Chomelitlan

abril 3, 2011 under Relatos de Historia

 

El viaje a la capital siempre constituía un acontecimiento para todos. La ciudad de Tenochtitlan, que más tarde los españoles llamaron Méjico, estaba edificada sobre una isla a la que se llegaba por cuatro distintas calzadas. Para llegar tenían que recorrer un camino de cinco kilómetros a pie, que eran una autentica proeza de ingeniería, ya que la anchura de dicha calzada era grande y estaba sólidamente fortificada interrumpida sólo a trechos por puentes levadizos.

En el camino todos admiraban las hermosas casas. De soltera, Chomelitlan había trabajado en una de ellas como criada y todavía recordaba que eran frescas y tenían hasta cinco patios en su interior, con sus pozos, albercas de agua y muchos aposentos para los esclavos y las gentes de servicio.

Ya en el mercado, recorrieron muy juntos las numerosas paradas donde circulaban animadamente hombres y mujeres. Todos eran de mediana estatura y poseían cuerpos bien proporcionados de hermoso color aceitunado. Tenían los cabellos negros, lisos y espesos, que adornaban con penachos de plumas y joyas de oro y algunos adoptaban la extraña costumbre de agujerearse las orejas y las narices, colgándose de ellas grandes ruedas de piedra, o incluso de llevar cosidas a los labios piezas de oro.

En el mercado abundaban toda clase de cosas y los habitantes de la ciudad suplían la falta de monedas con granos diversos, copos de algodón, saquitos llenos de oro o láminas muy finas de cobre y de estaño.

Las mujeres iban vestidas con dos mantas muy delgadas pintadas con colores vivos y alegres que tenían dos utilidades: una servía para cubrir los pechos y la otra iba enrollada desde la cintura hasta los pies. Los hombres se ponían encima una sola manta, también de vivo colorido, pero todos llevaban adherida a su piel, como un traje más, un “no sé que” de grave y meditabundo que les dominaba, a pesar del aparente bullicio y animación.

Hablaban diferentes lenguas, pero la más usada entre compradores y vendedores era la azteca, riquísima en nombres y diminutivos. Carecía de ciertas letras produciendo un sonido extraño, casi mágico a oídos de un extranjero.

Una vez concluida la laboriosa compra en la que se regateaba y se discutía como un rito indispensable, y antes de que las cestas se llenaran, poco a poco, con todo lo necesario, la familia reprendió la vuelta casa.

La vida se desarrollaba plácida y tranquila entre nobles y plebeyos, pobres y ricos, labradores y esclavos. Un contraste contradictorio entre sus fiestas contaminadas de crueldades y sus ancestrales costumbres, donde los muertos eran quemados -a menudo con sus mujeres y esclavos- y también de su rígido código de educar cuidadosamente a sus hijos en la casa o en el colegio, enseñándoles a vivir dentro de una moral recta.

 

La tierra había dado una vuelta completa alrededor del sol. Estaba a punto de concluir la edad del Fuego que había empezado hacia 850 años. Según las predicciones aztecas un gran incendio señalaría el fin del siglo que debía ser también el último día del Universo. Habían apagado la llama sagrada en el templo y los monjes oraban sin cesar y se rasgaban las vestiduras, rompiéndose las carnes con espinas y clavándose las uñas en las heridas.

Se creía que en el momento de la catástrofe las mujeres preñadas se convertirían en tigres y que éstas se unirían a los genios maléficos para vengarse de los hombres, por eso todos evitaban tener que acercárseles. La gente estaba aterrorizada y en las casas se rompían los muebles de más valor en señal de duelo. La tristeza reinaba por todas partes.

Chomelitlan estaba otra vez encinta. Acurrucada en un rincón de su mísera vivienda, veía a su marido y a sus siete hijos trabajando en las labores cotidianas. Nadie hablaba con ella y apenas si tenía derecho a un trozo de pan, un pedazo de yuca y una jarra de agua que le colocaban a prudente distancia; porque todos la miraban con horror y evitaban tener que acercársele.

Chomelitlan pensaba en el hijo que llevaba en las entrañas y también estaba triste. A veces, lloraba largas horas tendida en su rincón, pero nadie se compadecía de ella, ni le hablaba, como si no existiera. Ni siquiera sus dos hijas mayores, que siempre la habían ayudado en sus frecuentes embarazos, se preocupaban de cuidarla e incluso evitaban mirarla.

Recordaba los tiempos en que ellas la atendían con esmero y en toda la casa se practicaba lo que enseñaban los sacerdotes en el templo: respetar a los padres y a los superiores, orar practicar ayunos y, a pesar de su pobreza, dar limosnas, con lo que aún tenían menos que ellos para comer. Pero se sentía satisfecha, porque de los nueve hijos que había tenido aún vivían siete y todos habían sido siempre buenos y cariñosos, de forma que jamás hubo que perforarles el labio a ninguno como se hacía frecuentemente a los niños mentirosos.

Como no tenía otra cosa en que ocupar el tiempo en sus largas horas de ociosidad, pensaba mucho… Recordaba el día de su matrimonio.

Antes de la boda, Chomelitlan y su marido Moctchoma, debieron retirarse para practicar el ayuno y la penitencia durante cuatro días. Cuando se presentaron ante el altar, el sacerdote los cubrió con un manto de varios colores en el que estaba pintado un esqueleto, para advertirles que el matrimonio solo debía concluir al morir.

Aunque amaban la música y el baile, un sutil fatalismo acompañaba siempre a los de su raza desde que nacían hasta que morían y la idea de la muerte estaba presente en cada instante de su existencia, como el fatal desenlace que les impedía disfrutar del placer de vivir.

También escuchaba con mucha atención todo lo que se decía, esperando con impaciencia la noche del último día en que llegaría el momento fatal en que las Pléyades ocupasen el cenit, el punto medio del Cielo, y se decidiría la suerte de todos.

Según los cálculos, ya habían pasado cuatro edades desde el principio del Universo, presididas cada una de ellas por un sol propio.

La primera, llamada del Agua terminó con el diluvio universal. El fin de la segunda, de Tierra, fue causado por gigantes que ocasionaron grandes terremotos y la tercera, de Aire, duró hasta que un huracán acabo con la humanidad. En cada una de ellas la especie humana se transformó en animales, salvándose sólo un hombre y una mujer para la continuidad de la especie.

Una noche, mientras todos dormían, alguien se acercó sigilosamente al lugar donde se encontraba y dejó algo a sus pies. Chomelitlan se incorporó de su jergón con una sonrisa, pero el desconocido desapareció rápidamente de la habitación sin darle ocasión a poder verle ni hablarle. Cogió el objeto entre sus manos con avidez, la primera muestra de comunicación que había tenido desde hacia tres meses. Era un hermoso cuadro de gran colorido en el que uno de sus hijos había representado en imágenes el cariño que sentía por ella y también la esperanza de que todo se resolvería felizmente en el futuro. Estaba adornado con un vistoso mosaico elaborado con plumas de pajarillos y también con conchas.

Chomelitlan sintió como sus ojos se humedecían de agradecimiento y miró a su alrededor. La habitación aún estaba en la penumbra y en el silencio de la noche que moría se escuchaban rítmicamente las respiraciones de todos los miembros de su familia durmiendo profundamente el sueño reparador del trabajo del día anterior, todos menos uno que, detrás de la puerta, la miraba con ternura. Y aunque Chomelitlan no podía verle, sintió aquella mirada en su corazón y pensó que aunque todos estuvieran condenados por el destino, ella moriría feliz después de haber recibido aquel mensaje de despedida lleno de amor.

Cuando llegó la esperada noche, los sacerdotes, vestidos con los hábitos de los dioses y seguidos de una gran multitud, subieron por la montaña hasta el templo, magnífico edificio construido que encerraba jardines con fuentes, ahora secas y en cuyo centro se elevaba una pirámide truncada, que servía de tumba a los reyes. Después, continuaron subiendo por una escalera, hasta alcanzar la plataforma que tenía en lo alto una capilla en forma de torre con un ídolo colosal a cuyos pies se consumía el fuego sagrado.

En silencio absoluto esperaron el momento decisivo. Cuando las Pléyades pasaron por el meridiano se degolló a un prisionero, cuyo cuerpo sin vida fue precipitado después por las mismas escaleras por donde había subido al encuentro de su martirio. Antes de ser quemado en la pira, los sacerdotes celebrarían una extraña comunión de pan mezclado con la sangre de la víctima y desgarrando su pecho se comerían su corazón.

Con un grito universal de alegría se anunció a los que estaban más lejos que había pasado el peligro y entonces todos corrieron con las teas encendidas a reavivar el fuego, llenos de júbilo.

La alegría fue redoblada cuando el sol se encontró ya en el horizonte y la multitud, hombres, mujeres y niños emprendieron el camino de vuelta a sus casas para reconstruir todo lo que habían destrozado: paredes, muebles y vestidos, en una fiesta sin igual que duraría trece días y trece noches.

La familia de Chomelitlan también estaba deseando llegar a su hogar para poder compensarla de todas las miserias y sufrimientos que había tenido que sufrir durante aquel tiempo.

De vuelta a casa todos la abrazaron y ella cambió sus lágrimas por risas de alegría. En aquel momento de intensa felicidad y sin saber por qué, uno de sus hijos más pequeños comenzó a llorar con gran desespero. La madre entonces, se volvió hacia él e intentó consolarle, pero al no conseguirlo le reprendió diciéndole: Prepárate a padecer los castigos que Dios pueda mandarte hoy y todos los días, porque estás en este mundo para padecer,  no para gozar.

Aquella sorprendente frase dirigida a un niño era la base de una educación ancestral que acostumbraba a los aztecas a sufrir más que a fortificarse, como si aquel pueblo hubiera nacido para no ser feliz.

En el mismo momento que Chomelitlan hablaba de aquel modo a su hijo y como acudiendo a la llamada de un sino fatal, seiscientos españoles al frente de su capitán Hernán Cortes, a bordo de una flota de once pequeños navíos, avistaron las costas americanas.

Aquella noche Chomelitlan y los suyos dormirían tranquilos, pero lo que no sabían es que sus días de paz estaban contados, porque, aunque los dioses habían sido benévolos y el fin del Universo no había llegado todavía, el Imperio de los aztecas estaba ya sentenciado a muerte.

El 18 de Noviembre de 1518 los españoles desembarcaron en Méjico.

 

 

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Isabel, la confesión

marzo 1, 2011 under Relatos de Historia

Era una mujer de mediana edad, no demasiado alta y bien proporcionada. Su tez blanca estaba enmarcada por una cofia oscura que casi ocultaba su cabello de un rubio descolorido; los ojos pequeños y vivos, entre verdes y azules, se hubieran perdido entre tanta palidez, sino hubiera sido por su brillo de acero metálico y parecían no mirarle a él, sino a un objetivo invisible.

 

 

Más incluso que su real presencia, fue aquella mirada la que le asustó de veras al pobre fraile y ambos se quedaron observándose, como si esperasen algo el uno del otro. Después Fray Fernando dijo simplemente: Arrodillaos, Señora.

Entonces, la soberana habló y su voz sonó como una campana en la estancia silenciosa: Nunca me arrodillaré ante vos, si vos no lo hacéis también ante mí. No olvidéis que soy la reina.

Fray Fernando se quedó por unos momentos sin palabras, no esperaba aquella falta de humildad, pero ante semejante arrogancia, el fraile encontró la réplica justa: Majestad, yo represento a Dios en el Tribunal de la Penitencia y Dios, como rey del Cielo, no puede hincar la rodilla ante ningún rey de la Tierra.

Isabel pareció haber recibido un golpe, porque se estremeció. Nadie se había atrevido a contradecirla, sólo permitía ser replicada por su esposo, Fernando, con quien después de su matrimonio había pactado compartir el título y el mando, pacto que simbolizaron ambos en aquellas palabras que unidas al yugo y a las flechas se hicieron grabar bajo sus respectivos escudos: Tanto monta, monta tanto.

Sin embargo no se indignó, al contrario, le había sido sumamente grato el valeroso rasgo del fraile, tanto, que comprendió que aquel era el confesor que había estado buscando durante mucho tiempo, un confesor digno de ser el suyo. El anciano, con su entereza y dignidad, había ganado de golpe toda su confianza, hasta el punto de hacerle sentir irreprimibles deseos de liberar por fin su alma de los pecados que jamás había osado confiar a ningún sacerdote por temor a que no supiera guardar el secreto sagrado de la confesión.

Había vivido durante años con aquellas ocultas culpas pesando en su alma como piedras de molino. Ahora y por primera vez, un ministro de Dios le parecía lo suficientemente integro para confiar en él, y sin añadir palabra se arrodilló dispuesta a iniciar la confesión de sus pecados.

La voz de la reina hablando en susurros a su oído parecía confundirse con el crepitar del fuego que se consumía lentamente. Era una tarde del año 1495.

- Padre, yo me acuso de haber pecado hace ya mucho tiempo y aunque me he confesado de otras faltas cometidas después, éstas primeras quedaron en el fondo de mi corazón sin haber sido perdonadas. Como fue que he tomado la comunión muchas veces con ellas en la conciencia, el pecado ha sido cada vez mayor, hasta llegar a tal proporción que ya no sé si seré digna de la absolución de mi culpa.

La reina hizo una pausa, como si no se atreviese a continuar. Fray Fernando esperó pacientemente sin decir nada, invitándola a seguir con su silencio y entonces, ella incapaz de retener ya más lo que había estado reprimido durante tanto tiempo, prosiguió: Padre, me acuso de ocupar un trono que por derecho no me pertenece.

Y después de aquellas palabras, las demás acudieron a sus labios como un torrente imparable.

- Vos debéis saber lo que se contaba de mi hermanastro Enrique sobre su impotencia, hasta el punto que por esta causa, su propia esposa Juana de Portugal solicitó la nulidad de su matrimonio; pero parece ser que la clase de impotencia que Don Enrique padeció no fue en absoluto total y pudo permitirle alguna relación aislada, porque la reina dio a luz a dos hijos y una hija, llamada Juana, apodada despectivamente la Beltraneja, porque decían que Beltrán de la Cueva era el supuesto progenitor de aquella criatura. Yo, y muchos otros, sabíamos que éste no podía ser el padre, pues la falta que se le reprochaba a la reina databa sólo de un año y hacía mucho más que la princesa había venido al mundo.

Creo que recordareis que los castellanos indignados se sublevaron al ver educar a Juana, supuesto fruto de un adulterio, para que le sucediese en el trono. Enrique, siempre débil y juguete de intrigantes, nombró entonces heredero a su hermano Alfonso, aunque bajo la condición de que se casaría con ella.

Poco después murió Don Enrique y yo recogí sus últimas palabras en su lecho de agonía; en ellas declaraba solemnemente la legitimidad de su hija Juana, pero yo las callé para mí e hice como si no las hubiera nunca escuchado, proclamándome rápidamente Reina.

Aquí Isabel, hizo de nuevo una larga pausa, como si tuviera que tomar fuerzas para continuar hablando; cuando al fin lo hizo, su voz sonó distinta, como cargada de un sentimiento de odio mezclado con desprecio.

- Pero la Beltraneja- como la llamaba ahora- tenía sus partidarios, que eran mis enemigos, entre ellos el mismo rey de Portugal, antiguo y desairado aspirante a mi mano. Éste también pretendía mi reino y para ello se desposó con Juana y declaró la guerra a Castilla. Mi esposo el rey, y yo misma, le hicimos frente en la batalla: Fernando como capitán de los soldados y yo como estratega en la retaguardia. Una vez vencido el rey de Portugal y mientras mi amado esposo recogía toda la gloria de la victoria, yo me ocupaba de otros menesteres aún más importantes, aunque desconocidos para todos.

Decidí apartar a Juana de mi vida, aunque sin perderla tampoco de vista. No por ella misma, que era, igual que su padre, un pobre e insignificante ser que se dejaba llevar por las circunstancias como un muñeco, sino porque preveía que un enemigo potente podía jugar la carta de la Beltraneja como se juega un comodín.

La solución que se me ocurrió fue recluirla en un convento, porque pensé que así la tendría siempre controlada, y aprovechando una crisis de desmoralización de la muchacha, cansada de que su persona y la circunstancia de su procreación fuesen utilizadas como arma política según los intereses del poder, la convencí de que renunciase al trono para siempre, y amenacé a las autoridades eclesiásticas con las más severas sanciones si la dejaban salir del convento.

Para que jamás se descubriese que yo me había aprovechado del desánimo de aquella pobre alma, puse especial empeño en que constara en los papeles del convento de Santa Clara, que la Beltraneja había tomado el acuerdo de hacerse monja por su propia voluntad.

Y allí es donde la desgraciada de transcurrir tristemente sus días y esa es la forma en que yo, Isabel reina de Castilla, he pisoteado su porvenir y el trono, que como he dicho al principio de esta confesión, es a ella a quien por derecho pertenece.

Esta verdad, que sólo yo, Juana, y ahora Vos conocéis, no me deja vivir en paz, y aunque no he vuelto a verla, sueño cada día con su triste rostro, encerrado tras las paredes de su celda y los remordimientos por la injusticia cometida con aquella infeliz me roban la alegría de vivir.

El fraile había escuchado sin hablar la confesión real con tanta atención como asombro, porque de todos era sabida y conocida la virtud y la honestidad de la reina, según se decía la mujer más recta e inflexible de Castilla. No estaba en su mano juzgarla porque eso sólo correspondía a Dios y a Dios invocó piadosamente para hablar en su santo Nombre. Permaneció unos minutos en silencio esperando la iluminación, hasta que el Señor efectivamente puso en su boca las temidas palabras:

- Hija mía, el único modo de recobrar la paz de tu conciencia, es devolver el trono a su verdadera dueña.

Isabel, que había esperado conteniendo los latidos de su corazón a que el sacerdote hablase, dio rienda suelta a su indignación al escuchar lo que jamás hubiera deseado oír.

-¿Pretendéis decir que yo, la reina de Castilla y Aragón, que he podido conseguir junto a mi esposo la unidad de los reinos y he reducido a la obediencia a los nobles y grandes señores, obligándoles a devolver a la corona las tierras que de hecho le pertenecían. Yo, que he hecho posible, tras innumerables esfuerzos políticos y económicos, hacer posible el descubrimiento de las Indias, apoyando al intrépido navegante Cristóbal Colon, a quien nadie, excepto yo misma, daba un voto de confianza. Que he sido una amante de mis súbditos, hasta el punto de preocuparme también de darles un esplendor intelectual nunca conocido. Que he tenido a mis cinco hijos uno tras otro, en medio de guerras y constantes campañas en pos de la grandeza del reino y los he casado con los reyes más poderosos de Europa, sacrificando su voluntad. Que he librado a la Iglesia y a los cristianos de la nefasta influencia de los judíos, ordenando la expulsión de los mismos del país y creando el Santo Tribunal de la Inquisición para la persecución de herejes peligrosos para la fe de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Vos pretendéis que yo, que tanto he hecho en nombre de Dios, en ese mismo nombre entregue a esa mujer sin carácter todo lo que me ha costado semejante esfuerzo?.

-Majestad, yo sólo hablo en nombre de Jesucristo y a Él poco le importan los bienes de la Tierra. Es vuestra alma la que está en juego y ella es más importante que todo el poder y toda la grandeza del reino-.

La blanca tez de la reina, perdió su fantasmal palidez y se tornó roja de indignación a medida que escuchaba las palabras de Fray Fernando, toda su admiración y confianza se había truncado en furia desmedida y maldijo el impulso que la había llevado a hacerle partícipe de sus más íntimas confidencias, sin tener en cuenta que él como hombre, nada tenía que ver con la figura divina que representaba.

- Padre, Dios está muy alto, pero el bien de mi patria es para mí, más alto todavía. Si Él no puede comprender el porqué de mis actos y perdonarlos, prefiero vivir en pecado pero ser reina, que ser una mujer justa pero sin corona.

- Hija mía, nada puede ser más alto que la palabra del Señor, pero si ésta es tu decisión, yo no puedo darte la absolución para tus pecados.

La tensión parecía poder cortarse con un cuchillo. Con arrogancia se levantó Isabel del suelo, dejando al fraile arrodillado a sus pies. Le miró con desprecio, después giró la espalda con brusquedad y salió de la habitación haciendo crujir las ropas de su austero traje mientras se alejaba.

Fray Fernando de Talavera se quedó solo y de rodillas en medio de la estancia desierta, con las paredes como único testigo de aquella conversación, pensó entonces que las paredes no podrían contar nunca lo que habían escuchado, pero tuvo el presentimiento de que sus días como confesor de la reina habían terminado.

 

Acababan de darle la extremaunción, la reina estaba agonizando. Sólo tenía cincuenta y cuatro años, aún era joven para morir, pero la mujer que no había flaqueado ante las preocupaciones de los más arduos negocios de estado y las mayores fatigas corporales, sucumbía al acerbo dolor de ver morir a sus hijos uno tras otro. En sus últimos momentos aún tuvo la suficiente fuerza de espíritu para exigir al sacerdote que al ponerle los óleos sagrados lo hicieran bajo las sábanas, pues su pudor no permitía enseñar los pies desnudos.

Fernando, su esposo, que estaba a su lado, pensó que era lógico que no quisiera mostrarlos a nadie, puesto que él no los había podido ver nunca, como tampoco el resto de su cuerpo.

El rey comprendía que iba a perder a su mejor compañera, pero también a su peor amante. Como marido, jamás había podido disfrutar de su áspero cuerpo, por eso había buscado calmar su sed en otros cuerpos más complacientes a lo largo de todo su matrimonio. Isabel, inteligente y astuta, no sólo le había pagado sus infidelidades con la más intachable lealtad sino que había colmado de regalos a sus enamoradas, las casaba y las enviaba lejos, bien lejos…

Aquella manera de comprender sus debilidades de la carne, siempre le llenó de respeto hacia su esposa. También la había admirado porque ella era mejor estadista, mejor político, mejor soldado y mejor estratega que él mismo, pero lo que nunca podría perdonarle, es que ella fuese mejor rey que el mismo rey.

 

Juana la Beltraneja se sentó al lado del lecho de la moribunda mirándola con sus ojos grandes y soñadores. Desde su nacimiento Isabel había odiado aquella mirada abúlica en su rostro dulce, lleno de la característica melancolía que tan parecida la hacía a su padre Enrique y que hacía clara la legitimidad de su origen.

Isabel se dio cuenta de que Juana no podía estar allí con los demás, porque hacía ya varios años que había muerto en el monasterio donde ella misma la había recluido y entonces comprendió que Juana había venido desde el Más Allá para pedirle cuentas en el lecho de muerte. La reina sabía que tenía una deuda y que si no era saldada antes de morir, le impediría franquear las puertas del Paraíso. Con voz velada por la fiebre se dirigió al fantasma creado en su culpable imaginación.

- Juana, yo te dejo mi reino en mi muerte, ya que te despojé de él en vida.

Pero Isabel estaba tan acostumbrada a mandar, que hasta aquella última súplica parecía una orden.

Juana inclinó la cabeza en un deje contemplativo y le contestó con suave voz:

- Donde yo estoy, Isabel, ya no necesito un trono, porque ese reino que me arrebataste ya me ha sido devuelto en el Cielo. Allí no tengo corona, ni castillos, ni vasallos, ni soldados, pero tengo algo que tú no tuviste y que nunca tendrás: paz.

Tú has sido reina en la tierra pero ahora en el infierno penarás eternamente, del mismo modo que yo pené al entrar tras los muros del convento donde me condenaste a vivir de por vida. Ese es el precio que pagarás por tu ambición.

 

En el mismo momento en que Isabel intentaba retener a Juana a su lado, el último aliento escapó de sus labios. El médico real que había estado atento a los movimientos de la soberana, se acercó al lecho y tomó una de sus manos para comprobar si la vida había abandonado su cuerpo. Después se dirigió hacia el gentío que llenaba la habitación, ávido de presenciar sus últimos momentos y dijo con voz solemne: La reina ha muerto.

Y mientras estas palabras todavía resonaban en los oídos de todos los presentes, el alma de aquella mujer se escapaba veloz por el hueco de uno de los ventanales de la alcoba en pos de su próximo destino, que sólo Dios podía conocer.

 

 

Paolo, la humildad

febrero 4, 2011 under Relatos de Historia

 

La gente le seguía y como predicaba con el ejemplo de sus virtudes, contrastando con el orgullo y la pompa de la sociedad de la época, estaba devolviendo al pueblo parte de la fe que había perdido por causa de la corrupción de la Iglesia, cuyos obispos habían adquirido grandes riquezas.

Así había nacido aquel nuevo vivo espíritu religioso y Francisco de Asís, que también se hacía llamar Caballero de Cristo y de Dama Pobreza, era su mejor representante.

Paolo, siempre sintió curiosidad por conocer a un hombre así. No sabía sí se trataba de un loco o de un santo, pues renunciar a las comodidades de la vida material podía resultar muy poético, pero a la vez también muy difícil; sólo una personalidad extraordinaria podía conseguirlo y ahora se le presentaba la ocasión de averiguar por sí mismo como era realmente aquel curioso monje que intentaba transformar a la sociedad mezclándose con sus miembros y dando a conocer la verdadera moral cristiana.

Decían que la doctrina que predicaba era tan bella y conmovedora como el canto de un pájaro y que todos los animales de la Tierra eran sus amigos e incluso que hablaba con ellos y estos parecían entenderle. Sí, iría a escucharle e intentaría hablar con él. Necesitaba comprender el porqué de aquella insólita conducta basada en la más estricta pobreza, caridad y amor a todos los hombres. Paolo, pertenecía a una nueva clase social, la burguesía, que había tomado su nombre de los burgos o arrabales de las ciudades donde vivían, y todo aquello le parecía muy bonito para ser contado por los trovadores en las aburridas reuniones de un castillo, pero muy difícil de realizar.

Después de las Cruzadas, el comercio y la industria había renacido en Europa, las ciudades se habían hecho poderosas y los reyes habían dado autorización para que se gobernasen a sí mismos mediante consejos municipales.

Paolo, había trabajado mucho para conseguir el bienestar económico del que disfrutaba. Poseía un taller de joyería muy conocido y sus hábiles operarios daban forma color y textura a las pequeñas piezas de oro y plata, y a las gemas preciosas. Importantes patricios que gobernaban la ciudad se contaban entre sus mejores clientes, vivía en una cómoda casa, y su mujer disponía de trajes confeccionados con exquisitas telas y sus hijos disfrutaban también de una esmerada educación.

Había alcanzado todas las metas que se había propuesto en la plenitud de su vida, debía pues considerarse un hombre feliz. Sin embargo, en su interior experimentaba una extraña desazón, y a veces, se sentía terriblemente inquieto; era la sensación de no saber si todo lo que en la vida le había costado tanto esfuerzo conseguir era verdaderamente importante para él.

Había tenido que trabajar tanto para obtenerlo, que casi no le había quedado tiempo para disfrutarlo. Estuvo siempre tan ocupado intentado que los suyos tuvieran toda clase de bienestar que no había podido ni ver crecer a sus hijos. Y en cuanto a su fiel esposa Giovana, dominado por la fiebre del poder y del dinero, apenas sí le había dedicado un poco de su tiempo.

Sentía curiosidad por conocer a aquel ser diferente que predicaba hallar la felicidad en la pobreza, debía ser un Santón charlatán, porque nadie puede encontrar la paz cuando no se dispone de lo necesario para vivir holgadamente, pensaba.

Paolo, se apartó de la ventana. Había tomado la decisión de no perderse aquella oportunidad de ver a Francisco de Asís, pero no se lo diría a nadie, ni siquiera a su mujer. Iría solo, aquella necesidad de conocerle pertenecía a su alma y no podía compartirla ni siquiera con los que amaba.

Aquella misma tarde salió del taller un poco antes para dirigirse a la Plaza mayor, donde sabía que el fraile iba a predicar y sin comentarlo con nadie encaminó allí sus pasos. El sol lucía en lo alto del Cielo de la ciudad de Pádua, cuando Francisco con sus hermanos frailes minoritas, como se hacían llamar para mejor testimonio de humildad, se dirigieron también a la Plaza Mayor.

El número de seguidores del fraile había aumentado tanto que por donde pasaban dejaban en el lugar un buen número de adeptos que, como ellos, se dedicaban al culto del Señor y practicaban el ejemplo de la virtud. Pero Francisco nunca se quedaba en ningún lugar, continuaba con su vida de prédica de un sitio a otro, dejando a su paso un rastro de amor para todos los seres, hombres y animales, como un segundo Jesucristo.

Paolo, tropezó con él cuando iba a cruzar la calle. Francisco caminaba mirando a la gente y les sonreía con los ojos. La luz que despedían se reflejaba en los de todos los que a su paso le aclamaban, y aquella mirada le estremeció. Entonces comprendió que sí había algo importante para él en la vida estaba a punto de descubrirlo.

Cuando Francisco se detuvo en el centro de la plaza se hizo un silencio absoluto. Paolo, había intentado colocarse lo más cerca posible de él, pero solo consiguió un lugar donde apenas podía verle.

Mientras miraba al gentío reunido en la plaza, pensó con escepticismo que aquella sociedad podía mezclar las cosas más groseras con la más sincera piedad. Era grande el amor de Dios, pero no menor que el temor al diablo. La religiosidad era sincera, pero la ignorancia hacía que ésta derivase en supersticiones y las mismas personas que esperaban impacientemente escuchar las palabras de Francisco eran también las mismas que presenciaban con jolgorio y brutalidad el ritual de mutilación y ceguera en la famosa fiesta de los locos.

Una voz juvenil clara y alegre interrumpió sus pensamientos:

- Hermanos, la vida es algo que empuja hacia arriba porque es arriba y no abajo donde esta la realidad mas sólida, y esta roca donde apoyamos los pies es el Cielo. Alabemos al Señor, su creador con todas su criaturas. A nuestro hermano sol, que nos trae el día y la luz. A nuestro hermano el viento, que nos trae calmas y tempestades con las que nos sustenta. A nuestra hermana agua, tan útil y humilde, tan preciosa y limpia. A nuestro hermano el fuego, que ilumina la oscuridad, poderoso y fuerte, y a nuestra madre la tierra, que nos guarda y también nos da frutos y flores de muchos colores. Todo sea alabanza y gloria a Ti excelso y omnipotente Señor.

Aquellas palabras sencillas le cautivaron desde el principio. Se quedó escuchando toda la prédica con gran atención y cuando el fraile hubo terminado de hablar, Paolo, tomó una decisión firme e irrevocable: lo dejaría todo, absolutamente todo, y se marcharía tras los pasos de aquel hombre extraño, hasta averiguar el secreto de aquella felicidad que irradiaba de aquel personaje que no poseía absolutamente nada a parte de sí mismo.

En realidad, no era una decisión tomada sin reflexión. Hacía ya tiempo que aquella idea estaba dando vueltas en su cabeza, porque se daba cuenta que cuando más cosas acumulaba menos poseía en realidad. Era una decisión tomada tras un infierno de dudas, vacilaciones y preguntas sin respuestas que le habían atormentado durante los últimos años, pero fue aquel día, un día aparentemente como tantos otros, cuando de repente halló la salida al tortuoso laberinto, del cual le pareció que no iba a salir jamás. Cuando Francisco abandonó la ciudad para seguir recorriendo Italia, entre los nuevos seguidores estaba Paolo.

 

Durante los últimos cinco meses, la comunidad atendió leprosos y construyó iglesias con sus propias manos, siempre subsistiendo milagrosamente gracias a la caridad de los fieles, siempre predicando el arrepentimiento, la pureza y la perfección moral, la caridad sin límites y la hermandad entre todos lo pueblos de la tierra. Su única regla era la que Cristo dio a los Apóstoles: Id y predicad; curad a los enfermos; limpiar a los leprosos; dad con creces lo que con creces habéis recibido.

Paolo y la comunidad hacían vida de ermitaños, vivían en chozas cerca de la leprosería y para su sustento dependían de lo que pudieran ganar como jornaleros en granjas y viñedos.

A su lado, Paolo, aprendió a observar con atención pequeños detalles que antes le pasaban desapercibidos: el paso de un insecto, el vuelo de los pájaros, los cambiantes colores de las hojas de los árboles, el murmullo de la hierba agitada por el viento. Aquellas cosas que antes no existían para él, ahora le fascinaban, porque las captaba como si nunca las hubiera visto antes y en efecto era así, o a lo menos no las había percibido como realmente eran, sino deformadas a través de sus propias preocupaciones, ambiciones y deseos. Ahora veía el cielo y escuchaba cantar a los pájaros, respiraba el aire de la libertad que da no poseer nada más que la propia vida y vivía el presente a cada instante.

Cuando finalizaban el trabajo, los monjes daban largos paseos por el campo, no solían llevar los ojos fijos en un breviario, sino que a menudo, alzaban la vista del suelo y cantaban. Sus conversaciones discurrían casi siempre sobre las flores del camino o el canto de las alondras, pero Paolo no hablaba apenas con nadie sino era con Francisco. Con frecuencia, éste sentía la necesidad de refugiarse en el seno de la naturaleza y buscaba un bosque apartado o se sentaba solo en una colina, a la orilla de un río, rodeado de toda clase de animales que sin temor alguno buscaban su compañía. Entonces, Paolo, se acercaba y él le explicaba todos sus pensamientos, porque Francisco siempre encontraba un momento para escucharle, él le entendía y a su lado todo era fácil y sencillo.

Paolo, había estado siempre demasiado ocupado  viviendo la vida que la sociedad de su época había planeado para él, pero se daba cuenta de que la vida que deseaba no tenía nada que ver con todo ello. Poseer y atesorar cosas nunca le dio la satisfacción que sentía ahora dando un simple paseo por el campo, adormeciéndose al sol que calentaba la tierra y sintiendo la caricia del viento en la cara, todo aquello podía parecer insignificante, pero no lo era, porque le hacía sentir feliz y por lo que tanto había luchado nunca lo había podido conseguir.

Entre otras cosas, aprendió que intentar retener a la felicidad es como intentar atrapar una voluta de humo que siempre se escapa. Allí, viviendo con la comunidad, un día era aparentemente igual a otro, pero el pasado y el futuro se unían en un largo día distinto a todos. Aprendió a vivir en el ahora.

Una mañana, Paolo, se levantó antes que el sol y se dio cuenta de que debía regresar. Se dirigió como de costumbre en busca de Francisco, pero cuando lo halló no tuvo necesidad de decirle nada, porque como sí hubiera leído sus pensamientos, éste le dijo simplemente: – Ve en paz y que Dios te guíe.

Paolo emprendió el regreso. Mientras caminaba de vuelta a su hogar pensó que ya no tendría que volver a dejar a los suyos nunca más. Había encontrado lo que fue a buscar. La paz estaba en su interior.

 

Ricardo Corazón de Leon

enero 10, 2011 under Relatos de Historia

 

Sus ideas no se adaptaban en absoluto a las de sus contemporáneos de su mismo rango y decidió solucionarlo como pudo, o sea viviendo como le gustaba, aunque no le correspondiese hacerlo así. Se hallaba en su elemento cuando corría aventuras y como las aventuras de un rey en su propio país son siempre demasiado peligrosas y fáciles, Ricardo había decidido organizar una Cruzada a Oriente al lado de Felipe Augusto de Francia y Federico I de Alemania.

Sin embargo y para proporcionarse el dinero necesario para semejante empresa, cometió en nombre de Dios enormes injusticias, expulsó a los antiguos ministros de la corte de su padre y renovó antiguos impuestos. Aunque lo peor de su gobierno fue que no darse cuenta de que tras él no quedaba en Inglaterra nadie capaz de sustituirle en su largas ausencias, circunstancia de la que su propio hermano Juan, envidioso del aire de leyenda que envolvía a Ricardo, no tardaría en aprovecharse. Hubiera sido un excelente príncipe de Gales porque había nacido para ser un perfecto irresponsable, un hijo de familia, un príncipe encantado, pero era un mal rey para Inglaterra por la poca importancia que le daba a ser rey.

Los dos monarcas Ricardo de Inglaterra y Felipe II de Francia se reunieron en Vezalay para oír juntos misa en la basílica de Santa Magdalena y partir a continuación para Marsella. Allí, ambos tomarían rumbo hacia las tierras de Oriente para reunirse en Sicilia con Federico I de Alemania.

Aunque muy distintos entre sí, los dos eran muy jóvenes y se habían hecho cruzados más por amor a la gloria que por devoción. Ricardo estaba lleno de espíritu de caballería, pero era poco hábil en el arte de la guerra, más pródigo que generoso, soberbio a la par que  obstinado e inconstante,  necesitaba imponer su voluntad en todas partes. Por el contrario Felipe era frío, calculador e intrigante.

Se habían tomado serias medidas para reprimir los excesos de la muchedumbre que los seguía. Cada injuria inferida fuese la que fuese estaba tasada en una onza de plata. A los ladrones se les rapaba la cabeza y después de verter sobre ella agua hirviendo, se la cubría de plumas que quedaban adheridas a la misma dándoles un aspecto ridículo delatando su condición y provocaba la mofa de todos. Si alguien se atrevía utiliza la espada y hería a otro en disputa perdía la mano como castigo.

En cuanto al crimen, el asesino era atado al cadáver de su víctima y arrojado al agua sin compasión. También se prohibió tajantemente que las mujeres siguieran a sus maridos o a sus amantes y los hombres no podían entregarse a los juegos de azar a excepción de las reyes, los caballeros y los clérigos que gozaban de plena libertad.

Los caballeros de ambos bandos vestían cotas de malla pintadas en colores  rojo, verde, azul o negro. Encima de ellas se colocaba la cota de armas al fin de resguardarlas del sol y de la lluvia, las cuales llegaban hasta las rodillas e incluso algunas llevaban mangas. El yelmo, cilíndrico, representaba la mayor protección y estaba adornado con piedras preciosas y flotantes flecos, rematándolo con un cuadro de terciopelo, cuando no les era posible hacerlo con una corona.

Todos blandían lanzas al nivel de la cadera de unos tres metros de longitud cuya punta de hierro tenía la forma de una hoja de sauce, pero  el caballero disponía de una segunda espada colgada de la parte delantera de su silla.

En medio de toda aquella algarabía que representaba la partida a lejanas tierras, el verdadero espíritu de la cristiandad se perdía entre el espíritu de aventura de algunos, la ambición de muchos y la desesperación de unos pocos…

Los tres reyes llevaban casi dos años de sitio, ocho batallas y más de noventa encuentros sin haber podido reconquistar la ciudad de Jerusalén, ganada por el sultán de Egipto, Saladino, en 1187 y ya había perecido allí suficiente ejército como para haber sometido a toda Asia.

Sus hombres estaban cansados y Ricardo se había visto obligado a pactar un armisticio con el Sultán para recuperar la moral de los soldados. La contienda se convirtió entonces en un combate entre los mismos reyes que casi nunca estaban de acuerdo en nada y los cruzados olvidaron a veces la causa común que los unía para guerrear entre sí, ayudando a uno u otro. Así que mientras los unos subían al asalto, los otros permanecían como simples espectadores.

Cuando aún no se habían repuesto del estupor que les había causado el hallar ahogado en un río a Federico de Alemania, la mala insalubridad de la atmósfera hizo caer enfermos de paludismo a los dos monarcas restantes, que tuvieron que detener forzosamente las luchas entre ellos y contra los musulmanes.

El propio Saladino, que defendía la plaza contra los ejércitos cristianos, demostró ser tan caballero que los propios caballeros cruzados, dándoles una magnánima tregua de cortesía y enviándoles gentilmente médicos y refrescos para aliviar sus horas de larga enfermedad.

Ricardo se repuso pronto, pero Felipe quedó muy debilitado y parecía una sombra de si mismo, había perdido el pelo y adelgazado mucho. La Cruzada había dejado de una atrayente aventura para él y sin inmutarse de los sarcasmos de sus soldados y caballeros, se decidió apostar por su vida en lugar de la gloria y dejar la expedición en manos del rey inglés.

Era un caluroso día del mes de Julio del año 1191, cuando Ricardo vio partir a las naves del rey de Francia. La mayoría de sus hombres quedaron en tierra para alinearse a las ordenes del Ricardo Plantagenet, que después de la vergonzosa deserción del rey francés, quedó solo ante la gran empresa y rodeado de un deslumbrante halo de heroicidad.

Mientras veía empequeñecerse lentamente las naves, pensó que en el fondo envidiaba a Felipe, la gloria futura sería para Ricardo, pero la felicidad presente navegaba junto a la figura del rey francés en la cubierta el barco que le llevaba de vuelta a su hogar.

Enjugó el sudor de su frente que hacía brillar su blanca piel, delicada y suave como la de un niño. Su constitución anglosajona hacía que el calor húmedo de aquellas latitudes se le hiciera verdaderamente insoportable.

Sin apartar la vista del mar, sus pensamientos comenzaron a ir mucho más aprisa que las embarcaciones que se alejaban y llegaron hasta la mismas costas de Inglaterra. Ante él apareció nítidamente una imagen de mujer con el cabello en llamas, partido por una raya encima de la frente despejada y cayendo en dos mitades sobre los hombros como una cascada de fuego. No recordaba su nombre, ni su rostro, pero si recordaba la pasión ardiente de sus caricias entre las sabanas tibias del lecho. De hecho todas sus amantes tenían la misma cara, solo variaban sus nombres, sus edades y el color de sus cabellos, pero para él todas eran iguales, había pensado en aquella como hubiese podido pensar en  cualquier otra, quizás había sido la última:

Aquello le asustó…¿cuando había sido la última vez que había estado con una mujer?…Se sobresaltó alarmado y olvidó de inmediato la retirada del rey francés, los barcos que se alejaban, el calor y toda la campaña corta los musulmanes, era como si su cuerpo se hubiese despertado de repente después de una gran pesadilla, en la que solo habían sido los protagonistas la guerra y el sufrimiento. Tenía que encontrar una mujer, fuese como fuese… necesitaba el contacto de una piel femenina, el calor de una pasión aunque fuese efímera y comprada… y dando media vuelta abandonó aquel lugar dirigiéndose a su tienda con pasos rápidos y decididos.

Saladino vestía sencillamente, no bebía más que agua y oraba con exactitud a las horas señaladas. Casto para Musulmán, sabía dominar sus pasiones hasta el punto que le convenía para avasallar a los demás. Aunque su lectura favorita era el Corán, que leía hasta a caballo mientras guiaba sus tropas al ataque, era un hombre culto que conocía la lengua de los ingleses.

Después de haber leído el mensaje que le trajo uno de sus escuderos, sonrió satisfecho mirando el papel entre sus manos. Aquella carta le daba una magnifica ocasión de dar una lección al orgulloso Ricardo. Había tratado de descubrir inútilmente cual podía ser el punto débil de su especial enemigo y ahora sin ningún esfuerzo la solución había llegado milagrosamente escrita por él mismo.

Se dio cuenta de que el ingles había contraído una nueva enfermedad, la lascivia y dijo en voz alta: Le ayudaré a curarse, de la misma manera que lo hice cuando contrajo el paludismo.- añadiendo después en un susurro para que el escudero no pudiera oírle.- Pero esta vez el remedio acabará con él…

Se suspendieron todas las escaramuzas durante unos días para celebrar torneos festivos en honor a la heroicidad de Ricardo, a los cuales fueron invitados los mahometanos con todas las cortesías caballerescas propias de estos actos y se ostentó una relajación suntuosa, donde trescientas mujeres llegaron de Chipre para hacer alarde y tráfico de sus encantos.

Entre ellas una, la más exquisita, fue escogida especialmente por Saladino para ser destinada a Ricardo. Este, satisfecho, no quiso verla antes de tiempo, confiaba en el buen gusto de su rival y anfitrión y esperó pacientemente a que acabase la fiesta, para conocerla. Cuando llegó la noche y se retiró a su lujosa tienda  encontró a la mujer esperándole…

La cruzada continuó de nuevo a partir de aquel día, las flechas de los musulmanes se clavaban en los escudos de cuero de los soldados cristianos, dándoles un grotesco aspecto de puerco-espín. Ya no era una devoción ciega lo que impulsaba a cometer tales empresas, sino los sentimientos de la caballería, sucediendo que al día siguiente de una encarnizada batalla, se veían sentados en la misma mesa al Ingles y al Curdo y se prodigaba al prisionero tantos miramientos como golpes había recibido al caer del caballo.

A pesar de que los musulmanes defendían la ciudad de Tolemaida como el león defiende su guarida de otro león extranjero, ésta capituló al fin y Ricardo pidió a Saladino. como vencedor, restituir el madero de la Cruz y 600.000 prisioneros, a parte de 200 monedas de oro.  Accedió el sultán, pero Ricardo no se sintió todavía satisfecho y pidió también algo más, a la hermosa mujer que cada noche compartía su lecho. Insólitamente esto le fue negado y como el rey ingles insistió, siguió recibiendo negativa tras negativa.

Un anochecer noche la bella chipriota dejó de acudir a la cita, Ricardo la aguardó en vano noche tras noche y cuando comprendió que ya nunca volvería verla, quiso vengarse de Saladino y en su desesperación hizo degollar a 2.000 musulmanes desarmados.

Ninguno de sus hombres comprendió aquella actitud  tan inesperada y cruel. Parecía como si el odio y la ambición se hubiesen apoderado de él desde la noche que durmió por vez primera con la desconocida, aquella mujer que le aguardaba en la intimidad de su tienda y que había seguido aguardándole  durante toda la campaña.

Era la primera vez en la vida del joven rey Ricardo que una amante no era desbancada rápidamente por otra y sus allegados se preguntaban que clase de mujer sería la que había ejercido semejante fascinación sobre él rey, pero nadie la había visto nunca porque cada mañana abandonaba los aposentos reales completamente oculta por un velo que la cubría hasta los pies. Solo Saladino parecía conocer el secreto y a medida que iba viendo como el ingles, a pesar de las asombrosas proezas en el campo de batalla, perdía  la estimación y el amor de los Cruzados, se sentía más y más satisfecho.

Ricardo se dio cuenta al fin de que aquella mujer era precisamente la venganza cruel del musulmán. El rey de Inglaterra admirado y victorioso, temido por tantos hombres y deseado por tantas mujeres debía renunciar por primera vez en su vida a la única de la que se había enamorado

En Inglaterra había estallado la rebelión a causa de su hermano que intentaba arrebatarle el trono y esto fue decisivo para determinar la partida. Ya en la nave que debía trasladarle a Europa, el rey miró por última vez a Palestina y se cubrió los ojos con la cota de mallas exclamando:

Señor Dios, no vea yo tu tierra Santa, pues no me es dado liberar de los infieles a la ciudad de Jerusalén… añadiendo por lo bajo, como una vez hiciera también Saladino ante su escudero: Ni merezca yo vivir porque no me es dado liberar tampoco a la mujer que amo.

Como si la suerte le hubiese girado definitivamente la espalda, la nave que le trasladaba de vuelta a su país naufragó en el mar Adriático y el rey fue capturado y hecho prisionero, perdiendo a la vez su amor, su fortuna y su libertad.

Tras pagar un enorme rescate que acabó de arruinar a sus súbditos, Ricardo consiguió finalmente regresar a Inglaterra y como si Dios hubiera escuchado la plegaria, no tardó en morir de una herida de flecha que el mismo se arrancó del pecho, negándose después a ser curado.

Aquella humilde flecha procedente de una mano desconocida, logró lo que no habían conseguido los ejércitos de Saladino. Pero Ricardo sabía que, indirectamente, había sido el musulmán quien había disparado contra su corazón, hiriéndole de muerte al obligarle a dejar a la única mujer que había amado y cuyo nombre permaneció oculto para siempre .

 

Juan, la leyenda

diciembre 22, 2010 under Relatos de Historia

 

A menudo estaba ocioso. La sola ocupación del conde Ricardo era fortificar más y más su castillo, robustecer su caballo y reparar su armadura, porque la batalla y el botín no eran mas que excepciones. La administración era sencilla, los campos estaban cultivados por los aldeanos, la industria se hallaba a cargo de los siervos y las letras abandonadas a los monjes, a los cuales enviaba periódicamente regalos para que siguieran orando y estudiando.

El conde Ricardo debía pues correr aventuras sino quería morirse de aburrimiento junto a la familia, jugando al ajedrez o a los dados en los salones inmensos, mientras los juglares entonaban canciones al son de una bandurria. Y así pasaba la mayor parte de su tiempo, planeando partidas de caza, andanzas de saqueo a feudos vecinos o peregrinaciones a lugares sagrados. Lo importante era hacer algo emocionante, fuese lo que fuese, para poder arrancarle de aquella ociosidad interminable.

En una de las torres del castillo, con ventanas abiertas a los cuatro vientos, estaba el centinela que cada día anunciaba con el sonido del cuerno, anunciaba la hora del amanecer a fin de que los vasallos comenzaran su tarea y también a veces la aproximación del enemigo, para que los hombres de armas se dispusieran a la defensa. Aquel día cuando el centinela divisó a un hombre que se acercaba a caballo dio rápidamente la voz de alarma.

Juan se detuvo frente a la muralla del castillo obedeciendo la orden de alto.

Había llegado hasta allí animado con la idea de pedir protección al conde y hacerse su vasallo. Era un pequeño noble propietario de tierras y no tenía ni castillo ni medios para defenderse a sí mismo. No tener protector en aquella sociedad que no conocía más ley que la fuerza, era demasiado peligroso, sobre todo después de las últimas invasiones de aquellos hombres terribles procedentes del norte de Europa y a pesar de que apreciaba su libertad, no tenía interés en seguir siendo un hombre libre.

Y así se lo hizo saber al centinela, que le interceptó el paso clavando la punta inferior de su escudo en el suelo. Éste después de escucharle atentamente le indicó que se no avanzara y se apresuró a comunicarlo a su compañero de armas, quien a su vez, lo dijo a otro y así sucesivamente, hasta hacer llegar la petición de Juan a la guardia personal del conde Ricardo.

Dentro del castillo, en una de las piezas construidas especialmente para las damas de la nobleza, las tres hermanas del conde escuchaban una canción de labios de un apuesto trovador. Las palabras del joven arrancaban lágrimas de sus ojos, al mismo tiempo que las notas de su laúd.

Estaban sentadas entorno a la inmensa chimenea y rodeadas de armaduras, que pendían en medio de los escudos colgados en las paredes del gran salón. Iban vestidas con parecida túnica talar, cuyas mangas eran tan extremadamente largas que casi rozaban el suelo, y llevaban sobre los hombros un manto recogido por unos broches. Cada uno de ellos tenía una forma distinta: el de Odelina era en forma de corona, el de Elisenda de guirnalda y el de Juana de flor. Los cabellos de las tres estaban cubiertos por velos de distintos colores que hacían juego con sus túnicas: verde para Odelina, azul para Elisenda y rojo para Juana, pero aunque las tres mujeres vestían de un modo muy similar eran muy distintas entre sí, no sólo en edad.

Odelina era la más joven pero la menos agraciada. Juana la mayor, era en cambio la más hermosa y Elisenda no era ni tan joven como Odelina, ni tan hermosa como Juana, pero tenía un encanto especial que no poseía la mayor con toda su belleza, ni la menor con su radiante juventud.

Ella fue la que escuchó el grito de alto del centinela y se apresuró a correr al ventanal que daba al patio. Aunque la altura era considerable pudo distinguir la silueta de Juan hablando con la guardia del puente. Hacía tanto tiempo que sus ojos no veían un rostro desconocido que se quedó un rato mirándole con curiosidad y entonces la casualidad o quizás el destino hizo que Juan levantase la vista hacia lo alto y la viese también. Los dos se quedaron sorprendidos al descubrirse mutuamente y se observaron con atención, la distancia que los separaba desfiguraba sus facciones pero ambos tuvieron un sentimiento común, la convicción inexplicable de que ya se habían visto antes.

La sensación era extraña por lo imposible, la condesa no había salido nunca del castillo, con la excepción de asistir a los torneos que su hermano organizaba con los senderos de los feudos vecinos y cuando el enemigo atacaba y los vasallos se refugiaban dentro del castillo a las hermanas no les era permitido salir de sus habitaciones. Un pensamiento inesperado la asaltó, solo podía haber conocido a aquel hombre en sueños y se ruborizó mientras abandonaba el ventanal con precipitación.

Juan se sintió decepcionado y confuso, hubiera deseado seguir contemplando a aquella joven vestida de azul, no había podido ver bien su rostro, pero sentía que la conocía y no comprendía donde podía haberla visto antes, porque sus tierras estaban bastante alejadas de allí. Curiosamente tuvo el mismo pensamiento que Elisenda: quizás la había conocido en sueños y se quedó pensativo mirando el balcón vacío durante largo rato, hasta que el centinela volvió y le hizo saber que el señor conde accedía a su petición de vasallaje y que dentro de tres días debía volver para el acto de homenaje e investidura.

Mientras su caballo bajaba lentamente el difícil acceso de la escarpada montaña, Juan iba pensando que, aunque compartiera con el conde los beneficios de sus tierras, no cultivaría más que las que siempre habían sido suyas y podría seguir legándolas a sus descendientes. El contrato era ventajoso porque a cambio podría vivir protegido en el castillo en tiempo de guerra. No se arrepentía de su decisión y además, sonrío esperanzado, quizás pronto, podría volver a ver a la dama de azul que había visto en el balcón. Y mientras iba meditando en todo aquello, poco a poco, se fue alejando por el camino.

Uno de los centinelas de la guardia cortejaba a la sirvienta de la dama y por ella se enteró Elisenda que aquel hombre desconocido iba a ser nombrado vasallo, así como del día y de la hora en que tendría lugar la ceremonia ritual de investidura. La muchacha sentía una gran curiosidad por verle más cerca, no comprendía porque había reaccionado de aquel modo tan extraño al verle desde el balcón y quería averiguar la causa, quizás si conseguía mirarle a los ojos encontraría la respuesta a aquel misterio.

Elisenda no pudo dormir bien durante las noches que precedieron a la fecha señalada y por las mañanas se levantaba con la sensación de haber soñado con el desconocido, pero nunca podía recordar su sueño. Aquello le producía mucho desasosiego porque estaba segura de que en ellos se encontraba la clave a todas las incógnitas. Nunca había estado enamorada, pero conocía bien los síntomas, los había escuchado mil veces en las canciones que los trovadores cantaban para distraer a los habitantes del castillo durante sus largas horas de ocio. Ahora con asombro se daba cuenta de que los estaba experimentando en sí misma y tenía la intima e inconfesable convicción de que aquella cara que no había podido ver, correspondía a la del hombre que amaba.

 

El día de la ceremonia Juan, a lomos de su caballo, fue rodeando el camino de ronda que se extendía a todo lo largo de la muralla, después se dirigió al puente que se alzaba sobre el profundo foso y entró en el recinto del castillo. Atravesó seguidamente el gran patio hasta llegar a la torre de homenaje donde residía su futuro señor. Nadie preguntó su nombre, el conde lo esperaba y todos lo sabían.

Escoltado por dos soldados subió por las escalinatas de piedra iluminada por antorchas. Vestía el traje del pueblo, pero algo en su porte le confería una distinción natural, que no la da el nacimiento sino el carácter, pues era alto y esbelto y vestido de otra forma podía haber parecido un príncipe.

Eso es lo que pensó Elisenda, que se había escondido en uno de los huecos de la escalera para verle pasar, pero tampoco esta vez pudo ver su rostro, sólo sus cabellos, que caían largos, sobre los hombros y que le sorprendieron porque eran del color de la cenizas.

Juan ignoraba que era observado, estaba nervioso y no había dejado de preguntarse si su estado de ánimo se debía al hecho de la ceremonia que iba tener lugar, o quizás a que volvería ver la dama desconocida. Avanzaba por las escaleras adaptándose al paso de los soldados, que iban armados con lanzas adornadas con flecos.

Por fin, llegaron a la espaciosa sala donde el conde les aguardaba, rodeado de sus pajes, sus hombres de armas, sus siervos y sus familiares.

Cabezas de jabalís y de lobos o aguiluchos clavados en las puertas de hierro, cuernos de ciervos y de cabritos en las paredes, indicaban las sanguinarias diversiones del señor. En el interior del amplio y desabrigado salón, las armaduras, lanzones, alabardas y mazas ferradas pendían por todas partes. Juan dirigió su mirada hacia las dos mujeres que discretamente estaban sentadas en segundo término y sus ojos se ensombrecieron, la dama vestida de azul no estaba entre ellas.

Avanzó hasta encontrarse delante del conde y se arrodilló ante él con respeto. El noble feudal se levantó entonces de su enorme sillón y adelantándose hasta donde se encontraba, cogió sus manos entre las suyas. Sin más preámbulo, Juan repitió entonces el juramento de fidelidad:

Desde ahora en adelante soy vuestro hombre ligio, con mi vida y con mis miembros, en todo tiempo os consagraré honor y fe, por las tierras que de Vos tengo.

Después extendió la mano sobre un libro sagrado añadiendo:

Señor os seré fiel y leal, os guardare mi fe por las tierras que os pido. Os prestaré lealmente las costumbres y los servicios que os debo, así sean en mi ayuda Dios y los Santos.

Cuando terminó besó el Evangelio y se levantó sin volver a ejecutar ningún acto de humildad. Entonces, el conde le dio la investidura entregándole una rama de árbol que representaba las tierras que le confiaba y mediante la cual consideraba al nuevo vasallo en un hombre suyo.

Después de aquello se dio por terminada la sencilla ceremonia y el conde se retiró del salón con dignidad, dejando a Juan solo en el centro del mismo. Ninguna palabra se había intercambiado entre ellos, sólo se había ejecutado lo estrictamente necesario.

Escoltado nuevamente por la guardia, iba ya Juan a abandonar el salón decepcionado por la ausencia de su dama, cuando la vio.

Su silueta se recortaba limpiamente sobre los oscuros tapices bordados que colgaban de las paredes. Las múltiples velas que iluminaban la estancia parecían dar un brillo dorado a su piel y a sus cabellos, hasta el punto que le pareció una princesa digna de los mejores libros de caballería que él solía leer a veces.

Todo lo que les rodeaba dejó de tener importancia y desaparecer, sentía la alegría de un reencuentro. Siguió caminando hasta situarse frente a ella, entonces se detuvo y ambos permanecieron mirándose en silencio, fue sólo un instante, pero para los dos pareció abarcar el infinito.

Después un soldado se acercó y empujó con decisión a Juan para que continuase la marcha, éste volvió bruscamente a la realidad y pasó por su lado casi rozándola. La joven se estremeció ante su proximidad, hubiera deseado hacer algo para retenerle pero no le era permitido hablarle y vio como Juan desaparecía del salón escoltado por los soldados de su hermano el conde.

 

Aquella mañana, se presentía un ataque inminente por parte del señor del feudo vecino y el castillo era todo febril actividad. Las damas estaban ocupadas en poner plumas a las flechas y muescas a los arcos. En otra habitación se pulían las espadas, escudos, yelmos, martillos y toda clase de armas de hierro, de cobre, de cuerno y de cuero.

De repente se oyó el sonido de la campana de la atalaya e inmediatamente cundió la voz de alerta y las armas de adorno se convirtieron en armas de veras. Multitud de soldados corrieron a las almenas y a las barbacanas y cientos de personas, hombres, mujeres y niños acompañados de animales de todas clases y gran parte de sus pertenencias, corrieron en dirección al castillo para ponerse a salvo. Eran los habitantes de las humildes cabañas, entre las cuales el gran edificio construido en piedra maciza y torres redondas, se alzaba como un gigante omnipotente y poderoso. Una vez entrado todos en el recinto se alzaron los puentes, se bajaron los rastrillos y todos los hombres se dispusieron a la lucha.

En el interior del castillo se encontraban las provisiones necesarias para comer y para guerrear. Juan se quedó admirado de ver todo aquella abundancia: por todas partes se veían vajillas de plata y copas de cobre, chimeneas de doce pies de anchura para sostener troncos de muchos años, calderas capaces de contener medio ternero y asadores en que daba la vuelta un jabato entero.

Había enormes mesas con decenas de cántaros de vino, hornos para cocer a un tiempo cien panes, sartenes de centenares de huevos, bodegas, guardarropas, lecherías, despensas, fruteras que rebosaban. No se necesitaba menos para tantos escuderos, halconeros, pajes, conductores, siervos, jardineros, peleteros, porteros, soldados y centinelas y también peregrinos que permanecían allí en tiempo indefinido.

Con todas aquellas gentes diversas deambulando en el interior del castillo y otras tantas peleando sin tregua en el exterior, no fue extraño que en la confusión Juan y Elisenda se encontraran de nuevo, pero para que esto sucediera, tuvo que intervenir algo más que la casualidad.

Elisenda había conseguido escapar de sus habitaciones vestida con el traje de su sirvienta, deseaba encontrar a Juan y se mezclaba con la gente del pueblo sin que nadie reparase en ella. El joven había sido herido en la contienda y se hallaba tendido en uno de los grandes salones del castillo. La muchacha le vio y se acercó a él para auxiliarle. Juan no se sorprendió al verla, pues la esperaba.

Elisenda desgarró la falda de su vestido e improvisó unos vendajes con los que intentó detener la sangre que manaba en abundancia de la herida y Juan sin poder contener más el amor que le desbordaba cogió aquellas manos entre las suyas y las besó. Fue en aquel momento cuando el conde, acompañado por algunos soldados hizo su aparición en la estancia y los vio. La joven intentó ocultar su rostro bajo su manto, pero fue inútil, Ricardo la había reconocido.

Elisenda intentó explicar lo inexplicable, pero su hermano no atendió a razones. Inmediatamente, el conde dio orden a sus soldados de detener a Juan y encarcelarlo, las pruebas eran innegables, ella no debía de estar allí vestida con aquellas ropas y Juan, como vasallo, nunca debía haber besado las manos de la hermana de su señor.

En el exterior, la contienda parecía haber llegado a su fin, había sido una pequeña escaramuza por el simple placer de guerrear, pronto las gentes abandonarían el castillo y todo volvería a la normalidad. Ricardo pensó en las horas de tedio que seguirían después de la batalla y no pudo evitar la satisfacción que aquel incidente inesperado le deparaba. Había encontrado la solución a sus próximas horas de aburrimiento…

 

Ante el tribunal Eclesiástico, Elisenda se defendió a si misma con vehemencia. Declaró que no podía permanecer aislada en sus habitaciones escuchando los gritos de dolor de los moribundos y se había puesto las ropas de su sirvienta para poder salir de ellas y ayudar a los heridos.

Juan alegó que había correspondido a la caritativa ayuda de la dama con un espontáneo gesto de agradecimiento. Ambos se declararon inocentes de cualquier pecado de concupiscencia contra Dios o de deslealtad hacia su señor y hermano, el noble conde Ricardo, y juraron sobre la Biblia la veracidad de sus palabras. Los jueces, sin saber donde estaba la verdad, admitieron que era preferible dejar que Dios omnipotente hiciera prevalecer la justicia.

El Juicio de Dios consistía en probar la inocencia de los reos, sometiéndolos a la prueba del hierro candente. Si las quemaduras hechas en los brazos de los culpables cicatrizaban en menos de una semana, esto probaría que ambos decían la verdad, en caso contrario Juan sería condenado a morir vivo en la hoguera y Elisenda ingresaría en un convento para el resto de su vida.

Los jóvenes lloraron amargamente al conocer la decisión del Tribunal. Los dos sabían el triste final que les aguardaba: las heridas producidas por el hierro al rojo vivo nunca podrían cicatrizar en tan corto periodo de tiempo. Y aquella noche, con la inexplicable comunicación que siempre les había unido, ambos tuvieron el mismo sueño, decidieron ante la imposibilidad de unir sus cuerpos en la vida, unir sus almas para siempre en la muerte.

Años después, los trovadores popularizaron en sus cantos el amor de Juan y de Elisenda y los extendieron por toda Europa como un póstumo homenaje a aquellos amantes que nunca pudieron serlo.

 

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Meisuna, el amor

noviembre 28, 2010 under Relatos de Historia

 

Meisuna, aquella noche estaba más hermosa que nunca, su belleza resaltaba en los rubíes y esmeraldas que se engarzaban formando collares en su cuello, ajorcas en sus tobillos, brazaletes en sus brazos y anillos en sus dedos. Sus párpados oscurecidos con finísimo polvo de khol, enmarcaban unos grandes ojos negros, atentos a cualquier movimiento.

Era una mujer a quien la vida le había dado mucho y aquella danza solitaria en la noche era un acto de gracias por su propia existencia.

Dejó de bailar cuando la luna estaba ya en lo alto y permaneció inmóvil y jadeante, solo entonces, apareció quien ella esperaba. Su  silueta medio oculta entre los árboles estaba de espaldas, cubierta por una sencilla chupa de color negro y tenía la complexión de un hombre alto y joven. Los cabellos del color del trigo eran tan largos que casi rozaban sus hombros.

Meisuna le llamó en voz baja y aunque él no pudo oírla, se giró como si la hubiese escuchado, entonces, ella corrió hacia él y se precipitó en sus brazos. Los rizos oscuros de la mujer se entremezclaron con los del hombre y el velo que cubría su rostro cayó al suelo y se enroscó entre sus piernas, agitado por el viento como si fuera una serpiente. Meisuna era musulmana y Rodrigo cristiano.

Todo había comenzado hacía ya tiempo; el joven mozárabe era uno de los cuidadores del jardín del Palacio donde Meisuna solía pasear  rodeada de otras damas de la corte y en el momento en que sus ojos se encontraron por primera vez, ya no pudieron renunciar a verse de nuevo.

Desde aquel día, las palmeras y las fuentes fueron testigos de sus encuentros clandestinos y el jardín, escondiéndoles en sus rincones, se convirtió en su cómplice. Así los dos enamorados pudieron vivir en secreto sus horas de amor.

Meisuna no comprendía porque Rodrigo no la desposaba, ella no le pediría nunca que renunciase a su religión, sólo sus hijos estarían obligados a seguir el islamismo según la ley.

Cada vez que el muecín, desde el minarete, llamaba a los fieles a la oración, Meisuna oraba también desde sus habitaciones al mismo tiempo que los hombres en la mezquita. Tenía una gran fe y sabía que su Dios no podía defraudarla, sólo le pedía a Alah desposar a Rodrigo. Su Dios era el único suficientemente grande para comprenderla y escucharla. Deseaba ser su esposa, cómo y de qué manera Alah lo consiguiese, lo dejaba en sus manos.

Al igual que los varones musulmanes obligados por su religión a recitar las cinco oraciones cotidianas y las abluciones rituales, ella se volvía en dirección a La Meca y se postraba dos o tres veces en el suelo, después se arrodillaba descalza cara al nimbar, una especie de púlpito donde solía escucharse las palabras del profeta Mahoma. Para todo árabe, el templo no es la morada de Dios, sino un lugar dedicado a la oración, y aunque ella nunca había estado allí, podía imaginar el decorado interior de la mezquita desbordante de fantasía, con figuras geométricas de animales, plantas y flores entrelazadas.

Rodrigo en cambio, se sentía insignificante y avergonzado delante de la imagen de Jesús crucificado. No quería hacer como la mayoría de los campesinos que habían olvidado el cristianismo para hacerse musulmanes. Rodrigo seguía practicando la fe de sus padres fieles a su religión y a la cultura visigoda. Solía ir a la iglesia a menudo, aunque desde la invasión musulmana, la mayoría de ellas habían sido convertidas en mezquitas y los ritos se celebraban sólo dentro de los templos sin ninguna pompa exterior, a veces, ni siquiera estaba permitido tocar las campanas.

También pedía lo mismo que Meisuna, pero él sabía que aquella sola petición ofendía al Señor, puesto que su amor por una infiel era un sentimiento de pecado y después de haber formulando su deseo pedía perdón.

Como si los dos dioses de ambos tampoco se pusieran de acuerdo, el amor del cristiano y la musulmana languidecía en los jardines del palacio, entre los murmullos del agua de las fuentes, la fragancia de las flores y el susurro de las hojas de las palmeras estremecidas por el cálido viento del sur.

- Rodrigo.- susurraba  Meisuna. Mi Dios, no se parece al tuyo, que es intolerante y cruel. Mi Dios es benévolo y justo, no juzga ni condena, sólo comprende. Él sabe que nos amamos y Él, que sólo es amor, nos bendice. Rodrigo la escuchaba y admiraba su fe en aquel dios tan distinto al suyo y también la envidiaba, porque ella podía vivir en paz consigo misma y él se atormentaba continuamente con remordimientos.

Entre los cristianos, la devoción a la Virgen corría paralela a la devoción a la dama. Rodrigo experimentaba la sensación de estar ofendiendo a Jesús en la persona de su Madre y a la vez estar traicionando a María con otra mujer. Nada de lo que le podía decir su compañera podía aliviar aquella sensación de amargura que le impedía disfrutar completamente de su amor.

Meisuna nunca pensó que sería destronada por una rival de aquel calibre. Hubiera podido luchar con otra mujer, pero no contra la madre del Dios de los cristianos y a pesar de su confianza en Alah, a veces se sentía desalentada. Hasta que un día tomó una decisión: iría a encontrarse, cara a cara, con la Virgen y le pediría que ya que ella poseía a todos los hombres cristianos de la Tierra, le cediese a Rodrigo para ella sola.

Así se lo comunicó a Rodrigo. No fue fácil convencerle para que accediese a que le acompañara a su iglesia. Meisuna era una infiel y las puertas del templo estaban cerradas para ella, como para él estaban cerradas las de la mezquita; sin embargo tanto y tanto insistió, tantas y tantas fueron sus súplicas, que al final consiguió su propósito.

Para evitar ser reconocida, Meisuna, se vistió como las mujeres del pueblo, con camisa, pantalones y un manto de vivos colores sobre los hombros y así disfrazada se reunió con Rodrigo muy temprano no lejos del Palacio.

Las calles de la ciudad todavía estaban iluminadas. Córdoba se había convertido bajo el mandato de Abderramán III en la ciudad más rica y poderosa de Europa. Allí vivían medio millón de almas y sobre todos ellos gobernaba el Emir, cuya autoridad política y religiosa era absoluta.

Caminaron entre los numerosos edificios de ladrillo adornados con arcos de herradura que los árabes habían adaptado de los visigodos. Las figuras del cristiano y la musulmana pasaban desapercibidas entre las gentes que, a pesar de la temprana hora, inundaban las calles.

Tres mil mezquitas se alzaban altivas hacia el cielo, un gran número de bibliotecas y trescientas casas de baños estaban a la disposición de los ciudadanos. La sociedad de Al Andalus, como los árabes llamaban a la península Ibérica, presentaba una gran riqueza de etnias. La nobleza de sangre estaba representada por los invasores musulmanes, que poseían grandes latifundios en el valle del Guadalquivir; los altos cargos de la administración y el ejército eran ocupados por grupos originarios de Europa central; también había una gran mayoría de beréberes dedicados a la ganadería, y un considerable número de judíos que habitaban en todas las ciudades. Finalmente, los hispano godos, burguesía urbana, que junto con la plebe y una masa de campesinos y artesanos, constituían la población sometida y estaban divididos en dos posiciones opuestas: los que habían decidido convertirse al islamismo por miedo o por conveniencia, y los que, como Rodrigo, preferían conservar las formas cristianas primitivas.

A los primeros, los árabes les llamaban renegados y los despreciaban, a los segundos se les daba el nombre de mozárabes y eran víctimas de toda clase de vejaciones que éstos soportaban estoicamente por considerar como un honor y una gloria ser escarnecidos por los infieles. Los vencidos estaban excluidos del servicio militar, aunque no se distinguían de los invasores, porque según el Corán todo musulmán es un soldado y así, ningún árabe llevaba uniforme.

Ya en el interior de la iglesia, y antes de que Rodrigo le indicase el lugar, Meisuna se detuvo instintivamente frente a uno de los altares llena de inquietud. La Virgen aparecía ante ella, mirándola con serenidad y ante aquella mirada la musulmana se tranquilizó. La Madre del Dios de los cristianos le parecía muy distinta a como ella la había imaginado. No era soberbia ni altiva, sino todo lo contrario, dulce y modesta, y había algo en el fondo de aquellos ojos tan tristes que parecía atravesar su alma como un dardo. Comprendió que también ella era una mujer que sufría por amor y observó con ternura el niño que llevaba entre sus brazos.

Entonces ocurrió algo inesperado. La cara de la mujer árabe se iluminó con la misma comprensión que emanaba de los ojos de la Imagen cristiana y con voz alta y segura pronunció estas palabras:

- Si tú fuiste capaz de renunciar a tu propio hijo por amor, me doy cuenta que yo tampoco podría retener a mi lado a Rodrigo en contra de su propia voluntad.

El último eco de aquellas palabras se acalló engullido entre las piedras de la iglesia y el gran peso que Rodrigo sentía en su alma dividida desapareció. Meisuna había decidido. Miró a su vez a la Virgen, esperando una inspiración parecida a la que había penetrado en el corazón de la musulmana y entonces el rostro de la Imagen resplandeció con una luz especial que nunca supo si emanaba de ella o de su propia fe. Rodrigo y Meisuna no escucharon estas palabras con los oídos del cuerpo sino con los del alma: Dios nada puede contra el amor verdadero, porque Dios, como quiera que se le llame, es Amor. Ambos se cogieron de las manos y salieron de la iglesia muy juntos para no separarse más. Habían entendido el mensaje

 

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Einar, la mitología

noviembre 1, 2010 under Relatos de Historia

 

 

Einar la miraba orgulloso desde la playa y sus ojos, que parecían copiar el color del cielo, brillaban de orgullo. Su nave era lo único que amaba en éste mundo. El viento helado de la costa nórdica agitaba sus cabellos partidos en dos gruesas trenzas, de un rubio tan pálido como el sol que parecía dormir sobre la línea del horizonte del mar en calma.

La tripulación le había escogido jefe de la nave por votación unánime y una vez elegido, todos le habían jurado obediencia y seguirían su disciplina a rajatabla; sólo si no fuese capaz de llevar a buen término la empresa, sería depuesto o simplemente abandonado por sus compañeros que elegirían un nuevo comandante.

Hacía tres noches Einar había hablado con Odin, el Dios padre y soberano de todos los dioses, espíritu universal y esencia de la vida. Se le había aparecido en el interior de su casa, al pie de su lecho de madera mientras dormía, iba vestido con su manto azul y montado en su caballo Splenir de ocho patas, armado de lanza y coraza. En sus hombros se posaban los dos cuervos que siempre le acompañaban, Hugin y Munin y en su cara envejecida de luengas barbas blancas destacaba inquietante su único ojo.

Odin le comunicó que había estado en contacto con su padre, el gran jefe guerrero Ragnar desaparecido hacía ya años en combate, para trasferirle el honor de ser el jefe de la próxima incursión a las costas del país vecino.

Einar sabía, como todos los vikingos, que Odin podía hablar con los muertos y no dudó que su propio padre le había designado desde el Walhalla, el cielo escandinavo, para ser su sucesor y el héroe de la próxima batalla.

Al día siguiente de haber recibido el mensaje del dios, fue elegido comandante de la tripulación del Skeid y aquel designio divino le daba toda la confianza en la victoria. Einar era pirata y guerrero, vivía del mar y para el mar como toda su gente; indomables navegantes sin prejuicios, siempre en busca de presa.

 

El día de la partida, Einar, se había puesto su traje de combate, la cota de malla y sobre los hombros un manto de piel. Su sangre inquieta vibraba ante la navegación, el punto culminante de su vida. No dejaba en tierra ni esposa, ni hijos porque ninguna mujer había podido apasionarlo más que su nave y Einar siempre le había sido fiel.

Con ella a la cabeza, los barcos vikingos abandonaron la playa envuelta en brumas y se adentraron lentamente en el mar. Las mujeres, los ancianos y los niños habían salido a despedirles. Con su partida, el poblado se quedaba sin hombres jóvenes, pero todos esperaban verles volver pronto cargados con un rico botín; mercaderías de todas clases y alimentos para el largo y frío invierno e incluso, a veces, también con esclavos oriundos de extraños países, porque los navegantes del norte eran feroces aventureros y no tenían prejuicios en robar lo que le interesaba en sus incursiones de rapiña, ni tampoco en matar, ni en destruir todo lo que se interponía a su paso.

Poco a poco las casas, bajas y macizas de aspecto sombrío, fueron empequeñe­ciéndose junto a sus dueños, y entonces Einar, desde su puesto de mando, pudo ver claramente como Frigg, la esposa favorita de Odin, símbolo de la tierra fecunda y de la felicidad conyugal, surgía de la bruma y extendía su manto cubriendo con él a todo el pueblo en señal de protección. También se dio cuenta de que el mismo Odin había adquirido la forma del viento e hinchaba las velas a favor con su aliento. Sonrió ampliamente dejando al descubierto dos hileras de dientes blancos, los dioses estaban a su favor e intuía la victoria y el éxito de la empresa.

Los barcos fueron alejándose hasta desaparecer en la lejanía, en una sinfonía de colores de velas salpicando el cielo, que poco a poco, también se confundieron con el gris azulado del mar.

Durante la travesía Einar estuvo planeando cuidadosamente su plan de ataque. El Skeid era un barco extremadamente ligero, había estado guardado todo el invierno en una dársena bien protegida, cubierto, untado de grasa y lleno de agua hasta su mitad, para navegar en verano. Una vez alcanzada la playa enemiga, no se limitarían a asaltar a los pueblos costeros, sino que cargarían a cuestas las naves y recorrerían largos trechos de tierra, para después volver a botar al agua las embarcaciones en el próximo río, de este modo, remontando la corriente, se internarían grandes distancias tierra adentro.

Y aquella noche soñó también con la victoria. No sólo traería víveres y mercancías a su pueblo, también conquistaría territorios nuevos que extenderían los límites del suyo. Sabía que podía contar con la complicidad de los dioses y la bendición de su padre Regnar, el guerrero más valiente de todos los tiempos de la historia de los países del norte.

 

En pleno combate contra el enemigo, a pie de un hermoso castillo que se alzaba como mudo testigo de la contienda feroz, Einar luchaba como un dios entre los hombres, mientras los aceros de las espadas aullaban en los oídos entremezclados con los gemidos de los heridos y los feroces gritos de los asaltantes. La hoja de su cuchillo estaba cubierta de la sangre de sus víctimas y el sudor del esfuerzo cubría por entero su cuerpo. No tenía miedo a morir, porque la muerte de un guerrero equivalía a una experiencia única, entrar en el Walhalla, la mansión de los bienaventurados, que no se abría más que a los héroes y eso hacía que su fuerza fuera inagotable y su espada invencible.

En lo alto y entre las nubes, Tyr, el dios de la guerra, combatía también al lado de Einar, con su espada mágica que se esgrimía por si sola. Más allá, muy cerca del sol, galopaban las walkirias en sus caballos celestes, hermosas vírgenes de rubios cabellos, quienes, de acuerdo con Odin, decidirían el final del combate y elegirían entre los caídos a los héroes que conducirían al Walhalla.

Aquella era la batalla final. El país asaltado, había sucumbido por entero a las feroces huestes de sus vikingos tal y como Einar había soñado, volvería triunfante a su pueblo y sería aclamado por todos como un Dios viviente…

Después de muchas horas de lucha, cuando en el campo de batalla apenas si quedaban supervivientes enemigos, una de la walkirias se acercó a lomos de su caballo blanco, Einar estaba a punto de hundir su espada en el vientre de su adversario cuando ella le miró, fue sólo un instante, pero el guerrero no pudo resistir la intensidad de aquellos ojos de un azul casi transparente. Aquello decidió su suerte, porque su adversario, aprovechando su momento de distracción, le atravesó el corazón de parte a parte…

Lo que sucedió después, nadie, a parte de los dos enamorados pudo verlo. La walkiria descabalgó y arrancó con sus propias manos la espada mortal. Después, cogiendo el cuerpo del guerrero entre sus fuertes brazos, lo montó a lomos de su caballo y partió veloz como el viento camino de la morada de los dioses. Einar había sido escogido entre todos para vivir en el Walhalla como un dios más y para poseer el amor de la bella amazona que le conducía.

Mientras ambos se remontaban en el cielo, Einar, pensó que pronto vería también a su padre que hacía años le aguardaba y se sintió rebosar de felicidad. Entonces, cuando ya estaba a punto de penetrar en el interior de una nube que parecía estallar de luz, miró hacia atrás y todavía pudo ver cómo sus compañeros de armas enterraban su cuerpo sin vida en su barco. Había mucha gente, todos cantaban canciones tristes y algunos lloraban. Era el funeral de un héroe vikingo. El suyo.

Minutos después, la nave con las velas desplegadas al viento ardía en el agua como una gigantesca antorcha… pero, Einar, ya no pudo ver nada más… estaba entrando en el Walhalla.

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Yaga, la sumisión

octubre 10, 2010 under Relatos de Historia

 

Bielborg, dios blanco de frente serena y faz radiante, tenía allí su culto. Llevaba un cuerno en la mano, que en los días solemnes se llenaba de vino para adivinar si seria mala o buena la cosecha; si el licor no disminuía, el pronóstico era favorable y entonces el sacerdote bebía el resto a la salud del pueblo.

Aquella tarde a sus pies, iba a celebrarse una ceremonia nupcial y Bieldorg con sus cuatro caras vueltas a cada zona del mundo y la espada en la cintura parecía esperar a los futuros desposados.

También Yaga esperaba impacientemente el momento de su enlace. Estaba sentada en un banco de madera, en medio de una estancia amplia y oscura, frente al fuego. El velo nupcial que la cubría no era suficiente abrigo para el crudo invierno de aquella región cercana al mar Báltico y aunque trepidaban unos leños en el hogar, estos se apagaban lentamente a medida que aumentaba el tiritar de su cuerpo bajo las ropas. Pero Yaga no sentía el frío porque la felicidad calentaba su corazón, se sentía dichosa porque se casaba profundamente enamorada.

La joven recordaba el momento en que fue raptada de la casa de sus padres, en otras épocas hubiera habido una negociación para efectuar el contrato matrimonial, pero los tiempos que corrían eran muy difíciles, la población había aumentado desproporcionadamente y reinaba una gran escasez para todos. Así pues el compromiso se había dispuesto mediante el rapto, que, según la tradición eslava, era una digna manera de solucionar la falta de dinero para la compra de la esposa.

Durante el tiempo que había permanecido en casa de sus suegros había sido tratada con los honores de un huésped, que era el mejor trato que nadie podía recibir, ya que el pueblo eslavo miraba la hospitalidad como un deber y el forastero obtenía siempre en la mesa los frutos mejores y el pescado más fresco, hasta llegar al punto de que si una familia se negaba a dar asilo a alguien, acudían otros miembros de la tribu a desbastar sus heredades y derribar su casa y cuando alguien no tenía con que honrar a un huésped, podía ir a robar los alimentos y muebles que necesitase sin recibir castigo.

Yaga sabía que nunca sería mejor considerada que entonces, después del matrimonio de convertiría en la víctima de los tiranos domésticos que constituían los maridos de las mujeres de su raza, tendría que trabajar como una bestia de labor en el hogar y en el campo, dormir semi desnuda sobre los ladrillos al lado de la cama matrimonial y seguir el cruel y triste destino de las mujeres de la tribu, arrojándose a la pira en que se quemaba el cuerpo del esposo, en signo de fidelidad y sumisión después de la muerte.

Una mujer entró en la habitación, era robusta y todavía joven pero envejecida por las repetidas maternidades. Con manos firmes y seguras descubrió la cabeza de Yaga del velo que aprisionaba sus cabellos, una suave mata de pelo cayó sobre las rodillas de la muchacha cubriéndolas casi por entero y entonces la mujer se acercó con una cuchilla que llevaba en la mano. Poco a poco al contacto del filo de la hoja, los mechones  fueron cayendo al suelo hasta formar una alfombra dorada a sus pies.

Cuando la mujer terminó su trabajo, Yaga llevo su mano a su cabellera, pero en su lugar solo halló el frío contacto de su piel desnuda y no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas, porque aunque sabía que aquello era parte imprescindible del ceremonial previo al casamiento, siempre se había sentido orgullosa de pelo largo y los iba a encontrar mucho a faltar. Después, la mujer volvió a colocarle el velo sobre la cabeza y ambas abandonaron la habitación camino del templo donde las esperaban los invitados a la boda.

Cuando la ceremonia hubo finalizado, Yaga se dispuso a recibir el baño de agua sagrada delante de la imagen de Sieba, diosa del amor y mientras el agua resbalaba por su frente, miró los largos cabellos de la imagen que constituía su único vestido y la cubría hasta las rodillas y sintió una feroz envidia recordando su hermosa cabellera sacrificada.

Después los novios fueron rociados con granos de trigo y los presentes les ofrendaron manzanas, a las que se atribuían virtudes afrodisíacas y un gallo, como símbolo de fecundidad.

Los hombres iban vestidos con pieles de lobos, osos y corderos, martas, ardillas y zorros y las mujeres con túnicas de lana, ceñidas a la cintura con cinturones de cuero con hebillas metálicas.

La danza y la música acompañaron al banquete, la comida había sido deliciosa, Verduras, especialmente coles, ajos y cebollas y carne de buey, todo condimentado con sal, miel y acompañado de cerveza. El plato especial lo constituía una hervida típica a base de cereales y pan de mijo. Después los novios y todos los asistentes comerían una magnifico pastel de bodas. Pero antes de que toda la ceremonia finalizase Yaga debía aún efectuar la última prueba ritual de sumisión al esposo.

Se situó frente a la mesa donde los comensales acababan de comer los últimos manjares y ante la expectación general y con gran humildad, comenzó a descalzar a su marido Yusuf, cuya altura gigantesca y músculos poderosos le hacían el más fuerte de todos los hombres de la tribu, cuando hubo terminado se incorporó y se dirigió a su segundo marido Afaz el más joven, con cara de niño, que tenía la piel suave como una mujer y cuyas mejillas sonrosadas eran todavía imberbes, a continuación le tocó el turno a su tercer marido Salour, el mayor de todos, serio y amigo de pocas palabras, en cuya oscura barba ya comenzaban a aparecer unos cuantas canas y por último se dirigió a Righul el más hermoso, de mirada clara, brillante e inteligente, su marido número cuatro y el hombre al que ella amaba y por el cual bendecía la suerte de haber sido la elegida como esposa común de todos y la madre de los hijos colectivos que de ellos tendría en el futuro.

Y pensó que aunque quizás algunas madres tenían razón al obedecer las ordenes de degollar a sus hijas al nacer, dado el triste destino que se abría ante los ojos de las mujeres, a ella el amor que sentía le hacia bendecir el haber nacido. Porque una noche de pasión junto a su amado, la compensaría de todas las otras noches que tendría que vivir con los maridos que no amaba.

 

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Yakimoto, las lágrimas

septiembre 10, 2010 under Relatos de Historia

 

Aunque vivía en el Japón, su abuela había venido de la China para enseñar a bordar a las mujeres de la corte y allí se casó con un hombre del país. Sus orígenes no eran un caso excepcional, porque desde hacía muchos años el Japón había vivido bajo la influencia cultural de China y los emperadores adoptaron su ceremonial hasta convertirse en un estado en funciones según el modelo chino.

Yakimoto tenía el honor de ser la encargada de confeccionar el atavío ceremonial para la corte imperial, que consistía en grandes túnicas bordadas de grifos, superpuestas unas sobre otras y todas ellas recubiertas de tanta pedrería, que hacían mover el divino cuerpo del llamado Hijo del Cielo con lentitudes de ídolo.

La joven se pasaba el día bordando en sus habitaciones, asociando el oro y la plata a los puntos de la seda, y creando como por arte de magia todo un mundo de flores, frutos, pájaros, mariposas, y paisajes enteros de luz delicada, de agua irisada o en calma, árboles inclinados por el viento y paisajes brillantes o brumosos…

Apenas si salía a la calle, ya que todo su mundo estaba dentro de las formas, los colores y la luces que sus dedos daban vida sobre las sedas, a los que sabían imprimir una perspectiva tal de relieve y realidad, que a veces a ella misma le parecía poder introducirse dentro de sus propias fantasías bordadas y pasear alegremente por los senderos bordeados de cerezos e incluso oler las fragancias de sus ramas en flor.

No se daba cuenta de que aquel mundo que creaban sus manos era su propia alma materializada sobre la seda y que cada mañana cuando comenzaba su labor, se reencontraba con sus sueños, sus deseos y sus tristezas ocultas que sobre las telas la aguardaban impacientes.

Yakimoyo era de pequeña estatura, cabeza redondeada y rostro ovalado, la nariz breve y la boca diminuta. Su piel tenía la textura y el color del marfil y su pelo con reflejos de azabache, caía partido por una raya, lacio y suelto rozando sus rodillas, cubriéndola como un manto de noche sin luna. Ya tenía dieciocho años y aunque todavía era joven, no lo era tanto como para permanecer soltera.

Había estado prometida por sus padres a un joven de noble estirpe, pero el compromiso se deshizo al ponerse éste al servicio del Emperador y hacerse samurai, aunque ella nunca había comprendido la decisión de Thai-shu, porque le amaba y creía ser correspondida por él.

Recordaba bien la palabras del joven cuando se despidió aquella tarde en la que todo el campo parecía estar envuelto por los colores de los ciruelos:

.-Amada mía, hoy vengo a verte por última vez…no te extrañes de mis palabras ni te entristezcas al oírlas, porque aunque te dejo, sólo lo hago para ir en busca de mi verdadero destino. Me he dado cuenta de que mi ideal es consagrarme en alma y cuerpo a mi Señor y de ahora en adelante solamente por él y para él viviré, y en mi código de honor como guerrero de caballería, esta excluida hasta la mujer que quiero, porque no puedo compartir a mi amo con nadie.-

Yakimoto le miró, sentía gran dificultad por comprender sus palabras. También su indumentaria le parecía extraña, ella nunca le había visto vestido así. Llevaba una sobrepelliz cuyas dos amplias alas se desplegaban sobre los hombros y unos pantalones holgadísimos que le llegaban hasta los tobillos, con muchos pliegues. Le parecía estar hablando con un desconocido y hasta le daba miedo mirarle y mucho más escuchar lo que le estaba diciendo.

Yakimoto sabía que los samuráis despreciaban la muerte, ya que ésta puede llegar en cualquier momento y que si faltan a las reglas del código de honor, tienen que pagar sus culpa con el suicidio ritual, el harakiri. Por eso los samurai habían adoptado la flor del cerezo para representar su vida breve pero gloriosa,  Y una flor de cerezo fue lo que el joven le ofreció como despedida a cambio de sus sueños de juventud, dando así por terminada la relación con su prometida. Desde entonces ella bordaba sin cansarse nunca y tal era la perfección de las telas que salían de sus manos, que su fama se extendió hasta palacio, convirtiéndose en  la bordadora de la corte.

Y así día tras día, la joven reencontraba sus sueños perdidos en el embrujo  de sus bordados, porque había conseguido transformar su amor en arte y dejaba pasar las estaciones del año una tras otra, concordando la tonalidad de cada indumento con los colores del campo que alcanzaba a ver desde su ventana. Colores de ciruelo en primavera, de azaleas en verano, de crisantemos amarillos o blancos en otoño, de troncos de pinos y hojas secas en invierno. Y así se daba cuenta de que el tiempo pasaba

El joven samurai salió del Palacio al amanecer montado en su caballo. Llevaba una pesada armadura sobre su indumento habitual, consistente en un casco, coraza, arco, hacha y como buen japonés consideraba como una verdadera joya, casi como a un dios, el sable que ceñía en su costado.

Desde que entró al servicio de su señor Sho-Toku, no había vuelto a acordarse más de Yakimoto, pero el día anterior reconoció en la vestidura escarlata del Emperador los bordados creados por las manos de la joven y como si pudiera leer en ellos como en un libro, el samurai comprendió que la muchacha no le había olvidado y continuaba viviendo su historia de amor y esperaba su vuelta. Nunca le había explicado el porque de su repentino cambio y aquello le hizo reflexionar sobre si tal vez debía revelarle la verdadera imagen de si mismo, para que ella pudiese librarse de su recuerdo y olvidarle para siempre.

El viento azotaba su rostro mientras galopaba debatiéndose entre estos pensamientos. Nadie sabía su secreto y nadie debería saberlo nunca, ni siquiera su propio Señor, por el que estaba dispuesto a dar la vida y que además, era la causa y la razón de su propio destino.

Galopó sin rumbo durante toda la noche hasta que las primeras luces del amanecer comenzaron a teñir de púrpura el horizonte, entonces se detuvo y contempló la silueta del gran volcán que como un gigante aparentemente dormido amenazaba siempre despertar en cualquier momento.

Sin descabalgar del caballo, permaneció observando el hermoso cuadro que se ofrecía ante su vista durante largo rato, pensó que pronto llegaría la estación de las lluvias y que durante meses el agua no dejaría de caer del cielo enriqueciendo los manantiales para llegar finalmente hasta aquel mar tan bello y peligroso rodeado de escollos que  protegían las costas con la misma fiereza y amor como él protegía a su Señor.

Pero ya no estaría allí para verlo. Había tomado una decisión, le confesaría a la joven el porque de su abandono, le diría que no había sido el ideal de virilidad y valentía lo que había impulsado a consagrar su vida a su amo, sino un incontenible impulso de amor hacia él que superaba todo lo que jamás hubiera podido sentir por ella. Un amor inconfesable y vergonzoso que toda la vida debería llevar oculto tras una máscara.

No sabía cuando había comenzado a sentirlo, pero lo cierto es que un día comprendió que ya no le era posible vivir sin su amo y que la única forma de estar a su lado, ya que su Señor jamás podría corresponder a sus ocultos sentimientos, era convirtiéndose en su fiel perro guardián.

Si, se lo confesaría todo y después moriría gloriosamente clavándose su propio sable en el corazón, porque no podría sobrevivir a la vergüenza de que alguien conociese su secreto. Encontraría en la muerte toda la dignidad que había perdido en la vida. Cumpliendo el sagrado código del honor, sería fiel a si mismo y le devolvería a ella la paz y la libertad.

Yakimoto, dejó de bordar con los ojos arrasados en lágrimas, acababa de vivir entre los pliegues de la seda el final de su historia de amor. Retocó con los pinceles la figura del apuesto samurai con el sable atravesando su vientre delante de una joven que lloraba desesperadamente y abandonó la túnica sobre un cojín de seda, después se acercó a la ventana y contempló como los cerezos comenzaban a florecer.

Día a día mientras bordaba había ido viviendo su propia vida, introduciéndose en espíritu entre los personajes que sus propias manos inventaban sobre la tela, pero aquel día había sido el último, ya no bordaría nunca más. No quería saber si todo los que habían creado sus dedos era ficción o realidad, porque fuera lo que fuese había terminado para siempre. Una nueva vida la esperaba tras los muros de aquel palacio, allí donde florecen los cerezos.

Sonriente y con pasos decididos salió de la habitación, dejando llorando encima del cojín a la joven bordada en hilos de colores. El pasado acababa de morir entre sus lágrimas de seda.

 

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Bizancio, la superficialidad

agosto 15, 2010 under Relatos de Historia

 

Las últimas voces de los vendedores ambulantes comenzaban a enmudecer y una extraña paz parecía apoderarse tras las impresionantes murallas de la ciudad más rica y famosa del mundo antiguo, cuya fama extendían todos los viajeros que la visitaban, bautizada por el Emperador Constantino con el nombre de Constantinopla y remodelada años después por el Emperador Justiniano.

Comenzaban a iluminarse las antorchas de las orgullosas plazas con sus altivos Arcos de Triunfo y los pórticos de la grandes vías, que durante el día habían albergado multitud de tenderetes y habían sido testigo del ininterrumpido desfile del casi un millón de almas entre viajeros y habitantes. Solo el bazar La casa de las luces, llamado así por tener las ventanas iluminadas durante toda la noche, continuaría su frenética actividad hasta el amanecer. Allí se comercializaban los productos de seda que se fabricaban en Palacio desde las mismas habitaciones de la emperatriz, donde habían sido instalados los telares para tejer las costosas telas que más tarde se exportarían a todo el mundo.

Aquella tarde, Arcadio estaba sentado con sus amigos en el interior de su confortable casa. Todos hablaban animadamente en griego, que comenzaba a convertirse en el idioma oficial, porque poco a poco, las dos partes del Imperio romano, Occidente y Oriente, se habían ido diferenciando culturalmente hasta acabar siendo extrañas entre sí y haciendo que este último fuese perdiendo su latinidad. Los últimos rayos del sol se reflejaban en el agua del estanque que adornaba la estancia, arrancando destellos en los mármoles multicolores del fondo. También brillaban en las lujosas ropas de los invitados, cuajadas de adornos, piedras preciosas y oro, aunque a pesar de su elegancia el grueso de las telas producía una rígida dureza de líneas.

Las mujeres llevaban una especie de turbante de influencia oriental y algún velo, pero todos, tanto hombres como mujeres, llevaban un chal de color azul intenso alrededor de los hombros. Se trataba de algo más que una simple prenda de vestir, ya que era un distintivo ideológico que los diferenciaba como pertenecientes a un mismo grupo.

En el circo habían llegado a ser verdaderamente terribles las rivalidades entre los partidos llamados Verdes y Azules. Los aurigas que conducían las carrozas en las carreteras, disputaban sus premios vestidos de azul o de verde y el pueblo tomaba en ellas un interés inconcebible. Aunque eran facciones esencialmente deportivas, habían llegado a ser grupos irreconciliables que se llegaron a convertir en partidos políticos y religiosos extendidos por todo el Imperio, buscando el apoyo y la simpatía del Emperador.

Todos los allí reunidos hablaban de teología. En aquellos días la teología despertaba tanto interés y apasionamiento como el deporte; ser moderno, en tiempos de Justiniano, era ser teólogo.

A pesar de que las empresas militares del general Belisario, mano derecha del Emperador, ocasionaban grandes gastos que el gobierno hacía frente elevando los impuestos y produciendo general descontento, el pueblo bizantino se interesaba poco por las cuestiones políticas y sólo se apasionaba por las controversias religiosas y las discusiones teológicas, mezclando los dogmas y enmascarando la sencillez evangélica.

El tema principal de aquel día era la figura del emperador y sus criticadas relaciones con su esposa, la emperatriz Teodora. El Emperador Justiniano, admirado por todos, había emprendido la grandiosa tarea, al parecer imposible, de reconstruir el Imperio Romano de los Césares y recoger el tesoro jurídico de la antigua Roma. Ambicioso y decidido, el único punto débil era el hecho, sabido por todos, de no saber dar ni un sólo paso sin el apoyo de su mujer.

La emperatriz Teodora, hija de un guardián de osos del Circo, era una mujer inteligente y atractiva pero intrigante, y no aceptada por muchos dado su juventud borrascosa y sobre todo por su adoración por la religión monofista,  que establecía que la humanidad de Cristo fue absorbida por la divinidad y de cuya doctrina era ardiente defensora, hasta el punto de entrar en conflicto con su propio esposo, que era ortodoxo y deseaba aproximarse a Roma.

Y de estas diferencias entre los imperiales cónyuges, que lentamente iban abriendo un abismo entre cristianos orientales y cristianos occidentales, transcurría la animada conversación de los elegantes invitados de Arcadio sentados cómodamente alrededor de la mesa semicircular del salón de la lujosa casa

- Y yo os digo, amigos míos – dijo uno de los contertulios – que el Imperio está cada vez más desligado del poder espiritual de Roma. El emperador se cree representante de Dios en la tierra y ha acabado por no admitir poder alguno intermedio que le uniese a la divinidad. La iglesia ha quedado completamente supeditada a él.

- Te doy la razón amigo, Nermes – añadió otro – El otro día lo vi presidiendo un espectáculo en el Circo; hizo su aparición elevándose en su trono mecánico, ante la estupefacción de los ignorantes embajadores de las naciones bárbaras, en tanto que el aire se estremecía con metálicos trinos de pájaros y rugidos de leones -

- Todo ello no es más que una pantomima infantil -intervino Arcadio- Justiniano disfruta sorprendiendo y llenando de estupor a su ignorante público. Esta conducta absurda es obra de la Emperatriz, que entre otras muchas extravagancias le hace vestir un traje distinto para cada fiesta, a cual más ostentoso.  La última vez que lo vi en la boda de su sobrino Nestorio, llevaba una túnica corta bordada en oro, cubierta con un manto de brocado y pedrería, con un alud de topacios, rubíes y zafiros engarzados en su diadema, en sus collares y en su cinturón de púrpura. Las piernas cubiertas con calzones ceñidos y los zapatos ricamente adornados.

- La que había hablado ahora era una mujer de hermosa cara, a la cual su chal de color azul favorecía extraordinariamente al reflejarse en sus ojos también azules.

- Amigos – volvió a intervenir Arcadio ¿no os parece que estamos dando a nuestra conversación un aire excesivamente superficial? ¿A quién le importa como vaya vestido el Emperador, ni quien le aconseje en sus trajes? Lo importante son las ideas religiosas que esa mujer nefasta está infiltrando en su mente. Desde que ese hereje, Eutiques, que dice que es monje, fue a visitarla a Palacio con sus teorías blasfemas, ella ha cambiado y lo peor es que está intentando también cambiar al Emperador.

- Estoy de acuerdo en lo que dices, pero no hemos de olvidar que la forma, no es más que la exteriorización del pensamiento.

- Me gustaría saber, qué tiene que ver la doctrina monofista de Teodora, con la manera de vestir y de comportarse de Justiniano.

- El que había hablado ahora, era quizás el convidado más elegante de todos, llevaba tantas joyas y adornos sobre su persona, que parecía la imagen de un relicario viviente.

-  Comprendemos que lo disculpes –  replicó con cierta ironía el joven que había hablado antes – dada tu predilección por el lujo y los adornos, pero siento desengañarte: su comportamiento se desdice de la doctrina de Jesucristo a quien dice imita y que era ante todo sencillez y humildad.

- Nos estamos yendo absolutamente del tema. Estamos hablando de cuestiones teológicas y no de modas de Palacio. Jesucristo, y eso es lo importante, reúne en una sola persona dos naturalezas; humana y divina, distintas y no divididas, unidas y no confusas, a pesar de que Teodora intenta difundir que en Cristo hay una sola naturaleza, entendida en un sentido puramente personal e independiente.

Aquí la conversación comenzó a tomar el cariz de discusión y los participantes a apasionarse en sus opiniones. Arcadio, noble bizantino de mediana edad, rico y cultivado, aunque ciertamente superficial, disfrutaba con aquellas reuniones de debate, en las cuales nunca se resolvía nada y casi siempre el tema principal se perdía en una infinidad de insignificantes detalles.

Era el gusto de hablar por hablar, de hacer alarde de ingenio y de elocuencia y también, por qué no, de exhibir el lujo de sus atavíos, el arte de perder deliciosamente el tiempo en una sociedad que no carecía de nada sino era de trasfondo y de profundidad.

- Pues yo afirmo que el Espíritu Santo procede solamente del Padre y no del Padre y del Hijo -decía uno-.

-  Eso es simplemente una cuestión de enfoque -decía otro-.

- A mi en cambio, lo que me parece inverosímil es la creencia de los cristianos occidentales en el Purgatorio -añadía un tercero-.

- Yo creo que las almas recibirán el premio eterno después del Juicio final -asentía un cuarto-.

- ¿Y mientras esperan a ese Juicio, a dónde van? -preguntaba un quinto-.

- La cuestión teológica más importante de todas es la que atañe a la Inmaculada Concepción de La Virgen. interfería un sexto, después de cuya intervención, la discusión se rompió en varias discusiones a la vez independientes la una de la otra y todas tocando temas distintos.

- Pues yo considero que la indisolubilidad del matrimonio debe de ser siempre considerada factible y no sólo en caso de adulterio.

- Yo estoy en desacuerdo con no considerar válidas las Indulgencias.

- Pues para mí, que los sacerdotes puedan casarse antes de recibir la consagración, me parece una aberración contra las mismas enseñanzas de Jesús y su propia vida de castidad.

Llegaron a un punto en que incluso algunas de las intervenciones se convirtieron en monólogos, dada la imposibilidad de poder dialogar todos a la vez.

Sobre todas las voces, sobresalía la de la hermosa dama de ojos azules, que insistía en su tema predilecto.

- Justiniano, por culpa de esa mala mujer, está dando a su poder un carácter casi sagrado y se rodea de una pompa y magnificencia desconocidas incluso en la antigua Roma. Los súbditos no pueden aproximársele sino después de postrarse tres veces en tierra, es vergonzoso.

La tarde iba cayendo cada vez más aprisa sobre la ciudad; en el horizonte la silueta de la basílica de Santa Sofía se recortaba cono un solitario gigante y el sol arrancaba los últimos destellos a su cúpula dorada haciéndola relucir como si fuese de oro puro, mientras los magníficos mosaicos de sus paredes, arcadas y ábsides, como un mosaico multicolor, parecían estallar de luz sobre el cielo violeta.

Y la charla seguía y seguía, mezclándose las voces de los invitados con el murmullo suave del agua en el estanque de la casa de Arcadio.

Y así hablando y hablando se hizo de noche sobre la ciudad de Constantinopla y estas discusiones que se extendieron por todo el imperio de Bizancio, como el pasatiempo predilecto de una sociedad saturada de bienestar y carente de valores auténticos, pasaron a la historia y han llegado incluso a nosotros con el nombre de bizantinas, discusiones en las que mucho se habla y poco se dice.

 

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