María Antonieta

octubre 9, 2011 under Relatos de Historia

 

Una mujer joven irrumpió en un cuerpo de guardia y se apoderó de un tambor. Pronto se mezclaron entre la muchedumbre algunos hombres disfrazados que dirigieron al río mugiente y anárquico de mujeres.

Sin saber como, apareció allí un jefe que formó un ejército sobre la desordenada y espontánea masa y entre la confusión general alguien impuso su voz a todas las demás: ¡A Versalles!- gritó e inmediatamente contestaron miles de voces: ¡A Versalles!

Se apoderaron de picas, pistolas y hasta dos cañones que engancharon a dos caballos. Sobre uno de ellos, se sentó una mujer muy hermosa a la que sus compañeras adornaron con las cintas de los colores de la bandera del pueblo mientras cantaban y bailaban a su alrededor. La muchacha subida al caballo parecía una reina entre todos.

La extraña y sobrecogedora comitiva emprendió el rumbo a Versalles y a medida que pasaban por los barrios de París se unían a ella nuevos grupos vociferantes y enardecidos. De repente comenzó a llover, las ropas se empaparon, la lluvia borró los caminos y las patas de los caballos se hundieron en el barro, pero nada de esto pareció disminuir su decisión de avanzar y su entusiasmo.

 

En el interior del Palacio, Luis XVI vacilaba, como había hecho durante toda su vida, mirando a la reina con ojos angustiados. Era un hombre sencillo y laborioso que carecía de decisión y a quien el destino le había gastado la terrible broma de ser rey. Siempre se había dejado conducir por una camarilla de cortesanos capitaneados por su mujer, la bella austriaca, cuyo carácter espontáneo y alegre pero irresponsable, no era perdonado por el pueblo de Francia y por primera vez no hallaba respuesta en los ojos azules de su esposa.

María Antonieta se mordía los labios con ansiedad, paseando inquieta por los amplios salones repletos de nobles agitados. Su complicado peinado levantado sobre un postizo introducido entre los mechones del cabello, dejaba despejada la blanca nuca y a ambos lados de su rostro caían escalonados unos bucles empolvados que se balanceaban en su constante ir y venir contra sus mejillas. Aunque no era una verdadera belleza poseía un atractivo natural que la hacia sumamente deseable. Una especie de magnetismo especial que nacía de sus propias contradicciones: podía ser la más entrañable madre de familia, la más altiva de las reinas, la más tierna de las enamoradas y la más inconsciente de las adolescentes. Podía despertar toda clase de sentimientos, menos uno: la indiferencia. Amada por su esposo sus hijos y sus amigos, odiada por su pueblo que no la conocía y a quien ella tampoco había querido conocer.

La criatura más humana e indefensa y a la vez más egoísta y salvaje. Todo bajo una piel suave, cubierta por brocados adornados con perlas y con flores.

Los ministros mas arriesgados aconsejaban al rey enfrentarse con las masas vociferantes que se acercaban a Palacio y los más prudentes huir de inmediato. Pero éste no acababa de decidirse. Mientras, en el patio de armas, los caballos piafaban de impaciencia enganchados a las a las carrozas, y los lacayos esperaban sus ordenes para partir.

Una larga hora después llegaba al Palacio la guardia nacional, con su comandante el general Lafayette al frente. Este había intentado impedir la partida de la multitud hacia Versalles, pero sus soldados no le obedecieron. Ahora cabalgaba sombrío en su caballo blanco detrás de la banda de mujeres de la revolución, intentando inútilmente dirigir con la razón, la pasión de los elementos desenfrenados.

Al oírlos, el rey respiró aliviado. Las fuerzas armadas de la nación llegaban para protegerlo. Como siempre  había dejado que los acontecimientos fueran a su encuentro en lugar de ir él en su busca, y éstos acontecimientos se acercaban implacables en los rostros de miles de mujeres hambrientas, con los zapatos cubiertos del fango del camino, que llegaban mojadas hasta los huesos y tiritando tras seis horas de marcha. Una multitud andrajosa y sucia, con las faldas echadas sobre la cabeza para protegerse de la lluvia, que, como una ola desbordada, pisoteaba los arriates llenos de flores de los jardines del palacio de Versalles.

Todos se detuvieron frente al Palacio y comenzaron a gritar enfrente del enorme edificio la consigna que corría de boca en boca:

¡A París con el rey, a París con la reina!

El soberano se vio obligado a mostrarse en un balcón para dar su consentimiento. La vista del rey aplacó a las masas que cambió su furia por júbilo y vítores, pero cuando apareció la reina con sus dos hijos cogidos de la mano la multitud calló respetuosamente. Su cara, lívida como una muerta en vida, no mostraba ningún gesto de súplica de ni indulgencia.

Por unos terribles instantes, todos se mantuvieron en silencio esperando lo peor, pero aquella actitud altiva que tantos enemigos le había granjeado durante su reinado, mezclada con la sinceridad de no fingir para obtener clemencia, conquistaron insólitamente a todos los que antes la insultaban que prorrumpieron en nuevos vítores y aclamaciones. La reina había ganado un primer asalto, pero todavía faltaban muchos en la lucha que se había entablado entre ella y el pueblo.

La calma pareció renacer. Ejército y pueblo decidieron acampar en los jardines para pasar allí la noche. La lluvia había cesado. Entre todos encendieron hogueras para calentarse y secar las ropas empapadas, pero aquella tregua era solo aparente y mientras todo parecía haber recuperado la serenidad, los murmullos comenzaban a subir de tono y la guardia que había llegado hasta allí para proteger a la familia real confraternizaba con las masas.

Mientras tanto, unas peligrosas figuras surgidas de no se sabe donde, comenzaban a deslizarse a largo de las verjas a la incierta y escasa luz de las linternas de aceite.

Pierre observó que la mujer que había dirigido la comitiva subida a uno de los cañones, tiritaba de frío. Se acercó a ella y la ayudó a desembarazarse de todas las cintas que unas horas antes brillaban multicolores a la luz del sol y ahora se veían deslucidas y descoloridas, enredadas entre si como mutiles telas de araña. A pesar de su apariencia, la mujer seguía siendo hermosa y su belleza encendía de admiración los ojos del hombre que la miraba.

Pierre estaba seguro de no haberla visto nunca antes, de otro modo jamás hubiese podido olvidar aquella cara. Galantemente le ofreció su capa para cubrirla mientras le decía en tono festivo:

- Seca tus ropas al lado del fuego compañera y abrígate, pues la noche es fría.

Mireille le miró con gratitud y aceptó el abrigo que le ofrecía. Le gustaba el rostro de aquel hombre, tenía una mirada noble y limpia que inspiraba confianza. Desde muy niña estaba acostumbrada a despertar la admiración de los demás y lo aceptaba como algo natural, pero en aquellos momentos no sentía deseos de que él se deslumbrase por su físico como los otros. Le hubiera gustado que también la encontrase hermosa por dentro, porque intuía que aquel hombre era diferente a todos y deseaba agradarle de una manera distinta.

Se sentaron junto a la hoguera y comenzaron la aventura de aquel encuentro. A su alrededor se oían los gritos del populacho y de los soldados que  alborotaban y reía a su alrededor, habían dejado a un lado sus fusiles y bebían todos juntos, para calentar sus ateridos cuerpos y alegrar sus almas.

Pierre y Mireille eran jóvenes y ambos habían sufrido la injusticia de haber nacido en una época que favorecía únicamente a los ricos y sumía a los pobres en la mas espantosa miseria. Los dos tenían también los mismos sueños, los mismas aspiraciones y las mismas metas.

Estuvieron hablando durante horas a pesar del cansancio, descubriendo cuantas cosas tenían en común e intentando compensar con sus palabras todos los años que habían tardado en conocerse.

- Nuestra desgracia está a punto de acabar – decía él con la esperanza reflejada en sus ojos: El general Lafayette ha convencido al rey para que venga con nosotros a París. Entonces las reformas que el pueblo ha planeado serán puestas en práctica y todos seremos iguales, libres y felices.

Ella le miraba con la misma esperanza brillando en sus ojos, soñando también con un futuro que inesperadamente veía unido a aquel hombre que acababa de conocer. Un futuro sin hambre, sin vejaciones, sin tristeza, un futuro lleno de amor y de prosperidad.

Después de varias horas, exhaustos pero felices, se durmieron estrechamente abrazados, al lado de las brasas humeantes como si, ahora que se habían encontrado, no quisieran dejarse escapar.

Ya entrada la noche los despertaron los gritos de un grupo de hombres y mujeres armados con picas, que habiendo descubierto una verja que se había quedado sin vigilancia animaban a todos a penetrar en Palacio… Habían corrido rumores de que los reyes iban a escapar durante la noche. La furia y el odio se redoblaron, era necesario capturar al el rey y a la reina. Debían conducirlos ellos mismos a París.

Como un solo cuerpo la multitud les siguió sin vacilar. Los primeros que llegaron a las graderías de mármol dieron muerte a los guardias reales que les cerraban el paso y ensartaron sus cabezas en sus picas como trofeo. A la vista de la sangre la multitud pareció enloquecer como una fiera hambrienta que captura a su presa y una vez en el interior del Palacio recorrieron una tras otra  las espléndidas salas hasta llegar a la habitación de la odiada reina. Pierre y Mireille estaban entre ellos. Ya no eran dos enamorados llenos de ternura, sino dos animales salvajes luchando por sobrevivir.

 

María Antonieta de Francia escuchaba aterrorizada los alaridos de la multitud que se oían cada vez más cerca de sus habitaciones. Con manos torpes intentaba colocar sobre su camisa de dormir el traje que llevara puesto aquella misma tarde para divertirse con sus amigos en la villa de recreo del Petit Trianon. Su doncella intentaba ayudarla, pero tampoco sus manos le respondían. A duras penas pudo abrochar el corchete que aseguraba bajo el pecho el escotado corpiño, dejando la cotilla abandonada sobre la cama, con lo que la falda quedaba sin soporte y la soberana debía aguantarla con la mano mientras caminaba descalza, porque ni siquiera tuvo tiempo de ponerse medias ni zapatos. Después la doncella cubrió a toda prisa sus hombros con una pañoleta de encaje en el mismo momento en las hordas invadían las habitaciones reales.

La primera en entrar fue Mireille que ágilmente se había adelantado mucho a los demás blandiendo un fusil. Ante ella se hallaba la odiada austriaca, la mujer que tenía más de lo que necesitaba a costa de su propia miseria y la de los suyos. Le hubiera gustado ver correr su sangre para demostrarles a todos que no era azul, sino roja  como su propia sangre de campesina. Todo su futuro y su felicidad estaban en juego. Sus dedos apretaron con fuerza el gatillo, dispuestos a presionarlo, pero ante sí solo vio a una pobre mujer asustada que la miraba suplicante con los ojos llenos de lágrimas, y algo muy parecido a la piedad se apoderó de ella, trocando su furor en lástima. Fue solo un segundo, el necesario para que la reina pudiera desaparecer la habitación tras una puerta secreta que se cerró rápidamente detrás de ella.

Mireille se quedo aturdida en medio de la lujosa estancia. Pierre ya se encontraba a su lado junto a los demás y ella le miró con amor. Quizás aquel sentimiento que había penetrado en su corazón era tan grande que la había enternecido concediendo el regalo de la vida a la odiada austriaca, pero nadie debía saber nunca que en sus manos había estado el destino de la reina y que ella había preferido salvarla.

Cogiendo fuertemente del brazo a su compañero sintió que aquella misma noche María Antonieta había sido sentenciada a muerte, y que a partir de aquel momento ella comenzaba a vivir.

Rousseau, La Filosofía

septiembre 18, 2011 under Relatos de Historia

 

Intentando superar la emoción de verle vivo, se acercó a él a grandes pasos cruzando la calle y cuando el filósofo iba a introducirse en el portal, Pierre le tocó tímidamente en un hombro. ¡Había tantas cosas que quería preguntar a su padre, tantas cosas que no le había dicho y quería saber!. No podía perder aquella oportunidad.

Al sentir el contacto, Rousseau le miró sorprendido y Pierre se sumergió en aquellos dos pozos grandes y grises que eran sus ojos, pero sus aguas no eran los remansos tranquilos que él estaba acostumbrado a ver en sus retratos, en ellos se agitaban dos remolinos inquietos que desconocía. Su padre era un hombre joven y su juventud le desconcertaba.

Vio que no le reconocía. ¿Qué  podía decirle?. Al fin se decidió.

- Yo os conozco –  tartamudeó.

- Sí, es posible que sí – le contestó Rousseau, mirándole con mucha atención.

- Intuye lo que voy a ser para él en el futuro – pensó el joven, debo seguir hablando y añadió volviéndose más audaz::

Quizás nos hemos visto en algún sitio hace tiempo o quizás nos veremos en un futuro próximo -

El filósofo pareció comprender, ambos habían abandonado el concepto de presente y entraba en un sentido especial del tiempo.

- ¿Quién eres tú? – le preguntó.

- ¿No lo adivináis? -

- Creo que algo nos ha reunido a los dos en esta circunstancia tan especial por algún motivo que yo no puedo entender ahora… ¿Qué habéis venido a decirme?-

- Quisiera preguntaros si desearíais  conocerme algún día.

- No os comprendo-

Decidió no hacerle más preguntas e intentar averiguar algo de su momento presente tan importante para él.

Habían comenzado a pasear, uno al lado del otro. La calle parecía extrañamente solitaria, nadie se cruzaba en su camino, tampoco se oía ningún ruido, sólo sus voces que resonaban sobre las paredes de las casas. No podía decir si era de día o de noche, pero una luz especial lo iluminaba todo.

En aquel momento su padre tenía casi su misma edad y le era más fácil verlo como a un amigo y hablar con él con naturalidad.

- Decidme- le preguntó, al cabo de un rato de silencio: ¿Sois feliz?.

A Rosseau no pareció sorprenderle aquella pregunta-.

- No he tenido madre y mi infancia fue vagabunda, he recibido una desordenada educación, he intentado ser médico, músico y profesor, mi vida no ha sido fácil y ha estado llena de aventuras y de amores fugaces, pero me siento feliz porque he conseguido vivirla en libertad y no como los demás decían que la viviese.

La pregunta que quemaba la boca de Pierre surgió al fin con toda su fuerza, abrasando su aliento-.

- ¿Os gustaría tener un hijo? -.

El filosofo le miró, casi ninguna de las arrugas que luego surcaron su piel había aparecido en su rostro de agradables facciones, pero la serenidad que en su madurez fue su principal característica comenzaba a perfilarse en su mirada, amortiguando el ardor del impulso que brillaba en ella.

Estaban en una pequeña plaza y los árboles tenían extrañas tonalidades violáceas y púrpuras que Pierre nunca había visto antes.

- ¿Un hijo?- reflexionó unos instantes – No es un buen momento para tener un hijo, pero si esto sucediera creo que sería algo muy importante para mí -

El joven estuvo a punto de saltar al cuello de su padre en una reacción ambigua e incontrolada de amor y de odio, le hubiese gustado abrazarle y estrangularle al mismo tiempo.

Siempre había querido saber, si había sido un hijo deseado, pero… ¿Qué  horrible contradicción era aquella?. ¿Cómo puede alguien desentenderse de lo que es importante?. ¿Cómo alguien, que predica en todos sus libros que el hombre debe buscar sinceramente su norma de conducta en su propia conciencia, pudo abandonar después a sus hijos en un hospicio?. Aquel había sido el gran enigma que le había perseguido durante toda su vida y sabía que no podría descansar hasta descifrarlo, esta era su oportunidad. ¿Debía pues decirle quien era él?. Decidió que todavía no; debía saber más cosas, pero no hicieron falta más preguntas, Rousseau como si hubiera entendido sus pensamientos, continuó hablando.

- Un hijo no pide venir al mundo- hablaba como para sí mismo – Merece todo el amor. Un hijo es como una rama que brota del tronco de un árbol, si el árbol es fuerte y tiene sólidas raíces podrá también darle fuerza y vigor para crecer sano y feliz. Un padre jamás debe de tratar de modelarlo a su imagen, ni según las ideas convencionales dominantes, debe conseguir que el desarrollo espiritual del niño se realice de un modo espontáneo, que cada adquisición sea una nueva creación, que todo provenga del interior no del exterior, de acuerdo con su sentimiento y su instinto.

Pierre se dio cuenta de que su padre ya no hablaba de su propio hijo sino que generalizaba en todos los hijos de la Humanidad y se sintió frustrado. Necesitaba obtener respuestas personales, no ideas que ya había leído en sus libros años atrás. Su padre teorizaba de una manera tan estimulante que Francia entera había dicho de él: “Es imposible expresar el entusiasmo de toda la nación en favor suyo”. Pero los hijos de Francia no eran los hijos de su propia carne y sangre y él sí. Entonces, ¿por qué había preferido amarlos a ellos y sacrificar al suyo propio abandonándolo a su suerte?.

Sin embargo, comprendió que Rousseau deseaba continuar hablando, y que debía de ser paciente y escucharle. Había esperado ya tantos años que era absurdo impacientarse ahora que estaba a punto de descubrir su verdad.

- Un sistema de educación racional conforme a la naturaleza, hará al hombre bueno y feliz. La educación tradicional oprime y destruye la esencia originaria del hombre y en su lugar yo propongo una educación cuyo fin sólo debe limitarse a suprimir los obstáculos que se oponen a su libre desarrollo-.

Pierre ya no pudo contenerse por más tiempo. Recordaba los largos y tristes años vividos en el hospicio, desde donde oía hablar del padre que le abandonó al nacer, como el benefactor de la humanidad.

- ¿Y un orfanato es el mejor medio para que un hijo se desarrolle de acuerdo con su propia naturaleza? -.

Rousseau, pareció volver a la realidad, había hablado con la pasión propia del que cree firmemente en sus propias palabras, tenía fe en ellas, vivía para ellas, pero sus teorías estaban engendradas para la abstracción, no podía personalizarlas, estaba demasiado ocupado creándolas para los demás.

- Si tuviera hijos – El tono de su voz se hizo casi susurrante, sus ojos ya no brillaban, había perdido su entusiasmo y su energía, ya no era un filósofo disertando brillantemente sobre sus firmes creencias, era un hombre confuso, asustado ante la responsabilidad de aplicar en algo suyo  todas sus ideas…

Pierre sintió pena por aquel hombre enfrentado a sí mismo, pero no cedió, conseguiría que su padre le contase el por qué de su abandono, el por qué aquel ser famoso por su integridad había podido ser capaz de desentenderse completamente de su hijo y para dedicar toda su vida a los hijos de los otros.

Rousseau, continuó hablando en un penoso monólogo.

- El hombre nace libre y la sociedad le encadena, el hombre debe buscar el bien y el mal en sí mismo, aunque ello implique enfrentarse a la autoridad y las leyes, porque posee una bondad innata que se corrompe en cuanto entra en contacto con la civilización, ellas son las culpables de tanta desigualdad y tanto dolor, el hombre debe volver a la naturaleza donde están sus raíces, para volver a aspirar a su inocencia-. Hizo una larga pausa para continuar después más sosegadamente: Me he alejado del grupo de filósofos de la Ilustración y me he enfrentado a las autoridades. Mis libros han sido condenados a la hoguera, he tenido que huir de Francia y refugiarme en Inglaterra, ahora he vuelto a París y estoy obligado a ir de un sitio a otro, siempre con el temor a que me encarcelen. ¿Como podía yo arrastrar conmigo a un hijo a semejante suplicio?. Yo creo en la libertad individual y la independencia frente a toda autoridad y para ello debo estar libre de responsabilidades. Yo no debería tener hijos….

Pareció haber recobrado de pronto su perdido entusiasmo.

- Escúchame bien, joven desconocido, que me hacéis preguntas a las que no puedo contestar… Mis ideas tendrán mucha influencia en la posteridad. Habrá un día en que todo el mundo se desarrollará según mis creencias, yo seré el pilar de una nueva sociedad llamada república democrática, en las que el pueblo ejercerá funciones de soberanía y legislación. Porque, ¿sabéis? No existen diferencias entre los hombres, estos nacen todos igualmente libres, la desigualdad y la opresión son resultado de una organización contraria a la naturaleza y a la razón humana. Cuando, como en el caso de la monarquía absoluta que nos gobierna, la sociedad no sirve para garantizar los derechos de cada individuo sino que por el contrario los viola y atropella, esta sociedad debe abolirse porque se ha convertido en un régimen despótico-.

Pierre, se sintió cada vez más lejos de su objetivo, su padre no quería responder a su pregunta o simplemente no podía hacerlo, creía en el individuo, pero solo podía vivir para la masa humana.

- Quiero mostrar a mis semejantes a un hombre en toda la verdad de su naturaleza y ese hombre seré yo: Rousseau, el imaginativo, el realista, el lógico, el sensual, el reformador, el utópico, el único Rousseau, pero… ¿por qué me hacéis tantas preguntas?-.

Pierre no le contestó, sabía cuanto había venido a averiguar y había dado ya media vuelta y se alejaba en dirección contraria, iba en busca de su presente y abandonaba a Rosseau en su pasado.

De repente, la calle cobró una realidad distinta y volvió a ser como antes. El joven imaginó que había estado soñando despierto frente a la casa donde había vivido su padre, pero aquel paseo parecía demasiado real como para haber sido producto de su imaginación y pensó: “Sin duda mi ensueño ha querido advertirme de algo y yo debo captar su mensaje”.

Continuó caminando, sumido en sus profundos pensamientos, cuando de pronto se detuvo, acababa de descífrarlo. Ya no odiaría más a su padre, no podía hacerlo, él lo había abandonado a su suerte, pero su suerte sería mejor gracias a él. Una nueva era de libertad se extendía ante su futuro, donde no habría diferencias entre los hombres. Los tiempos estaban cambiando y toda la nación vibraba con aires nuevos que auguraban destrucción de lo viejo para que lo nuevo naciese y curiosamente él, Pierre, el hijo no deseado del gran hombre, sería testigo de los advenimientos. Rousseau, en cambio, moriría sin poder ver el resultado de su obra.

“Siempre creí que no tenía padre” – pensó – “Ahora he comprendido que sólo lo he compartido con los demás”. Y añadió, dirigiéndose al Panteón parisién donde estaba enterrado el gran hombre y cuya bóveda relucía como oro en medio de la oscuridad de la noche: “Padre, quizás no me educaste como a un hijo, pero te perdono porque has educado a toda la Humanidad como un padre”.