Gandhi, la no violencia

enero 31, 2013 under Relatos, Relatos de Historia

Gandhi, la no violencia

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La India, 1948 d.C.

reposaba en cuclillas sobre su lecho de madera, al lado de su eterna compañera, la rueca, tendido en una terraza de piedra al cielo descubierto. No lejos del maestro descansaban también varios de sus discípulos que nunca le abandonaban.

El amanecer estaba próximo y como todos los días el Mahatma se despertó antes de que apuntase el alba, rezó sus acostumbradas oraciones y enseguida sus seguidores se apresuraron a ofrecerle un vaso de zumo de mango que él sorbió con placer recreándose en su fresco sabor y agradeciéndolo con una sonrisa y unas palabras amables. En su rostro arrugado, el anciano Ghandi conservaba unos ojos todavía jóvenes que chispeaban traviesos al hablar. El tono de su voz era tan dulce que todos se sentían subyugados al oírle.

Seguidamente unas mujeres vestidas con blancos saris y cargando grandes jofainas llenas de agua le ayudaron a lavar su enjuto cuerpo, cuya piel morena apenas recubría sus frágiles huesos. Una vez finalizada su labor, cambiaron con discreción la sábana que constituía su único vestido por otra extremadamente limpia que, colgando a lo largo del cuerpo cubría sus piernas. Después el maestro, siempre acompañado de sus fieles seguidores, se encaminó al interior de la casa.

Aquel día la sala de audiencia estaba llena de gentes diversas que ya le esperaban. Altos funcionarios y educadores acudían continuamente a la ciudad de Peoona, donde Gandhi había sido invitado a establecer su residencia y todos solicitaban sus consejos en las cuestiones de gobierno, así como la aprobación en sus decisiones.

La conversación se efectuaba directamente entre la persona que había solicitado la audiencia y el mismo Ghandi. Durante la entrevista todos estaban autorizados a entrar, porque su lema era no tener secretos para nadie. Por eso el salón de conferencias no tenía puertas y los asistentes se sentaban libremente sobre las esteras para escuchar. El maestro procuraba hablar con todos y atenderlos en sus necesidades. A pesar de su avanzada edad, nunca parecía sentir cansancio cuando se trataba de ayudar los demás. Sus ojillos se hacían cómplices inmediatamente del alma de su interlocutor, porque le interesaba el individuo como persona y todo lo que le concernía, por insignificante que a simple vista pareciese. Para él ningún tema era demasiado importante ni demasiado superfluo.
Conocía el hambre, las carencias y la espantosa miseria en que vivía su pueblo y solo deseaba el bienestar de cuatrocientos millones de indios, uno a uno.
Era el hombre más querido de la India y también el más influyente. Y aunque no todos pensaban como él, todos le respetaban. Había desafiado el poderío colonial británico y era considerado símbolo de la independencia, por eso escuchaban con respeto sus prédicas sobre la no violencia, la unidad de las religiones y el retorno a una sociedad arcaica, simbolizada por su inseparable rueca, aunque algunos no dejaban de soñar para la India futuros complejos industriales.
La primera visita de aquella mañana era un hombre joven que avanzó decidido a su encuentro y se inclinó, respetuosamente con una profunda reverencia.
A Gnadhi, no le complacía semejante formalidad y le dio un suave golpecito en la espalda con su nervuda mano, invitándole cariñosamente a incorporarse.
El recién llegado obedeció de inmediato y después de los saludos de cortesía se apresuró a comunicarle lo que le había traído hasta allí.
– Maestro, voy a hablaros con toda claridad y sin preámbulo alguno, porque el asunto que me ha inducido a veros merece ser tratado con la mayor urgencia – Sus facciones revelaban que pertenecía a la casta superior hindú y sus modales y lenguaje denotaba que había recibido una esmerada educación. Tras una breve pausa continuó hablando.
– Se comenta que grupos extremistas quieren poner fin a vuestra vida. Son defensores encarnizados de la ortodoxia religiosa hindú y sin duda hace ya tiempo acechan todos vuestros pasos mezclados con vuestra gente, nutriendo su odio contra vuestra venerable persona, porque defendéis y representáis la unidad hindú musulmana, violáis las tradiciones de las castas y os atrevéis a llamar a los intocables, Hijos de Dios.
Hizo una pausa para ver el efecto que había causado en el anciano. Este le escuchaba en silencio y sus ojos parecían ver mucho más allá de sus palabras. El joven se sintió algo confundido y rehuyendo aquella mirada que dejaba al descubierto hasta lo mas profundo de su alma, continuó.
– Piensan que sois un hereje que está destruyendo la sociedad hindú con vuestras ideas, y aseguran que sois la reencarnación del demonio Raksha, por lo cual deberías ser exterminado.
Y al decir esto ya no era el amable y respetuoso joven que había cruzado el umbral de la puerta, porque el odio le había iluminado su rostro.
El maestro se dio cuenta enseguida de aquel cambio y aunque el joven continuó hablando ya no le escuchó más, se evadió de allí envuelto en sus propios pensamientos que le transportaron lejos, en la distancia y en el tiempo. Volvía a ser el muchacho que recién terminada su carrera de derecho en Londres había vuelto a su país natal que casi le era desconocido. Y recordó…

Aquella mañana en Benarés le sorprendieron las brumas flotando por encima del río Ganges, teñido de oro por el sol que acababa de nacer. Todo el pueblo se daba cita en sus orillas para dedicarse a las abluciones y purificar su cuerpo con sus aguas impregnadas de las cenizas de sus antepasados.
Los niños jugaban y reían en las orillas, los ancianos parecían cargar sobre sus espaldas todo el peso de sus muchos años. Los hombres jóvenes llevaban el torso al descubierto y las mujeres ondulaban sus cuerpos alzando sus ánforas vacías por encima de sus oscuros cabellos.
Ghandi sintió entonces especial compasión por un grupo de viudas que silenciosa y tristemente, despreciadas por todos, esperaban en cuclillas su turno para bañarse sin apenas atreverse a levantar la cabeza, conscientes de su maldición milenaria de mujeres solas, que nada valían por si mismas en un mundo perteneciente a los hombres.
Las vacas sagradas se paseaban indiferentes a su lado, atisbadas sigilosamente por algunos fanáticos para precipitarse en pos de sus deyecciones y embadurnarse con ellas las manos o el rostro e incluso absorbían una parte de la sagrada reliquia con veneración. El joven Gandhi lo contemplaba todo con los ojos muy atentos mientras paseaba a lo largo del río sagrado.

En un resguardado rincón, los sacerdotes habían encendido con lentitud las hogueras que pronto reducirían a polvo los restos del orgullo humano. La cremación de los difuntos de la casta superior llevaba consigo ritos especiales y plegarias. Todo se preparaba de un modo armonioso, los muertos eran envueltos en un lienzo blanco, con la cabeza y el tronco reposando sobre las orillas del río y los miembros inferiores sumergidos en las aguas a manera de purificación. Esperando el momento de ser colocados sobre las llamas, los jóvenes sacerdotes les arrojaban claveles y pétalos de jazmín. A su alrededor, la familia, los amigos y los animales del muerto parecían impasibles, asistiendo a la ceremonia de destrucción sin que ningún signo de sentimiento de tristeza empañase su rostro.
Mientras continuaba su camino a la orilla del río, vio que más allá – colocados en confusión, descarnados y esqueléticos, contorsionados en horribles muecas de agonía – yacían otros cuerpos. Eran los parias, malditos entre todos los hombres y pertenecientes a la casta de los intocables.
Para aquellos no había sortilegio ni oración alguna, sus hogueras estaban formadas con los deshechos de las otras y los troncos a medio consumir ardían lentamente porque las llamas eran impotentes para atacarlos, despidiendo al hacerlo un humo acre y asfixiante que enrarecía todo el ambiente. Nadie a reclamaba aquellas cenizas ignoradas.
Venciendo su repugnancia Ghandi se acercó a una de ellas. Aquellos desgraciados parecían mirarle con sus ojos de vidrio y reclamar una justicia en muerte que nunca en vida pudieron conseguir.
Después de aquel día en Benarés, el propósito de acabar con el cruel tratamiento que sufrían los llamados intocables se convirtió en su más ferviente deseo. Y a partir del aquel acto irritante dedicó toda su vida a la realización de aquella meta.
Visitó la India pueblo por pueblo para convencer a todos de la necesidad de abolir las castas y de aceptarles dentro de la comunidad. Había tratado incluso que los templos sagrados, abrieran sus puertas a los intocables, lo que le creó tantos enemigos como fervientes seguidores. Sabía que aquellos hombres reaccionarios e intransigentes le odiaban porque le consideraban un traidor que violaba las prohibiciones de las castas

El maestro pareció de pronto volver a la realidad. El joven, frente a él, aún seguía hablando, ignorante de que no había escuchado ni una sola palabra de lo que decía.
Gandhi había vuelto de sus ensueños que le habían transportado muy lejos y ahora, al mirarle, solo pensaba que sus esfuerzos habían sido vanos. Había tratado de convencer al pueblo de que hindúes y musulmanes eran sobre todo indios y que el dios de uno y de otros, aún con distintos nombres, era el mismo. Sabía bien que a pesar de su influencia, bastaba solo una pequeña chispa para transformar la coexistencia entre los hindúes y los musulmanes en fraternales luchas fratricidas. Nada de lo que aquel joven le contaba era nuevo para él, sin embargo se daba cuenta de que su interlocutor había venido a decirle mucho más de lo que explicaba.
Siguió mirándole al fondo de los ojos, de aquel modo que solo él sabía hacerlo. Aquella mirada dejaba al descubierto toda sombra de engaño y de mentira. El joven ya no pudo resistir su fuerza y bajó los suyos.
Entonces, al ver su turbación, el Maestro le habló con gran calma y su débil voz pareció llenar la habitación entera con la resonancia de la verdad:
– Si he de morir por la mano de un loco, que sea con una sonrisa. Que no haya cólera alguna en mi. Que Dios esté en mi corazón y en mis labios.
Después abrazó al joven y añadió con dulzura:
Hermano, ten fe en Dios y en ti mismo, porque tú eres su instrumento y piensa que sólo con la paz podrás llegar a alcanzar la gloria divina y la felicidad en la tierra. Y así dio por terminada la entrevista.
El joven no pudo articular ni siquiera una palabra de despedida, temblaba visiblemente y apenas si pudo iniciar una inclinación de cabeza antes de salir de la estancia.
Cuando éste se hubo retirado, el Maestro se disculpó ante los presentes. Se sentía extraordinariamente fatigado y aquel día no quería recibir a nadie mas. – – Hoy deseo estar a solas con Dios – dijo simplemente, y todos se retiraron respetuosamente obedeciendo su voluntad.
Ya en la puerta y en su precipitación, el joven desconocido se tropezó cara a cara con una elegante dama que se disponía a entrar en la sala. Ambos se miraron durante un segundo y después parecieron olvidarse a medida que tomaban direcciones distintas.
Aquella dama se llamaba Rajkumari Amrit y pertenecía a una aristocrática familia hindú. Había estudiado en Inglaterra y se había casado muy joven con un oficial británico. Acababa de perder a su marido cuando conoció a Gandhi. Desde el primer momento que escuchó una de sus conferencias hizo suya su manera de pensar y de sentir. Sin dudarlo un instante lo abandono todo, familia, rango y fortuna, para seguirle y le sirvió fielmente durante toda su vida en calidad de secretaria. Admiraba y quería al maestro como a su propio padre y permanecía a su lado muchas horas.

A media mañana y como todos las mañanas, Rajkumari Amrit se acercó a él para leerle las noticias trasmitidas telegráficamente por una agencia informática británica. Sin embargo el Maestro le dijo que aquel día no deseaba saber lo que ocurría por el mundo. Aquello la sorprendió mucho, ya que era la primera vez que Gandhi, que nunca leía el periódico ni escuchaba la radio, no mostraba interés por saber lo que estaba ocurriendo fuera del país. Se preguntó que podía ocurrirle. Recordó entonces que aquella mañana Gandhi se había retirado inusualmente de sus acostumbradas audiencias y que sólo había recibido a un único visitante, el joven con quien casi había chocado al entrar en el salón. Intentó recordar su cara. Aquel desconocido tenía una mirada extraña que le era familiar, la había visto muchas veces en los fanáticos defensores de la religión hindú: una mirada violenta y huidiza. Hacía ya varias semanas que todos lo que rodeaban a Ganchi le advertían de que querían poner fin a su vida y que no debía exponerse en publico de modo abierto y sin protección. Se quedó pensativa.¿Acaso aquel joven era uno de sus enemigos? ¿Que podía haberle dicho al Maestro para sumirle en aquel estado de desaliento?
Dedujo enseguida que probablemente la entrevista que había sostenido con él era la causa de hacerle perder el interés por todo lo que le rodeaba. Preguntó a todos los que habían presenciado la conversación entre ambos y cuando supo palabra por palabra todo lo que se habían dicho durante los breves minutos que duro su diálogo, llegó a la conclusión que aquel hombre desconocido era uno de aquellos exaltados fanáticos y de que había venido no a advertir al maestro del peligro que corría, sino a anunciarle su próxima muerte…

El 8 de Enero de 1948 a pesar del calor parecía haber nevado en la ciudad de Delhi. Una gran muchedumbre vestida de blanco algodón, venida de todas partes de la India y formada por viejos, jóvenes, obreros e intelectuales, hombres y mujeres, parecían formar una alfombra blanca en torno al anciano. Era la hora en la que el Mahatma se reunía con sus fieles para orar conjuntamente por la paz del país. Pero a pesar del aparente fervor de su pueblo, Ghandi se sentía triste y desalentado.
Mirando a su fieles pensó que siempre había tenido la fe de que se podía vencer al adversario con la no violencia y había conseguido retirar de su tierra a los ingleses luchando con la paz como única arma, pero ahora se daba cuenta de que había cometido un error al creer que el pueblo le comprendía y seguía sus consejos.
Precisamente en el momento en que su majestad británica había renunciado al titulo de Emperador de las Indias, los dos grupos hostiles, musulmanes e hindúes, se enfrentaban uno frente a otro y en las calles de todos los pueblos y de las ciudades se degollaba en nombre del profeta Mahoma o de la pureza del hinduismo.
Un hombre que se encontraba muy cerca de él se adelantó y juntando las manos sobre el pecho en señal de respetuoso saludo se inclinó ante el anciano. Este le miró y pareció reconocerle, esbozó una tranquila sonrisa y mirándole a los ojos le dijo en voz alta:
– Te has retrasado, hace días que te esperaba.
Como única respuesta el desconocido, un hombre joven de noble apariencia, extendió la mano y con una pistola que sacó inesperadamente de entre sus ropas disparó tres veces sobre el pecho del Maestro. Al caer éste al suelo, la sábana blanca que envolvía su cuerpo fue tiñéndose poco a poco del rojo de su propia sangre.

Rajkumari leía el periódico de la mañana. Se sentía muy sola desde la desaparición del Maestro y añoraba intensamente las entrañables veladas en las que juntos comentaban los sucesos que acaecían en el mundo. Todos los artículos de la prensa internacional comentaban la irreparable pérdida.
De pronto le pareció que los latidos de su corazón se detenían. En grandes titulares se comentaba que el asesino de Gandhi había sido descubierto y
capturado. El culpable, un joven hindú defensor encarnizado de su religión y sus tradiciones, había reivindicado la exclusividad de su crimen y defendido con gran elocuencia las ideas políticas que le habían inducido a cometer el magnicidio. Pero no fue únicamente la noticia de aquel hallazgo lo que la había desazonado tanto, porque el artículo adjuntaba una foto del asesino. Rajkumari miró con los ojos agrandados por la emoción el rostro que reproducían las páginas del diario. Aunque la impresión era algo deficiente, no pudo menos que reconocer las facciones del hombre con que se había tropezado hacía unos días al entrar en la sala de conferencias. Su intuición no le había engañado.
Comprendió entonces porque el Maestro se había encerrado en sí mismo antes de morir. Sin duda esperaba que la muerte viniese a su encuentro para dar a su vida un valor de sacrificio que detuviera los odios y el correr de la sangre.
El joven desconocido había sido el instrumento que le había franqueado las puertas del merecido Paraíso. Aunque aquellas puertas hacía ya mucho tiempo que estaban abiertas para recibirle.

One Response to "Gandhi, la no violencia"

  • isidoro Filella Baldoira dice:

    El relato me acerca a la figura de Gandhi, admirándolo un poco más. Está muy bien escrito, Gloria, como todo lo tuyo. Me encanta leerte, tu prosa me llena plenamente. Felicidades.