Tatiana, la sumisión

julio 14, 2012 under Relatos de Historia

 

Las gentes aldeanas le llamaban radenyi, y sus compañeros rasputnik, que en ruso quiere decir, extraviado. Había nacido en la aldea y era hijo de un ladrón de caballos, borracho y mujeriego. Se había criado libre y salvaje sin más escuela que las correrías por los bosques y los azotes de su padre y había llegado a los 30 años convertido en un hombre apuesto y brutal dotado de un gran vigor físico, que ejercía una especial fascinación en las mujeres por la extraña sensualidad de su mirada. ¿Pero quién era en realidad aquel tosco campesino de modales burdos y vida turbulenta que llegaba a ganarse la voluntad de quienes le conocían, hasta el punto de anular la suya por completo? Parecía como si la tierra rusa hablase por su boca, por eso todos le comprendían y se identificaban con él. Sus pecados eran innumerables, pero ponía tal fuerza en la contrición y tenía una fe tan ingenua en la misericordia divina, que nadie podía dudar de su salvación eterna, como si después de cada arrepentimiento quedase puro como un niño al que acaban de bautizar. Había algo siempre oscuro en su vida que le hacia excepcional: bueno o malo, santo o demonio, esto le hacia diferente a los demás hombres.

 

La leña ardía suavemente iluminando los rostros de los hombres y mujeres que cogidos de las manos bailaban y cantaban formando un gran anillo alrededor de la hoguera. Todos gritaban sin cesar mientras se entregaban a su extraña danza: “Señor, perdonad nuestros pecados ya que nos arrepentimos de ellos.” Poco a poco a medida que iban exaltándose por el baile parecían poseídos de una especie de furor místico, sus pasos se iban volviendo cada vez más torpes y sus cánticos se transformaban en aullidos, mientras se embriagaban con las fragancias del incienso arrojado a las llamas y del alcohol que había regado en abundancia sus cerebros.

Cuando el fuego se apagó completamente, todos soltaron la cadena que formaban sus manos y comenzaron a caer al suelo, amontonados unos encima de otros.

Tatiana sintió la presión de un cuerpo sobre el suyo, despedía un fuerte olor a macho cabrío y se abandonó al abrazo. Su aliento le quemaba la boca y a su innata repulsión se unió el más incontrolable deseo. Una fuerte atracción de piel a piel, de sudor con sudor, de sangre mezclada con sangre la embriagó. No quería pensar, solo deseaba sentir, no pudo oponer resistencia a las manos que arrancaron los vestidos de su cuerpo, porque sintió que su cuerpo ya no le pertenecía…

La mañana llegó fría y tímidamente sorprendiéndoles a todos en el más profundo de los sueños. Tatiana fue de las primera en abrir los ojos. Apenas si recordaba nada de lo sucedido la noche anterior. Contempló los cuerpos semidesnudos que yacían a su alrededor y sintió un profundo sentimiento de asco, estremeciéndose de frío y de horror. A su lado dormía Rasputin  y entre sus manos todavía guardaba jirones de su vestido. Poco a poco comenzó a ser consciente de lo sucedido.

Como si hubiese tenido conciencia de su mirada, el hombre abrió también sus ojos y le habló suavemente: “Hermana, yo te bendigo en el nombre del Padre y del Espíritu santo. Ten confianza, tu carne ha sido bendecida con el pecado de la concupiscencia, ahora debes mortificarla por amor a Dios.”

Y levantándose del suelo desató el cinturón de su cinto y abalanzándose sobre ella comenzó a azotarla sin piedad sobre la espalda, los brazos y el pecho. La muchacha se incorporó como pudo para zafarse de la lluvia de latigazos que sacudían su cuerpo y volvió a caer en tierra, sollozando. Entonces sintió también que aquel hombre que antes había poseído su cuerpo, era ya el dueño absoluto de su alma, le seguiría a donde fuera que fuese y arrodillándose ante él, besó su túnica en señal de absoluta sumisión.

A partir de aquel día Tatiana nunca se separó de él y cuando Rasputin abandonó su hogar y sus hijos partiendo hacia San Petesburgo como meta de todas sus ambiciones, Taitiana abandonó también a su familia para seguirle hacia su excepcional destino.

Siempre estuvo a su lado como sombra fiel y silenciosa mientras las masas se arrodillaban a su paso, señalándolo como el hombre elegido por Dios, y exclamaban gimiendo: “Cristo nuestro salvador, ruega por nosotros pobres pecadores Dios te escuchará.”

Le acompañaba sin ser casi notada en todas las visitas a cuantos monasterios hallaban a su paso y le ayudaba a organizar sus ceremonias rituales y aprenderse de memoria largos párrafos de libros sagrados para conseguir más prosélitos y desconcertar a sus más acérrimos enemigos. Nadie sabía de su existencia, que compartía con otras mujeres que surgían y desaparecían a su paso, pero ella siempre continuaba cerca, como su fiel perro, agradeciéndole que no la alejase de su lado.

Cuando por fin llegó a San Petesburgo, Rasputin, con su extraña habla campesina y su magnética personalidad, se introdujo poco a poco en los hogares de los ricos y las damas de alta alcurnia se estremecieron, reconociendo en él a un profeta. Numerosas carrozas de la nobleza acudían día tras día a su domicilio y gran número de mujeres hacían cola para ser escuchadas por el milagroso curandero con la esperanza de remediar todos su males.

Después de haberlas atendido y obtener de ellas substanciosas compensaciones, Rasputin, en la intimidad de su alcoba y con la joven Tatiana entre sus brazos, hacia mofa de todas aquellas mujeres histéricas, la mayoría de engañadas por sus maridos y frustradas en sus relaciones conyugales.  Con ellas sostenía una fuerte relación de dependencia erótica y mental, pero Tatiana jamás sentía celos de sus seguidoras porque sabía que ella era la única que lo conocía y que él siempre acudiría a su lado en sus momentos de debilidad.

 

Hacía tiempo que la emperatriz deseaba conocer a aquel personaje que venía precedido de una enorme aureola de popularidad, ya que en todos los estamentos de la Rusia zarista se hablaba de él. Se había presentado ante la familia imperial vestido con sus ropas de campesino y calzado sus groseras botas y había hablado a los zares de una manera ruda y familiar, utilizando el entrañable tuteo ruso.

La zarina Alejandra Feorovna, nacida Alicia de Hesse, comentó aquella tarde con su amiga Olga Karamsvna so encuentro con Rasputin, sin poder imaginar siquiera que un futuro el supuesto profeta podría influir decisivamente en su vida y en la de los suyos…

- Físicamente Rasputin me desagrada, tiene las manos toscas, las uñas negras, la barba sin cuidar, los zapatos rotos, los vestidos rasgados e increíblemente sucios…Sin embargo confieso que me divierte. Tiene un palabra y una fantasía extraordinaria, incluso llega a ser muy elocuente. Posee un profundo sentido del misterio. Puede ser sucesivamente familiar, bromista, violento y alegre, absurdo y poético, y todo ello sin simulación alguna. Por el contrario tiene un cinismo que aturde y fascina a la vez.

Rasputin regresó aquella tarde del Palacio imperial extremadamente satisfecho y de excelente humor, pero Tatiana entre sus brazos, tuvo un presentimiento amargo.

Enseguida la fortuna le sonrió en la persona del heredero del trono. Gracias a su ascendiente benéfico sobre la precaria salud del pequeño Zarevich, Rasputin fue ocupando poco a poco, el lugar de consejero de la zarina.

Parecía que solo él sabía tranquilizar al niño, hacerle reír, divertirle, obligarle a comer y conseguir que descansara, hasta tal punto que el pequeño hemofílico necesitaba su presencia a todas horas y solo quería vivir a través de él.

Aquella influencia había ganado el corazón de los angustiados padres y otorgado también a Rasputin de un poder inigualable, pero había puesto a los altos estamentos de la nación en su contra y había alejado a Tatiana para siempre de su lado. Cuando Rasputin se trasladó a vivir en palacio, la muchacha quedó relegada al olvido.

 

Rusia había entrado en la gran guerra que sacudía a Europa, el pueblo gemía en la miseria bajo la autocracia de los nobles y grandes masas de obreros se agitaban en las calles de San Petesburgo, mientras se oían los primeros gritos subversivos.

En Moscú y en toda la nación el embrión de la Revolución se desarrollaba lentamente y el gobierno del zar amenazaba ser barrido como una hoja seca al viento. Pero como una vela, la vida y la influencia de Rasputin brillaron mas intensamente que nunca antes de apagarse para siempre.

El principie Yusopov y parte de la nobleza se habían reunido para organizar un plan que acabase definitivamente con el poder de aquel Santón maléfico que parecía influir en los zares hasta el punto de no tener voluntad propia y llevar a la ruina al país.

 

Aquella tarde de diciembre del año 1916, cuando Rasputin recibió la invitación del príncipe se sintió extremadamente satisfecho. Había esperado día tras día aquel reconocimiento por parte de la nobleza, y ésta llegaba al fin.

Se dispuso a vestirse de una manera apropiada a la ocasión y llegó al Palacio elegantemente ataviado con blusa de seda y calzón de terciopelo negro rematado con flamantes botas de cuero.

Una mendiga, una pobre mujer del pueblo en la que nadie reparaba, le vio descender del carruaje e introducirse en el Palacio con porte altivo y arrogante. Los años de miseria que habían transcurrido desde su separación con su amante habían convertido a Tatiana en una sombra de sí misma. Envejecida y enferma, contempló con ojos todavía ardientes de amor como su ídolo pasaba por su lado sin ni siquiera dirigir una mirada piadosa a su mano extendida.

Ya en el interior del Palacio, Rasputin conversó largo rato de un modo distendido con su anfitrión, comió a placer de la extensa bandeja de plata repleta de dulces que los criados le ofrecían con manos enfundadas y bebió abundantemente del excelente vino de Madeira que brillaba como fuego vivo a la luz de las velas. Había conseguido todas sus metas y, por primera vez en su turbia vida, se sentía en paz.

El príncipe lo miraba con ojos expectantes. Los cocineros se habían extremado en la elaboración de los dulces, por los que todos sabían que Rasputin sentía gran debilidad, y el mismo príncipe había añadido a solas en la cocina una buena ración de cianuro sobre todos ellos.

Pero ante el estupor del anfitrión, las horas transcurrían y el siberiano no mostraba ningún síntoma de envenenamiento. Deambulaba por la estancia charlando sin parar con gran euforia y balanceando su extraordinaria humanidad de un lado a otro. Aunque en algunos momentos parecía tambalearse, siempre se recobraba y continuaba paseando y hablando sin cesar, como si la vida no quisiera abandonar aquel cuerpo extraordinario.

Entonces, incapaz de resistir más y aprovechando la semiinconsciencia de su invitado, el príncipe abrió uno de los cajones de una mesilla y apoderándose de una pistola, descargó todas las balas que quedaban en el cargador sobre su invitado que yacía amodorrado en un sofá.

Después, lentamente se acercó al cuerpo aparentemente sin vida para comprobar que las balas habían atravesado su corazón. Apoyando la oreja sobre su pecho en su excitación, le pareció no oír sus latidos.

Cuando ya le daba por muerto, Rasputin se agitó inesperadamente y con un esfuerzo sobrehumano se puso en pie rodeando con sus manos el cuello del príncipe, que a duras penas pudo desembarazarse de aquellas garras que atenazaban su garganta y huir corriendo despavorido.

Arrastrándose de rodillas, Rasputin bajó las escaleras del palacio que antes había subido erguido alegremente y ganando la puerta exterior desapareció en la oscuridad de la noche.

En la calle todo estaba inexplicablemente desierto y silencioso. Taitiana, que no se había movido de la puerta del palacio le siguió al verle. Temblaba de frío y la nieve dificultaba sus pasos haciéndole avanzar con lentitud. De repente otro disparo estremeció el silencio de la gélida noche y Rasputin, herido de muerte, se tambaleó por última vez antes de caer fulminado sobre la alfombra blanca que cubría las calles.

La mujer se acercó a él y cuando llegó a su lado le besó en los labios, intentando retener su último aliento. Él la miró, pero ella nunca supo si sus ojos habían podido reconocerla. Entonces, oyendo que se acercaban, lo cubrió con su cuerpo como para protegerle por última vez.