George, el progreso

enero 4, 2012 under Relatos de Historia

 

La jornada duraba, a veces, hasta quince horas. Comenzaban el trabajo de madrugada, cuando las sombras de la noche reinaban todavía en las calles del pueblo y salían de la mina cuando las mismas sombras habían ya vuelto a ocupar su trono perdido durante el día.

Apenas si recordaban que su aldea estaba rodeada de verdes valles que el sol hacia brillar, porque apenas si recordaban como era la luz del sol. Para ellos todo era oscuridad: la oscuridad de la profundidad de la mina, la oscuridad de las sombras de la noche y la oscuridad de una vida sin esperanza.

George Stephenson, creció entre la negrura del carbón y la resignación. Su joven vida se desarrolló sin más instrucción que el propio sufrimiento y el de los suyos, viendo desfilar ante sus ojillos grises y despiertos un día tras otro y una noche tras otra, todas exactamente iguales y tristes, marcadas sólo por la frustración.

Pero pronto comenzó a comprender que él no podría resignarse. Aunque no poseía cultura alguna, ni nadie le había explicado nada de lo que ocurría al otro lado del valle, una voz en su interior le hablaba a menudo y le decía que la vida debía de ser diferente lejos del pueblecito de Newcastle donde había nacido

Al llegar a la adolescencia había dejado el trabajo de la mina y se había empleado como pastor de vacas. El jornal era aún más mísero que el de un minero, pero al menos podía disfrutar de los radiantes días de primavera y mantener extensos diálogos consigo mismo. En pleno contacto con la naturaleza podía dejar en silencio su mente y escuchar la voz de su corazón, que le animaba a seguir en su empeño de abandonar el pueblo de su infancia.

A los dieciocho años empezó a frecuentar cursos nocturnos gratuitos que se impartían en la aldea para los obreros y aprendió a leer y escribir con rapidez.

No era fácil encontrar libros en aquel rincón apartado del mundo, pero George se las arreglaba siempre para conseguirlos. A veces, a falta de otros nuevos, leía el mismo libro sin cesar una y otra vez, extrayendo hasta el más profundo saber de las letras impresas, reflexionando sobre cada palabra y cada frase. Cualquier idea le servía de trampolín para desarrollar otra y así, fiel a la poderosa necesidad de conocer, su cerebro iba capacitándose para cultivar su gran pasión: la mecánica. A veces, levantaba los ojos del libro para soñar despierto y con la videncia de su inteligencia, el muchacho intuía una Era diferente para la Humanidad.

Corría el año 1799 y un nuevo siglo comenzaba a clarear. Inglaterra estaba en plena transformación, el combustible que se extraía de la mina donde trabajaba servía para alimentar a todo un bosque de chimeneas humeantes que se había extendido por toda la comarca.

Primeramente el martillo a vapor comenzó a resonar en las fábricas de acero trabajando más barato y mejor que ningún herrero. Después había comenzado a marchar el telar mecánico que tejía más en un día que los más diligentes tejedores en un mes. La que hasta entonces había sido nación de granjeros y comerciantes se convertía, poco a poco, en el primer país industrial de Europa…

Cuando cumplió veinte años, George, fiel a sus propósitos de seguir su vocación, abandonó las vacas y consiguió ser contratado como mecánico en la fábrica del dueño de la mina donde, de niño, había tirado junto a su madre vagonetas cargadas de carbón.

Aquella mañana, como cada día, el muchacho se dirigía al trabajo. Sus pasos eran vacilantes, intentando no perder el equilibrio y no introducir sus pies en las profundas rodadas marcadas en el lodo por los carros. De pronto, divisó a lo lejos un coche de caballos que se acercaba. El camino era tan estrecho que sólo permitía el paso a un sólo carruaje. Se apartó todo lo que le era posible subiéndose a unas piedras amontonadas en la cuneta y esperó a que el vehículo pasase.

Mientras lo contemplaba, pensó que los caballos no bastaban ya para acarrear tanta mercancía como se amontonaba en los almacenes del puerto de Liverpool. Los fabricantes de Manchester debían parar sus máquinas en espera de que aquellas fueran transportadas a sus fábricas. Fue en aquel mismo momento cuando la idea que hacia tiempo daba vueltas por su cabeza comenzó a tomar la forma de una máquina que aprovechando la energía del vapor, sirviese para arrastrar combustible de carga pesada e incluso personas. Sabía que otros hombres lo habían intentado antes sin éxito, pero él tenía una enorme confianza en sí mismo.

Cuando la diligencia era ya sólo un puntito en el horizonte George había diseñado la locomotora en su imaginación con todo detalle. Ahora solo le faltaba encontrar a alguien que creyese en ella para materializase, y como si la suerte hubiera respondido a sus deseos, sus sueños comenzaron a tomar forma aquel mismo día.

La bomba de aspiración de la fábrica se había averiado y hacía meses que ningún ingeniero podía conseguir repararla. Cansado de esperar, el propietario de la mina se acordó de las habilidades técnicas de aquel muchacho brillante y decidió darle una oportunidad. George solucionó el problema en pocas horas.

A partir de aquel momento su vida comenzó a cambiar. Por la noche, entre las sábanas de su humilde cama, se dio cuenta de que lo verdaderamente tenía importancia en la vida de un ser humano no es lo que le rodea, sino lo que éste hace con lo que le ha tocado en suerte tener a su alrededor. Alguien había creído en él, porque él nunca había dejado de creer en sí mismo.

En 1814, gracias a la ayuda económica prestada por Lord Rawenstworth, propietario de la mina y después de distintos experimentos, el mecánico de Newcastle, terminó de construir la primera locomotora a vapor que, jadeando y silbando, arrastraba vagones cargados de carbón a los puertos de embarque a una velocidad de ocho millas por hora.

Aquel fue solo el principio, la época de los ferrocarriles acababa de empezar…

 

En la ciudad se oían los más diversos comentarios sobre el nuevo invento. Thomas Taylor, un joven empleado de banca, compró el periódico aquella mañana a uno de los muchachos que voceaban por las calles de Londres y miró los grandes titulares con los que resaltaban la noticia del momento: La Liverpool-Manchester, la primera línea ferroviaria del mundo, iniciaba aquel día, 16 de septiembre de 1830 su primer histórico recorrido, con quinientos pasajeros a bordo.

Siguió ojeando las páginas del diario mientras caminaba lentamente camino a su trabajo y se detuvo al leer uno de los artículos de los periodistas sobre aquel increíble hecho:

-¿Quién puede hallar un absurdo más evidente y una pretensión más ridícula que viajar en esas locomotoras que corren a velocidades superiores al doble de las diligencias? Tanto mejor sería viajar a lomos de una bomba.

El comentario le hizo esbozar una sonrisa de profundo desdén. Tomas Taylor, era de los que creían profundamente en el progreso y sabía que éste se basaba en el futuro de las comunicaciones. La rapidez de desplazamiento de los alimentos y medicinas significaba la victoria sobre el hambre y de la enfermedad y también un gigantesco aumento de la producción y el comercio, con unas consecuencias transcendentales en todos los órdenes de la vida.

- “La aplicación del vapor a lo locomotora, es el mayor descubrimiento de nuestra época”- pensaba. Y con una clara intuición del futuro, sospechaba que no sería el último.

En el otro extremo de Londres y en aquel mismo momento, Sir Phillip Bridges, se hallaba cómodamente instalado en el salón de su confortable mansión y también ojeaba ávidamente el periódico que su mujer le acababa de traer. Su cara se hallaba congestionada de indignación a medida que leía los textos referentes a la espectacular inauguración del recorrido del ferrocarril.

Sir Phillip, era uno de los ricos terratenientes que veían expropiados sus terrenos al paso del monstruo de acero, como solía llamarle. Unido a los propietarios de los transportes de caballo y algunos campesinos, había llevado a cabo una guerra sin cuartel para evitar que aquel proyecto se llevase a término.

- ¿Te das cuenta Margaret de lo que esto significa? - exclamó dirigiéndose a su esposa que le miraba silenciosamente-. Es la ruina, la nuestra y la de todos los honrados ciudadanos que hemos levantado el país con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo. El ferrocarril es el invento más desgraciado que el intelecto humano haya podido imaginar jamás. Si logra extenderse, desaparecerán con él la paz y el bienestar espiritual y material del hombre.

En los suburbios londinenses y a la misma hora, Sally Carlmikel, estaba haciendo su compra diaria en el pequeño mercado de su barrio. Aquel día todas las vendedoras de las paradas hablaban de lo mismo y aunque Sally era un ama de casa a quien poco importaba la política y el progreso, también era una madre celosa del bienestar de su familia y de sus hijos. Por eso, al enterarse de las extraordinarios velocidades que aquel monstruoso artefacto de hierro llamado ferrocarril era capaz de alcanzar, pensó enseguida en la seguridad de los suyos y se escandalizó profundamente.

- Jamás – comentó a otra de las mujeres que se hallaba a su lado escuchando la noticia que corría en boca de todos - Jamás permitiré que mi marido o ninguno de mis hijos suba a uno de esos diabólicos instrumentos del mal.

La interpelada no se sorprendió de aquel comentario que compartía como la mayoría de las mujeres que aquella mañana llenaban el mercado.

- ¿Sabe usted – dijo a su vez- he oído hablar que médicos ilustres han profetizado la rápida propagación de cierta enfermedad producida por las exhalaciones de carbono?. Otra se incorporó al grupo-: Y eso no es todo, me han dicho que la velocidad de las imágenes ante los ojos de los viajeros es tanta, que puede producir hasta ceguera.

Poco a poco, el grupo de mujeres fue aumentando entorno a Sally. Todas tenían algo que añadir a la noticia de aquel insólito recorrido. Curiosamente todas se parecían extraordinariamente entre sí, tenían edades semejantes, vestían de la misma forma, peinaban sus cabellos de un modo parecido e incluso hablaban en el mismo tono de voz, hasta tal punto que era difícil distinguir la una de la otra y ninguna tenía un pensamiento propio, solo repetían lo que habían oído comentar a los demás.

 

En el Parlamento, la agitación había llegado también al máximo. La Cámara Baja que había recibido con risas la ridícula pretensión del pobre minero comprometiéndose a transportar pasajeros y mercancías a una velocidad de veinte Kilómetros por hora, tenía ahora que tragarse sus chistes y sus ironías.

Se le había tomado por loco, pero a pesar de ello, George Stephenson, había perseverado sobre la campaña de detractores y había conseguido su aprobación triunfando sobre los numerosos intereses en contra de las máquinas de vapor.

Ahora el Presidente del Consejo, algunos ministros y numerosos diputados, se hallarían presentes en el momento de realizarse el viaje inaugural entre Liverpool y Manchester.

 

En la recién inaugurada estación, la concurrencia y el júbilo eran extraordinario. Fervientes admiradores se habían dado cita esperando ver funcionar al enorme monstruo que parecía estar tan impaciente como ellos para iniciar el recorrido.

Cuando el tren arrancó, la gente corrió hacia él ovacionando a la máquina y a sus ocupantes. Seis vagones cargados de hierro y carbón, treinta y cinco viejas diligencias y veintiuna carrozas eran arrastrados por la locomotora ante los ojos asombrados de todos los presentes. Los raíles eran poco más de un metro de longitud y se apoyaban en bloques de piedra. Algunos pasajeros se acomodaban en vagones descubiertos y los que deseaban viajar con más comodidad habían hecho instalar su propio vehículo encima del vagón, hallándose así al resguardo de la intemperie y sobre todo del humo de la carbonilla y de las chispas.

Desde el vagón especial para los dirigentes, George Stephenson, orgulloso y lleno de satisfacción, hablaba con su hijo, mientras saludaba a la muchedumbre agitando la mano.

- Los caminos de hierro reemplazarán pronto a los demás medios de transporte y servirán lo mismo para un rey que para el último de los vasallos. Sin duda, todavía habrá grandes dificultades para vencer, pero con el tiempo todo ocurrirá tal y como acabo de predecir.

Pero el estruendo de la máquina y las voces de los asistentes era tan enorme que nadie, excepto su hijo, pudo escuchar sus palabras.

 

Unos años después, los capitales de los hombres que, en su día, se habían arriesgado en la construcción del ferrocarril, empezaron a dar grandes beneficios. Las nuevas invenciones dieron a la industria y al comercio un inesperado desarrollo y los dueños de las fábricas, comerciantes y banqueros comenzaban a reunir fabulosas fortunas y construyeron magníficas casas en las ciudades y hermosas quintas en el campo, viviendo con lujo y opulencia. A consecuencia de todo ello, los campesinos tuvieron que abandonar sus campos y emplearse como obreros en los nuevos talleres de Londres.

El éxodo masivo a las grandes ciudades, produjo una avalancha de obreros sin empleo y cuantos más se ofrecían en las fábricas, más bajaban los jornales, viviendo en la ignorancia y en la necesidad y sin medios para mejorar su situación. En los miserables suburbios de malolientes callejuelas infestadas de ratas, se agrupaban casuchas donde vivían familias enteras hacinadas en una sola habitación, cobrando miserables salarios por su trabajo en las oscuras fábricas donde el ruido de los telares ensordecía los oídos.

 

Veinte años más tarde, en el Congreso de Edimburgo, el ilustre David Brewster saludaba sus huéspedes con las siguientes palabras:

- Para contribuir eficazmente al bien y a la paz de las sociedades, es preciso que la ciencia salga del círculo de los sabios y de los filósofos y que se infiltré hasta las últimas ramificaciones del cuerpo social. Si el delito es el veneno, la instrucción es su antídoto.

¿Qué será de nuestra sociedad, si a la par que aumenta el poder sobre el mundo físico y el bienestar de las naciones, no se efectúa una mejora correspondiente en la naturaleza moral e intelectual del hombre?.

 

 

Carmen, la videncia

diciembre 4, 2011 under Relatos de Historia

 

 

Los hombres eran fuertes y robustos y las mujeres bonitas y entre ellas se destacaba Carmen, una joven gitana que caminaba ágilmente entre las carretas.

Esbelta como una gacela, la blanca blusa anudada a la cintura parecía ceñir sus senos de virgen como una segunda piel y la falda de lunares agitaba alegremente sus volantes al compás de sus pies descalzos. Hablaba animadamente y mientras lo hacía acompañaba a sus palabras con rápidos gestos y siempre daba grandes rodeos para explicar cualquier idea por simple que esta fuese. En su expresivo rostro estrecho y alargado, destacaba una nariz afilada y una boca extraordinariamente roja y pequeña, como un clavel flor. Amaba el baile, el canto y los juegos y odiaba el esfuerzo de cualquier trabajo, el cual, como la mayoría de sus hermanos de raza, evitaba siempre que era posible.

Los gitanos habían recorrido muchas leguas. Y aunque su vida era un continuo deambular comenzaban a sentirse cansados del camino. Aquel día y ante la vista del pueblecillo que se divisaba a lo lejos decidieron acampar por un tiempo indefinido…

 

Dos acomodados terratenientes que regresaban a la aldea aceleraron el trote de sus caballos al pasar por delante del campamento. Al verlos sintieron miedo y desprecio porque ellos ni siquiera consideraban a los gitanos un pueblo diferente, sino simplemente malas gentes que vivían separadas de los demás entregados al pillaje y a la mendicidad. Un nido de ladrones y asesinos.

Cuando llegaron al pueblo los dos hombres se apresuraron a convocar una reunión de vecinos honorables para ponerles al corriente de la alarmante proximidad de la banda de indeseables.

 

.- Aprovechan todas la perversas inclinaciones de la Humanidad.- dijo el propio Alcalde ante todos los reunidos en la Plaza mayor.- Dicen la buenaventura, roban niños, engañan en el precio de los animales que compran y venden y prefieren el robo a la limosna.-

 

No tardaron en ponerse todos de acuerdo, nadie iba a consentir que aquellos huéspedes ociosos y repugnantes se acercasen al pueblo. Todos los vecinos recordaban que la última vez que lo hicieron habían desaparecido gallinas en los corrales, víveres en las paradas del mercado y también algunas bolsas de transeúntes distraídos. Incluso un niño, hijo de una pobre viuda, desapareció también del lugar después de su partida y a pesar de buscarlo por todas partes nunca fue encontrado.

Mientras se hablaba de tomar medidas rápidas y radicales, los gitanos ajenos a lo que acontecía, habían levantado el campamento y se disponían a pasar la noche dentro de sus tiendas. En cuanto el alba comenzase a apuntar en el horizonte se dirigirían al pueblo cargados con sus cestos y canastas de pita y de junco para venderlos en el mercado.

Hacía tanto tiempo que viajaban que sabían muy poco de las nuevas disposiciones del gobierno: Ante la resistencia tenaz que los gitanos oponían al abandono de su género de vida errante y marginal y a instancias de marques de la Ensenada, el rey Fernando VI había firmado un decreto ordenando que abandonasen sus trajes, sus costumbres y lenguaje y fueran conducidos a los presidios, fortalezas, arsenales y galeras para que, con su trabajo forzoso, contribuyeran a fomentar las riquezas de España. No se hallarían reparos en separar a las mujeres de sus maridos. Sólo a los niños menores de 7 años se les permitiría quedarse con sus madres. Los que escapasen serían marcados con un sello ardiente y los reincidentes serian ejecutados.

 

Carmen no podía dormir aquella noche, silenciosamente había abandonado su lugar en el lecho familiar, que compartía con sus padres y sus cuatro hermanos menores y había salido fuera de la tienda. En el cielo la luna era tan clara que iluminaba el camino casi como si fuese de día y los tejados del pueblo, a lo lejos, parecían estar hechos de luz. Se sentó sobre la hierba que resplandecía y se dejó envolver por la magia de la noche.

Había nacido sabiendo que su pueblo era diferente a los demás y estaba acostumbrada a ser mirada con desprecio por todos los lugares donde pasaban, sin embargo a ella eso poco le importaba porque la familia era y sería siempre toda su vida y su propio mundo. Pensó que pronto sería una mujer casada, pues estaba prometida a Manuel desde su nacimiento y ya tenía 15 años. Se sentía feliz porque estaba enamorada del gitano que sus padres le habían destinado para marido y estaba segura de que él la correspondía, lo había leído en las estrellas. Se había conservado pura para su hombre, al que sería fiel hasta la muerte y amaría a sus hijos como sus padres la habían amado a ella.

Pero hoy no podía pensar en Manuel. Un temor extraño y desconocido parecía agarrar sus entrañas impidiéndole sumergirse en el embrujo de la noche. De pronto miró las palmas de sus manos. Carmen leía en sus líneas y predecía el futuro de los demás, pero aquel día sus manos parecían tener vida propia. Las contempló largo rato iluminadas por la brillante luz de la luna llena. Podía escuchar su voz en el latido de su propia sangre. Y esta voz decía: No vayas al pueblo mañana, Carmen, avisa a los tuyos y huye lejos de aquí, hacia nuevas tierras. La muerte te espera al otro lado del camino.

Se incorporó asustada, debía despertar a todo el campamento, todos debían saber el aviso que ella había recibido del destino.

Comenzó a gritar para alertar a su gente, rápidamente todos fueron saliendo de sus tiendas alarmados. El silencio de la noche se vio truncado por los llantos de los niños y los gritos de las mujeres, mientras los hombres cogían sus estacas y sus fusiles, pronto hicieron un corro a su alrededor…

Carmen había heredado de su abuela sus dotes de adivina. Ella le enseñó todo cuanto sabía en el arte de adivinar el futuro y la fortuna por medio de las rayas de la mano y de la observación de la fisonomía. No era la primera vez que las predicciones de la gitana se cumplían y aunque era muy joven, los gitanos creían en sus dotes, por eso una vez la hubieron escuchado, silenciosamente y con rapidez fueron deshaciendo el campamento entre todos…

 

A la mañana siguiente, cuando los hombres del pueblo armados hasta los dientes y con las autoridades a la cabeza se dirigieron al lugar donde los gitanos habían pasado la noche, solo encontraron unas cuantas huellas de las ruedas de sus carros en el camino y la hierba tronchada por el peso de sus tiendas. Los gitanos estaban ya muy lejos de allí.

Nadie se explicó lo repentino de su marcha, porque nadie supo nunca que el destino había tomado partido y había escrito un mensaje en las manos de la sencilla muchacha gitana.

 

Koscukee, el odio

octubre 30, 2011 under Relatos de Historia

 

Sobre la morena piel de su torso desnudo, el hechicero de la tribu había pintado unos extraños dibujos adornados con pétalos de flores y plumas de pájaros, utilizando para hacerlo conchas afiladas. Los vivos colores habían sido extraídos de pigmentos de la misma tierra. Las pinturas simbolizaban una manada de canguros perseguidos por los hombres y Koscukee se sentía orgulloso de ellas, porque creía que detrás de cada imagen trazada sobre su piel se escondía el triunfo del cazador sobre el animal. La cacería que se iniciaría a la mañana siguiente y en la que todos los componentes de la tribu tomarían parte, le excitaba hasta el punto de robarle el sueño.

Las manadas de canguros que proliferaban en gran número por los bosques de Tasmania eran su principal fuente de alimento. Los mataban no por placer, sino simplemente para subsistir. Y aunque había participado en muchas otras cacerías, aquella noche se sentía extrañamente inquieto.

Por eso tendido en la larga playa, mostraba sus pinturas mágicas a Aquel que habita en lo más alto. Aquel que según las creencias ancestrales de su pueblo, creó sobre la lisa superficie de la Tierra todos los mares y los montes, todos los bosques y los ríos, todas las estrellas, el sol y también la luna… Koscukee, desnudo sobre la arena y envuelto en la tibia brisa del Hemisferio Sur, imploraba la protección del gran gigante del Universo por mediación de la magia de sus dibujos.

Koscukee nunca había salido de su tierra, solo conocía sus queridos bosques de eucaliptos de más de 500 especies diferentes y los amaba. También amaba las hermosas flores que poblaban la exuberante vegetación de sus montañas y los exóticos animales que las habitaban. Su amor se extendía también a las azules aguas del mar, bajo cuyas olas se arremolinaban mil peces multicolores y enormes bancos de coral y su amor llegaba en su grandiosidad hasta el sol, la luna y todas las constelaciones que velaban sus días y sus noches.

Vivía tranquilo sin que su tranquilidad se viera perturbada por las desigualdades, porque la tierra y el mar proveían a él y a los suyos de todo lo necesario. Ignorante de las comodidades tan necesarias para gentes de otros continentes, era feliz no sabiendo el uso que de ellas hacían y en consecuencia no conocía la crueldad, ni la venganza, ni el odio. Se sentía unido a sus padres y hermanos y a todo el resto de la tribu por el mismo amor que le unía hacia todo lo que le rodeaba y como ellos, vivía en una apretada armonía con la naturaleza.

 

Matew Flinders era británico y como todos los británicos poseía ese rasgo esencial del carácter inglés que consiste en una confianza natural en la vida, probablemente genética. Matew Flinders estaba convencido de que Dios había puesto a los ingleses en el mundo como prototipo para dar a los hombres la paz, la justicia y la libertad y como buen componente de su raza, estaba convencido de que sólo los anglosajones podían representar aquel papel.

Quizás como herencia de sus antepasados, marinos y piratas, y por la gran extensión de las costas inglesas, el amor al mar y a las aventuras marcó su vida. De niño solía jugar imaginándose a sí mismo capitaneando un barco y explorando tierras lejanas y desconocidas. En cuanto llegó a la adolescencia, aquellos sueños infantiles fueron tomando fuerza en su imaginación, de tal forma, que ya en plena juventud estaba convencido de que el deseo de Dios era asegurar la dominación de la raza anglosajona en el universo y el único medio de vivir de acuerdo con Dios era ensanchar el territorio sobre el cual reinaban los ingleses.

Fiel a su deseo, con el tiempo llegó a convertirse en marino y después en explorador. Su afán era descubrir nuevas tierras para incorporarlas a la corona Inglesa fue la principal motivación de sus viajes. Y así, con el impulso de sus sueños de niño dando velocidad a las velas de su nave, llegó hasta el quinto continente de la Tierra, a quien puso por nombre Australia inspirándose en estar situado en el Sur del Hemisferio Austral. Era el año 1795.

Después de explorar el territorio donde siete años atrás habían sido desembarcados los primeros penados británicos, navegó también alrededor de Tasmania, demostrando que se trataba de una isla y no de una continuación del continente y aquella tierra le fascinó hasta el punto de tentarle a abandonar sus sueños y ambiciones y quedarse a vivir en ella para siempre.

 

Aquella misma noche, mientras Koscukee se entregaba a sus cavilaciones e imploraba seguridad a las gigantescas fuerzas del Universo, Matew, en el interior de barco anclado en las playas de Tasmania, se dedicaba al estudio del nuevo paradójico animal que acababa de descubrir.

- Es la criatura más fascinante que se pueda imaginar Peter, nunca has visto nada igual, es una mezcla de reptil y pájaro y sólo puede estar en el agua unos pocos minutos- Mientras hablaba, su mano intentaba esbozar gráficamente sus palabras representando con el lápiz la forma de aquel curioso ser, que poco a poco parecía ir cobrando vida en el papel- Sus órganos son un mar de contradicciones – continuó -. Su corazón es el de un mamífero, pero su aparato reproductor es idéntico a los de un reptil. Alimenta a sus crías con leche, pero como no tiene mamas, ellos la obtienen succionando a través de los poros de su piel.

- ¿Cómo podríamos llamarle?- preguntó su segundo de abordo.

-¿Qué más da el nombre? yo estoy demasiado sorprendido por el hallazgo para preocuparme de su bautizo.

- ¿Que te parece Platypus? – continuó el otro haciendo caso omiso de las palabras de su superior.

- Éste será el más fantástico hallazgo entre los muchos marsupiales y diferentes especies de serpientes papagayos y loros, que hemos encontrados hasta el momento -. El capitán no parecía haber prestado mas atención al nuevo nombre, que Peter a su revolucionario descubrimiento.

- Sí, el único problema es el otro tipo de fauna, a la que deberíamos exterminar si queremos considerar la isla como el más idílico paraíso aportado a la corona inglesa.

Abandonando sus apuntes, Matew Flinders miró al hombre que acababa de intervenir, le llamaban el holandés, ya que ésta era la patria de sus antepasados y era su segundo de abordo. Reflexionó sobre sus palabras que rezumaban odio y pensó que no era el único tripulante del barco en sentirlo. Esto le preocupaba. Como buen inglés, el desdén por el extranjero, fuera del color que fuera, era un sentimiento más fuerte que el odio hacia su enemigo. Estuviese donde estuviese, seguiría siendo inglés. No pediría a los nativos de aquella isla que adoptaran sus costumbres, y él jamás adaptaría las de ellos. No se sentía misionero ni conquistador. Los indígenas seguirían siendo indígenas y los extranjeros, extranjeros, todo a una cómoda distancia. La guerra no era un placer para él.

Encendió su pipa con estudiada lentitud y dio un sorbo a la cerveza que le esperaba encima de la mesa alrededor de la cual los tres altos cargos de la nave se hallaban reunidos, pero en realidad su serenidad era sólo aparente, porque tras aquel comentario se sentía extrañamente inquieto.

En la espesura de la selva, el demonio de Tasmania, un feroz animal, llamado así por su fealdad, también presentía algo incierto en la tranquila noche de la isla. Sus patas exageradamente cortas en un cuerpo de escaso tamaño, se aferraban fuertemente al suelo y sus pequeños ojos encubiertos de grueso pelo oscuro, parecían escudriñar el horizonte con malignidad, mientras sus diminutas orejas estaban al acecho de cualquier ruido extraño que pudiera representar una amenaza.

 

Al clarear el día, el barco navegaba de nuevo bordeando la playa. La tierra era baja y llana, con muy pocas montañas salpicadas de espléndidos bosques y a lo lejos se divisaban extensos valles y llanos de tierra arenosa.

Ya era bien entrada la mañana cuando en ambas puntas de una gran bahía divisaron unos cuantos nativos y algunas cabañas. Eran casuchas humildes y pequeñas, construidas con palos, corteza, hierba y otros materiales.

En la playa había un reducido grupo de mujeres, ancianos y niños. Eran de estatura media y cuerpo esbelto y algunos tenían los cabellos lacios y otros rizados, pero todos iban completamente desnudos y su piel negra como el hollín relucía al sol como si fuese de ébano. Las mujeres llevaban a modo de adorno collares de conchas, pulseras o aretes ciñendo la parte superior de los brazos, y los hombres pendientes en las orejas y un hueso atravesando de parte a parte el tabique nasal. Muchos tenían el cuerpo y la cara pintados con una especie de pigmento blanco y negro en caprichosas formas. No eran muy numerosos y no parecían agresivos. Sus canoas estaban tumbadas sobre la arena, debían de tener catorce pies de largo y estaban hechas con trozos de corteza de árbol.

Matew Flinders y unos cincuenta hombres se dirigieron a la orilla en sus botes dispuestos a parlamentar con ellos. Ya en tierra firme, observaron con cautela los alrededores: la playa parecía extrañamente desierta. De pronto una piedra lanzada desde un lugar desconocido pasó rozando la cabeza del capitán y varias pedradas más surgiendo de aquí y de allá, hirieron levemente a unos cuantos hombres. Ante semejante recibimiento, el marino descargó su mosquetón al aire para intimidarles. El holandés farfulló, mientras intentaba limpiar la sangre que manaba de su brazo.

- Son como bestias salvajes, deberíamos exterminarlos a todos.

Matew Flinders intentó calmarle. – Su reacción es natural, están asustados, nunca habrán visto un barco de semejantes dimensiones, ni hombres de piel blanca como nosotros.

Entonces los vieron venir a lo lejos: eran unos trescientos aborígenes que corrían confundidos con la manada de canguros a los que perseguían.

Todo fue muy rápido, en cuanto estuvieron a su alcance, el segundo de abordo no esperó las órdenes del capitán y comenzó a disparar. En vano éste intentó detener al resto de sus hombres, que habían comenzado también a cargar contra ellos.

Los nativos no tenían más armas que sus dardos y sus flechas hechas de púas de dientes de tiburón y su única defensa eran simples escudos de madera. Intentaron zafarse inútilmente del inesperado ataque y aunque eran sumamente hábiles y habían sido entrenados para la caza, la enorme cantidad de municiones que les llovía por todas partes le dejaron aturdidos y sin capacidad de reacción. Algunos afortunados consiguieron huir, pero la mayoría de ellos fueron cayendo, unos tras otro, dejando sus vidas a orillas del mar.

 

Cuando el sol ya comenzaba a declinar, Matew Flinders de nuevo a bordo de su barco intentaba recobrar la serenidad perdida.

- Fue un desgraciado accidente, se lamentaba Peter Crowell, que había sido el primero en disparar. Demasiado tarde, me di cuenta de que no venían a atacarnos sino que se trataba de una cacería de canguros… Sólo hice fuego para salvarnos de lo que yo creí una muerte cierta.

Matew Flinders escuchaba en silencio las disculpas y explicaciones de la tripulación. En realidad no sentía ningún especial sentimiento de compasión por los aborígenes muertos en la playa, pero era un hombre inteligente y comprendía que los nativos no olvidarían fácilmente la matanza y que aquel incidente sería el principio de una larga lucha de sangre y de venganza. Había tomado una decisión.

- Señores- dijo escuetamente-. Nadie deberá contar jamás lo que aquí ha sucedido hoy. Y añadió, mirándoles a todos fijamente a los ojos: A riesgo de su vida.

Se daba cuenta exacta de la magnitud de aquel suceso aparentemente insignificante y también de la importancia de que nadie llegase a saber nunca que, en realidad, era el odio y no el miedo lo que había impulsado a sus hombres disparar.

Mientras tanto el mar, indiferente a lo sucedido, seguía batiendo sus olas, cubriendo de blanca espuma la negrura de los cuerpos inertes de los nativos y Las mágicas pinturas de caza de Koscukee se diluían lentamente en su piel lamidas por el agua.

 

 

 

 

 

 

María Antonieta

octubre 9, 2011 under Relatos de Historia

 

Una mujer joven irrumpió en un cuerpo de guardia y se apoderó de un tambor. Pronto se mezclaron entre la muchedumbre algunos hombres disfrazados que dirigieron al río mugiente y anárquico de mujeres.

Sin saber como, apareció allí un jefe que formó un ejército sobre la desordenada y espontánea masa y entre la confusión general alguien impuso su voz a todas las demás: ¡A Versalles!- gritó e inmediatamente contestaron miles de voces: ¡A Versalles!

Se apoderaron de picas, pistolas y hasta dos cañones que engancharon a dos caballos. Sobre uno de ellos, se sentó una mujer muy hermosa a la que sus compañeras adornaron con las cintas de los colores de la bandera del pueblo mientras cantaban y bailaban a su alrededor. La muchacha subida al caballo parecía una reina entre todos.

La extraña y sobrecogedora comitiva emprendió el rumbo a Versalles y a medida que pasaban por los barrios de París se unían a ella nuevos grupos vociferantes y enardecidos. De repente comenzó a llover, las ropas se empaparon, la lluvia borró los caminos y las patas de los caballos se hundieron en el barro, pero nada de esto pareció disminuir su decisión de avanzar y su entusiasmo.

 

En el interior del Palacio, Luis XVI vacilaba, como había hecho durante toda su vida, mirando a la reina con ojos angustiados. Era un hombre sencillo y laborioso que carecía de decisión y a quien el destino le había gastado la terrible broma de ser rey. Siempre se había dejado conducir por una camarilla de cortesanos capitaneados por su mujer, la bella austriaca, cuyo carácter espontáneo y alegre pero irresponsable, no era perdonado por el pueblo de Francia y por primera vez no hallaba respuesta en los ojos azules de su esposa.

María Antonieta se mordía los labios con ansiedad, paseando inquieta por los amplios salones repletos de nobles agitados. Su complicado peinado levantado sobre un postizo introducido entre los mechones del cabello, dejaba despejada la blanca nuca y a ambos lados de su rostro caían escalonados unos bucles empolvados que se balanceaban en su constante ir y venir contra sus mejillas. Aunque no era una verdadera belleza poseía un atractivo natural que la hacia sumamente deseable. Una especie de magnetismo especial que nacía de sus propias contradicciones: podía ser la más entrañable madre de familia, la más altiva de las reinas, la más tierna de las enamoradas y la más inconsciente de las adolescentes. Podía despertar toda clase de sentimientos, menos uno: la indiferencia. Amada por su esposo sus hijos y sus amigos, odiada por su pueblo que no la conocía y a quien ella tampoco había querido conocer.

La criatura más humana e indefensa y a la vez más egoísta y salvaje. Todo bajo una piel suave, cubierta por brocados adornados con perlas y con flores.

Los ministros mas arriesgados aconsejaban al rey enfrentarse con las masas vociferantes que se acercaban a Palacio y los más prudentes huir de inmediato. Pero éste no acababa de decidirse. Mientras, en el patio de armas, los caballos piafaban de impaciencia enganchados a las a las carrozas, y los lacayos esperaban sus ordenes para partir.

Una larga hora después llegaba al Palacio la guardia nacional, con su comandante el general Lafayette al frente. Este había intentado impedir la partida de la multitud hacia Versalles, pero sus soldados no le obedecieron. Ahora cabalgaba sombrío en su caballo blanco detrás de la banda de mujeres de la revolución, intentando inútilmente dirigir con la razón, la pasión de los elementos desenfrenados.

Al oírlos, el rey respiró aliviado. Las fuerzas armadas de la nación llegaban para protegerlo. Como siempre  había dejado que los acontecimientos fueran a su encuentro en lugar de ir él en su busca, y éstos acontecimientos se acercaban implacables en los rostros de miles de mujeres hambrientas, con los zapatos cubiertos del fango del camino, que llegaban mojadas hasta los huesos y tiritando tras seis horas de marcha. Una multitud andrajosa y sucia, con las faldas echadas sobre la cabeza para protegerse de la lluvia, que, como una ola desbordada, pisoteaba los arriates llenos de flores de los jardines del palacio de Versalles.

Todos se detuvieron frente al Palacio y comenzaron a gritar enfrente del enorme edificio la consigna que corría de boca en boca:

¡A París con el rey, a París con la reina!

El soberano se vio obligado a mostrarse en un balcón para dar su consentimiento. La vista del rey aplacó a las masas que cambió su furia por júbilo y vítores, pero cuando apareció la reina con sus dos hijos cogidos de la mano la multitud calló respetuosamente. Su cara, lívida como una muerta en vida, no mostraba ningún gesto de súplica de ni indulgencia.

Por unos terribles instantes, todos se mantuvieron en silencio esperando lo peor, pero aquella actitud altiva que tantos enemigos le había granjeado durante su reinado, mezclada con la sinceridad de no fingir para obtener clemencia, conquistaron insólitamente a todos los que antes la insultaban que prorrumpieron en nuevos vítores y aclamaciones. La reina había ganado un primer asalto, pero todavía faltaban muchos en la lucha que se había entablado entre ella y el pueblo.

La calma pareció renacer. Ejército y pueblo decidieron acampar en los jardines para pasar allí la noche. La lluvia había cesado. Entre todos encendieron hogueras para calentarse y secar las ropas empapadas, pero aquella tregua era solo aparente y mientras todo parecía haber recuperado la serenidad, los murmullos comenzaban a subir de tono y la guardia que había llegado hasta allí para proteger a la familia real confraternizaba con las masas.

Mientras tanto, unas peligrosas figuras surgidas de no se sabe donde, comenzaban a deslizarse a largo de las verjas a la incierta y escasa luz de las linternas de aceite.

Pierre observó que la mujer que había dirigido la comitiva subida a uno de los cañones, tiritaba de frío. Se acercó a ella y la ayudó a desembarazarse de todas las cintas que unas horas antes brillaban multicolores a la luz del sol y ahora se veían deslucidas y descoloridas, enredadas entre si como mutiles telas de araña. A pesar de su apariencia, la mujer seguía siendo hermosa y su belleza encendía de admiración los ojos del hombre que la miraba.

Pierre estaba seguro de no haberla visto nunca antes, de otro modo jamás hubiese podido olvidar aquella cara. Galantemente le ofreció su capa para cubrirla mientras le decía en tono festivo:

- Seca tus ropas al lado del fuego compañera y abrígate, pues la noche es fría.

Mireille le miró con gratitud y aceptó el abrigo que le ofrecía. Le gustaba el rostro de aquel hombre, tenía una mirada noble y limpia que inspiraba confianza. Desde muy niña estaba acostumbrada a despertar la admiración de los demás y lo aceptaba como algo natural, pero en aquellos momentos no sentía deseos de que él se deslumbrase por su físico como los otros. Le hubiera gustado que también la encontrase hermosa por dentro, porque intuía que aquel hombre era diferente a todos y deseaba agradarle de una manera distinta.

Se sentaron junto a la hoguera y comenzaron la aventura de aquel encuentro. A su alrededor se oían los gritos del populacho y de los soldados que  alborotaban y reía a su alrededor, habían dejado a un lado sus fusiles y bebían todos juntos, para calentar sus ateridos cuerpos y alegrar sus almas.

Pierre y Mireille eran jóvenes y ambos habían sufrido la injusticia de haber nacido en una época que favorecía únicamente a los ricos y sumía a los pobres en la mas espantosa miseria. Los dos tenían también los mismos sueños, los mismas aspiraciones y las mismas metas.

Estuvieron hablando durante horas a pesar del cansancio, descubriendo cuantas cosas tenían en común e intentando compensar con sus palabras todos los años que habían tardado en conocerse.

- Nuestra desgracia está a punto de acabar – decía él con la esperanza reflejada en sus ojos: El general Lafayette ha convencido al rey para que venga con nosotros a París. Entonces las reformas que el pueblo ha planeado serán puestas en práctica y todos seremos iguales, libres y felices.

Ella le miraba con la misma esperanza brillando en sus ojos, soñando también con un futuro que inesperadamente veía unido a aquel hombre que acababa de conocer. Un futuro sin hambre, sin vejaciones, sin tristeza, un futuro lleno de amor y de prosperidad.

Después de varias horas, exhaustos pero felices, se durmieron estrechamente abrazados, al lado de las brasas humeantes como si, ahora que se habían encontrado, no quisieran dejarse escapar.

Ya entrada la noche los despertaron los gritos de un grupo de hombres y mujeres armados con picas, que habiendo descubierto una verja que se había quedado sin vigilancia animaban a todos a penetrar en Palacio… Habían corrido rumores de que los reyes iban a escapar durante la noche. La furia y el odio se redoblaron, era necesario capturar al el rey y a la reina. Debían conducirlos ellos mismos a París.

Como un solo cuerpo la multitud les siguió sin vacilar. Los primeros que llegaron a las graderías de mármol dieron muerte a los guardias reales que les cerraban el paso y ensartaron sus cabezas en sus picas como trofeo. A la vista de la sangre la multitud pareció enloquecer como una fiera hambrienta que captura a su presa y una vez en el interior del Palacio recorrieron una tras otra  las espléndidas salas hasta llegar a la habitación de la odiada reina. Pierre y Mireille estaban entre ellos. Ya no eran dos enamorados llenos de ternura, sino dos animales salvajes luchando por sobrevivir.

 

María Antonieta de Francia escuchaba aterrorizada los alaridos de la multitud que se oían cada vez más cerca de sus habitaciones. Con manos torpes intentaba colocar sobre su camisa de dormir el traje que llevara puesto aquella misma tarde para divertirse con sus amigos en la villa de recreo del Petit Trianon. Su doncella intentaba ayudarla, pero tampoco sus manos le respondían. A duras penas pudo abrochar el corchete que aseguraba bajo el pecho el escotado corpiño, dejando la cotilla abandonada sobre la cama, con lo que la falda quedaba sin soporte y la soberana debía aguantarla con la mano mientras caminaba descalza, porque ni siquiera tuvo tiempo de ponerse medias ni zapatos. Después la doncella cubrió a toda prisa sus hombros con una pañoleta de encaje en el mismo momento en las hordas invadían las habitaciones reales.

La primera en entrar fue Mireille que ágilmente se había adelantado mucho a los demás blandiendo un fusil. Ante ella se hallaba la odiada austriaca, la mujer que tenía más de lo que necesitaba a costa de su propia miseria y la de los suyos. Le hubiera gustado ver correr su sangre para demostrarles a todos que no era azul, sino roja  como su propia sangre de campesina. Todo su futuro y su felicidad estaban en juego. Sus dedos apretaron con fuerza el gatillo, dispuestos a presionarlo, pero ante sí solo vio a una pobre mujer asustada que la miraba suplicante con los ojos llenos de lágrimas, y algo muy parecido a la piedad se apoderó de ella, trocando su furor en lástima. Fue solo un segundo, el necesario para que la reina pudiera desaparecer la habitación tras una puerta secreta que se cerró rápidamente detrás de ella.

Mireille se quedo aturdida en medio de la lujosa estancia. Pierre ya se encontraba a su lado junto a los demás y ella le miró con amor. Quizás aquel sentimiento que había penetrado en su corazón era tan grande que la había enternecido concediendo el regalo de la vida a la odiada austriaca, pero nadie debía saber nunca que en sus manos había estado el destino de la reina y que ella había preferido salvarla.

Cogiendo fuertemente del brazo a su compañero sintió que aquella misma noche María Antonieta había sido sentenciada a muerte, y que a partir de aquel momento ella comenzaba a vivir.

Rousseau, La Filosofía

septiembre 18, 2011 under Relatos de Historia

 

Intentando superar la emoción de verle vivo, se acercó a él a grandes pasos cruzando la calle y cuando el filósofo iba a introducirse en el portal, Pierre le tocó tímidamente en un hombro. ¡Había tantas cosas que quería preguntar a su padre, tantas cosas que no le había dicho y quería saber!. No podía perder aquella oportunidad.

Al sentir el contacto, Rousseau le miró sorprendido y Pierre se sumergió en aquellos dos pozos grandes y grises que eran sus ojos, pero sus aguas no eran los remansos tranquilos que él estaba acostumbrado a ver en sus retratos, en ellos se agitaban dos remolinos inquietos que desconocía. Su padre era un hombre joven y su juventud le desconcertaba.

Vio que no le reconocía. ¿Qué  podía decirle?. Al fin se decidió.

- Yo os conozco –  tartamudeó.

- Sí, es posible que sí – le contestó Rousseau, mirándole con mucha atención.

- Intuye lo que voy a ser para él en el futuro – pensó el joven, debo seguir hablando y añadió volviéndose más audaz::

Quizás nos hemos visto en algún sitio hace tiempo o quizás nos veremos en un futuro próximo -

El filósofo pareció comprender, ambos habían abandonado el concepto de presente y entraba en un sentido especial del tiempo.

- ¿Quién eres tú? – le preguntó.

- ¿No lo adivináis? -

- Creo que algo nos ha reunido a los dos en esta circunstancia tan especial por algún motivo que yo no puedo entender ahora… ¿Qué habéis venido a decirme?-

- Quisiera preguntaros si desearíais  conocerme algún día.

- No os comprendo-

Decidió no hacerle más preguntas e intentar averiguar algo de su momento presente tan importante para él.

Habían comenzado a pasear, uno al lado del otro. La calle parecía extrañamente solitaria, nadie se cruzaba en su camino, tampoco se oía ningún ruido, sólo sus voces que resonaban sobre las paredes de las casas. No podía decir si era de día o de noche, pero una luz especial lo iluminaba todo.

En aquel momento su padre tenía casi su misma edad y le era más fácil verlo como a un amigo y hablar con él con naturalidad.

- Decidme- le preguntó, al cabo de un rato de silencio: ¿Sois feliz?.

A Rosseau no pareció sorprenderle aquella pregunta-.

- No he tenido madre y mi infancia fue vagabunda, he recibido una desordenada educación, he intentado ser médico, músico y profesor, mi vida no ha sido fácil y ha estado llena de aventuras y de amores fugaces, pero me siento feliz porque he conseguido vivirla en libertad y no como los demás decían que la viviese.

La pregunta que quemaba la boca de Pierre surgió al fin con toda su fuerza, abrasando su aliento-.

- ¿Os gustaría tener un hijo? -.

El filosofo le miró, casi ninguna de las arrugas que luego surcaron su piel había aparecido en su rostro de agradables facciones, pero la serenidad que en su madurez fue su principal característica comenzaba a perfilarse en su mirada, amortiguando el ardor del impulso que brillaba en ella.

Estaban en una pequeña plaza y los árboles tenían extrañas tonalidades violáceas y púrpuras que Pierre nunca había visto antes.

- ¿Un hijo?- reflexionó unos instantes – No es un buen momento para tener un hijo, pero si esto sucediera creo que sería algo muy importante para mí -

El joven estuvo a punto de saltar al cuello de su padre en una reacción ambigua e incontrolada de amor y de odio, le hubiese gustado abrazarle y estrangularle al mismo tiempo.

Siempre había querido saber, si había sido un hijo deseado, pero… ¿Qué  horrible contradicción era aquella?. ¿Cómo puede alguien desentenderse de lo que es importante?. ¿Cómo alguien, que predica en todos sus libros que el hombre debe buscar sinceramente su norma de conducta en su propia conciencia, pudo abandonar después a sus hijos en un hospicio?. Aquel había sido el gran enigma que le había perseguido durante toda su vida y sabía que no podría descansar hasta descifrarlo, esta era su oportunidad. ¿Debía pues decirle quien era él?. Decidió que todavía no; debía saber más cosas, pero no hicieron falta más preguntas, Rousseau como si hubiera entendido sus pensamientos, continuó hablando.

- Un hijo no pide venir al mundo- hablaba como para sí mismo – Merece todo el amor. Un hijo es como una rama que brota del tronco de un árbol, si el árbol es fuerte y tiene sólidas raíces podrá también darle fuerza y vigor para crecer sano y feliz. Un padre jamás debe de tratar de modelarlo a su imagen, ni según las ideas convencionales dominantes, debe conseguir que el desarrollo espiritual del niño se realice de un modo espontáneo, que cada adquisición sea una nueva creación, que todo provenga del interior no del exterior, de acuerdo con su sentimiento y su instinto.

Pierre se dio cuenta de que su padre ya no hablaba de su propio hijo sino que generalizaba en todos los hijos de la Humanidad y se sintió frustrado. Necesitaba obtener respuestas personales, no ideas que ya había leído en sus libros años atrás. Su padre teorizaba de una manera tan estimulante que Francia entera había dicho de él: “Es imposible expresar el entusiasmo de toda la nación en favor suyo”. Pero los hijos de Francia no eran los hijos de su propia carne y sangre y él sí. Entonces, ¿por qué había preferido amarlos a ellos y sacrificar al suyo propio abandonándolo a su suerte?.

Sin embargo, comprendió que Rousseau deseaba continuar hablando, y que debía de ser paciente y escucharle. Había esperado ya tantos años que era absurdo impacientarse ahora que estaba a punto de descubrir su verdad.

- Un sistema de educación racional conforme a la naturaleza, hará al hombre bueno y feliz. La educación tradicional oprime y destruye la esencia originaria del hombre y en su lugar yo propongo una educación cuyo fin sólo debe limitarse a suprimir los obstáculos que se oponen a su libre desarrollo-.

Pierre ya no pudo contenerse por más tiempo. Recordaba los largos y tristes años vividos en el hospicio, desde donde oía hablar del padre que le abandonó al nacer, como el benefactor de la humanidad.

- ¿Y un orfanato es el mejor medio para que un hijo se desarrolle de acuerdo con su propia naturaleza? -.

Rousseau, pareció volver a la realidad, había hablado con la pasión propia del que cree firmemente en sus propias palabras, tenía fe en ellas, vivía para ellas, pero sus teorías estaban engendradas para la abstracción, no podía personalizarlas, estaba demasiado ocupado creándolas para los demás.

- Si tuviera hijos – El tono de su voz se hizo casi susurrante, sus ojos ya no brillaban, había perdido su entusiasmo y su energía, ya no era un filósofo disertando brillantemente sobre sus firmes creencias, era un hombre confuso, asustado ante la responsabilidad de aplicar en algo suyo  todas sus ideas…

Pierre sintió pena por aquel hombre enfrentado a sí mismo, pero no cedió, conseguiría que su padre le contase el por qué de su abandono, el por qué aquel ser famoso por su integridad había podido ser capaz de desentenderse completamente de su hijo y para dedicar toda su vida a los hijos de los otros.

Rousseau, continuó hablando en un penoso monólogo.

- El hombre nace libre y la sociedad le encadena, el hombre debe buscar el bien y el mal en sí mismo, aunque ello implique enfrentarse a la autoridad y las leyes, porque posee una bondad innata que se corrompe en cuanto entra en contacto con la civilización, ellas son las culpables de tanta desigualdad y tanto dolor, el hombre debe volver a la naturaleza donde están sus raíces, para volver a aspirar a su inocencia-. Hizo una larga pausa para continuar después más sosegadamente: Me he alejado del grupo de filósofos de la Ilustración y me he enfrentado a las autoridades. Mis libros han sido condenados a la hoguera, he tenido que huir de Francia y refugiarme en Inglaterra, ahora he vuelto a París y estoy obligado a ir de un sitio a otro, siempre con el temor a que me encarcelen. ¿Como podía yo arrastrar conmigo a un hijo a semejante suplicio?. Yo creo en la libertad individual y la independencia frente a toda autoridad y para ello debo estar libre de responsabilidades. Yo no debería tener hijos….

Pareció haber recobrado de pronto su perdido entusiasmo.

- Escúchame bien, joven desconocido, que me hacéis preguntas a las que no puedo contestar… Mis ideas tendrán mucha influencia en la posteridad. Habrá un día en que todo el mundo se desarrollará según mis creencias, yo seré el pilar de una nueva sociedad llamada república democrática, en las que el pueblo ejercerá funciones de soberanía y legislación. Porque, ¿sabéis? No existen diferencias entre los hombres, estos nacen todos igualmente libres, la desigualdad y la opresión son resultado de una organización contraria a la naturaleza y a la razón humana. Cuando, como en el caso de la monarquía absoluta que nos gobierna, la sociedad no sirve para garantizar los derechos de cada individuo sino que por el contrario los viola y atropella, esta sociedad debe abolirse porque se ha convertido en un régimen despótico-.

Pierre, se sintió cada vez más lejos de su objetivo, su padre no quería responder a su pregunta o simplemente no podía hacerlo, creía en el individuo, pero solo podía vivir para la masa humana.

- Quiero mostrar a mis semejantes a un hombre en toda la verdad de su naturaleza y ese hombre seré yo: Rousseau, el imaginativo, el realista, el lógico, el sensual, el reformador, el utópico, el único Rousseau, pero… ¿por qué me hacéis tantas preguntas?-.

Pierre no le contestó, sabía cuanto había venido a averiguar y había dado ya media vuelta y se alejaba en dirección contraria, iba en busca de su presente y abandonaba a Rosseau en su pasado.

De repente, la calle cobró una realidad distinta y volvió a ser como antes. El joven imaginó que había estado soñando despierto frente a la casa donde había vivido su padre, pero aquel paseo parecía demasiado real como para haber sido producto de su imaginación y pensó: “Sin duda mi ensueño ha querido advertirme de algo y yo debo captar su mensaje”.

Continuó caminando, sumido en sus profundos pensamientos, cuando de pronto se detuvo, acababa de descífrarlo. Ya no odiaría más a su padre, no podía hacerlo, él lo había abandonado a su suerte, pero su suerte sería mejor gracias a él. Una nueva era de libertad se extendía ante su futuro, donde no habría diferencias entre los hombres. Los tiempos estaban cambiando y toda la nación vibraba con aires nuevos que auguraban destrucción de lo viejo para que lo nuevo naciese y curiosamente él, Pierre, el hijo no deseado del gran hombre, sería testigo de los advenimientos. Rousseau, en cambio, moriría sin poder ver el resultado de su obra.

“Siempre creí que no tenía padre” – pensó – “Ahora he comprendido que sólo lo he compartido con los demás”. Y añadió, dirigiéndose al Panteón parisién donde estaba enterrado el gran hombre y cuya bóveda relucía como oro en medio de la oscuridad de la noche: “Padre, quizás no me educaste como a un hijo, pero te perdono porque has educado a toda la Humanidad como un padre”.

 

Jane, la hipocresía

agosto 14, 2011 under Relatos de Historia

 

Ahora se hallaban allí, en la cubierta del pequeño barco que zarpaba a la más absoluta aventura, absortos en la contemplación de la eternidad, del mismo modo que sus ojos en la contemplación de la franja de tierra inglesa que se empequeñecía frente a ellos a medida que el barco se adentraba en un mar tan misterioso y desconocido como su futuro.

Pero no tenían miedo porque para ellos cualquier evento por insignificante que fuese lo atribuían al Altísimo, al que únicamente querían servir para gozar de su luz deslumbradora. No tenían miedo porque el entusiasmo  de servirle  les había hecho estoicos y les apartaba de la influencia del peligro y la corrupción.

Hombres y mujeres y niños ofrecían una imágen patética dentro de su ingenua vanidad. Se habían cortado el pelo para protestar contra el uso de las pelucas, tan en boga por aquellos tiempos y que ellos consideraban un insulto a la divinidad del hombre e iban vestidos con gran sobriedad.

Los hombres con corta capa, botas de cuero y sombrero de fieltro de ancha ala, sin cordón ni pluma y las mujeres con largas faldas, recatados corpiños, cofias y delantales blancos, aunque dominaba como nota peculiar de sus vestidos el negro y el gris oscuro.

Jane era demasiado pequeña todavía para comprender nada de todo esto. Con sus pequeñas manos gordezuelas se agarraba a la falda del largo vestido de su madre. Se sentía muy confusa por todo aquel ajetreo que la rodeaba y sus sonrosadas y redondas mejillas estaban cubiertas por gruesas lágrimas que resbalaban desde sus grandes ojos azules. A ella le hubiera gustado seguir viviendo rodeada de sus queridos campos siempre verdes a los que la lluvia hacia brillar. Allí había nacido y ellos eran toda su vida. Creció junto a los animales de la granja que había sido su hogar y ellos eran también parte de su familia, como sus mismos propios padres y hermanos. Ahora sin saber porque, había tenido que dejarlos y el mar tan grande, de un frío color gris metálico la asustaba mucho porque nunca había visto tal cantidad de agua junta.

A pesar de que su madre estaba a su lado, no podía dejar de sentir miedo y desamparo, le hubiera gustado preguntarle por que habían dejado su casa y se hallaban allí encima de aquel extraño artefacto que se movía y la hacía sentir enferma, pero no podía hacerlo porque Jane era aún demasiado pequeña para poder hablar, por eso lloraba en silencio, como el único modo de dejar escapar la gran pena que se asfixiaba dentro de su alma.

Pero aunque Jane fuese demasiado joven para poder expresar con palabras sus sentimientos, había algo que no hacía falta que nadie le explicase,  sabía, no con la inteligencia pero si con el corazón, que ya nunca más volvería a ver a sus gallinas, sus patos y sus cerdos, ni tampoco los prados  los árboles y las flores que rodeaban la pequeña granja de su nacimiento.

Sabía  también que a partir de aquel día todo iba a ser diferente para ella y este convencimiento interno le hacía llorar con desconsuelo.

En pocas horas estuvieron en alta mar. La travesía duró 63 días, durante los cuales los puritanos tuvieron que luchar contra los elementos y soportar estoicamente una tormenta tras otra. Desde su estrecho camarote, la niña acurrucada al lado de sus hermanos, escuchaba aterrorizada el ruido que las enormes olas producían al chocar violentamente contra los laterales de madera del barco. Dentro de su joven mente sus pensamientos eran mucho más profundos de lo que los mayores podían llegar nunca a suponer, porque aunque solo tenía tres años y no sabía lo que era la muerte, la intuía.

La travesía fue terriblemente larga para todos y especialmente para Jane que no sintiendo aquel grado de gracia divina que tan orgullosos volvía a los puritanos ante los hombres y las cosas de este mundo, sufría. y sus sufrimientos no se quedaban a flor de piel, como ellos pensaban, sino que calaban muy hondo en ella conformando para siempre la personalidad que marcaría su futuro de mujer adulta.

Los componentes del grupo, habían dominado la piedad y la ira, la ambición y el miedo, el atractivo de la voluptuosidad y hasta el horror de la muerte, en su ciega pasión por Dios y aunque sonreían y lloraban, pasando del dolor a la alegría, nunca era por las cosas de este mundo y por eso nadie tomaba en consideración el llanto de Jane y tampoco nadie se ocupaba demasiado de ella, ni siquiera su madre.

En realidad su madre nunca había parecido dedicarle suficiente tiempo porque estaba siempre demasiado ocupada con las cosas de Dios y su conducta hacia su hija había sido mas bien fría y distante. Su padre era un pastor protestante de marcada influencia calvinista, de extremado rigor moral y doctrinal, que preocupado por los discursos que debía prepara a sus fieles tampoco disponía nunca de tiempo para dedicarle y miraba con desprecio a los demás hombres porque se creía poseedor de un tesoro mas poderoso que todos : la iluminación.

Los días se sucedían uno tras otro y cuando las tormentas cesaban el sol abrasaba sin piedad sobre las cabezas de los embarcados. A veces Jane tenía tanto calor bajo las gruesas telas que cubrían su pequeño cuerpo, que intentaba quitarse las medias que asfixiaban sus pies, pero su madre se lo impedía siempre, ya que el extremado rigor moral de su doctrina impedía que hombres y mujeres aligerasen su vestimenta. Los puritanos creían que el cuerpo era algo impuro y pecaminoso y ni siquiera la tierna edad de la niña estaba exenta de transgredir la norma.

Asi pues, Jane, para protegerse de los rayos del sol, apenas si salía a la cubierta y pasaba las horas tendida sobre unos almohadones extendidos sobre el sucio suelo del camarote, comía poco y los continuos mareos, unidos al calor, la mala calidad de la comida y la falta de higiene, le habían provocado un estado de desánimo que la hacía dormir durante largas horas, entonces soñaba que al despertar todo volvía a ser como antes, pero cada vez que abría los ojos y se daba cuenta de que todo seguía igual, deseaba volver a dormirse para siempre.

Un día la pesadilla pareció terminar para la pequeña Jane y el resto de los  peregrinos que viajaban a bordo de Mayflower, la costa de América del Norte se dibujó limpiamente en la lejanía del horizonte y todos estallaron en exclamaciones de gozo y alegría. Dios los había protegido y salvado de todos los peligros a los que se habían expuesto durante aquellos terribles días de navegación, no en vano eran nobles por privilegio divino y habían sido sus elegidos. Cuando desembarcaron y tocaron aquella tierra por vez primera cayeron de rodillas y devotamente dieron gracias Dios por haber llegado a buen puerto.

Durante los primeros días que sucedieron al desembarco exploraron la costa, la tierra era salvaje y desierta y parecía rechazarles continuamente porque cada noche regresaban exhaustos y desanimados sin poder hallar un lugar adecuado para asentarse y nunca sabían si al día siguiente encontrarían algo para comer.

A Jane no le gustó aquella nueva tierra donde no había campos con flores ni verdes montes, allí todo era blanco y triste. Hacía tanto frío que los pies y las manos parecían abrasarle y tenía tanta hambre que el estómago se le encogía. Allí tampoco podía jugar con sus hermanos, porque poco a poco y uno tras otro, se habían ido durmiendo y ya no habían vuelto a despertar.

Hasta que un día su madre también se durmió para siempre. Su padre le contó que había ido a reunirse con ellos y con Dios y a partir de entonces Jane solo esperaba que llegase la noche, para sumirse en aquel sueño eterno que la arrebatase para siempre de aquel lugar y la llevase al Cielo donde ellos se encontraban.

 

Las relaciones entre los indios y los recién llegados fueron al principio sumamente amistosas. Tras un largo período de convivencia, los indígenas enseñaron a los ingleses a trabajar la tierra que tan inhóspita les había parecido al principio, a cultivar el maíz, cereal apenas conocido a la otra orilla del Atlántico y a utilizar los restos del pescado como abono, entre otras muchas cosas. Paralelamente se estableció un intenso comercio entre ambas civilizaciones porque comprendieron que la cooperación era el mejor camino para la convivencia.

Jane se había convertido en una joven, que destacaba entre todos los demás componentes del grupo por su vitalidad. En realidad ella nunca se había considerado escogida por Dios, sino que solo creía ser un ser humano embarcado en la aventura de la vida y así pues pasaba mas horas intentando vivirla, que en la Iglesia.

Desde muy niña frecuentaba el poblado de los indios, acompañando a su padre en las visitas que les hacían para intercambiar los productos de la tierra que cultivaban y también a través de ellos, había conseguido integrarse en aquella nueva patria que tanto había odiado cuando llegó.

Casi sin darse cuenta había ido substituido a su familia por una de las tribus indígenas que habitaban cerca del poblado inglés y en ellos halló todo el calor que nunca pudo encontrar entre los suyos, pues su padre continuaba más ocupado hablado con Dios que con ella.

Sin embargo Jane sabía que en el fondo, los indios eran considerados por sus compatriotas como unos seres salvajes, descreídos y holgazanes a los que solo toleraban por conveniencia. Y también se daba cuenta de que el resentimiento de los indios comenzaba a aumentar, sobre todo a medida que nuevas expediciones de europeos iban llegando al país e iban naciendo florecientes ciudades a orillas del océano Atlántico e incluso más al interior. Las nuevas oleadas de colonos en su camino hacia el oeste usurpaban las tierras de los indígenas y los incidentes comenzaban a proliferar, especialmente aquel verano de 1636 cuando un comerciante de la ciudad de Boston fue asesinado en Block Island por un indio de la tribu pequot y los colonos británicos organizaron una expedición de castigo.

Jane se sentía avergonzada de aquella actitud y temía que aquel incidente le impediría ser bien recibida entre la tribu nativa que la había adoptado. Decidió tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre. Aquella tarde se encaminó como de costumbre hacia el poblado indio completamente decidida abandonar a sus compatriotas y renunciar a su propia raza.

 

El chamán alcanzaba el estado de éxtasis mediante sus bailes y cantos que podían durar horas y horas, llevaba puesta una máscara de vivos colores e incansable, retorcía su cuerpo y agitaba sus manos al son de una música monótona y grave, así se comunicaba con los espíritus ya que no en vano era el intermediario entre el hombre y Dios. El concepto del bien y el mal  se encarnaba especialmente en el brujo de la tribu, el chamán, creencia que se perdía en los albores de la historia.

Aquel día, en aquella ceremonia, se pedía algo muy especial a los dioses, su aprobación en la adopción de Jane como un miembro más en el seno de la tribu  y el destino de aquella muchacha inglesa dependía de su veredicto.

Ante la duda, aquella niña perdida que un día embarcó en el Myflower rumbo a lo desconocido, volvía a sentirse desamparada. Hacía tiempo que había perdido a su patria y junto a ella su hogar y sus hermanos. A sus padres nunca los perdió porque nunca los tuvo, ya que solo su Dios, intransigente y cruel los había poseído. Ahora solo podía confiar en que aquel otro Dios de los indígenas, que hablaba a través de aquel brujo, embadurnado en pinturas y oculto tras una máscara, se compadeciese de ella y la aceptase.

Cuando el chaman termino su danza se acercó a la joven que sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la cabeza erguida esperaba pacientemente el veredicto que había de decidir su destino. No le dirigió la palabra, simplemente le ofreció su mano para alzarla. A partir de aquel momento, Jane sabía que era una mas entre los miembros de la tribu. Entonces todos los componentes de la misma se acercaron a ella para abrazarla y Jane pensó que el Dios de sus padres no podía ser verdadero, porque no había amor en Él y en el fondo de su corazón sabía, con aquella sabiduría innata que conservaba desde la niñez, que Dios es solo amor.

 

En el año de 1639 las autoridades de Massachusetts, autorizaron a un grupo de colonos británicos al mando del capitán John Mason, a exterminar a casi la totalidad de los indios pequots.

Olvidando incluso a los que habían bautizado y se mostraban orgullosos de la civilización de los invasores, se dirigieron a su más importante reducto y mataron mas de 5000 de sus habitantes. Los supervivientes fueron perseguidos y la tribu diezmada.

En el periódico Weekly Leader, un pastor puritano de la iglesia reformadora calvinista escribió después un articulo que decía así:

Los indios son un tropel de infames ladrones vagos y apestosos infieles que todo hombre honesto no puede menos que desear  sea exterminado. El firmante de semejante articulo era el padre de Jane. Sin duda no sabía al escribirlo, que su hija desaparecida hacia tiempo de su lado, estaba entre las víctimas de la masacre.

 

Arabela, el embrujo

julio 8, 2011 under Relatos de Historia

 

El hombre, un sencillo pastor de edad indefinida, continuó hablando durante largo rato sin que nadie le interrumpiera. La concurrencia que le rodeaba, en su mayoría mujeres y niños, se había incrementado lentamente a medida que los campesinos que regresaban a sus hogares se unían al grupo.

Sólo al cabo de largo rato de escucha silenciosa, uno de ellos se atrevió a romper la magia de aquellas palabras que parecían fascinar a todos los oyentes e interrumpió la larga oratoria…

- Pues yo creo que todo esto que explicas es un cuento. Seguro que estabas borracho cuando la viste. Si es que  la viste.

- Pues yo si creo que la vio- añadió otro.

Esta intervención dividió rápidamente al grupo en dos bandos contrarios.

A medida que los ánimos se calentaban se enzarzaron rápidamente en una discusión que podía haberse hecho interminable y que amenazaba acabar en feroz pelea, si no hubiese sido por la feliz intervención de uno de ellos, quien subiéndose a una de las piedras más altas del camino zanjó la discusión, gritando simplemente:

- Pues yo pienso que la mejor manera de ponerse de acuerdo es averiguarlo por nosotros mismos y encontrar a la bruja-.

Tras unos breves segundos de reacción el asentimiento de todos fue unánime. Rápidamente los ánimos pasaron de la exaltación a la impaciencia y abandonando las discusiones, todos se pusieron a planear la acción.

Capitaneados por el hombre que había hablado, trazaron un plan de estrategia: al día siguiente, los habitantes del pueblo recorrerían el bosque divididos en grupos de cuatro y las mujeres y los niños se quedarían vigilando en la entrada para evitar que la bruja escapase con sus malas artes mientras los hombres la buscaban. Todos tenían motivos para vengarse de ella y no podían dejar que se burlase de nuevo.

 

La leyenda se remontaba al pasado y había corrido de boca en boca sin que nadie hubiese podido averiguar nunca que había de cierto o no en ella.

Hacia tiempo, una vieja fea y desaliñada llamada Arabela vivía en una de las casas más apartadas del pueblo. Nadie conocía exactamente su historia, pero los más ancianos del lugar contaban que en un tiempo fue una joven malvada pero extraordinariamente hermosa, hija de un cura y de una prostituta. Abandonada a su suerte después de su indigno nacimiento y dotada de unos encantos a los que los hombres no podían resistir, había tenido infinidad de amantes, a los que había asesinado con sus propias manos, uno tras otro, después de haber obtenido de ellos dinero y placer.

Al paso de los años aquella hermosa mujer dilapidó su fortuna con la misma rapidez que sus amores y acabó viviendo sola, en una casa miserable de aspecto lúgubre, con la única compañía de un extraño gato negro y un par de lechuzas cuyos ojos vigilaban la casa día y noche; y de los cuales según se decía que era ella misma la que tomaba su aspecto para mezclarse con la gente del pueblo sin que nadie lo advirtiese.

También, según contaban, se untaba el cuerpo con unas substancias misteriosas que la hacían remontarse por los aires a lomos de su escoba voladora para reunirse en las noches del sábado con sus iguales, llegados de los más lejanos parajes donde adoraban al mismísimo demonio en forma de macho cabrío, danzando juntos en torno a un caldero lleno de horribles ingredientes: sangre de seres humanos mezclada con ungüentos y jugos mágicos.

Un día la vieja mendiga a quien todos habían comenzado a llamar bruja,  fue a pedir limosna a una de las casas del pueblo. Al negársela, su cólera fue terrible y vociferó que pronto se acordarían de ella jurando hacerles a todos mal de ojo.

A los pocos días, moría el hijo mayor de la casa y los dueños recordaron de inmediato la amenaza de la mendiga. Los hombres de la familia del muchacho fallecido, se reunieron y le salieron al encuentro para llevarla arrastrando al pie de la cruz del término donde habían preparado una hoguera. Allí la ataron a un roble donde habían preparado una pira de leña seca, le prendieron fuego y la arrojaron a las llamas abandonándola a su suerte.

Después de aquel suceso, no se volvió a saber nunca más nada de la desgraciada mujer. Nadie sabía si se había salvado del fuego o si su espíritu continuaba viviendo en lo más profundo del bosque para seguir vengándose de los vivos. Así pues, cada vez que alguien enfermaba o moría en la aldea, todos  atribuían aquel infortunio a la venganza de la bruja.

 

Los hombres comenzaron la búsqueda al amanecer y a lo largo del día recorrieron hasta los más apartados rincones del bosque sin hallar ni rastro de la vieja. Cuando el sol declinó, se encontraron cansados y sin ánimos de seguir. Entonces, desalentados y de común acuerdo, decidieron regresar al pueblo.

Solo uno, Tomás, el mismo hombre que había jurado ver a la bruja, resolvió continuar la búsqueda. El resto de sus compañeros le tacharon de loco e intentaron convencerle inútilmente del peligro que podía correr si permanecía allí, pero ninguno sabía que algo en aquel lugar atraía irremisiblemente a Tomás y le obligaba a seguir buscando hasta encontrarla.

Le dejaron solo y la noche le envolvió pronto con su gama de susurros desconocidos que parecían surgir por todas partes, mientras extrañas sombras que convertían a los árboles en fantasmas imaginarios.

Tras algunas horas de vagar perdido y exhausto se refugió en el interior de una cueva acurrucándose contra las rocas. Sólo entonces, se sintió a salvo. Pensó que quizás debería haber sido más sensato y regresar con los demás al pueblo para continuar la búsqueda al día siguiente, pero ya sólo podía quedarse allí y esperar a que pasase la noche. Entonces, cuando sus ojos comenzaban a cerrarse, rendido por el sueño y el cansancio, escuchó una hermosa voz que parecía surgir del interior mismo de la cueva.

- Tomás, ven conmigo, te estoy esperando-.

El hombre pensó que quizás soñaba. Él había ido a buscar a una bruja, pero aquella voz tan dulce y atrayente parecía haber surgido de los labios de un hada. Extrañamente dejó de sentir miedo, sólo deseaba acercarse a ella. Incorporándose, comenzó a avanzar hacia el interior de la cueva, donde la voz parecía repetir su nombre cada vez con más dulzura, y entonces la vio.

Una mujer tan hermosa como nunca hubiera podido imaginar. Sus ojos de un verde intenso brillaban en la oscuridad. Sólo iba vestida de resplandor pero tampoco parecía tener cuerpo, porque Tomás podía ver la cueva a través de ella. Los cabellos largos y oscuros que enmarcaban aquel rostro perfecto parecían flotar en el aire como una aureola. De pronto, sus manos largas de uñas afiladas le atrajeron hacia ella y él hombre, incapaz de resistir aquel abrazo, sucumbió, dejándose envolver por el embrujo que emanaba de aquella extraordinaria figura.

 

Al amanecer, los hombres de la aldea no fueron al trabajo para continuar la búsqueda de la bruja. Debían encontrar de una vez a la malvada vieja que traía tantas desgracias al pueblo, para atraparla y darle muerte antes de que todos cayeran bajo su maligno hechizo.

Y aquel día tuvieron más suerte, como si sus pasos ya conocieran el lugar donde se encontraba. No tardaron en hallarla dormida en el interior de una de las cuevas del bosque. No podía ser otra, era exactamente igual a la descripción que Tomás había hecho de ella; una mujer vieja y arrugada, de una fealdad increíble. Pero lo que a todos llenó de estupor fue que no se hallaba sola, ya que el mismo Tomás, yacía a su lado dormido entre sus brazos. Cuando lograron reaccionar del asombro que esto les ocasionó, separaron bruscamente al hombre de la bruja y a ésta se la llevaron entre todos, arrastrándola por los cabellos.

Tomás trató de impedirlo desesperadamente, pero nadie comprendió su reacción e imaginaron que el contacto con aquel ser malvado le había enloquecido. Lo que ninguno podía saber, es que allí donde todos veían a una bruja repugnante y malvada, él veía a la hermosa mujer de la que se había enamorado locamente en una noche.

La extraña y tétrica comitiva llegó hasta las orillas de un lago que se abría entre la espesura de los árboles. Un sacerdote acompañaba al grupo.

Ataron a la mujer a un árbol mientras sujetaban fuertemente al hombre que gritaba y pedía clemencia para ella. Aquella vez estaban dispuestos a celebrar un juicio justo, un juicio de Dios que les liberase para siempre de aquella pesadilla y limpiase sus conciencias de culpa.

Se celebró la santa Misa, se impartieron los sacramentos y después se bendijo solemnemente el lago antes de comenzar la ceremonia.

La  prueba del agua fría consistía en arrojar a la acusada a las aguas sin compasión; si flotaba, sería prueba que el demonio, cuya sustancia era espiritual y volátil, había penetrado en todas las partes del cuerpo y le comunicaba su ligereza, entonces sería ejecutada inmediatamente.

Pero si por el contrario se sumergía, sería rápidamente extraída del agua con las mismas cuerdas que la ligaban.

Antes de comenzar  el ritual, el sacerdote pronunció las siguientes palabras en voz alta: Si Dios es justo, no debe permitir el triunfo del malvado y puesto que es omnipotente suspenderá las leyes de la naturaleza o las dirigirá de modo que prevalezca la inocencia.

Entonces Tomás, en una explosión de desesperación encontró fuerzas desproporcionadas a la envergadura de su cuerpo y consiguió desligarse de las cuerdas que lo aprisionaban.

Como un verdadero loco, corrió hasta la misma orilla del lago y ante la sorpresa de todos lo presentes, se lanzó al agua al mismo tiempo que el cuerpo de la mujer era arrojado a ella, poniendo sus brazos alrededor del cuerpo de la bruja para impedir que flotase y arrastrarla así consigo a las profundidades. El pueblo, al contemplar semejante acto de locura, abandonó entonces las cuerdas con que habían atado el cuerpo, dejándolo libre.

Tomás no sabía nadar y ambos descendieron lentamente hasta los mismos abismos del lago. Mientras lo hacían, y a medida que el oxígeno abandonaba sus pulmones y la vida se escapaba de su cuerpo, el pastor miró por última vez a su amada: la cara de ángel se había transformado en el deforme rostro de una bruja que se reía de él, enseñándole como aquel día que la descubrió en el bosque una boca vacía de dientes…

 

Brian, la fe

junio 12, 2011 under Relatos de Historia

 

Aquella mañana el calor era denso y amontonados unos junto a otros sobre la pequeña embarcación dormida sobre la arena, protegiéndose de los abrasadores rayos del sol con algunos pedazos de vela destrozada, los piratas también dormían el profundo sueño que produce la mezcla del hambre en el estómago vacío y del alcohol en el cerebro.

Habían derrochado ya en juego y disipación el botín del último barco capturado y hacia ya muchos días que ningún buque se veía sobre el horizonte. Algunos roncaban con gran estrépito y otros dormían en silencio, pero el sudor hacia brillar los rostros embotados y humedecía las ropas malolientes.

Inesperadamente, una silueta esbelta se deslizó como una sombra sobre aquel montón de cuerpos apretados. Saltando ágilmente sobre todos ellos se alejó de la barcaza corriendo al encuentro del mar de intenso color turquesa, que brillaba sobre la blanca arena como una joya.

Era un muchacho de apenas doce años, ojos muy azules y cabello rojo como las panochas maduras, las mejillas cubiertas de pecas revelaban claramente su origen irlandés. Corrió hasta llegar a la misma orilla y una vez allí se tiró al agua sin vacilar y nadó como un pez hasta alejarse varias decenas de metros de la playa, como si quisiera escapar lo más rápidamente posible de aquel bulto informe de cuerpos que en la orilla emitían toda clase de ruidos malsonantes mientras dormían el pesado sueño de la borrachera.

El pequeño Brian había nacido en Cuba y era hijo de piratas oriundos de Inglaterra que se habían unido a los bucaneros, antiguos pobladores de la isla. No sabía ni leer ni escribir porque jamás había ido a la escuela:  el pillaje, las peleas y el crimen fue toda la educación que había recibido desde que nació. Sin embargo el pequeño Brian no se consideraba uno de ellos.

Desde que tuvo uso de razón sentía en el fondo de su alma un profundo rechazo por aquellas costumbres salvajes con las que nunca pudo identificarse. Para su gente el continuo ejercicio del valor era un poderoso estímulo, no importaba a qué precio. A él en cambio le gustaba más jugar con los animales de la isla, sus únicos compañeros de juegos, y sabía separar instintivamente la belleza de la naturaleza de la fealdad de las cosas creadas por el hombre.

Él fue el primero en advertir el barco que giraba lentamente en dirección al Oeste. Se quedó contemplando la silueta de la nave avanzando soberbia, recubierta de banderas multicolores y con las velas desplegadas al viento. Pensó que le gustaría estar a bordo de aquel gran buque para poder irse lejos de allí, porque aunque nadie se lo había contado nunca estaba seguro de que más allá de la franja del horizonte debía de haber algo diferente a aquella vida, que él no consideraba suya sino de otros.

Desde el lugar donde se encontraba todo se desarrolló ante sus ojos con gran rapidez. Vio como de las canoas embarrancadas en la playa comenzaban a surgir docenas de hombres empequeñecidos por la distancia que gesticulaban con los brazos y pudo adivinar, aunque no oír, los gritos y las blasfemias que acompañaban siempre al inicio de la lucha. Después, una docena de embarcaciones ágiles y ligeras fueron botadas al agua mientras unos setenta u ochenta hombres perfectamente armados y resueltos tomaron sus lugares en el interior y se dirigieron remando con gran celeridad hasta donde se hallaba el navío, dispuestos al abordaje.

Había visto aquella escena muchas veces y le resultaba familiar; sabía que pronto debería formar parte de aquel espectáculo y sentía una interior repugnancia, porque la vista de la sangre de los heridos y de los cuerpos mutilados de los muertos le hacia sufrir.

Se sumergió  de nuevo para quedar aislado de lo que estaba sucediendo en la superficie y buceó durante largo rato. El sol atravesaba el agua e iluminaba con destellos brillantes las rocas que se asentaban firmemente en el fondo recubiertas de conchas, caracolas y de erizos. Allí en la profundidad, rodeado de peces multicolores de todos tamaños y de algas que parecían danzar, agitadas por las corrientes marinas, se sentía feliz y a salvo.

Permaneció durante mucho rato en el agua, de vez en cuando salía a la superficie para tomar aire y dejarse remontar un trecho por una ola, después volvía a sumergirse, pero ni una sola vez dirigió la mirada hacia el lugar donde había visto el navío.

Cuando decidió volver a la playa, el sol ya iba descendiendo en su cenit. Aparentemente todo parecía haber vuelto a la normalidad, el viento había amainado y a pesar de tener las velas desplegadas, el barco seguía estando en el mismo lugar donde lo vio por primera vez y las canoas tampoco parecían haberse movido de la playa.

Comenzó a nadar despacio hacia la orilla. Sus pensamientos le acompañaban e imaginó lo que vería al llegar. Un círculo de hombres gritaría entorno al botín capturado producto de su fechoría y el reparto tardaría horas en realizarse. La parte principal se adjudicaría a los heridos de la siguiente manera: cien escudos a quien hubiese perdido un ojo y doscientos por un brazo mutilado; a los muertos se le enviaría una porción para sus familias y el resto sería derrochado por los vivos de una manera tan rápida como había sido conseguido. Tras duras disputas en el reparto, los contrincantes se pelearían por el oro y el que se considerase agraviado, mataría si tenía ocasión de hacerlo a su ofensor. Después sus compañeros examinarían los hechos y si consideraban que se había hecho justicia, se daría sepultura al muerto y se olvidaría el asunto, en caso contrario, el asesino seria atado a un árbol y cada uno de los piratas del grupo le dispararía un tiro. Después, todos volverían a su vida miserable, todos menos algunos, que se quedarían en la cubierta del barco asaltado hasta que el tiempo y el sol calcinase sus huesos, o bien para siempre en el fondo del mar.

Cuando ya estaba bastante cerca del corro de hombres que vociferaban y maldecían, Brian comprendió que ser uno de ellos era el futuro que le esperaba en un corto plazo y que nadie, si no era él mismo, podría cambiar su destino. Entonces respiró hondo para que sus pulmones se llenaran de suficiente oxigeno y comenzó a nadar rápidamente en dirección contraria a la playa.

Sus brazos estaban entrenados a recorrer grandes distancias en el agua, pero aunque había aprendido a nadar casi antes de comenzar a andar, tuvo que bracear mucho para alcanzar el barco. La calma reinante le favorecía y además le guiaba una firme decisión, que le infundía una inusitada fuerza para alcanzar su objetivo.

Cuando al fin llegó junto al casco del navío, descubrió fácilmente un acceso para subir a bordo. Trepó por las cuerdas sueltas sobre la borda y jadeante se encontró al fin sobre la cubierta. Una vez allí, intentó ocultarse para no ser visto, pero lo que vio le hizo olvidar su miedo y su cansancio.

Por todas partes se veían cuerpos sin vida, amontonados unos sobre otros y el hedor de la sangre le produjo una sensación de náusea. Aunque estaba acostumbrado a la suciedad, nunca hubiera podido imaginar que aquella nave, que de lejos parecía espléndida y majestuosa, pudiera esconder tanta hediondez. Los insectos se multiplicaban por doquier y

la vista de los muertos le sobrecogió, aunque estaba acostumbrado a la muerte. !Habían tantos!. Venciendo su irreprimible repugnancia, se sobrepuso y comenzó a recorrer la nave, sorteando los cadáveres que la cubrían.

En la cubierta de popa un pabellón ocupaba la parte principal y por su mejor acabado supuso estaría reservado a los oficiales. En la proa se erguía un lugar alto, que a juzgar por la cantidad de hombres armados que yacían sin vida junto a la artillería, parecía estar reservado a la defensa. Ambos lados de la cubierta parecían un lugar de tránsito de marineros u oficiales.

Brian siguió su recorrido impulsado por la intriga de hallar a alguien con vida a bordo.  Y no intentaba ocultarse pues era evidente que nadie intentaría atacarle ya que no habían supervivientes.

Descendió por unas escaleras interiores hasta hallarse bajo cubierta y descubrió una habitación que por su especial lujo y comodidades le pareció debía de ser la del capitán. Continuó caminando hacia la proa hasta llegar al depósito de las armas y un poco más hacia adelante encontró la despensa, de cuyas provisiones los piratas apenas si habían dejado nada, solo algunos restos de carne salada, queso, embutidos, harina, y habas. Llegando a la proa había otra gran cámara con velas y municiones, pero ni una sola presencia humana en su interior.

Se disponía a subir de nuevo a cubierta, cuando un suave movimiento del navío le hizo perder el equilibrio, enseguida comprendió que se había levantado el viento y el barco comenzaría rápidamente a navegar sin rumbo. En su precipitación olvidó toda prudencia y corrió para alcanzar las escaleras de acceso al exterior. Conocía bien aquellas tempestades de aire que se originaban en cuestión de minutos y levantaban grandes olas que enviaban los barcos a la deriva, llevándolos como juguetes contra las rocas o haciéndolos embarrancar contra la costa.

Un nuevo y brusco vaivén le zarandeó empujándolo con tal fuerza, que prácticamente fue despedido contra la pared golpeándose la cabeza con uno de los salientes. Brian cayó al suelo sin sentido mientras el barco emprendía una ruta veloz hacia lo desconocido. En la superficie las nubes comenzaban a agolparse negras y sobrecogedoras, como acudiendo a una cita obligada y el cielo adquiría una oscuridad impenetrable.

Cuando se recuperó, la nave parecía haber recobrado la estabilidad, poco a poco fue volviendo a la realidad y comprobó con espanto que el barco se movía como si estuviese navegando en alta mar. Oyó el sonido de unas voces lejanas y su instinto de supervivencia agilizó sus pensamientos. Debía ponerse a salvo: nadie podía descubrir que estaba a bordo, su vida estaba en juego…

Pero no tuvo tiempo de ocultarse, dos hombres descendían ya por la escalera hacia donde se encontraba y en pocos segundos estuvieron frente a él. Parecían dos marineros, hablaban en una lengua desconocida y reían a grandes carcajadas. Sus largos cabellos y bigotes denotaban que eran hombres libres. Brian hizo un gesto de defensa previendo un ataque por parte de ellos, pero ante su estupor los dos pasaron por su lado casi rozándole, como si no existiera.

Una vez repuesto algo de aquella impresión y antes de subir a la cubierta, decidió seguirlos, aunque a prudente distancia.

Los marineros se dirigieron a la despensa y Brian casi no pudo dar crédito a sus ojos al comprobar como aquella habitación que él había visto antes saqueada por sus gentes, estaba ahora de nuevo repleta de comida en abundancia. Comenzaron su tarea de cargar víveres probablemente para la tripulación sin demostrar que le habían visto.

Brian pensó que el golpe del cual aún se resentía le había enloquecido hasta el punto de hacerle sufrir alucinaciones y entonces se arriesgó, colocándose en el centro de la habitación, para hacerse completaste visible a los ojos de los marineros; pero como estos seguían con sus tareas sin demostrar que le veían, aturdido y sin saber que pensar, decidió subir a la superficie.

Una vez en cubierta, el espectáculo que se ofreció ante sus ojos estuvo a punto de quitarle nuevamente el sentido. Los cadáveres que antes había visto, eran ahora hombres vivos dedicados a las tareas cotidianas de la navegación en alta mar. Los marineros trepaban por los altos mástiles, arriando y desplegando las velas. Los soldados conversaban animadamente, mientras se ocupaban de limpiar sus fusiles y de conservar en buen estado los cañones, y el que parecía el capitán de todos, hablaba con varios de sus oficiales. Discutían entre ellos y parecían sumidos en profundas dudas. Aventurarse por el océano era temerario y todos sabían que las corrientes marinas, el viento y las tempestades podían desviar a la nave de su rumbo con gran facilidad. Y aunque indicaban al marinero que llevaba el timón el curso a seguir, de hecho se navegaba por intuición.

Como nadie parecía advertir su presencia, Brian, se atrevió a deambular entre ellos cada vez con más confianza. Era evidente que una extraña circunstancia le hacía invisible a sus ojos, y aunque el muchacho no comprendía lo que estaba ocurriendo todavía no estaba muy lejos de la edad en que la fantasía y realidad se confunden de tal modo que es difícil separar la una de la otra. Aceptó pues los hechos con la curiosidad propia de sus años y decidió vivirlos intensamente.

Había deseado huir de su destino trazado por su nacimiento y fuera como fuese sus sueños se estaban materializando. Lo importante es que había escapado de sus gentes y estaba embarcado en la nave que tanto deseó. Ahora solo le hacia falta imaginar como sería el lugar a donde se dirigía y su fe conseguiría el resto. La fe de Brian era su mejor arma y su mayor tesoro.

Durante los días que siguieron el muchacho compartió la vida de la tripulación del navío como un miembro mas: comía de su comida, dormía en sus literas, paseaba junto a los oficiales y observaba con curiosidad todo lo que le rodeaba. Todos actuaban como si no existiera y alguna vez se llegó a preguntar si verdaderamente no estaba muerto y se había convertido en un fantasma.

Aunque no comprendía sus palabras se sentía muy afín a los sentimientos de sus compañeros de viaje. La mayoría de ellos se habían embarcado en busca de aventuras y otros por necesidad, pero todos buscaban lo mismo que él, una nueva vida. A todos les guiaba el entusiasmo y la esperanza que les hacia soportar de mejor grado la dura disciplina, la escasa comida y los insectos que lo invadían todo. Lo mismo que él, todos esperaban la aparición de la franja de tierra deseada en el horizonte y todos también se dormían cada noche con la esperanza de que ésta fuese la última en el mar. Pero los días se sucedían uno tras otro, con una monotonía angustiosa y el mar se mantenía siempre ante sus ojos extrañamente quieto y azul.

Una noche, mientras Brian dormía, el barco comenzó a moverse bruscamente de nuevo. El muchacho se despertó sobresaltado y subió a la cubierta. Allí todo era agitación, el viento había comenzado a soplar con fuerza anunciando tormenta y los hombres corrían de un lado a otro gritando, plegando las velas e intentando mantener el rumbo.

En pocos minutos todo se hizo oscuro a su alrededor y el cielo y el mar se confundieron en un estrecho abrazo que pareció envolverle. Sobrecogido, Brian intentó asirse a un mástil para no ser arrasado por las gigantescas olas que, anunciando la proximidad de la costa, amenazaban arrojarlo a las profundidades.

Entonces una enorme sacudida de la mar acompañada de un estremecedor estruendo hicieron que el muchacho saliese despedido por la borda.

Cuando Brian recobró el conocimiento, se encontró tendido en una playa de arena dorada. El sol brillaba sobre su cabeza y el mar había vuelto a recuperar la calma perdida. Se incorporó débilmente para inspeccionar el lugar donde se hallaba.

Las palmeras se extendían a lo largo de la orilla balanceándose al viento y a lo lejos vio una cordillera de sierras muy altas coronadas de algo blanco que desconocía y que parecía unirse con las nubes hasta el punto de confundirse con ellas. Le pareció estar soñando una vez más… Nunca había visto nada semejante. De pronto recordó a sus compañeros de viaje y miró mar adentro: Entonces le pareció ver el barco que le había conducido hasta allí desapareciendo en la lejanía y envuelto en la tormenta que le había arrojado a la playa.

Comprendió que aquellos hombres habían muerto hacía tiempo. ¿Quizás habían sido los espíritus de los mismos que tripulando aquella nave fantasma le habían llevado hasta su destino?  ¿O quizás todo había sido fruto de su imaginación y el azar y la suerte habían hecho el resto?

Fuera como fuese, tal y como había imaginado él estaba allí. Su fe le había dado ánimos, valor y fuerza y aquella misma fe le animaría a proseguir el camino emprendido.

Su fe, su mejor arma, su mejor tesoro.

 

Luca, la creatividad

mayo 17, 2011 under Relatos de Historia

 

Pintaba, modelaba o tocaba uno de los muchos instrumentos musicales que dominaba a la perfección, y cuando el sol comenzaba a declinar se dedicaba a su segunda faceta de físico, matemático y arquitecto devorando libros a la luz de las velas y escribiendo frenéticos apuntes sobre el pergamino con la afilada punta de su pluma de ave. Robaba así el tiempo a la noche y cuando descansaba por fin en su cama, después de tanto esfuerzo intelectual, dormía tan profundamente que nunca tenía tiempo de encontrar a faltar dama alguna al otro lado de su almohada de seda. Pero no siempre permanecía encerrado en sus habitaciones. A veces, también compartía ejercicios de hípica o esgrima con sus compañeros y era en aquellas salidas cuando un mundo muy diferente al suyo se abría ante sus ojos.

Contrariamente, el pueblo vivía en una angustia permanente, amenazado de manera continua por las epidemias, el hambre y la violencia. El hombre de la calle era incapaz de comprender los fenómenos de la naturaleza que poblaban el mundo de fuerzas malignas y de ese miedo nacían una serie de ritos para conjurar las fuerzas del mal y congraciarse con las del bien, deformando el mensaje cristiano, convirtiéndolo en una forma de pensamiento mágico, especialmente en el culto a la Virgen y a los Santos y  marcando  la religión con el terror a la muerte y del Apocalipsis.

Aunque la cultura urbana se nutría en gran parte de la rural, e incluso, compartía con ella algunas formas de pensamiento, como el anticlericalismo, era evidente que ambas se alejaban cada vez más la una de la otra.

Los ritos del pueblo creaban incomprensión entre los eruditos y eran calificados de supersticiones por las mentes cultivadas. A pesar de ello, la cultura superior se hallaba asimismo impregnada de pensamiento mágico y los espíritus ilustrados también pensaban que el mundo estaba animado por fuerzas ocultas, la única diferencia era que los intelectuales utilizaban la astrología para explicar los misterios que no comprendían.

Nada hacia sospechar que aquel día, aparentemente igual a muchos otros, iba a resultar para Luca muy diferente a los demás. Regresaba a su casa después de una agotadora carrera a caballo, se sentía cansado pero satisfecho de su habilidad, pues había resultado vencedor absoluto y estaba ávido de disfrutar de una sabrosa cena que saciase el apetito que el ejercicio había despertado en su estómago.

Al doblar una de las esquinas de las estrechas callejuelas que conducían a su señorial mansión, la vio. Era una mujer de edad indefinida que caminaba en solitario por la empedrada calzada. Sus largos cabellos rojos formaban un rodete de trenzas sobre cada sien y su cuerpo esbelto se adivinaba semioculto bajo un burdo manto de tela enrollado sobre los hombros.

A pesar de su humilde atavío, caminaba erguida como una diosa y Luca pensó que era una lástima que una mujer que se movía de aquel modo estuviera escondida bajo tan groseras ropas. Con la fantasía exuberante del artista, la imaginó envuelta en brocados y terciopelos, ceñido su esbelto talle con un jubón breve recamado de perlas y adornando su tentador escote con collares de ágatas de cien colores.

Le dirigió unas palabras elogiosas para llamar su atención y al oírlas la desconocida levantó la vista para mirarle. En el momento en que Luca se vio reflejado en sus ojos, tuvo la inmediata convicción de que debía inmortalizar toda aquella belleza en un cuadro y aquella misma noche la llevó a su casa para que posase para él.

La mujer no opuso ninguna resistencia, ya que estaba acostumbrada a obedecer. Había nacido en un mundo en que los desheredados de la fortuna pertenecían en cuerpo y alma a los más afortunados. Vio el brillo del oro brillando en la mano del rico florentino y sin réplica alguna le siguió dócilmente como un perro que se deja conducir por su amo.

Aquello fue el comienzo de una extraña relación en la que Luca dejó volar su frondosa imaginación sobre los poros de la piel de la bella desconocida, a la que desde aquel mismo momento consideró de su pertenencia.

Las sesiones comenzaron aquella misma noche. El noble florentino le indicó donde debía reclinarse para posar y colocó con delicadeza la posición de sus brazos y de sus piernas mientras soltaba sus cabellos y la despojaba de las míseras ropas que la cubrían, dejando al descubierto sus senos, pero cubriendo con velos el resto de su cuerpo. Después, con febril ansiedad, se situó frente al lienzo desnudo que debía plasmar toda la belleza de aquel cuerpo que le fascinaba.

Trabajó en su obra durante toda la noche, sin poder detener su pincel, que parecía tener vida propia. Nunca había sentido la llamada de la inspiración de una forma tan rotunda, como si aquella mujer que horas antes ni siquiera conocía le hubiese traído con su presencia a todas las musas que tantas veces se habían negado a acudir a su llamada.

Ella permaneció horas enteras sin mover ni un solo músculo de su cuerpo mientras él la pintaba, como si toda su energía fuese trasladándose al cuadro y a medida que la pintura iba tornándose viva, ella aparecía cada vez más ausente, como si cada pincelada fuese arrancándole, poco a poco, la vitalidad.

El silencio era sobrecogedor, pero Luca sabía que cualquier sonido podía destruir la magia de aquellos momentos. En realidad tampoco le interesaba saber nada sobre aquella mujer, aparte de las curvas rotundas de aquel cuerpo turgente de sensualidad enloquecedora. Era su diosa, la misma Venus reencarnada en mortal que había venido a visitarle y a concederle la gracia de posar para él, despertando el genio que dormía en su interior. Sólo cuando la luz comenzó a irrumpir tímidamente en la estancia, Luca abandonó la paleta y los pinceles y se desplomó rendido a los pies de su modelo, quedándose profundamente dormido.

Entonces, la mujer se incorporó por primera vez y, poco a poco, fue tomando conciencia de su cuerpo olvidado. Le dolían terriblemente las extremidades y tenía frío. Sigilosamente, para no despertarle, se enrolló con sus viejas ropas que yacían en el suelo y se acercó a él para mirarle: era tan hermoso y tan elegante… A su lado había caído el turbante que ceñía su cabeza adornado con medallas y joyas, y admiró sus cabellos oscuros, rizados según la última moda italiana.

Después, observó con admiración su refinada casaca de mangas abiertas abotonadas y las ajustadas calzas partidas en dos colores. Nunca había visto a nadie vestido así y acarició las ropas de su traje. El suave tacto de la tela le produjo una sensación de deleite desconocido y de pronto sintió deseos de apretarse junto a él para compartir sus sueños.

Sin poder reprimir aquella llamada interior, se estiró a su lado y rodeándole con sus brazos, como si quisiera retenerle a su lado para siempre, también se quedó dormida.

Cuando Luca despertó, ni siquiera se sorprendió al verla junto a él, porque en su mente solo existía el deseo de comprobar el resultado de su trabajo. Apartó fríamente los brazos que le envolvían y se incorporó para colocarse tras el cuadro. Lo miró durante un largo rato, sopesando, midiendo, valorando con ojos críticos y objetivos, como si no fuera una obra nacida de sus propias manos.

Había esbozado un frondoso bosque en el fondo, pero sin dejar de considerarlo como un simple escenario para poner de relieve la acción humana, que en este caso era el sueño en vigilia de la mujer desconocida. La perspectiva de elevada técnica era insuperable, pero el protagonismo de la figura en primer plano era indiscutible. Sin embargo no tardó en darse cuenta de que la belleza de la obra no estaba a la altura de la belleza de la realidad.

Comprendió que una sola noche no bastaba para poder captar todo lo que él había visto en ella y que la inspiración engendrada en su alma debía de salir al exterior en forma de colores y de luces enredados en la cabellera de su pincel. Se sintió impotente y enfurecido consigo mismo y locamente preso de la pasión de la creatividad, la despertó bruscamente, arrancando las ropas que ella había colocado sobre su cuerpo aterido y obligándola a levantarse del suelo.

La mujer, obedeciendo la muda orden del hombre al que se sentía pertenecer, se incorporó rápidamente como un dócil animal y volvió a colocarse en la misma posición de la noche anterior. Aunque las mañanas de invierno en Florencia eran frías y todo su cuerpo tiritaba, no dejó escapar una sola réplica. A aquel cuadro sucedieron muchos otros, sin que Luca nunca acabase de sentirse satisfecho de ninguno.

Sus amigos vinieron a buscarle varias veces porque extrañaban su ausencia en las fiestas cortesanas en las, que el noble florentino era el centro de las más brillantes conversaciones, pero la puerta de su casa permaneció cerrada porque el mundo exterior pareció dejar de existir para los dos y las sesiones se repitieron ininterrumpidamente, día tras día, encerrados tras aquellas paredes.

Luca no sólo quería crear formas bellas sino que ambicionaba penetrar en la esencia de la belleza. Aunque sus cuadros, que poco a poco, se iban amontonado sobre las paredes, estaban impregnados de un desbordante sensualismo en el color y en la forma, nunca lograban plasmar la esencia de aquella mujer, a la que jamás había hablado ni tocado.

No podía hacerlo, porque Luca como hombre de su tiempo intentaba conciliar el mensaje antiguo y el mensaje cristiano, reflejando en su obra la coexistencia del placer carnal con una fe profunda, que le hacía ver en su modelo la representación del placer humano, pero también del misticismo divino. Sólo la quería viva en su cuadro, pero no sólo en cuerpo, sino también en espíritu.

Hasta que un día, y cuando ya el pintor desesperaba de su empeño, el alma de la mujer penetró en el lienzo. De pronto se dio cuenta de que su obra estaba terminada, que ya nada más se podía añadir y su pincel se quedó inmóvil y su angustia le abandonó.

Entonces, volvió a cobrar el sentido de la realidad. Rápidamente abandonó la paleta y se acercó a ella observándola detenidamente: parecía dormida.

De pronto, se alarmó al no advertir su respiración y en un instante comprendió lo sucedido. Había estado tan enfrascado en su obra que se había olvidado que ella era también era una mujer como las demás. Advirtió que las llamas de la chimenea hacia tiempo que se había apagado y que el frío húmedo que reinaba en la estancia había actuado como un afilado cuchillo clavándose en la fina piel que no llevaba más abrigo que unos velos que apenas la envolvían con sus transparencias.

De pronto, sintió las punzadas de hambre acompañando su conciencia y mordiendo su estómago con rabia y se dio cuenta, con horror, de todos los días y noches que ella no había llevado un simple bocado a sus labios.

Pero ya era tarde: la desconocida había muerto de inanición y de frío ante sus propios ojos sin que él, obsesionado por captar su espíritu, lo hubiese advertido.

Y entonces, el pintor que nunca le había hablado, le dirigió por primera vez una sola palabra que resumía toda su pena, su arrepentimiento y también su felicidad:

-  Gracias.

Pero ella ya no pudo contestarle, porque hasta el último aliento de su vida le había sido robado para llenar su obra con la belleza de su alma.

Luca comprendió que ella había aceptado morir para vivir eternamente en su cuadro, el mejor cuadro que jamás había pintado y el último cuadro que volvería a pintar jamás.

 

Hernán Cortés, la aventura

abril 27, 2011 under Relatos de Historia

 

El capitán español Hernán Cortés acababa de desembarcar en las costas de Méjico. Era un hombre de apariencia frágil tras la que se ocultaba una inusual energía. Cortés, comprendió rápidamente la causa del terror de los indios e, intentó inteligentemente, sacar partido de la ignorancia de los nativos. Ocultó hábilmente a los caballos muertos, para que no se dieran cuenta de que eran animales vulnerables a sus flechas, e hizo gala de su poder improvisando una exhibición hípica que causó profunda impresión entre los vencidos. Aquel fue el primer contacto entre los hombres blancos y los nativos.

Los aztecas se dieron cuenta de las escasas mujeres que acompañaban a aquella gran cantidad de hombres y como buenos conocedores de los sentimientos y las debilidades humanas, imaginaron cual era el mejor presente con el que podían obsequiar a los recién llegados. Así pues escogieron un ramillete de veinte jóvenes nativas y se las ofrecieron a los oficiales españoles. Entre ellas había una que se distinguía entre todas las demás, Maliche.

La muchacha era muy joven y también muy bella. Nadie le preguntó si deseaba ser entregada a aquellos extranjeros de piel blanca porque sus hermanos de raza decidieron su destino.

Una mañana, ella y las demás elegidas de la tribu, tras un somero y rápido bautismo a la religión católica, fueron distribuidas entre los oficiales del ejército de Hernán Cortés. A partir de aquel momento su vida cambiaría completamente al mismo tiempo que su nombre. Maliche, fue bautizada como Marina y al ser la más bella, fue entregada a Puertocarrero, uno de los más jóvenes y brillantes oficiales, también amigo personal del capitán.

Al principio, a ella le fue indiferente quien fuese su dueño, porque todos aquellos extranjeros le parecían iguales, pero a medida que el tiempo transcurría e iba conociendo a los invasores se integraba en sus costumbres. Empezó a percatarse entonces, de que existían diferencias entre ellos, diferencias que  hacían que unos fueran mucho más deseables que otros. Y a sus ojos, él más atractivo de todos era el propio capitán Hernán Cortés.

Marina, que no solamente era bella, sino también inteligente, decidió luchar para conseguir que aquel sentimiento que había comenzado a nacer en su corazón fuera correspondido y comprendió que para conseguir su propósito debía no solamente hacer uso de sus encantos como mujer, sino convertirse en una pieza útil para aquel hombre de quien se había enamorado. Así pues, la india aprendió el español en tres meses y en poco tiempo pudo hacerle de intérprete, comenzando a ser indispensable para el capitán español.

Por ella, Cortés, se informó sobre el famoso imperio de los aztecas del que ya había oído a hablar y que se trataba, según palabras de la joven, de un pueblo de valientes guerreros cuya capital, Méjico, se hallaba situada en las montañas, a una gran altura, en medio de un lago. También supo que habían sometido a otros pueblos indígenas de diferentes razas, obligándoles a pagar tributo.

Marina, comprendió enseguida que el capitán deseaba apoderarse de aquel imperio de cuyo esplendor le hablaba y decidió también ayudarle en lo posible a conseguir sus deseos.

Rápidamente, con una astucia digna del mejor estratega, analizó la situación. Conociendo en su propia piel la enemistad existente entre los diferentes pueblos indios sometidos y los aztecas, pensó que la única forma de poder enfrentarse al gran emperador, era que Cortés se convirtiese en amigo de sus enemigos. Gracias a su talento diplomático, consiguió que fuese invitado a entrar en la ciudad de Tlaxacala. Tras escuchar los consejos de la joven, concertó una alianza entre los caciques sometidos para poder hacer frente conjuntamente al gran tirano, Moctezuma.

A la vuelta de su viaje Cortés se encontró con la inesperada sorpresa de una embajada que venía de la capital. Los emisarios traían ricos regalos de parte del emperador, vestidos de finísimo algodón, penachos de los más brillantes colores, armaduras de una materia desconocida, collares, perlas y animales de oro.

Entre ellos destacaba un enorme sol de oro labrado, en el que figuraban el siglo y el año mejicano, tan grande como una rueda de carro y una luna de plata de igual tamaño. Ante la vista de semejantes presentes una mezcla de avaricia y curiosidad se despertó en Cortés.

Cumplimentó amablemente a los embajadores y les anunció que iría personalmente a dar las gracias a su señor. Marina tradujo la contestación de ellos, que fue tajante: El emperador no permitiría que ningún extranjero pusiera los pies en la capital.

Después de que los emisarios hubieron partido, Hernán Cortés se quedó pensativo. Moctezuma tenía miedo de su llegada y todos aquellos obsequios significaban un modo de contentarle para evitar su visita.

Aquella misma noche, decidió consultar con la joven quien le estaba prestando mejor ayuda que el más hábil de sus ejércitos. Deseaba saber como podría ingeniárselas para llegar hasta la sede de Moctezuma. Estaba seguro de que ella, con su astucia, le sugeriría algún modo de acceder a él sin utilizar las armas, para después apoderarse por sorpresa de su riquísimo imperio.

Pero no sólo quería preguntarle sobre sus planes militares, también quería hacerle otra clase de preguntas que hacía tiempo se estaba formulando a sí mismo y para las que no hallaba respuesta. Entre otras, por qué ella estaba haciendo todo aquello por unos extranjeros a quienes sus propios hermanos la habían obligado a entregarse inducidos por el miedo.

Era evidente que Marina no actuaba así para obtener favores, había sido bautizada y catequizada para pertenecer a un oficial de su ejército y recibía el mismo trato que hubiera podido recibir su legítima esposa. Tampoco podía actuar de aquel modo para liberar a su pueblo, era demasiado astuta para no darse cuenta de que si ellos se apoderaban del imperio azteca, los pueblos indios invadidos seguirían estando sometidos a otros invasores. No podía comprender porque le brindaba ayuda tan generosa a cambio de nada, a no ser que no estuviese interesada en algo, sino en alguien.

Hernán Cortes tenía una esposa, Catalina, que le aguardaba en la isla de Cuba. Una española de pura raza, que aunque no era de noble cuna si era cuñada de Velázquez, gobernador de la isla, quien celoso del éxito de sus empresas se había arrepentido de enviarlo a aquella misión y se había convertido después en su más acérrimo enemigo.

Si  alguna vez  había amado a su legitima compañera, ya casi no lo recordaba, porque su afán de aventuras le habían hecho olvidarla, lo mismo que a todas las mujeres que habían pasado por su vida. Pero Marina no era una mujer cualquiera: poseía, igual que él, aquel atractivo natural e innato que dan las ansias de vivir, de experimentar la estremecedora sensación del riesgo; por ello, poco a poco, sin apenas darse cuenta, había comenzado a sentirse unido a la personalidad magnética de la india, aunque no comprendía del todo su sentimiento. No sabía si se había enamorado de aquella mujer.

En realidad sólo quería dar rienda suelta a aquella inquietud que le había hecho rechazar una vida cómoda y rutinaria al lado de su esposa española para lanzarse a la aventura de explorar tierras continentales, y estaba seguro que con ella a su lado nadie podría detenerle en su afán de conquista. Junto a Marina se sentía extraordinariamente fuerte. Sabía que en la indígena podía contar con su mejor aliado en cuerpo y en alma, porque era valiente y a la vez sumisa, apasionada, pero también razonable, extraordinariamente bella por dentro y por fuera.

 

Aquella noche, el capitán español y la joven india se encontraron a solas por primera vez. Siempre habían conversado teniendo como testigos a oficiales y mandatarios con los que ella actuaba como intermediario, pero en aquella ocasión no hacía falta que Marina tradujese ninguna palabra.

La luna brillaba espléndida sobre las montañas haciendo brillar el rostro de la muchacha. Cortés nunca la había encontrado tan bella, pensó que sería hermoso poder mirarse en aquellas pupilas negras cada noche y poder recostar su cabeza sobre sus senos. Sabía que poseía su inteligencia y su apoyo, pero ahora de repente comprendía lo mucho que necesitaba también su cuerpo.

Se acercó a ella lentamente y cogió su rostro entre sus manos mientras le hablaba con una vehemencia y un deseo que nunca había sentido ni siquiera en plena batalla.

Marina, nadie me conoce tanto como tú. Sólo tú sabes que yo no tengo raíces, ni credos, ni ideologías y sólo deseo vivir a mi modo sin supeditarme a nada y a nadie. Sólo me guía el afán de la aventura y el placer del riesgo, pero te he escogido y me gustaría que fueses mi compañera de viaje. Si tú fueras tan loca como yo podrías venir conmigo. Marina, yo sólo puedo decirte que escuches al corazón y hagas lo que él te dicte, porque quizás sea un viaje sin retorno ¿Qué me contestas?.

La muchacha por toda respuesta puso sus morenas manos sobre las de él y apartándolas de su cara las besó con adoración.

Al día siguiente, Cortés, decidió enviar un oficial a España para informar al emperador Carlos V de su propósito de conquistar nuevos territorios, con una carta que debía ser entregada en mano al monarca. En ella le presentaba la dimisión de su cargo como delegado del gobernador de Cuba y declaraba su decisión de sólo depender en lo sucesivo de la corona española. En el fondo, pensaba ganar la voluntad del monarca con el señuelo del oro, la grandeza del imperio y las obras evangelizadoras.

El elegido para semejante misión fue Puertocarrero, el mismo oficial a quien Cortes había entregado a Marina como compañera y tan pronto como éste partió para su misión hizo de ella su amante oficial.

 

La noche después de la partida del emisario hacia ultramar, Cortés, durmió con Marina entre sus brazos por primera vez y tuvo unos sueños extraordinarios. Se vio a sí mismo subir a un extraño barco que había anclado junto a su tienda y en cuanto puso los pies en la cubierta de la nave, ésta comenzó a navegar hacia el cielo. Las velas resplandecían iluminadas por la luna en la noche y las estrellas iban quedando prendidas en su espada de metal haciéndola brillar como si fuera de plata.

A su lado, tal y como él había deseado, sonriendo feliz, mientras el viento acariciaba su hermosa cara cetrina y removía sus cabellos negros, estaba Marina. Era una travesía fantástica donde las nubes oscuras iba quedándose atrás, una travesía hacia lo desconocido donde, gracias a ella, todo podía ser posible para él.

 

 

 

 

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