Aran, la familia

septiembre 7, 2009 under Relatos de Historia

 


A R A N, La Familia

Los Fenicios, Mediterráneo oriental, 1.000 A. C.

cababa de anclar la nave y los navegantes comenzaron a preparar el desembarco a tierra de las mercancías obtenidas durante el largo viaje. Traían telas, alfombras y perfumes de Arabia, cereales de Egipto, cobre de Chipre y otros metales, además de frutas, vino, pescado y aceite que habían intercambiado por los productos de su propia industria con otros pueblos.
Aran era un hombre alto y fornido ya entrado en la cincuentena que aún conservaba toda la fuerza y el empuje de los años de juventud. Siempre había sido navegante, como la mayoría de los hombres de su tierra y toda su vida era el mar. El mar sabía de sus más íntimos secretos. A él le había confesado incluso lo inconfesable y aunque amaba tiernamente a su mujer, Sila, el mar lo conocía incluso más que ella, más que nadie en el mundo. Cada retorno era una alegría y una tristeza para él y ambas se mezclaban de un modo inseparable la una de la otra. La alegría de volver a casa con los suyos, la tristeza de dejar el mar.

Aran, descubrió el rostro de su mujer y su hijo entre la multitud que aguardaba impaciente a los marinos. Pudo distinguir claramente los dos pares de pupilas oscuras y brillantes que escudriñaban la cubierta, tan parecidas entre sí y una punzada de orgullo atravesó su alma. Verdaderamente era un hombre afortunado, poseía todo lo que un ser humano puede desear: el amor de una buena y hermosa mujer, un hijo sano e inteligente y un barco que le aguardaba fielmente anclado en el puerto para llevarlo a recorrer los senderos del mar, su segunda enamorada.

Ya en tierra los abrazó con fuerza y sus brazos parecieron lo suficientemente largos como para abarcarlos a los dos. Enjugó con sus labios las lágrimas que resbalaban por la cara de Sila y jugó con los ensortijados cabellos negros de su hijo adolescente, observó que Uri estaba ya casi tan alto como él, en un par de años más le sobrepasaría en estatura, crecía aprisa, pero su rostro conservaba aún el candor de la niñez, cada separación le deparaba una sorpresa…

La ciudad de Tiro se erguía hermosa y llena de vida, enfrentada al puerto que bullía de agitación. Le esperaba una merecida jornada de descanso entre los suyos y estaba deseando llegar a casa.

Mientras los tres caminaban muy juntos a través de la muchedumbre, Aran fue dejando atrás el mar y con él se quedó anclada su nostalgia, pero él sabía que ésta era pasajera, pronto volvería a sentir su llamada y volvería a embarcarse con el corazón dividido pero feliz.

Los días pasaron veloces en el hogar de Arán, confortablemente construido para él y su familia. Todo parecía estar en calma y desarrollarse satisfactoriamente. El último viaje había sido muy productivo y las arcas del marino habían aumentado considerablemente.

Aquella noche, como todas las noches, se encontraron ambos esposos en la alcoba. Hacía mucho calor y la piel de Sila brillaba desnuda sobre el lecho. Él la observaba en silencio y pensaba que casi no había cambiado. Continuaba siendo delgada y flexible como cuando era muchacha y sus menudos pechos se agitaban rítmicamente al compás de su respiración. Ávido de ella, acarició las largas piernas con sus fuertes manos que sabían poseer el don de la dulzura, sin embargo, Sila las detuvo antes de que alcanzasen el objetivo deseado:

- Aran, tengo miedo.

Aquella frase inesperada le sorprendió hasta el punto de enfriar completamente su deseo.

-¿Miedo?, exclamó a su vez.- ¿Y por qué?-

- Acabo de tener una terrible pesadilla y me siento intranquila… Una desgracia va a caer sobre nosotros-

- Somos una familia unida, que se quiere y es feliz. ¿Qué es lo que puede ocurrir?

- No lo sé, pero sé que algo ocurrirá, una voz me lo ha dicho mientras dormía.

Aunque intentó que su mujer se calmara, se sintió inquieto, conocía la clarividencia de su esposa y sus presentimientos se acostumbraban a cumplir. Era ya muy entrada la mañana cuando concilió el sueño.

La ciudad se despertó también inquieta. Baal, el dios de los fenicios a quien ninguno osaba llamar por ese nombre, sino Señor, estaba indignado contra su pueblo y clamaba venganza. Alguien había entrado en el Templo Sagrado y había ultrajado su culto. Los sacerdotes debían reunirse con urgencia y darle una satisfacción inmediata por aquella injuria, antes de que éste se vengara de todos ellos de un modo terrible.

Cuando Aran se enteró de lo sucedido, comprendió que aquello era la clave que descifraba el mensaje de los sueños de Sila. Ambos esposos esperaron atentos la decisión de los sacerdotes reunidos en la casa del señor Baal. Conocían las leyes. Aran miró por la ventana y vio a su hijo en el jardín que se entretenía jugando a pelota, totalmente ajeno al destino cruel que, como una araña monstruosa, tejía una amenazadora tela a sus espaldas para atraparle. La juventud desbordaba en su bien formado cuerpo y pensó que no era justo aceptar la ley, pero no sabía como evitarla. Si lo ocultaban los soldados lo buscarían hasta encontrarle y entonces el sacrificio se extendería a él mismo y al resto de su familia.

Un griterío le sobresaltó. La ley se había proclamado y el llanto de las mujeres y las protestas de los hombres llenaban las calles. No había tiempo para pensar, se precipitó al jardín y cogió a su hijo de la mano. Ambos salieron a la calle seguidos de Sila, no sabían a donde se dirigían pero ninguno quería separase del otro, el destino de uno sería el destino de todos.

Corrieron hasta llegar al puerto, Aran miró a su barco anclado que parecía estar siempre aguardándole, bellísimo, de formas redondeadas y de altos costados. Contempló su casco construido con madera de cedro del Líbano y su quilla que se prolongaba a proa en un mascarón representando la cabeza de un caballo pintado de rojo, con dos piedras de color verde incrustadas a modo de ojos. Una galera ágil y ligera, apta para remontar ríos y adentrarse en las bahías de las ensenadas poco profundas. Frente a ellos se extendía el mar. Le pareció que ahora era la ocasión de unir sus dos grandes amores para siempre.

Subieron los tres al barco solitario y Aran soltó amarras. La ciudad fue quedándose atrás lentamente, al cabo de pocas horas navegaban en alta mar. Entonces, advirtió con su agudo ojo de marino dos pequeños puntitos sobre las olas que a medida que se acercaban, iban agrandándose. Enseguida se dio cuenta de que les seguían. Intentó aumentar la velocidad de su nave, pero el viento no le era favorable y tres tripulantes no podían remar con rapidez.

Poco a poco, los perseguidores iban ganándoles terreno y fueron haciéndose visibles las velas a cuadros, que usaban los grandes y pesados galeones fenicios. Comprendió que no podrían escapar. Entonces, dejó de remar y miró a su mujer y a su hijo que también le miraron expectantes, se levantó y los abrazó estrechamente como el día que llegó de su largo viaje. Sin pensarlo ni un minuto, con los mismos brazos poderosos que los abrazaba, los arrojó a la profundidad del agua, lanzándose después tras ellos. En pocos segundos, el mar los envolvió dulcemente con su manto azul. 

Mientras las últimas burbujas de su aliento subían a la superficie, los soldados del rey recorrían las calles de la ciudad de Tiro y sacaban a la fuerza de las casas a todos los hijos primogénitos para llevarlos al sacrificio.

El último pensamiento de Aran fue que, aunque el señor Baal había intentado separarlos, el mar, su viejo amigo, los había reunido para siempre en la profundidad de su seno y allí reposarían los tres juntos para siempre.

 

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