hermosa voz que parecía surgir del interior mismo de la cueva.

- Tomás, ven conmigo, te estoy esperando-.

El hombre pensó que quizás soñaba. Él había ido a buscar a una bruja, pero aquella voz tan dulce y atrayente parecía haber surgido de los labios de un hada. Extrañamente dejó de sentir miedo, sólo deseaba acercarse a ella. Incorporándose, comenzó a avanzar hacia el interior de la cueva, donde la voz parecía repetir su nombre cada vez con más dulzura, y entonces la vio.

Una mujer tan hermosa como nunca hubiera podido imaginar. Sus ojos de un verde intenso brillaban en la oscuridad. Sólo iba vestida de resplandor pero tampoco parecía tener cuerpo, porque Tomás podía ver la cueva a través de ella. Los cabellos largos y oscuros que enmarcaban aquel rostro perfecto parecían flotar en el aire como una aureola. De pronto, sus manos largas de uñas afiladas le atrajeron hacia ella y él hombre, incapaz de resistir aquel abrazo, sucumbió, dejándose envolver por el embrujo que emanaba de aquella extraordinaria figura.

 

Al amanecer, los hombres de la aldea no fueron al trabajo para continuar la búsqueda de la bruja. Debían encontrar de una vez a la malvada vieja que traía tantas desgracias al pueblo, para atraparla y darle muerte antes de que todos cayeran bajo su maligno hechizo.

Y aquel día tuvieron más suerte, como si sus pasos ya conocieran el lugar donde se encontraba. No tardaron en hallarla dormida en el interior de una de las cuevas del bosque. No podía ser otra, era exactamente igual a la descripción que Tomás había hecho de ella; una mujer vieja y arrugada, de una fealdad increíble. Pero lo que a todos llenó de estupor fue que no se hallaba sola, ya que el mismo Tomás, yacía a su lado dormido entre sus brazos. Cuando lograron reaccionar del asombro que esto les ocasionó, separaron bruscamente al hombre de la bruja y a ésta se la llevaron entre todos, arrastrándola por los cabellos.

Tomás trató de impedirlo desesperadamente, pero nadie comprendió su reacción e imaginaron que el contacto con aquel ser malvado le había enloquecido. Lo que ninguno podía saber, es que allí donde todos veían a una bruja repugnante y malvada, él veía a la hermosa mujer de la que se había enamorado locamente en una noche.

La extraña y tétrica comitiva llegó hasta las orillas de un lago que se abría entre la espesura de los árboles. Un sacerdote acompañaba al grupo.

Ataron a la mujer a un árbol mientras sujetaban fuertemente al hombre que gritaba y pedía clemencia para ella. Aquella vez estaban dispuestos a celebrar un juicio justo, un juicio de Dios que les liberase para siempre de aquella pesadilla y limpiase sus conciencias de culpa.

Se celebró la santa Misa, se impartieron los sacramentos y después se bendijo solemnemente el lago antes de comenzar la ceremonia.

La  prueba del agua fría consistía en arrojar a la acusada a las aguas sin compasión; si flotaba, sería prueba que el demonio, cuya sustancia era espiritual y volátil, había penetrado en todas las partes del cuerpo y le comunicaba su ligereza, entonces sería ejecutada inmediatamente.

Pero si por el contrario se sumergía, sería rápidamente extraída del agua con las mismas cuerdas que la ligaban.

Antes de comenzar  el ritual, el sacerdote pronunció las siguientes palabras en voz alta: Si Dios es justo, no debe permitir el triunfo del malvado y puesto que es omnipotente suspenderá las leyes de la naturaleza o las dirigirá de modo que prevalezca la inocencia.

Entonces Tomás, en una explosión de desesperación encontró fuerzas desproporcionadas a la envergadura de su cuerpo y consiguió desligarse de las cuerdas que lo aprisionaban.

Como un verdadero loco, corrió hasta la misma orilla del lago y ante la sorpresa de todos lo presentes, se lanzó al agua al mismo tiempo que el cuerpo de la mujer era arrojado a ella, poniendo sus brazos alrededor del cuerpo de la bruja para impedir que flotase y arrastrarla así consigo a las profundidades. El pueblo, al contemplar semejante acto de locura, abandonó entonces las cuerdas con que habían atado el cuerpo, dejándolo libre.

Tomás no sabía nadar y ambos descendieron lentamente hasta los mismos abismos del lago. Mientras lo hacían, y a medida que el oxígeno abandonaba sus pulmones y la vida se escapaba de su cuerpo, el pastor miró por última vez a su amada: la cara de ángel se había transformado en el deforme rostro de una bruja que se reía de él, enseñándole como aquel día que la descubrió en el bosque una boca vacía de dientes…