Luca, la creatividad

mayo 17, 2011 under Relatos de Historia

 

Pintaba, modelaba o tocaba uno de los muchos instrumentos musicales que dominaba a la perfección, y cuando el sol comenzaba a declinar se dedicaba a su segunda faceta de físico, matemático y arquitecto devorando libros a la luz de las velas y escribiendo frenéticos apuntes sobre el pergamino con la afilada punta de su pluma de ave. Robaba así el tiempo a la noche y cuando descansaba por fin en su cama, después de tanto esfuerzo intelectual, dormía tan profundamente que nunca tenía tiempo de encontrar a faltar dama alguna al otro lado de su almohada de seda. Pero no siempre permanecía encerrado en sus habitaciones. A veces, también compartía ejercicios de hípica o esgrima con sus compañeros y era en aquellas salidas cuando un mundo muy diferente al suyo se abría ante sus ojos.

Contrariamente, el pueblo vivía en una angustia permanente, amenazado de manera continua por las epidemias, el hambre y la violencia. El hombre de la calle era incapaz de comprender los fenómenos de la naturaleza que poblaban el mundo de fuerzas malignas y de ese miedo nacían una serie de ritos para conjurar las fuerzas del mal y congraciarse con las del bien, deformando el mensaje cristiano, convirtiéndolo en una forma de pensamiento mágico, especialmente en el culto a la Virgen y a los Santos y  marcando  la religión con el terror a la muerte y del Apocalipsis.

Aunque la cultura urbana se nutría en gran parte de la rural, e incluso, compartía con ella algunas formas de pensamiento, como el anticlericalismo, era evidente que ambas se alejaban cada vez más la una de la otra.

Los ritos del pueblo creaban incomprensión entre los eruditos y eran calificados de supersticiones por las mentes cultivadas. A pesar de ello, la cultura superior se hallaba asimismo impregnada de pensamiento mágico y los espíritus ilustrados también pensaban que el mundo estaba animado por fuerzas ocultas, la única diferencia era que los intelectuales utilizaban la astrología para explicar los misterios que no comprendían.

Nada hacia sospechar que aquel día, aparentemente igual a muchos otros, iba a resultar para Luca muy diferente a los demás. Regresaba a su casa después de una agotadora carrera a caballo, se sentía cansado pero satisfecho de su habilidad, pues había resultado vencedor absoluto y estaba ávido de disfrutar de una sabrosa cena que saciase el apetito que el ejercicio había despertado en su estómago.

Al doblar una de las esquinas de las estrechas callejuelas que conducían a su señorial mansión, la vio. Era una mujer de edad indefinida que caminaba en solitario por la empedrada calzada. Sus largos cabellos rojos formaban un rodete de trenzas sobre cada sien y su cuerpo esbelto se adivinaba semioculto bajo un burdo manto de tela enrollado sobre los hombros.

A pesar de su humilde atavío, caminaba erguida como una diosa y Luca pensó que era una lástima que una mujer que se movía de aquel modo estuviera escondida bajo tan groseras ropas. Con la fantasía exuberante del artista, la imaginó envuelta en brocados y terciopelos, ceñido su esbelto talle con un jubón breve recamado de perlas y adornando su tentador escote con collares de ágatas de cien colores.

Le dirigió unas palabras elogiosas para llamar su atención y al oírlas la desconocida levantó la vista para mirarle. En el momento en que Luca se vio reflejado en sus ojos, tuvo la inmediata convicción de que debía inmortalizar toda aquella belleza en un cuadro y aquella misma noche la llevó a su casa para que posase para él.

La mujer no opuso ninguna resistencia, ya que estaba acostumbrada a obedecer. Había nacido en un mundo en que los desheredados de la fortuna pertenecían en cuerpo y alma a los más afortunados. Vio el brillo del oro brillando en la mano del rico florentino y sin réplica alguna le siguió dócilmente como un perro que se deja conducir por su amo.

Aquello fue el comienzo de una extraña relación en la que Luca dejó volar su frondosa imaginación sobre los poros de la piel de la bella desconocida, a la que desde aquel mismo momento consideró de su pertenencia.

Las sesiones comenzaron aquella misma noche. El noble florentino le indicó donde debía reclinarse para posar y colocó con delicadeza la posición de sus brazos y de sus piernas mientras soltaba sus cabellos y la despojaba de las míseras ropas que la cubrían, dejando al descubierto sus senos, pero cubriendo con velos el resto de su cuerpo. Después, con febril ansiedad, se situó frente al lienzo desnudo que debía plasmar toda la belleza de aquel cuerpo que le fascinaba.

Trabajó en su obra durante toda la noche, sin poder detener su pincel, que parecía tener vida propia. Nunca había sentido la llamada de la inspiración de una forma tan rotunda, como si aquella mujer que horas antes ni siquiera conocía le hubiese traído con su presencia a todas las musas que tantas veces se habían negado a acudir a su llamada.

Ella permaneció horas enteras sin mover ni un solo músculo de su cuerpo mientras él la pintaba, como si toda su energía fuese trasladándose al cuadro y a medida que la pintura iba tornándose viva, ella aparecía cada vez más ausente, como si cada pincelada fuese arrancándole, poco a poco, la vitalidad.

El silencio era sobrecogedor, pero Luca sabía que cualquier sonido podía destruir la magia de aquellos momentos. En realidad tampoco le interesaba saber nada sobre aquella mujer, aparte de las curvas rotundas de aquel cuerpo turgente de sensualidad enloquecedora. Era su diosa, la misma Venus reencarnada en mortal que había venido a visitarle y a concederle la gracia de posar para él, despertando el genio que dormía en su interior. Sólo cuando la luz comenzó a irrumpir tímidamente en la estancia, Luca abandonó la paleta y los pinceles y se desplomó rendido a los pies de su modelo, quedándose profundamente dormido.

Entonces, la mujer se incorporó por primera vez y, poco a poco, fue tomando conciencia de su cuerpo olvidado. Le dolían terriblemente las extremidades y tenía frío. Sigilosamente, para no despertarle, se enrolló con sus viejas ropas que yacían en el suelo y se acercó a él para mirarle: era tan hermoso y tan elegante… A su lado había caído el turbante que ceñía su cabeza adornado con medallas y joyas, y admiró sus cabellos oscuros, rizados según la última moda italiana.

Después, observó con admiración su refinada casaca de mangas abiertas abotonadas y las ajustadas calzas partidas en dos colores. Nunca había visto a nadie vestido así y acarició las ropas de su traje. El suave tacto de la tela le produjo una sensación de deleite desconocido y de pronto sintió deseos de apretarse junto a él para compartir sus sueños.

Sin poder reprimir aquella llamada interior, se estiró a su lado y rodeándole con sus brazos, como si quisiera retenerle a su lado para siempre, también se quedó dormida.

Cuando Luca despertó, ni siquiera se sorprendió al verla junto a él, porque en su mente solo existía el deseo de comprobar el resultado de su trabajo. Apartó fríamente los brazos que le envolvían y se incorporó para colocarse tras el cuadro. Lo miró durante un largo rato, sopesando, midiendo, valorando con ojos críticos y objetivos, como si no fuera una obra nacida de sus propias manos.

Había esbozado un frondoso bosque en el fondo, pero sin dejar de considerarlo como un simple escenario para poner de relieve la acción humana, que en este caso era el sueño en vigilia de la mujer desconocida. La perspectiva de elevada técnica era insuperable, pero el protagonismo de la figura en primer plano era indiscutible. Sin embargo no tardó en darse cuenta de que la belleza de la obra no estaba a la altura de la belleza de la realidad.

Comprendió que una sola noche no bastaba para poder captar todo lo que él había visto en ella y que la inspiración engendrada en su alma debía de salir al exterior en forma de colores y de luces enredados en la cabellera de su pincel. Se sintió impotente y enfurecido consigo mismo y locamente preso de la pasión de la creatividad, la despertó bruscamente, arrancando las ropas que ella había colocado sobre su cuerpo aterido y obligándola a levantarse del suelo.

La mujer, obedeciendo la muda orden del hombre al que se sentía pertenecer, se incorporó rápidamente como un dócil animal y volvió a colocarse en la misma posición de la noche anterior. Aunque las mañanas de invierno en Florencia eran frías y todo su cuerpo tiritaba, no dejó escapar una sola réplica. A aquel cuadro sucedieron muchos otros, sin que Luca nunca acabase de sentirse satisfecho de ninguno.

Sus amigos vinieron a buscarle varias veces porque extrañaban su ausencia en las fiestas cortesanas en las, que el noble florentino era el centro de las más brillantes conversaciones, pero la puerta de su casa permaneció cerrada porque el mundo exterior pareció dejar de existir para los dos y las sesiones se repitieron ininterrumpidamente, día tras día, encerrados tras aquellas paredes.

Luca no sólo quería crear formas bellas sino que ambicionaba penetrar en la esencia de la belleza. Aunque sus cuadros, que poco a poco, se iban amontonado sobre las paredes, estaban impregnados de un desbordante sensualismo en el color y en la forma, nunca lograban plasmar la esencia de aquella mujer, a la que jamás había hablado ni tocado.

No podía hacerlo, porque Luca como hombre de su tiempo intentaba conciliar el mensaje antiguo y el mensaje cristiano, reflejando en su obra la coexistencia del placer carnal con una fe profunda, que le hacía ver en su modelo la representación del placer humano, pero también del misticismo divino. Sólo la quería viva en su cuadro, pero no sólo en cuerpo, sino también en espíritu.

Hasta que un día, y cuando ya el pintor desesperaba de su empeño, el alma de la mujer penetró en el lienzo. De pronto se dio cuenta de que su obra estaba terminada, que ya nada más se podía añadir y su pincel se quedó inmóvil y su angustia le abandonó.

Entonces, volvió a cobrar el sentido de la realidad. Rápidamente abandonó la paleta y se acercó a ella observándola detenidamente: parecía dormida.

De pronto, se alarmó al no advertir su respiración y en un instante comprendió lo sucedido. Había estado tan enfrascado en su obra que se había olvidado que ella era también era una mujer como las demás. Advirtió que las llamas de la chimenea hacia tiempo que se había apagado y que el frío húmedo que reinaba en la estancia había actuado como un afilado cuchillo clavándose en la fina piel que no llevaba más abrigo que unos velos que apenas la envolvían con sus transparencias.

De pronto, sintió las punzadas de hambre acompañando su conciencia y mordiendo su estómago con rabia y se dio cuenta, con horror, de todos los días y noches que ella no había llevado un simple bocado a sus labios.

Pero ya era tarde: la desconocida había muerto de inanición y de frío ante sus propios ojos sin que él, obsesionado por captar su espíritu, lo hubiese advertido.

Y entonces, el pintor que nunca le había hablado, le dirigió por primera vez una sola palabra que resumía toda su pena, su arrepentimiento y también su felicidad:

-  Gracias.

Pero ella ya no pudo contestarle, porque hasta el último aliento de su vida le había sido robado para llenar su obra con la belleza de su alma.

Luca comprendió que ella había aceptado morir para vivir eternamente en su cuadro, el mejor cuadro que jamás había pintado y el último cuadro que volvería a pintar jamás.

 

Paolo, la humildad

febrero 4, 2011 under Relatos de Historia

 

La gente le seguía y como predicaba con el ejemplo de sus virtudes, contrastando con el orgullo y la pompa de la sociedad de la época, estaba devolviendo al pueblo parte de la fe que había perdido por causa de la corrupción de la Iglesia, cuyos obispos habían adquirido grandes riquezas.

Así había nacido aquel nuevo vivo espíritu religioso y Francisco de Asís, que también se hacía llamar Caballero de Cristo y de Dama Pobreza, era su mejor representante.

Paolo, siempre sintió curiosidad por conocer a un hombre así. No sabía sí se trataba de un loco o de un santo, pues renunciar a las comodidades de la vida material podía resultar muy poético, pero a la vez también muy difícil; sólo una personalidad extraordinaria podía conseguirlo y ahora se le presentaba la ocasión de averiguar por sí mismo como era realmente aquel curioso monje que intentaba transformar a la sociedad mezclándose con sus miembros y dando a conocer la verdadera moral cristiana.

Decían que la doctrina que predicaba era tan bella y conmovedora como el canto de un pájaro y que todos los animales de la Tierra eran sus amigos e incluso que hablaba con ellos y estos parecían entenderle. Sí, iría a escucharle e intentaría hablar con él. Necesitaba comprender el porqué de aquella insólita conducta basada en la más estricta pobreza, caridad y amor a todos los hombres. Paolo, pertenecía a una nueva clase social, la burguesía, que había tomado su nombre de los burgos o arrabales de las ciudades donde vivían, y todo aquello le parecía muy bonito para ser contado por los trovadores en las aburridas reuniones de un castillo, pero muy difícil de realizar.

Después de las Cruzadas, el comercio y la industria había renacido en Europa, las ciudades se habían hecho poderosas y los reyes habían dado autorización para que se gobernasen a sí mismos mediante consejos municipales.

Paolo, había trabajado mucho para conseguir el bienestar económico del que disfrutaba. Poseía un taller de joyería muy conocido y sus hábiles operarios daban forma color y textura a las pequeñas piezas de oro y plata, y a las gemas preciosas. Importantes patricios que gobernaban la ciudad se contaban entre sus mejores clientes, vivía en una cómoda casa, y su mujer disponía de trajes confeccionados con exquisitas telas y sus hijos disfrutaban también de una esmerada educación.

Había alcanzado todas las metas que se había propuesto en la plenitud de su vida, debía pues considerarse un hombre feliz. Sin embargo, en su interior experimentaba una extraña desazón, y a veces, se sentía terriblemente inquieto; era la sensación de no saber si todo lo que en la vida le había costado tanto esfuerzo conseguir era verdaderamente importante para él.

Había tenido que trabajar tanto para obtenerlo, que casi no le había quedado tiempo para disfrutarlo. Estuvo siempre tan ocupado intentado que los suyos tuvieran toda clase de bienestar que no había podido ni ver crecer a sus hijos. Y en cuanto a su fiel esposa Giovana, dominado por la fiebre del poder y del dinero, apenas sí le había dedicado un poco de su tiempo.

Sentía curiosidad por conocer a aquel ser diferente que predicaba hallar la felicidad en la pobreza, debía ser un Santón charlatán, porque nadie puede encontrar la paz cuando no se dispone de lo necesario para vivir holgadamente, pensaba.

Paolo, se apartó de la ventana. Había tomado la decisión de no perderse aquella oportunidad de ver a Francisco de Asís, pero no se lo diría a nadie, ni siquiera a su mujer. Iría solo, aquella necesidad de conocerle pertenecía a su alma y no podía compartirla ni siquiera con los que amaba.

Aquella misma tarde salió del taller un poco antes para dirigirse a la Plaza mayor, donde sabía que el fraile iba a predicar y sin comentarlo con nadie encaminó allí sus pasos. El sol lucía en lo alto del Cielo de la ciudad de Pádua, cuando Francisco con sus hermanos frailes minoritas, como se hacían llamar para mejor testimonio de humildad, se dirigieron también a la Plaza Mayor.

El número de seguidores del fraile había aumentado tanto que por donde pasaban dejaban en el lugar un buen número de adeptos que, como ellos, se dedicaban al culto del Señor y practicaban el ejemplo de la virtud. Pero Francisco nunca se quedaba en ningún lugar, continuaba con su vida de prédica de un sitio a otro, dejando a su paso un rastro de amor para todos los seres, hombres y animales, como un segundo Jesucristo.

Paolo, tropezó con él cuando iba a cruzar la calle. Francisco caminaba mirando a la gente y les sonreía con los ojos. La luz que despedían se reflejaba en los de todos los que a su paso le aclamaban, y aquella mirada le estremeció. Entonces comprendió que sí había algo importante para él en la vida estaba a punto de descubrirlo.

Cuando Francisco se detuvo en el centro de la plaza se hizo un silencio absoluto. Paolo, había intentado colocarse lo más cerca posible de él, pero solo consiguió un lugar donde apenas podía verle.

Mientras miraba al gentío reunido en la plaza, pensó con escepticismo que aquella sociedad podía mezclar las cosas más groseras con la más sincera piedad. Era grande el amor de Dios, pero no menor que el temor al diablo. La religiosidad era sincera, pero la ignorancia hacía que ésta derivase en supersticiones y las mismas personas que esperaban impacientemente escuchar las palabras de Francisco eran también las mismas que presenciaban con jolgorio y brutalidad el ritual de mutilación y ceguera en la famosa fiesta de los locos.

Una voz juvenil clara y alegre interrumpió sus pensamientos:

- Hermanos, la vida es algo que empuja hacia arriba porque es arriba y no abajo donde esta la realidad mas sólida, y esta roca donde apoyamos los pies es el Cielo. Alabemos al Señor, su creador con todas su criaturas. A nuestro hermano sol, que nos trae el día y la luz. A nuestro hermano el viento, que nos trae calmas y tempestades con las que nos sustenta. A nuestra hermana agua, tan útil y humilde, tan preciosa y limpia. A nuestro hermano el fuego, que ilumina la oscuridad, poderoso y fuerte, y a nuestra madre la tierra, que nos guarda y también nos da frutos y flores de muchos colores. Todo sea alabanza y gloria a Ti excelso y omnipotente Señor.

Aquellas palabras sencillas le cautivaron desde el principio. Se quedó escuchando toda la prédica con gran atención y cuando el fraile hubo terminado de hablar, Paolo, tomó una decisión firme e irrevocable: lo dejaría todo, absolutamente todo, y se marcharía tras los pasos de aquel hombre extraño, hasta averiguar el secreto de aquella felicidad que irradiaba de aquel personaje que no poseía absolutamente nada a parte de sí mismo.

En realidad, no era una decisión tomada sin reflexión. Hacía ya tiempo que aquella idea estaba dando vueltas en su cabeza, porque se daba cuenta que cuando más cosas acumulaba menos poseía en realidad. Era una decisión tomada tras un infierno de dudas, vacilaciones y preguntas sin respuestas que le habían atormentado durante los últimos años, pero fue aquel día, un día aparentemente como tantos otros, cuando de repente halló la salida al tortuoso laberinto, del cual le pareció que no iba a salir jamás. Cuando Francisco abandonó la ciudad para seguir recorriendo Italia, entre los nuevos seguidores estaba Paolo.

 

Durante los últimos cinco meses, la comunidad atendió leprosos y construyó iglesias con sus propias manos, siempre subsistiendo milagrosamente gracias a la caridad de los fieles, siempre predicando el arrepentimiento, la pureza y la perfección moral, la caridad sin límites y la hermandad entre todos lo pueblos de la tierra. Su única regla era la que Cristo dio a los Apóstoles: Id y predicad; curad a los enfermos; limpiar a los leprosos; dad con creces lo que con creces habéis recibido.

Paolo y la comunidad hacían vida de ermitaños, vivían en chozas cerca de la leprosería y para su sustento dependían de lo que pudieran ganar como jornaleros en granjas y viñedos.

A su lado, Paolo, aprendió a observar con atención pequeños detalles que antes le pasaban desapercibidos: el paso de un insecto, el vuelo de los pájaros, los cambiantes colores de las hojas de los árboles, el murmullo de la hierba agitada por el viento. Aquellas cosas que antes no existían para él, ahora le fascinaban, porque las captaba como si nunca las hubiera visto antes y en efecto era así, o a lo menos no las había percibido como realmente eran, sino deformadas a través de sus propias preocupaciones, ambiciones y deseos. Ahora veía el cielo y escuchaba cantar a los pájaros, respiraba el aire de la libertad que da no poseer nada más que la propia vida y vivía el presente a cada instante.

Cuando finalizaban el trabajo, los monjes daban largos paseos por el campo, no solían llevar los ojos fijos en un breviario, sino que a menudo, alzaban la vista del suelo y cantaban. Sus conversaciones discurrían casi siempre sobre las flores del camino o el canto de las alondras, pero Paolo no hablaba apenas con nadie sino era con Francisco. Con frecuencia, éste sentía la necesidad de refugiarse en el seno de la naturaleza y buscaba un bosque apartado o se sentaba solo en una colina, a la orilla de un río, rodeado de toda clase de animales que sin temor alguno buscaban su compañía. Entonces, Paolo, se acercaba y él le explicaba todos sus pensamientos, porque Francisco siempre encontraba un momento para escucharle, él le entendía y a su lado todo era fácil y sencillo.

Paolo, había estado siempre demasiado ocupado  viviendo la vida que la sociedad de su época había planeado para él, pero se daba cuenta de que la vida que deseaba no tenía nada que ver con todo ello. Poseer y atesorar cosas nunca le dio la satisfacción que sentía ahora dando un simple paseo por el campo, adormeciéndose al sol que calentaba la tierra y sintiendo la caricia del viento en la cara, todo aquello podía parecer insignificante, pero no lo era, porque le hacía sentir feliz y por lo que tanto había luchado nunca lo había podido conseguir.

Entre otras cosas, aprendió que intentar retener a la felicidad es como intentar atrapar una voluta de humo que siempre se escapa. Allí, viviendo con la comunidad, un día era aparentemente igual a otro, pero el pasado y el futuro se unían en un largo día distinto a todos. Aprendió a vivir en el ahora.

Una mañana, Paolo, se levantó antes que el sol y se dio cuenta de que debía regresar. Se dirigió como de costumbre en busca de Francisco, pero cuando lo halló no tuvo necesidad de decirle nada, porque como sí hubiera leído sus pensamientos, éste le dijo simplemente: – Ve en paz y que Dios te guíe.

Paolo emprendió el regreso. Mientras caminaba de vuelta a su hogar pensó que ya no tendría que volver a dejar a los suyos nunca más. Había encontrado lo que fue a buscar. La paz estaba en su interior.

 

Ricardo Corazón de Leon

enero 10, 2011 under Relatos de Historia

 

Sus ideas no se adaptaban en absoluto a las de sus contemporáneos de su mismo rango y decidió solucionarlo como pudo, o sea viviendo como le gustaba, aunque no le correspondiese hacerlo así. Se hallaba en su elemento cuando corría aventuras y como las aventuras de un rey en su propio país son siempre demasiado peligrosas y fáciles, Ricardo había decidido organizar una Cruzada a Oriente al lado de Felipe Augusto de Francia y Federico I de Alemania.

Sin embargo y para proporcionarse el dinero necesario para semejante empresa, cometió en nombre de Dios enormes injusticias, expulsó a los antiguos ministros de la corte de su padre y renovó antiguos impuestos. Aunque lo peor de su gobierno fue que no darse cuenta de que tras él no quedaba en Inglaterra nadie capaz de sustituirle en su largas ausencias, circunstancia de la que su propio hermano Juan, envidioso del aire de leyenda que envolvía a Ricardo, no tardaría en aprovecharse. Hubiera sido un excelente príncipe de Gales porque había nacido para ser un perfecto irresponsable, un hijo de familia, un príncipe encantado, pero era un mal rey para Inglaterra por la poca importancia que le daba a ser rey.

Los dos monarcas Ricardo de Inglaterra y Felipe II de Francia se reunieron en Vezalay para oír juntos misa en la basílica de Santa Magdalena y partir a continuación para Marsella. Allí, ambos tomarían rumbo hacia las tierras de Oriente para reunirse en Sicilia con Federico I de Alemania.

Aunque muy distintos entre sí, los dos eran muy jóvenes y se habían hecho cruzados más por amor a la gloria que por devoción. Ricardo estaba lleno de espíritu de caballería, pero era poco hábil en el arte de la guerra, más pródigo que generoso, soberbio a la par que  obstinado e inconstante,  necesitaba imponer su voluntad en todas partes. Por el contrario Felipe era frío, calculador e intrigante.

Se habían tomado serias medidas para reprimir los excesos de la muchedumbre que los seguía. Cada injuria inferida fuese la que fuese estaba tasada en una onza de plata. A los ladrones se les rapaba la cabeza y después de verter sobre ella agua hirviendo, se la cubría de plumas que quedaban adheridas a la misma dándoles un aspecto ridículo delatando su condición y provocaba la mofa de todos. Si alguien se atrevía utiliza la espada y hería a otro en disputa perdía la mano como castigo.

En cuanto al crimen, el asesino era atado al cadáver de su víctima y arrojado al agua sin compasión. También se prohibió tajantemente que las mujeres siguieran a sus maridos o a sus amantes y los hombres no podían entregarse a los juegos de azar a excepción de las reyes, los caballeros y los clérigos que gozaban de plena libertad.

Los caballeros de ambos bandos vestían cotas de malla pintadas en colores  rojo, verde, azul o negro. Encima de ellas se colocaba la cota de armas al fin de resguardarlas del sol y de la lluvia, las cuales llegaban hasta las rodillas e incluso algunas llevaban mangas. El yelmo, cilíndrico, representaba la mayor protección y estaba adornado con piedras preciosas y flotantes flecos, rematándolo con un cuadro de terciopelo, cuando no les era posible hacerlo con una corona.

Todos blandían lanzas al nivel de la cadera de unos tres metros de longitud cuya punta de hierro tenía la forma de una hoja de sauce, pero  el caballero disponía de una segunda espada colgada de la parte delantera de su silla.

En medio de toda aquella algarabía que representaba la partida a lejanas tierras, el verdadero espíritu de la cristiandad se perdía entre el espíritu de aventura de algunos, la ambición de muchos y la desesperación de unos pocos…

Los tres reyes llevaban casi dos años de sitio, ocho batallas y más de noventa encuentros sin haber podido reconquistar la ciudad de Jerusalén, ganada por el sultán de Egipto, Saladino, en 1187 y ya había perecido allí suficiente ejército como para haber sometido a toda Asia.

Sus hombres estaban cansados y Ricardo se había visto obligado a pactar un armisticio con el Sultán para recuperar la moral de los soldados. La contienda se convirtió entonces en un combate entre los mismos reyes que casi nunca estaban de acuerdo en nada y los cruzados olvidaron a veces la causa común que los unía para guerrear entre sí, ayudando a uno u otro. Así que mientras los unos subían al asalto, los otros permanecían como simples espectadores.

Cuando aún no se habían repuesto del estupor que les había causado el hallar ahogado en un río a Federico de Alemania, la mala insalubridad de la atmósfera hizo caer enfermos de paludismo a los dos monarcas restantes, que tuvieron que detener forzosamente las luchas entre ellos y contra los musulmanes.

El propio Saladino, que defendía la plaza contra los ejércitos cristianos, demostró ser tan caballero que los propios caballeros cruzados, dándoles una magnánima tregua de cortesía y enviándoles gentilmente médicos y refrescos para aliviar sus horas de larga enfermedad.

Ricardo se repuso pronto, pero Felipe quedó muy debilitado y parecía una sombra de si mismo, había perdido el pelo y adelgazado mucho. La Cruzada había dejado de una atrayente aventura para él y sin inmutarse de los sarcasmos de sus soldados y caballeros, se decidió apostar por su vida en lugar de la gloria y dejar la expedición en manos del rey inglés.

Era un caluroso día del mes de Julio del año 1191, cuando Ricardo vio partir a las naves del rey de Francia. La mayoría de sus hombres quedaron en tierra para alinearse a las ordenes del Ricardo Plantagenet, que después de la vergonzosa deserción del rey francés, quedó solo ante la gran empresa y rodeado de un deslumbrante halo de heroicidad.

Mientras veía empequeñecerse lentamente las naves, pensó que en el fondo envidiaba a Felipe, la gloria futura sería para Ricardo, pero la felicidad presente navegaba junto a la figura del rey francés en la cubierta el barco que le llevaba de vuelta a su hogar.

Enjugó el sudor de su frente que hacía brillar su blanca piel, delicada y suave como la de un niño. Su constitución anglosajona hacía que el calor húmedo de aquellas latitudes se le hiciera verdaderamente insoportable.

Sin apartar la vista del mar, sus pensamientos comenzaron a ir mucho más aprisa que las embarcaciones que se alejaban y llegaron hasta la mismas costas de Inglaterra. Ante él apareció nítidamente una imagen de mujer con el cabello en llamas, partido por una raya encima de la frente despejada y cayendo en dos mitades sobre los hombros como una cascada de fuego. No recordaba su nombre, ni su rostro, pero si recordaba la pasión ardiente de sus caricias entre las sabanas tibias del lecho. De hecho todas sus amantes tenían la misma cara, solo variaban sus nombres, sus edades y el color de sus cabellos, pero para él todas eran iguales, había pensado en aquella como hubiese podido pensar en  cualquier otra, quizás había sido la última:

Aquello le asustó…¿cuando había sido la última vez que había estado con una mujer?…Se sobresaltó alarmado y olvidó de inmediato la retirada del rey francés, los barcos que se alejaban, el calor y toda la campaña corta los musulmanes, era como si su cuerpo se hubiese despertado de repente después de una gran pesadilla, en la que solo habían sido los protagonistas la guerra y el sufrimiento. Tenía que encontrar una mujer, fuese como fuese… necesitaba el contacto de una piel femenina, el calor de una pasión aunque fuese efímera y comprada… y dando media vuelta abandonó aquel lugar dirigiéndose a su tienda con pasos rápidos y decididos.

Saladino vestía sencillamente, no bebía más que agua y oraba con exactitud a las horas señaladas. Casto para Musulmán, sabía dominar sus pasiones hasta el punto que le convenía para avasallar a los demás. Aunque su lectura favorita era el Corán, que leía hasta a caballo mientras guiaba sus tropas al ataque, era un hombre culto que conocía la lengua de los ingleses.

Después de haber leído el mensaje que le trajo uno de sus escuderos, sonrió satisfecho mirando el papel entre sus manos. Aquella carta le daba una magnifica ocasión de dar una lección al orgulloso Ricardo. Había tratado de descubrir inútilmente cual podía ser el punto débil de su especial enemigo y ahora sin ningún esfuerzo la solución había llegado milagrosamente escrita por él mismo.

Se dio cuenta de que el ingles había contraído una nueva enfermedad, la lascivia y dijo en voz alta: Le ayudaré a curarse, de la misma manera que lo hice cuando contrajo el paludismo.- añadiendo después en un susurro para que el escudero no pudiera oírle.- Pero esta vez el remedio acabará con él…

Se suspendieron todas las escaramuzas durante unos días para celebrar torneos festivos en honor a la heroicidad de Ricardo, a los cuales fueron invitados los mahometanos con todas las cortesías caballerescas propias de estos actos y se ostentó una relajación suntuosa, donde trescientas mujeres llegaron de Chipre para hacer alarde y tráfico de sus encantos.

Entre ellas una, la más exquisita, fue escogida especialmente por Saladino para ser destinada a Ricardo. Este, satisfecho, no quiso verla antes de tiempo, confiaba en el buen gusto de su rival y anfitrión y esperó pacientemente a que acabase la fiesta, para conocerla. Cuando llegó la noche y se retiró a su lujosa tienda  encontró a la mujer esperándole…

La cruzada continuó de nuevo a partir de aquel día, las flechas de los musulmanes se clavaban en los escudos de cuero de los soldados cristianos, dándoles un grotesco aspecto de puerco-espín. Ya no era una devoción ciega lo que impulsaba a cometer tales empresas, sino los sentimientos de la caballería, sucediendo que al día siguiente de una encarnizada batalla, se veían sentados en la misma mesa al Ingles y al Curdo y se prodigaba al prisionero tantos miramientos como golpes había recibido al caer del caballo.

A pesar de que los musulmanes defendían la ciudad de Tolemaida como el león defiende su guarida de otro león extranjero, ésta capituló al fin y Ricardo pidió a Saladino. como vencedor, restituir el madero de la Cruz y 600.000 prisioneros, a parte de 200 monedas de oro.  Accedió el sultán, pero Ricardo no se sintió todavía satisfecho y pidió también algo más, a la hermosa mujer que cada noche compartía su lecho. Insólitamente esto le fue negado y como el rey ingles insistió, siguió recibiendo negativa tras negativa.

Un anochecer noche la bella chipriota dejó de acudir a la cita, Ricardo la aguardó en vano noche tras noche y cuando comprendió que ya nunca volvería verla, quiso vengarse de Saladino y en su desesperación hizo degollar a 2.000 musulmanes desarmados.

Ninguno de sus hombres comprendió aquella actitud  tan inesperada y cruel. Parecía como si el odio y la ambición se hubiesen apoderado de él desde la noche que durmió por vez primera con la desconocida, aquella mujer que le aguardaba en la intimidad de su tienda y que había seguido aguardándole  durante toda la campaña.

Era la primera vez en la vida del joven rey Ricardo que una amante no era desbancada rápidamente por otra y sus allegados se preguntaban que clase de mujer sería la que había ejercido semejante fascinación sobre él rey, pero nadie la había visto nunca porque cada mañana abandonaba los aposentos reales completamente oculta por un velo que la cubría hasta los pies. Solo Saladino parecía conocer el secreto y a medida que iba viendo como el ingles, a pesar de las asombrosas proezas en el campo de batalla, perdía  la estimación y el amor de los Cruzados, se sentía más y más satisfecho.

Ricardo se dio cuenta al fin de que aquella mujer era precisamente la venganza cruel del musulmán. El rey de Inglaterra admirado y victorioso, temido por tantos hombres y deseado por tantas mujeres debía renunciar por primera vez en su vida a la única de la que se había enamorado

En Inglaterra había estallado la rebelión a causa de su hermano que intentaba arrebatarle el trono y esto fue decisivo para determinar la partida. Ya en la nave que debía trasladarle a Europa, el rey miró por última vez a Palestina y se cubrió los ojos con la cota de mallas exclamando:

Señor Dios, no vea yo tu tierra Santa, pues no me es dado liberar de los infieles a la ciudad de Jerusalén… añadiendo por lo bajo, como una vez hiciera también Saladino ante su escudero: Ni merezca yo vivir porque no me es dado liberar tampoco a la mujer que amo.

Como si la suerte le hubiese girado definitivamente la espalda, la nave que le trasladaba de vuelta a su país naufragó en el mar Adriático y el rey fue capturado y hecho prisionero, perdiendo a la vez su amor, su fortuna y su libertad.

Tras pagar un enorme rescate que acabó de arruinar a sus súbditos, Ricardo consiguió finalmente regresar a Inglaterra y como si Dios hubiera escuchado la plegaria, no tardó en morir de una herida de flecha que el mismo se arrancó del pecho, negándose después a ser curado.

Aquella humilde flecha procedente de una mano desconocida, logró lo que no habían conseguido los ejércitos de Saladino. Pero Ricardo sabía que, indirectamente, había sido el musulmán quien había disparado contra su corazón, hiriéndole de muerte al obligarle a dejar a la única mujer que había amado y cuyo nombre permaneció oculto para siempre .

 

Godofredo, la locura

junio 22, 2010 under Relatos de Historia

 

Los propietarios indígenas debían albergar en cada finca a una familia goda, que pasaba a beneficiarse de los frutos de los dos tercios de los campos de labor, y esto, sobre todo en un tiempo de decadencia económica, provocaba grandes recelos por parte de los vencidos. Además y como casi todos los pueblos de raza germánica, ellos eran seguidores de las doctrinas de Arrio, mientras que el resto de la población era católica, lo que aumentaba la intransigencia y la separación, pero tampoco el pueblo visigodo pretendía modificar los hábitos de los indígenas del país, que conservaron sus costumbres.

Aunque al invadir Hipania se habían encontrado con una civilización decadente, los invasores eran conscientes de que la cultura hispana era muy superior a la suya, por esta razón y aunque fomentando un dualismo de religión y de raza, iban trasformando poco a poco sus usos y modo de vida asemejándola a la de ellos y sus hijos nacidos orillas del Mediterráneo se habían habituado pronto al lujo y a una vida más alegre, pero Godofredo seguía recordando con nostalgia las tierras del Norte, especialmente desde que había muerto su esposa Segismunda, hacía solamente dos meses.

Solía visitar con frecuencia el cementerio donde estaba enterrada y aunque iba solo, siempre estaba acompañado de sus recuerdos. Caminaba taciturno entre las sepulturas que se alineaban en las calles, algunas excavadas simplemente en tierra y otras revestidas de obra de albañilería, para detenerse delante de la gran losa de piedra que cubría la tumba de su esposa donde permanecía largo rato perdiendo la noción del tiempo.

Recordaba que habían colocado su robusto cuerpo dentro de un ataúd de madera, en decúbito y mirando al sol naciente, como era la costumbre entre los pueblos godos, él mismo había cruzado sus brazos sobre el amplio pecho que había amamantado a sus seis hijos y lo había cubierto de joyas, que simbolizaban todo el amor que sentía hacia ella en conmovedora ofrenda. Las mismas alhajas con las que su familia había atravesado el Danubio.

El trato continuado con los romanos había hecho de los visigodos, uno de los pueblos germánicos más civilizados, Godofredo era un noble culto, con innatas dotes de mando, era también justo y recto en sus costumbres, por cuyas cualidades era muy querido por los suyos, por eso su inmensa tristeza preocupaba a sus hijos que intentaban distraerle y hacerle olvidar el recuerdo de su perdida esposa, pero Godofredo no quería olvidarla y se refugiaba en el solitario cementerio para estar a solas con sus propios pensamientos.

Recordaba a Segismunda antes de su penosa enfermedad que había minado su salud poco a poco, cuando aún tenía las mejillas carnosas y sonrosadas. Le gustaba abrazar el robusto cuerpo de matrona germana, envuelto en una amplia túnica talar que solía cubrir con una larga estola de lino blanco sobre la cabeza y espalda y que extendida desde el lado derecho del hombro al lado izquierdo dejando al descubierto sus grandes y exuberantes pechos. Entre ellos él había recostado muchas veces su cabeza, no ya en busca de la pasión de la amante, sino de la ternura de la madre desaparecida hacía tiempo. Y ahora sin el calor del pecho de su amada, se sentía como un niño perdido.

Su pueblo había dejado de ser nómada al aposentarse en las riberas mediterráneas, pero él sentía deseos de volver a su país de nacimiento y revivir entre los brumosos parajes del norte de Europa los días de su juventud, cuando conoció a Segismunda. Aunque sabía que ella ya no estaría allí para esperarle y nada sería como antes. Su esposa había partido a ese extraño país de donde dicen nunca se regresa, pero entonces…¿por qué la sentía siempre tan cerca de él y su presencia llenaba todos sus pensamientos? Sin ella la vida no merecía la penas ser vivida y su amargura era cada día mayor, a pesar de los esfuerzos de sus hijos y de sus amigos.

 

El invierno estaba próximo y comenzaba a hacer frío, un manto de pieles cubría su corta túnica ceñida al talle por un cinturón rematado por una recia hebilla de oro macizo, que servía, también, para sujetar los largos calzones que protegían sus piernas. Su larga cabellera color de trigo se confundía con su también larga y espesa barba. Aunque ya no era joven, Godofredo conservaba la esbeltez y la fortaleza física de sus años jóvenes y puesto que los matrimonios entre individuos de distinta religión estaban prohibidos por las leyes de la Iglesia, más de una hispano romana al verle, había deseado pertenecer al pueblo invasor para poder desposarle y consolarle en su dolor.

Pero Godofredo no pensaba en mujer alguna que no fuese la que había perdido, y así, sumido en profunda tristeza pasaron los días uno tras otro y estos pronto se convirtieron en meses y después en años.

El noble visigodo envejeció rápidamente en aquella soledad auto impuesta, a la que nadie, excepto sus recuerdos tenía acceso, y poco a poco dejó de interesarse por las cosas materiales. Sus hijos fueron casándose y él repartió entre todos las viñas, las huertas, los olivares, los campos de cereales, y todos los demás bienes acumulados de la explotación de las tierras a los hispanos. Después se hizo construir una pequeña casita cerca del cementerio y delante de la tumba de su esposa pasaba la mayor parte del día.

Al principio sus hijos iban a visitarle a menudo e intentaban devolverlo a la realidad, pero poco a poco se dieron cuenta de que su padre hacía ya mucho tiempo que no deseaba vivir en el mundo real y espaciaron sus visitas en vista de la inutilidad de sus esfuerzos. Godofredo llegó a obsesionarse de tal forma con el recuerdo de su esposa muerta, que comenzó a hablar imaginariamente con ella a todas horas como si aún estuviese viva, hasta que todo el mundo acabó por creerle loco y sus hijos dejaron de visitarle definitivamente.

Una noche el cielo se llenó de resplandores de tormenta. Godofredo se despertó con el estruendo de los truenos y en su demencia, le pareció que era su amada Segismunda que lo llamaba con su voz recia y sonora. Se levantó con rapidez y olvidándose incluso de protegerse de la lluvia que caía a torrentes salió de su casa.

Con pasos vacilantes atravesó la escasa distancia que lo separaba del cementerio y se dirigió ansiosamente al lugar de la tumba de su amada, en aquel instante otro trueno más cercano pareció estremecer la tierra hasta sus más profundos cimientos y a su mente enferma le pareció escuchar la siguiente suplica dirigida a él, en la voz de Segimunda:

.- Godofredo, esposo mío, estoy encerrada en esta lúgubre fosa desde hace tanto tiempo… deseo volver a ver la luz del sol y el resplandor de la luna y de las estrellas… deseo embriagarme de nuevo con las esencias de las flores y escuchar el canto de los pájaros en el bosque, pero sobre todo, lo que más deseo, es volverme a mirar en tus azules ojos, tan iguales a los ojos de todos mis hijos que tanto añoro… Godofredo, por piedad, aparta esta pesada losa que me impide salir de aquí y libérame de este encierro que sufro desde hace años…

Los relámpagos seguían iluminando el horizonte y Godofredo confundió los truenos, que cada vez se escuchaban con más frecuencia, con los intermitentes sollozos de su esposa. Sin pensarlo ni un minuto y preso de una enfermiza desesperación, intentó apartar la piedra que cubría la sepultura. Pero aunque era un hombre fuerte, nunca hubiera podido lograrlo si la misma ansiedad no hubiese prestado una inusitada fuerza a sus brazos.

Tardó bastante rato en conseguir su propósito, el sudor del esfuerzo se mezcló con la lluvia y resbaló por su rostro surcado de arrugas que la amargura había ido marcado durante tantos años de sufrimiento.

Al fin la piedra cedió y Godofredo vio de nuevo frente a sí el ataúd que encerraba el cuerpo de su esposa. Los truenos parecían haber enmudecido de repente y en medio de aquella calma inesperada se dio cuenta con terror que la caja estaba abierta. Entonces vio sus manos, intactas, blancas como el mármol, que se agarraban aún crispadas sobre la tapa carcomida y descubrió de repente el porque de su incapacidad de resignarse ante la evidencia de la muerte. Aquel espíritu atormentado lo había perseguido día y noche trasmitiéndole toda su angustia y toda su desesperación, porque…

y entonces lo comprendió con horror…!Segismunda había sido enterrada viva!…

Y aquel descubrimiento que podía haber enloquecido a un cuerdo, hizo que su mente recuperarse la lucidez perdida.

 

Gertrud, el padre

marzo 12, 2010 under Relatos de Historia

Gertrud era alta y rubia como sus hermanos Eegill, Smurri y Olaf y también como ellos tenía la piel blanca y los ojos azules, pero el azul de sus ojos quizá era más claro y su cabello era tan rubio que se confundía a veces con la nieve que en invierno cubría los valles.

Aunque quería mucho a su madre, que, como todas las madres de las diferentes familias del grupo era tenida en gran consideración por parte de todos, adoraba a su padre, Olaf, que a su vez sentía un cariño extraordinario por la pequeña Gertrud, permitiéndole a menudo muchas de las cosas que jamás hubiera consentido a ningún otro de sus hijos.

Se sentía muy orgullosa de él, no sólo porque era su padre, sino porque también era el jefe de la tribu, a quien todos debían respeto y obediencia. Sus sentimientos iban mucho más allá del vínculo de sangre y muy dentro de sí misma, donde los instintos bailan una loca danza que la razón no puede comprender, vibraba algo que iba aún más lejos de su admiración como jefe famoso por sus hazañas y su amor filial. Algo extraño e indefinible, quizá como un remoto presentimiento del amor que ella entregaría a un hombre algún día.

Todos los varones en su familia ostentaban largas cabelleras que eran muy estimadas y cuidadas como signo de pertenecer a la casta de los hombres libres, a diferencia de los siervos y de los esclavos que llevaban el cabello corto.

Desde muy niña se acostumbró a ver luchar por su independencia a sus hermanos junto a su padre y a los demás guerreros de la tribu, ya que de hecho ésta era la única ocupación que tenían.

En las noches de plenilunio o novilunio, los ancianos y los nobles decidían la paz y la guerra y entonces a Gertrud le hubiera gustado ser hombre para asistir a aquellas misteriosas asambleas y poder ver a su padre dirigiéndose a todos los guerreros que, vestidos con sus trajes de combate, le escuchaban como si fuera un dios.

Alguna vez cuando nadie la veía, se había colocado sobre la cabeza el casco de guerra. Deseaba ardientemente acompañar a su padre en la batalla, para poder morir con él en combate e ir juntos al reino del dios Wotan, donde ambos, eternamente jóvenes, podrían cazar día y noche y beber el hidromiel celeste en el cráneo de sus enemigos. Pero se daba cuenta de que aquellos eran sueños imposibles Siempre le estaría vedado el mundo de la guerra por haber nacido mujer.

Odiaba su sexo que la limitaba en todo lo que ella deseaba hacer y en consecuencia odiaba las labores de la casa propiamente femeninas. Tampoco le gustaba la larga túnica con franjas ornamentales que le llegaba hasta los pies y que vestían todas las mujeres de la comunidad, ya que le parecía incómoda y ridícula. A ella le hubiera gustado vestirse con pieles, como los demás hombres y actuar como ellos, pero nadie sabía de los deseos escondidos en su corazón.

El tiempo pasaba aprisa y el cuerpo de Gertrud cambiaba llenándose de curvas que ella intentaba inútilmente disimular bajo las ropas. Aún a su pesar se había convertido en una hermosa mujer y por mucho que intentase disimularlo todos lo advertían, sobre todo los muchachos jóvenes del poblado, pero ella no podía interesarse por ellos porque en su corazón ninguno podía siquiera compararse a su padre.

Se había convertido en una joven solitaria. Su conducta era extraña, sólo parecía sentir deseos de emular a sus hermanos en sus simulados juegos de guerra sin importarle sus burlas y constantes rechazos. Su madre, preocupada, decidió que quizá había llegado el tiempo de buscarle un esposo y el cariño que de niña sentía por ella se convirtió en un abierto enfrentamiento, pues no la comprendía y Gertrud tampoco se sentía comprendida por ella.

Fue por aquel entonces cuando su pueblo se vio seriamente amenazado por uno de los jefes de las tribus vecinas que había extendido rápidamente su autoridad por varios cantones y quería también anexionarse aquellos territorios para proclamarse rey. El poblado estaba inquieto y Gertrud, como todos los demás, sabía que si su padre, como jefe de la tribu, daba muestras de temor o timidez sería inmediatamente depuesto.

Aquella circunstancia distrajo completamente la atención sobre su persona y su hipotético marido y Gertrud suspiró aliviada; sabía desde su nacimiento, que la autoridad paterna entre los suyos era ilimitada y que su padre podía no sólo casarla contra su voluntad sino también, venderla o incluso quitarle la vida si se oponía a sus deseos. Le dolía en lo más profundo que él no comprendiera los motivos por los que ella no quería casarse con nadie, pero jamás se hubiera atrevido a revelarle su escondido secreto, y aunque era consciente de que no debía sentir aquel sentimiento hacia él, no podía luchar contra sí misma.

Por otra parte, los guerreros vibraban de entusiasmo ante la perspectiva de lucha, que para ellos representaba una aventura más que una desgracia y les suponía una nueva ocasión para merecer el Paraíso prometido, ya que si morían de vejez o de enfermedad perderían el cielo eterno e irían a parar para siempre a la fría morada del Loki, que para ellos representaba el infierno.

La guerra estalló y el pueblo se quedó desierto de hombres. Gertrud los vio partir un día a caballo con su padre a la cabeza, ostentando orgullosos los cascos metálicos de dos cuernos y armados con afiladas espadas de bronce y escudos que les cubrían la mitad del cuerpo.

Entonces una idea, la realización de todos sus sueños de niña, germinó en su mente; No lo dudó un instante: con la velocidad del rayo se vistió con las ropas de combate de sus hermanos y montando uno de los caballos que había quedado en las cuadras se unió al grupo que partía. Estaba segura de que en la confusión nadie se daría cuenta de su presencia ni sería reconocida porque había ocultado sus cabellos bajo el casco de guerra.

Y así, veloz como el viento y ágil como una gacela, la valiente amazona que deseó haber nacido jinete, partió hacia la realización de todos sus sueños de niña siguiendo la figura adorada de su padre, su dios y su ídolo, en busca de la gloria en la tierra o en el Cielo para compartirla con él.

En la fría noche que precedía al combate, Olaf el jefe de la tribu, paseaba lentamente por entre los cadáveres de las víctimas que yacían caídos en el mismo campo de batalla. Habían tenido innumerables bajas, a pesar de haber salido victoriosos en el enfrentamiento. Los supervivientes se disponían a recogerlos para enterrarlos como correspondía a su rango y dar así una digna despedida a los afortunados, que en aquel momento debían de estar ya disfrutando de las delicias de una vida de eterna juventud en el Paraíso, junto a Wotan, el dios de la guerra,.

De pronto, algo llamó su atención y se detuvo para observar de cerca la cara de uno de los caídos. Un mechón de cabello pálido como la nieve asomaba por debajo del casco metálico y su corazón comenzó a palpitar con fuerza, ya que le pareció reconocer en aquel rostro a alguien muy querido.

Lo separó con suavidad de la ensangrentada cabeza y una cascada de largos y rubios cabellos cayó en completa libertad, entonces, con sus propias manos giró el rostro hacia él, y pudo ver con claridad los azules ojos de su hija Gertrud, que aún a pesar de tener la frialdad de la muerte parecían mirarle con amor.

Y entonces, comprendió todo lo que ella siempre había querido decirle y nunca se había atrevido y aquel descubrimiento lo llenó de amargura y de felicidad. Después se inclinó con ternura y dolor sobre el delicado cuerpo de su hija y la llevó en brazos hasta su tienda. Gertrud sería enterrada con todos los honores de un guerrero germano. Aunque la había perdido, sabía que volvería a encontrarla en el Paraíso, donde ella le estaría aguardando desde aquel día.

Allí podrían amarse para siempre como dos espíritus, libres de los lazos de sangre que los ataban en la Tierra

 

Safo, la vanidad

septiembre 30, 2009 under Relatos de Historia

A pesar de todo, Safo poseía todas las componentes para ser feliz, era inteligente, constante y además, después de la muerte de su marido, rica, los poseía todos menos uno, convencer a su enamorado Faón de la que la amase. Esta fue su única causa perdida. Y es que Safo, nunca pudo comprender, que aunque puede lograrse casi todo lo que está dentro de nosotros, nunca podemos acceder a lo que está dentro de los demás. Y Faon poseía sus propio sentimientos que nunca la correspondieron.

Hacía ya tiempo que había regresado de Sicilia donde fue desterrada a causa precisamente de uno de sus versos, dedicados al tirano Pitaca, pues el carácter integro de Safo no podía consistir las injusticias que se cometían en su patria y su pluma dulce y apasionada podía ser a veces afilada como un cuchillo y causar heridas profundas y dolorosas. Ahora el tirano había muerto y ella estaba otra vez en Grecia, asomada al luminoso y enorme balcón de su lujosa casa, que se sostenía con columnas blancas de mármol mientras dejaba que los recuerdos volasen libremente

El mar parecía un gran lago ligeramente movido por la brisa que bordaba en sus orillas cenefas de encaje. Safo estaba enamorada de aquel mar que sonreía entre rocas e isletas desde el fondo de golfos y bahías recortadas como por las mágicas tijeras de un dios, de los  ríos que corrían a sumirse en el seno de sus aguas azules, de las muchas penínsulas donde crecían la vid, las higueras, el laurel y el olivo y también de las montañas que salpicaban el suelo de su patria aquí y allá y condicionaban la vida marinera y comunicativa de sus gentes, formando una raza artista, jovial de pobladores de distinta procedencia.

Pero ella ya no se identificaba con ellos porque se sentía muy sola dentro de su lujoso palacio rodeada de esclavos y servidores y ni siquiera la compañía de su hija Cleida la consolaba de aquella sensación de soledad.

Aquel día llevaba un ligero manto echado sobre el hombro que dejaba en libertad el brazo derecho con el que pulsaba las cuerdas de su lira. Aunque rodeada de tan idílico marco Safo se sentía tan triste que de su boca solo surgían cantos melancólicos.

Había inventado una medida métrica de versos completamente personal, diferente de las entonces conocidas pero hasta el momento solo el poeta Alceo, su incondicional enamorado, lo utilizaba… Recordó la carta que éste había hecho llegar a sus manos aquella misma mañana…

 

Mujer de los bucles violetas,

de encantadora sonrisa,

que yo adoro y venero…

un pudor me detiene…

 

Safo había sonreído al leer aquella poesía escrita, sin rima aparente. Estimaba a Alceo por su valía y se sentía conmovida por su ternura y pasión, pero no le podía corresponder y eludía estas tímidas proposiciones ofreciéndole a cambio intercambiar no sus besos, sino sus versos, porque ella solo amaba a Feón, que contrariamente a Alceo no merecía ni uno solo de sus poemas.

Faón era un hermoso y elegante ejemplar de varón, en una época donde la hermosura física del cuerpo humano era admirada hasta extremos inconcebibles. Para él, Safo, morena y pequeñita no era suficiente, pues en su escala de valores la hermosura era mejor que la bondad y la inteligencia y Safo solo poseía la belleza de su genio.

Dejó el arpa a un lado y los melancólicos cánticos quedaron en silencio entre sus cuerdas. Aquella mañana el sol le hacía cosquillas en los ojos y todo lo que la rodeaba estaba tan lleno de vida que parecía advertirla de que ya iba siendo hora de que reaccionase antes de que fuera demasiado tarde.

Pensó entonces que hacía  tiempo que deseaba fundar una escuela de música, danza y poesía que reuniese a un círculo de muchachas nobles como ella,  a quienes no solo se les enseñaría a mover con gracia sus cuerpos, manejar delicadamente los instrumentos y pronunciar con arte las palabras simples de la vida corriente, sino que a diferencia de otras escuelas, se les enseñaría también el arte de amar.

Su ilusión era que ellas nunca llegasen a sumergirse en un porvenir parecido a la mayoría de las muchachas griegas, esposas, valientes madres y amas de casa, pero mediocres compañeras en la cama, que aburrían a sus maridos y eran al final de sus vidas objeto de desprecio. En sus planes, las mujeres serían compañeras iguales a los hombres y les demostrarían con su nivel intelectual que eran dignas de ellos. Quizá, pensaba, si ella misma hubiera sabido antes de casarse lo que ahora sabía, su matrimonio hubiese sido distinto y no se hubiera enamorado de Feón, centrando en él todas sus frustraciones y deseos íntimos insatisfechos

Estuvo dando vueltas y vueltas a aquellas ideas, sin advertir que mientras lo hacia Faón quedaba relegado al olvido y cuando abandonó la gran terraza su semblante era ya muy diferente, como si de repente se hubiera trasformado en una persona distinta. Una gran idea había cobrado vida en su interior y se reflejaba en el brillo de sus ojos iluminados por el sol, su cómplice.

 

El benigno clima mediterráneo favorecía las reuniones al aire libre y la vida política y social de las ciudades griegas. Aquella tarde y bajo los pórticos orientales de la plaza pública se albergaban paseantes y mercaderes. Las casas, mudos testigos de aquella agitación estimulante, eran bellas y armoniosas, porque los arquitectos que las habían creado lo hicieron con cánones y reglas totalmente flexibles, no se hallaba en toda Grecia dos edificios igualmente interpretados.

Fedra, antigua alumna de Safo, estaba frente al balcón abierto y mientras dejaba que una de sus esclavas la vistiese, miraba curiosa todo lo que sucedía en el exterior. Para poder colocarse el peplos, la mujer se situaba en el centro de la ropa plegada en dos partes iguales. Dos broches fijaban la tela en la espalda y mantenían colocado el tejido a lo largo de los brazos, formando verdaderas mangas. La ropa iba ceñida al talle con un cinturón y la esclava tiraba hacia arriba, hasta que la tela llegase hasta los pies, para poder luego marcar otro pliegue mantenido por un segundo cinturón. Finalmente el indumento quedaba listo, en toda su elegancia.

Fedra se miró complacida en el espejo donde su esclava le mostraba su imagen. Aquellos magníficos pliegues que se veían en el tejido habían sido obtenidos marcando los dobleces con las uñas y mojando luego la ropa en un engrudo para después dejarla secar al sol, un largo y entretenido proceso que quedaba recompensado por el efecto estético conseguido.

Peinó los rizos castaños que caían por su frente y mientras se cubría los dos brazos con el himation, se dirigió a una dama que se hallaba oculta en algún lugar de la estancia para decirle.-

.- Vamos a llegar tarde a la ceremonia y no quisiera perderme ni un solo detalle… – y dándose una última mirada al espejo añadió. -¿Crees que llevo demasiados brazaletes y collares?. Quizá me he perfumado demasiado el pelo… no hay que olvidarse de que vamos a la ceremonia  de la  muerte de Safo y no a una fiesta.-

La desconocida interlocutora, mujer elegante como su amiga, se incorporó a su vez haciéndose visible en la habitación -.

.- Dado lo extraño de esta muerte, el templo va a estar más rebosante de curiosos malévolos que de compungidos familiares y discípulos y más va a parecer a una fiesta que a un funeral. Ya sabes el denigrante rumor que se ha levantado entorno a esta muerte. Muchos intentan conservar de Safo una imagen grosera y sensual, de mujer que satisfacía todos sus instintos sexuales con los cuerpos de las discípulas de sus escuelas.-

.- Por eso las mujeres de Grecia han propagado también que se arrojó al mar desde la roca de Leucades, por haber amado a un hombre y verse desdeñada por él.-

.- Pero tú y yo sabemos bien que Safo amaba demasiado a la vida para despreciarla y esta fábula fue inventada por todas las que rehusan pasar por lesbianas.-

Y Fedra añadió levantando un poco la túnica que cubría sus pies para arreglar las cintas de cuero que los cruzaban repetidamente hacia arriba.

.- Mujeres como nosotras, ex- discípulas de sus escuelas.-

.-Sin embargo, sus confidencias sentimentales y explosiones de celos apasionadas muestran los tiernos sentimientos de Safo por sus alumnas.-

.-Oh Cleida, sus poesías contienen algunas alusiones a sus gustos homosexuales, pero tú sabes, que pocos versos indican que Safo deseaba estar físicamente con las chicas que ella amaba tanto. Ni tú ni yo podremos olvidar sus cánticos al Himeneo, sus hermosas imágenes y ante la observación de la naturaleza y sobre todo que intentó colocar a la mujer en el mismo nivel que los hombres.-

.- Pero también sabes querida amiga, que es mejor renegar de Safo que caer en la mala reputación.-

.- Eso siempre.-

.- Fíjate, la plaza ya está desierta.- dijo Fedra asomándose al balcón abierto.- todo el mundo debe de estar ya en el templo.-

.- Vamos, al fin de cuentas, donde Safo se encuentra ahora debe de serle muy indiferente lo que los humanos piensen de ella.-.

.- Y lo importante es que sus versos seguirán en la boca de la gente a través de las generaciones, quizá no se conozca cual fue su vida, perdida entre la leyenda y la historia, pero cuando todos nosotros estemos olvidados, ella seguirá siendo recordada.-

 

El templo no estaba rodeado de viviendas, sino aislado de la población y situado sobre un alto cerro que dominaba la ciudad. En realidad el monte entero era una ciudad sagrada. Se necesitaba media hora de andar para recorrer el camino que facilitaba la ascensión al templo, alzado sobre una prominencia en forma de terraza y rodeado de muros que facilitaban el acceso. La entrada era monumental y sobre ella, cubierto por tejas multicolores se levantaba un frontón triangular decorado con ricas esculturas y cubierto por tejas multicolores. Sin embargo y a pesar de la apariencia, los templos griegos eran siempre pequeños, pues raramente constituían lugar de reunión sino la morada de dios.

El vestíbulo, se encontraba ya abarrotado cuando Feón se abrió paso a duras penas entre la muchedumbre hasta el santuario en el que se encontraba la estatua de Afrodita. Al fondo de la cámara y en la penumbra, pues la luz no penetraba más que por la puerta, aparecía la estatua del culto, aquello le impedía ver el rostro de la diosa, pero tampoco dejaba ver el suyo a los demás evitando así ser reconocido por la gente.

La silueta de Afrodita era gigantesca y los visitantes sentían una fuerte impresión de presencia divina  a su lado. Al gentío le estaba vedado acceder a la cámara posterior, en la que se guardaba el tesoro y las ofrendas y apenas había si un pequeño espacio donde colocar a tanta humanidad.

Feón contrariamente a la mayoría de sus conciudadanos, llevaba el pelo largo y la barba ya un poco canosa, corta y cuidada. Aunque, como todos, se envolvía el cuerpo con el himation, para diferenciarse de los demás él lo usaba sin ropa debajo, ciñendo la prenda fuertemente contra su cintura y combinándola con un largo pliegue que apenas encubría su bien formado cuerpo.

Era atractivo y elegante pero aunque le gustaba enormemente llamar la atención, aquel día prefería pasar desapercibido, sabía que su imagen despertaba los sentimientos más encontrados y no quería arriesgarse a salir mal parado. Sin embargo no podía perderse aquel acontecimiento. Siempre había correspondido a los requerimientos de Safo con la mayor indiferencia, pero debía acudir a su funeral, aunque solo fuera para comprobar por si mismo como una criatura tan físicamente insignificante como la poetisa, había llegado a semejante altura.

Esperaba que Afrodita le diera una respuesta a su pregunta. Ella era la diosa de la belleza y del amor, reinaba sobre los vientos y las olas porque había nacido de la espuma del mar, los poetas la pintaban como la más bella y hechicera de todas las diosas, cuyos encantos no podía resistir ni el hombre más austero… pero quizá ni la misma Afrodita podría resistir los suyos y se sinceraría con él, quizá le revelaría el secreto del triunfo de una mujer como Safo, que no era hermosa y por que él, Feón, que poseía aquel don divino, no había alcanzado la gloria.

En aquel momento por la puerta penetró un rayo de potente luz que iluminó el rostro de la diosa como si fuera dedicado expresamente a él, entonces una mujer lo reconoció y gritó: !Es Feón, el enamorado de Safo…

Todos los que estaban a su lado se giraron hacia él y lo miraron, y otra mujer añadió después… Que hermoso es… y una tercera… y que alto y que fuerte… También un hombre joven exclamó: !Y que elegante!…

Feón se sintió tan halagado que se olvidó de mirar a Afrodita y sonrió a todos con una mirada preñada de felicidad. Cuando las voces se acallaron, recordó sus propósitos, pero el último rayo de la tarde había desaparecido ya tras las montañas y el rostro de la diosa volvió a sumirse en la oscuridad.

Feón abandonó el templo sin haber hallado la respuesta que había venido a buscar y siguió viviendo tal y como había hecho siempre, en la ignorancia de la verdadera belleza.

Quizá había tenido una oportunidad de descubrirla, pero su propia vanidad se lo había impedido.

 

Nuevos relatos

septiembre 3, 2009 under Novedades


Tenemos tres nuevas historias en la sección de relatos, dos en los relatos de historia y uno en los relatos de catarismo.
No dejeis de leerlos y dejar vuestros comentarios, sus autores esperan vuestra opinión, vuestros ánimos o vuestros consejos.
También queremos animaros a que enviéis vuestros propios relatos.
A ti que te gusta escribir, que siempre te apeteció contar una historia, que sientes este gusanillo por escribir un relato, corto o largo, no importa el número de páginas, envíanoslo y lo publicaremos en la sección adecuada.
Si conseguimos juntar muchos igual encontramos un editor que nos lo publique y, hasta puede ser que te conviertas en un escritor conocido, quien sabe.

Eleonor. El diario de una hereje

septiembre 3, 2009 under Relatos de catarismo

Hola. Me llamo Eleonor y empiezo a escribir en estas hojas para practicar el arte de la escritura, que me ha enseñado mi tío Benaset.

No se porqué he escrito hola al principio, supongo que será porqué pienso que algún día alguien, que no sea yo misma, lo va a leer.

Estoy nerviosa, no se por donde empezar.

A lo mejor por el principio.

Si, contaré quien soy, así, si de verdad alguien lo lee algún día, sabrá algo de mí.


Nací en la ciudad de Béziers, hace 16 años, y este año, dice mi tío, que es el año 1225 de nuestro señor.

Hablo de mi tío porque no tengo padre, él murió poco después de nacer yo y mi tío ha sido como mi padre.

Mi madre es panadera y, hasta hoy, vivíamos en la misma casa donde mi madre vende el pan. Digo hasta hoy, porqué yo ya no voy a vivir con ella, hoy es mi primera noche en la nueva casa.

Mi tío vive unas cuantas casas más arriba, con mi tía Jacqui, que es la hermana de mi madre y mis primos Peire y Francine.

Mis primos se llaman igual que mis padres. Él también se llamaba Peire, aunque como era franco le llamaban Pierre, y por eso pusieron ese nombre a mi primo. Mi madre también se llama Francine, pero a mi prima la llamo Francis, aunque a ella no le gusta y solo me lo permite a mí.


Hoy estoy muy contenta, ha venido el Obispo Gilabert y todos lo hemos celebrado, pero la más feliz he sido yo, porque me ha dado el Consolhament.

Ha sido muy emocionante, estábamos todos reunidos en la nueva casa de la Gleisa de Dieu y el Obispo nos ha dirigido un sermón.

Después, con los hermanos y hermanas mayores, hemos entrado en una gran habitación todos los postulantes, dos chicos y tres chicas.

La habitación estaba oscura, pues no tiene ventanas y los hermanos mayores han encendido las velas, mientras el Obispo preparaba el ritual.

Cuando las velas han iluminado la estancia he visto al obispo que estaba delante de una mesa poniendo un libro sobre algo de metal que parecía un plato y después le ponía una tela encima. Después hizo lo mismo con otros cuatro libros, eran los libros sagrados que nos iban a entregar a los postulantes.

En el suelo había pintado un enorme círculo. Raimonda una de las hermanas mayores me ha cogido de la mano y me ha hecho poner dentro del círculo, he sido la primera en empezar la ceremonia.

Raimonda es una gran amiga de mi madre y me ha estado enseñando las escrituras, junto con mi tío. Ella es, a partir de hoy, mi hermana mayor. Siempre tengo que acompañarla y solo ella me instruirá a partir de hoy.


Una vez dentro del círculo los hermanos y las hermanas mayores también han entrado, junto con el Obispo, haciendo un círculo alrededor mío. El obispo llevaba el libro tapado en la mano y se lo ha dado a Raimonda.

Entonces el Obispo me ha preguntado si quería hacer el Melhorament y yo le he dicho que si.

Antes de hacer el Melhorament he tenido que hacer el Servisi y para ello me he postrado de rodillas en el suelo, con la cabeza agachada, contando mis faltas.

Cuando he terminado el Obispo me ha hecho las amonestaciones. Ha sido algo especial, parecía que mi vida cobraba una nueva visión, era una sensación de relajación, como si acabase de descargar un saco de harina y quitarme el peso de encima.

Al terminar el Servisi y la amonestación, el Obispo, en nombre de Dios y de su Iglesia me ha concedido el perdón por mis faltas.

Después, mientras el Obispo y los hermanos mayores iniciaban el cántico de las Germanas de Dieu, he realizado las tres postraciones para mi Melhorament.


Uno de los momentos más emocionantes ha venido a continuación, cuando el Obispo ha iniciado la Tradició dei Llivre. Raimonda ha alargado los brazos con el libro en sus manos, yo he puesto mis manos encima de la tela, y el Obispo me ha preguntado si iba a seguir las enseñanzas del libro y compartirlas con el resto de los hombres y mujeres que Dios pusiese en mi camino. Entonces yo he tenido que responder la frase que Raimonda me había enseñado para ese momento – En el nombre de Dios y su Iglesia me comprometo a seguir fielmente las enseñanzas del Nuevo Testamento, a compartirlas con todos los hombres y mujeres que Dios ponga en mi camino y defenderlas hasta el fin de mis días aunque ello me cueste la vida. – Después de lo cual el Obispo y todos los demás han respondido – Que así sea.

Aunque el libro ya era mío, lo iba a conservar Raimonda hasta el fin de la ceremonia, pues no podía tocarlo con mis manos hasta recibir el Consolhament.

Después el Obispo me ha dirigido un sermón sobre la Trinidad y como la tenemos que ver en nuestra Iglesia y, a continuación ha iniciado la Tradició de l’Oració.

Con esta Tradición el Obispo me ha transmitido el Pater Nostre, la oración que Jesucristo nos dejó como legado a los hombres.


Ya solo quedaba el final, el Consolhament, la parte más emotiva de todas.

Estaba tan emocionada que casi me sentía fuera de mi cuerpo, como si mi cabeza estuviese flotando y mirando la ceremonia desde fuera del círculo.

El Obispo ha destapado el libro, lo ha cogido y lo ha puesto encima de mi cabeza, mientras yo seguía arrodillada.

Todos han puesto la mano derecha sobre el libro, el Obispo y los hermanos y hermanas mayores, y han empezado las recitaciones. Primero el Benedicte, después tres veces el Adoremus y, para terminar, siete Pater Noster. Antes de dar por terminado el Consolhament, el Obispo ha leído el principio del Evangelio de San Juan.

Al final, el Obispo me ha quitado el libro de la cabeza, me he puesto de pie y me ha entregado el libro, ahora ya podía tocarlo con las manos, ya me había consolado. Mientras sucedía todo esto, todos juntos cantábamos el Tots som de Dieu.

Después, como una hermana ya consolada, me he incorporado al círculo para dar paso al siguiente postulante. Uno tras otro, con todos ellos hemos repetido la ceremonia y cada uno de ellos, una vez consolado, se incorporaba al círculo. Solo Anhês se ha quedado sin participar en una ceremonia de Consolhament como hermana, al ser la última en ser consolada.


Después de apagar las velas hemos regresado a la sala principal, donde nos esperaban los familiares y amigos, con los otros seguidores de la Gleisa de Dieu, para celebrar nuestra incorporación a la orden.

Mi madre me ha dado entonces mi zurrón, con mi túnica de repuesto, y he puesto dentro, con mucho cuidado, el libro. Me sabía mal porqué ella se iba a quedar sola en casa, yo me quedaba a vivir en la casa de la Gleisa de Dieu, con Raimonda, las otras hermanas mayores y Anhês y Guiraudeta, las otras dos postulantes que también han recibido hoy el Consolhament. Los otros dos chicos que también lo han recibido se han trasladado a vivir a la otra casa, donde están los hermanos mayores.


Acaba de entrar Raimonda en mi celda, me ha dado las buenas noches y me ha avisado que la vela se está terminando, así que me voy a dormir, espero poder continuar mañana. También me ha dicho que me va a dar más hojas para que pueda seguir escribiendo, le ha gustado la idea de que escriba lo que me ha pasado durante el día.

 

Nueva categoría en Aula Magna: Especial Aula Magna

agosto 26, 2009 under Especial Aula Magna

Estrenamos nueva categoría dentro de la sección Aula Magna.

Se trata de la categoría que hemos llamado Especial Aula Magna:

Sabemos que te gusta leeer, por ello en esta categoría reseñaremos aquellas novedades bibliográficas sobre cualquier temática que aparezcan en el mercado bibliográfico.

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Quienes eran los trovadores

agosto 7, 2009 under Salón de los Trovadores

Imagen representando a unos trovadores

A menudo, hemos oído hablar de los Trovadores, pero ¿que sabemos de ellos en realidad?.

Los trovadores, se podrían definir como los poetas líricos en la “lengua de Oc”, antigua lengua románica que se hablaba en toda la mitad sur de lo que hoy se conoce como Francia, parte del norte de Italia y en algunas zonas del pirineo catalán. Actualmente se define esta zona como “Occitània”.

La época en que podríamos centrar su existencia fue entre los siglos XI y XIV, y sus poemas y sus canciones estaban dedicadas, principalmente al amor y a la mujer (Fin Amors).

Ellos, en un principio no eran cátaros, ya que no les importaba demasiado ni la política ni la religión, aunque algunos de ellos, a partir de la llamada “Cruzada Albigense”, tomaron partido por sus tierras y sus gentes, con lo cual muchos fueron acusados de serlo.

Algunas veces se produce cierta confusión sobre la diferencia que hay entre un trovador y un juglar, pues bien, aunque técnicamente el trovador era quien componía y el juglar quien interpretaba, casi siempre coincidía y era una sola persona, ya que el juglar componía y el trovador interpretaba.