Josefina, el remordimiento

marzo 11, 2012 under Relatos de Historia

 

Cada día acudía puntualmente a su cita con el pasado y éste siempre hacía acto de presencia. De aquel pequeño soldado de mirada penetrante que un día había llegado a dominar medio mundo, sólo quedaba un hombre envejecido y cansado, de tez pálida, cuyos ojos ahora lloraban su fracaso con todas las lágrimas que fueron risas durante su vida de triunfos.

Cuando comenzaba a oscurecer, abandonaba la solitaria playa de aquella pequeña isla perdida en el océano para volver a refugiarse en la humilde habitación donde dormía en su destierro. Entonces los graznidos de las gaviotas le parecían los mismos gritos de júbilo con que las gentes le saludaban a su paso cuando hizo su triunfante entrada en París, a la vuelta de sus campañas de Egipto y hasta le parecía verlos arremolinados junto a su coche, arrojándole flores y tendiéndole la mano.

Todos creían, tras las heroicas gestas de sus ejércitos en Oriente, que él era el hombre que daría a Francia orden en el interior y la paz en el exterior. Le parecía estar viendo sus ojos muy abiertos mirándole con esperanza.

El susurro del mar que se iba quedando tras sus espaldas resonaba como las campanas que aquel mismo día volteaban para celebrar la llegada del salvador que todos deseaban.

 

Una vez en el interior de las cuatro paredes que constituían su hogar y su prisión, se refugiaba entre las sábanas húmedas tiritando de frío y de despecho. Cada noche esperaba encontrar consuelo a su dolor entre los cálidos brazos de su amada Josefina, pero ella nunca estaba allí para esperarle. Hundió su espalda en el desvencijado colchón mudo, testigo de su dolor y sus ojos se cerraron para apartar de su entorno las desnudas paredes que le rodeaban.

Noche tras noche, las paredes parecían estrecharse, más y más, alrededor de su cuerpo. Las sentía hostiles y amenazantes avanzando, poco a poco, y le costaba conciliar el sueño, porque imaginaba que si se sumía en el reino de la inconsciencia éstas caerían sobre él y le aplastarían. Y aunque deseaba refugiarse en los sueños, se debatía angustiosamente entre el deseo de huir de la realidad y el temor de que aquellas malvadas paredes intentaran asfixiarle mientras dormía.

De repente la sensación de que una presencia extraña estaba a su lado le obligó a abrirlos de nuevo. Una sombra, al parecer humana, se recortaba limpiamente contra el blanco fondo de la pared.

- ¿Josefina?-  preguntó débilmente.

Le habían dicho que su esposa había muerto de pena después de su repudio, y sólo le mantenía vivo la esperanza de que algún día ella volvería para perdonarle desde el Mas Allá. Pero quizás él ya había cruzado la barrera que separaba la vida y la muerte.

Su pobre mente enferma todavía guardaba algún resto de coherencia, por eso cuando la sombra surgió de la oscuridad y se hizo visible ante sus ojos se estremeció de espanto y tuvo la clara conciencia de que no estaba muerto.

Era un hombre muy joven, casi un muchacho, y aunque iba vestido con elegancia, no eran sus ropas sino su porte, lo que denotaba su noble origen. Sus facciones resultaban imprecisas a la luz de la velas, pero le eran extremadamente familiares, aunque estaba seguro de no haberle visto nunca antes.

- ¿Quien eres tú?  – preguntó consciente de su locura

- Tu pregunta no es exacta – contestó la aparición mientras se sentaba indolentemente a los pies de la cama – .  Deberías preguntarme quien podía haber sido.

Napoleón, el héroe de las campañas contra Austria e Inglaterra, temblaba de terror frente aquel adolescente sentado frente a él.

-  ¿Dónde esta la espada que Francia buscó en ti para derribar a aquel régimen de podredumbre después del vendaval de la revolución?- continuó el muchacho en tono burlón – . No veo héroe alguno en este hombrecillo que me mira asustado entre las sábanas.

El desconocido pareció esperar una respuesta que nunca llegó, Napoleón estaba demasiado confuso por aquella inesperada y extraña aparición para poder articular palabra.

- Quizás no hace falta que me contestes. Yo he venido a hablar contigo, pero poco me interesa lo que tú puedas decirme. De hecho te conozco mucho más de lo que crees. Sé muchas cosas sobre ti, que nadie ha sabido nunca, ni siquiera tú mismo.

A medida que hablaba Napoleón se convencía de que no estaba soñando, ya que el joven parecía tan real como el propio oyente.

- Te conozco bien, General. Yo conozco tus ansias de poder, tu ambición, tu concupiscencia. Y sé que para trascender tus humanas limitaciones, tú has matado a innumerables hombres y has dormido con incontables mujeres, también sé que has construido castillos por todas partes, que has tratado de ser Dios y esto te aisló de la especie humana. Y también sé, además, que este aislamiento te hizo temeroso, pues todos se convirtieron en tus enemigos y para hacer frente a este miedo tuviste que aumentar tu poder, tu crueldad, tu narcisismo.

El General temblaba. Su interlocutor se acercó bruscamente hasta casi rozar su lívida cara.

- Estás temblando. Ahora también tienes miedo: no sabes si aún estás vivo y si yo vengo a matarte, o si estás muerto y estás hablando con un fantasma.

Los ojos de Napoleón amenazaban salirse de sus órbitas. Entonces, el muchacho pareció apiadarse, porque se apartó de él con suavidad y le habló en un tono tranquilizador.

- No sufras, te explicaré porqué estoy aquí. Quien puedo ser yo, lo averiguarás por ti mismo.  Pero ponte cómodo: esta conversación va a ser larga. !Ah! y no te preocupes: estás vivo, todavía no debes morir. Debes escucharme primero. ¿Estás dispuesto a oír tu propia vida de mis labios?.

El silencio era tan absoluto, que hasta el mar parecía haber enmudecido a lo lejos.

- Quizás tú ya no recuerdes a aquel muchacho de pequeña estatura y facciones pronunciadas que estudiaba en la Escuela Militar de París y cuyos espesos cabellos siempre estaban enmarañados como si acabasen de pelearse con alguien. Un muchacho peculiar, no sólo en su aspecto, sino en sus movimientos siempre bruscos y en su tono al hablar: breve, duro, diferente, sobre todo en su temperamento. Ese muchacho eras tú mismo treinta años atrás y aunque te sentías orgulloso de tu origen y de tu nobleza corsa, comprendiste enseguida que en realidad eras un francés.

A medida que hablaba, la aparición paseaba a lo largo de la reducida habitación y las cuatro paredes parecían encogerse y estirarse siguiendo sus pasos.

- En aquellos momentos Francia atravesaba una crisis profunda y según tu forma de pensar unos estúpidos filósofos llamaban libertad al desorden y paz a la perpétua cobardía. Y pronto te convenciste de que eras el elegido por Dios para restaurar el Imperio de Carlomagno.

Habías nacido para mandar y conocías el corazón humano, tus propios generales decían que eras un pequeño diablo al que sin saber por qué, no había más remedio que obedecer, por eso los soldados te siguieron hipnotizados, por la fe y la seguridad que emanaba tu persona. País tras país, todos fueron cayendo ante tu espada y tu ambición.

Les prometiste honor, fama y riqueza y lo cumpliste. En Francia se desbordó el entusiasmo. La revolución había producido finalmente un hombre capaz de hacer algo bueno y los voluntarios acudieron a millares a acogerse bajo tus banderas.

La voz del joven pareció convertirse en un susurro.

- Después te casaste con Josefina, la mujer que te ayudó a llegar a lo más alto. Ella fue el silencioso y discreto pilar donde apoyaste todos tus deseos y tus proyectos. Y aunque habías renegado de Cristo y de su Iglesia, fuiste coronado Emperador por el mismo Papa.

A medida que le escuchaba, el rostro de Napoleón se transformó. Ya no había miedo en sus pupilas porque el hecho de revivir aquellos gloriosos instantes en su pensamiento parecía haber convertido su miedo en extrema felicidad.

- Me llamaban el nuevo Carlomagno – intervino de repente. Era el día 2 de Diciembre de 1804. La catedral de Nuestra señora de París estaba adornada con magnificencia inaudita, aún me parece estar viendo al Papa entrando acompañado de sus cardenales, precedido de la cruz y las llaves de San Pedro… Quinientos sochantres cantaban, mientras él avanzaba y se colocaba frente al altar mayor.

- Entraste con la Emperatriz y tu séquito – le interrumpió el joven -. Delante vuestro era llevada una corona hecha a semejanza de la de Carlomagno, pero cuando el Papa quiso coronarte, la tomaste rápidamente de sus manos y la ceñiste en tu cabeza. Después, tomaste del altar la corona de la Emperatriz y la colocaste en las sienes de Josefina.

- Cogidos de la mano subimos los dos al trono – interrumpió de nuevo Napoleón enardecido –  y mientras tanto, mis hermanos sostenían la orla de mi manto y mis hermanas sostenían el de mi esposa. ¡Viva el Emperador!, gritaron todos. Los cañones disparaban salvas. Fue un espectáculo brillante y toda la nación vibró de entusiasmo.

- En Milán formaste una corte fastuosa. Tu familia, tus oficiales y tus embajadores habitaban a tu lado en el palacio y eran honrados como príncipes. Estabas totalmente lleno de ti mismo y ellos eran la continuación de tu propio Yo. Para vencer tu miedo te convertiste también en el mundo, de este modo ningún mundo exterior podía asustarte. Si tú eras todo, no estabas solo -Toda la beatitud que reflejaba la cara de Napoleón se desvaneció al escuchar estas últimas palabras. El joven siguió hablando:

-  Las continuas guerras por el poder arruinaron Francia. En veinte años habías agotado todos los ingresos del país y ya no podías siquiera defender tu patria de tus enemigos. Creaste más impuestos, reduciste la libertad de tus ciudadanos y estableciste un absoluto absolutismo. En tus últimos años gobernaste como un déspota. Hasta que llegó la catástrofe  y como castillo de naipes se vinieron abajo todos los estados que habías conquistado, uno por uno.

Napoleón sintió la necesidad incontrolable de defenderse, aún sin comprender el por qué aquel desconocido se hallaba frente a él acusándole.

- Mi dictadura era indispensable – replicó con vehemencia. Yo cerré el abismo de la anarquía y acabé con el caos, yo recompensé con creces todos los méritos de los que me apoyaron y alcancé merecidamente los límites de la gloria. Y esta gloria no estribó solo en mis cuarenta victorias, porque las escuelas prepararán a generaciones desconocidas que me sucederán y el código Civil que yo redacté nunca desaparecerá en el futuro.

El muchacho le dejó hablar sin interrumpirle. Cuando la furia que sacudía a Bonaparte se serenó, volvió a hablar pausadamente, esta vez con un cierto deje de ironía en la voz:

- Dices que recompensaste a todos… ¿Estás seguro de que lo hiciste? Tenías el mundo a tus pies y ahora lo añoras, pero quizás ya no recuerdes a una esposa buena que te amaba y a la que como pago repudiaste y alejaste de tu lado. Fue una buena recompensa a su amor y a su apoyo de tantos años.

- Yo necesitaba un sucesor para dejar el Imperio que había conquistado con tanto esfuerzo – replicó Napoleón con los ojos llenos de lágrimas – .Josefina ya no podía tener más hijos y aunque yo también la amaba, tuve que renunciar a ella por amor a Francia.

- No me hagas reír General Bonaparte – continuó el muchacho sin conmoverse -. Tú solo has amado el poder, no tuviste ningún remordimiento en abandonarla y dejarla con el corazón destrozado. Y no tardaste en desposar a una joven princesa que te regaló enseguida un hijo. Un hijo a cambio de un Imperio.

Napoleón no pudo resistir aquellas palabras, saltó de la cama con rapidez e intentó enfrentarse con el joven que le aguardaba en medio de la habitación con una sonrisa de burla en los labios.

- ¿Quien eres?.- le increpó a gritos – . ¿Con qué derecho irrumpes en mi vida y osas hablarme de este modo? Dices que sabes todo de mí y yo puedo decirte que no sabes absolutamente nada. ¿Acaso escuchas cada noche mis sollozos de pena por haber perdido a la mujer que amé?. Inquirió, ya casi totalmente  fuera de control -. He llorado más por ella en mi destierro que por mi propio Imperio perdido. Y si pudiera cambiar un instante a su lado por todos mis años de triunfo, los cambiaría sin vacilar. Si tú supieras lo mucho que me he arrepentido de mi ceguera… Ahora sé que ella valía más que todas las naciones conquistadas, que todas las riquezas, que todo el poder del mundo. Todos los que me admiraban y me aclamaban me han dejado solo, pero ahora comprendo que Josefina nunca me hubiera abandonado.

El General estalló entonces en sollozos irreprimibles, pero el muchacho se apartó de él con desprecio.

- Sin embargo la abandonaste y ahora es demasiado tarde para llorar. Mil lágrimas de tus ojos no conseguirán borrar ni una sola de los suyos.

Se acercó de nuevo a Napoleón que había caído al suelo gimiendo y le susurró al oído.

- Pero la vida ha hecho justicia y ahora mereces vivir en tu propia piel la injusticia con que la trataste.

Napoleón apartó las manos de su rostro y alzando la cabeza se tragó su llanto.

- ¿Quien eres tú, que tanto me odias y por qué me causas tanto daño con tus palabras?.

El joven avanzó hacia él.

- ¿Quieres saber el por qué estoy aquí? Te lo diré, General, pero no como una concesión para aliviar tu congoja, sino para que mis palabras te sirvan de lenta tortura en los últimos años de tu vida. Ninguno de los desprecios sufridos por tus seguidores te harán desear tanto la muerte como lo que voy a decirte. Conozco cada rincón de tu alma, cada pensamiento de tu mente, cada deseo de tu corazón, porque yo soy aquel que vivió cada día en tus sueños y sólo cobró realidad en tus esperanzas. Aquel que tanto deseaste y que nunca tuviste. El único anhelo que te fue negado durante tu reinado de gloria y el único triunfo que nunca pudiste conquistar. La frustración por el cual sacrificaste a la mujer que te amaba.

Poco a poco, sus palabras se iban haciendo menos audibles hasta acabar hablando casi en susurros.

- Quiero que sepas, que tú has vivido acompañado solamente de tus recuerdos y carcomido por el despecho y el odio, pero ella en cambio nunca estuvo sola. Su corazón se entregó exclusivamente a los demás y este amor le fue devuelto con creces por todos a quienes lo ofrecía tan generosamente. Y yo, tan real en sus sueños como en los tuyos, he sido el mudo testigo de su silencioso dolor y de su resignación piadosa y también el único que en su lecho de muerte recogió su perdón hacia el hombre que aún amaba y que tanto daño le había hecho con su alejamiento.

Cuando acabó de hablar, el joven acercó una vela a su rostro.

- Pero aunque ella te haya perdonado, yo nunca podré hacerlo.

Entonces le vio claramente: Tenía la misma cara que Josefina Y comprendió que aquel muchacho desconocido era el hijo deseado que nunca nació.

- ¿Por qué has venido tan tarde? Todo hubiera sido distinto si hubieras venido antes.

Pero el muchacho ya había desaparecido.