Marguerite, el presentimiento.

agosto 12, 2009 under Novela corta de catarismo

Marguerite. Obra de Gloria CorronsMarguerite dio un paso hacia adelante haciéndose visible de entre el grupo de gente de diferentes edades y sexos que abarrotaba la gran sala de reunión.

- ¿Quieres someterte a nuestra fe? – preguntó el ministro.

Era casi una niña y arrodillándose respondió a la pregunta afirmativamente, entonando después un Benedictine con su voz todavía infantil.
Cuando hubo terminado el ministro repitió por tres veces:

- Dios te bendiga – alejándose más de la iniciada en cada una de ellas .

- Rogad a Dios que me haga una buena cristiana – añadió Marguerite con emoción, a lo que el ministro respondió solemnemente.
- Plegue a hacerte una buena cristiana.

Y seguidamente, comenzó a formularle una serie de preguntas rituales, a las que Marguerite fue contestando sin vacilar.
- ¿Te sometes a Dios y al Evangelio?
- ¿Prometes no comer carne, huevos, queso, ninguna otra cosa que no sea de agua o de madera?
- ¿No mentirás?
- ¿No jurarás?
- ¿No matarás ni aún a los becerros?
- ¿No contaminarás tu cuerpo con la lujuria?
- ¿No irás sola, cuando puedas tener compañía?
- ¿No comerás sola pudiendo tener comensales?
- ¿No te acostarás sin calzas ni camisa?
- ¿No abandonarás la fe, por temor al agua, al fuego o algún otro suplicio?

Una vez contestadas todas las preguntas, la asamblea, que había escuchado en silencio las respuestas de la nueva iniciada, se arrodilló a su vez y el sacerdote puso sobre Marguerite el libro de los Evangelios leyendo el principio del de San Juan.
Al terminar, la besó tres veces en las mejillas y colocó sobre su cuello un hilo de lana y lino que jamás debía quitarse.
Seguidamente, se dirigió hacia los reunidos y fue besándoles uno a uno también por tres veces consecutivas, mientras éstos se estrechaban las manos entre sí como símbolo de paz.
Después todos abandonaron el lugar de reunión. Los congregados allí aquel día, a pesar de su diversidad, estaban unidos por una creencia común, y eran conocidos con el nombre de cátaros. No obedecían al Papa, ni a los ritos de la Iglesia, de la cual eran sus más poderosos enemigos. Menospreciaban el símbolo de la Cruz, el culto y sus templos, negaban el purgatorio y el pecado venial. Tampoco creían en el poder estatal y habían constituido una organización que abarcaba gran parte de Europa, llegando a atacar con sus atrevidas prácticas los cimientos de la sociedad. Sus doctrinas tenían su origen en el mazdeísmo persa basado en el antagonismo entre los dos principios, lo bueno y lo malo, creador el primero de la materia y el segundo de las almas que transmigraban en vidas sucesivas de un cuerpo a otro hasta llegar a la salvación. La materia era pues la causa y la sede del mal y guiados por este sentimiento ascético rechazaban las posesiones materiales.

Marguerite, después de la ceremonia, se sentía especialmente contenta, ya que por su corta edad había sido el último miembro de su familia en convertirse al catarismo.
Aunque no comprendía muy bien toda la trascendencia de aquel paso, sabía que aquello significaba que había dejado de ser una niña y se sentía mucho más importante que el día anterior en la que todavía no era una iniciada.

Más tarde todos se reunieron en la casa familiar para celebrar con una gran comida el acontecimiento. Comulgar con el pan de Cristo era para los cátaros un hecho cotidiano, ya que solían acercarse a la Eucaristía cada vez que comían en compañía de otros, pero para Marguerite aquel hecho tenía una significación especial, pues representaba la primera vez que tomaría el pan y el vino consagrado.
Reunidos alrededor de la mesa, se hallaban su padre y su madre, que junto a una selecta minoría cátara, pertenecían a la categoría de los perfectos y vestían totalmente de negro. A su lado se hallaba su hermano Simón y algunos parientes y allegados que como ella, todavía no habían trascendido el estado de los iniciados. Cuando todos hubieron tomado el sitio reservado para cada uno, tuvo lugar la confesión general de los pecados.
El convidado de mayor edad, una mujer de muchos años, tan arrugada como una ciruela desecada, cuyo parentesco con la familia, si es que lo había, se perdía en el tiempo, comenzó a recitar uno a uno el nombre de los presentes y después y a la vez todos los reunidos, repitieron la fórmula ritual:
- Confesamos ante Dios y ante vosotros que hemos pecado mucho con palabras y obras, con la vista y con el pensamiento.
Tras haber hablado, todos inclinaron sus cabezas para recogerse en contrición durante unos momentos. Aunque sabía que no le estaba permitido hacerlo, Marguerite, levantó los ojos y los miró a todos mientras rezaban: quería guardar en su memoria y para siempre aquel momento trascendental en su vida.
Al hacerlo su mirada tropezó con la de su prima Solagne, una adolescente aproximadamente de su edad y ambas, con la complicidad que da lo prohibido, tuvieron que hacer grandes esfuerzos para contener la risa. Ajena a aquel incidente, la anciana indicó a los presentes que se sentasen permaneciendo ella en pie, entonces y con gran ceremonia tomó de sus manos el pan del interior de una cesta adornada con flores, mientras decía en voz alta:
- Grata domino nostri Jesús Cristo cum onnibus vobis..
Y acto seguido lo partió distribuyéndolo entre todos. Después hizo lo mismo con el vino, dando de beber a todos los comensales del gran cáliz, para cumplir aquel precepto del Evangelio de las palabras de Jesús: Haced esto en memoria mía. Comieron y bebieron, dentro de la austeridad de sus comidas, pues los cátaros no comían carne de ningún animal, ni tampoco sus derivados.
Marguerite, compartió la animación general, era la protagonista de la fiesta y aunque sabía que no podía caer en el pecado de la vanidad, aquel día le hubiera gustado estar radiante, pero la naturaleza había sido tan pródiga con ella, que no le hacia falta desearlo para ser la muchacha más bonita de toda la región del Languedoc.
Allí había nacido sin salir nunca de su tierra: una tierra hermosa y llena de sol, próspera y cordial, donde se había configurado un clima político muy distinto al que imperaba en el norte de Francia, porque los señores feudales fomentaban las artes y la cultura, se protegía a los trovadores y los movimientos religiosos se desarrollaban rápidamente al amparo de una legislación liberal.
Sus padres, a pesar de no estar legalmente casados pues según la religión de los cátaros, bastaba con el consentimiento de ambas partes para formar una familia, eran una pareja estable y feliz. Su hermano Simón y ella misma nunca habían sido bautizados y sin embargo la niña había respirado un aire de espiritualidad y una pureza de costumbres rayando el ascetismo.
Todos en el pequeño país vivían alegremente en contra de todo lo establecido por el Papa y el número de adeptos a aquella forma de vida diferente iba aumentando día a día. Esto, en una época en la que los religiosos estaban sumidos en la más terrible corrupción, era sumamente arriesgado. Semejante conducta resultaba molesta para la Iglesia de Roma, a la que los cátaros denominaban una congregación de malvados. Pero los presentes en aquella feliz y reunión de paz no se daban cuenta del peligro..

Después de comer, Marguerite y su prima Solagne pidieron permiso para levantarse de la mesa y salieron de la casa juntas, cogidas de las manos. El verano acababa de comenzar y el sol hacia brillar cada pétalo de cada flor, cada hoja de cada árbol y cada nube en el cielo. Dejaron el pueblo a sus espaldas y, ya en pleno monte, se quitaron los zapatos y echaron a correr sobre la hierba fresca de los prados, el largo cabello ondulando sobre sus espaldas parecía una bandera al viento.
Las dos tenían la risa fácil y el llanto pronto, todo a flor de piel y un volcán de preguntas y de inquietudes bailaba en su interior. Acababan de cumplir catorce años y se sentían felices de estar vivas y de ser jóvenes. Jugando, riendo y saltando, llegaron a la falda del monte Montsegur, al pie de la fortaleza que rodeaba el enorme castillo feudal que, como un gigante, parecía vigilar todo el valle, algo cansadas porque no habían dejado de correr desde que dejaron el pueblo, se sentaron sobre unas piedras. Desde allí todo parecía tan inmenso y a la vez tan pequeño que Marguerite extendió los brazos intentando abarcar entre ellos los campos, las casas y las montañas. Solange reía a su lado mientras la miraba. El sol bañaba de tal modo a Marguerite que ésta parecía resplandecer y el aire agitaba sus largas faldas con tanta fuerza que casi parecía tener alas.

De pronto su rostro se transfiguró y aunque su cuerpo siguió estando allí, su alma se fue muy lejos hacia un lugar desconocido donde ella nunca había estado y entonces sus ojos vieron lo que nunca habían visto y sus oídos escucharon lo que jamás creyó que podría escuchar. Eran unos doscientos hombres y mujeres. Los vio bajar del castillo cantando, cogidos de las manos. Podía escuchar sus voces claramente y aunque la distancia no le dejaba ver sus caras, le pareció reconocerles. Se parecían mucho a sus padres y a sus amigos, incluso creyó ver a una muchacha muy joven que tenía un rostro semejante al suyo y un muchacho que era casi igual a su propio hermano, algo en su forma de andar la sobrecogió sin saber porqué. Se pregunto si Solange también los veía, pero extrañamente su prima parecía haber desaparecido.
Todos se arrodillaron en círculo, al pie de la muralla del castillo y un hombre de pie, en el centro, fue poniendo sus manos sobre la cabeza de todos, uno por uno. Marguerite, había presenciado muchas veces aquella ceremonia, porque era uno de los ritos usuales de su religión. La llamaban la imposición de manos o consolación y sin ella no podía perdonarse el pecado mortal. Permanecieron arrodillados sin dejar de cantar mientras duró la ceremonia, después se levantaron y entre todos reunieron leña suficiente para preparar una gigantesca hoguera que encendieron en medio del prado. El fuego prendió rápidamente y entonces, hombres, mujeres y niños fueron arrojándose a las llamas uno tras otro, fundiéndose sus cánticos piadosos con sus alaridos de dolor. Cuando el último de los gritos se hubo acallado, un silencio de muerte pareció apoderarse de todo el valle, después las brasas fueron ardiendo lentamente hasta que sólo quedó de ellos un montón de huesos y cenizas.

- Marguerite… Marguerite… que te ocurre? Contesta por favor…

La muchacha volvió a la realidad, su prima estaba de nuevo a su lado y parecía muy asustada… Comprendió enseguida que Solagne no había visitado con ella la extraña región de la que regresaba y aunque no entendía el motivo de aquel viaje extraordinario, se daba cuenta de que había sido la única pasajera.
- De repente, continuó Solagne excitada – te has puesto pálida como un fantasma y con una cara muy rara… Te hablaba y no me oías, como si no estuvieras aquí. Si no fuera porque tenías los ojos abiertos y respirabas, hubiese creído que te habías muerto. Me has dado un susto terrible.
Marguerite la miró, pensando que no podía explicarle a su prima lo que había visto. Por una inexplicable razón, había sido escogida para presenciar lo que no podría nunca contar. De ahora en adelante debería seguir viviendo con aquellas imágenes ocultas en lo más profundo de sí misma, envueltas en la oscura sombra de un presentimiento.
Al mismo tiempo que Marguerite se entregaba a estas reflexiones, el Papa Inocencio III se había reunido con sus obispos en el Palacio Pontificio para tratar de atajar el mal que aquella secta de los Cátaros, que osaban llamarse a sí mismos cristianos, estaba produciendo dentro del seno de la Iglesia.
El Papado había llegado a gobernar el mundo por mediación de la Iglesia romana. De hecho su principal poder estaba en la excomunión, no en la fuerza militar, ya que el Papa podía desligar a sus súbditos del juramento prestado a un soberano excomulgado, lo cual era más poderoso que cualquier arma.
Inocencio III estaba planeando organizar una Cruzada que reuniese trescientos mil flamencos, normandos y aquitanos, borgoñones, alemanes y franceses, para que atacasen las ciudades sectarias que se hallaban distribuidas al norte de Italia, parte de Alemania y especialmente en el sur de Francia, ya que el condado de Tolosa y el de Foix, junto con Narbona y la región de Albi en el Languedoc, se habían convertido en un desafío, tanto para la jerarquía eclesiástica como para la monarquía francesa.
Se contaba para el plan con la colaboración de Simón de Montfort, celoso católico, guerrero muy hábil de ambición obstinada, afectísimo a la Santa Sede e inaccesible por sus severas costumbres. De hecho, más que una expedición con fines religiosos se trataba de organizar un definitivo ajuste de cuentas contra la aristocracia y burguesía occitana y a todos les movía secretamente el deseo de apropiarse de aquellas ricas tierras donde se cultivaban las artes, las ciencias y donde los cátaros predicaban la pureza, en contraste con su vida de corrupción. Era el comienzo de la guerra albigense.

Más tarde, los libros de historia contaron como en el año 1244, la resistencia de los cátaros quedó concentrada en la fortaleza de Montsegur, en la frontera del Rosellón. Los defensores de la posición no ignoraban su inferioridad militar, pero estaban imbuidos por una exaltación religiosa escalofriante y no temían a la muerte. Se defendieron de los soldados con piedras y resistieron durante seis meses a 1200 metros de altitud, pero cuando advirtieron que la resistencia seria inútil, los escasos 200 supervivientes que quedaban en la fortaleza, solicitaron el Consolament, sacramento cátaro que administraban a los seglares en peligro de muerte. Salieron cantando cogidos de la mano y se autoinmolaron en una gigantesca hoguera en la pradera al pie de las murallas. Marguerite también murió allí.

Ficha de autor

Gloria Corrons, es una artista polifacética, pinta, escribe, compone y toca el piano.
Este relato forma parte de una novela histórica titulada HISTORIAS EN EL AIRE, compuesta por una serie de pequeños relatos imaginarios (50 en total) que comienzan en la Prehistoria y acaban en el siglo actual y que pueden leerse individualmente o en conjunto porque no tienen ninguna relación entre sí aparte del orden cronológico.
Sus obras pictóricas se pueden encontrar en: Planeta Selene Galería
También se puede escuchar una muestra de su música en: Planeta Selene – Gloria Bonne

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