Gertrud, el padre

marzo 12, 2010 under Relatos de Historia

Gertrud era alta y rubia como sus hermanos Eegill, Smurri y Olaf y también como ellos tenía la piel blanca y los ojos azules, pero el azul de sus ojos quizá era más claro y su cabello era tan rubio que se confundía a veces con la nieve que en invierno cubría los valles.

Aunque quería mucho a su madre, que, como todas las madres de las diferentes familias del grupo era tenida en gran consideración por parte de todos, adoraba a su padre, Olaf, que a su vez sentía un cariño extraordinario por la pequeña Gertrud, permitiéndole a menudo muchas de las cosas que jamás hubiera consentido a ningún otro de sus hijos.

Se sentía muy orgullosa de él, no sólo porque era su padre, sino porque también era el jefe de la tribu, a quien todos debían respeto y obediencia. Sus sentimientos iban mucho más allá del vínculo de sangre y muy dentro de sí misma, donde los instintos bailan una loca danza que la razón no puede comprender, vibraba algo que iba aún más lejos de su admiración como jefe famoso por sus hazañas y su amor filial. Algo extraño e indefinible, quizá como un remoto presentimiento del amor que ella entregaría a un hombre algún día.

Todos los varones en su familia ostentaban largas cabelleras que eran muy estimadas y cuidadas como signo de pertenecer a la casta de los hombres libres, a diferencia de los siervos y de los esclavos que llevaban el cabello corto.

Desde muy niña se acostumbró a ver luchar por su independencia a sus hermanos junto a su padre y a los demás guerreros de la tribu, ya que de hecho ésta era la única ocupación que tenían.

En las noches de plenilunio o novilunio, los ancianos y los nobles decidían la paz y la guerra y entonces a Gertrud le hubiera gustado ser hombre para asistir a aquellas misteriosas asambleas y poder ver a su padre dirigiéndose a todos los guerreros que, vestidos con sus trajes de combate, le escuchaban como si fuera un dios.

Alguna vez cuando nadie la veía, se había colocado sobre la cabeza el casco de guerra. Deseaba ardientemente acompañar a su padre en la batalla, para poder morir con él en combate e ir juntos al reino del dios Wotan, donde ambos, eternamente jóvenes, podrían cazar día y noche y beber el hidromiel celeste en el cráneo de sus enemigos. Pero se daba cuenta de que aquellos eran sueños imposibles Siempre le estaría vedado el mundo de la guerra por haber nacido mujer.

Odiaba su sexo que la limitaba en todo lo que ella deseaba hacer y en consecuencia odiaba las labores de la casa propiamente femeninas. Tampoco le gustaba la larga túnica con franjas ornamentales que le llegaba hasta los pies y que vestían todas las mujeres de la comunidad, ya que le parecía incómoda y ridícula. A ella le hubiera gustado vestirse con pieles, como los demás hombres y actuar como ellos, pero nadie sabía de los deseos escondidos en su corazón.

El tiempo pasaba aprisa y el cuerpo de Gertrud cambiaba llenándose de curvas que ella intentaba inútilmente disimular bajo las ropas. Aún a su pesar se había convertido en una hermosa mujer y por mucho que intentase disimularlo todos lo advertían, sobre todo los muchachos jóvenes del poblado, pero ella no podía interesarse por ellos porque en su corazón ninguno podía siquiera compararse a su padre.

Se había convertido en una joven solitaria. Su conducta era extraña, sólo parecía sentir deseos de emular a sus hermanos en sus simulados juegos de guerra sin importarle sus burlas y constantes rechazos. Su madre, preocupada, decidió que quizá había llegado el tiempo de buscarle un esposo y el cariño que de niña sentía por ella se convirtió en un abierto enfrentamiento, pues no la comprendía y Gertrud tampoco se sentía comprendida por ella.

Fue por aquel entonces cuando su pueblo se vio seriamente amenazado por uno de los jefes de las tribus vecinas que había extendido rápidamente su autoridad por varios cantones y quería también anexionarse aquellos territorios para proclamarse rey. El poblado estaba inquieto y Gertrud, como todos los demás, sabía que si su padre, como jefe de la tribu, daba muestras de temor o timidez sería inmediatamente depuesto.

Aquella circunstancia distrajo completamente la atención sobre su persona y su hipotético marido y Gertrud suspiró aliviada; sabía desde su nacimiento, que la autoridad paterna entre los suyos era ilimitada y que su padre podía no sólo casarla contra su voluntad sino también, venderla o incluso quitarle la vida si se oponía a sus deseos. Le dolía en lo más profundo que él no comprendiera los motivos por los que ella no quería casarse con nadie, pero jamás se hubiera atrevido a revelarle su escondido secreto, y aunque era consciente de que no debía sentir aquel sentimiento hacia él, no podía luchar contra sí misma.

Por otra parte, los guerreros vibraban de entusiasmo ante la perspectiva de lucha, que para ellos representaba una aventura más que una desgracia y les suponía una nueva ocasión para merecer el Paraíso prometido, ya que si morían de vejez o de enfermedad perderían el cielo eterno e irían a parar para siempre a la fría morada del Loki, que para ellos representaba el infierno.

La guerra estalló y el pueblo se quedó desierto de hombres. Gertrud los vio partir un día a caballo con su padre a la cabeza, ostentando orgullosos los cascos metálicos de dos cuernos y armados con afiladas espadas de bronce y escudos que les cubrían la mitad del cuerpo.

Entonces una idea, la realización de todos sus sueños de niña, germinó en su mente; No lo dudó un instante: con la velocidad del rayo se vistió con las ropas de combate de sus hermanos y montando uno de los caballos que había quedado en las cuadras se unió al grupo que partía. Estaba segura de que en la confusión nadie se daría cuenta de su presencia ni sería reconocida porque había ocultado sus cabellos bajo el casco de guerra.

Y así, veloz como el viento y ágil como una gacela, la valiente amazona que deseó haber nacido jinete, partió hacia la realización de todos sus sueños de niña siguiendo la figura adorada de su padre, su dios y su ídolo, en busca de la gloria en la tierra o en el Cielo para compartirla con él.

En la fría noche que precedía al combate, Olaf el jefe de la tribu, paseaba lentamente por entre los cadáveres de las víctimas que yacían caídos en el mismo campo de batalla. Habían tenido innumerables bajas, a pesar de haber salido victoriosos en el enfrentamiento. Los supervivientes se disponían a recogerlos para enterrarlos como correspondía a su rango y dar así una digna despedida a los afortunados, que en aquel momento debían de estar ya disfrutando de las delicias de una vida de eterna juventud en el Paraíso, junto a Wotan, el dios de la guerra,.

De pronto, algo llamó su atención y se detuvo para observar de cerca la cara de uno de los caídos. Un mechón de cabello pálido como la nieve asomaba por debajo del casco metálico y su corazón comenzó a palpitar con fuerza, ya que le pareció reconocer en aquel rostro a alguien muy querido.

Lo separó con suavidad de la ensangrentada cabeza y una cascada de largos y rubios cabellos cayó en completa libertad, entonces, con sus propias manos giró el rostro hacia él, y pudo ver con claridad los azules ojos de su hija Gertrud, que aún a pesar de tener la frialdad de la muerte parecían mirarle con amor.

Y entonces, comprendió todo lo que ella siempre había querido decirle y nunca se había atrevido y aquel descubrimiento lo llenó de amargura y de felicidad. Después se inclinó con ternura y dolor sobre el delicado cuerpo de su hija y la llevó en brazos hasta su tienda. Gertrud sería enterrada con todos los honores de un guerrero germano. Aunque la había perdido, sabía que volvería a encontrarla en el Paraíso, donde ella le estaría aguardando desde aquel día.

Allí podrían amarse para siempre como dos espíritus, libres de los lazos de sangre que los ataban en la Tierra

 

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