Alí, el sacrificio

julio 20, 2010 under Relatos de Historia

 

Pero aquella noche, aquel beduino que desconocía la escritura y andaba descalzo sobre la arena ardiente, vestido con una burda pieza de tela de pelo de camello que jamás lavaba y que le protegía del sol durante el día y le servía de cama durante la noche, estaba hablando con Dios.

Aquel beduino, nómada como todos los hombres de la tribu a la que pertenecía, que vivían mayormente de la piratería y del pillaje e ignoraban la idea del pecado y del crimen, aquel beduino enjuto y nervioso pero guerrero y altivo, estaba rezando.

Su gente dormía en el interior de las tiendas acampadas en aquel maravilloso oasis que, como un milagro, había surgido en medio del desierto de Arabia; porque Alí, aunque no sabía rezar, si sabía como y que pedir y hablaba con Dios de un modo directo y poético, con el lenguaje rico y sonoro de variadísimos matices, que unía a todas los tribus irreconciliables entre sí que poblaban el desierto.

El árabe era el idioma común que hacía de todos los pueblos beduinos un solo pueblo, la lengua soberana de los poetas. Aunque cada tribu usaba un dialecto distinto, todos ellos conocían los cien vocablos para designar a un camello y la riqueza de la palabra inspiraba sus leyendas y hacía que estas se trasmitieran oralmente de padres a hijos.

Con la cara vuelta hacia la oscura profundidad del cielo engastado de ojos brillantes que parecían observarle en mudo silencio, Ali comenzó a hablar:

.- !Oh Fuerza de las alturas infinitas, no conozco tu rostro ni nunca he escuchado tu voz, pero se que tu eres quien impulsa el viento que mece las arenas del desierto y a ti vengo a implorarte. Aquí la oscuridad tiembla y me envuelve pero la luz de la mañana tocará ahora la frente de dunas solitarias y lejanas. Hacia tu izquierda esta la noche, a tu derecha está el día y mientras la luna eleva detrás del horizonte su blanca sonrisa, concédeme mi deseo, porque tal como un amante va al encuentro de su amada, así voy yo al encuentro de mi congoja.

Mi esposa favorita Fátima está a punto de dar a luz y si el fruto de su vientre es una hembra, nuestra hija no tendrá derecho a la vida pues ya hemos concebido otras dos. El día se ha terminado y yo te ofrezco el último resplandor del sol como ofrenda. Acéptalo y concédeme la gracia de un hijo, un varón que aumente la fuerza de mi tribu, acrecentando así el número de brazos fuertes para luchar contra nuestros rivales y dominarlos.-

Cuando acabó de hablar permaneció en silencio durante largo rato inclinado sobre la arena, después lentamente se incorporó y con largos pasos se dirigió hacia el campamento, su silueta esbelta fue empequeñeciéndose poco a poco en la lejanía iluminada por la luna

 

En las tiendas su gente dormía el sueño reparador que debía darles las fuerzas necesarias para asaltar una caravana cargada con productos de la India,

que partiendo del Golfo Pérsico, atravesaría el desierto camino de La Ciudad Santa de la Meca.

Los beduinos eran guerreros y su vida estaba llena de peligros. Todos sabían que debían defenderse de la inhospitalaria naturaleza para no perecer y todos sentían en su sangre el espíritu de asociación, la sagrada institución tribal. En ella se concentraba el poder del estado, el amparo de la familia, la tradición de los ascendentes y los ídolos protectores. La guerra era la situación normal de la tribu, que no concebía la unidad. Eran enemigos de sus próximos vecinos y de los más alejados, el fraccionamiento de estas tribus llegaba a un número incalculable, pero cuando un beduino pertenecía a una de ellas, debía acatar sus leyes, fuesen estas cuales fuesen hasta la muerte.

Si se perdía a un hombre, una fuerza, un elemento de combate, la tribu agresora debía perder otro combatiente por ley de igualdad para evitar el desnivel numérico. La venganza estaba considerada como una reparación, algo justo y bueno para todos sus componentes. El nacimiento de una niña, en una sociedad guerrera y feroz como aquella, era para todos una desgracia y como tal, esta debía ser eliminada sin remordimientos ni vacilaciones.

Alí era uno de ellos y conocía su deber, sin embargo se le hacía muy penoso cumplirlo, por eso y por primera vez en su vida había invocado a las Fuerzas de la Naturaleza y había hablado con Dios para pedirle un hijo.

Apartó la lona de la tienda para entrar en ella y al mismo tiempo con la otra mano se apoyó instintivamente en la hoja cortada, encorvada y corta de dos filos que llevaba en el cinto…

El rostro de Fátima se descompuso al verle; la mujer yacía desnuda entre burdas ropas de pelo de cabra que durante el día le servía también de vestido  y las gotas de sudor hacían brillar su piel cetrina como si fuera una joya. Con un gesto inconsciente intentó ocultar el pequeño cuerpecillo que se acurrucaba a su lado, sorbiendo ávidamente la leche de su pecho. Ali comprendió que su hijo acababa de nacer y acercándose a ella, levantó en vilo el pequeño bulto de carne morena que al ser desprendido bruscamente de su madre comenzó a llorar con desconsuelo.

Fátima no habló, ni hizo nada para impedirlo, conocía también el sentido del deber y el deber se imponía a todo, incluso a sus sentimientos de madre. La mujer no tenía ninguna importancia en la tribu beduina, únicamente desempeñaba el papel de esclava, aunque estuviese ligada a la familia por vínculos de sangre. No era digna de sentir, ni de pensar, ni de expresarse, carecía de todo derecho, ella solo servía para la reproducción, los quehaceres domésticos y las labores del campo y Fátima lo aceptaba como algo natural.

De pronto el llanto del recién nacido cesó y todo fue silencio, al cabo de unos instantes que parecieron eternos solo se oyó el sordo chasquido de la cimitarra regresando al cinto de Alí. Poco a poco una mancha de sangre fue extendiéndose por el suelo de la tienda. En el exterior, el viento del desierto parecía haberse hecho más denso y extraño, como si la muerte lo hubiese inundado todo con su aliento de desolación.

 

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Godofredo, la locura

junio 22, 2010 under Relatos de Historia

 

Los propietarios indígenas debían albergar en cada finca a una familia goda, que pasaba a beneficiarse de los frutos de los dos tercios de los campos de labor, y esto, sobre todo en un tiempo de decadencia económica, provocaba grandes recelos por parte de los vencidos. Además y como casi todos los pueblos de raza germánica, ellos eran seguidores de las doctrinas de Arrio, mientras que el resto de la población era católica, lo que aumentaba la intransigencia y la separación, pero tampoco el pueblo visigodo pretendía modificar los hábitos de los indígenas del país, que conservaron sus costumbres.

Aunque al invadir Hipania se habían encontrado con una civilización decadente, los invasores eran conscientes de que la cultura hispana era muy superior a la suya, por esta razón y aunque fomentando un dualismo de religión y de raza, iban trasformando poco a poco sus usos y modo de vida asemejándola a la de ellos y sus hijos nacidos orillas del Mediterráneo se habían habituado pronto al lujo y a una vida más alegre, pero Godofredo seguía recordando con nostalgia las tierras del Norte, especialmente desde que había muerto su esposa Segismunda, hacía solamente dos meses.

Solía visitar con frecuencia el cementerio donde estaba enterrada y aunque iba solo, siempre estaba acompañado de sus recuerdos. Caminaba taciturno entre las sepulturas que se alineaban en las calles, algunas excavadas simplemente en tierra y otras revestidas de obra de albañilería, para detenerse delante de la gran losa de piedra que cubría la tumba de su esposa donde permanecía largo rato perdiendo la noción del tiempo.

Recordaba que habían colocado su robusto cuerpo dentro de un ataúd de madera, en decúbito y mirando al sol naciente, como era la costumbre entre los pueblos godos, él mismo había cruzado sus brazos sobre el amplio pecho que había amamantado a sus seis hijos y lo había cubierto de joyas, que simbolizaban todo el amor que sentía hacia ella en conmovedora ofrenda. Las mismas alhajas con las que su familia había atravesado el Danubio.

El trato continuado con los romanos había hecho de los visigodos, uno de los pueblos germánicos más civilizados, Godofredo era un noble culto, con innatas dotes de mando, era también justo y recto en sus costumbres, por cuyas cualidades era muy querido por los suyos, por eso su inmensa tristeza preocupaba a sus hijos que intentaban distraerle y hacerle olvidar el recuerdo de su perdida esposa, pero Godofredo no quería olvidarla y se refugiaba en el solitario cementerio para estar a solas con sus propios pensamientos.

Recordaba a Segismunda antes de su penosa enfermedad que había minado su salud poco a poco, cuando aún tenía las mejillas carnosas y sonrosadas. Le gustaba abrazar el robusto cuerpo de matrona germana, envuelto en una amplia túnica talar que solía cubrir con una larga estola de lino blanco sobre la cabeza y espalda y que extendida desde el lado derecho del hombro al lado izquierdo dejando al descubierto sus grandes y exuberantes pechos. Entre ellos él había recostado muchas veces su cabeza, no ya en busca de la pasión de la amante, sino de la ternura de la madre desaparecida hacía tiempo. Y ahora sin el calor del pecho de su amada, se sentía como un niño perdido.

Su pueblo había dejado de ser nómada al aposentarse en las riberas mediterráneas, pero él sentía deseos de volver a su país de nacimiento y revivir entre los brumosos parajes del norte de Europa los días de su juventud, cuando conoció a Segismunda. Aunque sabía que ella ya no estaría allí para esperarle y nada sería como antes. Su esposa había partido a ese extraño país de donde dicen nunca se regresa, pero entonces…¿por qué la sentía siempre tan cerca de él y su presencia llenaba todos sus pensamientos? Sin ella la vida no merecía la penas ser vivida y su amargura era cada día mayor, a pesar de los esfuerzos de sus hijos y de sus amigos.

 

El invierno estaba próximo y comenzaba a hacer frío, un manto de pieles cubría su corta túnica ceñida al talle por un cinturón rematado por una recia hebilla de oro macizo, que servía, también, para sujetar los largos calzones que protegían sus piernas. Su larga cabellera color de trigo se confundía con su también larga y espesa barba. Aunque ya no era joven, Godofredo conservaba la esbeltez y la fortaleza física de sus años jóvenes y puesto que los matrimonios entre individuos de distinta religión estaban prohibidos por las leyes de la Iglesia, más de una hispano romana al verle, había deseado pertenecer al pueblo invasor para poder desposarle y consolarle en su dolor.

Pero Godofredo no pensaba en mujer alguna que no fuese la que había perdido, y así, sumido en profunda tristeza pasaron los días uno tras otro y estos pronto se convirtieron en meses y después en años.

El noble visigodo envejeció rápidamente en aquella soledad auto impuesta, a la que nadie, excepto sus recuerdos tenía acceso, y poco a poco dejó de interesarse por las cosas materiales. Sus hijos fueron casándose y él repartió entre todos las viñas, las huertas, los olivares, los campos de cereales, y todos los demás bienes acumulados de la explotación de las tierras a los hispanos. Después se hizo construir una pequeña casita cerca del cementerio y delante de la tumba de su esposa pasaba la mayor parte del día.

Al principio sus hijos iban a visitarle a menudo e intentaban devolverlo a la realidad, pero poco a poco se dieron cuenta de que su padre hacía ya mucho tiempo que no deseaba vivir en el mundo real y espaciaron sus visitas en vista de la inutilidad de sus esfuerzos. Godofredo llegó a obsesionarse de tal forma con el recuerdo de su esposa muerta, que comenzó a hablar imaginariamente con ella a todas horas como si aún estuviese viva, hasta que todo el mundo acabó por creerle loco y sus hijos dejaron de visitarle definitivamente.

Una noche el cielo se llenó de resplandores de tormenta. Godofredo se despertó con el estruendo de los truenos y en su demencia, le pareció que era su amada Segismunda que lo llamaba con su voz recia y sonora. Se levantó con rapidez y olvidándose incluso de protegerse de la lluvia que caía a torrentes salió de su casa.

Con pasos vacilantes atravesó la escasa distancia que lo separaba del cementerio y se dirigió ansiosamente al lugar de la tumba de su amada, en aquel instante otro trueno más cercano pareció estremecer la tierra hasta sus más profundos cimientos y a su mente enferma le pareció escuchar la siguiente suplica dirigida a él, en la voz de Segimunda:

.- Godofredo, esposo mío, estoy encerrada en esta lúgubre fosa desde hace tanto tiempo… deseo volver a ver la luz del sol y el resplandor de la luna y de las estrellas… deseo embriagarme de nuevo con las esencias de las flores y escuchar el canto de los pájaros en el bosque, pero sobre todo, lo que más deseo, es volverme a mirar en tus azules ojos, tan iguales a los ojos de todos mis hijos que tanto añoro… Godofredo, por piedad, aparta esta pesada losa que me impide salir de aquí y libérame de este encierro que sufro desde hace años…

Los relámpagos seguían iluminando el horizonte y Godofredo confundió los truenos, que cada vez se escuchaban con más frecuencia, con los intermitentes sollozos de su esposa. Sin pensarlo ni un minuto y preso de una enfermiza desesperación, intentó apartar la piedra que cubría la sepultura. Pero aunque era un hombre fuerte, nunca hubiera podido lograrlo si la misma ansiedad no hubiese prestado una inusitada fuerza a sus brazos.

Tardó bastante rato en conseguir su propósito, el sudor del esfuerzo se mezcló con la lluvia y resbaló por su rostro surcado de arrugas que la amargura había ido marcado durante tantos años de sufrimiento.

Al fin la piedra cedió y Godofredo vio de nuevo frente a sí el ataúd que encerraba el cuerpo de su esposa. Los truenos parecían haber enmudecido de repente y en medio de aquella calma inesperada se dio cuenta con terror que la caja estaba abierta. Entonces vio sus manos, intactas, blancas como el mármol, que se agarraban aún crispadas sobre la tapa carcomida y descubrió de repente el porque de su incapacidad de resignarse ante la evidencia de la muerte. Aquel espíritu atormentado lo había perseguido día y noche trasmitiéndole toda su angustia y toda su desesperación, porque…

y entonces lo comprendió con horror…!Segismunda había sido enterrada viva!…

Y aquel descubrimiento que podía haber enloquecido a un cuerdo, hizo que su mente recuperarse la lucidez perdida.

 

Atila, la maldición

mayo 14, 2010 under Relatos de Historia

 

Después de haber vivido en soledad durante tantos años, se había acostumbrado a no pensar. El contacto con la naturaleza le había hecho comprender que el pensamiento no es más que una visión parcial de las cosas y que la mente es lo que separa a los humanos de su verdadera unidad del Todo.

Así pues, ya no veía como algo diferente a sí mismo el bosque que lo rodeaba, ni siquiera era consciente de las tonalidades suaves de la aurora que pintaban el cielo de mágicos colores, ni de las cumbres de las montañas que parecían observarle sin ser observadas: no le hacía falta, porque él era parte de todo ello y así se sentía.

Cuando aquel hombre era todavía muy joven, alguien le dijo una vez que todo lo que está fuera le dice al individuo que no es nada, mientras que todo lo que está adentro le convence de que es todo. Aquellas palabras en apariencia tan simples, le descubrieron el secreto de la vida y a partir de aquel momento la suya cambió radicalmente. Se retiró del mundo y decidió vivir solo pero acompañado de si mismo.

Cuando llegó a conocer su Yo plenamente dejaron de atormentarle las preguntas eternas tales como: ¿Tiene la vida algún sentido? ¿A dónde vamos y a dónde venimos?  Las respuestas que halló fueron: No vamos a ninguna parte, ni venimos de ningún sitio, porque siempre hemos estado aquí y esa es precisamente la razón de nuestra existencia: Vivirla. No hemos nacido en vano.

Por eso el anciano caminaba como dormido, a la luz del amanecer por la senda del bosque rodeada de montañas que parecían rozar el cielo, y sin embargo, estaba tan despierto que podía avanzar con los ojos cerrados, porque él era el bosque, el sol, la luz del amanecer, las montañas y tampoco no necesitaba mirar el camino, porque el camino era también él, y él era parte del camino.

Pero aquel día, algo inesperado iba a trastornar la paz de su espíritu. De repente el silencio se vio truncado por un gran estrépito de cascos de caballos en la lejanía y todas las criaturas que en él vivían parecieron enloquecer de espanto. Entonces de improviso, el anciano se topó de bruces con un grupo de hombres de aspecto salvaje y feroz, que al verle detuvieron su marcha para observarle.

Tenían la cabeza muy grande, los cabellos ásperos, la nariz chata, los ojos oblicuos y las orejas muy separadas. Daban la sensación de estar clavados en sus caballos, como si formasen un solo cuerpo. Sus vestidos eran una túnica de lino oscuro que parecía haberse podrido encima de sus cuerpos y una chaqueta de piel de rata salvaje. Se cubrían la cabeza con un gorro y las piernas con pieles de machos cabríos.

Pasado el primer momento de estupor, los hombres comenzaron a reírse a grandes carcajadas ante el aspecto del inesperado hombrecillo que había surgido ante sus ojos como salido de la nada. El anciano les miró sin miedo, no temía a la muerte, pues sabía que ésta no era otra cosa que un aspecto diferente de la vida y enseguida reconoció en aquellos hombres de raza amarilla, a aquellos guerreros, antiguos pastores, que habían abandonado las regiones esteparias del sur de Rusia en busca de nuevas tierras y a quienes los godos consideraban engendrados por hechiceras y espíritus errantes del desierto. Incluso él, en su completo aislamiento, había oído a hablar de ellos a un caminante extraviado que recogió y dio de comer en su cueva durante unos días.

Aquel hombre le contó que eran un pueblo mogol llamado Hunos, que se hallaban en estado casi salvaje y que después de una centuria en contacto con los europeos ni siquiera conocían la escritura. Le explicó también, que cuando comenzaba a apuntarles la barba, se hacían quemar con un hierro candente casi toda la cara para evitar la salida del pelo excepto en el bigote, lo que aumentaba su fealdad. Que no utilizaban el fuego para guisar y comían raíces silvestres y la carne cruda o simplemente macerada entre los muslos y en el lomo de sus caballos. Que a caballo pasaban la mayor parte de su vida: comían y bebían e incluso dormían en sus lomos y a caballo también asistían a sus reuniones, a sus mercados y sólo en casos excepcionales combatían a pié, utilizando la cimitarra y el lazo. Por él supo, que su presencia y proximidad era temida por todos, pero y muy especialmente aquel hombre le había hablado de su jefe, Atila. Lo describió como un ser de figura deforme, de color aceitunado, gruesa cabeza cubierta por cabellos blanquecinos y un rostro del que apenas salía una nariz roma y que se abría por unos pequeños ojos hundidos de imponente mirada. Y ahora lo tenía frente a sí, no podía ser otro, lo reconoció enseguida.

En el momento del inesperado encuentro entre aquel hombre que había alcanzado la suprema espiritualidad y el salvaje mogol que vivía en completo bestialismo, Atila acababa de atravesar el Rin con sus huestes, y había hecho temblar París, cuyos habitantes, alentados por una joven de inesperado temple llamada Genoneva, le habían cerrado las puertas. Ahora marchaban hacia la más rica ciudad de Orleans, con la intención de derribar sus murallas y someter a la población por el pillaje, la muerte y el fuego.

Aquel encuentro le pareció a Atila sumamente propicio para desquitarse del mal sabor de boca que le había dejado el no poder incorporar la ciudad de los galos a la lista de sus victorias. Delante suyo estaba un insignificante ser que le resarciría de no haber podido asesinar a todos los demás hombres de su raza. No en vano había dicho una vez: Las estrellas caen, la tierra tiembla ante mi paso, porque yo soy el martillo del mundo. Donde mi caballo pone los pies, no vuelve a crecer la hierba.

Sin siquiera desmontar, lentamente y con una frialdad escalofriante, desenvainó su espada y comenzó a jugar con el cuerpo del pobre anciano, clavando repetidamente la afilada punta en sus carnes flácidas. No pretendía matarle de inmediato, simplemente disfrutar del dolor y la impotencia de su víctima. Sus soldados siguieron el ejemplo de su jefe entre risas y gritos, acorralando al indefenso, que en vano intentaba proteger su cuerpo de la avalancha de las espadas que arremetían contra él.

Estuvieron entreteniéndose con aquel inesperado juguete durante un buen rato, después, cansados de aquella diversión, fueron cortando lentamente sus miembros, empezando por primeramente los que no podían causarle una muerte inmediata y lanzándose los unos a los otros las orejas, los pies, las manos e incluso la nariz del infeliz hombrecillo a modo de pelota, hasta dejarle convertido en una masa informe de carne.

El desgraciado aún pudo balbucir unas palabras dirigidas al salvaje mongol, en las que le enviaba una última y profunda maldición y que a pesar de la sangre que inundaba su garganta haciéndolas casi inteligibles, Atila pudo escuchar claramente, más que con los oídos, por una extraña transmisión de pensamientos: Tú, maldito entre los hombres, eres el azote de Dios.

Atila después de oír esto, separó despiadadamente la cabeza del anciano de su cuerpo de un limpio tajo y ésta rodó por el suelo. Él la recogió con la misma espada con que la había decapitado y la enarboló como un estandarte en lo alto repitiendo triunfante, las mismas palabras con que le había bautizado el ermitaño: Yo soy el azote de Dios…

El anciano había creído dedicarle el peor de sus insultos, pero Atila a partir de aquel momento adoptó con gusto el sobrenombre y se sintió identificado con él. Después, dejando abandonado en el camino el cuerpo mutilado del infeliz, él y sus huestes marcharon sobre Orleans donde tuvieron que retroceder frente a las tropas unidas de los romanos y de los godos. Poco más tarde, tuvo lugar su primera gran derrota y Atila se vio obligado a huir de la Galia, más allá del Rin.

Este fue el principio del fin del gran Imperio de los Hunos.

 

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Galerio, la Fe

abril 25, 2010 under Relatos de Historia

 

Galerio desenrolló su toga blanca con bandas de color escarlata que le señalaba como portador de su cargo y se sintió cómodo dentro de su fresca túnica. Comenzaba a hacer calor y el aire que entraba por el ventanal corrió en libertad sobre su piel curtida de hombre joven, el más joven procónsul del Imperio. Como elemento oficial y representante del Emperador, debía seguir utilizando la toga en público, era indiscutiblemente una prenda elegante, pero incómoda y comprendía que la gente la usase cada día menos. Se pasó la mano por la frente húmeda de sudor y añadió.

- El Emperador acoge en su seno a todas las religiones, incluso a las  que se entregan a las practicas más repugnantes, pero en cambio se opone al cristianismo. No puedo comprenderlo.-

Donila sonrió al escuchar a su esposo.- Porque el Cristianismo niega el carácter divino de los emperadores romanos y sus viciosas costumbres. Sus seguidores afirman que su fe es única y verdadera, considerando demoníacas a las demás. La doctrina de Cristo no se dirige a un pueblo sino a toda la Humanidad, sin hacer distinción de los hombres por su cuna, hace iguales al esclavo y al señor, por eso cada día tiene más adeptos, tanto en las clases elevadas como en el pueblo.

Galerio miró a su esposa con sorpresa.- Y tú, ¿ cómo sabes tanto sobre ellos?.-

.- La gente ha perdido la fe en los dioses. No es difícil de comprender que en un tiempo de angustia y de escepticismo, la acción de esta nueva religión sea poderosa. Tiene  el encanto del culto, la magia y el misterio y sobre todo la promesa de la redención y de la inmortalidad.-

.-Yo creo que el Emperador solo piensa que los cristianos, en dos siglos, se han multiplicado infiltrándose en todos los estamentos de la sociedad; en la administración, en el ejército, en la enseñanza, en la nobleza, en la plebe, entre los hombres libres y los esclavos y tiene miedo…la última vez que hablé con él, me dijo que si los cristianos abandonasen el imperio, los romanos se asombrarían de su soledad. Y es cierto. Todo esto me preocupa, es como luchar contra lo imposible.-

Donila estaba tan cerca de Galerio que los rizos rubios que caían en cascada sobre su frente rozaron el rostro de su esposo.- Ten fe y no desesperes.-

Se besaron largamente, uno en los brazos del otro, Galerio no solo amaba a su mujer, también la admiraba. Ella era su esposa y su amante, pero también era su amiga y en cierto aspecto su colaboradora, tenía muy en cuenta sus opiniones y sus consejos,  porque era tan inteligente o más que un hombre y jamás tomaba una decisión sin consultar antes con ella.

Sin embargo, en aquella ocasión, estaba convencido de que nada se podía hacer para disuadir al Emperador de la inutilidad y el riesgo de una nueva persecución contra aquellas gentes extrañas que lo invadían todo lentamente. La carta, escrita a instancias de los consejos de Donila era la última tentativa para disuadirle, pero conocía bien el temperamento y la testarudez del Emperador. Permanecería inflexible. Pensó que quizás su mujer tenía razón al decirle que le faltaba fe y se preguntaba de donde sacaría ella la suya. A pesar de que conocía muy bien a Donila, últimamente le sorprendía mucho, había cambiado y parecía tener un conocimiento extraño sobre aquella secta judía.

Galerio había oído hablar de los cristianos, pero lo que se decía de ellos entre los gentiles no tenía nada que ver con la visión de su mujer. Sabía que vivían en comunidad, regida por un director religioso elegido entre los más ancianos y que vendían todos sus bienes para repartirlos entre sí, lo cual le parecía un gesto de locos o de alucinados. Sabía que se reunían en unas galerías excavadas bajo el suelo donde enterraban a sus muertos y celebraban en secreto sus ceremonias religiosas, de las cuales se contaban las cosas más dispares. Se hablaba de que bebían un vino sagrado, al que le llamaban sangre derramada, por lo que la imaginación popular deducía que sacrificaban a sus hijos pequeños. Incluso había oído decir que su Dios tenía cabeza de asno. Cuando le dijo esto a Donila entre risas, ella le había comentado muy seria.

.- Esposo mío, los romanos no tienen inconveniente en adoptar para su religión oficial a una serie de dioses de países conquistados. Unas veces los asimilan como los suyos propios y otras le hacen un hueco entre sus divinidades. Si en realidad el Dios de los cristianos tuviera cabeza de asno, acaso los romanos no hubieran visto inconveniente en elevarlo a los templos. Pero han tropezado con una religión, lógica y sencilla. Su Dios es exclusivo, todo bondad y rectitud. Por eso los gentiles propalan contra los cristianos las mas terribles acusaciones y calumnias y los consideran enemigos de la humanidad… porque  no pueden compartir su imperio en los corazones de los fieles.

Cuando ella hablaba así, Galerio no sabía que pensar, la miraba a los ojos, y le parecía que no la conocía… era distinta… se transfiguraba, incluso parecía más hermosa.

Había llegado la orden del Emperador y era contundente. Galerio vio así confirmados sus temores, la persecución contra la maligna secta debía hacerse inmediata a riesgo de perder su puesto y sus propiedades.

Hacía tres días que su mujer había partido de viaje para visitar a sus padres y se alegró de que Donila no estuviera a su lado aquella noche, le hubiese resultado muy difícil mirarse en sus ojos, sin sentirse culpable de obedecer al Emperador. Era consciente de que no había ninguna prueba contra aquellas gentes que, simplemente, parecían amar a sus semejantes y renunciar a las cosas materiales del mundo, sin embargo él debía olvidar que poseía una conciencia, porque su vida, la de su familia y todas sus pertenencias estaban en juego…

Era noche cerrada cuando Galerio, al frente de sus soldados ocultos bajo mantos oscuros de gruesas tela y capuchas sobre sus cabezas, entraron en el recinto sagrado de los cristianos. Nadie sospechaba de ellos, habían utilizado el pez como contraseña, información conseguida por un delator a cambio de una recompensa…

Le sorprendió ver la cantidad de personas allí reunidas en actitud de oración, permaneciendo en silencio, agrupados unos junto a otros como para protegerse y darse calor. Ningún rostro parecía visible.

En cuanto apareció el anciano presbítero todos se arrodillaron con devoción y descubrieron sus cabezas. Galerio y sus soldados también lo hicieron para no despertar sospechas, pero permanecieron semiocultos entre las columnas recubiertas de símbolos, tratando de no llamar la atención.

El hombre comenzó a hablar ante la expectación de todos los presentes, su voz era suave pero clara, de tal forma que parecía atravesar el silencio. La luz de las antorchas se reflejaba en los ojos de todos en un brillo especial que parecía iluminar también la estancia.

De pronto un sentido de alarma pareció despertar en su corazón. Había reconocido aquellos destellos, eran los mismos que surgían de la mirada de Donila al hablar de los cristianos y sintió miedo…

.- Hermanos, ha llegado la Plenitud de los Tiempos. Esa Luz que se propaga de Oriente a Occidente y hace desaparecer en el ocaso a los viejos ídolos impregnándolo todo en un ambiente nuevo que no puede explicarse sino es por el sentimiento del amor de Cristo. El hombre quiere estar liberado de su destino, del poder de la suerte y solo puede obtener esta liberación, cuando despegado de si mismo y de los bienes que lo atan a la Tierra, experimenta su unión con la divinidad, hasta el punto de identificarse con ella porque Dios es nuestro Padre y a la vez todos somos parte de Dios.

Uno de los soldados de Galerio se revolvió inquieto a su lado.-

.- Señor.- le dijo al oído.- Esta blasfemando contra el Emperador ¿a que esperamos para matarlo? .-

A Galerio no le había parecido blasfemia lo que había escuchado, antes bien, estaba muy sorprendido del efecto que le causaban las palabras del anciano, que le recordaban extraordinariamente a las de Donila y deseaba seguir escuchándole.

Entonces la vio… la reconoció claramente a pesar de la oscuridad, los cabellos rubios brillaban sobre sus espaldas curvadas en señal de respeto, sus manos estaban juntas en oración, su cara parecía transfigurada, algo muy parecido a la agonía de la muerte pareció subir de su estómago a su garganta e invadir todo su cuerpo. Donila estaba allí.

Comprendió entonces porque ella parecía conocer tantas cosas sobre aquella gente, porque parecía haber cambiado en los últimos tiempos…Donila era cristiana.. Como si fuese consciente de la intensidad de la mirada de su esposo, su mujer se giró hacia él y le vio también…

Galerio se adelantó instintivamente hacia ella y el mundo pareció detenerse para ambos, los dos comprendieron en unos instantes que aquella era la última vez que estaban juntos. El tiempo condensado en la fracción de un segundo pareció pertenecerles y hablaron sin palabras, ajenos a todo lo que les rodeaba. Y así, sin que nadie lo advirtiese, los esposos se juraron amor eterno y se despidieron…

Los soldados interpretaron el incontrolado gesto protector de Galerio hacia Donila como una orden de ataque de su jefe. Todo sucedió muy rápidamente, desenvainaron sus cuchillos y sus espadas e irrumpieron en el centro de la estancia, pronto el suelo comenzó a teñirse de sangre y los gritos y la confusión parecieron reinar por todas partes. Aquellos seres extraordinarios no se resistieron a luchar contra los agresores, mas bien parecieron aceptar la masacre con una firmeza y valentía que sorprendió a los mismos soldados. Ellos no sabían que aquellos espíritus transfigurados por la fe, deseaban en el fondo alcanzar el martirio que había de llevarlos a presencia de Dios y que la muerte era una confirmación de aquellas palabras, que el Maestro había dicho antes de morir: Padeceréis por mi, por la recompensa será alcanzar el cielo y sentarse a mi lado en el Paraíso.

Cuando Galerio consiguió llegar al lado de su esposa, ésta yacía muerta amontonada sobre varios cuerpos sin vida, una sonrisa se dibujaba en sus hermosos labios entreabiertos. Estrechó el cuerpo de su mujer contra el suyo con dolor. Uno de sus soldados a su lado, le miró sorprendido, entonces Galerio se dio cuenta que la fuerza que había llevado a Donila hasta allí acababa de entrar también en su corazón.

No lo pensó ni un segundo siquiera, se dirigió al soldado asombrado, que todavía sujetaba la espalda en la mano y le dijo simplemente:  Ahora mátame a mí. Yo también soy Cristiano.- Y como el hombre dudaba en efectuar la orden de su señor, el mismo cogió la espada y la hundió en su pecho con fuerza.

Cuando cayó sin vida al lado del cuerpo su esposa, la misma sonrisa de Donila iluminaba su rostro.

 

 

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Dionysia, la decadencia

abril 9, 2010 under Relatos de Historia

 

Mientras Dyonisia se distraía contemplando aquel carnaval humano, pensaba que sin embargo la época del esplendor romano había conocido tiempos mejores. Ella era inteligente y advertía que la decadencia parecía acercarse día a día, como una fruta que va pudriéndose poco a poco por dentro. El Senado ya no tenía ni el prestigio ni la autoridad de antes, en cambio aumentaba el poder personal del Emperador, que se sostenía con el respaldo del ejército compuesto por un conglomerado sin unidad étnica, pasto de corrupción y rivalidades.

Poca gente parecía advertir el peligro que amenazaba tras toda aquella aparente manifestación de poder y de lujo, pero lo cierto es que ya nadie podía sentirse seguro como antes. En poco menos de un siglo se habían sucedido veinticinco emperadores y más de la mitad murieron asesinados a manos de los mismos que les habían ayudado a alcanzar el poder. El derecho al trono había llegado incluso a ser subastado por los pretorianos, el Imperio vivía a la defensiva y aunque el propio Emperador Helogabalo parecía sordo y ciego a todos estos inminentes peligros, ella los advertía y no podía disfrutar de los placeres desenfrenados a los que los de su clase social se entregaba con la misma superficialidad e inconsciencia de todos.

Pensaba en el Emperador porque aquella misma tarde él la había hecho llegar una invitación personal al teatro. No llegaba a comprender como aquel ser despreciable e insignificante, que se había hecho famoso gracias a sus desenfrenadas pasiones y orgías, quería cultivar su amistad. Desde la muerte en campaña de su marido Cayo Silo, era una viuda noble y respetable a quien jamás se le habían conocido escándalos, quizás la última dama respetable que quedaba en todo el Imperio y ni siquiera había que pensar en un interés de hombre hacia ella, pues el mismo Emperador reconoció públicamente su homosexualidad, contrayendo matrimonio con uno de sus oficiales después de haber repudiado a su esposa.

Se alejó de la ventana con desánimo… no podía rechazar la invitación, era demasiado peligroso, había rehusado ya muchas, podía caer en desgracia si le despreciaba otra vez y ella ya no tenía a su esposo al lado para defenderla. Además, ya no sabía que excusa inventar para negarse. Decidió pues comenzar el complicado proceso de su atavío y arreglo personal.

La casa de Dionysia era tan grande como un palacio, se entraba en ella por una enorme puerta de mármol que correspondía a la fachada principal. La habitación donde se encontraba ahora, estaba decorada a tono con la magnificencia del portal, era la más lujosa de las cuarenta habitaciones de las que disponía la vivienda, flanqueada  por columnas de alabastro, suelo y techo de mosaico y paredes tapizadas de brocados orientales y piedras costosas, en las que se abrían diversas hornacinas adornadas con jarras de Corinto.

Las esclavas acudieron presurosas a su llamada y Dionysia se echó indolente sobre un canapé, mientras dejaba que ellas embadurnasen su cara con leche de burra, que según se decía, obraba milagros en los cutis ya no tan lozanos.

El tocador estaba repleto de numerosos recipientes con ungüentos y pomadas especiales. En un momento la habitación se convirtió en un improvisado salón de belleza. Dionysia se hallaba en el centro rodeada de un verdadero enjambre de mujeres destinadas a realzar la belleza de su ama, que como toda noble romana, poseía productos destinados a embellecer una determinada región corporal, sirviéndose de una esclava diferente para cada cosa.

Pero era en el peinado en lo que mayor tiempo se invertía. Una de las esclavas sugirió que para una ocasión tan especial como aquella, el tocado más elegante sería dejar unos bucles con abandono sobre la frente, llevando los cabellos ceñidos por una diadema de oro macizo, imitando a la diosa Juno. A Dionysia le pareció bien. Admiraba a los dioses antiguos, detestaba las nuevas y perversas costumbres modernas de divinizar a los Emperadores.

De hecho nada de lo que estaba sucediendo en su entorno le gustaba y seguía sin comprender la invitación del Emperador, que conocía muy bien su rechazo hacia él, a no ser que fuera precisamente este rechazo lo que hería su amor propio y le incitaba a intentar conseguir su amistad.

Después de haber dado color a sus párpados y ennegrecido sus pestañas, comenzó el complicado ceremonial de vestirse. Colocaron una camisa muy fina de algodón blanco sobre su piel limpia, ceñida al cuerpo con una cinta de color púrpura debajo del pecho para aguantarlo y sostenerlo elevado. Después la stola que tenía mangas cortas hasta el codo, sujetándola con unos broches a la espalda, procurando que solo dejase ver los pies calzados con botas de cuero. Finalmente, la cubrieron con un elegante manto de mangas bordadas sobre la espalda y descubriendo el brazo derecho.

Dionysia se miró al espejo, una de sus preocupaciones era encontrar la manera de empequeñecer su frente, la tenía demasiado ancha y los cánones de la moda actual

exigían que ésta fuera estrecha, de todos modos sus esclavas habían hecho un buen trabajo, habían sabido disimular casi todas las pequeñas arrugas e imperfecciones que el paso de los años habían ido dejando en su rostro y hasta parecía hermosa, aunque no lo había sido, ni siquiera de joven, cosa que a ella nunca le importó demasiado porque amaba a su marido y se sabía apasionadamente correspondida, a pesar de no ser la más bella. Recordaba a Cayo Silo muchas veces, con infinita tristeza…

El teatro Marco Scaurus podía contener 8.000 espectadores. Se contaba que para adornarlo el Emperador había desvalijado la ciudad conquistada de Sicione y que 360 columnas y muchas de las estatuas provenían de allí. El proscenio se había convertido en escenario, constituyendo una plataforma algo levantada del suelo para separar a los comediantes de los espectadores. El fondo se había cubierto con decoraciones pintadas, representando uno de los jardines del Olimpo, porque curiosamente, aunque el público de Roma ya no apreciaba las tragedias griegas, éstas eran las que más se representaban, aunque sin palabras, sólo traducidas en gestos.

Sobre sus cabezas se extendía el claro cielo encendido por el sol romano que parecía querer abrasar a todos los espectadores. Para refrescarse se regaban los palcos a intervalos regulares con una lluvia de agua muy fina y perfumada, que caía sobre los rostros como una bendición.

Dionysia recordaba muy bien los tiempos en que el teatro era un verdadero arte y los actores eran considerados como auténticos artistas. Ahora estos ya no estaban bien vistos entre las esferas sociales, por el contrario, todos los papeles estaban representados por los esclavos y los histriones de baja ralea, colocándolos al mismo nivel que los artistas de circo y los bufones.

El espectáculo era siempre una pantomima grotesca y la expresión de los rostros, los gestos y ademanes eran el atractivo principal de la representación, quedando relegado a segundo término la palabra, no había en ellos ningún rastro de poesía ni aún de prosa… el pueblo no quería pensar… y los espectadores sólo querían emociones y sensaciones fuertes que correspondían a los gustos de un público que cada día pedía manjares más excitantes.

El Emperador que estaba sentado a su lado en el palco de honor, vestido con una túnica corta cubierta con una coraza de magníficos relieves en oro y acompañado de un esclavo que se había convertido en su amante de turno, le explicó que aquella vez el espectáculo prometía ser superior a todos y añadió con tono misterioso.- Te reservo una gran sorpresa amiga mía-.

Dionysia se sintió algo curiosa, ¿qué se le podía haber ocurrido a semejante monstruo? La última de sus sorpresas fue pasearse desnudo por las calles de Roma en un carro tirado por cuatro mujeres también desnudas, de aquel hombre despreciable podía esperarse cualquier cosa. Probablemente quería escandalizarla, en vistas de que era imposible conseguir su amistad.

- Veremos cuál es esa gran sorpresa.- pensó mientras le sonreía gentilmente y ambos se dispusieron a contemplar el espectáculo que en aquellos momentos acababa de comenzar.

Docenas de mujeres semi-desnudas comenzaron a bailar voluptuosos bailes colgadas en altos alambres y haciendo alarde de gran equilibrio. A cada movimiento en falso sus grandes pechos se balanceaban de un modo grotesco, provocando la hilaridad del público, regocijado de aquella entrada que parecía prometer una segunda parte mucho más sabrosa.

Después desfilaron los funámbulos, volatineros y animales sabios, vestidos con ropas de los dioses del Olimpo helénico y burlándose de éstos en grotescas imitaciones gesticulando groseramente. Más tarde aparecieron dos leones que se enfrentaron en una sangrienta lucha entre sí, para acabar destrozados y con las entrañas fuera de sus vientres tiñendo de rojo la blanca arena. Siguió la lucha de un toro y un hombre, con la victoria de la bestia sobre el humano, victoria completamente innecesaria, puesto que si hubiese sucedido el contrario, el hombre hubiera sido condenado igualmente a morir.

La noble dama intentaba contemplar sin inmutarse el espectáculo, aunque todo aquello la repugnaba, pero se sabía observada atentamente y comprendía que debía disimular su rechazo ante el Emperador sino quería labrar su propia desgracia.

Habían transcurrido tres horas desde que empezó la función, la gente con las caras distorsionadas por la bestialidad pedían más y más, lo que habían visto no bastaba para satisfacer sus ansias de placer.

Entonces el Emperador se levantó majestuosamente y se dirigió a su Pueblo con voz potente:

- Pueblo de Roma he preparado el final de este espectáculo con especial amor hacia todos vosotros y sé que después de haberlo visto, no podréis olvidar esta tarde, ni jamás  podréis olvidarme a mí –.

Aunque el cielo estaba completamente despejado y no amenazaba tormenta, un terrible trueno se escuchó en todo el recinto, los asistentes se miraron desconcertados. Aquello era uno de los últimos adelantos de la coreografía teatral, la imitación de una tempestad por medios acústicos…

El emperador se sintió plenamente satisfecho del efecto causado y sonrió con éxtasis… entonces un hombre encadenado apareció en escena. Iba solo con la cabeza gacha y envuelto en una larga túnica desgarrada empapada de brea, el público se puso en pié de una vez, todos habían reconocido a Hercúleo, el esclavo que pocos días antes había sido condenado públicamente por hurto en casa de su Señor.

Los gritos se hicieron tan fuertes que todo el aforo pareció venirse abajo, pedían su muerte. Heliogabalo miró a Dionysia con mal contenida curiosidad, ella tuvo un presentimiento pero permaneció sentada, quieta e impasible, poco después unos soldados aparecieron en escena llevando antorchas encendidas en las manos. Se hizo un silencio sepulcral, mientras estos se acercaban a la víctima y prendían fuego a las ropas del infortunado que en pocos segundos ardió como una antorcha más, hasta caer al suelo entre alaridos dolor.

Cuando de lo que había sido un ser humano sólo quedó un montón de huesos y cenizas, el populacho comenzó de nuevo a vociferar vitoreando al Emperador, agradeciéndole que les hubiese proporcionado semejante espectáculo insólito. La tortura del desgraciado había servido de diversión sin igual al sadismo del público cruel y embrutecido.

Dionysia comprendió que aquel hombre había sido inmolado simplemente como venganza hacia ella, el Emperador había querido desquitarse así, escandalizándola, de su distante relación y sus continuos rechazos. Ella a duras penas pudo sobreponerse del horror que acababa de presenciar, pero cuando pudo recuperar el habla y aprovechado que el griterío era tan fuerte que nadie podía oírla, dijo dirigiéndose al Emperador que la miraba con intriga:

- El Imperio ha muerto, pero tu morirás con él.- Después con una sangre fría admirable le sonrió y le dijo simplemente: Ha sido un magnífico espectáculo.

Algunos días más tarde, el Emperador Heliogabalo era asesinado por sus propios seguidores.

 

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Gertrud, el padre

marzo 12, 2010 under Relatos de Historia

Gertrud era alta y rubia como sus hermanos Eegill, Smurri y Olaf y también como ellos tenía la piel blanca y los ojos azules, pero el azul de sus ojos quizá era más claro y su cabello era tan rubio que se confundía a veces con la nieve que en invierno cubría los valles.

Aunque quería mucho a su madre, que, como todas las madres de las diferentes familias del grupo era tenida en gran consideración por parte de todos, adoraba a su padre, Olaf, que a su vez sentía un cariño extraordinario por la pequeña Gertrud, permitiéndole a menudo muchas de las cosas que jamás hubiera consentido a ningún otro de sus hijos.

Se sentía muy orgullosa de él, no sólo porque era su padre, sino porque también era el jefe de la tribu, a quien todos debían respeto y obediencia. Sus sentimientos iban mucho más allá del vínculo de sangre y muy dentro de sí misma, donde los instintos bailan una loca danza que la razón no puede comprender, vibraba algo que iba aún más lejos de su admiración como jefe famoso por sus hazañas y su amor filial. Algo extraño e indefinible, quizá como un remoto presentimiento del amor que ella entregaría a un hombre algún día.

Todos los varones en su familia ostentaban largas cabelleras que eran muy estimadas y cuidadas como signo de pertenecer a la casta de los hombres libres, a diferencia de los siervos y de los esclavos que llevaban el cabello corto.

Desde muy niña se acostumbró a ver luchar por su independencia a sus hermanos junto a su padre y a los demás guerreros de la tribu, ya que de hecho ésta era la única ocupación que tenían.

En las noches de plenilunio o novilunio, los ancianos y los nobles decidían la paz y la guerra y entonces a Gertrud le hubiera gustado ser hombre para asistir a aquellas misteriosas asambleas y poder ver a su padre dirigiéndose a todos los guerreros que, vestidos con sus trajes de combate, le escuchaban como si fuera un dios.

Alguna vez cuando nadie la veía, se había colocado sobre la cabeza el casco de guerra. Deseaba ardientemente acompañar a su padre en la batalla, para poder morir con él en combate e ir juntos al reino del dios Wotan, donde ambos, eternamente jóvenes, podrían cazar día y noche y beber el hidromiel celeste en el cráneo de sus enemigos. Pero se daba cuenta de que aquellos eran sueños imposibles Siempre le estaría vedado el mundo de la guerra por haber nacido mujer.

Odiaba su sexo que la limitaba en todo lo que ella deseaba hacer y en consecuencia odiaba las labores de la casa propiamente femeninas. Tampoco le gustaba la larga túnica con franjas ornamentales que le llegaba hasta los pies y que vestían todas las mujeres de la comunidad, ya que le parecía incómoda y ridícula. A ella le hubiera gustado vestirse con pieles, como los demás hombres y actuar como ellos, pero nadie sabía de los deseos escondidos en su corazón.

El tiempo pasaba aprisa y el cuerpo de Gertrud cambiaba llenándose de curvas que ella intentaba inútilmente disimular bajo las ropas. Aún a su pesar se había convertido en una hermosa mujer y por mucho que intentase disimularlo todos lo advertían, sobre todo los muchachos jóvenes del poblado, pero ella no podía interesarse por ellos porque en su corazón ninguno podía siquiera compararse a su padre.

Se había convertido en una joven solitaria. Su conducta era extraña, sólo parecía sentir deseos de emular a sus hermanos en sus simulados juegos de guerra sin importarle sus burlas y constantes rechazos. Su madre, preocupada, decidió que quizá había llegado el tiempo de buscarle un esposo y el cariño que de niña sentía por ella se convirtió en un abierto enfrentamiento, pues no la comprendía y Gertrud tampoco se sentía comprendida por ella.

Fue por aquel entonces cuando su pueblo se vio seriamente amenazado por uno de los jefes de las tribus vecinas que había extendido rápidamente su autoridad por varios cantones y quería también anexionarse aquellos territorios para proclamarse rey. El poblado estaba inquieto y Gertrud, como todos los demás, sabía que si su padre, como jefe de la tribu, daba muestras de temor o timidez sería inmediatamente depuesto.

Aquella circunstancia distrajo completamente la atención sobre su persona y su hipotético marido y Gertrud suspiró aliviada; sabía desde su nacimiento, que la autoridad paterna entre los suyos era ilimitada y que su padre podía no sólo casarla contra su voluntad sino también, venderla o incluso quitarle la vida si se oponía a sus deseos. Le dolía en lo más profundo que él no comprendiera los motivos por los que ella no quería casarse con nadie, pero jamás se hubiera atrevido a revelarle su escondido secreto, y aunque era consciente de que no debía sentir aquel sentimiento hacia él, no podía luchar contra sí misma.

Por otra parte, los guerreros vibraban de entusiasmo ante la perspectiva de lucha, que para ellos representaba una aventura más que una desgracia y les suponía una nueva ocasión para merecer el Paraíso prometido, ya que si morían de vejez o de enfermedad perderían el cielo eterno e irían a parar para siempre a la fría morada del Loki, que para ellos representaba el infierno.

La guerra estalló y el pueblo se quedó desierto de hombres. Gertrud los vio partir un día a caballo con su padre a la cabeza, ostentando orgullosos los cascos metálicos de dos cuernos y armados con afiladas espadas de bronce y escudos que les cubrían la mitad del cuerpo.

Entonces una idea, la realización de todos sus sueños de niña, germinó en su mente; No lo dudó un instante: con la velocidad del rayo se vistió con las ropas de combate de sus hermanos y montando uno de los caballos que había quedado en las cuadras se unió al grupo que partía. Estaba segura de que en la confusión nadie se daría cuenta de su presencia ni sería reconocida porque había ocultado sus cabellos bajo el casco de guerra.

Y así, veloz como el viento y ágil como una gacela, la valiente amazona que deseó haber nacido jinete, partió hacia la realización de todos sus sueños de niña siguiendo la figura adorada de su padre, su dios y su ídolo, en busca de la gloria en la tierra o en el Cielo para compartirla con él.

En la fría noche que precedía al combate, Olaf el jefe de la tribu, paseaba lentamente por entre los cadáveres de las víctimas que yacían caídos en el mismo campo de batalla. Habían tenido innumerables bajas, a pesar de haber salido victoriosos en el enfrentamiento. Los supervivientes se disponían a recogerlos para enterrarlos como correspondía a su rango y dar así una digna despedida a los afortunados, que en aquel momento debían de estar ya disfrutando de las delicias de una vida de eterna juventud en el Paraíso, junto a Wotan, el dios de la guerra,.

De pronto, algo llamó su atención y se detuvo para observar de cerca la cara de uno de los caídos. Un mechón de cabello pálido como la nieve asomaba por debajo del casco metálico y su corazón comenzó a palpitar con fuerza, ya que le pareció reconocer en aquel rostro a alguien muy querido.

Lo separó con suavidad de la ensangrentada cabeza y una cascada de largos y rubios cabellos cayó en completa libertad, entonces, con sus propias manos giró el rostro hacia él, y pudo ver con claridad los azules ojos de su hija Gertrud, que aún a pesar de tener la frialdad de la muerte parecían mirarle con amor.

Y entonces, comprendió todo lo que ella siempre había querido decirle y nunca se había atrevido y aquel descubrimiento lo llenó de amargura y de felicidad. Después se inclinó con ternura y dolor sobre el delicado cuerpo de su hija y la llevó en brazos hasta su tienda. Gertrud sería enterrada con todos los honores de un guerrero germano. Aunque la había perdido, sabía que volvería a encontrarla en el Paraíso, donde ella le estaría aguardando desde aquel día.

Allí podrían amarse para siempre como dos espíritus, libres de los lazos de sangre que los ataban en la Tierra

 

Aresdre y Alor

enero 31, 2010 under Relatos de Historia

 

Iba vestido con un jubón ceñido a la cintura y cubría sus hombros con un manto hecho de oscura lana de cabra, sujetado en el hombro con un broche de bronce. Llevaba anillos de oro y plata en las orejas, cuello, brazos y también en los dedos de los pies, que insólitamente llevaba descalzos a pesar del frío, ya que como celta, había sido acostumbrado a soportar los rigores de la temperatura para poder convertirse en un buen guerrero.

Su pueblo se había establecido en el Rin, el Elba y el Danubio a donde habían llegado tras atravesar la Europa continental, procedentes de Asia, eran excelentes jinetes y amantes de la lucha abierta y aquel día celebraban una futura victoria porque a la mañana siguiente Alor y sus hombres marchaban a la conquista de las cálidas tierras del Sur, pobladas de gentes morenas de pequeña estatura.

Debían atravesar montañas y valles, hasta llegar a donde estas gentes tenían asentados su poblados, pequeños grupos aislados de viviendas que al ser de reducido número los hacían más vulnerables. Les esperaba un largo camino y la comida era también un modo de preparar sus cuerpos para la ardua marcha que se avecinaba.

Alor, como noble galo, disponía de esclavos y vasallos en número proporcionado a su alta alcurnia y a sus riquezas y también contaba con numerosos hombres de la plebe, que oprimidos por las deudas, los tributos y los vejaciones, se sometían a su servicio y sobre quienes podían ejercer los mismos derechos que sobre los esclavos.

Era un hombre rico y poderoso, poseedor de muchas tierras, temido por su bravura y sus armas, pero sin embargo no muy fiel a la palabra empeñada, que solía interpretar a su conveniencia, lo cual le ocasionaba más de un problema y frecuentes rencillas.

Uno de sus más encarnizados enemigos era el druida Aresdre, que en aquella ocasión se hallaba sentado enfrente de él, vistiendo una túnica blanca y un gran manto de tejido de lino fino que le concedía la prestancia y gravedad correspondiente a su cometido de sacerdote. Aresdre también ejercía de adivino, médico, legislador y filósofo, según el caso, y había sido el preceptor de Alor desde su más tierna infancia.

El joven fue siempre un aventajado discípulo, despierto e inteligente, y acostumbraba a formularle mil preguntas, para las cuales el sacerdote no tenía siempre res­puesta. Al llegar a la adolescencia, el joven galo, como casi todos los muchachos de su misma edad, creía haber llegado a un número de conocimientos superior al de su maestro y dejó de escuchar sus enseñanzas, que le parecían aburridas e incluso algo absurdas.

Hombre pragmático y con sentido práctico, todas aquellas historias de carácter esotérico comenzaron a parecerle muy poco convincentes. Este cambio de actitud, perfectamente natural en un adolescente, le pareció al druida algo insólito y humillante.

La hostilidad entre ambos empezó con la rapidez del fuego que comienza en un bosque sediento. Aresdre nunca pudo perdonarle su arrogancia y su impertinente descaro y cuando el noble galo se convirtió en un joven adulto, el antagonismo entre ambos era tan fuerte y evidente que ya ninguno de los dos se molestaba en disimularlo ante los demás, ocasionando a veces situaciones no sólo embarazosas sino violentas.

El pueblo se hallaba dividido entre ambos contrincantes, sin ni saber qué partido tomar, ya que el uno representaba la autoridad religiosa y el poder espiritual y el otro el poder económico y militar.

Sus desavenencias llegaron al punto culminante cuando Alor se casó con una joven de su misma tribu, la hermosa Igelda, a quien el druida había amado desde siempre en silencio. De los muchos agravios infringidos por el noble celta, éste era el más insoportable de todos. El druida comenzó a envidiar su juventud y su apostura de un modo enfermizo y, poco a poco, en su mente fue germinando la idea de la venganza.

Cada noche en la soledad de su alcoba, formulaba ritos mágicos secretos destinados a llevar a la ruina al joven celta, pero hasta el momento, ninguno de sus hechizos maléficos parecía haber dado resultado y su animadversión hacia él aumentaba al mismo tiempo que aumentaban las conquistas y los éxitos del noble galo.

Aquel día, el druida, como todos los demás comensales, había bebido demasiado, sus ojos brillaban de excitación y la cerveza comenzaba a liberar su odio reprimido en el fondo de su corazón durante demasiado tiempo.

Igelda, la mujer de Alor, estaba sentada al lado de su esposo y parecía resplandecer como una joya. Iba vestida con una simple saya sostenida en el cuello a modo de collar que cruzaba el seno de forma que los altivos pechos quedaban al descubierto. El pelo recogido en dos largas trenzas se adivinaba rubio en su origen, pero lucía el tono castaño de los frutos del bosque, conseguido con un tinte elaborado con médula de cabra y ceniza muy apreciado entre las damas de noble alcurnia.

Los ojos del druida no podían apartarse de los sonrosados pezones contraídos por la baja temperatura y tal era el deseo que se reflejaba en su mirada, que el mismo Alor captó la lascivia en las pupilas del sacerdote y le increpó violentamente:

“Solo yo puedo mirar de este modo lo que me pertenece y harías bien en alejar tus ojos de lo que es mío.”

Todos callaron presintiendo una tormenta inminente. Alor se levantó de golpe y todos se levantaron también en señal de respeto. El sacerdote permaneció sentado mirándole fijamente pero sin miedo, sabía que su persona era intocable, pertenecía a la otra casta poderosa de las tribus celtas. Quizá no poseía las riquezas ni las armas, pero sí estaba investido de la autoridad suficiente para desafiar a la nobleza. Sin embargo el alcohol pesaba en la cabeza de los dos hombres y el desafío se establecía entre sus instintos, desposeídos de su rango.

Igelda intentó intervenir, pero fue apartada bruscamente por el brazo de su marido que la arrojó al suelo sin contemplaciones. En aquel instante, cualquier cosa podía suceder, la mano de Alor se dirigió a  la larga espada de dos filos que embutía en una vaina de hierro ceñida al cinto y el druida lo hizo a su vez con el puntal que llevaba oculto entre los pliegues de su larga túnica.

En aquel momento decisivo, un espantoso trueno retumbó por todo el cielo antes despejado y la lluvia comenzó a arremeter con fuerza sobre el bosque. Inmediatamente, como si el agua que caía sobre ellos aplacase también el calor de sus ánimos, el casi inevitable enfrentamiento desapareció y Alor apartó su mano del cinto mientras volvía a recuperar su lugar en la mesa, todos los demás siguieron su ejemplo aliviados y el banquete prosiguió animadamente a pesar de la tormenta. Pero el odio que brotaba del alma de ambos contrincantes no desapareció, simplemente volvió a su lugar de origen y permaneció postergado, pero no muerto.

Aquella nueva humillación no había hecho sino aumentar los deseos de venganza de Aresdre, que decidió dar a sus planes una forma definitiva porque se había dado cuenta que el mundo era demasiado pequeño para los dos. Uno de ellos debía desaparecer para siempre.

Con el alba, el cuerno de guerra sonó llamando a la partida. Todos los miembros del poblado celta abandonaron al unísono sus hogares y sus utensilios de trabajo y acompañados de sus mujeres corrieron a empuñar las armas. Habían cambiado sus vestidos por una cota de escamas de bronce para proteger su cuerpo, cubrían sus cabezas con un casco, provisto de dos astas y guarda mejillas y se armaron con lanzas de larga punta de hierro ondulada, jabalinas, arcos, hondas y escudos ovales de la altura de un hombre. Pero especialmente, con su arma favorita, la maza, en cuyo manejo eran temibles hasta el extremo que los romanos solían decir que nadie podía vencer a un galo cuando decía: ¡Duro y a la cabeza! palabras que acostumbraban a ser sus gritos de combate.

Abandonaron el poblado en masa hacia el encuentro con lo desconocido, montados a caballo y armando un terrible estrépito, haciendo ostentación de todo un aparato de guerra, en el que no faltaban pinturas y cincelados de oro y plata.

Pero a Adresde no le importaba nada conquistar las tierras de los Iberos, sólo le importaban sus planes de venganza y sabía que Alor iba a una cita con la muerte porque había planeado matarle con sus propias manos.

Galopaban favorables al viento en busca del enemigo, confiados en que todavía se hallaban a considerable distancia del poblado ibero, cuando les sorprendió el ataque de docenas de ellos que, agazapados tras las rocas abruptas, habían estado esperando pacientemente a que se acercasen lo suficiente.

Ya en pleno fragor de la lucha, confundidos los hombres de ambos bandos en un abrazo encarnizado, Aresdre creyó haber encontrado el momento oportuno para realizar sus planes. Los galos estaban aún demasiado aturdidos y confusos para prestar atención a nada que no fuera defender sus propias vidas y no se dieron cuenta de que Aresdre arrebatando la máscara de la cara de uno de los contrarios muertos, se precipitaba a traición sobre el jefe galo que en aquel momento luchaba cuerpo a cuerpo contra uno de los feroces guerreros iberos.

Ya iba a hundir en su espalda la punta de su lanza, cuando en aquel preciso instante un dolor agudo detuvo su mano, sus dedos perdieron sensibilidad y el arma cayó a sus pies al mismo tiempo que él caía a su lado.

Agonizante, aún tuvo tiempo de contemplar la cara de su asesino que se erguía frente a él blandiendo la espada ensangrentada y de reconocer antes de morir, los ojos azules de Igelda mirándole sin piedad.

Pero antes de exhalar su último suspiro se sintió feliz, había predicho que en el mundo no había sitio para los dos y uno de ellos debía desaparecer. Sus oráculos se habían cumplido, solo se había equivocado de víctima.

Alejandro

enero 2, 2010 under Relatos de Historia

 

Pero Alejandro no compartía ese criterio, le gustaba que le considerasen un Dios viviente, porque se sentía como tal y porque no se parecía en nada a Filipo, que era calculador y hasta cruel.

Alejandro era todo lo contrario. Nació rey, cuando su padre había conquistado el trono por sus méritos y en sus planes había intervenido siempre todo, menos el cálculo y la decisión, que había dejado siempre en manos de los dioses. Verdaderamente si alguna vez habían existido seres antagónicos en el mundo, estos habían sido Filipo y su hijo Alejandro

Todavía no había podido olvidar a su padre, aunque hacia ya tiempo que había muerto asesinado, probablemente por orden de su propia esposa, aunque esto era algo que él nunca supo de cierto y tampoco le importaba demasiado. Filipo había sido siempre perverso con las mujeres…

Alejandro recordaba cuando abandonó a su esposa, Olimpias, para desposarse con una bella cortesana macedonia. Ambos, madre e hijo, tuvieron que abandonar la corte como vulgares desterrados. Filipo se cansó pronto de la mujer por la cual había perdido la dignidad. Cuando ambos pudieron regresar al palacio requeridos por el rey arrepentido, la reina recuperó su rango, pero no pudo perdonar nunca a Filipo. Alejandro la comprendía y si realmente su padre hubiera muerto a causa de la venganza de su propia madre le parecía justo.

Hoy era el día de su boda y pensaba en ella. Le hubiera gustado que estuviese allí, en Susa, Olimpias se sentiría satisfecha de todo lo que él había conseguido en su corta vida. Cuando era pequeño solía leerle capítulos de La Iliada por las noches, a los pies de su cama. Su madre había soñado que él se convirtiese en un héroe tan grande como Aquiles y Alejandro no la había defraudado.

Alentado por su amado preceptor Aristóteles de la superioridad de los griegos frente a los persas, Alejandro se lanzó a la conquista de Asia y lo consiguió, pero sus intenciones habían sido muy diferentes a las de su padre, que solo intentaba agrandar sus territorios, al joven le impulsaban otros deseos. Era romántico y noble por naturaleza, no le tentaba el poder, sino la gloria, deseaba extender la civilización griega por todo el mundo.

Aquel era un día para recordar y hacer balance, el día de su boda, la gran boda, simbólicamente llamada Unión de Asía con Europa.  Hoy se casaría con la hermosísima Statira, la princesa persa, hija de su más encarnizado enemigo Darío. Sus amigos heleno-macedonios se casarían a su vez con 80 princesas indígenas y 10.000 hombres de su ejército también contraerían matrimonio con mujeres del país. Aquel día era el más grande de su vida, porque se consolidaba su aspiración a crear la unidad del mundo bajo la influencia de la civilización helénica.

Mientras rasuraba su rostro frente al espejo con una afilada cuchilla, teniendo mucho cuidado de no lastimarse, porque su piel era fina como la de una mujer, recordó la completa derrota de Darío en Arabela, a pesar de que los combatientes eran 10 veces superiores en número a los suyos.

El rey persa huyó de la ciudad vergonzosamente. Era un hombre incapaz, sus numerosos soldados no lo conocían ni lo querían. Esta victoria le dio Mesopotamia y las riquezas y la familia de Dario también cayeron en su poder, entonces se consideró rey de Persia y ahora iba a casarse con la más bella e inteligente de las hijas del rey derrotado, la princesa Statira.

Se había propuesto que sus macedonios, venciendo el impulso racista de superioridad que caracterizaba a su pueblo, y que él mismo había sufrido en su propia piel, se casaran también con mujeres persas. No olvidaría fácilmente que los macedonios habían sido educados en la cultura helénica y sin embargo fueron considerados bárbaros por los griegos.

Contempló con orgullo su rostro reflejado en la superficie del espejo. Su viril apostura era indiscutible, poseía una belleza arquetípica casi sublime. Se decía que si no hubiera nacido rey, lo hubiese merecido y si no hubiera sido engendrado por un Dios, hubiese sido adoptado por uno.

Era de estatura mediana, miembros bien proporcionados y perfil noble, como nobles eran todos su movimientos. Su mirada parecía iluminada por el candor de la inocencia, que nunca había llegado a perder del todo a pesar de hacerse adulto y sin embargo, aquella misma mirada llena de bondad, podía convertirse en terrible en sus frecuentes accesos de cólera, potenciada por su arraigada afición al buen vino, vicio de su padre terrenal y vicio nacional de los macedonios. Alejandro unía en su sorprendente temperamento una razón fría unida con la pasión mas vehemente.

Se dirigió hacia el ventanal y lo abrió de par en par sintiendo la delicia del sol naciente en sus ojos, la luz ilumino la lujosa estancia, decorada al estilo oriental a cuyo embrujo no se había podido resistir.

Aceptó gustoso el pomposo ceremonial de la corte persa como algo digno de su persona,  no en vano se había dejado divinizar en Egipto, dando su nombre a una ciudad, Alejandría. Sabía que la exagerada pleitesía a la que se había acostumbrado, era considerada denigrante por sus compañeros griegos, e incluso que aquella pleitesía le había forzado a apuñalar, en pleno arrebato de alcoholismo, a su mejor amigo Clito, que se había negado a practicar la genuflexión ante él.

Recordarle le llenaba de tristeza… hubiera dado años de su propia vida porque su amigo estuviera aquella mañana con él. Después de haberle asesinado quiso morir. Soñó con su rostro durante muchas noches, terribles pesadillas de las cuales se despertaba gritando de desesperación cubierto de sudor y permaneció días enteros encerrado en su tienda, negándose a comer. Había amado más a Clito que a ninguna otra mujer en su vida, excepto Rosana.

Se había enamorado perdidamente de la bella princesa bactriana en cuanto la vio. La siguió por toda Asía únicamente para conseguir sus favores, hasta casarse legalmente con ella, pero más tarde, todo cambió para él y decidió anteponer su deber al amor y repudiarla. Por eso se casaba con Statira a quien no amaba, pero que consolidaba su tan soñada unión de Oriente y Occidente. El sueño que su madre Olimpias había soñado para él, el sueño que le hacia superar a su padre definitivamente y del cual siempre tuvo unos celos ocultos e inconfesables, que a veces aún surgían de las tinieblas del pasado como cuando siendo adolescente le notificaban que Filipo había ganado alguna batalla y solía decir: Amigos, mi padre lo conquista todo, no me dejará realizar nada grande ni glorioso…

Alejandro era incansable en sus campañas de guerra, nadie comprendía el porque de su tenacidad y su ambición, que parecían no tener limites, cualquier mortal hubiese sido feliz con solo una cuarta parte de lo que el héroe había conseguido en plena juventud, pero nadie sabía que éste nunca se deba por satisfecho, porque en lo mas recóndito de su alma, no creía haber logrado aun superar a su padre. Hasta hoy, en que por mediación de aquella ceremonia nupcial, iba a verse consolidado como el Gran Rey, dueño y señor de Asía

Una insoportable desazón lo invadió a medida que daba curso a estos pensamientos y sintió unos deseos terribles de beber un vaso de vino fresco. Llamó a uno de sus sirvientes, que atento a las necesidades de su dueño y señor, esperaba pacientemente tras la puerta de su alcoba las 24 horas del día y éste se apresuró a servírselo.

Alejandro bebió con fruición, saboreando con deleite el delicioso liquido de color sangriento y a medida que el vino se introducía en su cuerpo se sintió mejor. Entonces se dispuso a vestirse para la gran ceremonia.

El sirviente lavó cuidadosamente su cuerpo y suspendió después sobre sus hombros una túnica roja, recogiéndola en sus hombros con unos prendedores, adornados de filigrana. Sobre su torso colocó después una coraza integrada por dos partes convexas hasta la cintura y protegió sus hombros mediante unas placas de metal que contribuían a mantener fija la coraza. Sus piernas, desde el tobillo hasta la rodilla, estaban resguardadas por polainas también de metal y finalmente calzó sus pies con unos zapatos de fuerte suela, a la cual iban sujetas unas cintas de cuero. Después sobre sus cabellos rubios sujetó un casco ceñido terminado en punta. Iba vestido con su traje de batalla, solo le faltaba el escudo, que desechó en el último momento para utilizar en su lugar un largo bastón de plata.

Cuando abandonó la habitación tuvo aún un último recuerdo. El día de su nacimiento, un loco llamado Erostrato incendió el hermoso templo de Diana en Efeso y los griegos interpretaron la coincidencia como señal de que había nacido el conquistador de Asía. Era Alejandro, llamado el Magno. Si algún hombre ha parecido Dios entre los hombres este era él y así pensaba continuar, fiel a su destino, quemando su juvenil vida con la rapidez de una antorcha.

 

El rostro de Alejandro brillaba a la luz de las velas que iluminaban la cámara nupcial. El perfume de las flores era denso. Marido y mujer estaban solos por primera vez desde que había terminado la gran ceremonia, el vino todavía calentaba sus cuerpos y la comida pesaba en sus estómagos. Statira había dejado caer su manto sobre el suelo y aparecía desnuda frente a él, era hermosa, quizá la más hermosa mujer de toda Asía. Alejandro miró sus largas piernas, sus brazos bien contorneados y sus pechos puntiagudos y desafiantes. Toda su atención se centró en aquellos pezones que parecían plantarle cara. Nunca delante de ningún enemigo en el campo de batalla se sintió más indefenso e impotente. No sentía ningún deseo delante del cuerpo de su mujer, como tampoco lo había sentido delante del cuerpo de ninguna otra. Statira no despertaba en él ningún instinto de hombre.

Quizá estaba demasiado borracho. Había bebido mucho a propósito, para vencer el temor de que le ocurriese lo mismo que con Rosana, pero se daba cuenta de que le estaba sucediendo otra vez. Alejandro sabía, en lo más profundo de sí mismo, que aquella desgana e indiferencia, no era producto del alcohol. Desde muy joven y a diferencia de sus compañeros de armas que parecían no poder resistir la voluptuosidad de la carne, se había conservado casto sin ningún esfuerzo.

Al principio no le había dado importancia, otras cosas más valiosas para él llenaban su mente, allí donde los otros solo veían sexo, él gestaba el nacimiento de un Imperio, pero en su fuero interno se preguntaba el porque de aquel desinterés, de aquella desgana inexplicable.

Tampoco sentía ningún deseo hacia otros hombres y jamás se le habían conocido amigos inconfesables. Era como si la naturaleza hubiera sido diferente con él y solo le hubiera dado el don de la pasión para hacer la guerra. Sin embargo era sensible a la belleza, por eso había escogido las mujeres más hermosas para acompañarle, pero Alejandro se contentaba con su presencia, no exigía ni deseaba nada más.

Statira comenzaba a inquietarse, no podía comprender la conducta de Alejandro y su pasividad, ella se sentía profundamente atraída por la belleza del héroe y de su leyenda. No le importaba mucho que hubiera destronado a su propio padre ni que, indirectamente, el joven fuera la causa de su muerte. Ella nunca había amado a Darío porque era un ser abominable y perverso.

Se sintió enormemente feliz de saberse escogida por Alejandro para ser su esposa y aunque se daba cuenta de que la mayor parte de las razones que le inclinaban a esa boda eran políticas, estaba muy segura de su belleza, que Alejandro aún no había podido contemplar a causa de la reserva que las mujeres persas debían a sus cuerpos, pero confiaba en su reacción cuando la viese tras las ropas que la ocultaban. No se esperaba aquello, no sabía que decir ni como actuar, estaba sumamente confundida.

De repente el gran coloso estalló en sollozos, era un llanto irreprimible que la angustió y la sorprendió tanto, que su impaciencia se convirtió de pronto en ternura. Con un gesto maternal, acogió la hermosa cabeza entre sus pechos morenos, que se tornaron dulces en lugar de desafiantes, brindándole así todo el calor que, como mujer, era capaz de dar.

Y así la noche fue deslizándose lentamente envuelta en las fragancias de las flores y los destellos de las velas brillando sobre sus cuerpos desnudos. Después, el sueño los venció y ambos se quedaron dormidos sobre el virginal lecho, como dos niños que se abrazan para no perderse.

Nadie sabría nunca lo que ocurrió allí esa noche, ni las noches que se sucedieron después, ella nunca lo contaría. Ningún libro de historia jamás podría explicar a la posteridad que, Alejandro Magno, el Dios que bajó a vivir entre los hombres para conquistar el mundo, perdía al anochecer en la intimidad de su alcoba, las batallas que ganaba durante el día en el campo de combate.

 

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Sulka y Etze, la danza

diciembre 6, 2009 under Relatos de Historia

Con la usual rapidez de quienes están acostumbrados al arte de andar descendieron por el cerro y las murallas que rodeaban el poblado fueron quedándose atrás, recortándose su silueta sobre el cielo de la noche de plenilunio. Iban a su anual cita con los dioses y también llevaban consigo flautas, trompetas y cestas llenos de frutos para ofrendarles.

Poco a poco a medida que avanzaban, se les iban uniendo otros caminantes que como ellos tenían el mismo destino, y así sucesivamente iba aumentando el número del grupo, hasta formar una verdadera muchedumbre de almas y aunque todos provenían de distintos poblados y hablaban distintas lenguas, todos eran hermanos de raza.

Sulka y Etzé caminaban muy juntos, sus padres los habían comprometidos en matrimonio desde niños, puesto que ella era la heredera del patrimonio familiar y con esta unión se preservaba la herencia, como era costumbre entre los iberos. Pronto se celebraría su boda, ya que ninguno podía dejar de acatar la tradición de la tribu y los mandatos de sus padres. Sulka y Etzé eran hermanos.

Las piernas de ella, que su corta falda de esparto dejaba al descubierto, eran robustas y bien torneadas y se adaptaban perfectamente al paso de su compañero. Era también muy joven y al parecer muy coqueta, pues peinaba sus cabellos de una manera caprichosa, cubría sus brazos con brazaletes y en el cuello llevaba  muchos collares de cuentas ensartadas de esparto.

Él debía de tener apenas un año más que ella, fornido y musculoso, gracias a los muchos juegos gimnásticos a los que era muy aficionado, al igual que la mayoría de los muchachos de su edad. Los iberos conceptuaban como principal ocupación y deber del hombre el ejercicio de las armas y de este modo preparaban sus cuerpos para el sagrado deber de la guerra.

Mientras caminaban charlaban animadamente con la alegre espontaneidad de su edad. Se sentían contentos y llenos de ilusión ante el largo viaje.

Cada año coincidiendo con la luna llena, centenares de iberos dejaban de combatir entre ellos, y olvidándose de sus escaramuzas y emboscadas, reunirse en fraternal comunión hasta los valles de las lejanas montaña del gran río Ebro. Allí formarían un gran corro donde cantarían, bailarían, comerían y beberían durante tres días y tres noches completas, rindiendo culto al sol y la luna y les ofrendarían los frutos que transportaban desde muy lejos.

Ninguno de los dos hermanos conocía el amor, pero el despertar de su deseo sexual era tan fuerte, que les era fácil confundirlo, así pues, aceptaban aquel sentimiento natural como lo único que necesitaban sentir para permanecer unidos durante todo el resto de su vida. Y mientras recorrían juntos los valles, las montañas y los bosques se sentían felices y la risa fácil y abierta acudía a menudo a sus labios en carcajadas espontáneas y ruidosas, persiguiéndose a veces el uno al otro en juegos donde desahogaban la energía que brotaba como un torrente por todos los poros de su piel.

Llegaron al fin al lugar de destino y tras un breve descanso todos los componentes de la comitiva celebraron con gritos de júbilo el encuentro con las aguas del gran río que corría caudaloso cruzando el valle.

Sacaron sus instrumentos del interior de sus jubones y al unísono con los demás se inició la música, las danzas y los cánticos que debían durar muchas horas sin interrupción

Sulka poseía una gran sensibilidad para tocar su flauta y Etzé era una buena bailarina, cuando ambos bailaban y tocaban parecían estar poseídos por un hechizo especial, se entregaban a ello en cuerpo y alma y ninguno de los dos parecía ser capaz de detenerse.

Pero aquel día iba a suceder algo extraordinario; un joven se incorporó al baile solitario de la muchacha, alguien que, como ella, parecía estar poseído por el embrujo de la danza y se acoplaba perfectamente a sus movimientos y cadencias. Todos estaban entregados al frenesí de la fiesta y nadie advirtió que Etzé y su inesperada pareja de baile comenzaron un extraño diálogo en el cual en lugar de palabras utilizaron un lenguaje distinto, pero no por ello menos expresivo, el lenguaje del cuerpo.

Y así mientras Sulka vivía en su propio mundo de notas y armonías, los jóvenes bailarines descubrieron un nuevo sentimiento desde lo más profundo de sus corazones y se enamoraron.

Tres días después de baile, cánticos y música, con los estómagos repletos y los cerebros ebrios de vino cálido, los hombres y las mujeres comenzaron a sentir cansancio y sus cuerpos cayeron rendidos uno tras otro sobre la hierba para dormir el sueño reparador de la embriaguez, entonces los jóvenes amantes unieron sus cuerpos en las cadencias de una nueva danza de jadeos, abrazos y besos y consumaron su recién nacido amor, ocultos entre los árboles del bosque a donde su danza fantástica les habían dirigido.

Comenzaba amanecer y lentamente, como recién despertados de un insólito sueño, los hombres y las mujeres se dispusieron a iniciar la marcha y emprender el camino de vuelta.

Etzé‚ al lado de su hermano caminaba con los ojos bajos, sin atreverse a mirarle, pero éste, no parecía haberse dado cuenta de lo que lo había sucedido y canturreaba por la bajo la melodía que había estado interpretando durante aquellos días de fiesta.

Ella sabía que pronto seria su mujer y que desde aquel momento le debería fidelidad y obediencia, también sabía que ya no volvería a ver más al hombre del que, sin quererlo, se había enamorado. Pero aunque intentaba evitarlo, solo podía pensar en él.

Cuando ya llevaban varias horas de viaje, sintió de pronto una sensación extraña en su nuca, era tan fuerte que no pudo evitar levantar la vista y girar la cabeza hacia donde le parecía que, sin palabras, la estaban llamando. Entonces volvió a verle y aunque ni siquiera se habían hablado, Etzé comprendió lo que él le estaba diciendo desde lejos y también sin palabras le correspondió.

Después y aunque era más alto que la mayoría de los hombres del grupo, desapareció engullido por el gentío que lo rodeaba y ella continuó la marcha de regreso junto a su hermano.

Pero Etzé‚ ya no reía, su alma se había quedado para siempre en el valle y sin ella ya jamás podría volver a bailar.

 

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CONFUCIO, La Enseñanza

noviembre 8, 2009 under Relatos de Historia
La naturaleza no fue pródiga en cambio con su cuerpo terrenal, ya que su aspecto era un tanto cómico. Tenía una nariz de anchas aletas acampanadas, los ojos oblicuos, la cabeza con una protuberancia en la parte superior y la barba y los bigotes le colgaban de la cara en tres grandes flecos. Sin embargo era un hombre de complexión vigorosa y aventajada estatura, que solía cubrir con una vestimenta que recordaba el kimono de los japoneses.
Confucio aprendió a cantar y a tocar el laúd y la cítara desde niño, llegando a ser un músico inspirado. Se casó muy joven y se dedicó a vivir una vida privada y tranquila hasta su madurez, entonces quiso hacerse experto en lo relativo a las reglas que regían el ceremonial de la música y abandonando la pequeña provincia donde había nacido, se trasladó a la capital con el fin de ampliar sus estudios. Allí tuvo que ganarse la vida dando clases, pero solo recibía honorarios de la gente con recursos; a los que no tenían dinero les enseñaba gratuitamente, porque nunca ambicionó la riqueza y el poder, ya que no creía en la aristocracia de la sangre y afirmaba que, por naturaleza, todos los hombres son iguales.
En una de sus clases conoció a la joven Li Che Ti. Sus padres la llevaron ante él atraídos por su fama de músico y maestro en el arte de la etiqueta. La niña contaba tan solo 10 años de edad y era la primera vez que se la permitía salir de la casa paterna. Tenía un rostro de marfil enmarcado por negros cabellos sueltos a ambos lados de las mejillas y sus pies habían sido reducidos a tres pulgadas, como indicativo de que su poseedora no había nacido para el trabajo. Aquello era considerado como algo de suprema elegancia entre las nobles familias chinas, ya que la reducción de los pies sólo afectaba a una de cada cinco hijas de familia y a ella le había  tocado el honor de ser la quinta. Un honor que había supuesto para la niña haber sido sometida al tormento de unos vendajes compresores que provocaban a veces no sólo una simple atrofia, sino la rotura de los dedos Todo este proceso no estaba destinado a las mujeres de humilde cuna, que sólo se libraban de semejante suplicio para ser convertidas en verdaderas bestias de labor por sus maridos.
Su enseñanza con el maestro duró varios años. Al llegar a la adolescencia, la joven peinaba sus cabellos en una larga trenza que llevaba recogida sobre la cabeza como signo de haberse convertido en una mujer. Y a los quince años, cuando se prometió con Yu Fu Hag, adoptó una aguja de plata sobre su peinado, lo que equivalía al símbolo de prometida.
Entonces Li Che Ty ya sabía, porque así se lo habían enseñado, que la estima que su futuro esposo le dedicaría en su matrimonio estaba en funciones del tamaño de sus pies y que nunca debía hablar de ellos ni mostrarlos delante de otra mujer. Tampoco los necesitaría para caminar, puesto que una vez casada y después de un necesario aprendizaje en el arte de hilar, tejer y bordar, algo de música y el ceremonial tradicional de las costumbres de sus antepasados, sólo saldría de su casa previo consentimiento de su marido para visitar a una amiga o a sus padres  conducida siempre en un recatado palanquín.
Su futuro esposo probablemente contraería matrimonio con cuatro o cinco esposas más, pero ella seria la preferida entre todas, las otras adaptarían zapatos muy elevados sobre el tacón y suela gruesa inclinada hacia adelante para dar a sus pies el aspecto de los suyos, lo que las obligaría a caminar apoyadas en la extremidad de los dedos; pero ninguna, aunque intentasen imitarla, poseería ese andar balanceante de los pies que han sufrido la reducción y que los poetas comparaban con el vuelo de las mariposas.
Li.Che-Ti era una joven despierta e inteligente, aprendía deprisa las artes y ciencias que le enseñaba su maestro. Antes había sido sumamente coqueta porque lucia gran cantidad de adornos personales en sus vestidos y mostraba gran preferencia por los afeites, pero poco a poco fue perdiendo gran parte de su vanidad y dejaba que fueran los sirvientes quienes siguiesen maquillándola y vistiéndola, consciente de su deber de agradar a su futuro marido.
Ellos solían pintarle un lunar artificial, grande y de un rojo encendido entre el labio inferior y la barbilla y una línea vertical de carmín en el entrecejo, también arqueaban sus cejas en negro y conocían a la perfección el arte de achicar sus ojos, según las modas del momento y además, enfundaban sus dedos en dedales de plata que protegían sus uñas extremadamente largas y le colocaban pendientes tallados en coral en las orejas, collares de cuentas vegetales en el cuello y anillos de jade en las manos.
Así pues y aparentemente, Li Che Ti, correspondía al perfecto ideal de una joven china de buena familia, sin embargo, en su interior difería mucho de lo que aparentaba, pero este interior era desconocido por todos; por todos menos por su maestro.
Él le había enseñado no sólo el arte de la música, las tradiciones y el culto a los antepasados, sino el arte de bien pensar. Solía decirle a menudo, en sus horas de charla, que el camino de la verdad consiste en no engañarnos a nosotros mismos. Trataba así el maestro de hacerle ver a Li Che Ti, que toda aquella parafernalia a que había estado sometida desde niña y que ella siempre había considerado como algo natural, podía ser tan solo la imagen que los demás querían ver en ella, más que su propia imagen.
Estas reflexiones podían resultar muy peligrosas para una joven educada al modo tradicional, especialmente si la joven era inteligente, puesto que podían significar el despertar de un letargo que no podían comportarle más que desgracias.
El maestro también solía decirle, entre pausa y pausa en la enseñanza del laúd, que el camino de la verdad es fácil de hallar y que el único inconveniente es que la mayoría de los hombres no lo buscan.
Si los padres de la hija de familia hubieran siquiera sospechado las ideas que poco a poco el sabio introducía en su mente se hubieran escandalizado pero el gran pensador no podía dejar de sentir compasión por aquella mujer dirigida y monopolizada como una autómata.
Juzgaba Confucio, que a todos nos alienta un impulso hacia lo alto y la idea básica de su doctrina era que todo ser humano ha de mantenerse en continuo crecimiento, por eso él deseaba que su discípula fuese dueña de sus propios pensamientos.
La relativa sencillez que él veía en la vida, le permitía pretender solucionar problemas materiales y sociales con principios puramente espirituales. Según sus criterios, bastaba actuar en un sentido, para que todos los demás respondieran a su vez, pero tal idea resultaba especialmente utópica en China, donde los vínculos familiares eran más estrechos y fuertes que en ningún otro sitio y las tradiciones eran extremadamente arraigadas y cerradas a influencias extrañas, Confucio sin embargo, arremetía contra la realidad con todas las consecuencias, incluso la amenaza de su propio destierro.
Un día, la discípula visitó a su maestro con el semblante muy apenado y al preguntarle éste por la causa de su tristeza, la joven le contestó que aquella era la última vez que le sería permitido verle.
Esa tarde fue ella quien habló durante largo rato mientras el sol caía lentamente tras los biombos de bambú y el maestro la escuchó atentamente sin interrumpirla ni una sola vez.
Cuando la joven terminó de hablar Confucio se quedó pensativo y recordó sus propias palabras: No te creas tan grande que te parezcan los demás pequeños. Y comprendió que era el momento para aprender de su propia filosofía.
La joven china de buena familia le había dado una lección que jamás podría olvidar. Después la vio partir montada en su palanquín portado por servidores, protegiéndose del sol con su quitasol de seda y ocultando recatadamente su rostro tras su abanico redondo de plumas.
Confucio ya no volvió a verla y durante los años que siguieron a aquella conversación ya no pudo dedicarse más a la docencia. El maestro sintió enormemente perder la compañía de la inteligente joven, a quien había tomado mucho cariño y su dolor fue doblemente grande, porque sabía que el camino que ella emprendía en su matrimonio era un camino sin retorno que jamás la conduciría de nuevo a él.
Meditó largamente y con su imaginación creó un demonio familiar a quien él llamó el duque de Tschou y que representaba el arquetipo de todas las virtudes del hombre superior. Con aquel espíritu mantenía día tras día conversaciones visionarias. En estas confidencias Confucio le revelaba sus dudas e imaginaba que el duque le descubría secretos sobre el saber más profundo, ya que él no se sentía capaz de enseñar, sino de aprender.
A partir de entonces su vida fue un continuo peregrinar para encontrar un heredero espiritual del duque, un príncipe capaz de seguir sus principios y organizar sus territorios de un modo que fueran el ejemplo de los colindantes, hasta ser así sucesivamente el espejo del mundo.
Intentó inútilmente conseguir que se le concediese algún cargo importante en la administración pública y aunque viajó varios años por China, con la esperanza de encontrar un monarca que le proporcionase la ocasión de realizar las reformas con las que soñaba, nunca lo consiguió.
Viejo y cansado, se retiró a su lugar de nacimiento, donde murió en el año 479 a.C. convencido de que su vida había sido un fracaso.
Fue enterrado en el cementerio de Kuofon y sus discípulos lo lloraron como a un padre guardándole tres años de luto riguroso, empleando ese tiempo en recoger y recordar las experiencias del Maestro.
Estas recopilaciones se convirtieron siglos más tarde en la Biblia de la nación China, pero quizá nunca se hubieran escrito, si las siguientes palabras de una joven que nadie recuerda, no hubiesen quedado marcadas a fuego en su corazón:
- Mis padres han fijado ya el día de la boda, pero quiero que sepas maestro, que voy al matrimonio contra mi voluntad, aunque no puedo hacer nada para evitar mi destino. Yo desearía quedarme, pero mis pies no pueden caminar para seguirte, porque son tan pequeños y están tan deformados que apenas pueden sostenerme. Tampoco puedo vivir de mis manos, que sólo saben bordar, tocar las cuerdas del laúd y adornar jarrones con flores.
Me han educado para ser un ser perfectamente inútil que solo sirve para alegrar la vista de mi esposo con mi belleza y mis cualidades sociales y para ofrecerle el refugio de mi cuerpo cuando él quiera desahogar la llamada de su sexo. No he nacido para mí, sino para los demás. Soy la imagen viviente de lo que mis padres han querido que yo fuera, y yo no he tenido opción para elegir.
Pero como el pájaro que canta dentro de su jaula de oro, feliz por ignorar que hay algo más allá de su prisión, yo no seria consciente de mi desgracia si tú no hubieras despertado mi inteligencia con tus palabras.
Tú le has dado a mi alma las alas que le faltan a mi cuerpo. Has abierto los ojos de mi razón y me has hecho comprender la realidad de mi vida y ahora estoy condenada a vivir hasta la muerte separada de mi espíritu, porque él ya conoce lo que yo nunca podré conocer.
Tú eres un hombre sabio y dices lo correcto, tú me has enseñado que a donde quiera que vaya lo haga de todo corazón. Dime tú, sabio entre los sabios… ¿cómo podrá latir el mío dentro de un cuerpo sin alma? ¿Cómo podré vivir estando muerta?
Tú eres un hombre sabio, pero quizá deberías aprender de una ignorante como yo, que la verdadera sabiduría sólo lo es cuando se aplica adecuadamente, si no es así, lo destinado a encontrar la felicidad también puede ser la causa de la desgracia.
Mucho hemos hablado en todos estos años y tus palabras estarán guardadas dentro de mi corazón como el más valioso de mis tesoros. Pero quiero que sepas también que con estas palabras, lejos de darme la libertad, me has condenado para siempre.
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