Chomelitlan

abril 3, 2011 under Relatos de Historia

 

El viaje a la capital siempre constituía un acontecimiento para todos. La ciudad de Tenochtitlan, que más tarde los españoles llamaron Méjico, estaba edificada sobre una isla a la que se llegaba por cuatro distintas calzadas. Para llegar tenían que recorrer un camino de cinco kilómetros a pie, que eran una autentica proeza de ingeniería, ya que la anchura de dicha calzada era grande y estaba sólidamente fortificada interrumpida sólo a trechos por puentes levadizos.

En el camino todos admiraban las hermosas casas. De soltera, Chomelitlan había trabajado en una de ellas como criada y todavía recordaba que eran frescas y tenían hasta cinco patios en su interior, con sus pozos, albercas de agua y muchos aposentos para los esclavos y las gentes de servicio.

Ya en el mercado, recorrieron muy juntos las numerosas paradas donde circulaban animadamente hombres y mujeres. Todos eran de mediana estatura y poseían cuerpos bien proporcionados de hermoso color aceitunado. Tenían los cabellos negros, lisos y espesos, que adornaban con penachos de plumas y joyas de oro y algunos adoptaban la extraña costumbre de agujerearse las orejas y las narices, colgándose de ellas grandes ruedas de piedra, o incluso de llevar cosidas a los labios piezas de oro.

En el mercado abundaban toda clase de cosas y los habitantes de la ciudad suplían la falta de monedas con granos diversos, copos de algodón, saquitos llenos de oro o láminas muy finas de cobre y de estaño.

Las mujeres iban vestidas con dos mantas muy delgadas pintadas con colores vivos y alegres que tenían dos utilidades: una servía para cubrir los pechos y la otra iba enrollada desde la cintura hasta los pies. Los hombres se ponían encima una sola manta, también de vivo colorido, pero todos llevaban adherida a su piel, como un traje más, un “no sé que” de grave y meditabundo que les dominaba, a pesar del aparente bullicio y animación.

Hablaban diferentes lenguas, pero la más usada entre compradores y vendedores era la azteca, riquísima en nombres y diminutivos. Carecía de ciertas letras produciendo un sonido extraño, casi mágico a oídos de un extranjero.

Una vez concluida la laboriosa compra en la que se regateaba y se discutía como un rito indispensable, y antes de que las cestas se llenaran, poco a poco, con todo lo necesario, la familia reprendió la vuelta casa.

La vida se desarrollaba plácida y tranquila entre nobles y plebeyos, pobres y ricos, labradores y esclavos. Un contraste contradictorio entre sus fiestas contaminadas de crueldades y sus ancestrales costumbres, donde los muertos eran quemados -a menudo con sus mujeres y esclavos- y también de su rígido código de educar cuidadosamente a sus hijos en la casa o en el colegio, enseñándoles a vivir dentro de una moral recta.

 

La tierra había dado una vuelta completa alrededor del sol. Estaba a punto de concluir la edad del Fuego que había empezado hacia 850 años. Según las predicciones aztecas un gran incendio señalaría el fin del siglo que debía ser también el último día del Universo. Habían apagado la llama sagrada en el templo y los monjes oraban sin cesar y se rasgaban las vestiduras, rompiéndose las carnes con espinas y clavándose las uñas en las heridas.

Se creía que en el momento de la catástrofe las mujeres preñadas se convertirían en tigres y que éstas se unirían a los genios maléficos para vengarse de los hombres, por eso todos evitaban tener que acercárseles. La gente estaba aterrorizada y en las casas se rompían los muebles de más valor en señal de duelo. La tristeza reinaba por todas partes.

Chomelitlan estaba otra vez encinta. Acurrucada en un rincón de su mísera vivienda, veía a su marido y a sus siete hijos trabajando en las labores cotidianas. Nadie hablaba con ella y apenas si tenía derecho a un trozo de pan, un pedazo de yuca y una jarra de agua que le colocaban a prudente distancia; porque todos la miraban con horror y evitaban tener que acercársele.

Chomelitlan pensaba en el hijo que llevaba en las entrañas y también estaba triste. A veces, lloraba largas horas tendida en su rincón, pero nadie se compadecía de ella, ni le hablaba, como si no existiera. Ni siquiera sus dos hijas mayores, que siempre la habían ayudado en sus frecuentes embarazos, se preocupaban de cuidarla e incluso evitaban mirarla.

Recordaba los tiempos en que ellas la atendían con esmero y en toda la casa se practicaba lo que enseñaban los sacerdotes en el templo: respetar a los padres y a los superiores, orar practicar ayunos y, a pesar de su pobreza, dar limosnas, con lo que aún tenían menos que ellos para comer. Pero se sentía satisfecha, porque de los nueve hijos que había tenido aún vivían siete y todos habían sido siempre buenos y cariñosos, de forma que jamás hubo que perforarles el labio a ninguno como se hacía frecuentemente a los niños mentirosos.

Como no tenía otra cosa en que ocupar el tiempo en sus largas horas de ociosidad, pensaba mucho… Recordaba el día de su matrimonio.

Antes de la boda, Chomelitlan y su marido Moctchoma, debieron retirarse para practicar el ayuno y la penitencia durante cuatro días. Cuando se presentaron ante el altar, el sacerdote los cubrió con un manto de varios colores en el que estaba pintado un esqueleto, para advertirles que el matrimonio solo debía concluir al morir.

Aunque amaban la música y el baile, un sutil fatalismo acompañaba siempre a los de su raza desde que nacían hasta que morían y la idea de la muerte estaba presente en cada instante de su existencia, como el fatal desenlace que les impedía disfrutar del placer de vivir.

También escuchaba con mucha atención todo lo que se decía, esperando con impaciencia la noche del último día en que llegaría el momento fatal en que las Pléyades ocupasen el cenit, el punto medio del Cielo, y se decidiría la suerte de todos.

Según los cálculos, ya habían pasado cuatro edades desde el principio del Universo, presididas cada una de ellas por un sol propio.

La primera, llamada del Agua terminó con el diluvio universal. El fin de la segunda, de Tierra, fue causado por gigantes que ocasionaron grandes terremotos y la tercera, de Aire, duró hasta que un huracán acabo con la humanidad. En cada una de ellas la especie humana se transformó en animales, salvándose sólo un hombre y una mujer para la continuidad de la especie.

Una noche, mientras todos dormían, alguien se acercó sigilosamente al lugar donde se encontraba y dejó algo a sus pies. Chomelitlan se incorporó de su jergón con una sonrisa, pero el desconocido desapareció rápidamente de la habitación sin darle ocasión a poder verle ni hablarle. Cogió el objeto entre sus manos con avidez, la primera muestra de comunicación que había tenido desde hacia tres meses. Era un hermoso cuadro de gran colorido en el que uno de sus hijos había representado en imágenes el cariño que sentía por ella y también la esperanza de que todo se resolvería felizmente en el futuro. Estaba adornado con un vistoso mosaico elaborado con plumas de pajarillos y también con conchas.

Chomelitlan sintió como sus ojos se humedecían de agradecimiento y miró a su alrededor. La habitación aún estaba en la penumbra y en el silencio de la noche que moría se escuchaban rítmicamente las respiraciones de todos los miembros de su familia durmiendo profundamente el sueño reparador del trabajo del día anterior, todos menos uno que, detrás de la puerta, la miraba con ternura. Y aunque Chomelitlan no podía verle, sintió aquella mirada en su corazón y pensó que aunque todos estuvieran condenados por el destino, ella moriría feliz después de haber recibido aquel mensaje de despedida lleno de amor.

Cuando llegó la esperada noche, los sacerdotes, vestidos con los hábitos de los dioses y seguidos de una gran multitud, subieron por la montaña hasta el templo, magnífico edificio construido que encerraba jardines con fuentes, ahora secas y en cuyo centro se elevaba una pirámide truncada, que servía de tumba a los reyes. Después, continuaron subiendo por una escalera, hasta alcanzar la plataforma que tenía en lo alto una capilla en forma de torre con un ídolo colosal a cuyos pies se consumía el fuego sagrado.

En silencio absoluto esperaron el momento decisivo. Cuando las Pléyades pasaron por el meridiano se degolló a un prisionero, cuyo cuerpo sin vida fue precipitado después por las mismas escaleras por donde había subido al encuentro de su martirio. Antes de ser quemado en la pira, los sacerdotes celebrarían una extraña comunión de pan mezclado con la sangre de la víctima y desgarrando su pecho se comerían su corazón.

Con un grito universal de alegría se anunció a los que estaban más lejos que había pasado el peligro y entonces todos corrieron con las teas encendidas a reavivar el fuego, llenos de júbilo.

La alegría fue redoblada cuando el sol se encontró ya en el horizonte y la multitud, hombres, mujeres y niños emprendieron el camino de vuelta a sus casas para reconstruir todo lo que habían destrozado: paredes, muebles y vestidos, en una fiesta sin igual que duraría trece días y trece noches.

La familia de Chomelitlan también estaba deseando llegar a su hogar para poder compensarla de todas las miserias y sufrimientos que había tenido que sufrir durante aquel tiempo.

De vuelta a casa todos la abrazaron y ella cambió sus lágrimas por risas de alegría. En aquel momento de intensa felicidad y sin saber por qué, uno de sus hijos más pequeños comenzó a llorar con gran desespero. La madre entonces, se volvió hacia él e intentó consolarle, pero al no conseguirlo le reprendió diciéndole: Prepárate a padecer los castigos que Dios pueda mandarte hoy y todos los días, porque estás en este mundo para padecer,  no para gozar.

Aquella sorprendente frase dirigida a un niño era la base de una educación ancestral que acostumbraba a los aztecas a sufrir más que a fortificarse, como si aquel pueblo hubiera nacido para no ser feliz.

En el mismo momento que Chomelitlan hablaba de aquel modo a su hijo y como acudiendo a la llamada de un sino fatal, seiscientos españoles al frente de su capitán Hernán Cortes, a bordo de una flota de once pequeños navíos, avistaron las costas americanas.

Aquella noche Chomelitlan y los suyos dormirían tranquilos, pero lo que no sabían es que sus días de paz estaban contados, porque, aunque los dioses habían sido benévolos y el fin del Universo no había llegado todavía, el Imperio de los aztecas estaba ya sentenciado a muerte.

El 18 de Noviembre de 1518 los españoles desembarcaron en Méjico.

 

 

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