Atila, la maldición

mayo 14, 2010 under Relatos de Historia

 

Después de haber vivido en soledad durante tantos años, se había acostumbrado a no pensar. El contacto con la naturaleza le había hecho comprender que el pensamiento no es más que una visión parcial de las cosas y que la mente es lo que separa a los humanos de su verdadera unidad del Todo.

Así pues, ya no veía como algo diferente a sí mismo el bosque que lo rodeaba, ni siquiera era consciente de las tonalidades suaves de la aurora que pintaban el cielo de mágicos colores, ni de las cumbres de las montañas que parecían observarle sin ser observadas: no le hacía falta, porque él era parte de todo ello y así se sentía.

Cuando aquel hombre era todavía muy joven, alguien le dijo una vez que todo lo que está fuera le dice al individuo que no es nada, mientras que todo lo que está adentro le convence de que es todo. Aquellas palabras en apariencia tan simples, le descubrieron el secreto de la vida y a partir de aquel momento la suya cambió radicalmente. Se retiró del mundo y decidió vivir solo pero acompañado de si mismo.

Cuando llegó a conocer su Yo plenamente dejaron de atormentarle las preguntas eternas tales como: ¿Tiene la vida algún sentido? ¿A dónde vamos y a dónde venimos?  Las respuestas que halló fueron: No vamos a ninguna parte, ni venimos de ningún sitio, porque siempre hemos estado aquí y esa es precisamente la razón de nuestra existencia: Vivirla. No hemos nacido en vano.

Por eso el anciano caminaba como dormido, a la luz del amanecer por la senda del bosque rodeada de montañas que parecían rozar el cielo, y sin embargo, estaba tan despierto que podía avanzar con los ojos cerrados, porque él era el bosque, el sol, la luz del amanecer, las montañas y tampoco no necesitaba mirar el camino, porque el camino era también él, y él era parte del camino.

Pero aquel día, algo inesperado iba a trastornar la paz de su espíritu. De repente el silencio se vio truncado por un gran estrépito de cascos de caballos en la lejanía y todas las criaturas que en él vivían parecieron enloquecer de espanto. Entonces de improviso, el anciano se topó de bruces con un grupo de hombres de aspecto salvaje y feroz, que al verle detuvieron su marcha para observarle.

Tenían la cabeza muy grande, los cabellos ásperos, la nariz chata, los ojos oblicuos y las orejas muy separadas. Daban la sensación de estar clavados en sus caballos, como si formasen un solo cuerpo. Sus vestidos eran una túnica de lino oscuro que parecía haberse podrido encima de sus cuerpos y una chaqueta de piel de rata salvaje. Se cubrían la cabeza con un gorro y las piernas con pieles de machos cabríos.

Pasado el primer momento de estupor, los hombres comenzaron a reírse a grandes carcajadas ante el aspecto del inesperado hombrecillo que había surgido ante sus ojos como salido de la nada. El anciano les miró sin miedo, no temía a la muerte, pues sabía que ésta no era otra cosa que un aspecto diferente de la vida y enseguida reconoció en aquellos hombres de raza amarilla, a aquellos guerreros, antiguos pastores, que habían abandonado las regiones esteparias del sur de Rusia en busca de nuevas tierras y a quienes los godos consideraban engendrados por hechiceras y espíritus errantes del desierto. Incluso él, en su completo aislamiento, había oído a hablar de ellos a un caminante extraviado que recogió y dio de comer en su cueva durante unos días.

Aquel hombre le contó que eran un pueblo mogol llamado Hunos, que se hallaban en estado casi salvaje y que después de una centuria en contacto con los europeos ni siquiera conocían la escritura. Le explicó también, que cuando comenzaba a apuntarles la barba, se hacían quemar con un hierro candente casi toda la cara para evitar la salida del pelo excepto en el bigote, lo que aumentaba su fealdad. Que no utilizaban el fuego para guisar y comían raíces silvestres y la carne cruda o simplemente macerada entre los muslos y en el lomo de sus caballos. Que a caballo pasaban la mayor parte de su vida: comían y bebían e incluso dormían en sus lomos y a caballo también asistían a sus reuniones, a sus mercados y sólo en casos excepcionales combatían a pié, utilizando la cimitarra y el lazo. Por él supo, que su presencia y proximidad era temida por todos, pero y muy especialmente aquel hombre le había hablado de su jefe, Atila. Lo describió como un ser de figura deforme, de color aceitunado, gruesa cabeza cubierta por cabellos blanquecinos y un rostro del que apenas salía una nariz roma y que se abría por unos pequeños ojos hundidos de imponente mirada. Y ahora lo tenía frente a sí, no podía ser otro, lo reconoció enseguida.

En el momento del inesperado encuentro entre aquel hombre que había alcanzado la suprema espiritualidad y el salvaje mogol que vivía en completo bestialismo, Atila acababa de atravesar el Rin con sus huestes, y había hecho temblar París, cuyos habitantes, alentados por una joven de inesperado temple llamada Genoneva, le habían cerrado las puertas. Ahora marchaban hacia la más rica ciudad de Orleans, con la intención de derribar sus murallas y someter a la población por el pillaje, la muerte y el fuego.

Aquel encuentro le pareció a Atila sumamente propicio para desquitarse del mal sabor de boca que le había dejado el no poder incorporar la ciudad de los galos a la lista de sus victorias. Delante suyo estaba un insignificante ser que le resarciría de no haber podido asesinar a todos los demás hombres de su raza. No en vano había dicho una vez: Las estrellas caen, la tierra tiembla ante mi paso, porque yo soy el martillo del mundo. Donde mi caballo pone los pies, no vuelve a crecer la hierba.

Sin siquiera desmontar, lentamente y con una frialdad escalofriante, desenvainó su espada y comenzó a jugar con el cuerpo del pobre anciano, clavando repetidamente la afilada punta en sus carnes flácidas. No pretendía matarle de inmediato, simplemente disfrutar del dolor y la impotencia de su víctima. Sus soldados siguieron el ejemplo de su jefe entre risas y gritos, acorralando al indefenso, que en vano intentaba proteger su cuerpo de la avalancha de las espadas que arremetían contra él.

Estuvieron entreteniéndose con aquel inesperado juguete durante un buen rato, después, cansados de aquella diversión, fueron cortando lentamente sus miembros, empezando por primeramente los que no podían causarle una muerte inmediata y lanzándose los unos a los otros las orejas, los pies, las manos e incluso la nariz del infeliz hombrecillo a modo de pelota, hasta dejarle convertido en una masa informe de carne.

El desgraciado aún pudo balbucir unas palabras dirigidas al salvaje mongol, en las que le enviaba una última y profunda maldición y que a pesar de la sangre que inundaba su garganta haciéndolas casi inteligibles, Atila pudo escuchar claramente, más que con los oídos, por una extraña transmisión de pensamientos: Tú, maldito entre los hombres, eres el azote de Dios.

Atila después de oír esto, separó despiadadamente la cabeza del anciano de su cuerpo de un limpio tajo y ésta rodó por el suelo. Él la recogió con la misma espada con que la había decapitado y la enarboló como un estandarte en lo alto repitiendo triunfante, las mismas palabras con que le había bautizado el ermitaño: Yo soy el azote de Dios…

El anciano había creído dedicarle el peor de sus insultos, pero Atila a partir de aquel momento adoptó con gusto el sobrenombre y se sintió identificado con él. Después, dejando abandonado en el camino el cuerpo mutilado del infeliz, él y sus huestes marcharon sobre Orleans donde tuvieron que retroceder frente a las tropas unidas de los romanos y de los godos. Poco más tarde, tuvo lugar su primera gran derrota y Atila se vio obligado a huir de la Galia, más allá del Rin.

Este fue el principio del fin del gran Imperio de los Hunos.

 

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