Godofredo, la locura

junio 22, 2010 under Relatos de Historia

 

Los propietarios indígenas debían albergar en cada finca a una familia goda, que pasaba a beneficiarse de los frutos de los dos tercios de los campos de labor, y esto, sobre todo en un tiempo de decadencia económica, provocaba grandes recelos por parte de los vencidos. Además y como casi todos los pueblos de raza germánica, ellos eran seguidores de las doctrinas de Arrio, mientras que el resto de la población era católica, lo que aumentaba la intransigencia y la separación, pero tampoco el pueblo visigodo pretendía modificar los hábitos de los indígenas del país, que conservaron sus costumbres.

Aunque al invadir Hipania se habían encontrado con una civilización decadente, los invasores eran conscientes de que la cultura hispana era muy superior a la suya, por esta razón y aunque fomentando un dualismo de religión y de raza, iban trasformando poco a poco sus usos y modo de vida asemejándola a la de ellos y sus hijos nacidos orillas del Mediterráneo se habían habituado pronto al lujo y a una vida más alegre, pero Godofredo seguía recordando con nostalgia las tierras del Norte, especialmente desde que había muerto su esposa Segismunda, hacía solamente dos meses.

Solía visitar con frecuencia el cementerio donde estaba enterrada y aunque iba solo, siempre estaba acompañado de sus recuerdos. Caminaba taciturno entre las sepulturas que se alineaban en las calles, algunas excavadas simplemente en tierra y otras revestidas de obra de albañilería, para detenerse delante de la gran losa de piedra que cubría la tumba de su esposa donde permanecía largo rato perdiendo la noción del tiempo.

Recordaba que habían colocado su robusto cuerpo dentro de un ataúd de madera, en decúbito y mirando al sol naciente, como era la costumbre entre los pueblos godos, él mismo había cruzado sus brazos sobre el amplio pecho que había amamantado a sus seis hijos y lo había cubierto de joyas, que simbolizaban todo el amor que sentía hacia ella en conmovedora ofrenda. Las mismas alhajas con las que su familia había atravesado el Danubio.

El trato continuado con los romanos había hecho de los visigodos, uno de los pueblos germánicos más civilizados, Godofredo era un noble culto, con innatas dotes de mando, era también justo y recto en sus costumbres, por cuyas cualidades era muy querido por los suyos, por eso su inmensa tristeza preocupaba a sus hijos que intentaban distraerle y hacerle olvidar el recuerdo de su perdida esposa, pero Godofredo no quería olvidarla y se refugiaba en el solitario cementerio para estar a solas con sus propios pensamientos.

Recordaba a Segismunda antes de su penosa enfermedad que había minado su salud poco a poco, cuando aún tenía las mejillas carnosas y sonrosadas. Le gustaba abrazar el robusto cuerpo de matrona germana, envuelto en una amplia túnica talar que solía cubrir con una larga estola de lino blanco sobre la cabeza y espalda y que extendida desde el lado derecho del hombro al lado izquierdo dejando al descubierto sus grandes y exuberantes pechos. Entre ellos él había recostado muchas veces su cabeza, no ya en busca de la pasión de la amante, sino de la ternura de la madre desaparecida hacía tiempo. Y ahora sin el calor del pecho de su amada, se sentía como un niño perdido.

Su pueblo había dejado de ser nómada al aposentarse en las riberas mediterráneas, pero él sentía deseos de volver a su país de nacimiento y revivir entre los brumosos parajes del norte de Europa los días de su juventud, cuando conoció a Segismunda. Aunque sabía que ella ya no estaría allí para esperarle y nada sería como antes. Su esposa había partido a ese extraño país de donde dicen nunca se regresa, pero entonces…¿por qué la sentía siempre tan cerca de él y su presencia llenaba todos sus pensamientos? Sin ella la vida no merecía la penas ser vivida y su amargura era cada día mayor, a pesar de los esfuerzos de sus hijos y de sus amigos.

 

El invierno estaba próximo y comenzaba a hacer frío, un manto de pieles cubría su corta túnica ceñida al talle por un cinturón rematado por una recia hebilla de oro macizo, que servía, también, para sujetar los largos calzones que protegían sus piernas. Su larga cabellera color de trigo se confundía con su también larga y espesa barba. Aunque ya no era joven, Godofredo conservaba la esbeltez y la fortaleza física de sus años jóvenes y puesto que los matrimonios entre individuos de distinta religión estaban prohibidos por las leyes de la Iglesia, más de una hispano romana al verle, había deseado pertenecer al pueblo invasor para poder desposarle y consolarle en su dolor.

Pero Godofredo no pensaba en mujer alguna que no fuese la que había perdido, y así, sumido en profunda tristeza pasaron los días uno tras otro y estos pronto se convirtieron en meses y después en años.

El noble visigodo envejeció rápidamente en aquella soledad auto impuesta, a la que nadie, excepto sus recuerdos tenía acceso, y poco a poco dejó de interesarse por las cosas materiales. Sus hijos fueron casándose y él repartió entre todos las viñas, las huertas, los olivares, los campos de cereales, y todos los demás bienes acumulados de la explotación de las tierras a los hispanos. Después se hizo construir una pequeña casita cerca del cementerio y delante de la tumba de su esposa pasaba la mayor parte del día.

Al principio sus hijos iban a visitarle a menudo e intentaban devolverlo a la realidad, pero poco a poco se dieron cuenta de que su padre hacía ya mucho tiempo que no deseaba vivir en el mundo real y espaciaron sus visitas en vista de la inutilidad de sus esfuerzos. Godofredo llegó a obsesionarse de tal forma con el recuerdo de su esposa muerta, que comenzó a hablar imaginariamente con ella a todas horas como si aún estuviese viva, hasta que todo el mundo acabó por creerle loco y sus hijos dejaron de visitarle definitivamente.

Una noche el cielo se llenó de resplandores de tormenta. Godofredo se despertó con el estruendo de los truenos y en su demencia, le pareció que era su amada Segismunda que lo llamaba con su voz recia y sonora. Se levantó con rapidez y olvidándose incluso de protegerse de la lluvia que caía a torrentes salió de su casa.

Con pasos vacilantes atravesó la escasa distancia que lo separaba del cementerio y se dirigió ansiosamente al lugar de la tumba de su amada, en aquel instante otro trueno más cercano pareció estremecer la tierra hasta sus más profundos cimientos y a su mente enferma le pareció escuchar la siguiente suplica dirigida a él, en la voz de Segimunda:

.- Godofredo, esposo mío, estoy encerrada en esta lúgubre fosa desde hace tanto tiempo… deseo volver a ver la luz del sol y el resplandor de la luna y de las estrellas… deseo embriagarme de nuevo con las esencias de las flores y escuchar el canto de los pájaros en el bosque, pero sobre todo, lo que más deseo, es volverme a mirar en tus azules ojos, tan iguales a los ojos de todos mis hijos que tanto añoro… Godofredo, por piedad, aparta esta pesada losa que me impide salir de aquí y libérame de este encierro que sufro desde hace años…

Los relámpagos seguían iluminando el horizonte y Godofredo confundió los truenos, que cada vez se escuchaban con más frecuencia, con los intermitentes sollozos de su esposa. Sin pensarlo ni un minuto y preso de una enfermiza desesperación, intentó apartar la piedra que cubría la sepultura. Pero aunque era un hombre fuerte, nunca hubiera podido lograrlo si la misma ansiedad no hubiese prestado una inusitada fuerza a sus brazos.

Tardó bastante rato en conseguir su propósito, el sudor del esfuerzo se mezcló con la lluvia y resbaló por su rostro surcado de arrugas que la amargura había ido marcado durante tantos años de sufrimiento.

Al fin la piedra cedió y Godofredo vio de nuevo frente a sí el ataúd que encerraba el cuerpo de su esposa. Los truenos parecían haber enmudecido de repente y en medio de aquella calma inesperada se dio cuenta con terror que la caja estaba abierta. Entonces vio sus manos, intactas, blancas como el mármol, que se agarraban aún crispadas sobre la tapa carcomida y descubrió de repente el porque de su incapacidad de resignarse ante la evidencia de la muerte. Aquel espíritu atormentado lo había perseguido día y noche trasmitiéndole toda su angustia y toda su desesperación, porque…

y entonces lo comprendió con horror…!Segismunda había sido enterrada viva!…

Y aquel descubrimiento que podía haber enloquecido a un cuerdo, hizo que su mente recuperarse la lucidez perdida.

 

Gertrud, el padre

marzo 12, 2010 under Relatos de Historia

Gertrud era alta y rubia como sus hermanos Eegill, Smurri y Olaf y también como ellos tenía la piel blanca y los ojos azules, pero el azul de sus ojos quizá era más claro y su cabello era tan rubio que se confundía a veces con la nieve que en invierno cubría los valles.

Aunque quería mucho a su madre, que, como todas las madres de las diferentes familias del grupo era tenida en gran consideración por parte de todos, adoraba a su padre, Olaf, que a su vez sentía un cariño extraordinario por la pequeña Gertrud, permitiéndole a menudo muchas de las cosas que jamás hubiera consentido a ningún otro de sus hijos.

Se sentía muy orgullosa de él, no sólo porque era su padre, sino porque también era el jefe de la tribu, a quien todos debían respeto y obediencia. Sus sentimientos iban mucho más allá del vínculo de sangre y muy dentro de sí misma, donde los instintos bailan una loca danza que la razón no puede comprender, vibraba algo que iba aún más lejos de su admiración como jefe famoso por sus hazañas y su amor filial. Algo extraño e indefinible, quizá como un remoto presentimiento del amor que ella entregaría a un hombre algún día.

Todos los varones en su familia ostentaban largas cabelleras que eran muy estimadas y cuidadas como signo de pertenecer a la casta de los hombres libres, a diferencia de los siervos y de los esclavos que llevaban el cabello corto.

Desde muy niña se acostumbró a ver luchar por su independencia a sus hermanos junto a su padre y a los demás guerreros de la tribu, ya que de hecho ésta era la única ocupación que tenían.

En las noches de plenilunio o novilunio, los ancianos y los nobles decidían la paz y la guerra y entonces a Gertrud le hubiera gustado ser hombre para asistir a aquellas misteriosas asambleas y poder ver a su padre dirigiéndose a todos los guerreros que, vestidos con sus trajes de combate, le escuchaban como si fuera un dios.

Alguna vez cuando nadie la veía, se había colocado sobre la cabeza el casco de guerra. Deseaba ardientemente acompañar a su padre en la batalla, para poder morir con él en combate e ir juntos al reino del dios Wotan, donde ambos, eternamente jóvenes, podrían cazar día y noche y beber el hidromiel celeste en el cráneo de sus enemigos. Pero se daba cuenta de que aquellos eran sueños imposibles Siempre le estaría vedado el mundo de la guerra por haber nacido mujer.

Odiaba su sexo que la limitaba en todo lo que ella deseaba hacer y en consecuencia odiaba las labores de la casa propiamente femeninas. Tampoco le gustaba la larga túnica con franjas ornamentales que le llegaba hasta los pies y que vestían todas las mujeres de la comunidad, ya que le parecía incómoda y ridícula. A ella le hubiera gustado vestirse con pieles, como los demás hombres y actuar como ellos, pero nadie sabía de los deseos escondidos en su corazón.

El tiempo pasaba aprisa y el cuerpo de Gertrud cambiaba llenándose de curvas que ella intentaba inútilmente disimular bajo las ropas. Aún a su pesar se había convertido en una hermosa mujer y por mucho que intentase disimularlo todos lo advertían, sobre todo los muchachos jóvenes del poblado, pero ella no podía interesarse por ellos porque en su corazón ninguno podía siquiera compararse a su padre.

Se había convertido en una joven solitaria. Su conducta era extraña, sólo parecía sentir deseos de emular a sus hermanos en sus simulados juegos de guerra sin importarle sus burlas y constantes rechazos. Su madre, preocupada, decidió que quizá había llegado el tiempo de buscarle un esposo y el cariño que de niña sentía por ella se convirtió en un abierto enfrentamiento, pues no la comprendía y Gertrud tampoco se sentía comprendida por ella.

Fue por aquel entonces cuando su pueblo se vio seriamente amenazado por uno de los jefes de las tribus vecinas que había extendido rápidamente su autoridad por varios cantones y quería también anexionarse aquellos territorios para proclamarse rey. El poblado estaba inquieto y Gertrud, como todos los demás, sabía que si su padre, como jefe de la tribu, daba muestras de temor o timidez sería inmediatamente depuesto.

Aquella circunstancia distrajo completamente la atención sobre su persona y su hipotético marido y Gertrud suspiró aliviada; sabía desde su nacimiento, que la autoridad paterna entre los suyos era ilimitada y que su padre podía no sólo casarla contra su voluntad sino también, venderla o incluso quitarle la vida si se oponía a sus deseos. Le dolía en lo más profundo que él no comprendiera los motivos por los que ella no quería casarse con nadie, pero jamás se hubiera atrevido a revelarle su escondido secreto, y aunque era consciente de que no debía sentir aquel sentimiento hacia él, no podía luchar contra sí misma.

Por otra parte, los guerreros vibraban de entusiasmo ante la perspectiva de lucha, que para ellos representaba una aventura más que una desgracia y les suponía una nueva ocasión para merecer el Paraíso prometido, ya que si morían de vejez o de enfermedad perderían el cielo eterno e irían a parar para siempre a la fría morada del Loki, que para ellos representaba el infierno.

La guerra estalló y el pueblo se quedó desierto de hombres. Gertrud los vio partir un día a caballo con su padre a la cabeza, ostentando orgullosos los cascos metálicos de dos cuernos y armados con afiladas espadas de bronce y escudos que les cubrían la mitad del cuerpo.

Entonces una idea, la realización de todos sus sueños de niña, germinó en su mente; No lo dudó un instante: con la velocidad del rayo se vistió con las ropas de combate de sus hermanos y montando uno de los caballos que había quedado en las cuadras se unió al grupo que partía. Estaba segura de que en la confusión nadie se daría cuenta de su presencia ni sería reconocida porque había ocultado sus cabellos bajo el casco de guerra.

Y así, veloz como el viento y ágil como una gacela, la valiente amazona que deseó haber nacido jinete, partió hacia la realización de todos sus sueños de niña siguiendo la figura adorada de su padre, su dios y su ídolo, en busca de la gloria en la tierra o en el Cielo para compartirla con él.

En la fría noche que precedía al combate, Olaf el jefe de la tribu, paseaba lentamente por entre los cadáveres de las víctimas que yacían caídos en el mismo campo de batalla. Habían tenido innumerables bajas, a pesar de haber salido victoriosos en el enfrentamiento. Los supervivientes se disponían a recogerlos para enterrarlos como correspondía a su rango y dar así una digna despedida a los afortunados, que en aquel momento debían de estar ya disfrutando de las delicias de una vida de eterna juventud en el Paraíso, junto a Wotan, el dios de la guerra,.

De pronto, algo llamó su atención y se detuvo para observar de cerca la cara de uno de los caídos. Un mechón de cabello pálido como la nieve asomaba por debajo del casco metálico y su corazón comenzó a palpitar con fuerza, ya que le pareció reconocer en aquel rostro a alguien muy querido.

Lo separó con suavidad de la ensangrentada cabeza y una cascada de largos y rubios cabellos cayó en completa libertad, entonces, con sus propias manos giró el rostro hacia él, y pudo ver con claridad los azules ojos de su hija Gertrud, que aún a pesar de tener la frialdad de la muerte parecían mirarle con amor.

Y entonces, comprendió todo lo que ella siempre había querido decirle y nunca se había atrevido y aquel descubrimiento lo llenó de amargura y de felicidad. Después se inclinó con ternura y dolor sobre el delicado cuerpo de su hija y la llevó en brazos hasta su tienda. Gertrud sería enterrada con todos los honores de un guerrero germano. Aunque la había perdido, sabía que volvería a encontrarla en el Paraíso, donde ella le estaría aguardando desde aquel día.

Allí podrían amarse para siempre como dos espíritus, libres de los lazos de sangre que los ataban en la Tierra

 

Aresdre y Alor

enero 31, 2010 under Relatos de Historia

 

Iba vestido con un jubón ceñido a la cintura y cubría sus hombros con un manto hecho de oscura lana de cabra, sujetado en el hombro con un broche de bronce. Llevaba anillos de oro y plata en las orejas, cuello, brazos y también en los dedos de los pies, que insólitamente llevaba descalzos a pesar del frío, ya que como celta, había sido acostumbrado a soportar los rigores de la temperatura para poder convertirse en un buen guerrero.

Su pueblo se había establecido en el Rin, el Elba y el Danubio a donde habían llegado tras atravesar la Europa continental, procedentes de Asia, eran excelentes jinetes y amantes de la lucha abierta y aquel día celebraban una futura victoria porque a la mañana siguiente Alor y sus hombres marchaban a la conquista de las cálidas tierras del Sur, pobladas de gentes morenas de pequeña estatura.

Debían atravesar montañas y valles, hasta llegar a donde estas gentes tenían asentados su poblados, pequeños grupos aislados de viviendas que al ser de reducido número los hacían más vulnerables. Les esperaba un largo camino y la comida era también un modo de preparar sus cuerpos para la ardua marcha que se avecinaba.

Alor, como noble galo, disponía de esclavos y vasallos en número proporcionado a su alta alcurnia y a sus riquezas y también contaba con numerosos hombres de la plebe, que oprimidos por las deudas, los tributos y los vejaciones, se sometían a su servicio y sobre quienes podían ejercer los mismos derechos que sobre los esclavos.

Era un hombre rico y poderoso, poseedor de muchas tierras, temido por su bravura y sus armas, pero sin embargo no muy fiel a la palabra empeñada, que solía interpretar a su conveniencia, lo cual le ocasionaba más de un problema y frecuentes rencillas.

Uno de sus más encarnizados enemigos era el druida Aresdre, que en aquella ocasión se hallaba sentado enfrente de él, vistiendo una túnica blanca y un gran manto de tejido de lino fino que le concedía la prestancia y gravedad correspondiente a su cometido de sacerdote. Aresdre también ejercía de adivino, médico, legislador y filósofo, según el caso, y había sido el preceptor de Alor desde su más tierna infancia.

El joven fue siempre un aventajado discípulo, despierto e inteligente, y acostumbraba a formularle mil preguntas, para las cuales el sacerdote no tenía siempre res­puesta. Al llegar a la adolescencia, el joven galo, como casi todos los muchachos de su misma edad, creía haber llegado a un número de conocimientos superior al de su maestro y dejó de escuchar sus enseñanzas, que le parecían aburridas e incluso algo absurdas.

Hombre pragmático y con sentido práctico, todas aquellas historias de carácter esotérico comenzaron a parecerle muy poco convincentes. Este cambio de actitud, perfectamente natural en un adolescente, le pareció al druida algo insólito y humillante.

La hostilidad entre ambos empezó con la rapidez del fuego que comienza en un bosque sediento. Aresdre nunca pudo perdonarle su arrogancia y su impertinente descaro y cuando el noble galo se convirtió en un joven adulto, el antagonismo entre ambos era tan fuerte y evidente que ya ninguno de los dos se molestaba en disimularlo ante los demás, ocasionando a veces situaciones no sólo embarazosas sino violentas.

El pueblo se hallaba dividido entre ambos contrincantes, sin ni saber qué partido tomar, ya que el uno representaba la autoridad religiosa y el poder espiritual y el otro el poder económico y militar.

Sus desavenencias llegaron al punto culminante cuando Alor se casó con una joven de su misma tribu, la hermosa Igelda, a quien el druida había amado desde siempre en silencio. De los muchos agravios infringidos por el noble celta, éste era el más insoportable de todos. El druida comenzó a envidiar su juventud y su apostura de un modo enfermizo y, poco a poco, en su mente fue germinando la idea de la venganza.

Cada noche en la soledad de su alcoba, formulaba ritos mágicos secretos destinados a llevar a la ruina al joven celta, pero hasta el momento, ninguno de sus hechizos maléficos parecía haber dado resultado y su animadversión hacia él aumentaba al mismo tiempo que aumentaban las conquistas y los éxitos del noble galo.

Aquel día, el druida, como todos los demás comensales, había bebido demasiado, sus ojos brillaban de excitación y la cerveza comenzaba a liberar su odio reprimido en el fondo de su corazón durante demasiado tiempo.

Igelda, la mujer de Alor, estaba sentada al lado de su esposo y parecía resplandecer como una joya. Iba vestida con una simple saya sostenida en el cuello a modo de collar que cruzaba el seno de forma que los altivos pechos quedaban al descubierto. El pelo recogido en dos largas trenzas se adivinaba rubio en su origen, pero lucía el tono castaño de los frutos del bosque, conseguido con un tinte elaborado con médula de cabra y ceniza muy apreciado entre las damas de noble alcurnia.

Los ojos del druida no podían apartarse de los sonrosados pezones contraídos por la baja temperatura y tal era el deseo que se reflejaba en su mirada, que el mismo Alor captó la lascivia en las pupilas del sacerdote y le increpó violentamente:

“Solo yo puedo mirar de este modo lo que me pertenece y harías bien en alejar tus ojos de lo que es mío.”

Todos callaron presintiendo una tormenta inminente. Alor se levantó de golpe y todos se levantaron también en señal de respeto. El sacerdote permaneció sentado mirándole fijamente pero sin miedo, sabía que su persona era intocable, pertenecía a la otra casta poderosa de las tribus celtas. Quizá no poseía las riquezas ni las armas, pero sí estaba investido de la autoridad suficiente para desafiar a la nobleza. Sin embargo el alcohol pesaba en la cabeza de los dos hombres y el desafío se establecía entre sus instintos, desposeídos de su rango.

Igelda intentó intervenir, pero fue apartada bruscamente por el brazo de su marido que la arrojó al suelo sin contemplaciones. En aquel instante, cualquier cosa podía suceder, la mano de Alor se dirigió a  la larga espada de dos filos que embutía en una vaina de hierro ceñida al cinto y el druida lo hizo a su vez con el puntal que llevaba oculto entre los pliegues de su larga túnica.

En aquel momento decisivo, un espantoso trueno retumbó por todo el cielo antes despejado y la lluvia comenzó a arremeter con fuerza sobre el bosque. Inmediatamente, como si el agua que caía sobre ellos aplacase también el calor de sus ánimos, el casi inevitable enfrentamiento desapareció y Alor apartó su mano del cinto mientras volvía a recuperar su lugar en la mesa, todos los demás siguieron su ejemplo aliviados y el banquete prosiguió animadamente a pesar de la tormenta. Pero el odio que brotaba del alma de ambos contrincantes no desapareció, simplemente volvió a su lugar de origen y permaneció postergado, pero no muerto.

Aquella nueva humillación no había hecho sino aumentar los deseos de venganza de Aresdre, que decidió dar a sus planes una forma definitiva porque se había dado cuenta que el mundo era demasiado pequeño para los dos. Uno de ellos debía desaparecer para siempre.

Con el alba, el cuerno de guerra sonó llamando a la partida. Todos los miembros del poblado celta abandonaron al unísono sus hogares y sus utensilios de trabajo y acompañados de sus mujeres corrieron a empuñar las armas. Habían cambiado sus vestidos por una cota de escamas de bronce para proteger su cuerpo, cubrían sus cabezas con un casco, provisto de dos astas y guarda mejillas y se armaron con lanzas de larga punta de hierro ondulada, jabalinas, arcos, hondas y escudos ovales de la altura de un hombre. Pero especialmente, con su arma favorita, la maza, en cuyo manejo eran temibles hasta el extremo que los romanos solían decir que nadie podía vencer a un galo cuando decía: ¡Duro y a la cabeza! palabras que acostumbraban a ser sus gritos de combate.

Abandonaron el poblado en masa hacia el encuentro con lo desconocido, montados a caballo y armando un terrible estrépito, haciendo ostentación de todo un aparato de guerra, en el que no faltaban pinturas y cincelados de oro y plata.

Pero a Adresde no le importaba nada conquistar las tierras de los Iberos, sólo le importaban sus planes de venganza y sabía que Alor iba a una cita con la muerte porque había planeado matarle con sus propias manos.

Galopaban favorables al viento en busca del enemigo, confiados en que todavía se hallaban a considerable distancia del poblado ibero, cuando les sorprendió el ataque de docenas de ellos que, agazapados tras las rocas abruptas, habían estado esperando pacientemente a que se acercasen lo suficiente.

Ya en pleno fragor de la lucha, confundidos los hombres de ambos bandos en un abrazo encarnizado, Aresdre creyó haber encontrado el momento oportuno para realizar sus planes. Los galos estaban aún demasiado aturdidos y confusos para prestar atención a nada que no fuera defender sus propias vidas y no se dieron cuenta de que Aresdre arrebatando la máscara de la cara de uno de los contrarios muertos, se precipitaba a traición sobre el jefe galo que en aquel momento luchaba cuerpo a cuerpo contra uno de los feroces guerreros iberos.

Ya iba a hundir en su espalda la punta de su lanza, cuando en aquel preciso instante un dolor agudo detuvo su mano, sus dedos perdieron sensibilidad y el arma cayó a sus pies al mismo tiempo que él caía a su lado.

Agonizante, aún tuvo tiempo de contemplar la cara de su asesino que se erguía frente a él blandiendo la espada ensangrentada y de reconocer antes de morir, los ojos azules de Igelda mirándole sin piedad.

Pero antes de exhalar su último suspiro se sintió feliz, había predicho que en el mundo no había sitio para los dos y uno de ellos debía desaparecer. Sus oráculos se habían cumplido, solo se había equivocado de víctima.

Safo, la vanidad

septiembre 30, 2009 under Relatos de Historia

A pesar de todo, Safo poseía todas las componentes para ser feliz, era inteligente, constante y además, después de la muerte de su marido, rica, los poseía todos menos uno, convencer a su enamorado Faón de la que la amase. Esta fue su única causa perdida. Y es que Safo, nunca pudo comprender, que aunque puede lograrse casi todo lo que está dentro de nosotros, nunca podemos acceder a lo que está dentro de los demás. Y Faon poseía sus propio sentimientos que nunca la correspondieron.

Hacía ya tiempo que había regresado de Sicilia donde fue desterrada a causa precisamente de uno de sus versos, dedicados al tirano Pitaca, pues el carácter integro de Safo no podía consistir las injusticias que se cometían en su patria y su pluma dulce y apasionada podía ser a veces afilada como un cuchillo y causar heridas profundas y dolorosas. Ahora el tirano había muerto y ella estaba otra vez en Grecia, asomada al luminoso y enorme balcón de su lujosa casa, que se sostenía con columnas blancas de mármol mientras dejaba que los recuerdos volasen libremente

El mar parecía un gran lago ligeramente movido por la brisa que bordaba en sus orillas cenefas de encaje. Safo estaba enamorada de aquel mar que sonreía entre rocas e isletas desde el fondo de golfos y bahías recortadas como por las mágicas tijeras de un dios, de los  ríos que corrían a sumirse en el seno de sus aguas azules, de las muchas penínsulas donde crecían la vid, las higueras, el laurel y el olivo y también de las montañas que salpicaban el suelo de su patria aquí y allá y condicionaban la vida marinera y comunicativa de sus gentes, formando una raza artista, jovial de pobladores de distinta procedencia.

Pero ella ya no se identificaba con ellos porque se sentía muy sola dentro de su lujoso palacio rodeada de esclavos y servidores y ni siquiera la compañía de su hija Cleida la consolaba de aquella sensación de soledad.

Aquel día llevaba un ligero manto echado sobre el hombro que dejaba en libertad el brazo derecho con el que pulsaba las cuerdas de su lira. Aunque rodeada de tan idílico marco Safo se sentía tan triste que de su boca solo surgían cantos melancólicos.

Había inventado una medida métrica de versos completamente personal, diferente de las entonces conocidas pero hasta el momento solo el poeta Alceo, su incondicional enamorado, lo utilizaba… Recordó la carta que éste había hecho llegar a sus manos aquella misma mañana…

 

Mujer de los bucles violetas,

de encantadora sonrisa,

que yo adoro y venero…

un pudor me detiene…

 

Safo había sonreído al leer aquella poesía escrita, sin rima aparente. Estimaba a Alceo por su valía y se sentía conmovida por su ternura y pasión, pero no le podía corresponder y eludía estas tímidas proposiciones ofreciéndole a cambio intercambiar no sus besos, sino sus versos, porque ella solo amaba a Feón, que contrariamente a Alceo no merecía ni uno solo de sus poemas.

Faón era un hermoso y elegante ejemplar de varón, en una época donde la hermosura física del cuerpo humano era admirada hasta extremos inconcebibles. Para él, Safo, morena y pequeñita no era suficiente, pues en su escala de valores la hermosura era mejor que la bondad y la inteligencia y Safo solo poseía la belleza de su genio.

Dejó el arpa a un lado y los melancólicos cánticos quedaron en silencio entre sus cuerdas. Aquella mañana el sol le hacía cosquillas en los ojos y todo lo que la rodeaba estaba tan lleno de vida que parecía advertirla de que ya iba siendo hora de que reaccionase antes de que fuera demasiado tarde.

Pensó entonces que hacía  tiempo que deseaba fundar una escuela de música, danza y poesía que reuniese a un círculo de muchachas nobles como ella,  a quienes no solo se les enseñaría a mover con gracia sus cuerpos, manejar delicadamente los instrumentos y pronunciar con arte las palabras simples de la vida corriente, sino que a diferencia de otras escuelas, se les enseñaría también el arte de amar.

Su ilusión era que ellas nunca llegasen a sumergirse en un porvenir parecido a la mayoría de las muchachas griegas, esposas, valientes madres y amas de casa, pero mediocres compañeras en la cama, que aburrían a sus maridos y eran al final de sus vidas objeto de desprecio. En sus planes, las mujeres serían compañeras iguales a los hombres y les demostrarían con su nivel intelectual que eran dignas de ellos. Quizá, pensaba, si ella misma hubiera sabido antes de casarse lo que ahora sabía, su matrimonio hubiese sido distinto y no se hubiera enamorado de Feón, centrando en él todas sus frustraciones y deseos íntimos insatisfechos

Estuvo dando vueltas y vueltas a aquellas ideas, sin advertir que mientras lo hacia Faón quedaba relegado al olvido y cuando abandonó la gran terraza su semblante era ya muy diferente, como si de repente se hubiera trasformado en una persona distinta. Una gran idea había cobrado vida en su interior y se reflejaba en el brillo de sus ojos iluminados por el sol, su cómplice.

 

El benigno clima mediterráneo favorecía las reuniones al aire libre y la vida política y social de las ciudades griegas. Aquella tarde y bajo los pórticos orientales de la plaza pública se albergaban paseantes y mercaderes. Las casas, mudos testigos de aquella agitación estimulante, eran bellas y armoniosas, porque los arquitectos que las habían creado lo hicieron con cánones y reglas totalmente flexibles, no se hallaba en toda Grecia dos edificios igualmente interpretados.

Fedra, antigua alumna de Safo, estaba frente al balcón abierto y mientras dejaba que una de sus esclavas la vistiese, miraba curiosa todo lo que sucedía en el exterior. Para poder colocarse el peplos, la mujer se situaba en el centro de la ropa plegada en dos partes iguales. Dos broches fijaban la tela en la espalda y mantenían colocado el tejido a lo largo de los brazos, formando verdaderas mangas. La ropa iba ceñida al talle con un cinturón y la esclava tiraba hacia arriba, hasta que la tela llegase hasta los pies, para poder luego marcar otro pliegue mantenido por un segundo cinturón. Finalmente el indumento quedaba listo, en toda su elegancia.

Fedra se miró complacida en el espejo donde su esclava le mostraba su imagen. Aquellos magníficos pliegues que se veían en el tejido habían sido obtenidos marcando los dobleces con las uñas y mojando luego la ropa en un engrudo para después dejarla secar al sol, un largo y entretenido proceso que quedaba recompensado por el efecto estético conseguido.

Peinó los rizos castaños que caían por su frente y mientras se cubría los dos brazos con el himation, se dirigió a una dama que se hallaba oculta en algún lugar de la estancia para decirle.-

.- Vamos a llegar tarde a la ceremonia y no quisiera perderme ni un solo detalle… – y dándose una última mirada al espejo añadió. -¿Crees que llevo demasiados brazaletes y collares?. Quizá me he perfumado demasiado el pelo… no hay que olvidarse de que vamos a la ceremonia  de la  muerte de Safo y no a una fiesta.-

La desconocida interlocutora, mujer elegante como su amiga, se incorporó a su vez haciéndose visible en la habitación -.

.- Dado lo extraño de esta muerte, el templo va a estar más rebosante de curiosos malévolos que de compungidos familiares y discípulos y más va a parecer a una fiesta que a un funeral. Ya sabes el denigrante rumor que se ha levantado entorno a esta muerte. Muchos intentan conservar de Safo una imagen grosera y sensual, de mujer que satisfacía todos sus instintos sexuales con los cuerpos de las discípulas de sus escuelas.-

.- Por eso las mujeres de Grecia han propagado también que se arrojó al mar desde la roca de Leucades, por haber amado a un hombre y verse desdeñada por él.-

.- Pero tú y yo sabemos bien que Safo amaba demasiado a la vida para despreciarla y esta fábula fue inventada por todas las que rehusan pasar por lesbianas.-

Y Fedra añadió levantando un poco la túnica que cubría sus pies para arreglar las cintas de cuero que los cruzaban repetidamente hacia arriba.

.- Mujeres como nosotras, ex- discípulas de sus escuelas.-

.-Sin embargo, sus confidencias sentimentales y explosiones de celos apasionadas muestran los tiernos sentimientos de Safo por sus alumnas.-

.-Oh Cleida, sus poesías contienen algunas alusiones a sus gustos homosexuales, pero tú sabes, que pocos versos indican que Safo deseaba estar físicamente con las chicas que ella amaba tanto. Ni tú ni yo podremos olvidar sus cánticos al Himeneo, sus hermosas imágenes y ante la observación de la naturaleza y sobre todo que intentó colocar a la mujer en el mismo nivel que los hombres.-

.- Pero también sabes querida amiga, que es mejor renegar de Safo que caer en la mala reputación.-

.- Eso siempre.-

.- Fíjate, la plaza ya está desierta.- dijo Fedra asomándose al balcón abierto.- todo el mundo debe de estar ya en el templo.-

.- Vamos, al fin de cuentas, donde Safo se encuentra ahora debe de serle muy indiferente lo que los humanos piensen de ella.-.

.- Y lo importante es que sus versos seguirán en la boca de la gente a través de las generaciones, quizá no se conozca cual fue su vida, perdida entre la leyenda y la historia, pero cuando todos nosotros estemos olvidados, ella seguirá siendo recordada.-

 

El templo no estaba rodeado de viviendas, sino aislado de la población y situado sobre un alto cerro que dominaba la ciudad. En realidad el monte entero era una ciudad sagrada. Se necesitaba media hora de andar para recorrer el camino que facilitaba la ascensión al templo, alzado sobre una prominencia en forma de terraza y rodeado de muros que facilitaban el acceso. La entrada era monumental y sobre ella, cubierto por tejas multicolores se levantaba un frontón triangular decorado con ricas esculturas y cubierto por tejas multicolores. Sin embargo y a pesar de la apariencia, los templos griegos eran siempre pequeños, pues raramente constituían lugar de reunión sino la morada de dios.

El vestíbulo, se encontraba ya abarrotado cuando Feón se abrió paso a duras penas entre la muchedumbre hasta el santuario en el que se encontraba la estatua de Afrodita. Al fondo de la cámara y en la penumbra, pues la luz no penetraba más que por la puerta, aparecía la estatua del culto, aquello le impedía ver el rostro de la diosa, pero tampoco dejaba ver el suyo a los demás evitando así ser reconocido por la gente.

La silueta de Afrodita era gigantesca y los visitantes sentían una fuerte impresión de presencia divina  a su lado. Al gentío le estaba vedado acceder a la cámara posterior, en la que se guardaba el tesoro y las ofrendas y apenas había si un pequeño espacio donde colocar a tanta humanidad.

Feón contrariamente a la mayoría de sus conciudadanos, llevaba el pelo largo y la barba ya un poco canosa, corta y cuidada. Aunque, como todos, se envolvía el cuerpo con el himation, para diferenciarse de los demás él lo usaba sin ropa debajo, ciñendo la prenda fuertemente contra su cintura y combinándola con un largo pliegue que apenas encubría su bien formado cuerpo.

Era atractivo y elegante pero aunque le gustaba enormemente llamar la atención, aquel día prefería pasar desapercibido, sabía que su imagen despertaba los sentimientos más encontrados y no quería arriesgarse a salir mal parado. Sin embargo no podía perderse aquel acontecimiento. Siempre había correspondido a los requerimientos de Safo con la mayor indiferencia, pero debía acudir a su funeral, aunque solo fuera para comprobar por si mismo como una criatura tan físicamente insignificante como la poetisa, había llegado a semejante altura.

Esperaba que Afrodita le diera una respuesta a su pregunta. Ella era la diosa de la belleza y del amor, reinaba sobre los vientos y las olas porque había nacido de la espuma del mar, los poetas la pintaban como la más bella y hechicera de todas las diosas, cuyos encantos no podía resistir ni el hombre más austero… pero quizá ni la misma Afrodita podría resistir los suyos y se sinceraría con él, quizá le revelaría el secreto del triunfo de una mujer como Safo, que no era hermosa y por que él, Feón, que poseía aquel don divino, no había alcanzado la gloria.

En aquel momento por la puerta penetró un rayo de potente luz que iluminó el rostro de la diosa como si fuera dedicado expresamente a él, entonces una mujer lo reconoció y gritó: !Es Feón, el enamorado de Safo…

Todos los que estaban a su lado se giraron hacia él y lo miraron, y otra mujer añadió después… Que hermoso es… y una tercera… y que alto y que fuerte… También un hombre joven exclamó: !Y que elegante!…

Feón se sintió tan halagado que se olvidó de mirar a Afrodita y sonrió a todos con una mirada preñada de felicidad. Cuando las voces se acallaron, recordó sus propósitos, pero el último rayo de la tarde había desaparecido ya tras las montañas y el rostro de la diosa volvió a sumirse en la oscuridad.

Feón abandonó el templo sin haber hallado la respuesta que había venido a buscar y siguió viviendo tal y como había hecho siempre, en la ignorancia de la verdadera belleza.

Quizá había tenido una oportunidad de descubrirla, pero su propia vanidad se lo había impedido.

 

Nuevos relatos

septiembre 3, 2009 under Novedades


Tenemos tres nuevas historias en la sección de relatos, dos en los relatos de historia y uno en los relatos de catarismo.
No dejeis de leerlos y dejar vuestros comentarios, sus autores esperan vuestra opinión, vuestros ánimos o vuestros consejos.
También queremos animaros a que enviéis vuestros propios relatos.
A ti que te gusta escribir, que siempre te apeteció contar una historia, que sientes este gusanillo por escribir un relato, corto o largo, no importa el número de páginas, envíanoslo y lo publicaremos en la sección adecuada.
Si conseguimos juntar muchos igual encontramos un editor que nos lo publique y, hasta puede ser que te conviertas en un escritor conocido, quien sabe.

Nueva categoría en Aula Magna: Especial Aula Magna

agosto 26, 2009 under Especial Aula Magna

Estrenamos nueva categoría dentro de la sección Aula Magna.

Se trata de la categoría que hemos llamado Especial Aula Magna:

Sabemos que te gusta leeer, por ello en esta categoría reseñaremos aquellas novedades bibliográficas sobre cualquier temática que aparezcan en el mercado bibliográfico.

Ya que vas a comprarte esta novedad editorial que acaba de salir, puedes hacerlo a través de nuestro enlace, de esta forma tu comprarás a un buen precio, ya que la Casa del Libro ofrece los mejores precios de Internet, y, al mismo tiempo, nos ayudarás a nosotros a mantener vivo y actual el sitio de catarismo.

Porqué estamos seguros de que tu contribución será muy importante, queremos darte las gracias anticipadas por tu colaboración.

Quienes eran los trovadores

agosto 7, 2009 under Salón de los Trovadores

Imagen representando a unos trovadores

A menudo, hemos oído hablar de los Trovadores, pero ¿que sabemos de ellos en realidad?.

Los trovadores, se podrían definir como los poetas líricos en la “lengua de Oc”, antigua lengua románica que se hablaba en toda la mitad sur de lo que hoy se conoce como Francia, parte del norte de Italia y en algunas zonas del pirineo catalán. Actualmente se define esta zona como “Occitània”.

La época en que podríamos centrar su existencia fue entre los siglos XI y XIV, y sus poemas y sus canciones estaban dedicadas, principalmente al amor y a la mujer (Fin Amors).

Ellos, en un principio no eran cátaros, ya que no les importaba demasiado ni la política ni la religión, aunque algunos de ellos, a partir de la llamada “Cruzada Albigense”, tomaron partido por sus tierras y sus gentes, con lo cual muchos fueron acusados de serlo.

Algunas veces se produce cierta confusión sobre la diferencia que hay entre un trovador y un juglar, pues bien, aunque técnicamente el trovador era quien componía y el juglar quien interpretaba, casi siempre coincidía y era una sola persona, ya que el juglar componía y el trovador interpretaba.

 

Salón de los trovadores

agosto 7, 2009 under Salón de los Trovadores

Guilhem d'AquitaniaEste rincón quiere ser un humilde homenaje a los personajes más románticos que compartieron su vida y su destino con los protagonistas del Catarismo: Los Trovadores.
A medida que vayamos teniendo nueva información, la iremos incorporando. La dividiremos en cuatro grupos diferenciados, empezando por un trabajo de recopilación general sobre los trovadores.
El segundo grupo de información estará relacionado con la biografía y la información que sobre cada uno de ellos vayamos obteniendo.
El tercer grupo estará dedicado a recopilar las letras de sus obras, añadiendo, cuando ello sea posible, la traducción de las mismas.
El cuarto recopilatoria de información estará dedicado a la obtención de música que podamos encontrar, siempre y cuando esté libre de derechos de autor y esas cosas, o consigamos permiso de su intérprete para colocarla en este sitio.
De esta forma, los grupos quedarían determinados así:

  • Información general sobre los trovadores.
  • Información concreta sobre los trovadores conocidos
  • Trovas y canciones de trovadores (letras)
  • Trovas y canciones de trovadores (música)

Bienvenid@ a Catarismo, el sitio

agosto 4, 2009 under Uncategorized

Este es el resultado de la enésima renovación del sitio de Catarismo.
Como siempre, intentaremos poner y llevar al día la información sobre el Catarismo, su entorno, sus circunstancias, los sucesos, la bibliografía y, en definitiva, todo lo que tenga relación con la edad media europea, que tanto tuvo que ver con la configuración actual de Europa.
No hay límites en cuanto al tipo de contenidos, siempre y cuando tengan alguna relación con esta época, que abarca, aproximadamente, desde el año 1000 al 1400. Aún así, puede haber contenidos referidos a fechas anteriores si tienen alguna influencia en los acontecimientos o en el desarrollo posterior de los mismos, así como también puede contener información correspondiente a épocas posteriores, si están relacionados con la temática.

Tendremos secciones para todos los gustos, pero además contamos con el blog, la bitácora, de Catarismo, que hace un año se puso en marcha y está teniendo un notable éxito.

Cualquier usuario o visitante puede aportar contenido a este sitio, siempre y cuando cumpla las condiciones y requisitos ya comentados.

De momento, y hasta que no esté más completo y configurado, para incluir contenidos o realizar comentarios, se pueden hacer enviándolos por correo electrónico a josep@jolith.com

Sin embargo, cualquier propuesta de colaboración siempre será bienvenida, sobre todo teniendo en cuenta que un sitio como este requeriría de muchos colaboradores para poder estar un poco completo y al día y esto es muy difícil de conseguir, por no decir imposible, pues al ser puro hobby la gente suele ser reacia a este tipo de colaboraciones.

Entra y disfruta, averigua, aprende, difunde, pero, sobre todo, no dejes de volver a menudo, los contenidos se irán actualizando con mucha frecuencia.