Calamity Jane, la aventurera

abril 14, 2012 under Relatos de Historia

 

Hija de una prostituta y de un ladrón de ganado cuya mayor pasión era la bebida, quizás la verdadera causa de su inadaptación fue el origen de su nacimiento. Creció en una época en que los Estados Unidos del Norte estaban bajo el terror impuesto por las bandas de delincuentes. Los billetes falsos circulaban por todo el país, los robos de caballos eran la plaga del Oeste Medio y los asaltos a los ferrocarriles que unían el Este con el Oeste se incrementaban. Viviendo en medio de toda aquella fauna salvaje, tomó la determinación de crear un sexo a su medida tomando los valores de ambos que más le gustaban, con lo cual ni los hombres ni las mujeres la comprendieron. Cuando decidió esto era muy joven, casi una niña. Huyó de su casa a los catorce años, y se prostituyó para sobrevivir.

Aunque el dinero no le importaba demasiado, pronto se dio cuenta que con dinero podía vengarse comprando a los hombres a los que antes había tenido que venderse, y aunque a veces se daba cuenta de que éste afán de venganza la encadenaba cada vez mas al miedo, no podía dejar de vivir sin jugarse continuamente lo mas preciado que poseía, la propia vida.

 

Aquella noche Calamity Jane se escurrió por entre las sombras como una sombra más. Los tacones de sus botas de montar resonaron en el silencio de la calle desierta como una canción disonante. La vieja chaqueta de algodón colgaba sobre sus caderas balanceándose al compás que marcaban sus pasos vacilantes y el sombrero se ladeaba en su cabeza amenazando caer al suelo de un momento a otro. Había bebido demasiado. Se sentó sobre el entablado de madera incapaz de seguir andando y respiró profundamente. Al día siguiente se perpetraría uno de los más arriesgados golpes que había planeado nunca, el asalto al ferrocarril procedente de Chicago y aquella noche se reencontraba con su peor enemigo, al cual no podía disparar ni vencer: el temor a la muerte.

En su mente confusa los pensamientos se atropellaban los unos a los otros intentando adquirir protagonismo, pero el miedo los anulaba a todos. Por eso había bebido, para no sentir su despiadada garra amenazando destrozar su alma y había huido del salón donde todos reían y cantaban para que nadie lo advirtiese. Nadie debía saber que ella, la salvaje, la valiente, la indomable tigresa, estaba profundamente asustada.

Entre las risas, la música y las voces, Tom buscó con impaciencia el rostro de Jane. Necesitaba verla, hablar con ella a solas antes del amanecer. La vio salir y la siguió a prudente distancia, observando sus pasos inseguros. Muy despacio, se acercó a ella y sin siquiera rozarla con su cuerpo se  sentó a su lado. La mujer que había escondido la cara sobre sus rodillas, no pudo verle ni siquiera oírle hasta que el hombre apoyó el brazo sobre sus hombros. Entonces se incorporó como si la hubiesen golpeado y al verle le abrazó con fuerza. Tom se sorprendió ante aquella reacción y la comprendió: “todo irá bien” – le dijo para tranquilizarla, apretándola con fuerza contra sí y reteniéndola abrazada mientras acariciaba su oscuro cabello.

Jane reaccionó entonces de un modo inesperado. Tom era su amante de turno y quizás despertaba en ella un sentimiento más profundo que los otros, pero ni siquiera él podía ser testigo de su debilidad. Avergonzada de si misma se deshizo de los brazos que la sujetaban y sobreponiéndose, se encaró a él con violencia.

- Siempre va todo bien – dijo fríamente – .Yo he planeado el atraco al tren, yo soy el jefe de la cuadrilla. Yo nunca cometo errores – pero a pesar de la frialdad de su tono de voz, sus ojos estaban encendidos.

El hombre sintió el olor del alcohol sobre su rostro y comprendió que estaba borracha. Advirtió también la crispación de sus manos muy cerca del revólver colgado del cinto y pensó que aquel momento de debilidad ante él podía ser la causa de su propia muerte.

Ningún hombre era tan hábil disparando como Calamity Jane, por eso todos la temían y la respetaban. Conocía bien la violencia de aquella mujer extraña, por quien se sentía atraído de una manera irresistible. No era demasiado hermosa, pero su atractivo emanaba de sus movimientos felinos y de la misteriosa expresión de sus ojos, que brillaban como dos ascuas. En realidad ella solo actuaba como una mujer compartiendo con él las sábanas de su cama, pero Tom sabía que no quería ser protegida ni poseída por nadie.

Las sombras de la noche parecieron ser cómplices del miedo de ambos. Las primeras luces del amanecer todavía dormían tras las montañas, con ellas, llegaría el nuevo día y con él también llegaría lo desconocido.

 

En cada una de las estaciones que recorría el ferrocarril de la compañía Unión Pacific, había un empleado que reunía el importe de la venta de los billetes y lo metía en una gran bolsa de cuero con la cuenta exacta de la semana. Este saco era enviado a la estación cercana más importante donde se verificaban las cuentas antes de remitir el dinero a la estación central. Sólo estos controladores poseían las llaves de las diferentes bolsas, que únicamente se abrían ante los empleados responsables y su contenido contado ante ellos. Después de efectuada la operación se volvía a cerrar el saco, así se evitaba cualquier falsificación. Aquel sistema había funcionado siempre sin problemas, hasta aquel día del año 1854.

 

El tren correo que recorría el trayecto de Chicago a Lexington fue asaltado en la pequeña estación de Shelton. Fue un golpe sorpresa y tres de los empleados de la línea ferroviaria de la Unión Pacific murieron por tratar de defender el cowboy. La paga de los obreros fue robada y los viajeros completamente desvalijados. El botín ascendió a más de diez mil dólares.

Los bandidos, una tropa de unos treinta hombres, no iban enmascarados pero nadie pudo reconocerles, probablemente debían proceder de otro Estado, aunque ninguno podría olvidar nunca el rostro del jefe de la banda., una mujer de edad indefinida, vestida como un hombre, morena y curtida por el sol, en cuyo rostro destacaban unos ojos de fuego. La mujer desconocida montaba su caballo con tal soltura que parecía haber nacido sobre él y juraba como el peor de los condenados mientras disparaba sin cesar su revólver.

 

Sentado frente a su mesa de trabajo, Michael O´Sea, el presidente de la Compañía ferroviaria Unión Pacific increpaba casi a gritos a su subordinado mientras masticaba furiosamente la punta da su grueso cigarro.

- Pero… ¿Cómo podían saber esos forajidos que había una suma tan cuantiosa en el tren?  El dinero había tenido que salir un día antes y el retraso era culpa del Banco de Chicago que no lo tenía preparado. ¿Cómo unos forasteros, podían estar al corriente de semejante accidente?

John Carraway, un hombre joven y extremadamente delgado que ostentaba orgulloso un diminuto bigote colgante bajo una nariz también minúscula, contestó sin inmutarse ante el nerviosismo de su jefe.

- Sí, uno de los empleados conocía el retraso de un día en el envío del dinero y del lugar en que era esperado y esta noticia se dio por telégrafo, El primer punto a descubrir es quien estaba al cuidado del morse; sin duda uno de los telegrafistas informó a los bandidos que debían acechar desde algún lugar de los alrededores.

El presidente se quedó pensativo. Era la única explicación lógica que todo aquel embarullado asunto podía tener y se sentía molesto de que no se le hubiese ocurrido a él, pero intentó tranquilizarse.

- Tuvimos hace unos meses dificultades con uno de los empleados, un tal Tom O´Day, controlador de la estación de Lexington, pero nada se pudo probar contra él, aunque sospechábamos que substraía billetes. Demasiado tarde nos enteramos que frecuentaba malas compañías, bebía mucho y jugaba un dinero que evidentemente no podía ganar con su sueldo.

- En octubre desaparecieron once mil dólares, que casualmente fueron enviados a una dirección errónea –  añadió John -.  Demasiado casual.

- Tuvieron que pasar por el control de Lexington, pero no tenemos pruebas de ello y sin pruebas nada se pudo hacer, pero le hicimos la vida muy difícil y conseguimos que se marchase de la compañía. Seria interesante poder encontrarle, pero no se donde habrá ido a parar.

- Tenemos que buscarle, es la única pista para cazar a los responsables del atraco y recuperar el dinero.

O´Sea miró a su subordinado con incomodidad. Se sentía contrariado de que hubiese descubierto al posible culpable y aún mucho más de su actitud de mando, debería recordarle más a menudo que él era el único que podía tomar decisiones. Sin embargo el asunto era demasiado importante como para dejarse influenciar por susceptibilidades.

- Vamos a ver que se puede hacer. Contrataremos a un detective privado. Me han hablado de un tal Pinkerton, sé esta haciendo verdaderamente famoso por el éxito de sus pesquisas en el medio Oeste.

- Excelente idea – aprobó John Carraway -. No se me hubiera ocurrido a mí.

Y Ó´Sea sonrío satisfecho de su perspicacia.

- ¿Sabe usted donde podríamos encontrarle?.

Su interlocutor le alargó una tarjeta con el nombre y la dirección del detective. El presidente de la Unión Pacific le miró con frialdad. Cualquier día encontraría el motivo oportuno para despedir a Carraway, se estaba creyendo demasiado importante.

 

Aquella tarde del mes de Octubre del año 1854, Calamity Jane caminaba  por el bosque. Estaba acostumbrada a andar sola, sólo tenía en realidad dos fieles compañeras que la acompañaban a todas partes: su carabina y su guitarra. Curiosamente ambas tenían nombre de mujer, pero no tenía amigas, solo amantes. Y éstos habían sido tantos que a veces hasta confundía sus nombres . Mientras caminaba pensó que había vivido cien y una historias de amor y de dolor. Quiso tener una vida de aventuras y se había pasado la vida buscándolas y encontrándolas, pero aunque estaba dejando atrás la juventud, no había envejecido por dentro, su vida había sido una juventud permanente, simplemente con cambios, variaciones dentro de una línea, la suya. Siempre consideró que las cosas no debían durar siempre y había intentado no aferrase jamás a nada, ni siquiera a los afectos, aunque se entregaba apasionadamente a ellos mientras los vivía.

Se detuvo y miró a su alrededor. La oscuridad había descendido de repente y la sorprendió al llegar a un pequeño claro. Era una noche de plenilunio y el bosque parecía bañado en plata. Su silueta enfundada en unos largos pantalones de basto paño se recortó contra los árboles. Había elegido aquella noche porque había suficiente luz para asegurarse que nadie seguía sus pasos.

Alargó la mano en el interior del hueco de un árbol y sacó un pico y una azada escondidas allí. Seguidamente, con el vigor de un hombre, se puso a cavar entre las hierba. Al cabo de un rato un pequeño cofre apareció en la superficie. Lo abrió con cierta dificultad ya que había permanecido bajo tierra durante un mes y la cerradura estaba algo oxidada. Allí estaba prácticamente completo el botín del asalto al tren de Lexington. Nadie más que ella lo sabía. Había pagado a sus hombres lo que consideraba justo y se había reservado la mayor parte de las ganancias para irlas utilizando a medida que las necesitaba. Cogió un abultado fajo de billetes y lo escondió bajo la camisa, junto a su pecho. Entonces, en el momento de incorporarse y cuando ya se disponía a colocar el cofre nuevamente en su lugar, la voz de un hombre le heló la sangre en las venas.

- Alto Calamity, arriba las manos.

Entonces le vio. Era un hombre desconocido con espesa barba y ojos penetrantes que la apuntaba con un revólver, pero no iba solo: le acompañaba una muchacha rubia y de facciones aniñadas que reconoció como la antigua amante de Tom.

La voz de la joven pareció llenar todos los rincones del bosque al increparla:

- Desde que tu llegaste al pueblo, Calamity Jane, Tom no ha querido volver a verme., antes decía que me amaba, pero luego me di cuenta de que solo me utilizaba para pedirme dinero. Ahora recuperaré todo lo que me ha robado y él te perderá a ti para siempre-

Jane apenas pudo comprender como la habían seguido hasta allí, pero ya no podía perder el tiempo haciendo cábalas: su mano vaciló en dirección a su pistola.

- No intentes disparar, estas atrapada – gritó el hombre con voz rotunda  mientras la mano de Calamity Jane colgaba inerte a lo largo de su cuerpo.

 

-Ha sido un Excelente trabajo Mister Pinkertom – dijo el presidente de la Unión Pacific con gran satisfacción, mientras abonaba unos cuantiosos honorarios al famoso detective.

- No fue tan difícil olfatear el rastro de la presa y buscar su punto más vulnerable. Una mujer despechada jamás resiste la tentación de vengarse.

- Tom O¨Day había tenido un compañero de juerga que trabajaba como telegrafista en la estación, por él se había enterado de que aquel transporte del dinero había sido aplazado para el día siguiente y la ex amante de Tom los delató a los dos y nos condujo hasta el paradero de  Calamity Jane.

- Sí, pero encontrar este punto débil, requiere un fino olfato de rastreador y un montón de años de experiencia.

- Este es mi oficio, querido amigo, este es mi oficio.

Y los dos hombres brindaron con la cerveza que llenaban sus vasos.

El Presidente sonría pensando que gracias a su astucia al contratar al detective todo el botín del asalto al tren había sido recuperado y además había podido demostrar su superioridad ante su ayudante.

 

Tom y Calamity Jane fueron encarcelados el mismo día y condenados a la horca. Antes de ser conducida al patíbulo, Jane pensó que la gente creería que nunca había tenido suerte porque nada bueno había sido duradero en su vida.

Pero antes de exhalar su último suspiro una extraña sensación de paz la invadió. Sólo ella sabía que era un ser afortunado. Había vivido intensamente y pese a todo, siempre había hecho lo que quería hacer.

Calamity Jane dejó de tener miedo y murió tranquila y feliz porque tuvo la suerte que ella misma escogió.