Bizancio, la superficialidad

agosto 15, 2010 under Relatos de Historia

 

Las últimas voces de los vendedores ambulantes comenzaban a enmudecer y una extraña paz parecía apoderarse tras las impresionantes murallas de la ciudad más rica y famosa del mundo antiguo, cuya fama extendían todos los viajeros que la visitaban, bautizada por el Emperador Constantino con el nombre de Constantinopla y remodelada años después por el Emperador Justiniano.

Comenzaban a iluminarse las antorchas de las orgullosas plazas con sus altivos Arcos de Triunfo y los pórticos de la grandes vías, que durante el día habían albergado multitud de tenderetes y habían sido testigo del ininterrumpido desfile del casi un millón de almas entre viajeros y habitantes. Solo el bazar La casa de las luces, llamado así por tener las ventanas iluminadas durante toda la noche, continuaría su frenética actividad hasta el amanecer. Allí se comercializaban los productos de seda que se fabricaban en Palacio desde las mismas habitaciones de la emperatriz, donde habían sido instalados los telares para tejer las costosas telas que más tarde se exportarían a todo el mundo.

Aquella tarde, Arcadio estaba sentado con sus amigos en el interior de su confortable casa. Todos hablaban animadamente en griego, que comenzaba a convertirse en el idioma oficial, porque poco a poco, las dos partes del Imperio romano, Occidente y Oriente, se habían ido diferenciando culturalmente hasta acabar siendo extrañas entre sí y haciendo que este último fuese perdiendo su latinidad. Los últimos rayos del sol se reflejaban en el agua del estanque que adornaba la estancia, arrancando destellos en los mármoles multicolores del fondo. También brillaban en las lujosas ropas de los invitados, cuajadas de adornos, piedras preciosas y oro, aunque a pesar de su elegancia el grueso de las telas producía una rígida dureza de líneas.

Las mujeres llevaban una especie de turbante de influencia oriental y algún velo, pero todos, tanto hombres como mujeres, llevaban un chal de color azul intenso alrededor de los hombros. Se trataba de algo más que una simple prenda de vestir, ya que era un distintivo ideológico que los diferenciaba como pertenecientes a un mismo grupo.

En el circo habían llegado a ser verdaderamente terribles las rivalidades entre los partidos llamados Verdes y Azules. Los aurigas que conducían las carrozas en las carreteras, disputaban sus premios vestidos de azul o de verde y el pueblo tomaba en ellas un interés inconcebible. Aunque eran facciones esencialmente deportivas, habían llegado a ser grupos irreconciliables que se llegaron a convertir en partidos políticos y religiosos extendidos por todo el Imperio, buscando el apoyo y la simpatía del Emperador.

Todos los allí reunidos hablaban de teología. En aquellos días la teología despertaba tanto interés y apasionamiento como el deporte; ser moderno, en tiempos de Justiniano, era ser teólogo.

A pesar de que las empresas militares del general Belisario, mano derecha del Emperador, ocasionaban grandes gastos que el gobierno hacía frente elevando los impuestos y produciendo general descontento, el pueblo bizantino se interesaba poco por las cuestiones políticas y sólo se apasionaba por las controversias religiosas y las discusiones teológicas, mezclando los dogmas y enmascarando la sencillez evangélica.

El tema principal de aquel día era la figura del emperador y sus criticadas relaciones con su esposa, la emperatriz Teodora. El Emperador Justiniano, admirado por todos, había emprendido la grandiosa tarea, al parecer imposible, de reconstruir el Imperio Romano de los Césares y recoger el tesoro jurídico de la antigua Roma. Ambicioso y decidido, el único punto débil era el hecho, sabido por todos, de no saber dar ni un sólo paso sin el apoyo de su mujer.

La emperatriz Teodora, hija de un guardián de osos del Circo, era una mujer inteligente y atractiva pero intrigante, y no aceptada por muchos dado su juventud borrascosa y sobre todo por su adoración por la religión monofista,  que establecía que la humanidad de Cristo fue absorbida por la divinidad y de cuya doctrina era ardiente defensora, hasta el punto de entrar en conflicto con su propio esposo, que era ortodoxo y deseaba aproximarse a Roma.

Y de estas diferencias entre los imperiales cónyuges, que lentamente iban abriendo un abismo entre cristianos orientales y cristianos occidentales, transcurría la animada conversación de los elegantes invitados de Arcadio sentados cómodamente alrededor de la mesa semicircular del salón de la lujosa casa

- Y yo os digo, amigos míos – dijo uno de los contertulios – que el Imperio está cada vez más desligado del poder espiritual de Roma. El emperador se cree representante de Dios en la tierra y ha acabado por no admitir poder alguno intermedio que le uniese a la divinidad. La iglesia ha quedado completamente supeditada a él.

- Te doy la razón amigo, Nermes – añadió otro – El otro día lo vi presidiendo un espectáculo en el Circo; hizo su aparición elevándose en su trono mecánico, ante la estupefacción de los ignorantes embajadores de las naciones bárbaras, en tanto que el aire se estremecía con metálicos trinos de pájaros y rugidos de leones -

- Todo ello no es más que una pantomima infantil -intervino Arcadio- Justiniano disfruta sorprendiendo y llenando de estupor a su ignorante público. Esta conducta absurda es obra de la Emperatriz, que entre otras muchas extravagancias le hace vestir un traje distinto para cada fiesta, a cual más ostentoso.  La última vez que lo vi en la boda de su sobrino Nestorio, llevaba una túnica corta bordada en oro, cubierta con un manto de brocado y pedrería, con un alud de topacios, rubíes y zafiros engarzados en su diadema, en sus collares y en su cinturón de púrpura. Las piernas cubiertas con calzones ceñidos y los zapatos ricamente adornados.

- La que había hablado ahora era una mujer de hermosa cara, a la cual su chal de color azul favorecía extraordinariamente al reflejarse en sus ojos también azules.

- Amigos – volvió a intervenir Arcadio ¿no os parece que estamos dando a nuestra conversación un aire excesivamente superficial? ¿A quién le importa como vaya vestido el Emperador, ni quien le aconseje en sus trajes? Lo importante son las ideas religiosas que esa mujer nefasta está infiltrando en su mente. Desde que ese hereje, Eutiques, que dice que es monje, fue a visitarla a Palacio con sus teorías blasfemas, ella ha cambiado y lo peor es que está intentando también cambiar al Emperador.

- Estoy de acuerdo en lo que dices, pero no hemos de olvidar que la forma, no es más que la exteriorización del pensamiento.

- Me gustaría saber, qué tiene que ver la doctrina monofista de Teodora, con la manera de vestir y de comportarse de Justiniano.

- El que había hablado ahora, era quizás el convidado más elegante de todos, llevaba tantas joyas y adornos sobre su persona, que parecía la imagen de un relicario viviente.

-  Comprendemos que lo disculpes –  replicó con cierta ironía el joven que había hablado antes – dada tu predilección por el lujo y los adornos, pero siento desengañarte: su comportamiento se desdice de la doctrina de Jesucristo a quien dice imita y que era ante todo sencillez y humildad.

- Nos estamos yendo absolutamente del tema. Estamos hablando de cuestiones teológicas y no de modas de Palacio. Jesucristo, y eso es lo importante, reúne en una sola persona dos naturalezas; humana y divina, distintas y no divididas, unidas y no confusas, a pesar de que Teodora intenta difundir que en Cristo hay una sola naturaleza, entendida en un sentido puramente personal e independiente.

Aquí la conversación comenzó a tomar el cariz de discusión y los participantes a apasionarse en sus opiniones. Arcadio, noble bizantino de mediana edad, rico y cultivado, aunque ciertamente superficial, disfrutaba con aquellas reuniones de debate, en las cuales nunca se resolvía nada y casi siempre el tema principal se perdía en una infinidad de insignificantes detalles.

Era el gusto de hablar por hablar, de hacer alarde de ingenio y de elocuencia y también, por qué no, de exhibir el lujo de sus atavíos, el arte de perder deliciosamente el tiempo en una sociedad que no carecía de nada sino era de trasfondo y de profundidad.

- Pues yo afirmo que el Espíritu Santo procede solamente del Padre y no del Padre y del Hijo -decía uno-.

-  Eso es simplemente una cuestión de enfoque -decía otro-.

- A mi en cambio, lo que me parece inverosímil es la creencia de los cristianos occidentales en el Purgatorio -añadía un tercero-.

- Yo creo que las almas recibirán el premio eterno después del Juicio final -asentía un cuarto-.

- ¿Y mientras esperan a ese Juicio, a dónde van? -preguntaba un quinto-.

- La cuestión teológica más importante de todas es la que atañe a la Inmaculada Concepción de La Virgen. interfería un sexto, después de cuya intervención, la discusión se rompió en varias discusiones a la vez independientes la una de la otra y todas tocando temas distintos.

- Pues yo considero que la indisolubilidad del matrimonio debe de ser siempre considerada factible y no sólo en caso de adulterio.

- Yo estoy en desacuerdo con no considerar válidas las Indulgencias.

- Pues para mí, que los sacerdotes puedan casarse antes de recibir la consagración, me parece una aberración contra las mismas enseñanzas de Jesús y su propia vida de castidad.

Llegaron a un punto en que incluso algunas de las intervenciones se convirtieron en monólogos, dada la imposibilidad de poder dialogar todos a la vez.

Sobre todas las voces, sobresalía la de la hermosa dama de ojos azules, que insistía en su tema predilecto.

- Justiniano, por culpa de esa mala mujer, está dando a su poder un carácter casi sagrado y se rodea de una pompa y magnificencia desconocidas incluso en la antigua Roma. Los súbditos no pueden aproximársele sino después de postrarse tres veces en tierra, es vergonzoso.

La tarde iba cayendo cada vez más aprisa sobre la ciudad; en el horizonte la silueta de la basílica de Santa Sofía se recortaba cono un solitario gigante y el sol arrancaba los últimos destellos a su cúpula dorada haciéndola relucir como si fuese de oro puro, mientras los magníficos mosaicos de sus paredes, arcadas y ábsides, como un mosaico multicolor, parecían estallar de luz sobre el cielo violeta.

Y la charla seguía y seguía, mezclándose las voces de los invitados con el murmullo suave del agua en el estanque de la casa de Arcadio.

Y así hablando y hablando se hizo de noche sobre la ciudad de Constantinopla y estas discusiones que se extendieron por todo el imperio de Bizancio, como el pasatiempo predilecto de una sociedad saturada de bienestar y carente de valores auténticos, pasaron a la historia y han llegado incluso a nosotros con el nombre de bizantinas, discusiones en las que mucho se habla y poco se dice.

 

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