Dionysia, la decadencia

abril 9, 2010 under Relatos de Historia

 

Mientras Dyonisia se distraía contemplando aquel carnaval humano, pensaba que sin embargo la época del esplendor romano había conocido tiempos mejores. Ella era inteligente y advertía que la decadencia parecía acercarse día a día, como una fruta que va pudriéndose poco a poco por dentro. El Senado ya no tenía ni el prestigio ni la autoridad de antes, en cambio aumentaba el poder personal del Emperador, que se sostenía con el respaldo del ejército compuesto por un conglomerado sin unidad étnica, pasto de corrupción y rivalidades.

Poca gente parecía advertir el peligro que amenazaba tras toda aquella aparente manifestación de poder y de lujo, pero lo cierto es que ya nadie podía sentirse seguro como antes. En poco menos de un siglo se habían sucedido veinticinco emperadores y más de la mitad murieron asesinados a manos de los mismos que les habían ayudado a alcanzar el poder. El derecho al trono había llegado incluso a ser subastado por los pretorianos, el Imperio vivía a la defensiva y aunque el propio Emperador Helogabalo parecía sordo y ciego a todos estos inminentes peligros, ella los advertía y no podía disfrutar de los placeres desenfrenados a los que los de su clase social se entregaba con la misma superficialidad e inconsciencia de todos.

Pensaba en el Emperador porque aquella misma tarde él la había hecho llegar una invitación personal al teatro. No llegaba a comprender como aquel ser despreciable e insignificante, que se había hecho famoso gracias a sus desenfrenadas pasiones y orgías, quería cultivar su amistad. Desde la muerte en campaña de su marido Cayo Silo, era una viuda noble y respetable a quien jamás se le habían conocido escándalos, quizás la última dama respetable que quedaba en todo el Imperio y ni siquiera había que pensar en un interés de hombre hacia ella, pues el mismo Emperador reconoció públicamente su homosexualidad, contrayendo matrimonio con uno de sus oficiales después de haber repudiado a su esposa.

Se alejó de la ventana con desánimo… no podía rechazar la invitación, era demasiado peligroso, había rehusado ya muchas, podía caer en desgracia si le despreciaba otra vez y ella ya no tenía a su esposo al lado para defenderla. Además, ya no sabía que excusa inventar para negarse. Decidió pues comenzar el complicado proceso de su atavío y arreglo personal.

La casa de Dionysia era tan grande como un palacio, se entraba en ella por una enorme puerta de mármol que correspondía a la fachada principal. La habitación donde se encontraba ahora, estaba decorada a tono con la magnificencia del portal, era la más lujosa de las cuarenta habitaciones de las que disponía la vivienda, flanqueada  por columnas de alabastro, suelo y techo de mosaico y paredes tapizadas de brocados orientales y piedras costosas, en las que se abrían diversas hornacinas adornadas con jarras de Corinto.

Las esclavas acudieron presurosas a su llamada y Dionysia se echó indolente sobre un canapé, mientras dejaba que ellas embadurnasen su cara con leche de burra, que según se decía, obraba milagros en los cutis ya no tan lozanos.

El tocador estaba repleto de numerosos recipientes con ungüentos y pomadas especiales. En un momento la habitación se convirtió en un improvisado salón de belleza. Dionysia se hallaba en el centro rodeada de un verdadero enjambre de mujeres destinadas a realzar la belleza de su ama, que como toda noble romana, poseía productos destinados a embellecer una determinada región corporal, sirviéndose de una esclava diferente para cada cosa.

Pero era en el peinado en lo que mayor tiempo se invertía. Una de las esclavas sugirió que para una ocasión tan especial como aquella, el tocado más elegante sería dejar unos bucles con abandono sobre la frente, llevando los cabellos ceñidos por una diadema de oro macizo, imitando a la diosa Juno. A Dionysia le pareció bien. Admiraba a los dioses antiguos, detestaba las nuevas y perversas costumbres modernas de divinizar a los Emperadores.

De hecho nada de lo que estaba sucediendo en su entorno le gustaba y seguía sin comprender la invitación del Emperador, que conocía muy bien su rechazo hacia él, a no ser que fuera precisamente este rechazo lo que hería su amor propio y le incitaba a intentar conseguir su amistad.

Después de haber dado color a sus párpados y ennegrecido sus pestañas, comenzó el complicado ceremonial de vestirse. Colocaron una camisa muy fina de algodón blanco sobre su piel limpia, ceñida al cuerpo con una cinta de color púrpura debajo del pecho para aguantarlo y sostenerlo elevado. Después la stola que tenía mangas cortas hasta el codo, sujetándola con unos broches a la espalda, procurando que solo dejase ver los pies calzados con botas de cuero. Finalmente, la cubrieron con un elegante manto de mangas bordadas sobre la espalda y descubriendo el brazo derecho.

Dionysia se miró al espejo, una de sus preocupaciones era encontrar la manera de empequeñecer su frente, la tenía demasiado ancha y los cánones de la moda actual

exigían que ésta fuera estrecha, de todos modos sus esclavas habían hecho un buen trabajo, habían sabido disimular casi todas las pequeñas arrugas e imperfecciones que el paso de los años habían ido dejando en su rostro y hasta parecía hermosa, aunque no lo había sido, ni siquiera de joven, cosa que a ella nunca le importó demasiado porque amaba a su marido y se sabía apasionadamente correspondida, a pesar de no ser la más bella. Recordaba a Cayo Silo muchas veces, con infinita tristeza…

El teatro Marco Scaurus podía contener 8.000 espectadores. Se contaba que para adornarlo el Emperador había desvalijado la ciudad conquistada de Sicione y que 360 columnas y muchas de las estatuas provenían de allí. El proscenio se había convertido en escenario, constituyendo una plataforma algo levantada del suelo para separar a los comediantes de los espectadores. El fondo se había cubierto con decoraciones pintadas, representando uno de los jardines del Olimpo, porque curiosamente, aunque el público de Roma ya no apreciaba las tragedias griegas, éstas eran las que más se representaban, aunque sin palabras, sólo traducidas en gestos.

Sobre sus cabezas se extendía el claro cielo encendido por el sol romano que parecía querer abrasar a todos los espectadores. Para refrescarse se regaban los palcos a intervalos regulares con una lluvia de agua muy fina y perfumada, que caía sobre los rostros como una bendición.

Dionysia recordaba muy bien los tiempos en que el teatro era un verdadero arte y los actores eran considerados como auténticos artistas. Ahora estos ya no estaban bien vistos entre las esferas sociales, por el contrario, todos los papeles estaban representados por los esclavos y los histriones de baja ralea, colocándolos al mismo nivel que los artistas de circo y los bufones.

El espectáculo era siempre una pantomima grotesca y la expresión de los rostros, los gestos y ademanes eran el atractivo principal de la representación, quedando relegado a segundo término la palabra, no había en ellos ningún rastro de poesía ni aún de prosa… el pueblo no quería pensar… y los espectadores sólo querían emociones y sensaciones fuertes que correspondían a los gustos de un público que cada día pedía manjares más excitantes.

El Emperador que estaba sentado a su lado en el palco de honor, vestido con una túnica corta cubierta con una coraza de magníficos relieves en oro y acompañado de un esclavo que se había convertido en su amante de turno, le explicó que aquella vez el espectáculo prometía ser superior a todos y añadió con tono misterioso.- Te reservo una gran sorpresa amiga mía-.

Dionysia se sintió algo curiosa, ¿qué se le podía haber ocurrido a semejante monstruo? La última de sus sorpresas fue pasearse desnudo por las calles de Roma en un carro tirado por cuatro mujeres también desnudas, de aquel hombre despreciable podía esperarse cualquier cosa. Probablemente quería escandalizarla, en vistas de que era imposible conseguir su amistad.

- Veremos cuál es esa gran sorpresa.- pensó mientras le sonreía gentilmente y ambos se dispusieron a contemplar el espectáculo que en aquellos momentos acababa de comenzar.

Docenas de mujeres semi-desnudas comenzaron a bailar voluptuosos bailes colgadas en altos alambres y haciendo alarde de gran equilibrio. A cada movimiento en falso sus grandes pechos se balanceaban de un modo grotesco, provocando la hilaridad del público, regocijado de aquella entrada que parecía prometer una segunda parte mucho más sabrosa.

Después desfilaron los funámbulos, volatineros y animales sabios, vestidos con ropas de los dioses del Olimpo helénico y burlándose de éstos en grotescas imitaciones gesticulando groseramente. Más tarde aparecieron dos leones que se enfrentaron en una sangrienta lucha entre sí, para acabar destrozados y con las entrañas fuera de sus vientres tiñendo de rojo la blanca arena. Siguió la lucha de un toro y un hombre, con la victoria de la bestia sobre el humano, victoria completamente innecesaria, puesto que si hubiese sucedido el contrario, el hombre hubiera sido condenado igualmente a morir.

La noble dama intentaba contemplar sin inmutarse el espectáculo, aunque todo aquello la repugnaba, pero se sabía observada atentamente y comprendía que debía disimular su rechazo ante el Emperador sino quería labrar su propia desgracia.

Habían transcurrido tres horas desde que empezó la función, la gente con las caras distorsionadas por la bestialidad pedían más y más, lo que habían visto no bastaba para satisfacer sus ansias de placer.

Entonces el Emperador se levantó majestuosamente y se dirigió a su Pueblo con voz potente:

- Pueblo de Roma he preparado el final de este espectáculo con especial amor hacia todos vosotros y sé que después de haberlo visto, no podréis olvidar esta tarde, ni jamás  podréis olvidarme a mí –.

Aunque el cielo estaba completamente despejado y no amenazaba tormenta, un terrible trueno se escuchó en todo el recinto, los asistentes se miraron desconcertados. Aquello era uno de los últimos adelantos de la coreografía teatral, la imitación de una tempestad por medios acústicos…

El emperador se sintió plenamente satisfecho del efecto causado y sonrió con éxtasis… entonces un hombre encadenado apareció en escena. Iba solo con la cabeza gacha y envuelto en una larga túnica desgarrada empapada de brea, el público se puso en pié de una vez, todos habían reconocido a Hercúleo, el esclavo que pocos días antes había sido condenado públicamente por hurto en casa de su Señor.

Los gritos se hicieron tan fuertes que todo el aforo pareció venirse abajo, pedían su muerte. Heliogabalo miró a Dionysia con mal contenida curiosidad, ella tuvo un presentimiento pero permaneció sentada, quieta e impasible, poco después unos soldados aparecieron en escena llevando antorchas encendidas en las manos. Se hizo un silencio sepulcral, mientras estos se acercaban a la víctima y prendían fuego a las ropas del infortunado que en pocos segundos ardió como una antorcha más, hasta caer al suelo entre alaridos dolor.

Cuando de lo que había sido un ser humano sólo quedó un montón de huesos y cenizas, el populacho comenzó de nuevo a vociferar vitoreando al Emperador, agradeciéndole que les hubiese proporcionado semejante espectáculo insólito. La tortura del desgraciado había servido de diversión sin igual al sadismo del público cruel y embrutecido.

Dionysia comprendió que aquel hombre había sido inmolado simplemente como venganza hacia ella, el Emperador había querido desquitarse así, escandalizándola, de su distante relación y sus continuos rechazos. Ella a duras penas pudo sobreponerse del horror que acababa de presenciar, pero cuando pudo recuperar el habla y aprovechado que el griterío era tan fuerte que nadie podía oírla, dijo dirigiéndose al Emperador que la miraba con intriga:

- El Imperio ha muerto, pero tu morirás con él.- Después con una sangre fría admirable le sonrió y le dijo simplemente: Ha sido un magnífico espectáculo.

Algunos días más tarde, el Emperador Heliogabalo era asesinado por sus propios seguidores.

 

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