Hernán Cortés, la aventura

abril 27, 2011 under Relatos de Historia

 

El capitán español Hernán Cortés acababa de desembarcar en las costas de Méjico. Era un hombre de apariencia frágil tras la que se ocultaba una inusual energía. Cortés, comprendió rápidamente la causa del terror de los indios e, intentó inteligentemente, sacar partido de la ignorancia de los nativos. Ocultó hábilmente a los caballos muertos, para que no se dieran cuenta de que eran animales vulnerables a sus flechas, e hizo gala de su poder improvisando una exhibición hípica que causó profunda impresión entre los vencidos. Aquel fue el primer contacto entre los hombres blancos y los nativos.

Los aztecas se dieron cuenta de las escasas mujeres que acompañaban a aquella gran cantidad de hombres y como buenos conocedores de los sentimientos y las debilidades humanas, imaginaron cual era el mejor presente con el que podían obsequiar a los recién llegados. Así pues escogieron un ramillete de veinte jóvenes nativas y se las ofrecieron a los oficiales españoles. Entre ellas había una que se distinguía entre todas las demás, Maliche.

La muchacha era muy joven y también muy bella. Nadie le preguntó si deseaba ser entregada a aquellos extranjeros de piel blanca porque sus hermanos de raza decidieron su destino.

Una mañana, ella y las demás elegidas de la tribu, tras un somero y rápido bautismo a la religión católica, fueron distribuidas entre los oficiales del ejército de Hernán Cortés. A partir de aquel momento su vida cambiaría completamente al mismo tiempo que su nombre. Maliche, fue bautizada como Marina y al ser la más bella, fue entregada a Puertocarrero, uno de los más jóvenes y brillantes oficiales, también amigo personal del capitán.

Al principio, a ella le fue indiferente quien fuese su dueño, porque todos aquellos extranjeros le parecían iguales, pero a medida que el tiempo transcurría e iba conociendo a los invasores se integraba en sus costumbres. Empezó a percatarse entonces, de que existían diferencias entre ellos, diferencias que  hacían que unos fueran mucho más deseables que otros. Y a sus ojos, él más atractivo de todos era el propio capitán Hernán Cortés.

Marina, que no solamente era bella, sino también inteligente, decidió luchar para conseguir que aquel sentimiento que había comenzado a nacer en su corazón fuera correspondido y comprendió que para conseguir su propósito debía no solamente hacer uso de sus encantos como mujer, sino convertirse en una pieza útil para aquel hombre de quien se había enamorado. Así pues, la india aprendió el español en tres meses y en poco tiempo pudo hacerle de intérprete, comenzando a ser indispensable para el capitán español.

Por ella, Cortés, se informó sobre el famoso imperio de los aztecas del que ya había oído a hablar y que se trataba, según palabras de la joven, de un pueblo de valientes guerreros cuya capital, Méjico, se hallaba situada en las montañas, a una gran altura, en medio de un lago. También supo que habían sometido a otros pueblos indígenas de diferentes razas, obligándoles a pagar tributo.

Marina, comprendió enseguida que el capitán deseaba apoderarse de aquel imperio de cuyo esplendor le hablaba y decidió también ayudarle en lo posible a conseguir sus deseos.

Rápidamente, con una astucia digna del mejor estratega, analizó la situación. Conociendo en su propia piel la enemistad existente entre los diferentes pueblos indios sometidos y los aztecas, pensó que la única forma de poder enfrentarse al gran emperador, era que Cortés se convirtiese en amigo de sus enemigos. Gracias a su talento diplomático, consiguió que fuese invitado a entrar en la ciudad de Tlaxacala. Tras escuchar los consejos de la joven, concertó una alianza entre los caciques sometidos para poder hacer frente conjuntamente al gran tirano, Moctezuma.

A la vuelta de su viaje Cortés se encontró con la inesperada sorpresa de una embajada que venía de la capital. Los emisarios traían ricos regalos de parte del emperador, vestidos de finísimo algodón, penachos de los más brillantes colores, armaduras de una materia desconocida, collares, perlas y animales de oro.

Entre ellos destacaba un enorme sol de oro labrado, en el que figuraban el siglo y el año mejicano, tan grande como una rueda de carro y una luna de plata de igual tamaño. Ante la vista de semejantes presentes una mezcla de avaricia y curiosidad se despertó en Cortés.

Cumplimentó amablemente a los embajadores y les anunció que iría personalmente a dar las gracias a su señor. Marina tradujo la contestación de ellos, que fue tajante: El emperador no permitiría que ningún extranjero pusiera los pies en la capital.

Después de que los emisarios hubieron partido, Hernán Cortés se quedó pensativo. Moctezuma tenía miedo de su llegada y todos aquellos obsequios significaban un modo de contentarle para evitar su visita.

Aquella misma noche, decidió consultar con la joven quien le estaba prestando mejor ayuda que el más hábil de sus ejércitos. Deseaba saber como podría ingeniárselas para llegar hasta la sede de Moctezuma. Estaba seguro de que ella, con su astucia, le sugeriría algún modo de acceder a él sin utilizar las armas, para después apoderarse por sorpresa de su riquísimo imperio.

Pero no sólo quería preguntarle sobre sus planes militares, también quería hacerle otra clase de preguntas que hacía tiempo se estaba formulando a sí mismo y para las que no hallaba respuesta. Entre otras, por qué ella estaba haciendo todo aquello por unos extranjeros a quienes sus propios hermanos la habían obligado a entregarse inducidos por el miedo.

Era evidente que Marina no actuaba así para obtener favores, había sido bautizada y catequizada para pertenecer a un oficial de su ejército y recibía el mismo trato que hubiera podido recibir su legítima esposa. Tampoco podía actuar de aquel modo para liberar a su pueblo, era demasiado astuta para no darse cuenta de que si ellos se apoderaban del imperio azteca, los pueblos indios invadidos seguirían estando sometidos a otros invasores. No podía comprender porque le brindaba ayuda tan generosa a cambio de nada, a no ser que no estuviese interesada en algo, sino en alguien.

Hernán Cortes tenía una esposa, Catalina, que le aguardaba en la isla de Cuba. Una española de pura raza, que aunque no era de noble cuna si era cuñada de Velázquez, gobernador de la isla, quien celoso del éxito de sus empresas se había arrepentido de enviarlo a aquella misión y se había convertido después en su más acérrimo enemigo.

Si  alguna vez  había amado a su legitima compañera, ya casi no lo recordaba, porque su afán de aventuras le habían hecho olvidarla, lo mismo que a todas las mujeres que habían pasado por su vida. Pero Marina no era una mujer cualquiera: poseía, igual que él, aquel atractivo natural e innato que dan las ansias de vivir, de experimentar la estremecedora sensación del riesgo; por ello, poco a poco, sin apenas darse cuenta, había comenzado a sentirse unido a la personalidad magnética de la india, aunque no comprendía del todo su sentimiento. No sabía si se había enamorado de aquella mujer.

En realidad sólo quería dar rienda suelta a aquella inquietud que le había hecho rechazar una vida cómoda y rutinaria al lado de su esposa española para lanzarse a la aventura de explorar tierras continentales, y estaba seguro que con ella a su lado nadie podría detenerle en su afán de conquista. Junto a Marina se sentía extraordinariamente fuerte. Sabía que en la indígena podía contar con su mejor aliado en cuerpo y en alma, porque era valiente y a la vez sumisa, apasionada, pero también razonable, extraordinariamente bella por dentro y por fuera.

 

Aquella noche, el capitán español y la joven india se encontraron a solas por primera vez. Siempre habían conversado teniendo como testigos a oficiales y mandatarios con los que ella actuaba como intermediario, pero en aquella ocasión no hacía falta que Marina tradujese ninguna palabra.

La luna brillaba espléndida sobre las montañas haciendo brillar el rostro de la muchacha. Cortés nunca la había encontrado tan bella, pensó que sería hermoso poder mirarse en aquellas pupilas negras cada noche y poder recostar su cabeza sobre sus senos. Sabía que poseía su inteligencia y su apoyo, pero ahora de repente comprendía lo mucho que necesitaba también su cuerpo.

Se acercó a ella lentamente y cogió su rostro entre sus manos mientras le hablaba con una vehemencia y un deseo que nunca había sentido ni siquiera en plena batalla.

Marina, nadie me conoce tanto como tú. Sólo tú sabes que yo no tengo raíces, ni credos, ni ideologías y sólo deseo vivir a mi modo sin supeditarme a nada y a nadie. Sólo me guía el afán de la aventura y el placer del riesgo, pero te he escogido y me gustaría que fueses mi compañera de viaje. Si tú fueras tan loca como yo podrías venir conmigo. Marina, yo sólo puedo decirte que escuches al corazón y hagas lo que él te dicte, porque quizás sea un viaje sin retorno ¿Qué me contestas?.

La muchacha por toda respuesta puso sus morenas manos sobre las de él y apartándolas de su cara las besó con adoración.

Al día siguiente, Cortés, decidió enviar un oficial a España para informar al emperador Carlos V de su propósito de conquistar nuevos territorios, con una carta que debía ser entregada en mano al monarca. En ella le presentaba la dimisión de su cargo como delegado del gobernador de Cuba y declaraba su decisión de sólo depender en lo sucesivo de la corona española. En el fondo, pensaba ganar la voluntad del monarca con el señuelo del oro, la grandeza del imperio y las obras evangelizadoras.

El elegido para semejante misión fue Puertocarrero, el mismo oficial a quien Cortes había entregado a Marina como compañera y tan pronto como éste partió para su misión hizo de ella su amante oficial.

 

La noche después de la partida del emisario hacia ultramar, Cortés, durmió con Marina entre sus brazos por primera vez y tuvo unos sueños extraordinarios. Se vio a sí mismo subir a un extraño barco que había anclado junto a su tienda y en cuanto puso los pies en la cubierta de la nave, ésta comenzó a navegar hacia el cielo. Las velas resplandecían iluminadas por la luna en la noche y las estrellas iban quedando prendidas en su espada de metal haciéndola brillar como si fuera de plata.

A su lado, tal y como él había deseado, sonriendo feliz, mientras el viento acariciaba su hermosa cara cetrina y removía sus cabellos negros, estaba Marina. Era una travesía fantástica donde las nubes oscuras iba quedándose atrás, una travesía hacia lo desconocido donde, gracias a ella, todo podía ser posible para él.

 

 

 

 

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