Rosa, la mujer

septiembre 23, 2012 under Relatos de Historia

Desde que se casó nunca había tenido pensamientos propios que no fueran mas allá del cuidado de los hijos, de la limpieza de la casa y un sin fin de labores cotidianas relacionadas con ellos.

Se levantaba muy temprano para estar al lado de los suyos desde las primeras horas de la mañana y se acostaba la última, esperando que no quedase ni un solo problema por resolver. Después se sentía tan cansada que no disponía ni un momento para pensar en si misma, ni en nada. Y aunque ahora sus hijos ya habían crecido y no la necesitaban como antes, ella seguía actuando de igual forma y ellos exigiéndola. Quizás ésta era una de las razones por la que aquella mujer no tenía pensamientos propios ni ajenos, ni de ninguna clase. No tenía tiempo de pensar. pero alguna vez había intuido que existía algo más allá de su pequeña jaula, una sensación de culpabilidad la sacudía con tal fuerza que le parecía estar haciendo algo malo… La casa: su santuario, su refugio, su palacio, su cárcel, su premio, su castigo, su vida… ¿La suya?.

Si aquella mujer hubiera tenido tiempo de pensar quizás se hubiese preguntado si realmente era suya la vida que estaba viviendo o la que otros – sus padres, su marido o sus propios hijos y la sociedad en pleno – habían querido que viviese. Su esposo había impedido siempre que Rosa trabajase fuera del hogar, así se reconocía públicamente que su sueldo bastaba para mantener a su familia, lo cual era un símbolo de prestigio hacia al exterior. El éxito de un hombre siempre se medía por las comodidades que podía dar a su esposa. Si dentro de las paredes del hogar su mujer trabajaba el doble de su jornada laboral y sin ninguna clase de retribución ni reconocimiento, era algo que a nadie le importaba, ni siquiera a él mismo. Las apariencias bastaban y eso era lo importante.

Ella tampoco se hacía preguntas porque lo aceptaba como lo más natural del mundo. Nunca había tomado decisiones propias, la habían educado para el matrimonio, en la más absoluta ignorancia sexual y celosamente guardada para el hombre a quien los padres concedían aquella flor virginal.

La virginidad era pues su mayor valor y tesoro y la mejor prueba de inteligencia de una mujer era encontrar un buen esposo. Así pues, dejó los estudios cuando conoció al que ahora era su marido. Le habían dicho que una futura esposa y madre ya no necesitaba estudiar. ¿Acaso existía una carrera mejor para una mujer que el matrimonio?. Pan, techo y compañía asegurados, ¿qué más podía pedir?.

Así le habían hablado siempre sus padres, que la querían mucho y sólo deseaban su bienestar y también sus amigas solteras que esperaban impacientemente un hombre libertador que las redimiese de la necesidad de tener un empleo para ganarse un sustento.

Pedro, su marido, era un hombre educado y agradable, ni demasiado listo, ni demasiado tonto, económicamente estable, perfectamente gris, el sujeto ideal para asegurarse una vida aparentemente plácida, segura y sin complicaciones.

Ella se comprometió a ser su amante, su madre y su criada para que no le faltase nada material de por vida. El amor y la amistad poco contó en aquel contrato de compra venta legal que habían firmado al casarse.

Rosa había intuido alguna vez, en una butaca de cine un domingo o en la soledad de su cocina, un compañero apasionado y comprensivo, pero entonces se sentía cogida en falta, traicionada por un demonio maligno que sin duda llevaba dentro. ¿Acaso tenía derecho a ambicionar más de lo que tenía?. ¿Una vida segura, sin apuros económicos, unos hijos sanos, un marido trabajador?. Ella era considerada el ángel del hogar y sabía que una mujer respetable debía ignorar los placeres sensuales, porque las que experimentaban gusto por el sexo eran únicamente las prostitutas. Ya se lo decía su confesor: “Si la tentación te asalta, debes ser fuerte y rechazarla” y Rosa conocía bien los medios para combatirla, se levantaba rápida y atacaba un gran cesto lleno de ropa para planchar o una enorme pila de platos sucios. Se entregaba con ahínco a su trabajo, la musiquilla de una canción de moda en sus labios, y automáticamente el inquietante brillo de sus ojos desaparecía, dando lugar a la inexpresiva mirada de siempre.

Aquella mañana estaba sola en casa, entregada a sus tareas cotidianas, como de costumbre, cuando de improviso un fuerte griterío proveniente de la calle la interrumpió. Era tal el ruido que tuvo que abandonar lo que estaba haciendo y asomarse a la ventana para ver lo que sucedía.

Un numeroso grupo de mujeres de todas las edades desfilaba por la calle, gritando y deteniendo el tránsito de coches y peatones a su paso. Al principio, no pudo entender lo que decían, pero después de unos minutos de prestar atención pudo comprender algunas de las frases que repetían incesantemente:

- Compañeras, pongamos fin a la discriminación que sufrimos en silencio y reclamemos nuestra libertad. Exijamos nuestro derecho a opinar y hacer valer nuestras ideas. Basta ya a los míseros salarios y a las jornadas de trabajo interminables fuera y dentro del hogar. Somos seres humanos inteligentes, no bestias de labor ni muñecas de salón. Despertad de vuestro letargo y exigir vuestro voto para conseguir la igualdad con el hombre.

Rosa había oído hablar de ellas, se llamaban sufragistas, y utilizaban la lucha como único medio para ser escuchadas y conseguir el reconocimiento al voto de las mujeres. Conocía muy vagamente la historia por habérsela oído contar a su marido de un modo despectivo, y sabía que todo comenzó cuando un diputado inglés presentó en el Parlamento una petición para el sufragio de las mujeres.

Todas las naciones se habían reído de sus protestas, que chocaban con el conservadurismo defensor de la familia tradicional y las ideas cristianas sobre la autoridad del padre. Ella también las había considerado ridículas en sus pretensiones. Siempre le había parecido que la mujer que luchaba por la igualdad de sexos era un ser poco agraciado y algo masculino, que buscaba compensar su oculta frustración con los hombres en una feroz competitividad con ellos. Aunque en realidad, aquello no era un pensamiento propio, pero era lo que le habían dicho siempre y ella lo había dado por cierto.

Sin embargo, y aún a pesar de que si alguien de su familia hubiera entrado en aquel momento en la casa se hubieran reído de ella, no se apartó de la ventana. Sentía curiosidad, una curiosidad extraña. Entonces, una de las manifestantes, una mujer de una edad aproximada a la suya dirigió su mirada hacia lo alto y viéndola le gritó:

- Hermana, no te quedes mirando sin hacer nada. Porque esto es lo que han venido haciendo las mujeres desde hace siglos. Ponte en movimiento, no dejes que alguien viva tu vida por ti.

Entonces, dejó de hablar y deteniéndose encendió un papel que llevaba en al mano para arrojarlo en llamas a un buzón de correos. Al cabo de unos minutos todas las cartas que se hallaban en su interior comenzaron a arder y la gente a la vista del humo gritó asustada. La policía, que había permanecido expectante se apresuró a intervenir y detener a las manifestantes, algunas de las cuales se resistieron y fueron cruelmente golpeadas.

En la calle la confusión iba en aumento. Algunos de los transeúntes intentaron ayudar a las mujeres que trataban de zafarse de los golpes de las porras e incluso atacaban como podían a los policías, utilizando uñas y dientes. Otros en cambio las increpaban e insultaban.

Estuvo bastante rato mirando. Sin embargo, se daba cuenta que nunca había sido tan consciente de la realidad de todo lo que la rodeaba como en aquel instante y sintió que aquellos golpes que no recibía le dolían en la piel tanto o más a ellas.

Las últimas palabras de la desconocida acababan de sembrar por fin un pensamiento en su mente. Y como si éste hubiera comenzado a fructificar en acción, Rosa sintió la apremiante necesidad de bajar también a la calle y gritar al lado de todas aquellas mujeres, se sentía culpable de no recibir los golpes que las manifestantes sufrían por defender sus derechos

El viento agitó con fuerza renovadora su cabello y el sol acarició su rostro. Entonces, se apartó de la ventana dejándola abierta tras sí y, sin comprender por qué, sintió unos deseos irrefrenables de mirarse al espejo.

Allí, detrás de la pulida superficie, había una mujer de mediana edad, aspecto vulgar y triste, cabellos cortados a la moda y grasa acumulada en las caderas y en el vientre. La contempló en silencio. Siguió mirándose durante un buen rato, como hacía tiempo que no hacía, y le pareció que era la primera vez que se veía porque casi no se reconoció. No había nada de sí misma en aquella imagen.

Sin embargo, sus ojos ya no estaban vacíos: había algo en ellos, un brillo especial que los hacía muy semejantes al de la mujer que le había hablado.

Y entonces, ella supo ver algo más que la imagen extraña que la observaba: descubrió que debajo de sus carnes blandas había un cuerpo hermoso y flexible, lleno de color y de vida y que su boca triste podía sonreír iluminando su cara y no quiso mirar más. Echó a correr escaleras abajo para mezclarse con ellas. De repente, sentía que junto a aquellas desconocidas estaba su  verdadero lugar.

Cuando llegó al portal se topó de bruces con la mujer que le había hablado y que corría a proteger su cuerpo de la avalancha de golpes que la amenazaba. Sus cabellos estaban en desorden y las sienes se empapaban, poco a poco, en sangre. Rosa la acogió entre sus brazos y la llevó hacia el interior del oscuro umbral. Allí, de momento estaban a salvo.

- Gracias.- dijo la desconocida – Ya hemos recorrido un pequeño trecho en el camino, pero todavía es mucho lo que nos queda por andar… Debemos unirnos para ser fuertes y debemos despertar a la verdadera realidad para vivir como seres humanos y no como objetos u animales.

Entonces, un grupo de hombres uniformados entró en el portal y cogiendo a las dos mujeres por el brazo las arrastró hacia la calle a trompicones, para obligarlas a subir a un coche de la policía.

Una vez dentro del vehículo, hacinada con otras manifestantes que a pesar de los golpes recibidos seguían gritando por la igualdad de sexos y por la libertad, Rosa se dio cuenta de que no sabía a donde la llevarían aunque en aquel momento se sentía tan plenamente feliz que esto no le preocupaba demasiado.

Hasta entonces había estado recorriendo el camino que otros le indicaban. A partir de ahora cualquier otro, fuera cual fuese, sería mejor, porque ella misma lo escogería.

Dentro de su pequeña casa, que se empequeñecía a lo lejos, quedaba su juventud, su matrimonio, sus hijos y la mujer vulgar y triste que todavía debía estar asomada a la superficie del espejo del dormitorio. Los remordimientos se quedaban con ella también. Se sentía libre de todo sentimiento, se uniría a aquel grupo de mujeres que lo sacrificaban todo por ser ellas mismas. No sabía a donde iba, pero si sabía que no pensaba volver.

 

Se hicieron muchos comentarios en el barrio después de su partida. Entre otras cosas los amigos y vecinos dijeron que era una mala mujer, que no quería a sus hijos ni a su hombre. Su familia, para evitar la vergüenza ante la gente, dijeron que había muerto. Nadie comprendió que para querer a los demás, aquella mujer debía aprender a quererse a sí misma. Nadie comprendió que aquella mujer que vivía muerta, había resucitado a la vida. Pero el que la entendieran o no, era muy poco importante para ella.

 

Carmen, la videncia

diciembre 4, 2011 under Relatos de Historia

 

 

Los hombres eran fuertes y robustos y las mujeres bonitas y entre ellas se destacaba Carmen, una joven gitana que caminaba ágilmente entre las carretas.

Esbelta como una gacela, la blanca blusa anudada a la cintura parecía ceñir sus senos de virgen como una segunda piel y la falda de lunares agitaba alegremente sus volantes al compás de sus pies descalzos. Hablaba animadamente y mientras lo hacía acompañaba a sus palabras con rápidos gestos y siempre daba grandes rodeos para explicar cualquier idea por simple que esta fuese. En su expresivo rostro estrecho y alargado, destacaba una nariz afilada y una boca extraordinariamente roja y pequeña, como un clavel flor. Amaba el baile, el canto y los juegos y odiaba el esfuerzo de cualquier trabajo, el cual, como la mayoría de sus hermanos de raza, evitaba siempre que era posible.

Los gitanos habían recorrido muchas leguas. Y aunque su vida era un continuo deambular comenzaban a sentirse cansados del camino. Aquel día y ante la vista del pueblecillo que se divisaba a lo lejos decidieron acampar por un tiempo indefinido…

 

Dos acomodados terratenientes que regresaban a la aldea aceleraron el trote de sus caballos al pasar por delante del campamento. Al verlos sintieron miedo y desprecio porque ellos ni siquiera consideraban a los gitanos un pueblo diferente, sino simplemente malas gentes que vivían separadas de los demás entregados al pillaje y a la mendicidad. Un nido de ladrones y asesinos.

Cuando llegaron al pueblo los dos hombres se apresuraron a convocar una reunión de vecinos honorables para ponerles al corriente de la alarmante proximidad de la banda de indeseables.

 

.- Aprovechan todas la perversas inclinaciones de la Humanidad.- dijo el propio Alcalde ante todos los reunidos en la Plaza mayor.- Dicen la buenaventura, roban niños, engañan en el precio de los animales que compran y venden y prefieren el robo a la limosna.-

 

No tardaron en ponerse todos de acuerdo, nadie iba a consentir que aquellos huéspedes ociosos y repugnantes se acercasen al pueblo. Todos los vecinos recordaban que la última vez que lo hicieron habían desaparecido gallinas en los corrales, víveres en las paradas del mercado y también algunas bolsas de transeúntes distraídos. Incluso un niño, hijo de una pobre viuda, desapareció también del lugar después de su partida y a pesar de buscarlo por todas partes nunca fue encontrado.

Mientras se hablaba de tomar medidas rápidas y radicales, los gitanos ajenos a lo que acontecía, habían levantado el campamento y se disponían a pasar la noche dentro de sus tiendas. En cuanto el alba comenzase a apuntar en el horizonte se dirigirían al pueblo cargados con sus cestos y canastas de pita y de junco para venderlos en el mercado.

Hacía tanto tiempo que viajaban que sabían muy poco de las nuevas disposiciones del gobierno: Ante la resistencia tenaz que los gitanos oponían al abandono de su género de vida errante y marginal y a instancias de marques de la Ensenada, el rey Fernando VI había firmado un decreto ordenando que abandonasen sus trajes, sus costumbres y lenguaje y fueran conducidos a los presidios, fortalezas, arsenales y galeras para que, con su trabajo forzoso, contribuyeran a fomentar las riquezas de España. No se hallarían reparos en separar a las mujeres de sus maridos. Sólo a los niños menores de 7 años se les permitiría quedarse con sus madres. Los que escapasen serían marcados con un sello ardiente y los reincidentes serian ejecutados.

 

Carmen no podía dormir aquella noche, silenciosamente había abandonado su lugar en el lecho familiar, que compartía con sus padres y sus cuatro hermanos menores y había salido fuera de la tienda. En el cielo la luna era tan clara que iluminaba el camino casi como si fuese de día y los tejados del pueblo, a lo lejos, parecían estar hechos de luz. Se sentó sobre la hierba que resplandecía y se dejó envolver por la magia de la noche.

Había nacido sabiendo que su pueblo era diferente a los demás y estaba acostumbrada a ser mirada con desprecio por todos los lugares donde pasaban, sin embargo a ella eso poco le importaba porque la familia era y sería siempre toda su vida y su propio mundo. Pensó que pronto sería una mujer casada, pues estaba prometida a Manuel desde su nacimiento y ya tenía 15 años. Se sentía feliz porque estaba enamorada del gitano que sus padres le habían destinado para marido y estaba segura de que él la correspondía, lo había leído en las estrellas. Se había conservado pura para su hombre, al que sería fiel hasta la muerte y amaría a sus hijos como sus padres la habían amado a ella.

Pero hoy no podía pensar en Manuel. Un temor extraño y desconocido parecía agarrar sus entrañas impidiéndole sumergirse en el embrujo de la noche. De pronto miró las palmas de sus manos. Carmen leía en sus líneas y predecía el futuro de los demás, pero aquel día sus manos parecían tener vida propia. Las contempló largo rato iluminadas por la brillante luz de la luna llena. Podía escuchar su voz en el latido de su propia sangre. Y esta voz decía: No vayas al pueblo mañana, Carmen, avisa a los tuyos y huye lejos de aquí, hacia nuevas tierras. La muerte te espera al otro lado del camino.

Se incorporó asustada, debía despertar a todo el campamento, todos debían saber el aviso que ella había recibido del destino.

Comenzó a gritar para alertar a su gente, rápidamente todos fueron saliendo de sus tiendas alarmados. El silencio de la noche se vio truncado por los llantos de los niños y los gritos de las mujeres, mientras los hombres cogían sus estacas y sus fusiles, pronto hicieron un corro a su alrededor…

Carmen había heredado de su abuela sus dotes de adivina. Ella le enseñó todo cuanto sabía en el arte de adivinar el futuro y la fortuna por medio de las rayas de la mano y de la observación de la fisonomía. No era la primera vez que las predicciones de la gitana se cumplían y aunque era muy joven, los gitanos creían en sus dotes, por eso una vez la hubieron escuchado, silenciosamente y con rapidez fueron deshaciendo el campamento entre todos…

 

A la mañana siguiente, cuando los hombres del pueblo armados hasta los dientes y con las autoridades a la cabeza se dirigieron al lugar donde los gitanos habían pasado la noche, solo encontraron unas cuantas huellas de las ruedas de sus carros en el camino y la hierba tronchada por el peso de sus tiendas. Los gitanos estaban ya muy lejos de allí.

Nadie se explicó lo repentino de su marcha, porque nadie supo nunca que el destino había tomado partido y había escrito un mensaje en las manos de la sencilla muchacha gitana.

 

Isabel, la confesión

marzo 1, 2011 under Relatos de Historia

Era una mujer de mediana edad, no demasiado alta y bien proporcionada. Su tez blanca estaba enmarcada por una cofia oscura que casi ocultaba su cabello de un rubio descolorido; los ojos pequeños y vivos, entre verdes y azules, se hubieran perdido entre tanta palidez, sino hubiera sido por su brillo de acero metálico y parecían no mirarle a él, sino a un objetivo invisible.

 

 

Más incluso que su real presencia, fue aquella mirada la que le asustó de veras al pobre fraile y ambos se quedaron observándose, como si esperasen algo el uno del otro. Después Fray Fernando dijo simplemente: Arrodillaos, Señora.

Entonces, la soberana habló y su voz sonó como una campana en la estancia silenciosa: Nunca me arrodillaré ante vos, si vos no lo hacéis también ante mí. No olvidéis que soy la reina.

Fray Fernando se quedó por unos momentos sin palabras, no esperaba aquella falta de humildad, pero ante semejante arrogancia, el fraile encontró la réplica justa: Majestad, yo represento a Dios en el Tribunal de la Penitencia y Dios, como rey del Cielo, no puede hincar la rodilla ante ningún rey de la Tierra.

Isabel pareció haber recibido un golpe, porque se estremeció. Nadie se había atrevido a contradecirla, sólo permitía ser replicada por su esposo, Fernando, con quien después de su matrimonio había pactado compartir el título y el mando, pacto que simbolizaron ambos en aquellas palabras que unidas al yugo y a las flechas se hicieron grabar bajo sus respectivos escudos: Tanto monta, monta tanto.

Sin embargo no se indignó, al contrario, le había sido sumamente grato el valeroso rasgo del fraile, tanto, que comprendió que aquel era el confesor que había estado buscando durante mucho tiempo, un confesor digno de ser el suyo. El anciano, con su entereza y dignidad, había ganado de golpe toda su confianza, hasta el punto de hacerle sentir irreprimibles deseos de liberar por fin su alma de los pecados que jamás había osado confiar a ningún sacerdote por temor a que no supiera guardar el secreto sagrado de la confesión.

Había vivido durante años con aquellas ocultas culpas pesando en su alma como piedras de molino. Ahora y por primera vez, un ministro de Dios le parecía lo suficientemente integro para confiar en él, y sin añadir palabra se arrodilló dispuesta a iniciar la confesión de sus pecados.

La voz de la reina hablando en susurros a su oído parecía confundirse con el crepitar del fuego que se consumía lentamente. Era una tarde del año 1495.

- Padre, yo me acuso de haber pecado hace ya mucho tiempo y aunque me he confesado de otras faltas cometidas después, éstas primeras quedaron en el fondo de mi corazón sin haber sido perdonadas. Como fue que he tomado la comunión muchas veces con ellas en la conciencia, el pecado ha sido cada vez mayor, hasta llegar a tal proporción que ya no sé si seré digna de la absolución de mi culpa.

La reina hizo una pausa, como si no se atreviese a continuar. Fray Fernando esperó pacientemente sin decir nada, invitándola a seguir con su silencio y entonces, ella incapaz de retener ya más lo que había estado reprimido durante tanto tiempo, prosiguió: Padre, me acuso de ocupar un trono que por derecho no me pertenece.

Y después de aquellas palabras, las demás acudieron a sus labios como un torrente imparable.

- Vos debéis saber lo que se contaba de mi hermanastro Enrique sobre su impotencia, hasta el punto que por esta causa, su propia esposa Juana de Portugal solicitó la nulidad de su matrimonio; pero parece ser que la clase de impotencia que Don Enrique padeció no fue en absoluto total y pudo permitirle alguna relación aislada, porque la reina dio a luz a dos hijos y una hija, llamada Juana, apodada despectivamente la Beltraneja, porque decían que Beltrán de la Cueva era el supuesto progenitor de aquella criatura. Yo, y muchos otros, sabíamos que éste no podía ser el padre, pues la falta que se le reprochaba a la reina databa sólo de un año y hacía mucho más que la princesa había venido al mundo.

Creo que recordareis que los castellanos indignados se sublevaron al ver educar a Juana, supuesto fruto de un adulterio, para que le sucediese en el trono. Enrique, siempre débil y juguete de intrigantes, nombró entonces heredero a su hermano Alfonso, aunque bajo la condición de que se casaría con ella.

Poco después murió Don Enrique y yo recogí sus últimas palabras en su lecho de agonía; en ellas declaraba solemnemente la legitimidad de su hija Juana, pero yo las callé para mí e hice como si no las hubiera nunca escuchado, proclamándome rápidamente Reina.

Aquí Isabel, hizo de nuevo una larga pausa, como si tuviera que tomar fuerzas para continuar hablando; cuando al fin lo hizo, su voz sonó distinta, como cargada de un sentimiento de odio mezclado con desprecio.

- Pero la Beltraneja- como la llamaba ahora- tenía sus partidarios, que eran mis enemigos, entre ellos el mismo rey de Portugal, antiguo y desairado aspirante a mi mano. Éste también pretendía mi reino y para ello se desposó con Juana y declaró la guerra a Castilla. Mi esposo el rey, y yo misma, le hicimos frente en la batalla: Fernando como capitán de los soldados y yo como estratega en la retaguardia. Una vez vencido el rey de Portugal y mientras mi amado esposo recogía toda la gloria de la victoria, yo me ocupaba de otros menesteres aún más importantes, aunque desconocidos para todos.

Decidí apartar a Juana de mi vida, aunque sin perderla tampoco de vista. No por ella misma, que era, igual que su padre, un pobre e insignificante ser que se dejaba llevar por las circunstancias como un muñeco, sino porque preveía que un enemigo potente podía jugar la carta de la Beltraneja como se juega un comodín.

La solución que se me ocurrió fue recluirla en un convento, porque pensé que así la tendría siempre controlada, y aprovechando una crisis de desmoralización de la muchacha, cansada de que su persona y la circunstancia de su procreación fuesen utilizadas como arma política según los intereses del poder, la convencí de que renunciase al trono para siempre, y amenacé a las autoridades eclesiásticas con las más severas sanciones si la dejaban salir del convento.

Para que jamás se descubriese que yo me había aprovechado del desánimo de aquella pobre alma, puse especial empeño en que constara en los papeles del convento de Santa Clara, que la Beltraneja había tomado el acuerdo de hacerse monja por su propia voluntad.

Y allí es donde la desgraciada de transcurrir tristemente sus días y esa es la forma en que yo, Isabel reina de Castilla, he pisoteado su porvenir y el trono, que como he dicho al principio de esta confesión, es a ella a quien por derecho pertenece.

Esta verdad, que sólo yo, Juana, y ahora Vos conocéis, no me deja vivir en paz, y aunque no he vuelto a verla, sueño cada día con su triste rostro, encerrado tras las paredes de su celda y los remordimientos por la injusticia cometida con aquella infeliz me roban la alegría de vivir.

El fraile había escuchado sin hablar la confesión real con tanta atención como asombro, porque de todos era sabida y conocida la virtud y la honestidad de la reina, según se decía la mujer más recta e inflexible de Castilla. No estaba en su mano juzgarla porque eso sólo correspondía a Dios y a Dios invocó piadosamente para hablar en su santo Nombre. Permaneció unos minutos en silencio esperando la iluminación, hasta que el Señor efectivamente puso en su boca las temidas palabras:

- Hija mía, el único modo de recobrar la paz de tu conciencia, es devolver el trono a su verdadera dueña.

Isabel, que había esperado conteniendo los latidos de su corazón a que el sacerdote hablase, dio rienda suelta a su indignación al escuchar lo que jamás hubiera deseado oír.

-¿Pretendéis decir que yo, la reina de Castilla y Aragón, que he podido conseguir junto a mi esposo la unidad de los reinos y he reducido a la obediencia a los nobles y grandes señores, obligándoles a devolver a la corona las tierras que de hecho le pertenecían. Yo, que he hecho posible, tras innumerables esfuerzos políticos y económicos, hacer posible el descubrimiento de las Indias, apoyando al intrépido navegante Cristóbal Colon, a quien nadie, excepto yo misma, daba un voto de confianza. Que he sido una amante de mis súbditos, hasta el punto de preocuparme también de darles un esplendor intelectual nunca conocido. Que he tenido a mis cinco hijos uno tras otro, en medio de guerras y constantes campañas en pos de la grandeza del reino y los he casado con los reyes más poderosos de Europa, sacrificando su voluntad. Que he librado a la Iglesia y a los cristianos de la nefasta influencia de los judíos, ordenando la expulsión de los mismos del país y creando el Santo Tribunal de la Inquisición para la persecución de herejes peligrosos para la fe de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Vos pretendéis que yo, que tanto he hecho en nombre de Dios, en ese mismo nombre entregue a esa mujer sin carácter todo lo que me ha costado semejante esfuerzo?.

-Majestad, yo sólo hablo en nombre de Jesucristo y a Él poco le importan los bienes de la Tierra. Es vuestra alma la que está en juego y ella es más importante que todo el poder y toda la grandeza del reino-.

La blanca tez de la reina, perdió su fantasmal palidez y se tornó roja de indignación a medida que escuchaba las palabras de Fray Fernando, toda su admiración y confianza se había truncado en furia desmedida y maldijo el impulso que la había llevado a hacerle partícipe de sus más íntimas confidencias, sin tener en cuenta que él como hombre, nada tenía que ver con la figura divina que representaba.

- Padre, Dios está muy alto, pero el bien de mi patria es para mí, más alto todavía. Si Él no puede comprender el porqué de mis actos y perdonarlos, prefiero vivir en pecado pero ser reina, que ser una mujer justa pero sin corona.

- Hija mía, nada puede ser más alto que la palabra del Señor, pero si ésta es tu decisión, yo no puedo darte la absolución para tus pecados.

La tensión parecía poder cortarse con un cuchillo. Con arrogancia se levantó Isabel del suelo, dejando al fraile arrodillado a sus pies. Le miró con desprecio, después giró la espalda con brusquedad y salió de la habitación haciendo crujir las ropas de su austero traje mientras se alejaba.

Fray Fernando de Talavera se quedó solo y de rodillas en medio de la estancia desierta, con las paredes como único testigo de aquella conversación, pensó entonces que las paredes no podrían contar nunca lo que habían escuchado, pero tuvo el presentimiento de que sus días como confesor de la reina habían terminado.

 

Acababan de darle la extremaunción, la reina estaba agonizando. Sólo tenía cincuenta y cuatro años, aún era joven para morir, pero la mujer que no había flaqueado ante las preocupaciones de los más arduos negocios de estado y las mayores fatigas corporales, sucumbía al acerbo dolor de ver morir a sus hijos uno tras otro. En sus últimos momentos aún tuvo la suficiente fuerza de espíritu para exigir al sacerdote que al ponerle los óleos sagrados lo hicieran bajo las sábanas, pues su pudor no permitía enseñar los pies desnudos.

Fernando, su esposo, que estaba a su lado, pensó que era lógico que no quisiera mostrarlos a nadie, puesto que él no los había podido ver nunca, como tampoco el resto de su cuerpo.

El rey comprendía que iba a perder a su mejor compañera, pero también a su peor amante. Como marido, jamás había podido disfrutar de su áspero cuerpo, por eso había buscado calmar su sed en otros cuerpos más complacientes a lo largo de todo su matrimonio. Isabel, inteligente y astuta, no sólo le había pagado sus infidelidades con la más intachable lealtad sino que había colmado de regalos a sus enamoradas, las casaba y las enviaba lejos, bien lejos…

Aquella manera de comprender sus debilidades de la carne, siempre le llenó de respeto hacia su esposa. También la había admirado porque ella era mejor estadista, mejor político, mejor soldado y mejor estratega que él mismo, pero lo que nunca podría perdonarle, es que ella fuese mejor rey que el mismo rey.

 

Juana la Beltraneja se sentó al lado del lecho de la moribunda mirándola con sus ojos grandes y soñadores. Desde su nacimiento Isabel había odiado aquella mirada abúlica en su rostro dulce, lleno de la característica melancolía que tan parecida la hacía a su padre Enrique y que hacía clara la legitimidad de su origen.

Isabel se dio cuenta de que Juana no podía estar allí con los demás, porque hacía ya varios años que había muerto en el monasterio donde ella misma la había recluido y entonces comprendió que Juana había venido desde el Más Allá para pedirle cuentas en el lecho de muerte. La reina sabía que tenía una deuda y que si no era saldada antes de morir, le impediría franquear las puertas del Paraíso. Con voz velada por la fiebre se dirigió al fantasma creado en su culpable imaginación.

- Juana, yo te dejo mi reino en mi muerte, ya que te despojé de él en vida.

Pero Isabel estaba tan acostumbrada a mandar, que hasta aquella última súplica parecía una orden.

Juana inclinó la cabeza en un deje contemplativo y le contestó con suave voz:

- Donde yo estoy, Isabel, ya no necesito un trono, porque ese reino que me arrebataste ya me ha sido devuelto en el Cielo. Allí no tengo corona, ni castillos, ni vasallos, ni soldados, pero tengo algo que tú no tuviste y que nunca tendrás: paz.

Tú has sido reina en la tierra pero ahora en el infierno penarás eternamente, del mismo modo que yo pené al entrar tras los muros del convento donde me condenaste a vivir de por vida. Ese es el precio que pagarás por tu ambición.

 

En el mismo momento en que Isabel intentaba retener a Juana a su lado, el último aliento escapó de sus labios. El médico real que había estado atento a los movimientos de la soberana, se acercó al lecho y tomó una de sus manos para comprobar si la vida había abandonado su cuerpo. Después se dirigió hacia el gentío que llenaba la habitación, ávido de presenciar sus últimos momentos y dijo con voz solemne: La reina ha muerto.

Y mientras estas palabras todavía resonaban en los oídos de todos los presentes, el alma de aquella mujer se escapaba veloz por el hueco de uno de los ventanales de la alcoba en pos de su próximo destino, que sólo Dios podía conocer.