Koscukee, el odio

octubre 30, 2011 under Relatos de Historia

 

Sobre la morena piel de su torso desnudo, el hechicero de la tribu había pintado unos extraños dibujos adornados con pétalos de flores y plumas de pájaros, utilizando para hacerlo conchas afiladas. Los vivos colores habían sido extraídos de pigmentos de la misma tierra. Las pinturas simbolizaban una manada de canguros perseguidos por los hombres y Koscukee se sentía orgulloso de ellas, porque creía que detrás de cada imagen trazada sobre su piel se escondía el triunfo del cazador sobre el animal. La cacería que se iniciaría a la mañana siguiente y en la que todos los componentes de la tribu tomarían parte, le excitaba hasta el punto de robarle el sueño.

Las manadas de canguros que proliferaban en gran número por los bosques de Tasmania eran su principal fuente de alimento. Los mataban no por placer, sino simplemente para subsistir. Y aunque había participado en muchas otras cacerías, aquella noche se sentía extrañamente inquieto.

Por eso tendido en la larga playa, mostraba sus pinturas mágicas a Aquel que habita en lo más alto. Aquel que según las creencias ancestrales de su pueblo, creó sobre la lisa superficie de la Tierra todos los mares y los montes, todos los bosques y los ríos, todas las estrellas, el sol y también la luna… Koscukee, desnudo sobre la arena y envuelto en la tibia brisa del Hemisferio Sur, imploraba la protección del gran gigante del Universo por mediación de la magia de sus dibujos.

Koscukee nunca había salido de su tierra, solo conocía sus queridos bosques de eucaliptos de más de 500 especies diferentes y los amaba. También amaba las hermosas flores que poblaban la exuberante vegetación de sus montañas y los exóticos animales que las habitaban. Su amor se extendía también a las azules aguas del mar, bajo cuyas olas se arremolinaban mil peces multicolores y enormes bancos de coral y su amor llegaba en su grandiosidad hasta el sol, la luna y todas las constelaciones que velaban sus días y sus noches.

Vivía tranquilo sin que su tranquilidad se viera perturbada por las desigualdades, porque la tierra y el mar proveían a él y a los suyos de todo lo necesario. Ignorante de las comodidades tan necesarias para gentes de otros continentes, era feliz no sabiendo el uso que de ellas hacían y en consecuencia no conocía la crueldad, ni la venganza, ni el odio. Se sentía unido a sus padres y hermanos y a todo el resto de la tribu por el mismo amor que le unía hacia todo lo que le rodeaba y como ellos, vivía en una apretada armonía con la naturaleza.

 

Matew Flinders era británico y como todos los británicos poseía ese rasgo esencial del carácter inglés que consiste en una confianza natural en la vida, probablemente genética. Matew Flinders estaba convencido de que Dios había puesto a los ingleses en el mundo como prototipo para dar a los hombres la paz, la justicia y la libertad y como buen componente de su raza, estaba convencido de que sólo los anglosajones podían representar aquel papel.

Quizás como herencia de sus antepasados, marinos y piratas, y por la gran extensión de las costas inglesas, el amor al mar y a las aventuras marcó su vida. De niño solía jugar imaginándose a sí mismo capitaneando un barco y explorando tierras lejanas y desconocidas. En cuanto llegó a la adolescencia, aquellos sueños infantiles fueron tomando fuerza en su imaginación, de tal forma, que ya en plena juventud estaba convencido de que el deseo de Dios era asegurar la dominación de la raza anglosajona en el universo y el único medio de vivir de acuerdo con Dios era ensanchar el territorio sobre el cual reinaban los ingleses.

Fiel a su deseo, con el tiempo llegó a convertirse en marino y después en explorador. Su afán era descubrir nuevas tierras para incorporarlas a la corona Inglesa fue la principal motivación de sus viajes. Y así, con el impulso de sus sueños de niño dando velocidad a las velas de su nave, llegó hasta el quinto continente de la Tierra, a quien puso por nombre Australia inspirándose en estar situado en el Sur del Hemisferio Austral. Era el año 1795.

Después de explorar el territorio donde siete años atrás habían sido desembarcados los primeros penados británicos, navegó también alrededor de Tasmania, demostrando que se trataba de una isla y no de una continuación del continente y aquella tierra le fascinó hasta el punto de tentarle a abandonar sus sueños y ambiciones y quedarse a vivir en ella para siempre.

 

Aquella misma noche, mientras Koscukee se entregaba a sus cavilaciones e imploraba seguridad a las gigantescas fuerzas del Universo, Matew, en el interior de barco anclado en las playas de Tasmania, se dedicaba al estudio del nuevo paradójico animal que acababa de descubrir.

- Es la criatura más fascinante que se pueda imaginar Peter, nunca has visto nada igual, es una mezcla de reptil y pájaro y sólo puede estar en el agua unos pocos minutos- Mientras hablaba, su mano intentaba esbozar gráficamente sus palabras representando con el lápiz la forma de aquel curioso ser, que poco a poco parecía ir cobrando vida en el papel- Sus órganos son un mar de contradicciones – continuó -. Su corazón es el de un mamífero, pero su aparato reproductor es idéntico a los de un reptil. Alimenta a sus crías con leche, pero como no tiene mamas, ellos la obtienen succionando a través de los poros de su piel.

- ¿Cómo podríamos llamarle?- preguntó su segundo de abordo.

-¿Qué más da el nombre? yo estoy demasiado sorprendido por el hallazgo para preocuparme de su bautizo.

- ¿Que te parece Platypus? – continuó el otro haciendo caso omiso de las palabras de su superior.

- Éste será el más fantástico hallazgo entre los muchos marsupiales y diferentes especies de serpientes papagayos y loros, que hemos encontrados hasta el momento -. El capitán no parecía haber prestado mas atención al nuevo nombre, que Peter a su revolucionario descubrimiento.

- Sí, el único problema es el otro tipo de fauna, a la que deberíamos exterminar si queremos considerar la isla como el más idílico paraíso aportado a la corona inglesa.

Abandonando sus apuntes, Matew Flinders miró al hombre que acababa de intervenir, le llamaban el holandés, ya que ésta era la patria de sus antepasados y era su segundo de abordo. Reflexionó sobre sus palabras que rezumaban odio y pensó que no era el único tripulante del barco en sentirlo. Esto le preocupaba. Como buen inglés, el desdén por el extranjero, fuera del color que fuera, era un sentimiento más fuerte que el odio hacia su enemigo. Estuviese donde estuviese, seguiría siendo inglés. No pediría a los nativos de aquella isla que adoptaran sus costumbres, y él jamás adaptaría las de ellos. No se sentía misionero ni conquistador. Los indígenas seguirían siendo indígenas y los extranjeros, extranjeros, todo a una cómoda distancia. La guerra no era un placer para él.

Encendió su pipa con estudiada lentitud y dio un sorbo a la cerveza que le esperaba encima de la mesa alrededor de la cual los tres altos cargos de la nave se hallaban reunidos, pero en realidad su serenidad era sólo aparente, porque tras aquel comentario se sentía extrañamente inquieto.

En la espesura de la selva, el demonio de Tasmania, un feroz animal, llamado así por su fealdad, también presentía algo incierto en la tranquila noche de la isla. Sus patas exageradamente cortas en un cuerpo de escaso tamaño, se aferraban fuertemente al suelo y sus pequeños ojos encubiertos de grueso pelo oscuro, parecían escudriñar el horizonte con malignidad, mientras sus diminutas orejas estaban al acecho de cualquier ruido extraño que pudiera representar una amenaza.

 

Al clarear el día, el barco navegaba de nuevo bordeando la playa. La tierra era baja y llana, con muy pocas montañas salpicadas de espléndidos bosques y a lo lejos se divisaban extensos valles y llanos de tierra arenosa.

Ya era bien entrada la mañana cuando en ambas puntas de una gran bahía divisaron unos cuantos nativos y algunas cabañas. Eran casuchas humildes y pequeñas, construidas con palos, corteza, hierba y otros materiales.

En la playa había un reducido grupo de mujeres, ancianos y niños. Eran de estatura media y cuerpo esbelto y algunos tenían los cabellos lacios y otros rizados, pero todos iban completamente desnudos y su piel negra como el hollín relucía al sol como si fuese de ébano. Las mujeres llevaban a modo de adorno collares de conchas, pulseras o aretes ciñendo la parte superior de los brazos, y los hombres pendientes en las orejas y un hueso atravesando de parte a parte el tabique nasal. Muchos tenían el cuerpo y la cara pintados con una especie de pigmento blanco y negro en caprichosas formas. No eran muy numerosos y no parecían agresivos. Sus canoas estaban tumbadas sobre la arena, debían de tener catorce pies de largo y estaban hechas con trozos de corteza de árbol.

Matew Flinders y unos cincuenta hombres se dirigieron a la orilla en sus botes dispuestos a parlamentar con ellos. Ya en tierra firme, observaron con cautela los alrededores: la playa parecía extrañamente desierta. De pronto una piedra lanzada desde un lugar desconocido pasó rozando la cabeza del capitán y varias pedradas más surgiendo de aquí y de allá, hirieron levemente a unos cuantos hombres. Ante semejante recibimiento, el marino descargó su mosquetón al aire para intimidarles. El holandés farfulló, mientras intentaba limpiar la sangre que manaba de su brazo.

- Son como bestias salvajes, deberíamos exterminarlos a todos.

Matew Flinders intentó calmarle. – Su reacción es natural, están asustados, nunca habrán visto un barco de semejantes dimensiones, ni hombres de piel blanca como nosotros.

Entonces los vieron venir a lo lejos: eran unos trescientos aborígenes que corrían confundidos con la manada de canguros a los que perseguían.

Todo fue muy rápido, en cuanto estuvieron a su alcance, el segundo de abordo no esperó las órdenes del capitán y comenzó a disparar. En vano éste intentó detener al resto de sus hombres, que habían comenzado también a cargar contra ellos.

Los nativos no tenían más armas que sus dardos y sus flechas hechas de púas de dientes de tiburón y su única defensa eran simples escudos de madera. Intentaron zafarse inútilmente del inesperado ataque y aunque eran sumamente hábiles y habían sido entrenados para la caza, la enorme cantidad de municiones que les llovía por todas partes le dejaron aturdidos y sin capacidad de reacción. Algunos afortunados consiguieron huir, pero la mayoría de ellos fueron cayendo, unos tras otro, dejando sus vidas a orillas del mar.

 

Cuando el sol ya comenzaba a declinar, Matew Flinders de nuevo a bordo de su barco intentaba recobrar la serenidad perdida.

- Fue un desgraciado accidente, se lamentaba Peter Crowell, que había sido el primero en disparar. Demasiado tarde, me di cuenta de que no venían a atacarnos sino que se trataba de una cacería de canguros… Sólo hice fuego para salvarnos de lo que yo creí una muerte cierta.

Matew Flinders escuchaba en silencio las disculpas y explicaciones de la tripulación. En realidad no sentía ningún especial sentimiento de compasión por los aborígenes muertos en la playa, pero era un hombre inteligente y comprendía que los nativos no olvidarían fácilmente la matanza y que aquel incidente sería el principio de una larga lucha de sangre y de venganza. Había tomado una decisión.

- Señores- dijo escuetamente-. Nadie deberá contar jamás lo que aquí ha sucedido hoy. Y añadió, mirándoles a todos fijamente a los ojos: A riesgo de su vida.

Se daba cuenta exacta de la magnitud de aquel suceso aparentemente insignificante y también de la importancia de que nadie llegase a saber nunca que, en realidad, era el odio y no el miedo lo que había impulsado a sus hombres disparar.

Mientras tanto el mar, indiferente a lo sucedido, seguía batiendo sus olas, cubriendo de blanca espuma la negrura de los cuerpos inertes de los nativos y Las mágicas pinturas de caza de Koscukee se diluían lentamente en su piel lamidas por el agua.