Ricardo Corazón de Leon

enero 10, 2011 under Relatos de Historia

 

Sus ideas no se adaptaban en absoluto a las de sus contemporáneos de su mismo rango y decidió solucionarlo como pudo, o sea viviendo como le gustaba, aunque no le correspondiese hacerlo así. Se hallaba en su elemento cuando corría aventuras y como las aventuras de un rey en su propio país son siempre demasiado peligrosas y fáciles, Ricardo había decidido organizar una Cruzada a Oriente al lado de Felipe Augusto de Francia y Federico I de Alemania.

Sin embargo y para proporcionarse el dinero necesario para semejante empresa, cometió en nombre de Dios enormes injusticias, expulsó a los antiguos ministros de la corte de su padre y renovó antiguos impuestos. Aunque lo peor de su gobierno fue que no darse cuenta de que tras él no quedaba en Inglaterra nadie capaz de sustituirle en su largas ausencias, circunstancia de la que su propio hermano Juan, envidioso del aire de leyenda que envolvía a Ricardo, no tardaría en aprovecharse. Hubiera sido un excelente príncipe de Gales porque había nacido para ser un perfecto irresponsable, un hijo de familia, un príncipe encantado, pero era un mal rey para Inglaterra por la poca importancia que le daba a ser rey.

Los dos monarcas Ricardo de Inglaterra y Felipe II de Francia se reunieron en Vezalay para oír juntos misa en la basílica de Santa Magdalena y partir a continuación para Marsella. Allí, ambos tomarían rumbo hacia las tierras de Oriente para reunirse en Sicilia con Federico I de Alemania.

Aunque muy distintos entre sí, los dos eran muy jóvenes y se habían hecho cruzados más por amor a la gloria que por devoción. Ricardo estaba lleno de espíritu de caballería, pero era poco hábil en el arte de la guerra, más pródigo que generoso, soberbio a la par que  obstinado e inconstante,  necesitaba imponer su voluntad en todas partes. Por el contrario Felipe era frío, calculador e intrigante.

Se habían tomado serias medidas para reprimir los excesos de la muchedumbre que los seguía. Cada injuria inferida fuese la que fuese estaba tasada en una onza de plata. A los ladrones se les rapaba la cabeza y después de verter sobre ella agua hirviendo, se la cubría de plumas que quedaban adheridas a la misma dándoles un aspecto ridículo delatando su condición y provocaba la mofa de todos. Si alguien se atrevía utiliza la espada y hería a otro en disputa perdía la mano como castigo.

En cuanto al crimen, el asesino era atado al cadáver de su víctima y arrojado al agua sin compasión. También se prohibió tajantemente que las mujeres siguieran a sus maridos o a sus amantes y los hombres no podían entregarse a los juegos de azar a excepción de las reyes, los caballeros y los clérigos que gozaban de plena libertad.

Los caballeros de ambos bandos vestían cotas de malla pintadas en colores  rojo, verde, azul o negro. Encima de ellas se colocaba la cota de armas al fin de resguardarlas del sol y de la lluvia, las cuales llegaban hasta las rodillas e incluso algunas llevaban mangas. El yelmo, cilíndrico, representaba la mayor protección y estaba adornado con piedras preciosas y flotantes flecos, rematándolo con un cuadro de terciopelo, cuando no les era posible hacerlo con una corona.

Todos blandían lanzas al nivel de la cadera de unos tres metros de longitud cuya punta de hierro tenía la forma de una hoja de sauce, pero  el caballero disponía de una segunda espada colgada de la parte delantera de su silla.

En medio de toda aquella algarabía que representaba la partida a lejanas tierras, el verdadero espíritu de la cristiandad se perdía entre el espíritu de aventura de algunos, la ambición de muchos y la desesperación de unos pocos…

Los tres reyes llevaban casi dos años de sitio, ocho batallas y más de noventa encuentros sin haber podido reconquistar la ciudad de Jerusalén, ganada por el sultán de Egipto, Saladino, en 1187 y ya había perecido allí suficiente ejército como para haber sometido a toda Asia.

Sus hombres estaban cansados y Ricardo se había visto obligado a pactar un armisticio con el Sultán para recuperar la moral de los soldados. La contienda se convirtió entonces en un combate entre los mismos reyes que casi nunca estaban de acuerdo en nada y los cruzados olvidaron a veces la causa común que los unía para guerrear entre sí, ayudando a uno u otro. Así que mientras los unos subían al asalto, los otros permanecían como simples espectadores.

Cuando aún no se habían repuesto del estupor que les había causado el hallar ahogado en un río a Federico de Alemania, la mala insalubridad de la atmósfera hizo caer enfermos de paludismo a los dos monarcas restantes, que tuvieron que detener forzosamente las luchas entre ellos y contra los musulmanes.

El propio Saladino, que defendía la plaza contra los ejércitos cristianos, demostró ser tan caballero que los propios caballeros cruzados, dándoles una magnánima tregua de cortesía y enviándoles gentilmente médicos y refrescos para aliviar sus horas de larga enfermedad.

Ricardo se repuso pronto, pero Felipe quedó muy debilitado y parecía una sombra de si mismo, había perdido el pelo y adelgazado mucho. La Cruzada había dejado de una atrayente aventura para él y sin inmutarse de los sarcasmos de sus soldados y caballeros, se decidió apostar por su vida en lugar de la gloria y dejar la expedición en manos del rey inglés.

Era un caluroso día del mes de Julio del año 1191, cuando Ricardo vio partir a las naves del rey de Francia. La mayoría de sus hombres quedaron en tierra para alinearse a las ordenes del Ricardo Plantagenet, que después de la vergonzosa deserción del rey francés, quedó solo ante la gran empresa y rodeado de un deslumbrante halo de heroicidad.

Mientras veía empequeñecerse lentamente las naves, pensó que en el fondo envidiaba a Felipe, la gloria futura sería para Ricardo, pero la felicidad presente navegaba junto a la figura del rey francés en la cubierta el barco que le llevaba de vuelta a su hogar.

Enjugó el sudor de su frente que hacía brillar su blanca piel, delicada y suave como la de un niño. Su constitución anglosajona hacía que el calor húmedo de aquellas latitudes se le hiciera verdaderamente insoportable.

Sin apartar la vista del mar, sus pensamientos comenzaron a ir mucho más aprisa que las embarcaciones que se alejaban y llegaron hasta la mismas costas de Inglaterra. Ante él apareció nítidamente una imagen de mujer con el cabello en llamas, partido por una raya encima de la frente despejada y cayendo en dos mitades sobre los hombros como una cascada de fuego. No recordaba su nombre, ni su rostro, pero si recordaba la pasión ardiente de sus caricias entre las sabanas tibias del lecho. De hecho todas sus amantes tenían la misma cara, solo variaban sus nombres, sus edades y el color de sus cabellos, pero para él todas eran iguales, había pensado en aquella como hubiese podido pensar en  cualquier otra, quizás había sido la última:

Aquello le asustó…¿cuando había sido la última vez que había estado con una mujer?…Se sobresaltó alarmado y olvidó de inmediato la retirada del rey francés, los barcos que se alejaban, el calor y toda la campaña corta los musulmanes, era como si su cuerpo se hubiese despertado de repente después de una gran pesadilla, en la que solo habían sido los protagonistas la guerra y el sufrimiento. Tenía que encontrar una mujer, fuese como fuese… necesitaba el contacto de una piel femenina, el calor de una pasión aunque fuese efímera y comprada… y dando media vuelta abandonó aquel lugar dirigiéndose a su tienda con pasos rápidos y decididos.

Saladino vestía sencillamente, no bebía más que agua y oraba con exactitud a las horas señaladas. Casto para Musulmán, sabía dominar sus pasiones hasta el punto que le convenía para avasallar a los demás. Aunque su lectura favorita era el Corán, que leía hasta a caballo mientras guiaba sus tropas al ataque, era un hombre culto que conocía la lengua de los ingleses.

Después de haber leído el mensaje que le trajo uno de sus escuderos, sonrió satisfecho mirando el papel entre sus manos. Aquella carta le daba una magnifica ocasión de dar una lección al orgulloso Ricardo. Había tratado de descubrir inútilmente cual podía ser el punto débil de su especial enemigo y ahora sin ningún esfuerzo la solución había llegado milagrosamente escrita por él mismo.

Se dio cuenta de que el ingles había contraído una nueva enfermedad, la lascivia y dijo en voz alta: Le ayudaré a curarse, de la misma manera que lo hice cuando contrajo el paludismo.- añadiendo después en un susurro para que el escudero no pudiera oírle.- Pero esta vez el remedio acabará con él…

Se suspendieron todas las escaramuzas durante unos días para celebrar torneos festivos en honor a la heroicidad de Ricardo, a los cuales fueron invitados los mahometanos con todas las cortesías caballerescas propias de estos actos y se ostentó una relajación suntuosa, donde trescientas mujeres llegaron de Chipre para hacer alarde y tráfico de sus encantos.

Entre ellas una, la más exquisita, fue escogida especialmente por Saladino para ser destinada a Ricardo. Este, satisfecho, no quiso verla antes de tiempo, confiaba en el buen gusto de su rival y anfitrión y esperó pacientemente a que acabase la fiesta, para conocerla. Cuando llegó la noche y se retiró a su lujosa tienda  encontró a la mujer esperándole…

La cruzada continuó de nuevo a partir de aquel día, las flechas de los musulmanes se clavaban en los escudos de cuero de los soldados cristianos, dándoles un grotesco aspecto de puerco-espín. Ya no era una devoción ciega lo que impulsaba a cometer tales empresas, sino los sentimientos de la caballería, sucediendo que al día siguiente de una encarnizada batalla, se veían sentados en la misma mesa al Ingles y al Curdo y se prodigaba al prisionero tantos miramientos como golpes había recibido al caer del caballo.

A pesar de que los musulmanes defendían la ciudad de Tolemaida como el león defiende su guarida de otro león extranjero, ésta capituló al fin y Ricardo pidió a Saladino. como vencedor, restituir el madero de la Cruz y 600.000 prisioneros, a parte de 200 monedas de oro.  Accedió el sultán, pero Ricardo no se sintió todavía satisfecho y pidió también algo más, a la hermosa mujer que cada noche compartía su lecho. Insólitamente esto le fue negado y como el rey ingles insistió, siguió recibiendo negativa tras negativa.

Un anochecer noche la bella chipriota dejó de acudir a la cita, Ricardo la aguardó en vano noche tras noche y cuando comprendió que ya nunca volvería verla, quiso vengarse de Saladino y en su desesperación hizo degollar a 2.000 musulmanes desarmados.

Ninguno de sus hombres comprendió aquella actitud  tan inesperada y cruel. Parecía como si el odio y la ambición se hubiesen apoderado de él desde la noche que durmió por vez primera con la desconocida, aquella mujer que le aguardaba en la intimidad de su tienda y que había seguido aguardándole  durante toda la campaña.

Era la primera vez en la vida del joven rey Ricardo que una amante no era desbancada rápidamente por otra y sus allegados se preguntaban que clase de mujer sería la que había ejercido semejante fascinación sobre él rey, pero nadie la había visto nunca porque cada mañana abandonaba los aposentos reales completamente oculta por un velo que la cubría hasta los pies. Solo Saladino parecía conocer el secreto y a medida que iba viendo como el ingles, a pesar de las asombrosas proezas en el campo de batalla, perdía  la estimación y el amor de los Cruzados, se sentía más y más satisfecho.

Ricardo se dio cuenta al fin de que aquella mujer era precisamente la venganza cruel del musulmán. El rey de Inglaterra admirado y victorioso, temido por tantos hombres y deseado por tantas mujeres debía renunciar por primera vez en su vida a la única de la que se había enamorado

En Inglaterra había estallado la rebelión a causa de su hermano que intentaba arrebatarle el trono y esto fue decisivo para determinar la partida. Ya en la nave que debía trasladarle a Europa, el rey miró por última vez a Palestina y se cubrió los ojos con la cota de mallas exclamando:

Señor Dios, no vea yo tu tierra Santa, pues no me es dado liberar de los infieles a la ciudad de Jerusalén… añadiendo por lo bajo, como una vez hiciera también Saladino ante su escudero: Ni merezca yo vivir porque no me es dado liberar tampoco a la mujer que amo.

Como si la suerte le hubiese girado definitivamente la espalda, la nave que le trasladaba de vuelta a su país naufragó en el mar Adriático y el rey fue capturado y hecho prisionero, perdiendo a la vez su amor, su fortuna y su libertad.

Tras pagar un enorme rescate que acabó de arruinar a sus súbditos, Ricardo consiguió finalmente regresar a Inglaterra y como si Dios hubiera escuchado la plegaria, no tardó en morir de una herida de flecha que el mismo se arrancó del pecho, negándose después a ser curado.

Aquella humilde flecha procedente de una mano desconocida, logró lo que no habían conseguido los ejércitos de Saladino. Pero Ricardo sabía que, indirectamente, había sido el musulmán quien había disparado contra su corazón, hiriéndole de muerte al obligarle a dejar a la única mujer que había amado y cuyo nombre permaneció oculto para siempre .

 

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