Einar, la mitología

noviembre 1, 2010 under Relatos de Historia

 

 

Einar la miraba orgulloso desde la playa y sus ojos, que parecían copiar el color del cielo, brillaban de orgullo. Su nave era lo único que amaba en éste mundo. El viento helado de la costa nórdica agitaba sus cabellos partidos en dos gruesas trenzas, de un rubio tan pálido como el sol que parecía dormir sobre la línea del horizonte del mar en calma.

La tripulación le había escogido jefe de la nave por votación unánime y una vez elegido, todos le habían jurado obediencia y seguirían su disciplina a rajatabla; sólo si no fuese capaz de llevar a buen término la empresa, sería depuesto o simplemente abandonado por sus compañeros que elegirían un nuevo comandante.

Hacía tres noches Einar había hablado con Odin, el Dios padre y soberano de todos los dioses, espíritu universal y esencia de la vida. Se le había aparecido en el interior de su casa, al pie de su lecho de madera mientras dormía, iba vestido con su manto azul y montado en su caballo Splenir de ocho patas, armado de lanza y coraza. En sus hombros se posaban los dos cuervos que siempre le acompañaban, Hugin y Munin y en su cara envejecida de luengas barbas blancas destacaba inquietante su único ojo.

Odin le comunicó que había estado en contacto con su padre, el gran jefe guerrero Ragnar desaparecido hacía ya años en combate, para trasferirle el honor de ser el jefe de la próxima incursión a las costas del país vecino.

Einar sabía, como todos los vikingos, que Odin podía hablar con los muertos y no dudó que su propio padre le había designado desde el Walhalla, el cielo escandinavo, para ser su sucesor y el héroe de la próxima batalla.

Al día siguiente de haber recibido el mensaje del dios, fue elegido comandante de la tripulación del Skeid y aquel designio divino le daba toda la confianza en la victoria. Einar era pirata y guerrero, vivía del mar y para el mar como toda su gente; indomables navegantes sin prejuicios, siempre en busca de presa.

 

El día de la partida, Einar, se había puesto su traje de combate, la cota de malla y sobre los hombros un manto de piel. Su sangre inquieta vibraba ante la navegación, el punto culminante de su vida. No dejaba en tierra ni esposa, ni hijos porque ninguna mujer había podido apasionarlo más que su nave y Einar siempre le había sido fiel.

Con ella a la cabeza, los barcos vikingos abandonaron la playa envuelta en brumas y se adentraron lentamente en el mar. Las mujeres, los ancianos y los niños habían salido a despedirles. Con su partida, el poblado se quedaba sin hombres jóvenes, pero todos esperaban verles volver pronto cargados con un rico botín; mercaderías de todas clases y alimentos para el largo y frío invierno e incluso, a veces, también con esclavos oriundos de extraños países, porque los navegantes del norte eran feroces aventureros y no tenían prejuicios en robar lo que le interesaba en sus incursiones de rapiña, ni tampoco en matar, ni en destruir todo lo que se interponía a su paso.

Poco a poco las casas, bajas y macizas de aspecto sombrío, fueron empequeñe­ciéndose junto a sus dueños, y entonces Einar, desde su puesto de mando, pudo ver claramente como Frigg, la esposa favorita de Odin, símbolo de la tierra fecunda y de la felicidad conyugal, surgía de la bruma y extendía su manto cubriendo con él a todo el pueblo en señal de protección. También se dio cuenta de que el mismo Odin había adquirido la forma del viento e hinchaba las velas a favor con su aliento. Sonrió ampliamente dejando al descubierto dos hileras de dientes blancos, los dioses estaban a su favor e intuía la victoria y el éxito de la empresa.

Los barcos fueron alejándose hasta desaparecer en la lejanía, en una sinfonía de colores de velas salpicando el cielo, que poco a poco, también se confundieron con el gris azulado del mar.

Durante la travesía Einar estuvo planeando cuidadosamente su plan de ataque. El Skeid era un barco extremadamente ligero, había estado guardado todo el invierno en una dársena bien protegida, cubierto, untado de grasa y lleno de agua hasta su mitad, para navegar en verano. Una vez alcanzada la playa enemiga, no se limitarían a asaltar a los pueblos costeros, sino que cargarían a cuestas las naves y recorrerían largos trechos de tierra, para después volver a botar al agua las embarcaciones en el próximo río, de este modo, remontando la corriente, se internarían grandes distancias tierra adentro.

Y aquella noche soñó también con la victoria. No sólo traería víveres y mercancías a su pueblo, también conquistaría territorios nuevos que extenderían los límites del suyo. Sabía que podía contar con la complicidad de los dioses y la bendición de su padre Regnar, el guerrero más valiente de todos los tiempos de la historia de los países del norte.

 

En pleno combate contra el enemigo, a pie de un hermoso castillo que se alzaba como mudo testigo de la contienda feroz, Einar luchaba como un dios entre los hombres, mientras los aceros de las espadas aullaban en los oídos entremezclados con los gemidos de los heridos y los feroces gritos de los asaltantes. La hoja de su cuchillo estaba cubierta de la sangre de sus víctimas y el sudor del esfuerzo cubría por entero su cuerpo. No tenía miedo a morir, porque la muerte de un guerrero equivalía a una experiencia única, entrar en el Walhalla, la mansión de los bienaventurados, que no se abría más que a los héroes y eso hacía que su fuerza fuera inagotable y su espada invencible.

En lo alto y entre las nubes, Tyr, el dios de la guerra, combatía también al lado de Einar, con su espada mágica que se esgrimía por si sola. Más allá, muy cerca del sol, galopaban las walkirias en sus caballos celestes, hermosas vírgenes de rubios cabellos, quienes, de acuerdo con Odin, decidirían el final del combate y elegirían entre los caídos a los héroes que conducirían al Walhalla.

Aquella era la batalla final. El país asaltado, había sucumbido por entero a las feroces huestes de sus vikingos tal y como Einar había soñado, volvería triunfante a su pueblo y sería aclamado por todos como un Dios viviente…

Después de muchas horas de lucha, cuando en el campo de batalla apenas si quedaban supervivientes enemigos, una de la walkirias se acercó a lomos de su caballo blanco, Einar estaba a punto de hundir su espada en el vientre de su adversario cuando ella le miró, fue sólo un instante, pero el guerrero no pudo resistir la intensidad de aquellos ojos de un azul casi transparente. Aquello decidió su suerte, porque su adversario, aprovechando su momento de distracción, le atravesó el corazón de parte a parte…

Lo que sucedió después, nadie, a parte de los dos enamorados pudo verlo. La walkiria descabalgó y arrancó con sus propias manos la espada mortal. Después, cogiendo el cuerpo del guerrero entre sus fuertes brazos, lo montó a lomos de su caballo y partió veloz como el viento camino de la morada de los dioses. Einar había sido escogido entre todos para vivir en el Walhalla como un dios más y para poseer el amor de la bella amazona que le conducía.

Mientras ambos se remontaban en el cielo, Einar, pensó que pronto vería también a su padre que hacía años le aguardaba y se sintió rebosar de felicidad. Entonces, cuando ya estaba a punto de penetrar en el interior de una nube que parecía estallar de luz, miró hacia atrás y todavía pudo ver cómo sus compañeros de armas enterraban su cuerpo sin vida en su barco. Había mucha gente, todos cantaban canciones tristes y algunos lloraban. Era el funeral de un héroe vikingo. El suyo.

Minutos después, la nave con las velas desplegadas al viento ardía en el agua como una gigantesca antorcha… pero, Einar, ya no pudo ver nada más… estaba entrando en el Walhalla.

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