Rosa, la mujer

septiembre 23, 2012 under Relatos de Historia

Desde que se casó nunca había tenido pensamientos propios que no fueran mas allá del cuidado de los hijos, de la limpieza de la casa y un sin fin de labores cotidianas relacionadas con ellos.

Se levantaba muy temprano para estar al lado de los suyos desde las primeras horas de la mañana y se acostaba la última, esperando que no quedase ni un solo problema por resolver. Después se sentía tan cansada que no disponía ni un momento para pensar en si misma, ni en nada. Y aunque ahora sus hijos ya habían crecido y no la necesitaban como antes, ella seguía actuando de igual forma y ellos exigiéndola. Quizás ésta era una de las razones por la que aquella mujer no tenía pensamientos propios ni ajenos, ni de ninguna clase. No tenía tiempo de pensar. pero alguna vez había intuido que existía algo más allá de su pequeña jaula, una sensación de culpabilidad la sacudía con tal fuerza que le parecía estar haciendo algo malo… La casa: su santuario, su refugio, su palacio, su cárcel, su premio, su castigo, su vida… ¿La suya?.

Si aquella mujer hubiera tenido tiempo de pensar quizás se hubiese preguntado si realmente era suya la vida que estaba viviendo o la que otros – sus padres, su marido o sus propios hijos y la sociedad en pleno – habían querido que viviese. Su esposo había impedido siempre que Rosa trabajase fuera del hogar, así se reconocía públicamente que su sueldo bastaba para mantener a su familia, lo cual era un símbolo de prestigio hacia al exterior. El éxito de un hombre siempre se medía por las comodidades que podía dar a su esposa. Si dentro de las paredes del hogar su mujer trabajaba el doble de su jornada laboral y sin ninguna clase de retribución ni reconocimiento, era algo que a nadie le importaba, ni siquiera a él mismo. Las apariencias bastaban y eso era lo importante.

Ella tampoco se hacía preguntas porque lo aceptaba como lo más natural del mundo. Nunca había tomado decisiones propias, la habían educado para el matrimonio, en la más absoluta ignorancia sexual y celosamente guardada para el hombre a quien los padres concedían aquella flor virginal.

La virginidad era pues su mayor valor y tesoro y la mejor prueba de inteligencia de una mujer era encontrar un buen esposo. Así pues, dejó los estudios cuando conoció al que ahora era su marido. Le habían dicho que una futura esposa y madre ya no necesitaba estudiar. ¿Acaso existía una carrera mejor para una mujer que el matrimonio?. Pan, techo y compañía asegurados, ¿qué más podía pedir?.

Así le habían hablado siempre sus padres, que la querían mucho y sólo deseaban su bienestar y también sus amigas solteras que esperaban impacientemente un hombre libertador que las redimiese de la necesidad de tener un empleo para ganarse un sustento.

Pedro, su marido, era un hombre educado y agradable, ni demasiado listo, ni demasiado tonto, económicamente estable, perfectamente gris, el sujeto ideal para asegurarse una vida aparentemente plácida, segura y sin complicaciones.

Ella se comprometió a ser su amante, su madre y su criada para que no le faltase nada material de por vida. El amor y la amistad poco contó en aquel contrato de compra venta legal que habían firmado al casarse.

Rosa había intuido alguna vez, en una butaca de cine un domingo o en la soledad de su cocina, un compañero apasionado y comprensivo, pero entonces se sentía cogida en falta, traicionada por un demonio maligno que sin duda llevaba dentro. ¿Acaso tenía derecho a ambicionar más de lo que tenía?. ¿Una vida segura, sin apuros económicos, unos hijos sanos, un marido trabajador?. Ella era considerada el ángel del hogar y sabía que una mujer respetable debía ignorar los placeres sensuales, porque las que experimentaban gusto por el sexo eran únicamente las prostitutas. Ya se lo decía su confesor: “Si la tentación te asalta, debes ser fuerte y rechazarla” y Rosa conocía bien los medios para combatirla, se levantaba rápida y atacaba un gran cesto lleno de ropa para planchar o una enorme pila de platos sucios. Se entregaba con ahínco a su trabajo, la musiquilla de una canción de moda en sus labios, y automáticamente el inquietante brillo de sus ojos desaparecía, dando lugar a la inexpresiva mirada de siempre.

Aquella mañana estaba sola en casa, entregada a sus tareas cotidianas, como de costumbre, cuando de improviso un fuerte griterío proveniente de la calle la interrumpió. Era tal el ruido que tuvo que abandonar lo que estaba haciendo y asomarse a la ventana para ver lo que sucedía.

Un numeroso grupo de mujeres de todas las edades desfilaba por la calle, gritando y deteniendo el tránsito de coches y peatones a su paso. Al principio, no pudo entender lo que decían, pero después de unos minutos de prestar atención pudo comprender algunas de las frases que repetían incesantemente:

- Compañeras, pongamos fin a la discriminación que sufrimos en silencio y reclamemos nuestra libertad. Exijamos nuestro derecho a opinar y hacer valer nuestras ideas. Basta ya a los míseros salarios y a las jornadas de trabajo interminables fuera y dentro del hogar. Somos seres humanos inteligentes, no bestias de labor ni muñecas de salón. Despertad de vuestro letargo y exigir vuestro voto para conseguir la igualdad con el hombre.

Rosa había oído hablar de ellas, se llamaban sufragistas, y utilizaban la lucha como único medio para ser escuchadas y conseguir el reconocimiento al voto de las mujeres. Conocía muy vagamente la historia por habérsela oído contar a su marido de un modo despectivo, y sabía que todo comenzó cuando un diputado inglés presentó en el Parlamento una petición para el sufragio de las mujeres.

Todas las naciones se habían reído de sus protestas, que chocaban con el conservadurismo defensor de la familia tradicional y las ideas cristianas sobre la autoridad del padre. Ella también las había considerado ridículas en sus pretensiones. Siempre le había parecido que la mujer que luchaba por la igualdad de sexos era un ser poco agraciado y algo masculino, que buscaba compensar su oculta frustración con los hombres en una feroz competitividad con ellos. Aunque en realidad, aquello no era un pensamiento propio, pero era lo que le habían dicho siempre y ella lo había dado por cierto.

Sin embargo, y aún a pesar de que si alguien de su familia hubiera entrado en aquel momento en la casa se hubieran reído de ella, no se apartó de la ventana. Sentía curiosidad, una curiosidad extraña. Entonces, una de las manifestantes, una mujer de una edad aproximada a la suya dirigió su mirada hacia lo alto y viéndola le gritó:

- Hermana, no te quedes mirando sin hacer nada. Porque esto es lo que han venido haciendo las mujeres desde hace siglos. Ponte en movimiento, no dejes que alguien viva tu vida por ti.

Entonces, dejó de hablar y deteniéndose encendió un papel que llevaba en al mano para arrojarlo en llamas a un buzón de correos. Al cabo de unos minutos todas las cartas que se hallaban en su interior comenzaron a arder y la gente a la vista del humo gritó asustada. La policía, que había permanecido expectante se apresuró a intervenir y detener a las manifestantes, algunas de las cuales se resistieron y fueron cruelmente golpeadas.

En la calle la confusión iba en aumento. Algunos de los transeúntes intentaron ayudar a las mujeres que trataban de zafarse de los golpes de las porras e incluso atacaban como podían a los policías, utilizando uñas y dientes. Otros en cambio las increpaban e insultaban.

Estuvo bastante rato mirando. Sin embargo, se daba cuenta que nunca había sido tan consciente de la realidad de todo lo que la rodeaba como en aquel instante y sintió que aquellos golpes que no recibía le dolían en la piel tanto o más a ellas.

Las últimas palabras de la desconocida acababan de sembrar por fin un pensamiento en su mente. Y como si éste hubiera comenzado a fructificar en acción, Rosa sintió la apremiante necesidad de bajar también a la calle y gritar al lado de todas aquellas mujeres, se sentía culpable de no recibir los golpes que las manifestantes sufrían por defender sus derechos

El viento agitó con fuerza renovadora su cabello y el sol acarició su rostro. Entonces, se apartó de la ventana dejándola abierta tras sí y, sin comprender por qué, sintió unos deseos irrefrenables de mirarse al espejo.

Allí, detrás de la pulida superficie, había una mujer de mediana edad, aspecto vulgar y triste, cabellos cortados a la moda y grasa acumulada en las caderas y en el vientre. La contempló en silencio. Siguió mirándose durante un buen rato, como hacía tiempo que no hacía, y le pareció que era la primera vez que se veía porque casi no se reconoció. No había nada de sí misma en aquella imagen.

Sin embargo, sus ojos ya no estaban vacíos: había algo en ellos, un brillo especial que los hacía muy semejantes al de la mujer que le había hablado.

Y entonces, ella supo ver algo más que la imagen extraña que la observaba: descubrió que debajo de sus carnes blandas había un cuerpo hermoso y flexible, lleno de color y de vida y que su boca triste podía sonreír iluminando su cara y no quiso mirar más. Echó a correr escaleras abajo para mezclarse con ellas. De repente, sentía que junto a aquellas desconocidas estaba su  verdadero lugar.

Cuando llegó al portal se topó de bruces con la mujer que le había hablado y que corría a proteger su cuerpo de la avalancha de golpes que la amenazaba. Sus cabellos estaban en desorden y las sienes se empapaban, poco a poco, en sangre. Rosa la acogió entre sus brazos y la llevó hacia el interior del oscuro umbral. Allí, de momento estaban a salvo.

- Gracias.- dijo la desconocida – Ya hemos recorrido un pequeño trecho en el camino, pero todavía es mucho lo que nos queda por andar… Debemos unirnos para ser fuertes y debemos despertar a la verdadera realidad para vivir como seres humanos y no como objetos u animales.

Entonces, un grupo de hombres uniformados entró en el portal y cogiendo a las dos mujeres por el brazo las arrastró hacia la calle a trompicones, para obligarlas a subir a un coche de la policía.

Una vez dentro del vehículo, hacinada con otras manifestantes que a pesar de los golpes recibidos seguían gritando por la igualdad de sexos y por la libertad, Rosa se dio cuenta de que no sabía a donde la llevarían aunque en aquel momento se sentía tan plenamente feliz que esto no le preocupaba demasiado.

Hasta entonces había estado recorriendo el camino que otros le indicaban. A partir de ahora cualquier otro, fuera cual fuese, sería mejor, porque ella misma lo escogería.

Dentro de su pequeña casa, que se empequeñecía a lo lejos, quedaba su juventud, su matrimonio, sus hijos y la mujer vulgar y triste que todavía debía estar asomada a la superficie del espejo del dormitorio. Los remordimientos se quedaban con ella también. Se sentía libre de todo sentimiento, se uniría a aquel grupo de mujeres que lo sacrificaban todo por ser ellas mismas. No sabía a donde iba, pero si sabía que no pensaba volver.

 

Se hicieron muchos comentarios en el barrio después de su partida. Entre otras cosas los amigos y vecinos dijeron que era una mala mujer, que no quería a sus hijos ni a su hombre. Su familia, para evitar la vergüenza ante la gente, dijeron que había muerto. Nadie comprendió que para querer a los demás, aquella mujer debía aprender a quererse a sí misma. Nadie comprendió que aquella mujer que vivía muerta, había resucitado a la vida. Pero el que la entendieran o no, era muy poco importante para ella.

 

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