Kunte, la esclavitud

enero 29, 2012 under Relatos de Historia

 

 

Aquel abominable pillaje que, año tras año, desertizaba lentamente las comarcas del continente negro, lo practicaban corsarios y aventureros, principalmente ingleses y holandeses, con el beneplácito de sus gobiernos.

Los colonos americanos contaban para trabajar en sus plantaciones con los indios nativos cuyas tribus se agotaban en las faenas más duras y también, a veces, con sus mismos compatriotas, que se comprometían a ayudarles durante siete años para poder realizar gratuitamente la travesía transoceánica, pero los brazos no eran suficientes y los traficantes de esclavos les surtían de mano de obra inagotable, barata y dócil.

Algunos de los compañeros de Kunte eran delincuentes, pero él era inocente de todo delito y había sido cazado por el mismo jefe de su propia tribu para ser vendido junto a los demás prisioneros. El único motivo: la pingüe ganancia que los europeos les ofrecían por la mercancía humana.

Un buque les esperaba amarrado a la costa y la última visión que Kunte tuvo de la tierra en que había nacido fue un cielo brillante, cuyo azul se elevaba limpio de nubes hacia lo más alto y la arena de la playa reluciendo al sol, salpicada de altas palmeras que parecían despedirle tristemente con su cabellera cimbreando al viento.

Ya en el oscuro vientre del barco, los blancos cambiaron sus cuerdas por cadenas y le apretaron los pies con una barra de hierro encadenándolo a otro grupo de negros que yacían amontonados, prácticamente uno sobre otro.

Allí dentro apenas había aire para respirar y un agrio y fuerte hedor de vómito revolvió su estómago. La oscuridad y el silencio eran casi absolutos, sólo rotos intermitentemente por gemidos que no parecían surgir de gargantas humanas. Kunte notó el contacto de otra piel tocando la suya, una piel húmeda y suave que olía a hembra. Luego, cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, pudo distinguir unos ojos negrísimos que parecían iluminar las tinieblas y que le miraban como un animal herido de muerte. Era una mujer encadenada junto a él. Poco a poco, su imagen se fue haciendo más nítida y pudo descubrir sus hermosas facciones casi infantiles.

Le hubiera gustado preguntarle su nombre y de donde procedía pero se sintió enfermo. El barco había comenzado a moverse, primero con lentitud, después más rápido, entonces, comprendió que se estaban alejando de la costa y que ya no volvería a ver más a sus padres ni a sus hermanos. Volvió a mirar a la muchacha que a su lado le observaba en silencio, en la tristeza profunda que se reflejaba en la oscuridad de sus ojos comprendió que solo la muerte podría liberarle de aquel sufrimiento y deseó ardientemente morir… su destino ya no le importaba.

 

En aquellos penosos meses de viaje, los dos compañeros de infortunio resistieron la disentería, la falta de comida y la escasez de oxigeno, y tuvieron que soportar terribles vejaciones y sufrimientos.

El viento parecía confabularse con la desgracia de los prisioneros y el barco avanzaba muy lentamente. Al mes de travesía la comida comenzó a escasear, entonces, los blancos escogieron entre los negros a los más débiles y los más viejos y los tiraron por la borda sin piedad. Kunte y Mosaka eran jóvenes y fuertes y fueron respetados teniendo que presenciar como, para ahorrar víveres, centenares de sus hermanos de raza eran arrojados vivos al mar.

Pero sus almas estuvieron en continua comunicación alentándose mutuamente y dándose fuerza para poder sobrevivir, y aunque no hablaban mucho, lo sabían todo el uno del otro. Ella era la única razón por la que el joven todavía se agarraba a aquel espantoso simulacro de vida. Quería estar a su lado para protegerla.

Finalmente, un día el barco llegó a puerto. Entonces, los blancos los subieron a cubierta como si fueran una manada de animales. Los sobrevivientes ofrecían un aspecto cadavérico y apenas si parecían una sombra de lo que habían sido cuando embarcaron. Los lavaron, raparon y les pintaron extraños dibujos en la piel para que con ellos disimulasen los estragos sufridos por el hambre, la enfermedad y el sufrimiento y de este modo presentasen un aspecto más atractivo en el mercado donde iban a ser vendidos como esclavos.

Kunte y Mosaka fueron separados sin poder hacer nada para impedirlo. Kunte fue adiestrado por esclavos negros como él, que ya hacía tiempo estaban trabajando en la plantación, y pasó a ponerse al servicio de un amo blanco bajo la vigilancia del capataz, que sólo se comunicaba con él a través del látigo.

Desde aquel momento, vio pasar sus días trabajando medio desnudo de sol a sol. Cuando acababa la jornada se le arrojaba su ración de pan y tocino rancio y después por la noche se le encerraba a dormir en una choza sucia como una pocilga. Ninguno de los esclavos protestaba porque a la menor queja eran encadenados por los pies con enormes cadenas, suspendidos de un árbol con los brazos azotados y obligados a permanecer así veinticuatro horas.

Los días transcurrían inacabables, uno tras otro, sólo los trabajos serviles estaban reservados al negro y hasta los mismos criados blancos tenían uno a quien mandar.

Como les excluían de todo lo que hiciera agradable la vida, Kunte veía a sus compañeros de infortunio entregarse al concubinato como único placer, cediéndose las hembras uno al otro. Pero él se mantenía fiel a la única ilusión que le hacía permanecer vivo dentro de aquel infierno: la esperanza de volver a ver algún día a su compañera de viaje.

Mosaka, tuvo aún peor suerte, porque a parte del inhumano trabajo diario, estaba obligada a compartir el lecho de su amo siempre que a éste le apetecía copular con ella. Algunas de sus compañeras aceptaban este hecho de un modo natural y si quedaban embarazadas, sus hijos eran educados por el padre con tanto cuidado como los asnos y los terneros.

Los esclavos ignoraban las leyes y al blanco tampoco le interesaba que las conociesen. Era tanta la opresión que sufrían que ellos mismos se persuadían de que eran de naturaleza inferior o sólo nacidos para padecer y obedecer, pero ni siquiera aquel tormento podía quitarle su alegría e incluso, a veces, se entregaban al baile. Mientras los veía danzar al compás del ritmo que llevaban en su sangre, Mosaka, siempre permanecía sola en un rincón. El recuerdo de la imagen de Kunte y la esperanza de volver a verlo otra vez, eran sus únicos momentos de felicidad, la única compensación a seguir viviendo.

Un día, se dio cuenta de que algo estaba creciendo en sus entrañas y cuando ya estaba decidida a matar a su hijo para librarle del horrible porvenir que le aguardaba, la suerte hizo que escuchase, escondida tras unas matas, una conversación entre dos blancos…

- En el Parlamento Inglés han surgido voces en contra de la trata de esclavos. – decía uno -. Los cuáqueros han comenzado a combatir el tráfico de negros por medio de la imprenta -.

- Ellos no los conocen – añadía el otro -. Los negros son gente falsa, depravada y muy peligrosa porque son tres veces más numerosos que nosotros. Aprovechan todas las ocasiones para ponerse enfermos y no trabajar, algunas veces toman venganzas atroces y prenden fuego a las plantaciones.

- Hay que evitar por todos los medios que estas voces de libertad lleguen a su oído -. concluyó el primero.

Pero Mosaka, sí las había escuchado y aquellas palabras la decidieron huir de allí. Sabía a lo que se exponía: cuando se enterasen de su desaparición sería perseguida como una fiera por perros adiestrados a su olfato, prestos a despedazarla si la alcanzaban, pero pensó que si su hijo naciera lejos de allí, en algún lugar de las tierras del norte, quizá algún día podría vivir en libertad y no sería tratado como un ser diferente al resto de los humanos

Kunte, también había oído aquel rumor que como un torrente de lava candente se propagaba por todas partes y en su esperanza de encontrar a Musaka decidió acabar con aquella vida que sólo le deparaba vejaciones e injurias.

En un momento de descuido del capataz, Kunte se apoderó de su arma. Sabía también el castigo que se infería a los delincuentes. Si lo descubrían, le meterían los pies en un cilindro de moler azúcar y lo triturarían, poco a poco, pero él ya había soportado más de lo que cualquier ser humano puede soportar y si moría, le sostenía la idea de que después de muerto su alma volvería al gran mar, para ver de nuevo a su patria y a su familia, donde esperaría pacientemente a Mosaka, si ella todavía no estaba allí aguardándole.

Escaparon los dos y caminaron alentados por la esperanza de encontrarse en las tierras del norte. Su pensamiento les atraía el uno hacia el otro con la fuerza de un imán y el sol guiaba sus pasos durante el día y las estrellas durante la noche.

 

En 1818 la American Colonation Society dio comienzo al ambicioso plan de devolver a África a los esclavos de los Estados Unidos de América.

El proyecto se inició con el embarque de un primer barco de 1.800 negros americanos, rumbo a las costas africanas, donde no fueron bien recibidos por sus hermanos de sangre. El problema era más complicado de lo que parecía a primera vista en las asambleas inglesas. Los esclavos no sabían qué hacer con su libertad porque nunca la habían conocido y, aunque tarde, la humanidad empezaba a comprender que para borrar las grandes iniquidades no bastaba con dejarlas abolidas.

Kunte y Mosaka eran ajenos a todo lo que estaba sucediendo en el mundo, ellos sólo corrían hacia la libertad para compartirla juntos. Ni el hambre, ni el frío, ni el cansancio ni el peligro podían hacer sucumbir a aquellos dos seres iluminados por la fe del reencuentro.

Pero ni la historia ni nadie podrá contar nunca si los dos jóvenes, compañeros de tortura, llegaron a encontrarse en esta vida, porque sólo la espesura de la selva fue testigo de su destino.

 

 

 

George, el progreso

enero 4, 2012 under Relatos de Historia

 

La jornada duraba, a veces, hasta quince horas. Comenzaban el trabajo de madrugada, cuando las sombras de la noche reinaban todavía en las calles del pueblo y salían de la mina cuando las mismas sombras habían ya vuelto a ocupar su trono perdido durante el día.

Apenas si recordaban que su aldea estaba rodeada de verdes valles que el sol hacia brillar, porque apenas si recordaban como era la luz del sol. Para ellos todo era oscuridad: la oscuridad de la profundidad de la mina, la oscuridad de las sombras de la noche y la oscuridad de una vida sin esperanza.

George Stephenson, creció entre la negrura del carbón y la resignación. Su joven vida se desarrolló sin más instrucción que el propio sufrimiento y el de los suyos, viendo desfilar ante sus ojillos grises y despiertos un día tras otro y una noche tras otra, todas exactamente iguales y tristes, marcadas sólo por la frustración.

Pero pronto comenzó a comprender que él no podría resignarse. Aunque no poseía cultura alguna, ni nadie le había explicado nada de lo que ocurría al otro lado del valle, una voz en su interior le hablaba a menudo y le decía que la vida debía de ser diferente lejos del pueblecito de Newcastle donde había nacido

Al llegar a la adolescencia había dejado el trabajo de la mina y se había empleado como pastor de vacas. El jornal era aún más mísero que el de un minero, pero al menos podía disfrutar de los radiantes días de primavera y mantener extensos diálogos consigo mismo. En pleno contacto con la naturaleza podía dejar en silencio su mente y escuchar la voz de su corazón, que le animaba a seguir en su empeño de abandonar el pueblo de su infancia.

A los dieciocho años empezó a frecuentar cursos nocturnos gratuitos que se impartían en la aldea para los obreros y aprendió a leer y escribir con rapidez.

No era fácil encontrar libros en aquel rincón apartado del mundo, pero George se las arreglaba siempre para conseguirlos. A veces, a falta de otros nuevos, leía el mismo libro sin cesar una y otra vez, extrayendo hasta el más profundo saber de las letras impresas, reflexionando sobre cada palabra y cada frase. Cualquier idea le servía de trampolín para desarrollar otra y así, fiel a la poderosa necesidad de conocer, su cerebro iba capacitándose para cultivar su gran pasión: la mecánica. A veces, levantaba los ojos del libro para soñar despierto y con la videncia de su inteligencia, el muchacho intuía una Era diferente para la Humanidad.

Corría el año 1799 y un nuevo siglo comenzaba a clarear. Inglaterra estaba en plena transformación, el combustible que se extraía de la mina donde trabajaba servía para alimentar a todo un bosque de chimeneas humeantes que se había extendido por toda la comarca.

Primeramente el martillo a vapor comenzó a resonar en las fábricas de acero trabajando más barato y mejor que ningún herrero. Después había comenzado a marchar el telar mecánico que tejía más en un día que los más diligentes tejedores en un mes. La que hasta entonces había sido nación de granjeros y comerciantes se convertía, poco a poco, en el primer país industrial de Europa…

Cuando cumplió veinte años, George, fiel a sus propósitos de seguir su vocación, abandonó las vacas y consiguió ser contratado como mecánico en la fábrica del dueño de la mina donde, de niño, había tirado junto a su madre vagonetas cargadas de carbón.

Aquella mañana, como cada día, el muchacho se dirigía al trabajo. Sus pasos eran vacilantes, intentando no perder el equilibrio y no introducir sus pies en las profundas rodadas marcadas en el lodo por los carros. De pronto, divisó a lo lejos un coche de caballos que se acercaba. El camino era tan estrecho que sólo permitía el paso a un sólo carruaje. Se apartó todo lo que le era posible subiéndose a unas piedras amontonadas en la cuneta y esperó a que el vehículo pasase.

Mientras lo contemplaba, pensó que los caballos no bastaban ya para acarrear tanta mercancía como se amontonaba en los almacenes del puerto de Liverpool. Los fabricantes de Manchester debían parar sus máquinas en espera de que aquellas fueran transportadas a sus fábricas. Fue en aquel mismo momento cuando la idea que hacia tiempo daba vueltas por su cabeza comenzó a tomar la forma de una máquina que aprovechando la energía del vapor, sirviese para arrastrar combustible de carga pesada e incluso personas. Sabía que otros hombres lo habían intentado antes sin éxito, pero él tenía una enorme confianza en sí mismo.

Cuando la diligencia era ya sólo un puntito en el horizonte George había diseñado la locomotora en su imaginación con todo detalle. Ahora solo le faltaba encontrar a alguien que creyese en ella para materializase, y como si la suerte hubiera respondido a sus deseos, sus sueños comenzaron a tomar forma aquel mismo día.

La bomba de aspiración de la fábrica se había averiado y hacía meses que ningún ingeniero podía conseguir repararla. Cansado de esperar, el propietario de la mina se acordó de las habilidades técnicas de aquel muchacho brillante y decidió darle una oportunidad. George solucionó el problema en pocas horas.

A partir de aquel momento su vida comenzó a cambiar. Por la noche, entre las sábanas de su humilde cama, se dio cuenta de que lo verdaderamente tenía importancia en la vida de un ser humano no es lo que le rodea, sino lo que éste hace con lo que le ha tocado en suerte tener a su alrededor. Alguien había creído en él, porque él nunca había dejado de creer en sí mismo.

En 1814, gracias a la ayuda económica prestada por Lord Rawenstworth, propietario de la mina y después de distintos experimentos, el mecánico de Newcastle, terminó de construir la primera locomotora a vapor que, jadeando y silbando, arrastraba vagones cargados de carbón a los puertos de embarque a una velocidad de ocho millas por hora.

Aquel fue solo el principio, la época de los ferrocarriles acababa de empezar…

 

En la ciudad se oían los más diversos comentarios sobre el nuevo invento. Thomas Taylor, un joven empleado de banca, compró el periódico aquella mañana a uno de los muchachos que voceaban por las calles de Londres y miró los grandes titulares con los que resaltaban la noticia del momento: La Liverpool-Manchester, la primera línea ferroviaria del mundo, iniciaba aquel día, 16 de septiembre de 1830 su primer histórico recorrido, con quinientos pasajeros a bordo.

Siguió ojeando las páginas del diario mientras caminaba lentamente camino a su trabajo y se detuvo al leer uno de los artículos de los periodistas sobre aquel increíble hecho:

-¿Quién puede hallar un absurdo más evidente y una pretensión más ridícula que viajar en esas locomotoras que corren a velocidades superiores al doble de las diligencias? Tanto mejor sería viajar a lomos de una bomba.

El comentario le hizo esbozar una sonrisa de profundo desdén. Tomas Taylor, era de los que creían profundamente en el progreso y sabía que éste se basaba en el futuro de las comunicaciones. La rapidez de desplazamiento de los alimentos y medicinas significaba la victoria sobre el hambre y de la enfermedad y también un gigantesco aumento de la producción y el comercio, con unas consecuencias transcendentales en todos los órdenes de la vida.

- “La aplicación del vapor a lo locomotora, es el mayor descubrimiento de nuestra época”- pensaba. Y con una clara intuición del futuro, sospechaba que no sería el último.

En el otro extremo de Londres y en aquel mismo momento, Sir Phillip Bridges, se hallaba cómodamente instalado en el salón de su confortable mansión y también ojeaba ávidamente el periódico que su mujer le acababa de traer. Su cara se hallaba congestionada de indignación a medida que leía los textos referentes a la espectacular inauguración del recorrido del ferrocarril.

Sir Phillip, era uno de los ricos terratenientes que veían expropiados sus terrenos al paso del monstruo de acero, como solía llamarle. Unido a los propietarios de los transportes de caballo y algunos campesinos, había llevado a cabo una guerra sin cuartel para evitar que aquel proyecto se llevase a término.

- ¿Te das cuenta Margaret de lo que esto significa? - exclamó dirigiéndose a su esposa que le miraba silenciosamente-. Es la ruina, la nuestra y la de todos los honrados ciudadanos que hemos levantado el país con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo. El ferrocarril es el invento más desgraciado que el intelecto humano haya podido imaginar jamás. Si logra extenderse, desaparecerán con él la paz y el bienestar espiritual y material del hombre.

En los suburbios londinenses y a la misma hora, Sally Carlmikel, estaba haciendo su compra diaria en el pequeño mercado de su barrio. Aquel día todas las vendedoras de las paradas hablaban de lo mismo y aunque Sally era un ama de casa a quien poco importaba la política y el progreso, también era una madre celosa del bienestar de su familia y de sus hijos. Por eso, al enterarse de las extraordinarios velocidades que aquel monstruoso artefacto de hierro llamado ferrocarril era capaz de alcanzar, pensó enseguida en la seguridad de los suyos y se escandalizó profundamente.

- Jamás – comentó a otra de las mujeres que se hallaba a su lado escuchando la noticia que corría en boca de todos - Jamás permitiré que mi marido o ninguno de mis hijos suba a uno de esos diabólicos instrumentos del mal.

La interpelada no se sorprendió de aquel comentario que compartía como la mayoría de las mujeres que aquella mañana llenaban el mercado.

- ¿Sabe usted – dijo a su vez- he oído hablar que médicos ilustres han profetizado la rápida propagación de cierta enfermedad producida por las exhalaciones de carbono?. Otra se incorporó al grupo-: Y eso no es todo, me han dicho que la velocidad de las imágenes ante los ojos de los viajeros es tanta, que puede producir hasta ceguera.

Poco a poco, el grupo de mujeres fue aumentando entorno a Sally. Todas tenían algo que añadir a la noticia de aquel insólito recorrido. Curiosamente todas se parecían extraordinariamente entre sí, tenían edades semejantes, vestían de la misma forma, peinaban sus cabellos de un modo parecido e incluso hablaban en el mismo tono de voz, hasta tal punto que era difícil distinguir la una de la otra y ninguna tenía un pensamiento propio, solo repetían lo que habían oído comentar a los demás.

 

En el Parlamento, la agitación había llegado también al máximo. La Cámara Baja que había recibido con risas la ridícula pretensión del pobre minero comprometiéndose a transportar pasajeros y mercancías a una velocidad de veinte Kilómetros por hora, tenía ahora que tragarse sus chistes y sus ironías.

Se le había tomado por loco, pero a pesar de ello, George Stephenson, había perseverado sobre la campaña de detractores y había conseguido su aprobación triunfando sobre los numerosos intereses en contra de las máquinas de vapor.

Ahora el Presidente del Consejo, algunos ministros y numerosos diputados, se hallarían presentes en el momento de realizarse el viaje inaugural entre Liverpool y Manchester.

 

En la recién inaugurada estación, la concurrencia y el júbilo eran extraordinario. Fervientes admiradores se habían dado cita esperando ver funcionar al enorme monstruo que parecía estar tan impaciente como ellos para iniciar el recorrido.

Cuando el tren arrancó, la gente corrió hacia él ovacionando a la máquina y a sus ocupantes. Seis vagones cargados de hierro y carbón, treinta y cinco viejas diligencias y veintiuna carrozas eran arrastrados por la locomotora ante los ojos asombrados de todos los presentes. Los raíles eran poco más de un metro de longitud y se apoyaban en bloques de piedra. Algunos pasajeros se acomodaban en vagones descubiertos y los que deseaban viajar con más comodidad habían hecho instalar su propio vehículo encima del vagón, hallándose así al resguardo de la intemperie y sobre todo del humo de la carbonilla y de las chispas.

Desde el vagón especial para los dirigentes, George Stephenson, orgulloso y lleno de satisfacción, hablaba con su hijo, mientras saludaba a la muchedumbre agitando la mano.

- Los caminos de hierro reemplazarán pronto a los demás medios de transporte y servirán lo mismo para un rey que para el último de los vasallos. Sin duda, todavía habrá grandes dificultades para vencer, pero con el tiempo todo ocurrirá tal y como acabo de predecir.

Pero el estruendo de la máquina y las voces de los asistentes era tan enorme que nadie, excepto su hijo, pudo escuchar sus palabras.

 

Unos años después, los capitales de los hombres que, en su día, se habían arriesgado en la construcción del ferrocarril, empezaron a dar grandes beneficios. Las nuevas invenciones dieron a la industria y al comercio un inesperado desarrollo y los dueños de las fábricas, comerciantes y banqueros comenzaban a reunir fabulosas fortunas y construyeron magníficas casas en las ciudades y hermosas quintas en el campo, viviendo con lujo y opulencia. A consecuencia de todo ello, los campesinos tuvieron que abandonar sus campos y emplearse como obreros en los nuevos talleres de Londres.

El éxodo masivo a las grandes ciudades, produjo una avalancha de obreros sin empleo y cuantos más se ofrecían en las fábricas, más bajaban los jornales, viviendo en la ignorancia y en la necesidad y sin medios para mejorar su situación. En los miserables suburbios de malolientes callejuelas infestadas de ratas, se agrupaban casuchas donde vivían familias enteras hacinadas en una sola habitación, cobrando miserables salarios por su trabajo en las oscuras fábricas donde el ruido de los telares ensordecía los oídos.

 

Veinte años más tarde, en el Congreso de Edimburgo, el ilustre David Brewster saludaba sus huéspedes con las siguientes palabras:

- Para contribuir eficazmente al bien y a la paz de las sociedades, es preciso que la ciencia salga del círculo de los sabios y de los filósofos y que se infiltré hasta las últimas ramificaciones del cuerpo social. Si el delito es el veneno, la instrucción es su antídoto.

¿Qué será de nuestra sociedad, si a la par que aumenta el poder sobre el mundo físico y el bienestar de las naciones, no se efectúa una mejora correspondiente en la naturaleza moral e intelectual del hombre?.