Vanessa, el descubrimiento

mayo 26, 2013 under Relatos de Historia

Catarismo, el sitio. Relatos de Gloria CorronsVANESSA… Edescubrimiento

Utopía, 2000 d.C.

– No puedes vivir dándole la espalda al futuro .
– El futuro… es una obsesión general. La gente solo desea conocer el futuro para poder controlarlo y aumentar su sensación de seguridad. ¿No sería mejor que nos preocupásemos un poco más del presente?
– Vanessa, estamos en el umbral de la revolución de la información, solo ella nos abrirá la puerta a ese inevitable futuro y solo el ordenador con su impresionante capacidad de almacenar conocimientos puede abrir esa puerta. El que no lo comprenda así se quedará fuera. Hoy en día hasta los niños disponen de juguetes informatizados.
– Prefiero no entrar en ese mundo futuro de máquinas y de robots, con gente viviendo en celdas individuales como gallinas y comunicándose entre si por vídeo teléfonos.
– No te preocupes, los humanos somos animales sociales, acabaríamos por salir de nuestras celdas y volver a modelar una sociedad a nuestro gusto, pero por medio de los ordenadores podremos ponernos en contacto con multitud de personas de otros países. Además, también podemos acceder a cursos a distancia en otros países e introducirnos en centenares de bibliotecas a las que nunca podríamos visitar, conocer gente que jamás podríamos conocer, convirtiendo así a tu odiado ordenador en un utensilio vivo y humano.
– Sigo opinando que prefiero la forma clásica de hacer amistad.
– Me gustaría a mi saber cuantos amigos nuevos has hecho desde que te separaste de tu marido. Apenas si tienes tiempo ni de respirar. Vas del trabajo a casa y de casa al trabajo como un verdadero robot, no dispones ni de un segundo para ti misma o para los demás, y los fines de semana estas tan cansada entre la oficina, la casa y los niños, que te pasas los dos días durmiendo delante de la televisión.
– ¿Y tu crees que con uno de esos chismes, mi vida podría ser diferente de lo que ha sido hasta ahora? . Click here to read more.. »

Gloria, la revolución

febrero 24, 2013 under Relatos de Historia

Gloria, la revolución

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París, Mayo 1968 d.C.

Gloria se giró varias veces para decir adiós con la mano hasta que sus padres desaparecieron engullidos por una anónima multitud. La última visión que tuvo fue la cara de su madre, húmeda en lágrimas, y la su padre haciendo un esfuerzo por contenerlas.

Una vez en el interior del avión, le pareció estar en el vientre de un enorme pájaro que la remontaría hacia una vida distinta. El aparato despegó con majestuosidad y los motores rugieron con fuerza. Gloria cerró los ojos y cuando los volvió a abrir estaba ya en el aire. Era su primer vuelo, su primera aventura, viajaban junto a ella un centenar de personas diversas, pero Gloria se sentía completamente ajena a todos, enfrascada en sus propios pensamientos.
Encendió un cigarrillo, aspirando el humo con avidez. Se sentía libre y feliz volando por encima de las nubes. En Barcelona, junto a su familia y sus amigos, debía intentar justificar continuamente su modo de pensar y de obrar. Allí, entre el cielo y la tierra, nadie la conocía ni podía juzgarla.
Para sus padres aquel era un simple viaje de estudios, pero para ella el viaje significaba mucho más, aquella era su oportunidad y debía afrontarla con valentía, se daba cuenta de que si se acobardaba y seguía junto a los suyos, ya no sería capaz de pensar, ni de sentir, ni de vivir por si misma. Tenía 20 años y debía empezar a manejar los hilos de su vida.

Habían descendido mucho y París estaba a sus pies, esperándola, las luces de la gran ciudad parpadeaban misteriosas tras las redondas ventanillas del avión. Los altos edificios surgían como gigantes iluminados por la luz azulada del crepúsculo; le parecía como si supieran que ella estaba llegando y se dispusieran a recibirla, se sentía importante, el centro del mundo.

Gloria aseguró el cinturón de seguridad alrededor de su cintura y al oír los motores rugir con furia se asustó un poco. En el interior del aparato todo pareció perder vitalidad, los pasajeros habían vuelto a sus asientos permaneciendo quietos y pendientes de tomar tierra, hasta las conversaciones habían decaído y las pocas personas que seguían hablando habían bajado el tono de la voz, como si pudieran molestar al piloto en sus maniobras. Los motores se estremecieron como una fiera que se despierta después de un letargo dispuesta a atacar a su presa, las luces habían aumentado su brillo y los edificios su tamaño. Gloria sintió entonces que estaba cayendo dentro de las fauces de un monstruo que la esperaba para devorarla, pensó que una vez en la profundidad de lo desconocido quizás ya no podría recuperar mas su estado actual de cómoda estabilidad, pero también pensó que arrastraba esa estabilidad como una piedra atada a su cuello y quería deshacerse de ella, fueran cuales fueran las consecuencias

Aquel mismo día, mientras el avión que transportaba a Gloria acababa de aterrizar en París  un grupo de estudiantes de izquierda abarrotaban una de las aulas de la Universidad de la Sorbona donde se habían reunido en una asamblea de protesta. Click here to read more.. »

Gandhi, la no violencia

enero 31, 2013 under Relatos, Relatos de Historia

Gandhi, la no violencia

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La India, 1948 d.C.

reposaba en cuclillas sobre su lecho de madera, al lado de su eterna compañera, la rueca, tendido en una terraza de piedra al cielo descubierto. No lejos del maestro descansaban también varios de sus discípulos que nunca le abandonaban.

El amanecer estaba próximo y como todos los días el Mahatma se despertó antes de que apuntase el alba, rezó sus acostumbradas oraciones y enseguida sus seguidores se apresuraron a ofrecerle un vaso de zumo de mango que él sorbió con placer recreándose en su fresco sabor y agradeciéndolo con una sonrisa y unas palabras amables. En su rostro arrugado, el anciano Ghandi conservaba unos ojos todavía jóvenes que chispeaban traviesos al hablar. El tono de su voz era tan dulce que todos se sentían subyugados al oírle.

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Koscukee, el odio

octubre 30, 2011 under Relatos de Historia

 

Sobre la morena piel de su torso desnudo, el hechicero de la tribu había pintado unos extraños dibujos adornados con pétalos de flores y plumas de pájaros, utilizando para hacerlo conchas afiladas. Los vivos colores habían sido extraídos de pigmentos de la misma tierra. Las pinturas simbolizaban una manada de canguros perseguidos por los hombres y Koscukee se sentía orgulloso de ellas, porque creía que detrás de cada imagen trazada sobre su piel se escondía el triunfo del cazador sobre el animal. La cacería que se iniciaría a la mañana siguiente y en la que todos los componentes de la tribu tomarían parte, le excitaba hasta el punto de robarle el sueño.

Las manadas de canguros que proliferaban en gran número por los bosques de Tasmania eran su principal fuente de alimento. Los mataban no por placer, sino simplemente para subsistir. Y aunque había participado en muchas otras cacerías, aquella noche se sentía extrañamente inquieto.

Por eso tendido en la larga playa, mostraba sus pinturas mágicas a Aquel que habita en lo más alto. Aquel que según las creencias ancestrales de su pueblo, creó sobre la lisa superficie de la Tierra todos los mares y los montes, todos los bosques y los ríos, todas las estrellas, el sol y también la luna… Koscukee, desnudo sobre la arena y envuelto en la tibia brisa del Hemisferio Sur, imploraba la protección del gran gigante del Universo por mediación de la magia de sus dibujos.

Koscukee nunca había salido de su tierra, solo conocía sus queridos bosques de eucaliptos de más de 500 especies diferentes y los amaba. También amaba las hermosas flores que poblaban la exuberante vegetación de sus montañas y los exóticos animales que las habitaban. Su amor se extendía también a las azules aguas del mar, bajo cuyas olas se arremolinaban mil peces multicolores y enormes bancos de coral y su amor llegaba en su grandiosidad hasta el sol, la luna y todas las constelaciones que velaban sus días y sus noches.

Vivía tranquilo sin que su tranquilidad se viera perturbada por las desigualdades, porque la tierra y el mar proveían a él y a los suyos de todo lo necesario. Ignorante de las comodidades tan necesarias para gentes de otros continentes, era feliz no sabiendo el uso que de ellas hacían y en consecuencia no conocía la crueldad, ni la venganza, ni el odio. Se sentía unido a sus padres y hermanos y a todo el resto de la tribu por el mismo amor que le unía hacia todo lo que le rodeaba y como ellos, vivía en una apretada armonía con la naturaleza.

 

Matew Flinders era británico y como todos los británicos poseía ese rasgo esencial del carácter inglés que consiste en una confianza natural en la vida, probablemente genética. Matew Flinders estaba convencido de que Dios había puesto a los ingleses en el mundo como prototipo para dar a los hombres la paz, la justicia y la libertad y como buen componente de su raza, estaba convencido de que sólo los anglosajones podían representar aquel papel.

Quizás como herencia de sus antepasados, marinos y piratas, y por la gran extensión de las costas inglesas, el amor al mar y a las aventuras marcó su vida. De niño solía jugar imaginándose a sí mismo capitaneando un barco y explorando tierras lejanas y desconocidas. En cuanto llegó a la adolescencia, aquellos sueños infantiles fueron tomando fuerza en su imaginación, de tal forma, que ya en plena juventud estaba convencido de que el deseo de Dios era asegurar la dominación de la raza anglosajona en el universo y el único medio de vivir de acuerdo con Dios era ensanchar el territorio sobre el cual reinaban los ingleses.

Fiel a su deseo, con el tiempo llegó a convertirse en marino y después en explorador. Su afán era descubrir nuevas tierras para incorporarlas a la corona Inglesa fue la principal motivación de sus viajes. Y así, con el impulso de sus sueños de niño dando velocidad a las velas de su nave, llegó hasta el quinto continente de la Tierra, a quien puso por nombre Australia inspirándose en estar situado en el Sur del Hemisferio Austral. Era el año 1795.

Después de explorar el territorio donde siete años atrás habían sido desembarcados los primeros penados británicos, navegó también alrededor de Tasmania, demostrando que se trataba de una isla y no de una continuación del continente y aquella tierra le fascinó hasta el punto de tentarle a abandonar sus sueños y ambiciones y quedarse a vivir en ella para siempre.

 

Aquella misma noche, mientras Koscukee se entregaba a sus cavilaciones e imploraba seguridad a las gigantescas fuerzas del Universo, Matew, en el interior de barco anclado en las playas de Tasmania, se dedicaba al estudio del nuevo paradójico animal que acababa de descubrir.

- Es la criatura más fascinante que se pueda imaginar Peter, nunca has visto nada igual, es una mezcla de reptil y pájaro y sólo puede estar en el agua unos pocos minutos- Mientras hablaba, su mano intentaba esbozar gráficamente sus palabras representando con el lápiz la forma de aquel curioso ser, que poco a poco parecía ir cobrando vida en el papel- Sus órganos son un mar de contradicciones – continuó -. Su corazón es el de un mamífero, pero su aparato reproductor es idéntico a los de un reptil. Alimenta a sus crías con leche, pero como no tiene mamas, ellos la obtienen succionando a través de los poros de su piel.

- ¿Cómo podríamos llamarle?- preguntó su segundo de abordo.

-¿Qué más da el nombre? yo estoy demasiado sorprendido por el hallazgo para preocuparme de su bautizo.

- ¿Que te parece Platypus? – continuó el otro haciendo caso omiso de las palabras de su superior.

- Éste será el más fantástico hallazgo entre los muchos marsupiales y diferentes especies de serpientes papagayos y loros, que hemos encontrados hasta el momento -. El capitán no parecía haber prestado mas atención al nuevo nombre, que Peter a su revolucionario descubrimiento.

- Sí, el único problema es el otro tipo de fauna, a la que deberíamos exterminar si queremos considerar la isla como el más idílico paraíso aportado a la corona inglesa.

Abandonando sus apuntes, Matew Flinders miró al hombre que acababa de intervenir, le llamaban el holandés, ya que ésta era la patria de sus antepasados y era su segundo de abordo. Reflexionó sobre sus palabras que rezumaban odio y pensó que no era el único tripulante del barco en sentirlo. Esto le preocupaba. Como buen inglés, el desdén por el extranjero, fuera del color que fuera, era un sentimiento más fuerte que el odio hacia su enemigo. Estuviese donde estuviese, seguiría siendo inglés. No pediría a los nativos de aquella isla que adoptaran sus costumbres, y él jamás adaptaría las de ellos. No se sentía misionero ni conquistador. Los indígenas seguirían siendo indígenas y los extranjeros, extranjeros, todo a una cómoda distancia. La guerra no era un placer para él.

Encendió su pipa con estudiada lentitud y dio un sorbo a la cerveza que le esperaba encima de la mesa alrededor de la cual los tres altos cargos de la nave se hallaban reunidos, pero en realidad su serenidad era sólo aparente, porque tras aquel comentario se sentía extrañamente inquieto.

En la espesura de la selva, el demonio de Tasmania, un feroz animal, llamado así por su fealdad, también presentía algo incierto en la tranquila noche de la isla. Sus patas exageradamente cortas en un cuerpo de escaso tamaño, se aferraban fuertemente al suelo y sus pequeños ojos encubiertos de grueso pelo oscuro, parecían escudriñar el horizonte con malignidad, mientras sus diminutas orejas estaban al acecho de cualquier ruido extraño que pudiera representar una amenaza.

 

Al clarear el día, el barco navegaba de nuevo bordeando la playa. La tierra era baja y llana, con muy pocas montañas salpicadas de espléndidos bosques y a lo lejos se divisaban extensos valles y llanos de tierra arenosa.

Ya era bien entrada la mañana cuando en ambas puntas de una gran bahía divisaron unos cuantos nativos y algunas cabañas. Eran casuchas humildes y pequeñas, construidas con palos, corteza, hierba y otros materiales.

En la playa había un reducido grupo de mujeres, ancianos y niños. Eran de estatura media y cuerpo esbelto y algunos tenían los cabellos lacios y otros rizados, pero todos iban completamente desnudos y su piel negra como el hollín relucía al sol como si fuese de ébano. Las mujeres llevaban a modo de adorno collares de conchas, pulseras o aretes ciñendo la parte superior de los brazos, y los hombres pendientes en las orejas y un hueso atravesando de parte a parte el tabique nasal. Muchos tenían el cuerpo y la cara pintados con una especie de pigmento blanco y negro en caprichosas formas. No eran muy numerosos y no parecían agresivos. Sus canoas estaban tumbadas sobre la arena, debían de tener catorce pies de largo y estaban hechas con trozos de corteza de árbol.

Matew Flinders y unos cincuenta hombres se dirigieron a la orilla en sus botes dispuestos a parlamentar con ellos. Ya en tierra firme, observaron con cautela los alrededores: la playa parecía extrañamente desierta. De pronto una piedra lanzada desde un lugar desconocido pasó rozando la cabeza del capitán y varias pedradas más surgiendo de aquí y de allá, hirieron levemente a unos cuantos hombres. Ante semejante recibimiento, el marino descargó su mosquetón al aire para intimidarles. El holandés farfulló, mientras intentaba limpiar la sangre que manaba de su brazo.

- Son como bestias salvajes, deberíamos exterminarlos a todos.

Matew Flinders intentó calmarle. – Su reacción es natural, están asustados, nunca habrán visto un barco de semejantes dimensiones, ni hombres de piel blanca como nosotros.

Entonces los vieron venir a lo lejos: eran unos trescientos aborígenes que corrían confundidos con la manada de canguros a los que perseguían.

Todo fue muy rápido, en cuanto estuvieron a su alcance, el segundo de abordo no esperó las órdenes del capitán y comenzó a disparar. En vano éste intentó detener al resto de sus hombres, que habían comenzado también a cargar contra ellos.

Los nativos no tenían más armas que sus dardos y sus flechas hechas de púas de dientes de tiburón y su única defensa eran simples escudos de madera. Intentaron zafarse inútilmente del inesperado ataque y aunque eran sumamente hábiles y habían sido entrenados para la caza, la enorme cantidad de municiones que les llovía por todas partes le dejaron aturdidos y sin capacidad de reacción. Algunos afortunados consiguieron huir, pero la mayoría de ellos fueron cayendo, unos tras otro, dejando sus vidas a orillas del mar.

 

Cuando el sol ya comenzaba a declinar, Matew Flinders de nuevo a bordo de su barco intentaba recobrar la serenidad perdida.

- Fue un desgraciado accidente, se lamentaba Peter Crowell, que había sido el primero en disparar. Demasiado tarde, me di cuenta de que no venían a atacarnos sino que se trataba de una cacería de canguros… Sólo hice fuego para salvarnos de lo que yo creí una muerte cierta.

Matew Flinders escuchaba en silencio las disculpas y explicaciones de la tripulación. En realidad no sentía ningún especial sentimiento de compasión por los aborígenes muertos en la playa, pero era un hombre inteligente y comprendía que los nativos no olvidarían fácilmente la matanza y que aquel incidente sería el principio de una larga lucha de sangre y de venganza. Había tomado una decisión.

- Señores- dijo escuetamente-. Nadie deberá contar jamás lo que aquí ha sucedido hoy. Y añadió, mirándoles a todos fijamente a los ojos: A riesgo de su vida.

Se daba cuenta exacta de la magnitud de aquel suceso aparentemente insignificante y también de la importancia de que nadie llegase a saber nunca que, en realidad, era el odio y no el miedo lo que había impulsado a sus hombres disparar.

Mientras tanto el mar, indiferente a lo sucedido, seguía batiendo sus olas, cubriendo de blanca espuma la negrura de los cuerpos inertes de los nativos y Las mágicas pinturas de caza de Koscukee se diluían lentamente en su piel lamidas por el agua.

 

 

 

 

 

 

Rousseau, La Filosofía

septiembre 18, 2011 under Relatos de Historia

 

Intentando superar la emoción de verle vivo, se acercó a él a grandes pasos cruzando la calle y cuando el filósofo iba a introducirse en el portal, Pierre le tocó tímidamente en un hombro. ¡Había tantas cosas que quería preguntar a su padre, tantas cosas que no le había dicho y quería saber!. No podía perder aquella oportunidad.

Al sentir el contacto, Rousseau le miró sorprendido y Pierre se sumergió en aquellos dos pozos grandes y grises que eran sus ojos, pero sus aguas no eran los remansos tranquilos que él estaba acostumbrado a ver en sus retratos, en ellos se agitaban dos remolinos inquietos que desconocía. Su padre era un hombre joven y su juventud le desconcertaba.

Vio que no le reconocía. ¿Qué  podía decirle?. Al fin se decidió.

- Yo os conozco –  tartamudeó.

- Sí, es posible que sí – le contestó Rousseau, mirándole con mucha atención.

- Intuye lo que voy a ser para él en el futuro – pensó el joven, debo seguir hablando y añadió volviéndose más audaz::

Quizás nos hemos visto en algún sitio hace tiempo o quizás nos veremos en un futuro próximo -

El filósofo pareció comprender, ambos habían abandonado el concepto de presente y entraba en un sentido especial del tiempo.

- ¿Quién eres tú? – le preguntó.

- ¿No lo adivináis? -

- Creo que algo nos ha reunido a los dos en esta circunstancia tan especial por algún motivo que yo no puedo entender ahora… ¿Qué habéis venido a decirme?-

- Quisiera preguntaros si desearíais  conocerme algún día.

- No os comprendo-

Decidió no hacerle más preguntas e intentar averiguar algo de su momento presente tan importante para él.

Habían comenzado a pasear, uno al lado del otro. La calle parecía extrañamente solitaria, nadie se cruzaba en su camino, tampoco se oía ningún ruido, sólo sus voces que resonaban sobre las paredes de las casas. No podía decir si era de día o de noche, pero una luz especial lo iluminaba todo.

En aquel momento su padre tenía casi su misma edad y le era más fácil verlo como a un amigo y hablar con él con naturalidad.

- Decidme- le preguntó, al cabo de un rato de silencio: ¿Sois feliz?.

A Rosseau no pareció sorprenderle aquella pregunta-.

- No he tenido madre y mi infancia fue vagabunda, he recibido una desordenada educación, he intentado ser médico, músico y profesor, mi vida no ha sido fácil y ha estado llena de aventuras y de amores fugaces, pero me siento feliz porque he conseguido vivirla en libertad y no como los demás decían que la viviese.

La pregunta que quemaba la boca de Pierre surgió al fin con toda su fuerza, abrasando su aliento-.

- ¿Os gustaría tener un hijo? -.

El filosofo le miró, casi ninguna de las arrugas que luego surcaron su piel había aparecido en su rostro de agradables facciones, pero la serenidad que en su madurez fue su principal característica comenzaba a perfilarse en su mirada, amortiguando el ardor del impulso que brillaba en ella.

Estaban en una pequeña plaza y los árboles tenían extrañas tonalidades violáceas y púrpuras que Pierre nunca había visto antes.

- ¿Un hijo?- reflexionó unos instantes – No es un buen momento para tener un hijo, pero si esto sucediera creo que sería algo muy importante para mí -

El joven estuvo a punto de saltar al cuello de su padre en una reacción ambigua e incontrolada de amor y de odio, le hubiese gustado abrazarle y estrangularle al mismo tiempo.

Siempre había querido saber, si había sido un hijo deseado, pero… ¿Qué  horrible contradicción era aquella?. ¿Cómo puede alguien desentenderse de lo que es importante?. ¿Cómo alguien, que predica en todos sus libros que el hombre debe buscar sinceramente su norma de conducta en su propia conciencia, pudo abandonar después a sus hijos en un hospicio?. Aquel había sido el gran enigma que le había perseguido durante toda su vida y sabía que no podría descansar hasta descifrarlo, esta era su oportunidad. ¿Debía pues decirle quien era él?. Decidió que todavía no; debía saber más cosas, pero no hicieron falta más preguntas, Rousseau como si hubiera entendido sus pensamientos, continuó hablando.

- Un hijo no pide venir al mundo- hablaba como para sí mismo – Merece todo el amor. Un hijo es como una rama que brota del tronco de un árbol, si el árbol es fuerte y tiene sólidas raíces podrá también darle fuerza y vigor para crecer sano y feliz. Un padre jamás debe de tratar de modelarlo a su imagen, ni según las ideas convencionales dominantes, debe conseguir que el desarrollo espiritual del niño se realice de un modo espontáneo, que cada adquisición sea una nueva creación, que todo provenga del interior no del exterior, de acuerdo con su sentimiento y su instinto.

Pierre se dio cuenta de que su padre ya no hablaba de su propio hijo sino que generalizaba en todos los hijos de la Humanidad y se sintió frustrado. Necesitaba obtener respuestas personales, no ideas que ya había leído en sus libros años atrás. Su padre teorizaba de una manera tan estimulante que Francia entera había dicho de él: “Es imposible expresar el entusiasmo de toda la nación en favor suyo”. Pero los hijos de Francia no eran los hijos de su propia carne y sangre y él sí. Entonces, ¿por qué había preferido amarlos a ellos y sacrificar al suyo propio abandonándolo a su suerte?.

Sin embargo, comprendió que Rousseau deseaba continuar hablando, y que debía de ser paciente y escucharle. Había esperado ya tantos años que era absurdo impacientarse ahora que estaba a punto de descubrir su verdad.

- Un sistema de educación racional conforme a la naturaleza, hará al hombre bueno y feliz. La educación tradicional oprime y destruye la esencia originaria del hombre y en su lugar yo propongo una educación cuyo fin sólo debe limitarse a suprimir los obstáculos que se oponen a su libre desarrollo-.

Pierre ya no pudo contenerse por más tiempo. Recordaba los largos y tristes años vividos en el hospicio, desde donde oía hablar del padre que le abandonó al nacer, como el benefactor de la humanidad.

- ¿Y un orfanato es el mejor medio para que un hijo se desarrolle de acuerdo con su propia naturaleza? -.

Rousseau, pareció volver a la realidad, había hablado con la pasión propia del que cree firmemente en sus propias palabras, tenía fe en ellas, vivía para ellas, pero sus teorías estaban engendradas para la abstracción, no podía personalizarlas, estaba demasiado ocupado creándolas para los demás.

- Si tuviera hijos – El tono de su voz se hizo casi susurrante, sus ojos ya no brillaban, había perdido su entusiasmo y su energía, ya no era un filósofo disertando brillantemente sobre sus firmes creencias, era un hombre confuso, asustado ante la responsabilidad de aplicar en algo suyo  todas sus ideas…

Pierre sintió pena por aquel hombre enfrentado a sí mismo, pero no cedió, conseguiría que su padre le contase el por qué de su abandono, el por qué aquel ser famoso por su integridad había podido ser capaz de desentenderse completamente de su hijo y para dedicar toda su vida a los hijos de los otros.

Rousseau, continuó hablando en un penoso monólogo.

- El hombre nace libre y la sociedad le encadena, el hombre debe buscar el bien y el mal en sí mismo, aunque ello implique enfrentarse a la autoridad y las leyes, porque posee una bondad innata que se corrompe en cuanto entra en contacto con la civilización, ellas son las culpables de tanta desigualdad y tanto dolor, el hombre debe volver a la naturaleza donde están sus raíces, para volver a aspirar a su inocencia-. Hizo una larga pausa para continuar después más sosegadamente: Me he alejado del grupo de filósofos de la Ilustración y me he enfrentado a las autoridades. Mis libros han sido condenados a la hoguera, he tenido que huir de Francia y refugiarme en Inglaterra, ahora he vuelto a París y estoy obligado a ir de un sitio a otro, siempre con el temor a que me encarcelen. ¿Como podía yo arrastrar conmigo a un hijo a semejante suplicio?. Yo creo en la libertad individual y la independencia frente a toda autoridad y para ello debo estar libre de responsabilidades. Yo no debería tener hijos….

Pareció haber recobrado de pronto su perdido entusiasmo.

- Escúchame bien, joven desconocido, que me hacéis preguntas a las que no puedo contestar… Mis ideas tendrán mucha influencia en la posteridad. Habrá un día en que todo el mundo se desarrollará según mis creencias, yo seré el pilar de una nueva sociedad llamada república democrática, en las que el pueblo ejercerá funciones de soberanía y legislación. Porque, ¿sabéis? No existen diferencias entre los hombres, estos nacen todos igualmente libres, la desigualdad y la opresión son resultado de una organización contraria a la naturaleza y a la razón humana. Cuando, como en el caso de la monarquía absoluta que nos gobierna, la sociedad no sirve para garantizar los derechos de cada individuo sino que por el contrario los viola y atropella, esta sociedad debe abolirse porque se ha convertido en un régimen despótico-.

Pierre, se sintió cada vez más lejos de su objetivo, su padre no quería responder a su pregunta o simplemente no podía hacerlo, creía en el individuo, pero solo podía vivir para la masa humana.

- Quiero mostrar a mis semejantes a un hombre en toda la verdad de su naturaleza y ese hombre seré yo: Rousseau, el imaginativo, el realista, el lógico, el sensual, el reformador, el utópico, el único Rousseau, pero… ¿por qué me hacéis tantas preguntas?-.

Pierre no le contestó, sabía cuanto había venido a averiguar y había dado ya media vuelta y se alejaba en dirección contraria, iba en busca de su presente y abandonaba a Rosseau en su pasado.

De repente, la calle cobró una realidad distinta y volvió a ser como antes. El joven imaginó que había estado soñando despierto frente a la casa donde había vivido su padre, pero aquel paseo parecía demasiado real como para haber sido producto de su imaginación y pensó: “Sin duda mi ensueño ha querido advertirme de algo y yo debo captar su mensaje”.

Continuó caminando, sumido en sus profundos pensamientos, cuando de pronto se detuvo, acababa de descífrarlo. Ya no odiaría más a su padre, no podía hacerlo, él lo había abandonado a su suerte, pero su suerte sería mejor gracias a él. Una nueva era de libertad se extendía ante su futuro, donde no habría diferencias entre los hombres. Los tiempos estaban cambiando y toda la nación vibraba con aires nuevos que auguraban destrucción de lo viejo para que lo nuevo naciese y curiosamente él, Pierre, el hijo no deseado del gran hombre, sería testigo de los advenimientos. Rousseau, en cambio, moriría sin poder ver el resultado de su obra.

“Siempre creí que no tenía padre” – pensó – “Ahora he comprendido que sólo lo he compartido con los demás”. Y añadió, dirigiéndose al Panteón parisién donde estaba enterrado el gran hombre y cuya bóveda relucía como oro en medio de la oscuridad de la noche: “Padre, quizás no me educaste como a un hijo, pero te perdono porque has educado a toda la Humanidad como un padre”.

 

Brian, la fe

junio 12, 2011 under Relatos de Historia

 

Aquella mañana el calor era denso y amontonados unos junto a otros sobre la pequeña embarcación dormida sobre la arena, protegiéndose de los abrasadores rayos del sol con algunos pedazos de vela destrozada, los piratas también dormían el profundo sueño que produce la mezcla del hambre en el estómago vacío y del alcohol en el cerebro.

Habían derrochado ya en juego y disipación el botín del último barco capturado y hacia ya muchos días que ningún buque se veía sobre el horizonte. Algunos roncaban con gran estrépito y otros dormían en silencio, pero el sudor hacia brillar los rostros embotados y humedecía las ropas malolientes.

Inesperadamente, una silueta esbelta se deslizó como una sombra sobre aquel montón de cuerpos apretados. Saltando ágilmente sobre todos ellos se alejó de la barcaza corriendo al encuentro del mar de intenso color turquesa, que brillaba sobre la blanca arena como una joya.

Era un muchacho de apenas doce años, ojos muy azules y cabello rojo como las panochas maduras, las mejillas cubiertas de pecas revelaban claramente su origen irlandés. Corrió hasta llegar a la misma orilla y una vez allí se tiró al agua sin vacilar y nadó como un pez hasta alejarse varias decenas de metros de la playa, como si quisiera escapar lo más rápidamente posible de aquel bulto informe de cuerpos que en la orilla emitían toda clase de ruidos malsonantes mientras dormían el pesado sueño de la borrachera.

El pequeño Brian había nacido en Cuba y era hijo de piratas oriundos de Inglaterra que se habían unido a los bucaneros, antiguos pobladores de la isla. No sabía ni leer ni escribir porque jamás había ido a la escuela:  el pillaje, las peleas y el crimen fue toda la educación que había recibido desde que nació. Sin embargo el pequeño Brian no se consideraba uno de ellos.

Desde que tuvo uso de razón sentía en el fondo de su alma un profundo rechazo por aquellas costumbres salvajes con las que nunca pudo identificarse. Para su gente el continuo ejercicio del valor era un poderoso estímulo, no importaba a qué precio. A él en cambio le gustaba más jugar con los animales de la isla, sus únicos compañeros de juegos, y sabía separar instintivamente la belleza de la naturaleza de la fealdad de las cosas creadas por el hombre.

Él fue el primero en advertir el barco que giraba lentamente en dirección al Oeste. Se quedó contemplando la silueta de la nave avanzando soberbia, recubierta de banderas multicolores y con las velas desplegadas al viento. Pensó que le gustaría estar a bordo de aquel gran buque para poder irse lejos de allí, porque aunque nadie se lo había contado nunca estaba seguro de que más allá de la franja del horizonte debía de haber algo diferente a aquella vida, que él no consideraba suya sino de otros.

Desde el lugar donde se encontraba todo se desarrolló ante sus ojos con gran rapidez. Vio como de las canoas embarrancadas en la playa comenzaban a surgir docenas de hombres empequeñecidos por la distancia que gesticulaban con los brazos y pudo adivinar, aunque no oír, los gritos y las blasfemias que acompañaban siempre al inicio de la lucha. Después, una docena de embarcaciones ágiles y ligeras fueron botadas al agua mientras unos setenta u ochenta hombres perfectamente armados y resueltos tomaron sus lugares en el interior y se dirigieron remando con gran celeridad hasta donde se hallaba el navío, dispuestos al abordaje.

Había visto aquella escena muchas veces y le resultaba familiar; sabía que pronto debería formar parte de aquel espectáculo y sentía una interior repugnancia, porque la vista de la sangre de los heridos y de los cuerpos mutilados de los muertos le hacia sufrir.

Se sumergió  de nuevo para quedar aislado de lo que estaba sucediendo en la superficie y buceó durante largo rato. El sol atravesaba el agua e iluminaba con destellos brillantes las rocas que se asentaban firmemente en el fondo recubiertas de conchas, caracolas y de erizos. Allí en la profundidad, rodeado de peces multicolores de todos tamaños y de algas que parecían danzar, agitadas por las corrientes marinas, se sentía feliz y a salvo.

Permaneció durante mucho rato en el agua, de vez en cuando salía a la superficie para tomar aire y dejarse remontar un trecho por una ola, después volvía a sumergirse, pero ni una sola vez dirigió la mirada hacia el lugar donde había visto el navío.

Cuando decidió volver a la playa, el sol ya iba descendiendo en su cenit. Aparentemente todo parecía haber vuelto a la normalidad, el viento había amainado y a pesar de tener las velas desplegadas, el barco seguía estando en el mismo lugar donde lo vio por primera vez y las canoas tampoco parecían haberse movido de la playa.

Comenzó a nadar despacio hacia la orilla. Sus pensamientos le acompañaban e imaginó lo que vería al llegar. Un círculo de hombres gritaría entorno al botín capturado producto de su fechoría y el reparto tardaría horas en realizarse. La parte principal se adjudicaría a los heridos de la siguiente manera: cien escudos a quien hubiese perdido un ojo y doscientos por un brazo mutilado; a los muertos se le enviaría una porción para sus familias y el resto sería derrochado por los vivos de una manera tan rápida como había sido conseguido. Tras duras disputas en el reparto, los contrincantes se pelearían por el oro y el que se considerase agraviado, mataría si tenía ocasión de hacerlo a su ofensor. Después sus compañeros examinarían los hechos y si consideraban que se había hecho justicia, se daría sepultura al muerto y se olvidaría el asunto, en caso contrario, el asesino seria atado a un árbol y cada uno de los piratas del grupo le dispararía un tiro. Después, todos volverían a su vida miserable, todos menos algunos, que se quedarían en la cubierta del barco asaltado hasta que el tiempo y el sol calcinase sus huesos, o bien para siempre en el fondo del mar.

Cuando ya estaba bastante cerca del corro de hombres que vociferaban y maldecían, Brian comprendió que ser uno de ellos era el futuro que le esperaba en un corto plazo y que nadie, si no era él mismo, podría cambiar su destino. Entonces respiró hondo para que sus pulmones se llenaran de suficiente oxigeno y comenzó a nadar rápidamente en dirección contraria a la playa.

Sus brazos estaban entrenados a recorrer grandes distancias en el agua, pero aunque había aprendido a nadar casi antes de comenzar a andar, tuvo que bracear mucho para alcanzar el barco. La calma reinante le favorecía y además le guiaba una firme decisión, que le infundía una inusitada fuerza para alcanzar su objetivo.

Cuando al fin llegó junto al casco del navío, descubrió fácilmente un acceso para subir a bordo. Trepó por las cuerdas sueltas sobre la borda y jadeante se encontró al fin sobre la cubierta. Una vez allí, intentó ocultarse para no ser visto, pero lo que vio le hizo olvidar su miedo y su cansancio.

Por todas partes se veían cuerpos sin vida, amontonados unos sobre otros y el hedor de la sangre le produjo una sensación de náusea. Aunque estaba acostumbrado a la suciedad, nunca hubiera podido imaginar que aquella nave, que de lejos parecía espléndida y majestuosa, pudiera esconder tanta hediondez. Los insectos se multiplicaban por doquier y

la vista de los muertos le sobrecogió, aunque estaba acostumbrado a la muerte. !Habían tantos!. Venciendo su irreprimible repugnancia, se sobrepuso y comenzó a recorrer la nave, sorteando los cadáveres que la cubrían.

En la cubierta de popa un pabellón ocupaba la parte principal y por su mejor acabado supuso estaría reservado a los oficiales. En la proa se erguía un lugar alto, que a juzgar por la cantidad de hombres armados que yacían sin vida junto a la artillería, parecía estar reservado a la defensa. Ambos lados de la cubierta parecían un lugar de tránsito de marineros u oficiales.

Brian siguió su recorrido impulsado por la intriga de hallar a alguien con vida a bordo.  Y no intentaba ocultarse pues era evidente que nadie intentaría atacarle ya que no habían supervivientes.

Descendió por unas escaleras interiores hasta hallarse bajo cubierta y descubrió una habitación que por su especial lujo y comodidades le pareció debía de ser la del capitán. Continuó caminando hacia la proa hasta llegar al depósito de las armas y un poco más hacia adelante encontró la despensa, de cuyas provisiones los piratas apenas si habían dejado nada, solo algunos restos de carne salada, queso, embutidos, harina, y habas. Llegando a la proa había otra gran cámara con velas y municiones, pero ni una sola presencia humana en su interior.

Se disponía a subir de nuevo a cubierta, cuando un suave movimiento del navío le hizo perder el equilibrio, enseguida comprendió que se había levantado el viento y el barco comenzaría rápidamente a navegar sin rumbo. En su precipitación olvidó toda prudencia y corrió para alcanzar las escaleras de acceso al exterior. Conocía bien aquellas tempestades de aire que se originaban en cuestión de minutos y levantaban grandes olas que enviaban los barcos a la deriva, llevándolos como juguetes contra las rocas o haciéndolos embarrancar contra la costa.

Un nuevo y brusco vaivén le zarandeó empujándolo con tal fuerza, que prácticamente fue despedido contra la pared golpeándose la cabeza con uno de los salientes. Brian cayó al suelo sin sentido mientras el barco emprendía una ruta veloz hacia lo desconocido. En la superficie las nubes comenzaban a agolparse negras y sobrecogedoras, como acudiendo a una cita obligada y el cielo adquiría una oscuridad impenetrable.

Cuando se recuperó, la nave parecía haber recobrado la estabilidad, poco a poco fue volviendo a la realidad y comprobó con espanto que el barco se movía como si estuviese navegando en alta mar. Oyó el sonido de unas voces lejanas y su instinto de supervivencia agilizó sus pensamientos. Debía ponerse a salvo: nadie podía descubrir que estaba a bordo, su vida estaba en juego…

Pero no tuvo tiempo de ocultarse, dos hombres descendían ya por la escalera hacia donde se encontraba y en pocos segundos estuvieron frente a él. Parecían dos marineros, hablaban en una lengua desconocida y reían a grandes carcajadas. Sus largos cabellos y bigotes denotaban que eran hombres libres. Brian hizo un gesto de defensa previendo un ataque por parte de ellos, pero ante su estupor los dos pasaron por su lado casi rozándole, como si no existiera.

Una vez repuesto algo de aquella impresión y antes de subir a la cubierta, decidió seguirlos, aunque a prudente distancia.

Los marineros se dirigieron a la despensa y Brian casi no pudo dar crédito a sus ojos al comprobar como aquella habitación que él había visto antes saqueada por sus gentes, estaba ahora de nuevo repleta de comida en abundancia. Comenzaron su tarea de cargar víveres probablemente para la tripulación sin demostrar que le habían visto.

Brian pensó que el golpe del cual aún se resentía le había enloquecido hasta el punto de hacerle sufrir alucinaciones y entonces se arriesgó, colocándose en el centro de la habitación, para hacerse completaste visible a los ojos de los marineros; pero como estos seguían con sus tareas sin demostrar que le veían, aturdido y sin saber que pensar, decidió subir a la superficie.

Una vez en cubierta, el espectáculo que se ofreció ante sus ojos estuvo a punto de quitarle nuevamente el sentido. Los cadáveres que antes había visto, eran ahora hombres vivos dedicados a las tareas cotidianas de la navegación en alta mar. Los marineros trepaban por los altos mástiles, arriando y desplegando las velas. Los soldados conversaban animadamente, mientras se ocupaban de limpiar sus fusiles y de conservar en buen estado los cañones, y el que parecía el capitán de todos, hablaba con varios de sus oficiales. Discutían entre ellos y parecían sumidos en profundas dudas. Aventurarse por el océano era temerario y todos sabían que las corrientes marinas, el viento y las tempestades podían desviar a la nave de su rumbo con gran facilidad. Y aunque indicaban al marinero que llevaba el timón el curso a seguir, de hecho se navegaba por intuición.

Como nadie parecía advertir su presencia, Brian, se atrevió a deambular entre ellos cada vez con más confianza. Era evidente que una extraña circunstancia le hacía invisible a sus ojos, y aunque el muchacho no comprendía lo que estaba ocurriendo todavía no estaba muy lejos de la edad en que la fantasía y realidad se confunden de tal modo que es difícil separar la una de la otra. Aceptó pues los hechos con la curiosidad propia de sus años y decidió vivirlos intensamente.

Había deseado huir de su destino trazado por su nacimiento y fuera como fuese sus sueños se estaban materializando. Lo importante es que había escapado de sus gentes y estaba embarcado en la nave que tanto deseó. Ahora solo le hacia falta imaginar como sería el lugar a donde se dirigía y su fe conseguiría el resto. La fe de Brian era su mejor arma y su mayor tesoro.

Durante los días que siguieron el muchacho compartió la vida de la tripulación del navío como un miembro mas: comía de su comida, dormía en sus literas, paseaba junto a los oficiales y observaba con curiosidad todo lo que le rodeaba. Todos actuaban como si no existiera y alguna vez se llegó a preguntar si verdaderamente no estaba muerto y se había convertido en un fantasma.

Aunque no comprendía sus palabras se sentía muy afín a los sentimientos de sus compañeros de viaje. La mayoría de ellos se habían embarcado en busca de aventuras y otros por necesidad, pero todos buscaban lo mismo que él, una nueva vida. A todos les guiaba el entusiasmo y la esperanza que les hacia soportar de mejor grado la dura disciplina, la escasa comida y los insectos que lo invadían todo. Lo mismo que él, todos esperaban la aparición de la franja de tierra deseada en el horizonte y todos también se dormían cada noche con la esperanza de que ésta fuese la última en el mar. Pero los días se sucedían uno tras otro, con una monotonía angustiosa y el mar se mantenía siempre ante sus ojos extrañamente quieto y azul.

Una noche, mientras Brian dormía, el barco comenzó a moverse bruscamente de nuevo. El muchacho se despertó sobresaltado y subió a la cubierta. Allí todo era agitación, el viento había comenzado a soplar con fuerza anunciando tormenta y los hombres corrían de un lado a otro gritando, plegando las velas e intentando mantener el rumbo.

En pocos minutos todo se hizo oscuro a su alrededor y el cielo y el mar se confundieron en un estrecho abrazo que pareció envolverle. Sobrecogido, Brian intentó asirse a un mástil para no ser arrasado por las gigantescas olas que, anunciando la proximidad de la costa, amenazaban arrojarlo a las profundidades.

Entonces una enorme sacudida de la mar acompañada de un estremecedor estruendo hicieron que el muchacho saliese despedido por la borda.

Cuando Brian recobró el conocimiento, se encontró tendido en una playa de arena dorada. El sol brillaba sobre su cabeza y el mar había vuelto a recuperar la calma perdida. Se incorporó débilmente para inspeccionar el lugar donde se hallaba.

Las palmeras se extendían a lo largo de la orilla balanceándose al viento y a lo lejos vio una cordillera de sierras muy altas coronadas de algo blanco que desconocía y que parecía unirse con las nubes hasta el punto de confundirse con ellas. Le pareció estar soñando una vez más… Nunca había visto nada semejante. De pronto recordó a sus compañeros de viaje y miró mar adentro: Entonces le pareció ver el barco que le había conducido hasta allí desapareciendo en la lejanía y envuelto en la tormenta que le había arrojado a la playa.

Comprendió que aquellos hombres habían muerto hacía tiempo. ¿Quizás habían sido los espíritus de los mismos que tripulando aquella nave fantasma le habían llevado hasta su destino?  ¿O quizás todo había sido fruto de su imaginación y el azar y la suerte habían hecho el resto?

Fuera como fuese, tal y como había imaginado él estaba allí. Su fe le había dado ánimos, valor y fuerza y aquella misma fe le animaría a proseguir el camino emprendido.

Su fe, su mejor arma, su mejor tesoro.