Rahula, el Hijo

octubre 11, 2009 under Relatos de Historia

Mayadevi, la madre de Siddharta, cuyas virtudes superaban incluso su belleza, conocía también las profecías y murió 7 días después de haberle dado a luz a fin de que no se le destrozase el corazón, viendo como su hijo la abandonaba para hacerse monje mendicante. Gopa en cambio, debía seguir viviendo aunque su corazón estuviese destrozado para siempre.

Se paseó por la lujosa estancia, mientras su negro cabello trenzado se balanceaba sobre su cintura al compás de sus pasos. Estaba sumida en profundos pensamientos pero no sentía pena ni rencor, todo eso lo había sentido ya el mismo día que Siddhartha, su esposo, príncipe heredero del reino de los Saykas, en el Norte de la India, le había comunicado su decisión de irse de su lado. Pensó en él intensamente tal y como lo recordaba.

 

Siddhartha nunca había salido del Palacio, había vivido allí rodeado de lujo y comodidades, escuchando música y vestido con delicados trajes, protegido del polvo y del sol por blancas sombrillas portadas por servidores, prisionero como en una jaula de oro, siempre en el temor de que las profecías se cumpliesen. Sin embargo vivía sumido en profunda melancolía y ni siquiera su matrimonio y el nacimiento de su primer hijo pudieron arrebatarlo a las garras de la tristeza.

Aunque solo había hecho cuatro salidas fuera de los muros del palacio, en cada una de ellas se había tropezado con los tres motivos que cambiaron su vida para siempre. La enfermedad, la vejez y la muerte, tal y como le habían vaticinado cuando nació.

La vista de un enfermo, le quitó la alegría de vivir.

La vista de un viejo, le quitó la alegría de la juventud.

La vista de un cadáver, le quitó la alegría de la vida.

Entonces, impresionado por lo que había visto, fue a ver a su esposa y le comunicó su decisión, sabía que había llegado la hora de su aparición en el mundo, debía alcanzar la inteligencia suprema para demostrar a los seres vivientes la puerta segura a la inmortalidad.

Ella  había suplicado entonces que no la abandonase.

.-¿Que es preciso que haga para cambiar tus decisión, esposo mío?. Cualquier cosa que desees, la haré.-

.- Señora.- le respondió Siddharta con voz suave. – Yo solo deseo tres cosas: Que la vejez no se apodere de mí jamás. Que la enfermedad no me ataque nunca y que mi felicidad no tenga limites. Mas si Vos no podéis otorgármelas, dejadme que me marche. El hombre se salva en la vida por la sabiduría. Yo debo encontrar mi verdad y cuando la encuentre comunicárselo a los demás.-

Gopâ comprendió que ella no podía ofrecerle lo que él deseaba y debía dejarlo partir. Ahora debía seguir viviendo porque su hijo la necesitaba.

Miró a Rahula que dormía en la cuna con el sueño de la inocencia reflejado en su cara y sus ojos se iluminaron, él seria su vida y su aliento, su fuerza y su esperanza. Luego pensó en su esposo y en sus pupilas negras, penetrantes como cuchillos, en cuyas aguas de tristeza profunda brillaba una luz que nunca supo comprender… quizá él estaba pensando en ella ahora, pero ella ya no pensaría más en él.

Miró entonces sus pies desnudos adornados con la ajorca especial de desposada, ya no tenía derecho a llevarla porque ya no tenía marido, ni tampoco ninguna de las costosas joyas que él le había regalado durante aquellos maravillosos 10 años que vivieron juntos…

Fue quitándose poco a poco en un extraño y silencioso ritual, los aretes, brazaletes, collares y también la preciosa sortija de esmalte de Jaipur, cuyo dibujo y color era el más precioso de la India y las colocó sobre un cojín de raso. La luz del amanecer arrancó destellos deslumbrantes en las gemas. sustituyendo a la luna, que  ya agonizaba en el horizonte.

 

Aquella luz iluminó también al príncipe Siddhartha que ya había llegado a una cierta distancia del palacio y en aquel momento cambiaba con un cazador sus vestiduras reales por otras de basto paño amarillento. Su semblante reflejaba una serenidad casi beatifica, porque su renuncia al mundo no era una acción de sacrificio. El príncipe no había huido de la felicidad, había ido en busca de la felicidad eterna.

Quizá si Gopâ hubiera entendido esto, le hubiese comprendido, y si su amor hubiera sido autentico, hubiera renunciado a su felicidad para que él encontrase la suya. Pero la esposa de Siddhartha era humana y Siddhartha iba camino de la Iluminación.

 

 

 

ahula y Devadatta salieron muy temprano del palacio, a caballo y con el  corazón alegre. Por aquellos días era frecuente, que los jóvenes confundidos por la perversión del mundo, dijeran adiós a sus familias imitando el ejemplo de Siddharta, para vivir en los bosques una vida de auto sacrificio y disciplina corporal, tal y como Buda había hecho en su juventud y así, como él,  encontrar ese momento de sublime percepción, durante el cual el secreto del Universo se les abriría de repente.

Cansados de cabalgar hicieron un alto en el camino y mientras los caballos bebían sedientos el agua fresca de un riachuelo cercano, ellos se sentaron bajo la sombra de un árbol frondoso, a salvo de los abrasadores rayos del sol del mediodía y hablaron largo rato sobre las ideas que ocupaban sus pensamientos.

.- Y yo te digo, primo mío, que es muy difícil seguir el ejemplo del Maestro, porque él mismo no quiere que nadie camine sobre sus pasos… simplemente desea que cada uno encuentre lo suyos con su propia experiencia e inteligencia…

Rahula escuchaba dubitativo las palabras de Devadatta, que continuó hablando: .- Tú deseas imitarle en su conducta, dejar tu vida de lujos y comodidades y como única posesión tener un cuenco de madera con el que mendigar un poco de comida, pero el mismo Buda se percató que las mortificaciones en vez de esclarecer el espíritu, lo oscurecen y que aquella vida de sacrificios tampoco le daba la anhelada iluminación  comprendiendo  al final que, para desentrañar los secretos del Universo, había que adoptar un termino medio entre el ascetismo absoluto y la sensualidad… -

 

Rahula, le miró con sorpresa… no acababa de comprender lo que Devadatta intentaba decirle, él sentía la llamada de Dios en su pecho, pero necesitaba una imagen imitar, no se sentía suficientemente fuerte para hallar el camino por si mismo, por eso intentaba encontrar al Buda, escuchar sus palabras y conocer el entorno donde había vivido tantos años. La imagen que él tenía de un dios no podía ser mas que la que se había forjado en su mente, un ser extraordinario, alguien que podía vivir sin ninguna de las necesidades a los que los humanos están encadenados.

No sabía, porque nadie le había dicho, que el Buda era su propio padre y que la llamada de su corazón, era también la llamada de la sangre. Por eso su mente permanecía en silencio. Iba en pos de lo que intuía debía encontrar y eso era todo lo que quería saber.

.- ¿Dónde crees tu que podemos hallarle? .-

.- Nos dirigiremos hacia el valle del río Ganges, allí me han dicho que suele predicar bajo el árbol de la sabiduría, llamado así, porque fue precisamente el lugar donde, tras 7 años de meditación, encontró la verdad que tanto buscaba.-

Los dos jóvenes dieron por terminada la conversación y montaron de nuevo ágilmente en sus caballos. Ambos ofrecían una bella estampa. Llevaban faldellines recamados de oro, el torso descubierto y el cuello adornado con collares de cristal y marfil mezclados con autenticas piedras preciosas. Los largos cabellos recogidos en lo alto de las cabezas con sendos turbantes de seda demostraban su noble cuna.

Rápidamente desaparecieron en la espesura de  la selva mezclándose con los variados colores del exuberante paisaje.

Al principio solo distinguieron una gran multitud, una mezcla de gentes de diferentes edades y esferas sociales. Había tanta, que era difícil poder verle, sin embargo la voz del Maestro surgía clara y vibrante por todo los confines del bosque y podía entenderse claramente sus palabras porque el silencio era absoluto…

.- Continuamente pedimos satisfacción para algo que nosotros llamamos Yo, pero no hay un Yo. Debemos abandonar esta ilusión y el anhelo de satisfacer sus pasiones, entonces podremos identificarnos con el alma universal y llegaremos a alcanzar el Nirvana, que no es mas que la anulación del deslumbramiento de la apariencia y solo se consigue con el conocimiento.

La muerte no es sino solo una etapa de la existencia. En cuanto se disuelve el cuerpo, otro cuerpo le sucede, bien sea en la tierra, bien en otra parte y ya no existe entonces ni siquiera una separación entre el hombre y el animal, pudiéndose reencarnar aquel en éste y viceversa. Pero la variedad de las reencarnaciones depende de la buena o mala conducta en esta vida.

El Karma es el conjunto de acciones, cuyo resultado se manifiesta mas allá de la muerte, por la manera como se consuma la reencarnación. La inteligencia debe ser usada como un arma constante para la salvación, porque la liberación llega con el conocimiento, cuando con mirada clara y firme ha penetrado el hombre en las profundidades de este secreto, entonces se paraliza el proceso, escapando al dominio fatal del engaño del Yo.-

Cuando acabó de decir esto, nadie habló. Era tal el encanto especial que emanaba de las palabras del Maestro, que hasta los animales también parecían cesar en sus actividades para escucharle. Al cabo de unos momentos imprecisos en los que todo pareció estar sujeto a un hechizo que paralizaba el tiempo, el Buda se incorporó y comenzó a andar. Entonces la gente se apartó a ambos lados y comenzó a echar flores a su paso.

Los dos jóvenes que se habían incorporado también, intentaron acercársele para poder verlo, pero no hizo falta, el Buda parecía que caminaba dirigiéndose directamente hacia ellos. destacándose con su elevada estatura entre la multitud que lo rodeaba.

Era un hombre muy delgado, de belleza extraordinaria, apenas si vestido con una sucinta túnica enrollada al cuerpo curtido por el sol. Llevaba los pies descalzos y los largos cabellos ya encanecidos caían lacios sobre sus espaldas erguidas. A pesar de su humilde atuendo, había algo extraordinariamente majestuoso en su figura.

Cuando estuvo tan cerca de ellos que casi podía rozarles con la mano, se detuvo frente a Rahula. Su mirada era tan penetrante, que el joven tuvo que bajar los ojos y caer de rodillas ante él, incapaz de resistir su intensidad.

Entonces sucedió algo inesperado que llenó a todos de asombro, el Buda alargó una de sus manos y le obligó a incorporarse para mirarle. Después le habló:

No creas cualquier cosa porque te enseñen el testimonio escrito de un viejo sabio o un maestro. Todo lo que este de acuerdo con tus propias experiencias y después de una ardua investigación esté de acuerdo también con tu razón y conduzca a tu propio bien y al de todas las cosas vivientes, aquello, acéptalo como la verdad y vive de acuerdo con tu convicción.-

Después de estas palabras el Maestro siguió su camino rodeado por los fieles que le aclamaban y cantaban en su honor. Rahula permaneció en aquel lugar hasta que todo se hubieron alejado y el bosque quedó completamente desierto. Solo su primo permaneció a su lado sin hablarle, respetando su momento de meditación.

Cuando Rahula levantó al fin los ojos le vio mirándole y le abrazó diciéndole: Volvamos a Palacio, primo mío, Gopa, mi madre, estará aguardándome con impaciencia y ahora sé que es allí donde debo estar.-

Y ambos jóvenes, montando de nuevo en sus caballos emprendieron juntos el camino de regreso, dejando atrás el bosque sagrado envuelto ya en las primeras luces del atardecer.

 

 

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