Luca, la creatividad

mayo 17, 2011 under Relatos de Historia

 

Pintaba, modelaba o tocaba uno de los muchos instrumentos musicales que dominaba a la perfección, y cuando el sol comenzaba a declinar se dedicaba a su segunda faceta de físico, matemático y arquitecto devorando libros a la luz de las velas y escribiendo frenéticos apuntes sobre el pergamino con la afilada punta de su pluma de ave. Robaba así el tiempo a la noche y cuando descansaba por fin en su cama, después de tanto esfuerzo intelectual, dormía tan profundamente que nunca tenía tiempo de encontrar a faltar dama alguna al otro lado de su almohada de seda. Pero no siempre permanecía encerrado en sus habitaciones. A veces, también compartía ejercicios de hípica o esgrima con sus compañeros y era en aquellas salidas cuando un mundo muy diferente al suyo se abría ante sus ojos.

Contrariamente, el pueblo vivía en una angustia permanente, amenazado de manera continua por las epidemias, el hambre y la violencia. El hombre de la calle era incapaz de comprender los fenómenos de la naturaleza que poblaban el mundo de fuerzas malignas y de ese miedo nacían una serie de ritos para conjurar las fuerzas del mal y congraciarse con las del bien, deformando el mensaje cristiano, convirtiéndolo en una forma de pensamiento mágico, especialmente en el culto a la Virgen y a los Santos y  marcando  la religión con el terror a la muerte y del Apocalipsis.

Aunque la cultura urbana se nutría en gran parte de la rural, e incluso, compartía con ella algunas formas de pensamiento, como el anticlericalismo, era evidente que ambas se alejaban cada vez más la una de la otra.

Los ritos del pueblo creaban incomprensión entre los eruditos y eran calificados de supersticiones por las mentes cultivadas. A pesar de ello, la cultura superior se hallaba asimismo impregnada de pensamiento mágico y los espíritus ilustrados también pensaban que el mundo estaba animado por fuerzas ocultas, la única diferencia era que los intelectuales utilizaban la astrología para explicar los misterios que no comprendían.

Nada hacia sospechar que aquel día, aparentemente igual a muchos otros, iba a resultar para Luca muy diferente a los demás. Regresaba a su casa después de una agotadora carrera a caballo, se sentía cansado pero satisfecho de su habilidad, pues había resultado vencedor absoluto y estaba ávido de disfrutar de una sabrosa cena que saciase el apetito que el ejercicio había despertado en su estómago.

Al doblar una de las esquinas de las estrechas callejuelas que conducían a su señorial mansión, la vio. Era una mujer de edad indefinida que caminaba en solitario por la empedrada calzada. Sus largos cabellos rojos formaban un rodete de trenzas sobre cada sien y su cuerpo esbelto se adivinaba semioculto bajo un burdo manto de tela enrollado sobre los hombros.

A pesar de su humilde atavío, caminaba erguida como una diosa y Luca pensó que era una lástima que una mujer que se movía de aquel modo estuviera escondida bajo tan groseras ropas. Con la fantasía exuberante del artista, la imaginó envuelta en brocados y terciopelos, ceñido su esbelto talle con un jubón breve recamado de perlas y adornando su tentador escote con collares de ágatas de cien colores.

Le dirigió unas palabras elogiosas para llamar su atención y al oírlas la desconocida levantó la vista para mirarle. En el momento en que Luca se vio reflejado en sus ojos, tuvo la inmediata convicción de que debía inmortalizar toda aquella belleza en un cuadro y aquella misma noche la llevó a su casa para que posase para él.

La mujer no opuso ninguna resistencia, ya que estaba acostumbrada a obedecer. Había nacido en un mundo en que los desheredados de la fortuna pertenecían en cuerpo y alma a los más afortunados. Vio el brillo del oro brillando en la mano del rico florentino y sin réplica alguna le siguió dócilmente como un perro que se deja conducir por su amo.

Aquello fue el comienzo de una extraña relación en la que Luca dejó volar su frondosa imaginación sobre los poros de la piel de la bella desconocida, a la que desde aquel mismo momento consideró de su pertenencia.

Las sesiones comenzaron aquella misma noche. El noble florentino le indicó donde debía reclinarse para posar y colocó con delicadeza la posición de sus brazos y de sus piernas mientras soltaba sus cabellos y la despojaba de las míseras ropas que la cubrían, dejando al descubierto sus senos, pero cubriendo con velos el resto de su cuerpo. Después, con febril ansiedad, se situó frente al lienzo desnudo que debía plasmar toda la belleza de aquel cuerpo que le fascinaba.

Trabajó en su obra durante toda la noche, sin poder detener su pincel, que parecía tener vida propia. Nunca había sentido la llamada de la inspiración de una forma tan rotunda, como si aquella mujer que horas antes ni siquiera conocía le hubiese traído con su presencia a todas las musas que tantas veces se habían negado a acudir a su llamada.

Ella permaneció horas enteras sin mover ni un solo músculo de su cuerpo mientras él la pintaba, como si toda su energía fuese trasladándose al cuadro y a medida que la pintura iba tornándose viva, ella aparecía cada vez más ausente, como si cada pincelada fuese arrancándole, poco a poco, la vitalidad.

El silencio era sobrecogedor, pero Luca sabía que cualquier sonido podía destruir la magia de aquellos momentos. En realidad tampoco le interesaba saber nada sobre aquella mujer, aparte de las curvas rotundas de aquel cuerpo turgente de sensualidad enloquecedora. Era su diosa, la misma Venus reencarnada en mortal que había venido a visitarle y a concederle la gracia de posar para él, despertando el genio que dormía en su interior. Sólo cuando la luz comenzó a irrumpir tímidamente en la estancia, Luca abandonó la paleta y los pinceles y se desplomó rendido a los pies de su modelo, quedándose profundamente dormido.

Entonces, la mujer se incorporó por primera vez y, poco a poco, fue tomando conciencia de su cuerpo olvidado. Le dolían terriblemente las extremidades y tenía frío. Sigilosamente, para no despertarle, se enrolló con sus viejas ropas que yacían en el suelo y se acercó a él para mirarle: era tan hermoso y tan elegante… A su lado había caído el turbante que ceñía su cabeza adornado con medallas y joyas, y admiró sus cabellos oscuros, rizados según la última moda italiana.

Después, observó con admiración su refinada casaca de mangas abiertas abotonadas y las ajustadas calzas partidas en dos colores. Nunca había visto a nadie vestido así y acarició las ropas de su traje. El suave tacto de la tela le produjo una sensación de deleite desconocido y de pronto sintió deseos de apretarse junto a él para compartir sus sueños.

Sin poder reprimir aquella llamada interior, se estiró a su lado y rodeándole con sus brazos, como si quisiera retenerle a su lado para siempre, también se quedó dormida.

Cuando Luca despertó, ni siquiera se sorprendió al verla junto a él, porque en su mente solo existía el deseo de comprobar el resultado de su trabajo. Apartó fríamente los brazos que le envolvían y se incorporó para colocarse tras el cuadro. Lo miró durante un largo rato, sopesando, midiendo, valorando con ojos críticos y objetivos, como si no fuera una obra nacida de sus propias manos.

Había esbozado un frondoso bosque en el fondo, pero sin dejar de considerarlo como un simple escenario para poner de relieve la acción humana, que en este caso era el sueño en vigilia de la mujer desconocida. La perspectiva de elevada técnica era insuperable, pero el protagonismo de la figura en primer plano era indiscutible. Sin embargo no tardó en darse cuenta de que la belleza de la obra no estaba a la altura de la belleza de la realidad.

Comprendió que una sola noche no bastaba para poder captar todo lo que él había visto en ella y que la inspiración engendrada en su alma debía de salir al exterior en forma de colores y de luces enredados en la cabellera de su pincel. Se sintió impotente y enfurecido consigo mismo y locamente preso de la pasión de la creatividad, la despertó bruscamente, arrancando las ropas que ella había colocado sobre su cuerpo aterido y obligándola a levantarse del suelo.

La mujer, obedeciendo la muda orden del hombre al que se sentía pertenecer, se incorporó rápidamente como un dócil animal y volvió a colocarse en la misma posición de la noche anterior. Aunque las mañanas de invierno en Florencia eran frías y todo su cuerpo tiritaba, no dejó escapar una sola réplica. A aquel cuadro sucedieron muchos otros, sin que Luca nunca acabase de sentirse satisfecho de ninguno.

Sus amigos vinieron a buscarle varias veces porque extrañaban su ausencia en las fiestas cortesanas en las, que el noble florentino era el centro de las más brillantes conversaciones, pero la puerta de su casa permaneció cerrada porque el mundo exterior pareció dejar de existir para los dos y las sesiones se repitieron ininterrumpidamente, día tras día, encerrados tras aquellas paredes.

Luca no sólo quería crear formas bellas sino que ambicionaba penetrar en la esencia de la belleza. Aunque sus cuadros, que poco a poco, se iban amontonado sobre las paredes, estaban impregnados de un desbordante sensualismo en el color y en la forma, nunca lograban plasmar la esencia de aquella mujer, a la que jamás había hablado ni tocado.

No podía hacerlo, porque Luca como hombre de su tiempo intentaba conciliar el mensaje antiguo y el mensaje cristiano, reflejando en su obra la coexistencia del placer carnal con una fe profunda, que le hacía ver en su modelo la representación del placer humano, pero también del misticismo divino. Sólo la quería viva en su cuadro, pero no sólo en cuerpo, sino también en espíritu.

Hasta que un día, y cuando ya el pintor desesperaba de su empeño, el alma de la mujer penetró en el lienzo. De pronto se dio cuenta de que su obra estaba terminada, que ya nada más se podía añadir y su pincel se quedó inmóvil y su angustia le abandonó.

Entonces, volvió a cobrar el sentido de la realidad. Rápidamente abandonó la paleta y se acercó a ella observándola detenidamente: parecía dormida.

De pronto, se alarmó al no advertir su respiración y en un instante comprendió lo sucedido. Había estado tan enfrascado en su obra que se había olvidado que ella era también era una mujer como las demás. Advirtió que las llamas de la chimenea hacia tiempo que se había apagado y que el frío húmedo que reinaba en la estancia había actuado como un afilado cuchillo clavándose en la fina piel que no llevaba más abrigo que unos velos que apenas la envolvían con sus transparencias.

De pronto, sintió las punzadas de hambre acompañando su conciencia y mordiendo su estómago con rabia y se dio cuenta, con horror, de todos los días y noches que ella no había llevado un simple bocado a sus labios.

Pero ya era tarde: la desconocida había muerto de inanición y de frío ante sus propios ojos sin que él, obsesionado por captar su espíritu, lo hubiese advertido.

Y entonces, el pintor que nunca le había hablado, le dirigió por primera vez una sola palabra que resumía toda su pena, su arrepentimiento y también su felicidad:

-  Gracias.

Pero ella ya no pudo contestarle, porque hasta el último aliento de su vida le había sido robado para llenar su obra con la belleza de su alma.

Luca comprendió que ella había aceptado morir para vivir eternamente en su cuadro, el mejor cuadro que jamás había pintado y el último cuadro que volvería a pintar jamás.

 

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