Catarismo el sitio se renueva

diciembre 23, 2012 under Novedades

Catarismo, el sitio

Regresamos después de unos días de desconexión debida a que un simpático hacker me llenó el servidor de basura, aprovechando la antigüedad del sitio.

Como podréis comprobar, el sitio ha sido totalmente remodelado, cambiando de CMS, pues ha pasado de estar hecho en Joomla al diseño de wordpress. Seguramente, en las próximas semanas modificaremos también el tema pero, de momento, para volverlo a activar, he buscado uno sencillito y amigable.

Espero que sigáis disfrutando de los contenidos de este sitio, tanto los que ya hay, como de los nuevos que se vayan incorporando. Aprovecho para dar las gracias a una magnífica colaboradora, Gloria Corrons, por su paciencia durante estos días y por sus ánimos. No os perdáis sus Relatos de Historia, que nos llevan a realizar un magnífico recorrido a lo largo de la historia de la humanidad, en clave de pequeños relatos, desde la prehistoria hasta la actualidad, creo que quedan ya muy pocos relatos para que finalicen sus entregas.

Os recuerdo que también podéis visitar Catarismo, el blog, donde encontraréis noticias de actualidad sobre el catarismo, la edad media y la historia en general, así como algunos artículos de colaboradores.

Gracias a tod@s, los fieles visitantes de Catarismo, el sitio, así como a los nuevos visitantes, y no olvidéis suscribiros si queréis estar al tanto de todas las nuevas publicaciones que vayamos incorporando.

Paolo, la humildad

febrero 4, 2011 under Relatos de Historia

 

La gente le seguía y como predicaba con el ejemplo de sus virtudes, contrastando con el orgullo y la pompa de la sociedad de la época, estaba devolviendo al pueblo parte de la fe que había perdido por causa de la corrupción de la Iglesia, cuyos obispos habían adquirido grandes riquezas.

Así había nacido aquel nuevo vivo espíritu religioso y Francisco de Asís, que también se hacía llamar Caballero de Cristo y de Dama Pobreza, era su mejor representante.

Paolo, siempre sintió curiosidad por conocer a un hombre así. No sabía sí se trataba de un loco o de un santo, pues renunciar a las comodidades de la vida material podía resultar muy poético, pero a la vez también muy difícil; sólo una personalidad extraordinaria podía conseguirlo y ahora se le presentaba la ocasión de averiguar por sí mismo como era realmente aquel curioso monje que intentaba transformar a la sociedad mezclándose con sus miembros y dando a conocer la verdadera moral cristiana.

Decían que la doctrina que predicaba era tan bella y conmovedora como el canto de un pájaro y que todos los animales de la Tierra eran sus amigos e incluso que hablaba con ellos y estos parecían entenderle. Sí, iría a escucharle e intentaría hablar con él. Necesitaba comprender el porqué de aquella insólita conducta basada en la más estricta pobreza, caridad y amor a todos los hombres. Paolo, pertenecía a una nueva clase social, la burguesía, que había tomado su nombre de los burgos o arrabales de las ciudades donde vivían, y todo aquello le parecía muy bonito para ser contado por los trovadores en las aburridas reuniones de un castillo, pero muy difícil de realizar.

Después de las Cruzadas, el comercio y la industria había renacido en Europa, las ciudades se habían hecho poderosas y los reyes habían dado autorización para que se gobernasen a sí mismos mediante consejos municipales.

Paolo, había trabajado mucho para conseguir el bienestar económico del que disfrutaba. Poseía un taller de joyería muy conocido y sus hábiles operarios daban forma color y textura a las pequeñas piezas de oro y plata, y a las gemas preciosas. Importantes patricios que gobernaban la ciudad se contaban entre sus mejores clientes, vivía en una cómoda casa, y su mujer disponía de trajes confeccionados con exquisitas telas y sus hijos disfrutaban también de una esmerada educación.

Había alcanzado todas las metas que se había propuesto en la plenitud de su vida, debía pues considerarse un hombre feliz. Sin embargo, en su interior experimentaba una extraña desazón, y a veces, se sentía terriblemente inquieto; era la sensación de no saber si todo lo que en la vida le había costado tanto esfuerzo conseguir era verdaderamente importante para él.

Había tenido que trabajar tanto para obtenerlo, que casi no le había quedado tiempo para disfrutarlo. Estuvo siempre tan ocupado intentado que los suyos tuvieran toda clase de bienestar que no había podido ni ver crecer a sus hijos. Y en cuanto a su fiel esposa Giovana, dominado por la fiebre del poder y del dinero, apenas sí le había dedicado un poco de su tiempo.

Sentía curiosidad por conocer a aquel ser diferente que predicaba hallar la felicidad en la pobreza, debía ser un Santón charlatán, porque nadie puede encontrar la paz cuando no se dispone de lo necesario para vivir holgadamente, pensaba.

Paolo, se apartó de la ventana. Había tomado la decisión de no perderse aquella oportunidad de ver a Francisco de Asís, pero no se lo diría a nadie, ni siquiera a su mujer. Iría solo, aquella necesidad de conocerle pertenecía a su alma y no podía compartirla ni siquiera con los que amaba.

Aquella misma tarde salió del taller un poco antes para dirigirse a la Plaza mayor, donde sabía que el fraile iba a predicar y sin comentarlo con nadie encaminó allí sus pasos. El sol lucía en lo alto del Cielo de la ciudad de Pádua, cuando Francisco con sus hermanos frailes minoritas, como se hacían llamar para mejor testimonio de humildad, se dirigieron también a la Plaza Mayor.

El número de seguidores del fraile había aumentado tanto que por donde pasaban dejaban en el lugar un buen número de adeptos que, como ellos, se dedicaban al culto del Señor y practicaban el ejemplo de la virtud. Pero Francisco nunca se quedaba en ningún lugar, continuaba con su vida de prédica de un sitio a otro, dejando a su paso un rastro de amor para todos los seres, hombres y animales, como un segundo Jesucristo.

Paolo, tropezó con él cuando iba a cruzar la calle. Francisco caminaba mirando a la gente y les sonreía con los ojos. La luz que despedían se reflejaba en los de todos los que a su paso le aclamaban, y aquella mirada le estremeció. Entonces comprendió que sí había algo importante para él en la vida estaba a punto de descubrirlo.

Cuando Francisco se detuvo en el centro de la plaza se hizo un silencio absoluto. Paolo, había intentado colocarse lo más cerca posible de él, pero solo consiguió un lugar donde apenas podía verle.

Mientras miraba al gentío reunido en la plaza, pensó con escepticismo que aquella sociedad podía mezclar las cosas más groseras con la más sincera piedad. Era grande el amor de Dios, pero no menor que el temor al diablo. La religiosidad era sincera, pero la ignorancia hacía que ésta derivase en supersticiones y las mismas personas que esperaban impacientemente escuchar las palabras de Francisco eran también las mismas que presenciaban con jolgorio y brutalidad el ritual de mutilación y ceguera en la famosa fiesta de los locos.

Una voz juvenil clara y alegre interrumpió sus pensamientos:

- Hermanos, la vida es algo que empuja hacia arriba porque es arriba y no abajo donde esta la realidad mas sólida, y esta roca donde apoyamos los pies es el Cielo. Alabemos al Señor, su creador con todas su criaturas. A nuestro hermano sol, que nos trae el día y la luz. A nuestro hermano el viento, que nos trae calmas y tempestades con las que nos sustenta. A nuestra hermana agua, tan útil y humilde, tan preciosa y limpia. A nuestro hermano el fuego, que ilumina la oscuridad, poderoso y fuerte, y a nuestra madre la tierra, que nos guarda y también nos da frutos y flores de muchos colores. Todo sea alabanza y gloria a Ti excelso y omnipotente Señor.

Aquellas palabras sencillas le cautivaron desde el principio. Se quedó escuchando toda la prédica con gran atención y cuando el fraile hubo terminado de hablar, Paolo, tomó una decisión firme e irrevocable: lo dejaría todo, absolutamente todo, y se marcharía tras los pasos de aquel hombre extraño, hasta averiguar el secreto de aquella felicidad que irradiaba de aquel personaje que no poseía absolutamente nada a parte de sí mismo.

En realidad, no era una decisión tomada sin reflexión. Hacía ya tiempo que aquella idea estaba dando vueltas en su cabeza, porque se daba cuenta que cuando más cosas acumulaba menos poseía en realidad. Era una decisión tomada tras un infierno de dudas, vacilaciones y preguntas sin respuestas que le habían atormentado durante los últimos años, pero fue aquel día, un día aparentemente como tantos otros, cuando de repente halló la salida al tortuoso laberinto, del cual le pareció que no iba a salir jamás. Cuando Francisco abandonó la ciudad para seguir recorriendo Italia, entre los nuevos seguidores estaba Paolo.

 

Durante los últimos cinco meses, la comunidad atendió leprosos y construyó iglesias con sus propias manos, siempre subsistiendo milagrosamente gracias a la caridad de los fieles, siempre predicando el arrepentimiento, la pureza y la perfección moral, la caridad sin límites y la hermandad entre todos lo pueblos de la tierra. Su única regla era la que Cristo dio a los Apóstoles: Id y predicad; curad a los enfermos; limpiar a los leprosos; dad con creces lo que con creces habéis recibido.

Paolo y la comunidad hacían vida de ermitaños, vivían en chozas cerca de la leprosería y para su sustento dependían de lo que pudieran ganar como jornaleros en granjas y viñedos.

A su lado, Paolo, aprendió a observar con atención pequeños detalles que antes le pasaban desapercibidos: el paso de un insecto, el vuelo de los pájaros, los cambiantes colores de las hojas de los árboles, el murmullo de la hierba agitada por el viento. Aquellas cosas que antes no existían para él, ahora le fascinaban, porque las captaba como si nunca las hubiera visto antes y en efecto era así, o a lo menos no las había percibido como realmente eran, sino deformadas a través de sus propias preocupaciones, ambiciones y deseos. Ahora veía el cielo y escuchaba cantar a los pájaros, respiraba el aire de la libertad que da no poseer nada más que la propia vida y vivía el presente a cada instante.

Cuando finalizaban el trabajo, los monjes daban largos paseos por el campo, no solían llevar los ojos fijos en un breviario, sino que a menudo, alzaban la vista del suelo y cantaban. Sus conversaciones discurrían casi siempre sobre las flores del camino o el canto de las alondras, pero Paolo no hablaba apenas con nadie sino era con Francisco. Con frecuencia, éste sentía la necesidad de refugiarse en el seno de la naturaleza y buscaba un bosque apartado o se sentaba solo en una colina, a la orilla de un río, rodeado de toda clase de animales que sin temor alguno buscaban su compañía. Entonces, Paolo, se acercaba y él le explicaba todos sus pensamientos, porque Francisco siempre encontraba un momento para escucharle, él le entendía y a su lado todo era fácil y sencillo.

Paolo, había estado siempre demasiado ocupado  viviendo la vida que la sociedad de su época había planeado para él, pero se daba cuenta de que la vida que deseaba no tenía nada que ver con todo ello. Poseer y atesorar cosas nunca le dio la satisfacción que sentía ahora dando un simple paseo por el campo, adormeciéndose al sol que calentaba la tierra y sintiendo la caricia del viento en la cara, todo aquello podía parecer insignificante, pero no lo era, porque le hacía sentir feliz y por lo que tanto había luchado nunca lo había podido conseguir.

Entre otras cosas, aprendió que intentar retener a la felicidad es como intentar atrapar una voluta de humo que siempre se escapa. Allí, viviendo con la comunidad, un día era aparentemente igual a otro, pero el pasado y el futuro se unían en un largo día distinto a todos. Aprendió a vivir en el ahora.

Una mañana, Paolo, se levantó antes que el sol y se dio cuenta de que debía regresar. Se dirigió como de costumbre en busca de Francisco, pero cuando lo halló no tuvo necesidad de decirle nada, porque como sí hubiera leído sus pensamientos, éste le dijo simplemente: – Ve en paz y que Dios te guíe.

Paolo emprendió el regreso. Mientras caminaba de vuelta a su hogar pensó que ya no tendría que volver a dejar a los suyos nunca más. Había encontrado lo que fue a buscar. La paz estaba en su interior.

 

Ricardo Corazón de Leon

enero 10, 2011 under Relatos de Historia

 

Sus ideas no se adaptaban en absoluto a las de sus contemporáneos de su mismo rango y decidió solucionarlo como pudo, o sea viviendo como le gustaba, aunque no le correspondiese hacerlo así. Se hallaba en su elemento cuando corría aventuras y como las aventuras de un rey en su propio país son siempre demasiado peligrosas y fáciles, Ricardo había decidido organizar una Cruzada a Oriente al lado de Felipe Augusto de Francia y Federico I de Alemania.

Sin embargo y para proporcionarse el dinero necesario para semejante empresa, cometió en nombre de Dios enormes injusticias, expulsó a los antiguos ministros de la corte de su padre y renovó antiguos impuestos. Aunque lo peor de su gobierno fue que no darse cuenta de que tras él no quedaba en Inglaterra nadie capaz de sustituirle en su largas ausencias, circunstancia de la que su propio hermano Juan, envidioso del aire de leyenda que envolvía a Ricardo, no tardaría en aprovecharse. Hubiera sido un excelente príncipe de Gales porque había nacido para ser un perfecto irresponsable, un hijo de familia, un príncipe encantado, pero era un mal rey para Inglaterra por la poca importancia que le daba a ser rey.

Los dos monarcas Ricardo de Inglaterra y Felipe II de Francia se reunieron en Vezalay para oír juntos misa en la basílica de Santa Magdalena y partir a continuación para Marsella. Allí, ambos tomarían rumbo hacia las tierras de Oriente para reunirse en Sicilia con Federico I de Alemania.

Aunque muy distintos entre sí, los dos eran muy jóvenes y se habían hecho cruzados más por amor a la gloria que por devoción. Ricardo estaba lleno de espíritu de caballería, pero era poco hábil en el arte de la guerra, más pródigo que generoso, soberbio a la par que  obstinado e inconstante,  necesitaba imponer su voluntad en todas partes. Por el contrario Felipe era frío, calculador e intrigante.

Se habían tomado serias medidas para reprimir los excesos de la muchedumbre que los seguía. Cada injuria inferida fuese la que fuese estaba tasada en una onza de plata. A los ladrones se les rapaba la cabeza y después de verter sobre ella agua hirviendo, se la cubría de plumas que quedaban adheridas a la misma dándoles un aspecto ridículo delatando su condición y provocaba la mofa de todos. Si alguien se atrevía utiliza la espada y hería a otro en disputa perdía la mano como castigo.

En cuanto al crimen, el asesino era atado al cadáver de su víctima y arrojado al agua sin compasión. También se prohibió tajantemente que las mujeres siguieran a sus maridos o a sus amantes y los hombres no podían entregarse a los juegos de azar a excepción de las reyes, los caballeros y los clérigos que gozaban de plena libertad.

Los caballeros de ambos bandos vestían cotas de malla pintadas en colores  rojo, verde, azul o negro. Encima de ellas se colocaba la cota de armas al fin de resguardarlas del sol y de la lluvia, las cuales llegaban hasta las rodillas e incluso algunas llevaban mangas. El yelmo, cilíndrico, representaba la mayor protección y estaba adornado con piedras preciosas y flotantes flecos, rematándolo con un cuadro de terciopelo, cuando no les era posible hacerlo con una corona.

Todos blandían lanzas al nivel de la cadera de unos tres metros de longitud cuya punta de hierro tenía la forma de una hoja de sauce, pero  el caballero disponía de una segunda espada colgada de la parte delantera de su silla.

En medio de toda aquella algarabía que representaba la partida a lejanas tierras, el verdadero espíritu de la cristiandad se perdía entre el espíritu de aventura de algunos, la ambición de muchos y la desesperación de unos pocos…

Los tres reyes llevaban casi dos años de sitio, ocho batallas y más de noventa encuentros sin haber podido reconquistar la ciudad de Jerusalén, ganada por el sultán de Egipto, Saladino, en 1187 y ya había perecido allí suficiente ejército como para haber sometido a toda Asia.

Sus hombres estaban cansados y Ricardo se había visto obligado a pactar un armisticio con el Sultán para recuperar la moral de los soldados. La contienda se convirtió entonces en un combate entre los mismos reyes que casi nunca estaban de acuerdo en nada y los cruzados olvidaron a veces la causa común que los unía para guerrear entre sí, ayudando a uno u otro. Así que mientras los unos subían al asalto, los otros permanecían como simples espectadores.

Cuando aún no se habían repuesto del estupor que les había causado el hallar ahogado en un río a Federico de Alemania, la mala insalubridad de la atmósfera hizo caer enfermos de paludismo a los dos monarcas restantes, que tuvieron que detener forzosamente las luchas entre ellos y contra los musulmanes.

El propio Saladino, que defendía la plaza contra los ejércitos cristianos, demostró ser tan caballero que los propios caballeros cruzados, dándoles una magnánima tregua de cortesía y enviándoles gentilmente médicos y refrescos para aliviar sus horas de larga enfermedad.

Ricardo se repuso pronto, pero Felipe quedó muy debilitado y parecía una sombra de si mismo, había perdido el pelo y adelgazado mucho. La Cruzada había dejado de una atrayente aventura para él y sin inmutarse de los sarcasmos de sus soldados y caballeros, se decidió apostar por su vida en lugar de la gloria y dejar la expedición en manos del rey inglés.

Era un caluroso día del mes de Julio del año 1191, cuando Ricardo vio partir a las naves del rey de Francia. La mayoría de sus hombres quedaron en tierra para alinearse a las ordenes del Ricardo Plantagenet, que después de la vergonzosa deserción del rey francés, quedó solo ante la gran empresa y rodeado de un deslumbrante halo de heroicidad.

Mientras veía empequeñecerse lentamente las naves, pensó que en el fondo envidiaba a Felipe, la gloria futura sería para Ricardo, pero la felicidad presente navegaba junto a la figura del rey francés en la cubierta el barco que le llevaba de vuelta a su hogar.

Enjugó el sudor de su frente que hacía brillar su blanca piel, delicada y suave como la de un niño. Su constitución anglosajona hacía que el calor húmedo de aquellas latitudes se le hiciera verdaderamente insoportable.

Sin apartar la vista del mar, sus pensamientos comenzaron a ir mucho más aprisa que las embarcaciones que se alejaban y llegaron hasta la mismas costas de Inglaterra. Ante él apareció nítidamente una imagen de mujer con el cabello en llamas, partido por una raya encima de la frente despejada y cayendo en dos mitades sobre los hombros como una cascada de fuego. No recordaba su nombre, ni su rostro, pero si recordaba la pasión ardiente de sus caricias entre las sabanas tibias del lecho. De hecho todas sus amantes tenían la misma cara, solo variaban sus nombres, sus edades y el color de sus cabellos, pero para él todas eran iguales, había pensado en aquella como hubiese podido pensar en  cualquier otra, quizás había sido la última:

Aquello le asustó…¿cuando había sido la última vez que había estado con una mujer?…Se sobresaltó alarmado y olvidó de inmediato la retirada del rey francés, los barcos que se alejaban, el calor y toda la campaña corta los musulmanes, era como si su cuerpo se hubiese despertado de repente después de una gran pesadilla, en la que solo habían sido los protagonistas la guerra y el sufrimiento. Tenía que encontrar una mujer, fuese como fuese… necesitaba el contacto de una piel femenina, el calor de una pasión aunque fuese efímera y comprada… y dando media vuelta abandonó aquel lugar dirigiéndose a su tienda con pasos rápidos y decididos.

Saladino vestía sencillamente, no bebía más que agua y oraba con exactitud a las horas señaladas. Casto para Musulmán, sabía dominar sus pasiones hasta el punto que le convenía para avasallar a los demás. Aunque su lectura favorita era el Corán, que leía hasta a caballo mientras guiaba sus tropas al ataque, era un hombre culto que conocía la lengua de los ingleses.

Después de haber leído el mensaje que le trajo uno de sus escuderos, sonrió satisfecho mirando el papel entre sus manos. Aquella carta le daba una magnifica ocasión de dar una lección al orgulloso Ricardo. Había tratado de descubrir inútilmente cual podía ser el punto débil de su especial enemigo y ahora sin ningún esfuerzo la solución había llegado milagrosamente escrita por él mismo.

Se dio cuenta de que el ingles había contraído una nueva enfermedad, la lascivia y dijo en voz alta: Le ayudaré a curarse, de la misma manera que lo hice cuando contrajo el paludismo.- añadiendo después en un susurro para que el escudero no pudiera oírle.- Pero esta vez el remedio acabará con él…

Se suspendieron todas las escaramuzas durante unos días para celebrar torneos festivos en honor a la heroicidad de Ricardo, a los cuales fueron invitados los mahometanos con todas las cortesías caballerescas propias de estos actos y se ostentó una relajación suntuosa, donde trescientas mujeres llegaron de Chipre para hacer alarde y tráfico de sus encantos.

Entre ellas una, la más exquisita, fue escogida especialmente por Saladino para ser destinada a Ricardo. Este, satisfecho, no quiso verla antes de tiempo, confiaba en el buen gusto de su rival y anfitrión y esperó pacientemente a que acabase la fiesta, para conocerla. Cuando llegó la noche y se retiró a su lujosa tienda  encontró a la mujer esperándole…

La cruzada continuó de nuevo a partir de aquel día, las flechas de los musulmanes se clavaban en los escudos de cuero de los soldados cristianos, dándoles un grotesco aspecto de puerco-espín. Ya no era una devoción ciega lo que impulsaba a cometer tales empresas, sino los sentimientos de la caballería, sucediendo que al día siguiente de una encarnizada batalla, se veían sentados en la misma mesa al Ingles y al Curdo y se prodigaba al prisionero tantos miramientos como golpes había recibido al caer del caballo.

A pesar de que los musulmanes defendían la ciudad de Tolemaida como el león defiende su guarida de otro león extranjero, ésta capituló al fin y Ricardo pidió a Saladino. como vencedor, restituir el madero de la Cruz y 600.000 prisioneros, a parte de 200 monedas de oro.  Accedió el sultán, pero Ricardo no se sintió todavía satisfecho y pidió también algo más, a la hermosa mujer que cada noche compartía su lecho. Insólitamente esto le fue negado y como el rey ingles insistió, siguió recibiendo negativa tras negativa.

Un anochecer noche la bella chipriota dejó de acudir a la cita, Ricardo la aguardó en vano noche tras noche y cuando comprendió que ya nunca volvería verla, quiso vengarse de Saladino y en su desesperación hizo degollar a 2.000 musulmanes desarmados.

Ninguno de sus hombres comprendió aquella actitud  tan inesperada y cruel. Parecía como si el odio y la ambición se hubiesen apoderado de él desde la noche que durmió por vez primera con la desconocida, aquella mujer que le aguardaba en la intimidad de su tienda y que había seguido aguardándole  durante toda la campaña.

Era la primera vez en la vida del joven rey Ricardo que una amante no era desbancada rápidamente por otra y sus allegados se preguntaban que clase de mujer sería la que había ejercido semejante fascinación sobre él rey, pero nadie la había visto nunca porque cada mañana abandonaba los aposentos reales completamente oculta por un velo que la cubría hasta los pies. Solo Saladino parecía conocer el secreto y a medida que iba viendo como el ingles, a pesar de las asombrosas proezas en el campo de batalla, perdía  la estimación y el amor de los Cruzados, se sentía más y más satisfecho.

Ricardo se dio cuenta al fin de que aquella mujer era precisamente la venganza cruel del musulmán. El rey de Inglaterra admirado y victorioso, temido por tantos hombres y deseado por tantas mujeres debía renunciar por primera vez en su vida a la única de la que se había enamorado

En Inglaterra había estallado la rebelión a causa de su hermano que intentaba arrebatarle el trono y esto fue decisivo para determinar la partida. Ya en la nave que debía trasladarle a Europa, el rey miró por última vez a Palestina y se cubrió los ojos con la cota de mallas exclamando:

Señor Dios, no vea yo tu tierra Santa, pues no me es dado liberar de los infieles a la ciudad de Jerusalén… añadiendo por lo bajo, como una vez hiciera también Saladino ante su escudero: Ni merezca yo vivir porque no me es dado liberar tampoco a la mujer que amo.

Como si la suerte le hubiese girado definitivamente la espalda, la nave que le trasladaba de vuelta a su país naufragó en el mar Adriático y el rey fue capturado y hecho prisionero, perdiendo a la vez su amor, su fortuna y su libertad.

Tras pagar un enorme rescate que acabó de arruinar a sus súbditos, Ricardo consiguió finalmente regresar a Inglaterra y como si Dios hubiera escuchado la plegaria, no tardó en morir de una herida de flecha que el mismo se arrancó del pecho, negándose después a ser curado.

Aquella humilde flecha procedente de una mano desconocida, logró lo que no habían conseguido los ejércitos de Saladino. Pero Ricardo sabía que, indirectamente, había sido el musulmán quien había disparado contra su corazón, hiriéndole de muerte al obligarle a dejar a la única mujer que había amado y cuyo nombre permaneció oculto para siempre .

 

Godofredo, la locura

junio 22, 2010 under Relatos de Historia

 

Los propietarios indígenas debían albergar en cada finca a una familia goda, que pasaba a beneficiarse de los frutos de los dos tercios de los campos de labor, y esto, sobre todo en un tiempo de decadencia económica, provocaba grandes recelos por parte de los vencidos. Además y como casi todos los pueblos de raza germánica, ellos eran seguidores de las doctrinas de Arrio, mientras que el resto de la población era católica, lo que aumentaba la intransigencia y la separación, pero tampoco el pueblo visigodo pretendía modificar los hábitos de los indígenas del país, que conservaron sus costumbres.

Aunque al invadir Hipania se habían encontrado con una civilización decadente, los invasores eran conscientes de que la cultura hispana era muy superior a la suya, por esta razón y aunque fomentando un dualismo de religión y de raza, iban trasformando poco a poco sus usos y modo de vida asemejándola a la de ellos y sus hijos nacidos orillas del Mediterráneo se habían habituado pronto al lujo y a una vida más alegre, pero Godofredo seguía recordando con nostalgia las tierras del Norte, especialmente desde que había muerto su esposa Segismunda, hacía solamente dos meses.

Solía visitar con frecuencia el cementerio donde estaba enterrada y aunque iba solo, siempre estaba acompañado de sus recuerdos. Caminaba taciturno entre las sepulturas que se alineaban en las calles, algunas excavadas simplemente en tierra y otras revestidas de obra de albañilería, para detenerse delante de la gran losa de piedra que cubría la tumba de su esposa donde permanecía largo rato perdiendo la noción del tiempo.

Recordaba que habían colocado su robusto cuerpo dentro de un ataúd de madera, en decúbito y mirando al sol naciente, como era la costumbre entre los pueblos godos, él mismo había cruzado sus brazos sobre el amplio pecho que había amamantado a sus seis hijos y lo había cubierto de joyas, que simbolizaban todo el amor que sentía hacia ella en conmovedora ofrenda. Las mismas alhajas con las que su familia había atravesado el Danubio.

El trato continuado con los romanos había hecho de los visigodos, uno de los pueblos germánicos más civilizados, Godofredo era un noble culto, con innatas dotes de mando, era también justo y recto en sus costumbres, por cuyas cualidades era muy querido por los suyos, por eso su inmensa tristeza preocupaba a sus hijos que intentaban distraerle y hacerle olvidar el recuerdo de su perdida esposa, pero Godofredo no quería olvidarla y se refugiaba en el solitario cementerio para estar a solas con sus propios pensamientos.

Recordaba a Segismunda antes de su penosa enfermedad que había minado su salud poco a poco, cuando aún tenía las mejillas carnosas y sonrosadas. Le gustaba abrazar el robusto cuerpo de matrona germana, envuelto en una amplia túnica talar que solía cubrir con una larga estola de lino blanco sobre la cabeza y espalda y que extendida desde el lado derecho del hombro al lado izquierdo dejando al descubierto sus grandes y exuberantes pechos. Entre ellos él había recostado muchas veces su cabeza, no ya en busca de la pasión de la amante, sino de la ternura de la madre desaparecida hacía tiempo. Y ahora sin el calor del pecho de su amada, se sentía como un niño perdido.

Su pueblo había dejado de ser nómada al aposentarse en las riberas mediterráneas, pero él sentía deseos de volver a su país de nacimiento y revivir entre los brumosos parajes del norte de Europa los días de su juventud, cuando conoció a Segismunda. Aunque sabía que ella ya no estaría allí para esperarle y nada sería como antes. Su esposa había partido a ese extraño país de donde dicen nunca se regresa, pero entonces…¿por qué la sentía siempre tan cerca de él y su presencia llenaba todos sus pensamientos? Sin ella la vida no merecía la penas ser vivida y su amargura era cada día mayor, a pesar de los esfuerzos de sus hijos y de sus amigos.

 

El invierno estaba próximo y comenzaba a hacer frío, un manto de pieles cubría su corta túnica ceñida al talle por un cinturón rematado por una recia hebilla de oro macizo, que servía, también, para sujetar los largos calzones que protegían sus piernas. Su larga cabellera color de trigo se confundía con su también larga y espesa barba. Aunque ya no era joven, Godofredo conservaba la esbeltez y la fortaleza física de sus años jóvenes y puesto que los matrimonios entre individuos de distinta religión estaban prohibidos por las leyes de la Iglesia, más de una hispano romana al verle, había deseado pertenecer al pueblo invasor para poder desposarle y consolarle en su dolor.

Pero Godofredo no pensaba en mujer alguna que no fuese la que había perdido, y así, sumido en profunda tristeza pasaron los días uno tras otro y estos pronto se convirtieron en meses y después en años.

El noble visigodo envejeció rápidamente en aquella soledad auto impuesta, a la que nadie, excepto sus recuerdos tenía acceso, y poco a poco dejó de interesarse por las cosas materiales. Sus hijos fueron casándose y él repartió entre todos las viñas, las huertas, los olivares, los campos de cereales, y todos los demás bienes acumulados de la explotación de las tierras a los hispanos. Después se hizo construir una pequeña casita cerca del cementerio y delante de la tumba de su esposa pasaba la mayor parte del día.

Al principio sus hijos iban a visitarle a menudo e intentaban devolverlo a la realidad, pero poco a poco se dieron cuenta de que su padre hacía ya mucho tiempo que no deseaba vivir en el mundo real y espaciaron sus visitas en vista de la inutilidad de sus esfuerzos. Godofredo llegó a obsesionarse de tal forma con el recuerdo de su esposa muerta, que comenzó a hablar imaginariamente con ella a todas horas como si aún estuviese viva, hasta que todo el mundo acabó por creerle loco y sus hijos dejaron de visitarle definitivamente.

Una noche el cielo se llenó de resplandores de tormenta. Godofredo se despertó con el estruendo de los truenos y en su demencia, le pareció que era su amada Segismunda que lo llamaba con su voz recia y sonora. Se levantó con rapidez y olvidándose incluso de protegerse de la lluvia que caía a torrentes salió de su casa.

Con pasos vacilantes atravesó la escasa distancia que lo separaba del cementerio y se dirigió ansiosamente al lugar de la tumba de su amada, en aquel instante otro trueno más cercano pareció estremecer la tierra hasta sus más profundos cimientos y a su mente enferma le pareció escuchar la siguiente suplica dirigida a él, en la voz de Segimunda:

.- Godofredo, esposo mío, estoy encerrada en esta lúgubre fosa desde hace tanto tiempo… deseo volver a ver la luz del sol y el resplandor de la luna y de las estrellas… deseo embriagarme de nuevo con las esencias de las flores y escuchar el canto de los pájaros en el bosque, pero sobre todo, lo que más deseo, es volverme a mirar en tus azules ojos, tan iguales a los ojos de todos mis hijos que tanto añoro… Godofredo, por piedad, aparta esta pesada losa que me impide salir de aquí y libérame de este encierro que sufro desde hace años…

Los relámpagos seguían iluminando el horizonte y Godofredo confundió los truenos, que cada vez se escuchaban con más frecuencia, con los intermitentes sollozos de su esposa. Sin pensarlo ni un minuto y preso de una enfermiza desesperación, intentó apartar la piedra que cubría la sepultura. Pero aunque era un hombre fuerte, nunca hubiera podido lograrlo si la misma ansiedad no hubiese prestado una inusitada fuerza a sus brazos.

Tardó bastante rato en conseguir su propósito, el sudor del esfuerzo se mezcló con la lluvia y resbaló por su rostro surcado de arrugas que la amargura había ido marcado durante tantos años de sufrimiento.

Al fin la piedra cedió y Godofredo vio de nuevo frente a sí el ataúd que encerraba el cuerpo de su esposa. Los truenos parecían haber enmudecido de repente y en medio de aquella calma inesperada se dio cuenta con terror que la caja estaba abierta. Entonces vio sus manos, intactas, blancas como el mármol, que se agarraban aún crispadas sobre la tapa carcomida y descubrió de repente el porque de su incapacidad de resignarse ante la evidencia de la muerte. Aquel espíritu atormentado lo había perseguido día y noche trasmitiéndole toda su angustia y toda su desesperación, porque…

y entonces lo comprendió con horror…!Segismunda había sido enterrada viva!…

Y aquel descubrimiento que podía haber enloquecido a un cuerdo, hizo que su mente recuperarse la lucidez perdida.

 

Salón de los trovadores

agosto 7, 2009 under Salón de los Trovadores

Guilhem d'AquitaniaEste rincón quiere ser un humilde homenaje a los personajes más románticos que compartieron su vida y su destino con los protagonistas del Catarismo: Los Trovadores.
A medida que vayamos teniendo nueva información, la iremos incorporando. La dividiremos en cuatro grupos diferenciados, empezando por un trabajo de recopilación general sobre los trovadores.
El segundo grupo de información estará relacionado con la biografía y la información que sobre cada uno de ellos vayamos obteniendo.
El tercer grupo estará dedicado a recopilar las letras de sus obras, añadiendo, cuando ello sea posible, la traducción de las mismas.
El cuarto recopilatoria de información estará dedicado a la obtención de música que podamos encontrar, siempre y cuando esté libre de derechos de autor y esas cosas, o consigamos permiso de su intérprete para colocarla en este sitio.
De esta forma, los grupos quedarían determinados así:

  • Información general sobre los trovadores.
  • Información concreta sobre los trovadores conocidos
  • Trovas y canciones de trovadores (letras)
  • Trovas y canciones de trovadores (música)

Bienvenid@ a Catarismo, el sitio

agosto 4, 2009 under Uncategorized

Este es el resultado de la enésima renovación del sitio de Catarismo.
Como siempre, intentaremos poner y llevar al día la información sobre el Catarismo, su entorno, sus circunstancias, los sucesos, la bibliografía y, en definitiva, todo lo que tenga relación con la edad media europea, que tanto tuvo que ver con la configuración actual de Europa.
No hay límites en cuanto al tipo de contenidos, siempre y cuando tengan alguna relación con esta época, que abarca, aproximadamente, desde el año 1000 al 1400. Aún así, puede haber contenidos referidos a fechas anteriores si tienen alguna influencia en los acontecimientos o en el desarrollo posterior de los mismos, así como también puede contener información correspondiente a épocas posteriores, si están relacionados con la temática.

Tendremos secciones para todos los gustos, pero además contamos con el blog, la bitácora, de Catarismo, que hace un año se puso en marcha y está teniendo un notable éxito.

Cualquier usuario o visitante puede aportar contenido a este sitio, siempre y cuando cumpla las condiciones y requisitos ya comentados.

De momento, y hasta que no esté más completo y configurado, para incluir contenidos o realizar comentarios, se pueden hacer enviándolos por correo electrónico a josep@jolith.com

Sin embargo, cualquier propuesta de colaboración siempre será bienvenida, sobre todo teniendo en cuenta que un sitio como este requeriría de muchos colaboradores para poder estar un poco completo y al día y esto es muy difícil de conseguir, por no decir imposible, pues al ser puro hobby la gente suele ser reacia a este tipo de colaboraciones.

Entra y disfruta, averigua, aprende, difunde, pero, sobre todo, no dejes de volver a menudo, los contenidos se irán actualizando con mucha frecuencia.