Amytis y Kindara. La Sensualidad

octubre 25, 2009 under Relatos de Historia
Ya entrado el amanecer, la silueta del templo de la ciudad de Ecbatana se perfiló claramente sobre el fondo del cielo que comenzaba a iluminarse por el sol. En pocos minutos el emisario se encontró a las puertas del Palacio..Los guerreros de la guardia real, ataviados con gran riqueza, vinieron a su encuentro. Vestían una larga túnica y encima de ella, una especie de caftán bordado y de rico colorido, un estrecho turban ceñía su cabeza. Él les entregó sus credenciales y ellos se apresuraron a franquearle el paso y ocuparse de su caballo. Avanzó con rapidez por el palacio, siempre escoltado por la guardia. La misiva real debía entregarla en mano a Amytis, hija de Astiajes, rey de los medos, tal y como se le había ordenado Ciro, señor absoluto del Imperio Persa. Tras recorrer interminables pasillos bordeados de grandes columnas rematadas por toros alados esculpidos en piedra, llegó al fin a los aposentos de la princesa revestidos de cerámicas de brillantes colores. Un eunuco se adelantó a su encuentro y le saludó con una ligera inclinación de cabeza, a quien éste correspondió. La ley prohibía a las mujeres mostrarse ante ningún hombre que no fuese su marido y sus hijos. Así pues Amytis permanecería oculta a sus ojos durante la entrevista, pero él debía obtener una repuesta de su propia mano para confirmar que ésta había recibido la misiva de su señor.
Tras cortinajes de seda roja se hallaba la princesa, rodeada de sus esclavas. Cuando le fue entregado el mensaje, no le hizo falta abrir el envoltorio, cuidadosamente envuelto en una piel de lobo, para saber que contenía su anillo de boda. Sabía que Ciro, tras haber derrotado a su padre en el campo de batalla le había pedido su mano, de este modo quería legitimar su conquista y aunque ella nunca le había visto, ni siquiera en imagen reproducida en escultura o pintura, sabía lo que todo el mundo contaba de él, que era un hombre valiente, bueno, lleno de inteligencia y dotes de mando, querido por su pueblo y por todos los que conquistaba a su paso, pero le hubiera gustado ver su rostro, nadie le había dicho si era un hombre bien parecido, aunque eso en realidad tenía muy poca importancia puesto que su destino como mujer ya estaba decidido por otros. Iba vestida con una larga túnica color de púrpura, bordeada de blancas bandas bordadas y ceñida por un cinturón, se cubría la cabeza con una tiara bordada en oro que enmarcaba su rostro atezado de pómulos acusados y grandes ojos negros resaltados por una línea oscura. Sus brazos iban cubiertos de brazaletes y pulseras y sus tobillos ceñidos con ajorcas multicolores. Su cabello ensortijado caía caprichosamente sobre su cintura esbelta, envuelta en las preciosas telas que se amoldaban a su cuerpo como una segunda piel.Dio como respuesta un anillo de oro y plata procedente de Libia, una magnifica joya que había pertenecido al rey Creso, famoso por sus grandes riquezas y que su padre le había regalado después de apoderarse de ellas. Se sentía halagada de haber sido escogida por un hombre tan bueno y valeroso y a la vez sentía un alivio profundo al abandonar a su padre el rey Astiajes, con sus vicios y crueldades odiado por todos, hasta el punto que con su conducta cruel, había incitado al joven Ciro a atentar contra el poderío de los Medos y destruirlo. Ahora con su noble gesto, no solamente no dejaría de ser princesa, sino que se convertiría en la esposa del hombre más poderoso de su tiempo y la emperatriz de un vasto Imperio.
Cuando el emisario hubo partido, Amitys y sus esclavas salieron de detrás de las cortinas que las habían ocultado y ocuparon toda la estancia. La princesa miró con tristeza a Kindara, su esclava preferida que estaba sentada a sus pies, una joven mujer de aspecto delicado envuelta en bordados y joyas: dejarla era su único gran dolor, la amaba profundamente y ella la correspondía con la misma pasión. Lo habían descubierto un día en que todas fueron a bañarse juntas en el río. Aunque era una mañana radiante de finales de primavera, el agua procedente del deshielo de las altas montañas, estaba aún muy fría y las demás mujeres se habían quedado en la orilla sin atreverse a bañarse, solo ellas dos habían tenido el valor de despojarse de sus ropas y sumergirse en las aguas procedentes del deshielo de las altas montañas. Estaban tan heladas que tuvieron que abrazarse para darse calor la una a la otra y entonces sucedió el milagro. El contacto de la suave piel de Kindara pareció trastornarla y no pudo evitar el deseo de acariciar sus senos jóvenes y turgentes. Sus compañeras las miraban desde la orilla y se reían de lo que creían juegos, mientras las dos mujeres bajo las aguas de color azul intenso del río, descubrieron todo un mundo desconocido de sensaciones, que repitieron entre las sábanas de su lecho durante muchas noches. Nadie conocía su secreto, y ellas no sabían si lo que había sucedido entre las dos era bueno o malo, solo sabían que ya no podían prescindir de estar juntas y los besos y caricias que intercambiaban les eran tan necesarias como respirar. Amytis y Kindara no habían conocido a varón alguno, pero a partir el aquel momento ya eran amantes en cuerpo y alma.
Kindara la miró con interrogación no exenta de angustia y su ama captó el mensaje de sus ojos. Alargó la mano para acariciar la mano de la esclava y tranquilizarla. Nadie podía oírlas, todas las demás mujeres hablaban entre sí, reían comentando la inesperada visita del emisario de tierras lejanas y entonces comprendió que no podía dejarla. – No te preocupes pequeña le dijo en voz baja.- Tu vendrás conmigo a Susa. Ciro será mi marido, pero nunca podrá tener mi amor, porque mi amor solo es tuyo. Y Kindara sonrío confiada, acariciando el vello suave y ensortijado de su pubis en flor.
La estancia estaba tan cargada de perfumes que el aire era casi irrespirable, la princesa ordenó a las demás mujeres que abriesen las ventanas y el aullido del viento de las montañas hizo que nadie pudiera escuchar los gemidos de placer de la joven esclava, que acurrucada a su lado parecía dormida.
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