Clara, la soledad

abril 1, 2013 under Relatos de Historia

Clara, la soledad

adobe creative suite 6

Viaje a la Luna, 1969 d. C.

Era una mañana calurosa, como muchas del mes de Julio, pero sin embargo no era una mañana como las demás. Ante la atenta mirada de quinientos millones de espectadores, una nave espacial llamada Apolo XI iba a ser lanzada desde el Cabo Cañaveral, en el Sur de los Estados Unidos, con un destino único y distinto a ningún otro; un destino soñado durante varios siglos y que culminaba todos los deseos de la Humanidad : La Luna.

Aquella mañana de verano del año 1969, Clara, sentada frente a la televisión y rodeada de toda su familia, contemplaba el momento del despegue de la nave.
El locutor comentaba todas las incidencias proporcionando información a los espectadores: “La astronave tripulada por el comandante norteamericano Neil Amstrong, pesa 45.000 kg. y esta formada por tres elementos esenciales: la cabina de mando que da cabida a la tripulación, el módulo de servicio que contiene los motores de propulsión de 1000 Kg. de empuje y las astronave de desembarco.”
Mientras escuchaba los comentarios de su marido de sus hijos y sus nietos, reunidos frente al televisor, Clara comenzó a percibir un extraño sentimiento en su interior, algo parecido a estar presenciando una profanación. La Luna siempre había sido su cómplice, su consejera y su amiga. En cierto modo le pertenecía, porque la luna conocía todos sus secretos.
Desde que era niña no había dejado de preguntarse si alguien viviría allí arriba, sobre la superficie blanca y redonda que brillaba en la noche como un farol encendido e iluminaba todas sus alegrías y también sus penas. Ahora Clara era ya una anciana y a pesar de ello, en su interior, aún seguía viviendo escondida la niña que fue. Por eso nunca había dejado de preguntárselo. Y aquella mañana sabría la respuesta.
El locutor continuó su información: “Tras situarse en la órbita de aparcamiento terrestre mediante un cohete, la nave tomará la trayectoria Tierra-Luna según los cálculos realizados, efectuando las necesarias maniobras de corrección de rumbo para asegurar la llegada a la Luna en el instante preciso.”
Pero Clara no le escuchaba y pensó que pronto los pies de aquellos hombres desconocidos pisarían el suelo del astro lunar y quizás en aquel mismo instante toda la magia que ejercía en su vida, se desvaneciese. Pero no se atrevía a expresar en voz alta sus pensamientos, porque sabía que todos se reirían de ella.

Miró a su marido. Cuando se casó con Enrique, hacía ya muchos años, le pareció estar enamorada de él, pero pronto se dio cuenta de su equivocación. Enrique había carecido siempre de la sensibilidad necesaria para comprenderla, había sido y era todavía un hombre anodino y vulgar, tan solo preocupado en trabajar y ganar dinero. Cuando lo descubrió aún era muy joven y aunque pensó en dejarle no tuvo el valor necesario para hacerlo. Entonces se refugió en si misma para escribir a solas cuentos fantásticos donde daba rienda suelta a todas sus fantasías, volcando todas sus frustraciones y sus escondidas esperanzas en un diario intimo que guardaba celosamente.
En aquellas páginas, la niña soñadora que un día fue renacía sobre el papel noche tras noche, para imaginar viajes fantásticos, amores apasionados y aventuras extraordinarias. Y aquellos secretos escritos la ayudaban a seguir viviendo.
A medida que iban naciendo sus hijos y después sus nietos, se dio cuenta de que tampoco ninguno era como ella. Todos se parecían extraordinariamente a su marido y al no poder compartir su forma de sentir con nadie, seguía soñando a solas, para alejarse de la monotonía que amenazaba aniquilarla poco a poco como ser humano para convertirla en una autómata. Ninguno de los miembros de su familia conocía sus íntimos pensamientos, porque de hecho ninguno de ellos la conocía en absoluto. Clara siempre había compartido su vida con desconocidos. Se sintió cansada y cerró los ojos…
Entonces se vio a si misma dentro de la nave espacial, convertida en un ser sin edad y sin sexo, un ser de luz. La luna se encontraba frente a ella cada vez más cerca y en su blanca superficie, las montañas tenían formas extrañas y se elevaban hacia un cielo oscuro y sobrecogedor donde, sin centellear, aparecían suspendidas las estrellas como miles de ojos que la observaban. Hacia el Oeste como un gigantesco globo, estaba la Tierra, con las regiones de los eternos hielos enmarcándola como una plateada corona: radiante, inmóvil como si un brujo la hubiese sujetado allí para toda la eternidad,.- La abuela ya se ha dormido.- gritó uno de sus nietos pequeños…
– Mamá despierta – añadió su hija mayor -. Vas a perderte uno de los acontecimientos más grandes de la Historia.
– A la abuela no le interesan estas cosas – comento Enrique, que masticaba, mas que fumaba, su vieja pipa apagada – .Y a mí tampoco. Todo esto me parece un engaño, probablemente es una simulación y nada de lo que estamos viendo es cierto.
Todos rieron al oírle. Su escepticismo era parte de su personalidad y en cierto modo todos la compartían. El abuelo era un hombre de una pieza, su credo siempre había sido: Nada de fantasías, ni de romanticismo, hay que tocar de pies al suelo. Sólo las personas sensatas progresan en esta vida”.
Había educado a sus hijos del mismo modo que él había sido educado. Todos habían estudiado lo conveniente y ahora todos se dedicaban a profesiones rentables. A ninguno de ellos se le preguntó por sus preferencias a la hora de escoger una profesión, pero habían podido asegurar un bienestar económico a sus familias y aquello era lo más importante para todos.

Ahora sus hijos educaban a los suyos del mismo modo, en una cadena sin fin, iguales los unos a los otros, generación tras generación, apegados a sus bienes materiales y uniformados con el sello de la clase social a la que pertenecían, hasta el punto de hacer de ella su credo y su meta.
“ El alunizaje ha sido perfecto” – Comentaba la prensa al día siguiente “A las 21, 17, el módulo tocaba la superficie de nuestro satélite y después de permanecer casi seis horas y media en su interior, Amstrong, protegido por su escafandra, inició el descenso por la escalerilla la nave. Sus pasos en la superficie y los de sus compañeros se pudieron ver en directo gracias a una cámara de filmación colocada sobre el módulo. Sobre el suelo lunar, los astronautas dejaron una bandera de su país y una placa de acero inalterable en la que puede leerse: “Aquí los seres humanos del planeta Tierra posaron por primera vez sus pies en la Luna, en el año 1969 de la era Cristiana. Hemos venido en son de paz y en nombre de toda la Humanidad.”
El misterio se había desvelado. Aquel día, miles de millones de seres habían dejado de soñar porque unos hombres envueltos en trajes espaciales no habían encontrado a nadie en la Luna. Aquel día se habían dado respuesta a los miles de millones de preguntas que la humanidad había ido dirigiendo al vacío en el transcurso de su existencia.

Clara estaba sola en el salón y en la casa todo era calma. Hacía rato que sus hijos y nietos se habían marchado y su marido dormía ya. Permaneció quieta como una estatua de carne blanca integrándose en el silencio. Clara se daba cuenta de que la luna no quería acudir a su cita aquella noche y la oscuridad parecía haber establecido su reino en aquellas cuatro paredes. Sólo la soledad era su compañera. 

En sus viejos ojos revivieron todas las verdades y todas las mentiras de este mundo: todo el dolor, todas las alegrías, todos los amores y todos los odios, como un espejo donde toda la humanidad se reflejaba. Pensó en sus padres muertos hacia ya tantos años, en los amantes que solo existieron en su imaginación, en los hijos perdidos por la incomunicación y en los amigos que habían tomado rumbos distintos. Pensó que había dado toda su capacidad de amar a los suyos y ninguno estaba ahora a su lado para acompañarla en su tristeza. Se había entregado a ellos de tal forma que en aquel momento ya nada le quedaba de sí misma. 

Miró de nuevo al cielo: la luna parecía haberse marchado también. Su vida no le pareció justa, se había ido repartiendo entre todos y ahora sin su amiga ya no podía seguir viviendo, ya no le quedaba nadie.
De improviso una brillante luz iluminó la habitación y cerró los ojos deslumbrada. Clara resplandeció como si la luz misma se hubiese introducido en su cuerpo.
Cuando volvió a abrir los ojos la noche seguía siendo la misma y ella seguía quieta en el mismo lugar, pero algo había cambiado: ya no se sentía sola ni triste porque alguien la hacía compañía; alguien muy fuerte y muy tierno a la vez, que le daba seguridad y amor. La reconoció enseguida y se sintió feliz de nuevo: era la luna de siempre.
Comprendió que el embrujo de la luna era demasiado bello para morir por una desilusión científica. Los astronautas no habían encontrado a nadie allí, pero ella sabía que no era cierto, porque su alma había vivido en su brillante superficie desde el principio de los tiempos
Clara, después de haber llegado a la profundidad de los abismos, parecía resurgir de sus propias cenizas. Los surcos de sus arrugas trabajadas en su piel a lo largo de muchos años de ensueños y preocupaciones, contrastaban con el resplandor infantil de sus ojos y comprendió que seguiría entregando toda su capacidad de amar a los suyos sin pedir nada a cambio y ya nunca más volvería a sentirse sola, porque su amiga de siempre había vuelto.

2 Responses to "Clara, la soledad"

  • isidoro Filella Baldoira dice:

    Recuerdo aquel verano. Yo seguía un curso de expresión corporal en Barcelona. Recuerdo los periódicos, las emisoras, los comentarios…
    El relato está muy bien llevado, la figura de Clara, su tranquilidad al no encontrar ningún ser vivo en la luna. Muy bien trazado el contraste entre Clara y su esposo.
    Te felicito, eres una narradora muy buena. Me alegraré cuando un día cualquiera encuentre un libro tuyo en una librería. ¿Te animas?

  • Catarismo, el sitio » Sitio web dedicado al catarismo, la edad media y la historia en general » Clara, la soledad Os adrezco el compartir con todos nosotros toda esta amena información. Con estos granitos de arena hacemos màs grande la montaña Internet. Enhorabuena por este post.