Carmen, la videncia

diciembre 4, 2011 under Relatos de Historia

 

 

Los hombres eran fuertes y robustos y las mujeres bonitas y entre ellas se destacaba Carmen, una joven gitana que caminaba ágilmente entre las carretas.

Esbelta como una gacela, la blanca blusa anudada a la cintura parecía ceñir sus senos de virgen como una segunda piel y la falda de lunares agitaba alegremente sus volantes al compás de sus pies descalzos. Hablaba animadamente y mientras lo hacía acompañaba a sus palabras con rápidos gestos y siempre daba grandes rodeos para explicar cualquier idea por simple que esta fuese. En su expresivo rostro estrecho y alargado, destacaba una nariz afilada y una boca extraordinariamente roja y pequeña, como un clavel flor. Amaba el baile, el canto y los juegos y odiaba el esfuerzo de cualquier trabajo, el cual, como la mayoría de sus hermanos de raza, evitaba siempre que era posible.

Los gitanos habían recorrido muchas leguas. Y aunque su vida era un continuo deambular comenzaban a sentirse cansados del camino. Aquel día y ante la vista del pueblecillo que se divisaba a lo lejos decidieron acampar por un tiempo indefinido…

 

Dos acomodados terratenientes que regresaban a la aldea aceleraron el trote de sus caballos al pasar por delante del campamento. Al verlos sintieron miedo y desprecio porque ellos ni siquiera consideraban a los gitanos un pueblo diferente, sino simplemente malas gentes que vivían separadas de los demás entregados al pillaje y a la mendicidad. Un nido de ladrones y asesinos.

Cuando llegaron al pueblo los dos hombres se apresuraron a convocar una reunión de vecinos honorables para ponerles al corriente de la alarmante proximidad de la banda de indeseables.

 

.- Aprovechan todas la perversas inclinaciones de la Humanidad.- dijo el propio Alcalde ante todos los reunidos en la Plaza mayor.- Dicen la buenaventura, roban niños, engañan en el precio de los animales que compran y venden y prefieren el robo a la limosna.-

 

No tardaron en ponerse todos de acuerdo, nadie iba a consentir que aquellos huéspedes ociosos y repugnantes se acercasen al pueblo. Todos los vecinos recordaban que la última vez que lo hicieron habían desaparecido gallinas en los corrales, víveres en las paradas del mercado y también algunas bolsas de transeúntes distraídos. Incluso un niño, hijo de una pobre viuda, desapareció también del lugar después de su partida y a pesar de buscarlo por todas partes nunca fue encontrado.

Mientras se hablaba de tomar medidas rápidas y radicales, los gitanos ajenos a lo que acontecía, habían levantado el campamento y se disponían a pasar la noche dentro de sus tiendas. En cuanto el alba comenzase a apuntar en el horizonte se dirigirían al pueblo cargados con sus cestos y canastas de pita y de junco para venderlos en el mercado.

Hacía tanto tiempo que viajaban que sabían muy poco de las nuevas disposiciones del gobierno: Ante la resistencia tenaz que los gitanos oponían al abandono de su género de vida errante y marginal y a instancias de marques de la Ensenada, el rey Fernando VI había firmado un decreto ordenando que abandonasen sus trajes, sus costumbres y lenguaje y fueran conducidos a los presidios, fortalezas, arsenales y galeras para que, con su trabajo forzoso, contribuyeran a fomentar las riquezas de España. No se hallarían reparos en separar a las mujeres de sus maridos. Sólo a los niños menores de 7 años se les permitiría quedarse con sus madres. Los que escapasen serían marcados con un sello ardiente y los reincidentes serian ejecutados.

 

Carmen no podía dormir aquella noche, silenciosamente había abandonado su lugar en el lecho familiar, que compartía con sus padres y sus cuatro hermanos menores y había salido fuera de la tienda. En el cielo la luna era tan clara que iluminaba el camino casi como si fuese de día y los tejados del pueblo, a lo lejos, parecían estar hechos de luz. Se sentó sobre la hierba que resplandecía y se dejó envolver por la magia de la noche.

Había nacido sabiendo que su pueblo era diferente a los demás y estaba acostumbrada a ser mirada con desprecio por todos los lugares donde pasaban, sin embargo a ella eso poco le importaba porque la familia era y sería siempre toda su vida y su propio mundo. Pensó que pronto sería una mujer casada, pues estaba prometida a Manuel desde su nacimiento y ya tenía 15 años. Se sentía feliz porque estaba enamorada del gitano que sus padres le habían destinado para marido y estaba segura de que él la correspondía, lo había leído en las estrellas. Se había conservado pura para su hombre, al que sería fiel hasta la muerte y amaría a sus hijos como sus padres la habían amado a ella.

Pero hoy no podía pensar en Manuel. Un temor extraño y desconocido parecía agarrar sus entrañas impidiéndole sumergirse en el embrujo de la noche. De pronto miró las palmas de sus manos. Carmen leía en sus líneas y predecía el futuro de los demás, pero aquel día sus manos parecían tener vida propia. Las contempló largo rato iluminadas por la brillante luz de la luna llena. Podía escuchar su voz en el latido de su propia sangre. Y esta voz decía: No vayas al pueblo mañana, Carmen, avisa a los tuyos y huye lejos de aquí, hacia nuevas tierras. La muerte te espera al otro lado del camino.

Se incorporó asustada, debía despertar a todo el campamento, todos debían saber el aviso que ella había recibido del destino.

Comenzó a gritar para alertar a su gente, rápidamente todos fueron saliendo de sus tiendas alarmados. El silencio de la noche se vio truncado por los llantos de los niños y los gritos de las mujeres, mientras los hombres cogían sus estacas y sus fusiles, pronto hicieron un corro a su alrededor…

Carmen había heredado de su abuela sus dotes de adivina. Ella le enseñó todo cuanto sabía en el arte de adivinar el futuro y la fortuna por medio de las rayas de la mano y de la observación de la fisonomía. No era la primera vez que las predicciones de la gitana se cumplían y aunque era muy joven, los gitanos creían en sus dotes, por eso una vez la hubieron escuchado, silenciosamente y con rapidez fueron deshaciendo el campamento entre todos…

 

A la mañana siguiente, cuando los hombres del pueblo armados hasta los dientes y con las autoridades a la cabeza se dirigieron al lugar donde los gitanos habían pasado la noche, solo encontraron unas cuantas huellas de las ruedas de sus carros en el camino y la hierba tronchada por el peso de sus tiendas. Los gitanos estaban ya muy lejos de allí.

Nadie se explicó lo repentino de su marcha, porque nadie supo nunca que el destino había tomado partido y había escrito un mensaje en las manos de la sencilla muchacha gitana.

 

Koscukee, el odio

octubre 30, 2011 under Relatos de Historia

 

Sobre la morena piel de su torso desnudo, el hechicero de la tribu había pintado unos extraños dibujos adornados con pétalos de flores y plumas de pájaros, utilizando para hacerlo conchas afiladas. Los vivos colores habían sido extraídos de pigmentos de la misma tierra. Las pinturas simbolizaban una manada de canguros perseguidos por los hombres y Koscukee se sentía orgulloso de ellas, porque creía que detrás de cada imagen trazada sobre su piel se escondía el triunfo del cazador sobre el animal. La cacería que se iniciaría a la mañana siguiente y en la que todos los componentes de la tribu tomarían parte, le excitaba hasta el punto de robarle el sueño.

Las manadas de canguros que proliferaban en gran número por los bosques de Tasmania eran su principal fuente de alimento. Los mataban no por placer, sino simplemente para subsistir. Y aunque había participado en muchas otras cacerías, aquella noche se sentía extrañamente inquieto.

Por eso tendido en la larga playa, mostraba sus pinturas mágicas a Aquel que habita en lo más alto. Aquel que según las creencias ancestrales de su pueblo, creó sobre la lisa superficie de la Tierra todos los mares y los montes, todos los bosques y los ríos, todas las estrellas, el sol y también la luna… Koscukee, desnudo sobre la arena y envuelto en la tibia brisa del Hemisferio Sur, imploraba la protección del gran gigante del Universo por mediación de la magia de sus dibujos.

Koscukee nunca había salido de su tierra, solo conocía sus queridos bosques de eucaliptos de más de 500 especies diferentes y los amaba. También amaba las hermosas flores que poblaban la exuberante vegetación de sus montañas y los exóticos animales que las habitaban. Su amor se extendía también a las azules aguas del mar, bajo cuyas olas se arremolinaban mil peces multicolores y enormes bancos de coral y su amor llegaba en su grandiosidad hasta el sol, la luna y todas las constelaciones que velaban sus días y sus noches.

Vivía tranquilo sin que su tranquilidad se viera perturbada por las desigualdades, porque la tierra y el mar proveían a él y a los suyos de todo lo necesario. Ignorante de las comodidades tan necesarias para gentes de otros continentes, era feliz no sabiendo el uso que de ellas hacían y en consecuencia no conocía la crueldad, ni la venganza, ni el odio. Se sentía unido a sus padres y hermanos y a todo el resto de la tribu por el mismo amor que le unía hacia todo lo que le rodeaba y como ellos, vivía en una apretada armonía con la naturaleza.

 

Matew Flinders era británico y como todos los británicos poseía ese rasgo esencial del carácter inglés que consiste en una confianza natural en la vida, probablemente genética. Matew Flinders estaba convencido de que Dios había puesto a los ingleses en el mundo como prototipo para dar a los hombres la paz, la justicia y la libertad y como buen componente de su raza, estaba convencido de que sólo los anglosajones podían representar aquel papel.

Quizás como herencia de sus antepasados, marinos y piratas, y por la gran extensión de las costas inglesas, el amor al mar y a las aventuras marcó su vida. De niño solía jugar imaginándose a sí mismo capitaneando un barco y explorando tierras lejanas y desconocidas. En cuanto llegó a la adolescencia, aquellos sueños infantiles fueron tomando fuerza en su imaginación, de tal forma, que ya en plena juventud estaba convencido de que el deseo de Dios era asegurar la dominación de la raza anglosajona en el universo y el único medio de vivir de acuerdo con Dios era ensanchar el territorio sobre el cual reinaban los ingleses.

Fiel a su deseo, con el tiempo llegó a convertirse en marino y después en explorador. Su afán era descubrir nuevas tierras para incorporarlas a la corona Inglesa fue la principal motivación de sus viajes. Y así, con el impulso de sus sueños de niño dando velocidad a las velas de su nave, llegó hasta el quinto continente de la Tierra, a quien puso por nombre Australia inspirándose en estar situado en el Sur del Hemisferio Austral. Era el año 1795.

Después de explorar el territorio donde siete años atrás habían sido desembarcados los primeros penados británicos, navegó también alrededor de Tasmania, demostrando que se trataba de una isla y no de una continuación del continente y aquella tierra le fascinó hasta el punto de tentarle a abandonar sus sueños y ambiciones y quedarse a vivir en ella para siempre.

 

Aquella misma noche, mientras Koscukee se entregaba a sus cavilaciones e imploraba seguridad a las gigantescas fuerzas del Universo, Matew, en el interior de barco anclado en las playas de Tasmania, se dedicaba al estudio del nuevo paradójico animal que acababa de descubrir.

- Es la criatura más fascinante que se pueda imaginar Peter, nunca has visto nada igual, es una mezcla de reptil y pájaro y sólo puede estar en el agua unos pocos minutos- Mientras hablaba, su mano intentaba esbozar gráficamente sus palabras representando con el lápiz la forma de aquel curioso ser, que poco a poco parecía ir cobrando vida en el papel- Sus órganos son un mar de contradicciones – continuó -. Su corazón es el de un mamífero, pero su aparato reproductor es idéntico a los de un reptil. Alimenta a sus crías con leche, pero como no tiene mamas, ellos la obtienen succionando a través de los poros de su piel.

- ¿Cómo podríamos llamarle?- preguntó su segundo de abordo.

-¿Qué más da el nombre? yo estoy demasiado sorprendido por el hallazgo para preocuparme de su bautizo.

- ¿Que te parece Platypus? – continuó el otro haciendo caso omiso de las palabras de su superior.

- Éste será el más fantástico hallazgo entre los muchos marsupiales y diferentes especies de serpientes papagayos y loros, que hemos encontrados hasta el momento -. El capitán no parecía haber prestado mas atención al nuevo nombre, que Peter a su revolucionario descubrimiento.

- Sí, el único problema es el otro tipo de fauna, a la que deberíamos exterminar si queremos considerar la isla como el más idílico paraíso aportado a la corona inglesa.

Abandonando sus apuntes, Matew Flinders miró al hombre que acababa de intervenir, le llamaban el holandés, ya que ésta era la patria de sus antepasados y era su segundo de abordo. Reflexionó sobre sus palabras que rezumaban odio y pensó que no era el único tripulante del barco en sentirlo. Esto le preocupaba. Como buen inglés, el desdén por el extranjero, fuera del color que fuera, era un sentimiento más fuerte que el odio hacia su enemigo. Estuviese donde estuviese, seguiría siendo inglés. No pediría a los nativos de aquella isla que adoptaran sus costumbres, y él jamás adaptaría las de ellos. No se sentía misionero ni conquistador. Los indígenas seguirían siendo indígenas y los extranjeros, extranjeros, todo a una cómoda distancia. La guerra no era un placer para él.

Encendió su pipa con estudiada lentitud y dio un sorbo a la cerveza que le esperaba encima de la mesa alrededor de la cual los tres altos cargos de la nave se hallaban reunidos, pero en realidad su serenidad era sólo aparente, porque tras aquel comentario se sentía extrañamente inquieto.

En la espesura de la selva, el demonio de Tasmania, un feroz animal, llamado así por su fealdad, también presentía algo incierto en la tranquila noche de la isla. Sus patas exageradamente cortas en un cuerpo de escaso tamaño, se aferraban fuertemente al suelo y sus pequeños ojos encubiertos de grueso pelo oscuro, parecían escudriñar el horizonte con malignidad, mientras sus diminutas orejas estaban al acecho de cualquier ruido extraño que pudiera representar una amenaza.

 

Al clarear el día, el barco navegaba de nuevo bordeando la playa. La tierra era baja y llana, con muy pocas montañas salpicadas de espléndidos bosques y a lo lejos se divisaban extensos valles y llanos de tierra arenosa.

Ya era bien entrada la mañana cuando en ambas puntas de una gran bahía divisaron unos cuantos nativos y algunas cabañas. Eran casuchas humildes y pequeñas, construidas con palos, corteza, hierba y otros materiales.

En la playa había un reducido grupo de mujeres, ancianos y niños. Eran de estatura media y cuerpo esbelto y algunos tenían los cabellos lacios y otros rizados, pero todos iban completamente desnudos y su piel negra como el hollín relucía al sol como si fuese de ébano. Las mujeres llevaban a modo de adorno collares de conchas, pulseras o aretes ciñendo la parte superior de los brazos, y los hombres pendientes en las orejas y un hueso atravesando de parte a parte el tabique nasal. Muchos tenían el cuerpo y la cara pintados con una especie de pigmento blanco y negro en caprichosas formas. No eran muy numerosos y no parecían agresivos. Sus canoas estaban tumbadas sobre la arena, debían de tener catorce pies de largo y estaban hechas con trozos de corteza de árbol.

Matew Flinders y unos cincuenta hombres se dirigieron a la orilla en sus botes dispuestos a parlamentar con ellos. Ya en tierra firme, observaron con cautela los alrededores: la playa parecía extrañamente desierta. De pronto una piedra lanzada desde un lugar desconocido pasó rozando la cabeza del capitán y varias pedradas más surgiendo de aquí y de allá, hirieron levemente a unos cuantos hombres. Ante semejante recibimiento, el marino descargó su mosquetón al aire para intimidarles. El holandés farfulló, mientras intentaba limpiar la sangre que manaba de su brazo.

- Son como bestias salvajes, deberíamos exterminarlos a todos.

Matew Flinders intentó calmarle. – Su reacción es natural, están asustados, nunca habrán visto un barco de semejantes dimensiones, ni hombres de piel blanca como nosotros.

Entonces los vieron venir a lo lejos: eran unos trescientos aborígenes que corrían confundidos con la manada de canguros a los que perseguían.

Todo fue muy rápido, en cuanto estuvieron a su alcance, el segundo de abordo no esperó las órdenes del capitán y comenzó a disparar. En vano éste intentó detener al resto de sus hombres, que habían comenzado también a cargar contra ellos.

Los nativos no tenían más armas que sus dardos y sus flechas hechas de púas de dientes de tiburón y su única defensa eran simples escudos de madera. Intentaron zafarse inútilmente del inesperado ataque y aunque eran sumamente hábiles y habían sido entrenados para la caza, la enorme cantidad de municiones que les llovía por todas partes le dejaron aturdidos y sin capacidad de reacción. Algunos afortunados consiguieron huir, pero la mayoría de ellos fueron cayendo, unos tras otro, dejando sus vidas a orillas del mar.

 

Cuando el sol ya comenzaba a declinar, Matew Flinders de nuevo a bordo de su barco intentaba recobrar la serenidad perdida.

- Fue un desgraciado accidente, se lamentaba Peter Crowell, que había sido el primero en disparar. Demasiado tarde, me di cuenta de que no venían a atacarnos sino que se trataba de una cacería de canguros… Sólo hice fuego para salvarnos de lo que yo creí una muerte cierta.

Matew Flinders escuchaba en silencio las disculpas y explicaciones de la tripulación. En realidad no sentía ningún especial sentimiento de compasión por los aborígenes muertos en la playa, pero era un hombre inteligente y comprendía que los nativos no olvidarían fácilmente la matanza y que aquel incidente sería el principio de una larga lucha de sangre y de venganza. Había tomado una decisión.

- Señores- dijo escuetamente-. Nadie deberá contar jamás lo que aquí ha sucedido hoy. Y añadió, mirándoles a todos fijamente a los ojos: A riesgo de su vida.

Se daba cuenta exacta de la magnitud de aquel suceso aparentemente insignificante y también de la importancia de que nadie llegase a saber nunca que, en realidad, era el odio y no el miedo lo que había impulsado a sus hombres disparar.

Mientras tanto el mar, indiferente a lo sucedido, seguía batiendo sus olas, cubriendo de blanca espuma la negrura de los cuerpos inertes de los nativos y Las mágicas pinturas de caza de Koscukee se diluían lentamente en su piel lamidas por el agua.

 

 

 

 

 

 

María Antonieta

octubre 9, 2011 under Relatos de Historia

 

Una mujer joven irrumpió en un cuerpo de guardia y se apoderó de un tambor. Pronto se mezclaron entre la muchedumbre algunos hombres disfrazados que dirigieron al río mugiente y anárquico de mujeres.

Sin saber como, apareció allí un jefe que formó un ejército sobre la desordenada y espontánea masa y entre la confusión general alguien impuso su voz a todas las demás: ¡A Versalles!- gritó e inmediatamente contestaron miles de voces: ¡A Versalles!

Se apoderaron de picas, pistolas y hasta dos cañones que engancharon a dos caballos. Sobre uno de ellos, se sentó una mujer muy hermosa a la que sus compañeras adornaron con las cintas de los colores de la bandera del pueblo mientras cantaban y bailaban a su alrededor. La muchacha subida al caballo parecía una reina entre todos.

La extraña y sobrecogedora comitiva emprendió el rumbo a Versalles y a medida que pasaban por los barrios de París se unían a ella nuevos grupos vociferantes y enardecidos. De repente comenzó a llover, las ropas se empaparon, la lluvia borró los caminos y las patas de los caballos se hundieron en el barro, pero nada de esto pareció disminuir su decisión de avanzar y su entusiasmo.

 

En el interior del Palacio, Luis XVI vacilaba, como había hecho durante toda su vida, mirando a la reina con ojos angustiados. Era un hombre sencillo y laborioso que carecía de decisión y a quien el destino le había gastado la terrible broma de ser rey. Siempre se había dejado conducir por una camarilla de cortesanos capitaneados por su mujer, la bella austriaca, cuyo carácter espontáneo y alegre pero irresponsable, no era perdonado por el pueblo de Francia y por primera vez no hallaba respuesta en los ojos azules de su esposa.

María Antonieta se mordía los labios con ansiedad, paseando inquieta por los amplios salones repletos de nobles agitados. Su complicado peinado levantado sobre un postizo introducido entre los mechones del cabello, dejaba despejada la blanca nuca y a ambos lados de su rostro caían escalonados unos bucles empolvados que se balanceaban en su constante ir y venir contra sus mejillas. Aunque no era una verdadera belleza poseía un atractivo natural que la hacia sumamente deseable. Una especie de magnetismo especial que nacía de sus propias contradicciones: podía ser la más entrañable madre de familia, la más altiva de las reinas, la más tierna de las enamoradas y la más inconsciente de las adolescentes. Podía despertar toda clase de sentimientos, menos uno: la indiferencia. Amada por su esposo sus hijos y sus amigos, odiada por su pueblo que no la conocía y a quien ella tampoco había querido conocer.

La criatura más humana e indefensa y a la vez más egoísta y salvaje. Todo bajo una piel suave, cubierta por brocados adornados con perlas y con flores.

Los ministros mas arriesgados aconsejaban al rey enfrentarse con las masas vociferantes que se acercaban a Palacio y los más prudentes huir de inmediato. Pero éste no acababa de decidirse. Mientras, en el patio de armas, los caballos piafaban de impaciencia enganchados a las a las carrozas, y los lacayos esperaban sus ordenes para partir.

Una larga hora después llegaba al Palacio la guardia nacional, con su comandante el general Lafayette al frente. Este había intentado impedir la partida de la multitud hacia Versalles, pero sus soldados no le obedecieron. Ahora cabalgaba sombrío en su caballo blanco detrás de la banda de mujeres de la revolución, intentando inútilmente dirigir con la razón, la pasión de los elementos desenfrenados.

Al oírlos, el rey respiró aliviado. Las fuerzas armadas de la nación llegaban para protegerlo. Como siempre  había dejado que los acontecimientos fueran a su encuentro en lugar de ir él en su busca, y éstos acontecimientos se acercaban implacables en los rostros de miles de mujeres hambrientas, con los zapatos cubiertos del fango del camino, que llegaban mojadas hasta los huesos y tiritando tras seis horas de marcha. Una multitud andrajosa y sucia, con las faldas echadas sobre la cabeza para protegerse de la lluvia, que, como una ola desbordada, pisoteaba los arriates llenos de flores de los jardines del palacio de Versalles.

Todos se detuvieron frente al Palacio y comenzaron a gritar enfrente del enorme edificio la consigna que corría de boca en boca:

¡A París con el rey, a París con la reina!

El soberano se vio obligado a mostrarse en un balcón para dar su consentimiento. La vista del rey aplacó a las masas que cambió su furia por júbilo y vítores, pero cuando apareció la reina con sus dos hijos cogidos de la mano la multitud calló respetuosamente. Su cara, lívida como una muerta en vida, no mostraba ningún gesto de súplica de ni indulgencia.

Por unos terribles instantes, todos se mantuvieron en silencio esperando lo peor, pero aquella actitud altiva que tantos enemigos le había granjeado durante su reinado, mezclada con la sinceridad de no fingir para obtener clemencia, conquistaron insólitamente a todos los que antes la insultaban que prorrumpieron en nuevos vítores y aclamaciones. La reina había ganado un primer asalto, pero todavía faltaban muchos en la lucha que se había entablado entre ella y el pueblo.

La calma pareció renacer. Ejército y pueblo decidieron acampar en los jardines para pasar allí la noche. La lluvia había cesado. Entre todos encendieron hogueras para calentarse y secar las ropas empapadas, pero aquella tregua era solo aparente y mientras todo parecía haber recuperado la serenidad, los murmullos comenzaban a subir de tono y la guardia que había llegado hasta allí para proteger a la familia real confraternizaba con las masas.

Mientras tanto, unas peligrosas figuras surgidas de no se sabe donde, comenzaban a deslizarse a largo de las verjas a la incierta y escasa luz de las linternas de aceite.

Pierre observó que la mujer que había dirigido la comitiva subida a uno de los cañones, tiritaba de frío. Se acercó a ella y la ayudó a desembarazarse de todas las cintas que unas horas antes brillaban multicolores a la luz del sol y ahora se veían deslucidas y descoloridas, enredadas entre si como mutiles telas de araña. A pesar de su apariencia, la mujer seguía siendo hermosa y su belleza encendía de admiración los ojos del hombre que la miraba.

Pierre estaba seguro de no haberla visto nunca antes, de otro modo jamás hubiese podido olvidar aquella cara. Galantemente le ofreció su capa para cubrirla mientras le decía en tono festivo:

- Seca tus ropas al lado del fuego compañera y abrígate, pues la noche es fría.

Mireille le miró con gratitud y aceptó el abrigo que le ofrecía. Le gustaba el rostro de aquel hombre, tenía una mirada noble y limpia que inspiraba confianza. Desde muy niña estaba acostumbrada a despertar la admiración de los demás y lo aceptaba como algo natural, pero en aquellos momentos no sentía deseos de que él se deslumbrase por su físico como los otros. Le hubiera gustado que también la encontrase hermosa por dentro, porque intuía que aquel hombre era diferente a todos y deseaba agradarle de una manera distinta.

Se sentaron junto a la hoguera y comenzaron la aventura de aquel encuentro. A su alrededor se oían los gritos del populacho y de los soldados que  alborotaban y reía a su alrededor, habían dejado a un lado sus fusiles y bebían todos juntos, para calentar sus ateridos cuerpos y alegrar sus almas.

Pierre y Mireille eran jóvenes y ambos habían sufrido la injusticia de haber nacido en una época que favorecía únicamente a los ricos y sumía a los pobres en la mas espantosa miseria. Los dos tenían también los mismos sueños, los mismas aspiraciones y las mismas metas.

Estuvieron hablando durante horas a pesar del cansancio, descubriendo cuantas cosas tenían en común e intentando compensar con sus palabras todos los años que habían tardado en conocerse.

- Nuestra desgracia está a punto de acabar – decía él con la esperanza reflejada en sus ojos: El general Lafayette ha convencido al rey para que venga con nosotros a París. Entonces las reformas que el pueblo ha planeado serán puestas en práctica y todos seremos iguales, libres y felices.

Ella le miraba con la misma esperanza brillando en sus ojos, soñando también con un futuro que inesperadamente veía unido a aquel hombre que acababa de conocer. Un futuro sin hambre, sin vejaciones, sin tristeza, un futuro lleno de amor y de prosperidad.

Después de varias horas, exhaustos pero felices, se durmieron estrechamente abrazados, al lado de las brasas humeantes como si, ahora que se habían encontrado, no quisieran dejarse escapar.

Ya entrada la noche los despertaron los gritos de un grupo de hombres y mujeres armados con picas, que habiendo descubierto una verja que se había quedado sin vigilancia animaban a todos a penetrar en Palacio… Habían corrido rumores de que los reyes iban a escapar durante la noche. La furia y el odio se redoblaron, era necesario capturar al el rey y a la reina. Debían conducirlos ellos mismos a París.

Como un solo cuerpo la multitud les siguió sin vacilar. Los primeros que llegaron a las graderías de mármol dieron muerte a los guardias reales que les cerraban el paso y ensartaron sus cabezas en sus picas como trofeo. A la vista de la sangre la multitud pareció enloquecer como una fiera hambrienta que captura a su presa y una vez en el interior del Palacio recorrieron una tras otra  las espléndidas salas hasta llegar a la habitación de la odiada reina. Pierre y Mireille estaban entre ellos. Ya no eran dos enamorados llenos de ternura, sino dos animales salvajes luchando por sobrevivir.

 

María Antonieta de Francia escuchaba aterrorizada los alaridos de la multitud que se oían cada vez más cerca de sus habitaciones. Con manos torpes intentaba colocar sobre su camisa de dormir el traje que llevara puesto aquella misma tarde para divertirse con sus amigos en la villa de recreo del Petit Trianon. Su doncella intentaba ayudarla, pero tampoco sus manos le respondían. A duras penas pudo abrochar el corchete que aseguraba bajo el pecho el escotado corpiño, dejando la cotilla abandonada sobre la cama, con lo que la falda quedaba sin soporte y la soberana debía aguantarla con la mano mientras caminaba descalza, porque ni siquiera tuvo tiempo de ponerse medias ni zapatos. Después la doncella cubrió a toda prisa sus hombros con una pañoleta de encaje en el mismo momento en las hordas invadían las habitaciones reales.

La primera en entrar fue Mireille que ágilmente se había adelantado mucho a los demás blandiendo un fusil. Ante ella se hallaba la odiada austriaca, la mujer que tenía más de lo que necesitaba a costa de su propia miseria y la de los suyos. Le hubiera gustado ver correr su sangre para demostrarles a todos que no era azul, sino roja  como su propia sangre de campesina. Todo su futuro y su felicidad estaban en juego. Sus dedos apretaron con fuerza el gatillo, dispuestos a presionarlo, pero ante sí solo vio a una pobre mujer asustada que la miraba suplicante con los ojos llenos de lágrimas, y algo muy parecido a la piedad se apoderó de ella, trocando su furor en lástima. Fue solo un segundo, el necesario para que la reina pudiera desaparecer la habitación tras una puerta secreta que se cerró rápidamente detrás de ella.

Mireille se quedo aturdida en medio de la lujosa estancia. Pierre ya se encontraba a su lado junto a los demás y ella le miró con amor. Quizás aquel sentimiento que había penetrado en su corazón era tan grande que la había enternecido concediendo el regalo de la vida a la odiada austriaca, pero nadie debía saber nunca que en sus manos había estado el destino de la reina y que ella había preferido salvarla.

Cogiendo fuertemente del brazo a su compañero sintió que aquella misma noche María Antonieta había sido sentenciada a muerte, y que a partir de aquel momento ella comenzaba a vivir.

Jane, la hipocresía

agosto 14, 2011 under Relatos de Historia

 

Ahora se hallaban allí, en la cubierta del pequeño barco que zarpaba a la más absoluta aventura, absortos en la contemplación de la eternidad, del mismo modo que sus ojos en la contemplación de la franja de tierra inglesa que se empequeñecía frente a ellos a medida que el barco se adentraba en un mar tan misterioso y desconocido como su futuro.

Pero no tenían miedo porque para ellos cualquier evento por insignificante que fuese lo atribuían al Altísimo, al que únicamente querían servir para gozar de su luz deslumbradora. No tenían miedo porque el entusiasmo  de servirle  les había hecho estoicos y les apartaba de la influencia del peligro y la corrupción.

Hombres y mujeres y niños ofrecían una imágen patética dentro de su ingenua vanidad. Se habían cortado el pelo para protestar contra el uso de las pelucas, tan en boga por aquellos tiempos y que ellos consideraban un insulto a la divinidad del hombre e iban vestidos con gran sobriedad.

Los hombres con corta capa, botas de cuero y sombrero de fieltro de ancha ala, sin cordón ni pluma y las mujeres con largas faldas, recatados corpiños, cofias y delantales blancos, aunque dominaba como nota peculiar de sus vestidos el negro y el gris oscuro.

Jane era demasiado pequeña todavía para comprender nada de todo esto. Con sus pequeñas manos gordezuelas se agarraba a la falda del largo vestido de su madre. Se sentía muy confusa por todo aquel ajetreo que la rodeaba y sus sonrosadas y redondas mejillas estaban cubiertas por gruesas lágrimas que resbalaban desde sus grandes ojos azules. A ella le hubiera gustado seguir viviendo rodeada de sus queridos campos siempre verdes a los que la lluvia hacia brillar. Allí había nacido y ellos eran toda su vida. Creció junto a los animales de la granja que había sido su hogar y ellos eran también parte de su familia, como sus mismos propios padres y hermanos. Ahora sin saber porque, había tenido que dejarlos y el mar tan grande, de un frío color gris metálico la asustaba mucho porque nunca había visto tal cantidad de agua junta.

A pesar de que su madre estaba a su lado, no podía dejar de sentir miedo y desamparo, le hubiera gustado preguntarle por que habían dejado su casa y se hallaban allí encima de aquel extraño artefacto que se movía y la hacía sentir enferma, pero no podía hacerlo porque Jane era aún demasiado pequeña para poder hablar, por eso lloraba en silencio, como el único modo de dejar escapar la gran pena que se asfixiaba dentro de su alma.

Pero aunque Jane fuese demasiado joven para poder expresar con palabras sus sentimientos, había algo que no hacía falta que nadie le explicase,  sabía, no con la inteligencia pero si con el corazón, que ya nunca más volvería a ver a sus gallinas, sus patos y sus cerdos, ni tampoco los prados  los árboles y las flores que rodeaban la pequeña granja de su nacimiento.

Sabía  también que a partir de aquel día todo iba a ser diferente para ella y este convencimiento interno le hacía llorar con desconsuelo.

En pocas horas estuvieron en alta mar. La travesía duró 63 días, durante los cuales los puritanos tuvieron que luchar contra los elementos y soportar estoicamente una tormenta tras otra. Desde su estrecho camarote, la niña acurrucada al lado de sus hermanos, escuchaba aterrorizada el ruido que las enormes olas producían al chocar violentamente contra los laterales de madera del barco. Dentro de su joven mente sus pensamientos eran mucho más profundos de lo que los mayores podían llegar nunca a suponer, porque aunque solo tenía tres años y no sabía lo que era la muerte, la intuía.

La travesía fue terriblemente larga para todos y especialmente para Jane que no sintiendo aquel grado de gracia divina que tan orgullosos volvía a los puritanos ante los hombres y las cosas de este mundo, sufría. y sus sufrimientos no se quedaban a flor de piel, como ellos pensaban, sino que calaban muy hondo en ella conformando para siempre la personalidad que marcaría su futuro de mujer adulta.

Los componentes del grupo, habían dominado la piedad y la ira, la ambición y el miedo, el atractivo de la voluptuosidad y hasta el horror de la muerte, en su ciega pasión por Dios y aunque sonreían y lloraban, pasando del dolor a la alegría, nunca era por las cosas de este mundo y por eso nadie tomaba en consideración el llanto de Jane y tampoco nadie se ocupaba demasiado de ella, ni siquiera su madre.

En realidad su madre nunca había parecido dedicarle suficiente tiempo porque estaba siempre demasiado ocupada con las cosas de Dios y su conducta hacia su hija había sido mas bien fría y distante. Su padre era un pastor protestante de marcada influencia calvinista, de extremado rigor moral y doctrinal, que preocupado por los discursos que debía prepara a sus fieles tampoco disponía nunca de tiempo para dedicarle y miraba con desprecio a los demás hombres porque se creía poseedor de un tesoro mas poderoso que todos : la iluminación.

Los días se sucedían uno tras otro y cuando las tormentas cesaban el sol abrasaba sin piedad sobre las cabezas de los embarcados. A veces Jane tenía tanto calor bajo las gruesas telas que cubrían su pequeño cuerpo, que intentaba quitarse las medias que asfixiaban sus pies, pero su madre se lo impedía siempre, ya que el extremado rigor moral de su doctrina impedía que hombres y mujeres aligerasen su vestimenta. Los puritanos creían que el cuerpo era algo impuro y pecaminoso y ni siquiera la tierna edad de la niña estaba exenta de transgredir la norma.

Asi pues, Jane, para protegerse de los rayos del sol, apenas si salía a la cubierta y pasaba las horas tendida sobre unos almohadones extendidos sobre el sucio suelo del camarote, comía poco y los continuos mareos, unidos al calor, la mala calidad de la comida y la falta de higiene, le habían provocado un estado de desánimo que la hacía dormir durante largas horas, entonces soñaba que al despertar todo volvía a ser como antes, pero cada vez que abría los ojos y se daba cuenta de que todo seguía igual, deseaba volver a dormirse para siempre.

Un día la pesadilla pareció terminar para la pequeña Jane y el resto de los  peregrinos que viajaban a bordo de Mayflower, la costa de América del Norte se dibujó limpiamente en la lejanía del horizonte y todos estallaron en exclamaciones de gozo y alegría. Dios los había protegido y salvado de todos los peligros a los que se habían expuesto durante aquellos terribles días de navegación, no en vano eran nobles por privilegio divino y habían sido sus elegidos. Cuando desembarcaron y tocaron aquella tierra por vez primera cayeron de rodillas y devotamente dieron gracias Dios por haber llegado a buen puerto.

Durante los primeros días que sucedieron al desembarco exploraron la costa, la tierra era salvaje y desierta y parecía rechazarles continuamente porque cada noche regresaban exhaustos y desanimados sin poder hallar un lugar adecuado para asentarse y nunca sabían si al día siguiente encontrarían algo para comer.

A Jane no le gustó aquella nueva tierra donde no había campos con flores ni verdes montes, allí todo era blanco y triste. Hacía tanto frío que los pies y las manos parecían abrasarle y tenía tanta hambre que el estómago se le encogía. Allí tampoco podía jugar con sus hermanos, porque poco a poco y uno tras otro, se habían ido durmiendo y ya no habían vuelto a despertar.

Hasta que un día su madre también se durmió para siempre. Su padre le contó que había ido a reunirse con ellos y con Dios y a partir de entonces Jane solo esperaba que llegase la noche, para sumirse en aquel sueño eterno que la arrebatase para siempre de aquel lugar y la llevase al Cielo donde ellos se encontraban.

 

Las relaciones entre los indios y los recién llegados fueron al principio sumamente amistosas. Tras un largo período de convivencia, los indígenas enseñaron a los ingleses a trabajar la tierra que tan inhóspita les había parecido al principio, a cultivar el maíz, cereal apenas conocido a la otra orilla del Atlántico y a utilizar los restos del pescado como abono, entre otras muchas cosas. Paralelamente se estableció un intenso comercio entre ambas civilizaciones porque comprendieron que la cooperación era el mejor camino para la convivencia.

Jane se había convertido en una joven, que destacaba entre todos los demás componentes del grupo por su vitalidad. En realidad ella nunca se había considerado escogida por Dios, sino que solo creía ser un ser humano embarcado en la aventura de la vida y así pues pasaba mas horas intentando vivirla, que en la Iglesia.

Desde muy niña frecuentaba el poblado de los indios, acompañando a su padre en las visitas que les hacían para intercambiar los productos de la tierra que cultivaban y también a través de ellos, había conseguido integrarse en aquella nueva patria que tanto había odiado cuando llegó.

Casi sin darse cuenta había ido substituido a su familia por una de las tribus indígenas que habitaban cerca del poblado inglés y en ellos halló todo el calor que nunca pudo encontrar entre los suyos, pues su padre continuaba más ocupado hablado con Dios que con ella.

Sin embargo Jane sabía que en el fondo, los indios eran considerados por sus compatriotas como unos seres salvajes, descreídos y holgazanes a los que solo toleraban por conveniencia. Y también se daba cuenta de que el resentimiento de los indios comenzaba a aumentar, sobre todo a medida que nuevas expediciones de europeos iban llegando al país e iban naciendo florecientes ciudades a orillas del océano Atlántico e incluso más al interior. Las nuevas oleadas de colonos en su camino hacia el oeste usurpaban las tierras de los indígenas y los incidentes comenzaban a proliferar, especialmente aquel verano de 1636 cuando un comerciante de la ciudad de Boston fue asesinado en Block Island por un indio de la tribu pequot y los colonos británicos organizaron una expedición de castigo.

Jane se sentía avergonzada de aquella actitud y temía que aquel incidente le impediría ser bien recibida entre la tribu nativa que la había adoptado. Decidió tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre. Aquella tarde se encaminó como de costumbre hacia el poblado indio completamente decidida abandonar a sus compatriotas y renunciar a su propia raza.

 

El chamán alcanzaba el estado de éxtasis mediante sus bailes y cantos que podían durar horas y horas, llevaba puesta una máscara de vivos colores e incansable, retorcía su cuerpo y agitaba sus manos al son de una música monótona y grave, así se comunicaba con los espíritus ya que no en vano era el intermediario entre el hombre y Dios. El concepto del bien y el mal  se encarnaba especialmente en el brujo de la tribu, el chamán, creencia que se perdía en los albores de la historia.

Aquel día, en aquella ceremonia, se pedía algo muy especial a los dioses, su aprobación en la adopción de Jane como un miembro más en el seno de la tribu  y el destino de aquella muchacha inglesa dependía de su veredicto.

Ante la duda, aquella niña perdida que un día embarcó en el Myflower rumbo a lo desconocido, volvía a sentirse desamparada. Hacía tiempo que había perdido a su patria y junto a ella su hogar y sus hermanos. A sus padres nunca los perdió porque nunca los tuvo, ya que solo su Dios, intransigente y cruel los había poseído. Ahora solo podía confiar en que aquel otro Dios de los indígenas, que hablaba a través de aquel brujo, embadurnado en pinturas y oculto tras una máscara, se compadeciese de ella y la aceptase.

Cuando el chaman termino su danza se acercó a la joven que sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la cabeza erguida esperaba pacientemente el veredicto que había de decidir su destino. No le dirigió la palabra, simplemente le ofreció su mano para alzarla. A partir de aquel momento, Jane sabía que era una mas entre los miembros de la tribu. Entonces todos los componentes de la misma se acercaron a ella para abrazarla y Jane pensó que el Dios de sus padres no podía ser verdadero, porque no había amor en Él y en el fondo de su corazón sabía, con aquella sabiduría innata que conservaba desde la niñez, que Dios es solo amor.

 

En el año de 1639 las autoridades de Massachusetts, autorizaron a un grupo de colonos británicos al mando del capitán John Mason, a exterminar a casi la totalidad de los indios pequots.

Olvidando incluso a los que habían bautizado y se mostraban orgullosos de la civilización de los invasores, se dirigieron a su más importante reducto y mataron mas de 5000 de sus habitantes. Los supervivientes fueron perseguidos y la tribu diezmada.

En el periódico Weekly Leader, un pastor puritano de la iglesia reformadora calvinista escribió después un articulo que decía así:

Los indios son un tropel de infames ladrones vagos y apestosos infieles que todo hombre honesto no puede menos que desear  sea exterminado. El firmante de semejante articulo era el padre de Jane. Sin duda no sabía al escribirlo, que su hija desaparecida hacia tiempo de su lado, estaba entre las víctimas de la masacre.

 

Arabela, el embrujo

julio 8, 2011 under Relatos de Historia

 

El hombre, un sencillo pastor de edad indefinida, continuó hablando durante largo rato sin que nadie le interrumpiera. La concurrencia que le rodeaba, en su mayoría mujeres y niños, se había incrementado lentamente a medida que los campesinos que regresaban a sus hogares se unían al grupo.

Sólo al cabo de largo rato de escucha silenciosa, uno de ellos se atrevió a romper la magia de aquellas palabras que parecían fascinar a todos los oyentes e interrumpió la larga oratoria…

- Pues yo creo que todo esto que explicas es un cuento. Seguro que estabas borracho cuando la viste. Si es que  la viste.

- Pues yo si creo que la vio- añadió otro.

Esta intervención dividió rápidamente al grupo en dos bandos contrarios.

A medida que los ánimos se calentaban se enzarzaron rápidamente en una discusión que podía haberse hecho interminable y que amenazaba acabar en feroz pelea, si no hubiese sido por la feliz intervención de uno de ellos, quien subiéndose a una de las piedras más altas del camino zanjó la discusión, gritando simplemente:

- Pues yo pienso que la mejor manera de ponerse de acuerdo es averiguarlo por nosotros mismos y encontrar a la bruja-.

Tras unos breves segundos de reacción el asentimiento de todos fue unánime. Rápidamente los ánimos pasaron de la exaltación a la impaciencia y abandonando las discusiones, todos se pusieron a planear la acción.

Capitaneados por el hombre que había hablado, trazaron un plan de estrategia: al día siguiente, los habitantes del pueblo recorrerían el bosque divididos en grupos de cuatro y las mujeres y los niños se quedarían vigilando en la entrada para evitar que la bruja escapase con sus malas artes mientras los hombres la buscaban. Todos tenían motivos para vengarse de ella y no podían dejar que se burlase de nuevo.

 

La leyenda se remontaba al pasado y había corrido de boca en boca sin que nadie hubiese podido averiguar nunca que había de cierto o no en ella.

Hacia tiempo, una vieja fea y desaliñada llamada Arabela vivía en una de las casas más apartadas del pueblo. Nadie conocía exactamente su historia, pero los más ancianos del lugar contaban que en un tiempo fue una joven malvada pero extraordinariamente hermosa, hija de un cura y de una prostituta. Abandonada a su suerte después de su indigno nacimiento y dotada de unos encantos a los que los hombres no podían resistir, había tenido infinidad de amantes, a los que había asesinado con sus propias manos, uno tras otro, después de haber obtenido de ellos dinero y placer.

Al paso de los años aquella hermosa mujer dilapidó su fortuna con la misma rapidez que sus amores y acabó viviendo sola, en una casa miserable de aspecto lúgubre, con la única compañía de un extraño gato negro y un par de lechuzas cuyos ojos vigilaban la casa día y noche; y de los cuales según se decía que era ella misma la que tomaba su aspecto para mezclarse con la gente del pueblo sin que nadie lo advirtiese.

También, según contaban, se untaba el cuerpo con unas substancias misteriosas que la hacían remontarse por los aires a lomos de su escoba voladora para reunirse en las noches del sábado con sus iguales, llegados de los más lejanos parajes donde adoraban al mismísimo demonio en forma de macho cabrío, danzando juntos en torno a un caldero lleno de horribles ingredientes: sangre de seres humanos mezclada con ungüentos y jugos mágicos.

Un día la vieja mendiga a quien todos habían comenzado a llamar bruja,  fue a pedir limosna a una de las casas del pueblo. Al negársela, su cólera fue terrible y vociferó que pronto se acordarían de ella jurando hacerles a todos mal de ojo.

A los pocos días, moría el hijo mayor de la casa y los dueños recordaron de inmediato la amenaza de la mendiga. Los hombres de la familia del muchacho fallecido, se reunieron y le salieron al encuentro para llevarla arrastrando al pie de la cruz del término donde habían preparado una hoguera. Allí la ataron a un roble donde habían preparado una pira de leña seca, le prendieron fuego y la arrojaron a las llamas abandonándola a su suerte.

Después de aquel suceso, no se volvió a saber nunca más nada de la desgraciada mujer. Nadie sabía si se había salvado del fuego o si su espíritu continuaba viviendo en lo más profundo del bosque para seguir vengándose de los vivos. Así pues, cada vez que alguien enfermaba o moría en la aldea, todos  atribuían aquel infortunio a la venganza de la bruja.

 

Los hombres comenzaron la búsqueda al amanecer y a lo largo del día recorrieron hasta los más apartados rincones del bosque sin hallar ni rastro de la vieja. Cuando el sol declinó, se encontraron cansados y sin ánimos de seguir. Entonces, desalentados y de común acuerdo, decidieron regresar al pueblo.

Solo uno, Tomás, el mismo hombre que había jurado ver a la bruja, resolvió continuar la búsqueda. El resto de sus compañeros le tacharon de loco e intentaron convencerle inútilmente del peligro que podía correr si permanecía allí, pero ninguno sabía que algo en aquel lugar atraía irremisiblemente a Tomás y le obligaba a seguir buscando hasta encontrarla.

Le dejaron solo y la noche le envolvió pronto con su gama de susurros desconocidos que parecían surgir por todas partes, mientras extrañas sombras que convertían a los árboles en fantasmas imaginarios.

Tras algunas horas de vagar perdido y exhausto se refugió en el interior de una cueva acurrucándose contra las rocas. Sólo entonces, se sintió a salvo. Pensó que quizás debería haber sido más sensato y regresar con los demás al pueblo para continuar la búsqueda al día siguiente, pero ya sólo podía quedarse allí y esperar a que pasase la noche. Entonces, cuando sus ojos comenzaban a cerrarse, rendido por el sueño y el cansancio, escuchó una hermosa voz que parecía surgir del interior mismo de la cueva.

- Tomás, ven conmigo, te estoy esperando-.

El hombre pensó que quizás soñaba. Él había ido a buscar a una bruja, pero aquella voz tan dulce y atrayente parecía haber surgido de los labios de un hada. Extrañamente dejó de sentir miedo, sólo deseaba acercarse a ella. Incorporándose, comenzó a avanzar hacia el interior de la cueva, donde la voz parecía repetir su nombre cada vez con más dulzura, y entonces la vio.

Una mujer tan hermosa como nunca hubiera podido imaginar. Sus ojos de un verde intenso brillaban en la oscuridad. Sólo iba vestida de resplandor pero tampoco parecía tener cuerpo, porque Tomás podía ver la cueva a través de ella. Los cabellos largos y oscuros que enmarcaban aquel rostro perfecto parecían flotar en el aire como una aureola. De pronto, sus manos largas de uñas afiladas le atrajeron hacia ella y él hombre, incapaz de resistir aquel abrazo, sucumbió, dejándose envolver por el embrujo que emanaba de aquella extraordinaria figura.

 

Al amanecer, los hombres de la aldea no fueron al trabajo para continuar la búsqueda de la bruja. Debían encontrar de una vez a la malvada vieja que traía tantas desgracias al pueblo, para atraparla y darle muerte antes de que todos cayeran bajo su maligno hechizo.

Y aquel día tuvieron más suerte, como si sus pasos ya conocieran el lugar donde se encontraba. No tardaron en hallarla dormida en el interior de una de las cuevas del bosque. No podía ser otra, era exactamente igual a la descripción que Tomás había hecho de ella; una mujer vieja y arrugada, de una fealdad increíble. Pero lo que a todos llenó de estupor fue que no se hallaba sola, ya que el mismo Tomás, yacía a su lado dormido entre sus brazos. Cuando lograron reaccionar del asombro que esto les ocasionó, separaron bruscamente al hombre de la bruja y a ésta se la llevaron entre todos, arrastrándola por los cabellos.

Tomás trató de impedirlo desesperadamente, pero nadie comprendió su reacción e imaginaron que el contacto con aquel ser malvado le había enloquecido. Lo que ninguno podía saber, es que allí donde todos veían a una bruja repugnante y malvada, él veía a la hermosa mujer de la que se había enamorado locamente en una noche.

La extraña y tétrica comitiva llegó hasta las orillas de un lago que se abría entre la espesura de los árboles. Un sacerdote acompañaba al grupo.

Ataron a la mujer a un árbol mientras sujetaban fuertemente al hombre que gritaba y pedía clemencia para ella. Aquella vez estaban dispuestos a celebrar un juicio justo, un juicio de Dios que les liberase para siempre de aquella pesadilla y limpiase sus conciencias de culpa.

Se celebró la santa Misa, se impartieron los sacramentos y después se bendijo solemnemente el lago antes de comenzar la ceremonia.

La  prueba del agua fría consistía en arrojar a la acusada a las aguas sin compasión; si flotaba, sería prueba que el demonio, cuya sustancia era espiritual y volátil, había penetrado en todas las partes del cuerpo y le comunicaba su ligereza, entonces sería ejecutada inmediatamente.

Pero si por el contrario se sumergía, sería rápidamente extraída del agua con las mismas cuerdas que la ligaban.

Antes de comenzar  el ritual, el sacerdote pronunció las siguientes palabras en voz alta: Si Dios es justo, no debe permitir el triunfo del malvado y puesto que es omnipotente suspenderá las leyes de la naturaleza o las dirigirá de modo que prevalezca la inocencia.

Entonces Tomás, en una explosión de desesperación encontró fuerzas desproporcionadas a la envergadura de su cuerpo y consiguió desligarse de las cuerdas que lo aprisionaban.

Como un verdadero loco, corrió hasta la misma orilla del lago y ante la sorpresa de todos lo presentes, se lanzó al agua al mismo tiempo que el cuerpo de la mujer era arrojado a ella, poniendo sus brazos alrededor del cuerpo de la bruja para impedir que flotase y arrastrarla así consigo a las profundidades. El pueblo, al contemplar semejante acto de locura, abandonó entonces las cuerdas con que habían atado el cuerpo, dejándolo libre.

Tomás no sabía nadar y ambos descendieron lentamente hasta los mismos abismos del lago. Mientras lo hacían, y a medida que el oxígeno abandonaba sus pulmones y la vida se escapaba de su cuerpo, el pastor miró por última vez a su amada: la cara de ángel se había transformado en el deforme rostro de una bruja que se reía de él, enseñándole como aquel día que la descubrió en el bosque una boca vacía de dientes…

 

Brian, la fe

junio 12, 2011 under Relatos de Historia

 

Aquella mañana el calor era denso y amontonados unos junto a otros sobre la pequeña embarcación dormida sobre la arena, protegiéndose de los abrasadores rayos del sol con algunos pedazos de vela destrozada, los piratas también dormían el profundo sueño que produce la mezcla del hambre en el estómago vacío y del alcohol en el cerebro.

Habían derrochado ya en juego y disipación el botín del último barco capturado y hacia ya muchos días que ningún buque se veía sobre el horizonte. Algunos roncaban con gran estrépito y otros dormían en silencio, pero el sudor hacia brillar los rostros embotados y humedecía las ropas malolientes.

Inesperadamente, una silueta esbelta se deslizó como una sombra sobre aquel montón de cuerpos apretados. Saltando ágilmente sobre todos ellos se alejó de la barcaza corriendo al encuentro del mar de intenso color turquesa, que brillaba sobre la blanca arena como una joya.

Era un muchacho de apenas doce años, ojos muy azules y cabello rojo como las panochas maduras, las mejillas cubiertas de pecas revelaban claramente su origen irlandés. Corrió hasta llegar a la misma orilla y una vez allí se tiró al agua sin vacilar y nadó como un pez hasta alejarse varias decenas de metros de la playa, como si quisiera escapar lo más rápidamente posible de aquel bulto informe de cuerpos que en la orilla emitían toda clase de ruidos malsonantes mientras dormían el pesado sueño de la borrachera.

El pequeño Brian había nacido en Cuba y era hijo de piratas oriundos de Inglaterra que se habían unido a los bucaneros, antiguos pobladores de la isla. No sabía ni leer ni escribir porque jamás había ido a la escuela:  el pillaje, las peleas y el crimen fue toda la educación que había recibido desde que nació. Sin embargo el pequeño Brian no se consideraba uno de ellos.

Desde que tuvo uso de razón sentía en el fondo de su alma un profundo rechazo por aquellas costumbres salvajes con las que nunca pudo identificarse. Para su gente el continuo ejercicio del valor era un poderoso estímulo, no importaba a qué precio. A él en cambio le gustaba más jugar con los animales de la isla, sus únicos compañeros de juegos, y sabía separar instintivamente la belleza de la naturaleza de la fealdad de las cosas creadas por el hombre.

Él fue el primero en advertir el barco que giraba lentamente en dirección al Oeste. Se quedó contemplando la silueta de la nave avanzando soberbia, recubierta de banderas multicolores y con las velas desplegadas al viento. Pensó que le gustaría estar a bordo de aquel gran buque para poder irse lejos de allí, porque aunque nadie se lo había contado nunca estaba seguro de que más allá de la franja del horizonte debía de haber algo diferente a aquella vida, que él no consideraba suya sino de otros.

Desde el lugar donde se encontraba todo se desarrolló ante sus ojos con gran rapidez. Vio como de las canoas embarrancadas en la playa comenzaban a surgir docenas de hombres empequeñecidos por la distancia que gesticulaban con los brazos y pudo adivinar, aunque no oír, los gritos y las blasfemias que acompañaban siempre al inicio de la lucha. Después, una docena de embarcaciones ágiles y ligeras fueron botadas al agua mientras unos setenta u ochenta hombres perfectamente armados y resueltos tomaron sus lugares en el interior y se dirigieron remando con gran celeridad hasta donde se hallaba el navío, dispuestos al abordaje.

Había visto aquella escena muchas veces y le resultaba familiar; sabía que pronto debería formar parte de aquel espectáculo y sentía una interior repugnancia, porque la vista de la sangre de los heridos y de los cuerpos mutilados de los muertos le hacia sufrir.

Se sumergió  de nuevo para quedar aislado de lo que estaba sucediendo en la superficie y buceó durante largo rato. El sol atravesaba el agua e iluminaba con destellos brillantes las rocas que se asentaban firmemente en el fondo recubiertas de conchas, caracolas y de erizos. Allí en la profundidad, rodeado de peces multicolores de todos tamaños y de algas que parecían danzar, agitadas por las corrientes marinas, se sentía feliz y a salvo.

Permaneció durante mucho rato en el agua, de vez en cuando salía a la superficie para tomar aire y dejarse remontar un trecho por una ola, después volvía a sumergirse, pero ni una sola vez dirigió la mirada hacia el lugar donde había visto el navío.

Cuando decidió volver a la playa, el sol ya iba descendiendo en su cenit. Aparentemente todo parecía haber vuelto a la normalidad, el viento había amainado y a pesar de tener las velas desplegadas, el barco seguía estando en el mismo lugar donde lo vio por primera vez y las canoas tampoco parecían haberse movido de la playa.

Comenzó a nadar despacio hacia la orilla. Sus pensamientos le acompañaban e imaginó lo que vería al llegar. Un círculo de hombres gritaría entorno al botín capturado producto de su fechoría y el reparto tardaría horas en realizarse. La parte principal se adjudicaría a los heridos de la siguiente manera: cien escudos a quien hubiese perdido un ojo y doscientos por un brazo mutilado; a los muertos se le enviaría una porción para sus familias y el resto sería derrochado por los vivos de una manera tan rápida como había sido conseguido. Tras duras disputas en el reparto, los contrincantes se pelearían por el oro y el que se considerase agraviado, mataría si tenía ocasión de hacerlo a su ofensor. Después sus compañeros examinarían los hechos y si consideraban que se había hecho justicia, se daría sepultura al muerto y se olvidaría el asunto, en caso contrario, el asesino seria atado a un árbol y cada uno de los piratas del grupo le dispararía un tiro. Después, todos volverían a su vida miserable, todos menos algunos, que se quedarían en la cubierta del barco asaltado hasta que el tiempo y el sol calcinase sus huesos, o bien para siempre en el fondo del mar.

Cuando ya estaba bastante cerca del corro de hombres que vociferaban y maldecían, Brian comprendió que ser uno de ellos era el futuro que le esperaba en un corto plazo y que nadie, si no era él mismo, podría cambiar su destino. Entonces respiró hondo para que sus pulmones se llenaran de suficiente oxigeno y comenzó a nadar rápidamente en dirección contraria a la playa.

Sus brazos estaban entrenados a recorrer grandes distancias en el agua, pero aunque había aprendido a nadar casi antes de comenzar a andar, tuvo que bracear mucho para alcanzar el barco. La calma reinante le favorecía y además le guiaba una firme decisión, que le infundía una inusitada fuerza para alcanzar su objetivo.

Cuando al fin llegó junto al casco del navío, descubrió fácilmente un acceso para subir a bordo. Trepó por las cuerdas sueltas sobre la borda y jadeante se encontró al fin sobre la cubierta. Una vez allí, intentó ocultarse para no ser visto, pero lo que vio le hizo olvidar su miedo y su cansancio.

Por todas partes se veían cuerpos sin vida, amontonados unos sobre otros y el hedor de la sangre le produjo una sensación de náusea. Aunque estaba acostumbrado a la suciedad, nunca hubiera podido imaginar que aquella nave, que de lejos parecía espléndida y majestuosa, pudiera esconder tanta hediondez. Los insectos se multiplicaban por doquier y

la vista de los muertos le sobrecogió, aunque estaba acostumbrado a la muerte. !Habían tantos!. Venciendo su irreprimible repugnancia, se sobrepuso y comenzó a recorrer la nave, sorteando los cadáveres que la cubrían.

En la cubierta de popa un pabellón ocupaba la parte principal y por su mejor acabado supuso estaría reservado a los oficiales. En la proa se erguía un lugar alto, que a juzgar por la cantidad de hombres armados que yacían sin vida junto a la artillería, parecía estar reservado a la defensa. Ambos lados de la cubierta parecían un lugar de tránsito de marineros u oficiales.

Brian siguió su recorrido impulsado por la intriga de hallar a alguien con vida a bordo.  Y no intentaba ocultarse pues era evidente que nadie intentaría atacarle ya que no habían supervivientes.

Descendió por unas escaleras interiores hasta hallarse bajo cubierta y descubrió una habitación que por su especial lujo y comodidades le pareció debía de ser la del capitán. Continuó caminando hacia la proa hasta llegar al depósito de las armas y un poco más hacia adelante encontró la despensa, de cuyas provisiones los piratas apenas si habían dejado nada, solo algunos restos de carne salada, queso, embutidos, harina, y habas. Llegando a la proa había otra gran cámara con velas y municiones, pero ni una sola presencia humana en su interior.

Se disponía a subir de nuevo a cubierta, cuando un suave movimiento del navío le hizo perder el equilibrio, enseguida comprendió que se había levantado el viento y el barco comenzaría rápidamente a navegar sin rumbo. En su precipitación olvidó toda prudencia y corrió para alcanzar las escaleras de acceso al exterior. Conocía bien aquellas tempestades de aire que se originaban en cuestión de minutos y levantaban grandes olas que enviaban los barcos a la deriva, llevándolos como juguetes contra las rocas o haciéndolos embarrancar contra la costa.

Un nuevo y brusco vaivén le zarandeó empujándolo con tal fuerza, que prácticamente fue despedido contra la pared golpeándose la cabeza con uno de los salientes. Brian cayó al suelo sin sentido mientras el barco emprendía una ruta veloz hacia lo desconocido. En la superficie las nubes comenzaban a agolparse negras y sobrecogedoras, como acudiendo a una cita obligada y el cielo adquiría una oscuridad impenetrable.

Cuando se recuperó, la nave parecía haber recobrado la estabilidad, poco a poco fue volviendo a la realidad y comprobó con espanto que el barco se movía como si estuviese navegando en alta mar. Oyó el sonido de unas voces lejanas y su instinto de supervivencia agilizó sus pensamientos. Debía ponerse a salvo: nadie podía descubrir que estaba a bordo, su vida estaba en juego…

Pero no tuvo tiempo de ocultarse, dos hombres descendían ya por la escalera hacia donde se encontraba y en pocos segundos estuvieron frente a él. Parecían dos marineros, hablaban en una lengua desconocida y reían a grandes carcajadas. Sus largos cabellos y bigotes denotaban que eran hombres libres. Brian hizo un gesto de defensa previendo un ataque por parte de ellos, pero ante su estupor los dos pasaron por su lado casi rozándole, como si no existiera.

Una vez repuesto algo de aquella impresión y antes de subir a la cubierta, decidió seguirlos, aunque a prudente distancia.

Los marineros se dirigieron a la despensa y Brian casi no pudo dar crédito a sus ojos al comprobar como aquella habitación que él había visto antes saqueada por sus gentes, estaba ahora de nuevo repleta de comida en abundancia. Comenzaron su tarea de cargar víveres probablemente para la tripulación sin demostrar que le habían visto.

Brian pensó que el golpe del cual aún se resentía le había enloquecido hasta el punto de hacerle sufrir alucinaciones y entonces se arriesgó, colocándose en el centro de la habitación, para hacerse completaste visible a los ojos de los marineros; pero como estos seguían con sus tareas sin demostrar que le veían, aturdido y sin saber que pensar, decidió subir a la superficie.

Una vez en cubierta, el espectáculo que se ofreció ante sus ojos estuvo a punto de quitarle nuevamente el sentido. Los cadáveres que antes había visto, eran ahora hombres vivos dedicados a las tareas cotidianas de la navegación en alta mar. Los marineros trepaban por los altos mástiles, arriando y desplegando las velas. Los soldados conversaban animadamente, mientras se ocupaban de limpiar sus fusiles y de conservar en buen estado los cañones, y el que parecía el capitán de todos, hablaba con varios de sus oficiales. Discutían entre ellos y parecían sumidos en profundas dudas. Aventurarse por el océano era temerario y todos sabían que las corrientes marinas, el viento y las tempestades podían desviar a la nave de su rumbo con gran facilidad. Y aunque indicaban al marinero que llevaba el timón el curso a seguir, de hecho se navegaba por intuición.

Como nadie parecía advertir su presencia, Brian, se atrevió a deambular entre ellos cada vez con más confianza. Era evidente que una extraña circunstancia le hacía invisible a sus ojos, y aunque el muchacho no comprendía lo que estaba ocurriendo todavía no estaba muy lejos de la edad en que la fantasía y realidad se confunden de tal modo que es difícil separar la una de la otra. Aceptó pues los hechos con la curiosidad propia de sus años y decidió vivirlos intensamente.

Había deseado huir de su destino trazado por su nacimiento y fuera como fuese sus sueños se estaban materializando. Lo importante es que había escapado de sus gentes y estaba embarcado en la nave que tanto deseó. Ahora solo le hacia falta imaginar como sería el lugar a donde se dirigía y su fe conseguiría el resto. La fe de Brian era su mejor arma y su mayor tesoro.

Durante los días que siguieron el muchacho compartió la vida de la tripulación del navío como un miembro mas: comía de su comida, dormía en sus literas, paseaba junto a los oficiales y observaba con curiosidad todo lo que le rodeaba. Todos actuaban como si no existiera y alguna vez se llegó a preguntar si verdaderamente no estaba muerto y se había convertido en un fantasma.

Aunque no comprendía sus palabras se sentía muy afín a los sentimientos de sus compañeros de viaje. La mayoría de ellos se habían embarcado en busca de aventuras y otros por necesidad, pero todos buscaban lo mismo que él, una nueva vida. A todos les guiaba el entusiasmo y la esperanza que les hacia soportar de mejor grado la dura disciplina, la escasa comida y los insectos que lo invadían todo. Lo mismo que él, todos esperaban la aparición de la franja de tierra deseada en el horizonte y todos también se dormían cada noche con la esperanza de que ésta fuese la última en el mar. Pero los días se sucedían uno tras otro, con una monotonía angustiosa y el mar se mantenía siempre ante sus ojos extrañamente quieto y azul.

Una noche, mientras Brian dormía, el barco comenzó a moverse bruscamente de nuevo. El muchacho se despertó sobresaltado y subió a la cubierta. Allí todo era agitación, el viento había comenzado a soplar con fuerza anunciando tormenta y los hombres corrían de un lado a otro gritando, plegando las velas e intentando mantener el rumbo.

En pocos minutos todo se hizo oscuro a su alrededor y el cielo y el mar se confundieron en un estrecho abrazo que pareció envolverle. Sobrecogido, Brian intentó asirse a un mástil para no ser arrasado por las gigantescas olas que, anunciando la proximidad de la costa, amenazaban arrojarlo a las profundidades.

Entonces una enorme sacudida de la mar acompañada de un estremecedor estruendo hicieron que el muchacho saliese despedido por la borda.

Cuando Brian recobró el conocimiento, se encontró tendido en una playa de arena dorada. El sol brillaba sobre su cabeza y el mar había vuelto a recuperar la calma perdida. Se incorporó débilmente para inspeccionar el lugar donde se hallaba.

Las palmeras se extendían a lo largo de la orilla balanceándose al viento y a lo lejos vio una cordillera de sierras muy altas coronadas de algo blanco que desconocía y que parecía unirse con las nubes hasta el punto de confundirse con ellas. Le pareció estar soñando una vez más… Nunca había visto nada semejante. De pronto recordó a sus compañeros de viaje y miró mar adentro: Entonces le pareció ver el barco que le había conducido hasta allí desapareciendo en la lejanía y envuelto en la tormenta que le había arrojado a la playa.

Comprendió que aquellos hombres habían muerto hacía tiempo. ¿Quizás habían sido los espíritus de los mismos que tripulando aquella nave fantasma le habían llevado hasta su destino?  ¿O quizás todo había sido fruto de su imaginación y el azar y la suerte habían hecho el resto?

Fuera como fuese, tal y como había imaginado él estaba allí. Su fe le había dado ánimos, valor y fuerza y aquella misma fe le animaría a proseguir el camino emprendido.

Su fe, su mejor arma, su mejor tesoro.

 

Isabel, la confesión

marzo 1, 2011 under Relatos de Historia

Era una mujer de mediana edad, no demasiado alta y bien proporcionada. Su tez blanca estaba enmarcada por una cofia oscura que casi ocultaba su cabello de un rubio descolorido; los ojos pequeños y vivos, entre verdes y azules, se hubieran perdido entre tanta palidez, sino hubiera sido por su brillo de acero metálico y parecían no mirarle a él, sino a un objetivo invisible.

 

 

Más incluso que su real presencia, fue aquella mirada la que le asustó de veras al pobre fraile y ambos se quedaron observándose, como si esperasen algo el uno del otro. Después Fray Fernando dijo simplemente: Arrodillaos, Señora.

Entonces, la soberana habló y su voz sonó como una campana en la estancia silenciosa: Nunca me arrodillaré ante vos, si vos no lo hacéis también ante mí. No olvidéis que soy la reina.

Fray Fernando se quedó por unos momentos sin palabras, no esperaba aquella falta de humildad, pero ante semejante arrogancia, el fraile encontró la réplica justa: Majestad, yo represento a Dios en el Tribunal de la Penitencia y Dios, como rey del Cielo, no puede hincar la rodilla ante ningún rey de la Tierra.

Isabel pareció haber recibido un golpe, porque se estremeció. Nadie se había atrevido a contradecirla, sólo permitía ser replicada por su esposo, Fernando, con quien después de su matrimonio había pactado compartir el título y el mando, pacto que simbolizaron ambos en aquellas palabras que unidas al yugo y a las flechas se hicieron grabar bajo sus respectivos escudos: Tanto monta, monta tanto.

Sin embargo no se indignó, al contrario, le había sido sumamente grato el valeroso rasgo del fraile, tanto, que comprendió que aquel era el confesor que había estado buscando durante mucho tiempo, un confesor digno de ser el suyo. El anciano, con su entereza y dignidad, había ganado de golpe toda su confianza, hasta el punto de hacerle sentir irreprimibles deseos de liberar por fin su alma de los pecados que jamás había osado confiar a ningún sacerdote por temor a que no supiera guardar el secreto sagrado de la confesión.

Había vivido durante años con aquellas ocultas culpas pesando en su alma como piedras de molino. Ahora y por primera vez, un ministro de Dios le parecía lo suficientemente integro para confiar en él, y sin añadir palabra se arrodilló dispuesta a iniciar la confesión de sus pecados.

La voz de la reina hablando en susurros a su oído parecía confundirse con el crepitar del fuego que se consumía lentamente. Era una tarde del año 1495.

- Padre, yo me acuso de haber pecado hace ya mucho tiempo y aunque me he confesado de otras faltas cometidas después, éstas primeras quedaron en el fondo de mi corazón sin haber sido perdonadas. Como fue que he tomado la comunión muchas veces con ellas en la conciencia, el pecado ha sido cada vez mayor, hasta llegar a tal proporción que ya no sé si seré digna de la absolución de mi culpa.

La reina hizo una pausa, como si no se atreviese a continuar. Fray Fernando esperó pacientemente sin decir nada, invitándola a seguir con su silencio y entonces, ella incapaz de retener ya más lo que había estado reprimido durante tanto tiempo, prosiguió: Padre, me acuso de ocupar un trono que por derecho no me pertenece.

Y después de aquellas palabras, las demás acudieron a sus labios como un torrente imparable.

- Vos debéis saber lo que se contaba de mi hermanastro Enrique sobre su impotencia, hasta el punto que por esta causa, su propia esposa Juana de Portugal solicitó la nulidad de su matrimonio; pero parece ser que la clase de impotencia que Don Enrique padeció no fue en absoluto total y pudo permitirle alguna relación aislada, porque la reina dio a luz a dos hijos y una hija, llamada Juana, apodada despectivamente la Beltraneja, porque decían que Beltrán de la Cueva era el supuesto progenitor de aquella criatura. Yo, y muchos otros, sabíamos que éste no podía ser el padre, pues la falta que se le reprochaba a la reina databa sólo de un año y hacía mucho más que la princesa había venido al mundo.

Creo que recordareis que los castellanos indignados se sublevaron al ver educar a Juana, supuesto fruto de un adulterio, para que le sucediese en el trono. Enrique, siempre débil y juguete de intrigantes, nombró entonces heredero a su hermano Alfonso, aunque bajo la condición de que se casaría con ella.

Poco después murió Don Enrique y yo recogí sus últimas palabras en su lecho de agonía; en ellas declaraba solemnemente la legitimidad de su hija Juana, pero yo las callé para mí e hice como si no las hubiera nunca escuchado, proclamándome rápidamente Reina.

Aquí Isabel, hizo de nuevo una larga pausa, como si tuviera que tomar fuerzas para continuar hablando; cuando al fin lo hizo, su voz sonó distinta, como cargada de un sentimiento de odio mezclado con desprecio.

- Pero la Beltraneja- como la llamaba ahora- tenía sus partidarios, que eran mis enemigos, entre ellos el mismo rey de Portugal, antiguo y desairado aspirante a mi mano. Éste también pretendía mi reino y para ello se desposó con Juana y declaró la guerra a Castilla. Mi esposo el rey, y yo misma, le hicimos frente en la batalla: Fernando como capitán de los soldados y yo como estratega en la retaguardia. Una vez vencido el rey de Portugal y mientras mi amado esposo recogía toda la gloria de la victoria, yo me ocupaba de otros menesteres aún más importantes, aunque desconocidos para todos.

Decidí apartar a Juana de mi vida, aunque sin perderla tampoco de vista. No por ella misma, que era, igual que su padre, un pobre e insignificante ser que se dejaba llevar por las circunstancias como un muñeco, sino porque preveía que un enemigo potente podía jugar la carta de la Beltraneja como se juega un comodín.

La solución que se me ocurrió fue recluirla en un convento, porque pensé que así la tendría siempre controlada, y aprovechando una crisis de desmoralización de la muchacha, cansada de que su persona y la circunstancia de su procreación fuesen utilizadas como arma política según los intereses del poder, la convencí de que renunciase al trono para siempre, y amenacé a las autoridades eclesiásticas con las más severas sanciones si la dejaban salir del convento.

Para que jamás se descubriese que yo me había aprovechado del desánimo de aquella pobre alma, puse especial empeño en que constara en los papeles del convento de Santa Clara, que la Beltraneja había tomado el acuerdo de hacerse monja por su propia voluntad.

Y allí es donde la desgraciada de transcurrir tristemente sus días y esa es la forma en que yo, Isabel reina de Castilla, he pisoteado su porvenir y el trono, que como he dicho al principio de esta confesión, es a ella a quien por derecho pertenece.

Esta verdad, que sólo yo, Juana, y ahora Vos conocéis, no me deja vivir en paz, y aunque no he vuelto a verla, sueño cada día con su triste rostro, encerrado tras las paredes de su celda y los remordimientos por la injusticia cometida con aquella infeliz me roban la alegría de vivir.

El fraile había escuchado sin hablar la confesión real con tanta atención como asombro, porque de todos era sabida y conocida la virtud y la honestidad de la reina, según se decía la mujer más recta e inflexible de Castilla. No estaba en su mano juzgarla porque eso sólo correspondía a Dios y a Dios invocó piadosamente para hablar en su santo Nombre. Permaneció unos minutos en silencio esperando la iluminación, hasta que el Señor efectivamente puso en su boca las temidas palabras:

- Hija mía, el único modo de recobrar la paz de tu conciencia, es devolver el trono a su verdadera dueña.

Isabel, que había esperado conteniendo los latidos de su corazón a que el sacerdote hablase, dio rienda suelta a su indignación al escuchar lo que jamás hubiera deseado oír.

-¿Pretendéis decir que yo, la reina de Castilla y Aragón, que he podido conseguir junto a mi esposo la unidad de los reinos y he reducido a la obediencia a los nobles y grandes señores, obligándoles a devolver a la corona las tierras que de hecho le pertenecían. Yo, que he hecho posible, tras innumerables esfuerzos políticos y económicos, hacer posible el descubrimiento de las Indias, apoyando al intrépido navegante Cristóbal Colon, a quien nadie, excepto yo misma, daba un voto de confianza. Que he sido una amante de mis súbditos, hasta el punto de preocuparme también de darles un esplendor intelectual nunca conocido. Que he tenido a mis cinco hijos uno tras otro, en medio de guerras y constantes campañas en pos de la grandeza del reino y los he casado con los reyes más poderosos de Europa, sacrificando su voluntad. Que he librado a la Iglesia y a los cristianos de la nefasta influencia de los judíos, ordenando la expulsión de los mismos del país y creando el Santo Tribunal de la Inquisición para la persecución de herejes peligrosos para la fe de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Vos pretendéis que yo, que tanto he hecho en nombre de Dios, en ese mismo nombre entregue a esa mujer sin carácter todo lo que me ha costado semejante esfuerzo?.

-Majestad, yo sólo hablo en nombre de Jesucristo y a Él poco le importan los bienes de la Tierra. Es vuestra alma la que está en juego y ella es más importante que todo el poder y toda la grandeza del reino-.

La blanca tez de la reina, perdió su fantasmal palidez y se tornó roja de indignación a medida que escuchaba las palabras de Fray Fernando, toda su admiración y confianza se había truncado en furia desmedida y maldijo el impulso que la había llevado a hacerle partícipe de sus más íntimas confidencias, sin tener en cuenta que él como hombre, nada tenía que ver con la figura divina que representaba.

- Padre, Dios está muy alto, pero el bien de mi patria es para mí, más alto todavía. Si Él no puede comprender el porqué de mis actos y perdonarlos, prefiero vivir en pecado pero ser reina, que ser una mujer justa pero sin corona.

- Hija mía, nada puede ser más alto que la palabra del Señor, pero si ésta es tu decisión, yo no puedo darte la absolución para tus pecados.

La tensión parecía poder cortarse con un cuchillo. Con arrogancia se levantó Isabel del suelo, dejando al fraile arrodillado a sus pies. Le miró con desprecio, después giró la espalda con brusquedad y salió de la habitación haciendo crujir las ropas de su austero traje mientras se alejaba.

Fray Fernando de Talavera se quedó solo y de rodillas en medio de la estancia desierta, con las paredes como único testigo de aquella conversación, pensó entonces que las paredes no podrían contar nunca lo que habían escuchado, pero tuvo el presentimiento de que sus días como confesor de la reina habían terminado.

 

Acababan de darle la extremaunción, la reina estaba agonizando. Sólo tenía cincuenta y cuatro años, aún era joven para morir, pero la mujer que no había flaqueado ante las preocupaciones de los más arduos negocios de estado y las mayores fatigas corporales, sucumbía al acerbo dolor de ver morir a sus hijos uno tras otro. En sus últimos momentos aún tuvo la suficiente fuerza de espíritu para exigir al sacerdote que al ponerle los óleos sagrados lo hicieran bajo las sábanas, pues su pudor no permitía enseñar los pies desnudos.

Fernando, su esposo, que estaba a su lado, pensó que era lógico que no quisiera mostrarlos a nadie, puesto que él no los había podido ver nunca, como tampoco el resto de su cuerpo.

El rey comprendía que iba a perder a su mejor compañera, pero también a su peor amante. Como marido, jamás había podido disfrutar de su áspero cuerpo, por eso había buscado calmar su sed en otros cuerpos más complacientes a lo largo de todo su matrimonio. Isabel, inteligente y astuta, no sólo le había pagado sus infidelidades con la más intachable lealtad sino que había colmado de regalos a sus enamoradas, las casaba y las enviaba lejos, bien lejos…

Aquella manera de comprender sus debilidades de la carne, siempre le llenó de respeto hacia su esposa. También la había admirado porque ella era mejor estadista, mejor político, mejor soldado y mejor estratega que él mismo, pero lo que nunca podría perdonarle, es que ella fuese mejor rey que el mismo rey.

 

Juana la Beltraneja se sentó al lado del lecho de la moribunda mirándola con sus ojos grandes y soñadores. Desde su nacimiento Isabel había odiado aquella mirada abúlica en su rostro dulce, lleno de la característica melancolía que tan parecida la hacía a su padre Enrique y que hacía clara la legitimidad de su origen.

Isabel se dio cuenta de que Juana no podía estar allí con los demás, porque hacía ya varios años que había muerto en el monasterio donde ella misma la había recluido y entonces comprendió que Juana había venido desde el Más Allá para pedirle cuentas en el lecho de muerte. La reina sabía que tenía una deuda y que si no era saldada antes de morir, le impediría franquear las puertas del Paraíso. Con voz velada por la fiebre se dirigió al fantasma creado en su culpable imaginación.

- Juana, yo te dejo mi reino en mi muerte, ya que te despojé de él en vida.

Pero Isabel estaba tan acostumbrada a mandar, que hasta aquella última súplica parecía una orden.

Juana inclinó la cabeza en un deje contemplativo y le contestó con suave voz:

- Donde yo estoy, Isabel, ya no necesito un trono, porque ese reino que me arrebataste ya me ha sido devuelto en el Cielo. Allí no tengo corona, ni castillos, ni vasallos, ni soldados, pero tengo algo que tú no tuviste y que nunca tendrás: paz.

Tú has sido reina en la tierra pero ahora en el infierno penarás eternamente, del mismo modo que yo pené al entrar tras los muros del convento donde me condenaste a vivir de por vida. Ese es el precio que pagarás por tu ambición.

 

En el mismo momento en que Isabel intentaba retener a Juana a su lado, el último aliento escapó de sus labios. El médico real que había estado atento a los movimientos de la soberana, se acercó al lecho y tomó una de sus manos para comprobar si la vida había abandonado su cuerpo. Después se dirigió hacia el gentío que llenaba la habitación, ávido de presenciar sus últimos momentos y dijo con voz solemne: La reina ha muerto.

Y mientras estas palabras todavía resonaban en los oídos de todos los presentes, el alma de aquella mujer se escapaba veloz por el hueco de uno de los ventanales de la alcoba en pos de su próximo destino, que sólo Dios podía conocer.

 

 

Godofredo, la locura

junio 22, 2010 under Relatos de Historia

 

Los propietarios indígenas debían albergar en cada finca a una familia goda, que pasaba a beneficiarse de los frutos de los dos tercios de los campos de labor, y esto, sobre todo en un tiempo de decadencia económica, provocaba grandes recelos por parte de los vencidos. Además y como casi todos los pueblos de raza germánica, ellos eran seguidores de las doctrinas de Arrio, mientras que el resto de la población era católica, lo que aumentaba la intransigencia y la separación, pero tampoco el pueblo visigodo pretendía modificar los hábitos de los indígenas del país, que conservaron sus costumbres.

Aunque al invadir Hipania se habían encontrado con una civilización decadente, los invasores eran conscientes de que la cultura hispana era muy superior a la suya, por esta razón y aunque fomentando un dualismo de religión y de raza, iban trasformando poco a poco sus usos y modo de vida asemejándola a la de ellos y sus hijos nacidos orillas del Mediterráneo se habían habituado pronto al lujo y a una vida más alegre, pero Godofredo seguía recordando con nostalgia las tierras del Norte, especialmente desde que había muerto su esposa Segismunda, hacía solamente dos meses.

Solía visitar con frecuencia el cementerio donde estaba enterrada y aunque iba solo, siempre estaba acompañado de sus recuerdos. Caminaba taciturno entre las sepulturas que se alineaban en las calles, algunas excavadas simplemente en tierra y otras revestidas de obra de albañilería, para detenerse delante de la gran losa de piedra que cubría la tumba de su esposa donde permanecía largo rato perdiendo la noción del tiempo.

Recordaba que habían colocado su robusto cuerpo dentro de un ataúd de madera, en decúbito y mirando al sol naciente, como era la costumbre entre los pueblos godos, él mismo había cruzado sus brazos sobre el amplio pecho que había amamantado a sus seis hijos y lo había cubierto de joyas, que simbolizaban todo el amor que sentía hacia ella en conmovedora ofrenda. Las mismas alhajas con las que su familia había atravesado el Danubio.

El trato continuado con los romanos había hecho de los visigodos, uno de los pueblos germánicos más civilizados, Godofredo era un noble culto, con innatas dotes de mando, era también justo y recto en sus costumbres, por cuyas cualidades era muy querido por los suyos, por eso su inmensa tristeza preocupaba a sus hijos que intentaban distraerle y hacerle olvidar el recuerdo de su perdida esposa, pero Godofredo no quería olvidarla y se refugiaba en el solitario cementerio para estar a solas con sus propios pensamientos.

Recordaba a Segismunda antes de su penosa enfermedad que había minado su salud poco a poco, cuando aún tenía las mejillas carnosas y sonrosadas. Le gustaba abrazar el robusto cuerpo de matrona germana, envuelto en una amplia túnica talar que solía cubrir con una larga estola de lino blanco sobre la cabeza y espalda y que extendida desde el lado derecho del hombro al lado izquierdo dejando al descubierto sus grandes y exuberantes pechos. Entre ellos él había recostado muchas veces su cabeza, no ya en busca de la pasión de la amante, sino de la ternura de la madre desaparecida hacía tiempo. Y ahora sin el calor del pecho de su amada, se sentía como un niño perdido.

Su pueblo había dejado de ser nómada al aposentarse en las riberas mediterráneas, pero él sentía deseos de volver a su país de nacimiento y revivir entre los brumosos parajes del norte de Europa los días de su juventud, cuando conoció a Segismunda. Aunque sabía que ella ya no estaría allí para esperarle y nada sería como antes. Su esposa había partido a ese extraño país de donde dicen nunca se regresa, pero entonces…¿por qué la sentía siempre tan cerca de él y su presencia llenaba todos sus pensamientos? Sin ella la vida no merecía la penas ser vivida y su amargura era cada día mayor, a pesar de los esfuerzos de sus hijos y de sus amigos.

 

El invierno estaba próximo y comenzaba a hacer frío, un manto de pieles cubría su corta túnica ceñida al talle por un cinturón rematado por una recia hebilla de oro macizo, que servía, también, para sujetar los largos calzones que protegían sus piernas. Su larga cabellera color de trigo se confundía con su también larga y espesa barba. Aunque ya no era joven, Godofredo conservaba la esbeltez y la fortaleza física de sus años jóvenes y puesto que los matrimonios entre individuos de distinta religión estaban prohibidos por las leyes de la Iglesia, más de una hispano romana al verle, había deseado pertenecer al pueblo invasor para poder desposarle y consolarle en su dolor.

Pero Godofredo no pensaba en mujer alguna que no fuese la que había perdido, y así, sumido en profunda tristeza pasaron los días uno tras otro y estos pronto se convirtieron en meses y después en años.

El noble visigodo envejeció rápidamente en aquella soledad auto impuesta, a la que nadie, excepto sus recuerdos tenía acceso, y poco a poco dejó de interesarse por las cosas materiales. Sus hijos fueron casándose y él repartió entre todos las viñas, las huertas, los olivares, los campos de cereales, y todos los demás bienes acumulados de la explotación de las tierras a los hispanos. Después se hizo construir una pequeña casita cerca del cementerio y delante de la tumba de su esposa pasaba la mayor parte del día.

Al principio sus hijos iban a visitarle a menudo e intentaban devolverlo a la realidad, pero poco a poco se dieron cuenta de que su padre hacía ya mucho tiempo que no deseaba vivir en el mundo real y espaciaron sus visitas en vista de la inutilidad de sus esfuerzos. Godofredo llegó a obsesionarse de tal forma con el recuerdo de su esposa muerta, que comenzó a hablar imaginariamente con ella a todas horas como si aún estuviese viva, hasta que todo el mundo acabó por creerle loco y sus hijos dejaron de visitarle definitivamente.

Una noche el cielo se llenó de resplandores de tormenta. Godofredo se despertó con el estruendo de los truenos y en su demencia, le pareció que era su amada Segismunda que lo llamaba con su voz recia y sonora. Se levantó con rapidez y olvidándose incluso de protegerse de la lluvia que caía a torrentes salió de su casa.

Con pasos vacilantes atravesó la escasa distancia que lo separaba del cementerio y se dirigió ansiosamente al lugar de la tumba de su amada, en aquel instante otro trueno más cercano pareció estremecer la tierra hasta sus más profundos cimientos y a su mente enferma le pareció escuchar la siguiente suplica dirigida a él, en la voz de Segimunda:

.- Godofredo, esposo mío, estoy encerrada en esta lúgubre fosa desde hace tanto tiempo… deseo volver a ver la luz del sol y el resplandor de la luna y de las estrellas… deseo embriagarme de nuevo con las esencias de las flores y escuchar el canto de los pájaros en el bosque, pero sobre todo, lo que más deseo, es volverme a mirar en tus azules ojos, tan iguales a los ojos de todos mis hijos que tanto añoro… Godofredo, por piedad, aparta esta pesada losa que me impide salir de aquí y libérame de este encierro que sufro desde hace años…

Los relámpagos seguían iluminando el horizonte y Godofredo confundió los truenos, que cada vez se escuchaban con más frecuencia, con los intermitentes sollozos de su esposa. Sin pensarlo ni un minuto y preso de una enfermiza desesperación, intentó apartar la piedra que cubría la sepultura. Pero aunque era un hombre fuerte, nunca hubiera podido lograrlo si la misma ansiedad no hubiese prestado una inusitada fuerza a sus brazos.

Tardó bastante rato en conseguir su propósito, el sudor del esfuerzo se mezcló con la lluvia y resbaló por su rostro surcado de arrugas que la amargura había ido marcado durante tantos años de sufrimiento.

Al fin la piedra cedió y Godofredo vio de nuevo frente a sí el ataúd que encerraba el cuerpo de su esposa. Los truenos parecían haber enmudecido de repente y en medio de aquella calma inesperada se dio cuenta con terror que la caja estaba abierta. Entonces vio sus manos, intactas, blancas como el mármol, que se agarraban aún crispadas sobre la tapa carcomida y descubrió de repente el porque de su incapacidad de resignarse ante la evidencia de la muerte. Aquel espíritu atormentado lo había perseguido día y noche trasmitiéndole toda su angustia y toda su desesperación, porque…

y entonces lo comprendió con horror…!Segismunda había sido enterrada viva!…

Y aquel descubrimiento que podía haber enloquecido a un cuerdo, hizo que su mente recuperarse la lucidez perdida.

 

Gertrud, el padre

marzo 12, 2010 under Relatos de Historia

Gertrud era alta y rubia como sus hermanos Eegill, Smurri y Olaf y también como ellos tenía la piel blanca y los ojos azules, pero el azul de sus ojos quizá era más claro y su cabello era tan rubio que se confundía a veces con la nieve que en invierno cubría los valles.

Aunque quería mucho a su madre, que, como todas las madres de las diferentes familias del grupo era tenida en gran consideración por parte de todos, adoraba a su padre, Olaf, que a su vez sentía un cariño extraordinario por la pequeña Gertrud, permitiéndole a menudo muchas de las cosas que jamás hubiera consentido a ningún otro de sus hijos.

Se sentía muy orgullosa de él, no sólo porque era su padre, sino porque también era el jefe de la tribu, a quien todos debían respeto y obediencia. Sus sentimientos iban mucho más allá del vínculo de sangre y muy dentro de sí misma, donde los instintos bailan una loca danza que la razón no puede comprender, vibraba algo que iba aún más lejos de su admiración como jefe famoso por sus hazañas y su amor filial. Algo extraño e indefinible, quizá como un remoto presentimiento del amor que ella entregaría a un hombre algún día.

Todos los varones en su familia ostentaban largas cabelleras que eran muy estimadas y cuidadas como signo de pertenecer a la casta de los hombres libres, a diferencia de los siervos y de los esclavos que llevaban el cabello corto.

Desde muy niña se acostumbró a ver luchar por su independencia a sus hermanos junto a su padre y a los demás guerreros de la tribu, ya que de hecho ésta era la única ocupación que tenían.

En las noches de plenilunio o novilunio, los ancianos y los nobles decidían la paz y la guerra y entonces a Gertrud le hubiera gustado ser hombre para asistir a aquellas misteriosas asambleas y poder ver a su padre dirigiéndose a todos los guerreros que, vestidos con sus trajes de combate, le escuchaban como si fuera un dios.

Alguna vez cuando nadie la veía, se había colocado sobre la cabeza el casco de guerra. Deseaba ardientemente acompañar a su padre en la batalla, para poder morir con él en combate e ir juntos al reino del dios Wotan, donde ambos, eternamente jóvenes, podrían cazar día y noche y beber el hidromiel celeste en el cráneo de sus enemigos. Pero se daba cuenta de que aquellos eran sueños imposibles Siempre le estaría vedado el mundo de la guerra por haber nacido mujer.

Odiaba su sexo que la limitaba en todo lo que ella deseaba hacer y en consecuencia odiaba las labores de la casa propiamente femeninas. Tampoco le gustaba la larga túnica con franjas ornamentales que le llegaba hasta los pies y que vestían todas las mujeres de la comunidad, ya que le parecía incómoda y ridícula. A ella le hubiera gustado vestirse con pieles, como los demás hombres y actuar como ellos, pero nadie sabía de los deseos escondidos en su corazón.

El tiempo pasaba aprisa y el cuerpo de Gertrud cambiaba llenándose de curvas que ella intentaba inútilmente disimular bajo las ropas. Aún a su pesar se había convertido en una hermosa mujer y por mucho que intentase disimularlo todos lo advertían, sobre todo los muchachos jóvenes del poblado, pero ella no podía interesarse por ellos porque en su corazón ninguno podía siquiera compararse a su padre.

Se había convertido en una joven solitaria. Su conducta era extraña, sólo parecía sentir deseos de emular a sus hermanos en sus simulados juegos de guerra sin importarle sus burlas y constantes rechazos. Su madre, preocupada, decidió que quizá había llegado el tiempo de buscarle un esposo y el cariño que de niña sentía por ella se convirtió en un abierto enfrentamiento, pues no la comprendía y Gertrud tampoco se sentía comprendida por ella.

Fue por aquel entonces cuando su pueblo se vio seriamente amenazado por uno de los jefes de las tribus vecinas que había extendido rápidamente su autoridad por varios cantones y quería también anexionarse aquellos territorios para proclamarse rey. El poblado estaba inquieto y Gertrud, como todos los demás, sabía que si su padre, como jefe de la tribu, daba muestras de temor o timidez sería inmediatamente depuesto.

Aquella circunstancia distrajo completamente la atención sobre su persona y su hipotético marido y Gertrud suspiró aliviada; sabía desde su nacimiento, que la autoridad paterna entre los suyos era ilimitada y que su padre podía no sólo casarla contra su voluntad sino también, venderla o incluso quitarle la vida si se oponía a sus deseos. Le dolía en lo más profundo que él no comprendiera los motivos por los que ella no quería casarse con nadie, pero jamás se hubiera atrevido a revelarle su escondido secreto, y aunque era consciente de que no debía sentir aquel sentimiento hacia él, no podía luchar contra sí misma.

Por otra parte, los guerreros vibraban de entusiasmo ante la perspectiva de lucha, que para ellos representaba una aventura más que una desgracia y les suponía una nueva ocasión para merecer el Paraíso prometido, ya que si morían de vejez o de enfermedad perderían el cielo eterno e irían a parar para siempre a la fría morada del Loki, que para ellos representaba el infierno.

La guerra estalló y el pueblo se quedó desierto de hombres. Gertrud los vio partir un día a caballo con su padre a la cabeza, ostentando orgullosos los cascos metálicos de dos cuernos y armados con afiladas espadas de bronce y escudos que les cubrían la mitad del cuerpo.

Entonces una idea, la realización de todos sus sueños de niña, germinó en su mente; No lo dudó un instante: con la velocidad del rayo se vistió con las ropas de combate de sus hermanos y montando uno de los caballos que había quedado en las cuadras se unió al grupo que partía. Estaba segura de que en la confusión nadie se daría cuenta de su presencia ni sería reconocida porque había ocultado sus cabellos bajo el casco de guerra.

Y así, veloz como el viento y ágil como una gacela, la valiente amazona que deseó haber nacido jinete, partió hacia la realización de todos sus sueños de niña siguiendo la figura adorada de su padre, su dios y su ídolo, en busca de la gloria en la tierra o en el Cielo para compartirla con él.

En la fría noche que precedía al combate, Olaf el jefe de la tribu, paseaba lentamente por entre los cadáveres de las víctimas que yacían caídos en el mismo campo de batalla. Habían tenido innumerables bajas, a pesar de haber salido victoriosos en el enfrentamiento. Los supervivientes se disponían a recogerlos para enterrarlos como correspondía a su rango y dar así una digna despedida a los afortunados, que en aquel momento debían de estar ya disfrutando de las delicias de una vida de eterna juventud en el Paraíso, junto a Wotan, el dios de la guerra,.

De pronto, algo llamó su atención y se detuvo para observar de cerca la cara de uno de los caídos. Un mechón de cabello pálido como la nieve asomaba por debajo del casco metálico y su corazón comenzó a palpitar con fuerza, ya que le pareció reconocer en aquel rostro a alguien muy querido.

Lo separó con suavidad de la ensangrentada cabeza y una cascada de largos y rubios cabellos cayó en completa libertad, entonces, con sus propias manos giró el rostro hacia él, y pudo ver con claridad los azules ojos de su hija Gertrud, que aún a pesar de tener la frialdad de la muerte parecían mirarle con amor.

Y entonces, comprendió todo lo que ella siempre había querido decirle y nunca se había atrevido y aquel descubrimiento lo llenó de amargura y de felicidad. Después se inclinó con ternura y dolor sobre el delicado cuerpo de su hija y la llevó en brazos hasta su tienda. Gertrud sería enterrada con todos los honores de un guerrero germano. Aunque la había perdido, sabía que volvería a encontrarla en el Paraíso, donde ella le estaría aguardando desde aquel día.

Allí podrían amarse para siempre como dos espíritus, libres de los lazos de sangre que los ataban en la Tierra

 

Aresdre y Alor

enero 31, 2010 under Relatos de Historia

 

Iba vestido con un jubón ceñido a la cintura y cubría sus hombros con un manto hecho de oscura lana de cabra, sujetado en el hombro con un broche de bronce. Llevaba anillos de oro y plata en las orejas, cuello, brazos y también en los dedos de los pies, que insólitamente llevaba descalzos a pesar del frío, ya que como celta, había sido acostumbrado a soportar los rigores de la temperatura para poder convertirse en un buen guerrero.

Su pueblo se había establecido en el Rin, el Elba y el Danubio a donde habían llegado tras atravesar la Europa continental, procedentes de Asia, eran excelentes jinetes y amantes de la lucha abierta y aquel día celebraban una futura victoria porque a la mañana siguiente Alor y sus hombres marchaban a la conquista de las cálidas tierras del Sur, pobladas de gentes morenas de pequeña estatura.

Debían atravesar montañas y valles, hasta llegar a donde estas gentes tenían asentados su poblados, pequeños grupos aislados de viviendas que al ser de reducido número los hacían más vulnerables. Les esperaba un largo camino y la comida era también un modo de preparar sus cuerpos para la ardua marcha que se avecinaba.

Alor, como noble galo, disponía de esclavos y vasallos en número proporcionado a su alta alcurnia y a sus riquezas y también contaba con numerosos hombres de la plebe, que oprimidos por las deudas, los tributos y los vejaciones, se sometían a su servicio y sobre quienes podían ejercer los mismos derechos que sobre los esclavos.

Era un hombre rico y poderoso, poseedor de muchas tierras, temido por su bravura y sus armas, pero sin embargo no muy fiel a la palabra empeñada, que solía interpretar a su conveniencia, lo cual le ocasionaba más de un problema y frecuentes rencillas.

Uno de sus más encarnizados enemigos era el druida Aresdre, que en aquella ocasión se hallaba sentado enfrente de él, vistiendo una túnica blanca y un gran manto de tejido de lino fino que le concedía la prestancia y gravedad correspondiente a su cometido de sacerdote. Aresdre también ejercía de adivino, médico, legislador y filósofo, según el caso, y había sido el preceptor de Alor desde su más tierna infancia.

El joven fue siempre un aventajado discípulo, despierto e inteligente, y acostumbraba a formularle mil preguntas, para las cuales el sacerdote no tenía siempre res­puesta. Al llegar a la adolescencia, el joven galo, como casi todos los muchachos de su misma edad, creía haber llegado a un número de conocimientos superior al de su maestro y dejó de escuchar sus enseñanzas, que le parecían aburridas e incluso algo absurdas.

Hombre pragmático y con sentido práctico, todas aquellas historias de carácter esotérico comenzaron a parecerle muy poco convincentes. Este cambio de actitud, perfectamente natural en un adolescente, le pareció al druida algo insólito y humillante.

La hostilidad entre ambos empezó con la rapidez del fuego que comienza en un bosque sediento. Aresdre nunca pudo perdonarle su arrogancia y su impertinente descaro y cuando el noble galo se convirtió en un joven adulto, el antagonismo entre ambos era tan fuerte y evidente que ya ninguno de los dos se molestaba en disimularlo ante los demás, ocasionando a veces situaciones no sólo embarazosas sino violentas.

El pueblo se hallaba dividido entre ambos contrincantes, sin ni saber qué partido tomar, ya que el uno representaba la autoridad religiosa y el poder espiritual y el otro el poder económico y militar.

Sus desavenencias llegaron al punto culminante cuando Alor se casó con una joven de su misma tribu, la hermosa Igelda, a quien el druida había amado desde siempre en silencio. De los muchos agravios infringidos por el noble celta, éste era el más insoportable de todos. El druida comenzó a envidiar su juventud y su apostura de un modo enfermizo y, poco a poco, en su mente fue germinando la idea de la venganza.

Cada noche en la soledad de su alcoba, formulaba ritos mágicos secretos destinados a llevar a la ruina al joven celta, pero hasta el momento, ninguno de sus hechizos maléficos parecía haber dado resultado y su animadversión hacia él aumentaba al mismo tiempo que aumentaban las conquistas y los éxitos del noble galo.

Aquel día, el druida, como todos los demás comensales, había bebido demasiado, sus ojos brillaban de excitación y la cerveza comenzaba a liberar su odio reprimido en el fondo de su corazón durante demasiado tiempo.

Igelda, la mujer de Alor, estaba sentada al lado de su esposo y parecía resplandecer como una joya. Iba vestida con una simple saya sostenida en el cuello a modo de collar que cruzaba el seno de forma que los altivos pechos quedaban al descubierto. El pelo recogido en dos largas trenzas se adivinaba rubio en su origen, pero lucía el tono castaño de los frutos del bosque, conseguido con un tinte elaborado con médula de cabra y ceniza muy apreciado entre las damas de noble alcurnia.

Los ojos del druida no podían apartarse de los sonrosados pezones contraídos por la baja temperatura y tal era el deseo que se reflejaba en su mirada, que el mismo Alor captó la lascivia en las pupilas del sacerdote y le increpó violentamente:

“Solo yo puedo mirar de este modo lo que me pertenece y harías bien en alejar tus ojos de lo que es mío.”

Todos callaron presintiendo una tormenta inminente. Alor se levantó de golpe y todos se levantaron también en señal de respeto. El sacerdote permaneció sentado mirándole fijamente pero sin miedo, sabía que su persona era intocable, pertenecía a la otra casta poderosa de las tribus celtas. Quizá no poseía las riquezas ni las armas, pero sí estaba investido de la autoridad suficiente para desafiar a la nobleza. Sin embargo el alcohol pesaba en la cabeza de los dos hombres y el desafío se establecía entre sus instintos, desposeídos de su rango.

Igelda intentó intervenir, pero fue apartada bruscamente por el brazo de su marido que la arrojó al suelo sin contemplaciones. En aquel instante, cualquier cosa podía suceder, la mano de Alor se dirigió a  la larga espada de dos filos que embutía en una vaina de hierro ceñida al cinto y el druida lo hizo a su vez con el puntal que llevaba oculto entre los pliegues de su larga túnica.

En aquel momento decisivo, un espantoso trueno retumbó por todo el cielo antes despejado y la lluvia comenzó a arremeter con fuerza sobre el bosque. Inmediatamente, como si el agua que caía sobre ellos aplacase también el calor de sus ánimos, el casi inevitable enfrentamiento desapareció y Alor apartó su mano del cinto mientras volvía a recuperar su lugar en la mesa, todos los demás siguieron su ejemplo aliviados y el banquete prosiguió animadamente a pesar de la tormenta. Pero el odio que brotaba del alma de ambos contrincantes no desapareció, simplemente volvió a su lugar de origen y permaneció postergado, pero no muerto.

Aquella nueva humillación no había hecho sino aumentar los deseos de venganza de Aresdre, que decidió dar a sus planes una forma definitiva porque se había dado cuenta que el mundo era demasiado pequeño para los dos. Uno de ellos debía desaparecer para siempre.

Con el alba, el cuerno de guerra sonó llamando a la partida. Todos los miembros del poblado celta abandonaron al unísono sus hogares y sus utensilios de trabajo y acompañados de sus mujeres corrieron a empuñar las armas. Habían cambiado sus vestidos por una cota de escamas de bronce para proteger su cuerpo, cubrían sus cabezas con un casco, provisto de dos astas y guarda mejillas y se armaron con lanzas de larga punta de hierro ondulada, jabalinas, arcos, hondas y escudos ovales de la altura de un hombre. Pero especialmente, con su arma favorita, la maza, en cuyo manejo eran temibles hasta el extremo que los romanos solían decir que nadie podía vencer a un galo cuando decía: ¡Duro y a la cabeza! palabras que acostumbraban a ser sus gritos de combate.

Abandonaron el poblado en masa hacia el encuentro con lo desconocido, montados a caballo y armando un terrible estrépito, haciendo ostentación de todo un aparato de guerra, en el que no faltaban pinturas y cincelados de oro y plata.

Pero a Adresde no le importaba nada conquistar las tierras de los Iberos, sólo le importaban sus planes de venganza y sabía que Alor iba a una cita con la muerte porque había planeado matarle con sus propias manos.

Galopaban favorables al viento en busca del enemigo, confiados en que todavía se hallaban a considerable distancia del poblado ibero, cuando les sorprendió el ataque de docenas de ellos que, agazapados tras las rocas abruptas, habían estado esperando pacientemente a que se acercasen lo suficiente.

Ya en pleno fragor de la lucha, confundidos los hombres de ambos bandos en un abrazo encarnizado, Aresdre creyó haber encontrado el momento oportuno para realizar sus planes. Los galos estaban aún demasiado aturdidos y confusos para prestar atención a nada que no fuera defender sus propias vidas y no se dieron cuenta de que Aresdre arrebatando la máscara de la cara de uno de los contrarios muertos, se precipitaba a traición sobre el jefe galo que en aquel momento luchaba cuerpo a cuerpo contra uno de los feroces guerreros iberos.

Ya iba a hundir en su espalda la punta de su lanza, cuando en aquel preciso instante un dolor agudo detuvo su mano, sus dedos perdieron sensibilidad y el arma cayó a sus pies al mismo tiempo que él caía a su lado.

Agonizante, aún tuvo tiempo de contemplar la cara de su asesino que se erguía frente a él blandiendo la espada ensangrentada y de reconocer antes de morir, los ojos azules de Igelda mirándole sin piedad.

Pero antes de exhalar su último suspiro se sintió feliz, había predicho que en el mundo no había sitio para los dos y uno de ellos debía desaparecer. Sus oráculos se habían cumplido, solo se había equivocado de víctima.