Vanessa, el descubrimiento

mayo 26, 2013 under Relatos de Historia

Catarismo, el sitio. Relatos de Gloria CorronsVANESSA… Edescubrimiento

Utopía, 2000 d.C.

– No puedes vivir dándole la espalda al futuro .
– El futuro… es una obsesión general. La gente solo desea conocer el futuro para poder controlarlo y aumentar su sensación de seguridad. ¿No sería mejor que nos preocupásemos un poco más del presente?
– Vanessa, estamos en el umbral de la revolución de la información, solo ella nos abrirá la puerta a ese inevitable futuro y solo el ordenador con su impresionante capacidad de almacenar conocimientos puede abrir esa puerta. El que no lo comprenda así se quedará fuera. Hoy en día hasta los niños disponen de juguetes informatizados.
– Prefiero no entrar en ese mundo futuro de máquinas y de robots, con gente viviendo en celdas individuales como gallinas y comunicándose entre si por vídeo teléfonos.
– No te preocupes, los humanos somos animales sociales, acabaríamos por salir de nuestras celdas y volver a modelar una sociedad a nuestro gusto, pero por medio de los ordenadores podremos ponernos en contacto con multitud de personas de otros países. Además, también podemos acceder a cursos a distancia en otros países e introducirnos en centenares de bibliotecas a las que nunca podríamos visitar, conocer gente que jamás podríamos conocer, convirtiendo así a tu odiado ordenador en un utensilio vivo y humano.
– Sigo opinando que prefiero la forma clásica de hacer amistad.
– Me gustaría a mi saber cuantos amigos nuevos has hecho desde que te separaste de tu marido. Apenas si tienes tiempo ni de respirar. Vas del trabajo a casa y de casa al trabajo como un verdadero robot, no dispones ni de un segundo para ti misma o para los demás, y los fines de semana estas tan cansada entre la oficina, la casa y los niños, que te pasas los dos días durmiendo delante de la televisión.
– ¿Y tu crees que con uno de esos chismes, mi vida podría ser diferente de lo que ha sido hasta ahora? . Click here to read more.. »

Gloria, la revolución

febrero 24, 2013 under Relatos de Historia

Gloria, la revolución

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París, Mayo 1968 d.C.

Gloria se giró varias veces para decir adiós con la mano hasta que sus padres desaparecieron engullidos por una anónima multitud. La última visión que tuvo fue la cara de su madre, húmeda en lágrimas, y la su padre haciendo un esfuerzo por contenerlas.

Una vez en el interior del avión, le pareció estar en el vientre de un enorme pájaro que la remontaría hacia una vida distinta. El aparato despegó con majestuosidad y los motores rugieron con fuerza. Gloria cerró los ojos y cuando los volvió a abrir estaba ya en el aire. Era su primer vuelo, su primera aventura, viajaban junto a ella un centenar de personas diversas, pero Gloria se sentía completamente ajena a todos, enfrascada en sus propios pensamientos.
Encendió un cigarrillo, aspirando el humo con avidez. Se sentía libre y feliz volando por encima de las nubes. En Barcelona, junto a su familia y sus amigos, debía intentar justificar continuamente su modo de pensar y de obrar. Allí, entre el cielo y la tierra, nadie la conocía ni podía juzgarla.
Para sus padres aquel era un simple viaje de estudios, pero para ella el viaje significaba mucho más, aquella era su oportunidad y debía afrontarla con valentía, se daba cuenta de que si se acobardaba y seguía junto a los suyos, ya no sería capaz de pensar, ni de sentir, ni de vivir por si misma. Tenía 20 años y debía empezar a manejar los hilos de su vida.

Habían descendido mucho y París estaba a sus pies, esperándola, las luces de la gran ciudad parpadeaban misteriosas tras las redondas ventanillas del avión. Los altos edificios surgían como gigantes iluminados por la luz azulada del crepúsculo; le parecía como si supieran que ella estaba llegando y se dispusieran a recibirla, se sentía importante, el centro del mundo.

Gloria aseguró el cinturón de seguridad alrededor de su cintura y al oír los motores rugir con furia se asustó un poco. En el interior del aparato todo pareció perder vitalidad, los pasajeros habían vuelto a sus asientos permaneciendo quietos y pendientes de tomar tierra, hasta las conversaciones habían decaído y las pocas personas que seguían hablando habían bajado el tono de la voz, como si pudieran molestar al piloto en sus maniobras. Los motores se estremecieron como una fiera que se despierta después de un letargo dispuesta a atacar a su presa, las luces habían aumentado su brillo y los edificios su tamaño. Gloria sintió entonces que estaba cayendo dentro de las fauces de un monstruo que la esperaba para devorarla, pensó que una vez en la profundidad de lo desconocido quizás ya no podría recuperar mas su estado actual de cómoda estabilidad, pero también pensó que arrastraba esa estabilidad como una piedra atada a su cuello y quería deshacerse de ella, fueran cuales fueran las consecuencias

Aquel mismo día, mientras el avión que transportaba a Gloria acababa de aterrizar en París  un grupo de estudiantes de izquierda abarrotaban una de las aulas de la Universidad de la Sorbona donde se habían reunido en una asamblea de protesta. Click here to read more.. »

Gandhi, la no violencia

enero 31, 2013 under Relatos, Relatos de Historia

Gandhi, la no violencia

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La India, 1948 d.C.

reposaba en cuclillas sobre su lecho de madera, al lado de su eterna compañera, la rueca, tendido en una terraza de piedra al cielo descubierto. No lejos del maestro descansaban también varios de sus discípulos que nunca le abandonaban.

El amanecer estaba próximo y como todos los días el Mahatma se despertó antes de que apuntase el alba, rezó sus acostumbradas oraciones y enseguida sus seguidores se apresuraron a ofrecerle un vaso de zumo de mango que él sorbió con placer recreándose en su fresco sabor y agradeciéndolo con una sonrisa y unas palabras amables. En su rostro arrugado, el anciano Ghandi conservaba unos ojos todavía jóvenes que chispeaban traviesos al hablar. El tono de su voz era tan dulce que todos se sentían subyugados al oírle.

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Catarismo el sitio se renueva

diciembre 23, 2012 under Novedades

Catarismo, el sitio

Regresamos después de unos días de desconexión debida a que un simpático hacker me llenó el servidor de basura, aprovechando la antigüedad del sitio.

Como podréis comprobar, el sitio ha sido totalmente remodelado, cambiando de CMS, pues ha pasado de estar hecho en Joomla al diseño de wordpress. Seguramente, en las próximas semanas modificaremos también el tema pero, de momento, para volverlo a activar, he buscado uno sencillito y amigable.

Espero que sigáis disfrutando de los contenidos de este sitio, tanto los que ya hay, como de los nuevos que se vayan incorporando. Aprovecho para dar las gracias a una magnífica colaboradora, Gloria Corrons, por su paciencia durante estos días y por sus ánimos. No os perdáis sus Relatos de Historia, que nos llevan a realizar un magnífico recorrido a lo largo de la historia de la humanidad, en clave de pequeños relatos, desde la prehistoria hasta la actualidad, creo que quedan ya muy pocos relatos para que finalicen sus entregas.

Os recuerdo que también podéis visitar Catarismo, el blog, donde encontraréis noticias de actualidad sobre el catarismo, la edad media y la historia en general, así como algunos artículos de colaboradores.

Gracias a tod@s, los fieles visitantes de Catarismo, el sitio, así como a los nuevos visitantes, y no olvidéis suscribiros si queréis estar al tanto de todas las nuevas publicaciones que vayamos incorporando.

Koscukee, el odio

octubre 30, 2011 under Relatos de Historia

 

Sobre la morena piel de su torso desnudo, el hechicero de la tribu había pintado unos extraños dibujos adornados con pétalos de flores y plumas de pájaros, utilizando para hacerlo conchas afiladas. Los vivos colores habían sido extraídos de pigmentos de la misma tierra. Las pinturas simbolizaban una manada de canguros perseguidos por los hombres y Koscukee se sentía orgulloso de ellas, porque creía que detrás de cada imagen trazada sobre su piel se escondía el triunfo del cazador sobre el animal. La cacería que se iniciaría a la mañana siguiente y en la que todos los componentes de la tribu tomarían parte, le excitaba hasta el punto de robarle el sueño.

Las manadas de canguros que proliferaban en gran número por los bosques de Tasmania eran su principal fuente de alimento. Los mataban no por placer, sino simplemente para subsistir. Y aunque había participado en muchas otras cacerías, aquella noche se sentía extrañamente inquieto.

Por eso tendido en la larga playa, mostraba sus pinturas mágicas a Aquel que habita en lo más alto. Aquel que según las creencias ancestrales de su pueblo, creó sobre la lisa superficie de la Tierra todos los mares y los montes, todos los bosques y los ríos, todas las estrellas, el sol y también la luna… Koscukee, desnudo sobre la arena y envuelto en la tibia brisa del Hemisferio Sur, imploraba la protección del gran gigante del Universo por mediación de la magia de sus dibujos.

Koscukee nunca había salido de su tierra, solo conocía sus queridos bosques de eucaliptos de más de 500 especies diferentes y los amaba. También amaba las hermosas flores que poblaban la exuberante vegetación de sus montañas y los exóticos animales que las habitaban. Su amor se extendía también a las azules aguas del mar, bajo cuyas olas se arremolinaban mil peces multicolores y enormes bancos de coral y su amor llegaba en su grandiosidad hasta el sol, la luna y todas las constelaciones que velaban sus días y sus noches.

Vivía tranquilo sin que su tranquilidad se viera perturbada por las desigualdades, porque la tierra y el mar proveían a él y a los suyos de todo lo necesario. Ignorante de las comodidades tan necesarias para gentes de otros continentes, era feliz no sabiendo el uso que de ellas hacían y en consecuencia no conocía la crueldad, ni la venganza, ni el odio. Se sentía unido a sus padres y hermanos y a todo el resto de la tribu por el mismo amor que le unía hacia todo lo que le rodeaba y como ellos, vivía en una apretada armonía con la naturaleza.

 

Matew Flinders era británico y como todos los británicos poseía ese rasgo esencial del carácter inglés que consiste en una confianza natural en la vida, probablemente genética. Matew Flinders estaba convencido de que Dios había puesto a los ingleses en el mundo como prototipo para dar a los hombres la paz, la justicia y la libertad y como buen componente de su raza, estaba convencido de que sólo los anglosajones podían representar aquel papel.

Quizás como herencia de sus antepasados, marinos y piratas, y por la gran extensión de las costas inglesas, el amor al mar y a las aventuras marcó su vida. De niño solía jugar imaginándose a sí mismo capitaneando un barco y explorando tierras lejanas y desconocidas. En cuanto llegó a la adolescencia, aquellos sueños infantiles fueron tomando fuerza en su imaginación, de tal forma, que ya en plena juventud estaba convencido de que el deseo de Dios era asegurar la dominación de la raza anglosajona en el universo y el único medio de vivir de acuerdo con Dios era ensanchar el territorio sobre el cual reinaban los ingleses.

Fiel a su deseo, con el tiempo llegó a convertirse en marino y después en explorador. Su afán era descubrir nuevas tierras para incorporarlas a la corona Inglesa fue la principal motivación de sus viajes. Y así, con el impulso de sus sueños de niño dando velocidad a las velas de su nave, llegó hasta el quinto continente de la Tierra, a quien puso por nombre Australia inspirándose en estar situado en el Sur del Hemisferio Austral. Era el año 1795.

Después de explorar el territorio donde siete años atrás habían sido desembarcados los primeros penados británicos, navegó también alrededor de Tasmania, demostrando que se trataba de una isla y no de una continuación del continente y aquella tierra le fascinó hasta el punto de tentarle a abandonar sus sueños y ambiciones y quedarse a vivir en ella para siempre.

 

Aquella misma noche, mientras Koscukee se entregaba a sus cavilaciones e imploraba seguridad a las gigantescas fuerzas del Universo, Matew, en el interior de barco anclado en las playas de Tasmania, se dedicaba al estudio del nuevo paradójico animal que acababa de descubrir.

- Es la criatura más fascinante que se pueda imaginar Peter, nunca has visto nada igual, es una mezcla de reptil y pájaro y sólo puede estar en el agua unos pocos minutos- Mientras hablaba, su mano intentaba esbozar gráficamente sus palabras representando con el lápiz la forma de aquel curioso ser, que poco a poco parecía ir cobrando vida en el papel- Sus órganos son un mar de contradicciones – continuó -. Su corazón es el de un mamífero, pero su aparato reproductor es idéntico a los de un reptil. Alimenta a sus crías con leche, pero como no tiene mamas, ellos la obtienen succionando a través de los poros de su piel.

- ¿Cómo podríamos llamarle?- preguntó su segundo de abordo.

-¿Qué más da el nombre? yo estoy demasiado sorprendido por el hallazgo para preocuparme de su bautizo.

- ¿Que te parece Platypus? – continuó el otro haciendo caso omiso de las palabras de su superior.

- Éste será el más fantástico hallazgo entre los muchos marsupiales y diferentes especies de serpientes papagayos y loros, que hemos encontrados hasta el momento -. El capitán no parecía haber prestado mas atención al nuevo nombre, que Peter a su revolucionario descubrimiento.

- Sí, el único problema es el otro tipo de fauna, a la que deberíamos exterminar si queremos considerar la isla como el más idílico paraíso aportado a la corona inglesa.

Abandonando sus apuntes, Matew Flinders miró al hombre que acababa de intervenir, le llamaban el holandés, ya que ésta era la patria de sus antepasados y era su segundo de abordo. Reflexionó sobre sus palabras que rezumaban odio y pensó que no era el único tripulante del barco en sentirlo. Esto le preocupaba. Como buen inglés, el desdén por el extranjero, fuera del color que fuera, era un sentimiento más fuerte que el odio hacia su enemigo. Estuviese donde estuviese, seguiría siendo inglés. No pediría a los nativos de aquella isla que adoptaran sus costumbres, y él jamás adaptaría las de ellos. No se sentía misionero ni conquistador. Los indígenas seguirían siendo indígenas y los extranjeros, extranjeros, todo a una cómoda distancia. La guerra no era un placer para él.

Encendió su pipa con estudiada lentitud y dio un sorbo a la cerveza que le esperaba encima de la mesa alrededor de la cual los tres altos cargos de la nave se hallaban reunidos, pero en realidad su serenidad era sólo aparente, porque tras aquel comentario se sentía extrañamente inquieto.

En la espesura de la selva, el demonio de Tasmania, un feroz animal, llamado así por su fealdad, también presentía algo incierto en la tranquila noche de la isla. Sus patas exageradamente cortas en un cuerpo de escaso tamaño, se aferraban fuertemente al suelo y sus pequeños ojos encubiertos de grueso pelo oscuro, parecían escudriñar el horizonte con malignidad, mientras sus diminutas orejas estaban al acecho de cualquier ruido extraño que pudiera representar una amenaza.

 

Al clarear el día, el barco navegaba de nuevo bordeando la playa. La tierra era baja y llana, con muy pocas montañas salpicadas de espléndidos bosques y a lo lejos se divisaban extensos valles y llanos de tierra arenosa.

Ya era bien entrada la mañana cuando en ambas puntas de una gran bahía divisaron unos cuantos nativos y algunas cabañas. Eran casuchas humildes y pequeñas, construidas con palos, corteza, hierba y otros materiales.

En la playa había un reducido grupo de mujeres, ancianos y niños. Eran de estatura media y cuerpo esbelto y algunos tenían los cabellos lacios y otros rizados, pero todos iban completamente desnudos y su piel negra como el hollín relucía al sol como si fuese de ébano. Las mujeres llevaban a modo de adorno collares de conchas, pulseras o aretes ciñendo la parte superior de los brazos, y los hombres pendientes en las orejas y un hueso atravesando de parte a parte el tabique nasal. Muchos tenían el cuerpo y la cara pintados con una especie de pigmento blanco y negro en caprichosas formas. No eran muy numerosos y no parecían agresivos. Sus canoas estaban tumbadas sobre la arena, debían de tener catorce pies de largo y estaban hechas con trozos de corteza de árbol.

Matew Flinders y unos cincuenta hombres se dirigieron a la orilla en sus botes dispuestos a parlamentar con ellos. Ya en tierra firme, observaron con cautela los alrededores: la playa parecía extrañamente desierta. De pronto una piedra lanzada desde un lugar desconocido pasó rozando la cabeza del capitán y varias pedradas más surgiendo de aquí y de allá, hirieron levemente a unos cuantos hombres. Ante semejante recibimiento, el marino descargó su mosquetón al aire para intimidarles. El holandés farfulló, mientras intentaba limpiar la sangre que manaba de su brazo.

- Son como bestias salvajes, deberíamos exterminarlos a todos.

Matew Flinders intentó calmarle. – Su reacción es natural, están asustados, nunca habrán visto un barco de semejantes dimensiones, ni hombres de piel blanca como nosotros.

Entonces los vieron venir a lo lejos: eran unos trescientos aborígenes que corrían confundidos con la manada de canguros a los que perseguían.

Todo fue muy rápido, en cuanto estuvieron a su alcance, el segundo de abordo no esperó las órdenes del capitán y comenzó a disparar. En vano éste intentó detener al resto de sus hombres, que habían comenzado también a cargar contra ellos.

Los nativos no tenían más armas que sus dardos y sus flechas hechas de púas de dientes de tiburón y su única defensa eran simples escudos de madera. Intentaron zafarse inútilmente del inesperado ataque y aunque eran sumamente hábiles y habían sido entrenados para la caza, la enorme cantidad de municiones que les llovía por todas partes le dejaron aturdidos y sin capacidad de reacción. Algunos afortunados consiguieron huir, pero la mayoría de ellos fueron cayendo, unos tras otro, dejando sus vidas a orillas del mar.

 

Cuando el sol ya comenzaba a declinar, Matew Flinders de nuevo a bordo de su barco intentaba recobrar la serenidad perdida.

- Fue un desgraciado accidente, se lamentaba Peter Crowell, que había sido el primero en disparar. Demasiado tarde, me di cuenta de que no venían a atacarnos sino que se trataba de una cacería de canguros… Sólo hice fuego para salvarnos de lo que yo creí una muerte cierta.

Matew Flinders escuchaba en silencio las disculpas y explicaciones de la tripulación. En realidad no sentía ningún especial sentimiento de compasión por los aborígenes muertos en la playa, pero era un hombre inteligente y comprendía que los nativos no olvidarían fácilmente la matanza y que aquel incidente sería el principio de una larga lucha de sangre y de venganza. Había tomado una decisión.

- Señores- dijo escuetamente-. Nadie deberá contar jamás lo que aquí ha sucedido hoy. Y añadió, mirándoles a todos fijamente a los ojos: A riesgo de su vida.

Se daba cuenta exacta de la magnitud de aquel suceso aparentemente insignificante y también de la importancia de que nadie llegase a saber nunca que, en realidad, era el odio y no el miedo lo que había impulsado a sus hombres disparar.

Mientras tanto el mar, indiferente a lo sucedido, seguía batiendo sus olas, cubriendo de blanca espuma la negrura de los cuerpos inertes de los nativos y Las mágicas pinturas de caza de Koscukee se diluían lentamente en su piel lamidas por el agua.

 

 

 

 

 

 

Ricardo Corazón de Leon

enero 10, 2011 under Relatos de Historia

 

Sus ideas no se adaptaban en absoluto a las de sus contemporáneos de su mismo rango y decidió solucionarlo como pudo, o sea viviendo como le gustaba, aunque no le correspondiese hacerlo así. Se hallaba en su elemento cuando corría aventuras y como las aventuras de un rey en su propio país son siempre demasiado peligrosas y fáciles, Ricardo había decidido organizar una Cruzada a Oriente al lado de Felipe Augusto de Francia y Federico I de Alemania.

Sin embargo y para proporcionarse el dinero necesario para semejante empresa, cometió en nombre de Dios enormes injusticias, expulsó a los antiguos ministros de la corte de su padre y renovó antiguos impuestos. Aunque lo peor de su gobierno fue que no darse cuenta de que tras él no quedaba en Inglaterra nadie capaz de sustituirle en su largas ausencias, circunstancia de la que su propio hermano Juan, envidioso del aire de leyenda que envolvía a Ricardo, no tardaría en aprovecharse. Hubiera sido un excelente príncipe de Gales porque había nacido para ser un perfecto irresponsable, un hijo de familia, un príncipe encantado, pero era un mal rey para Inglaterra por la poca importancia que le daba a ser rey.

Los dos monarcas Ricardo de Inglaterra y Felipe II de Francia se reunieron en Vezalay para oír juntos misa en la basílica de Santa Magdalena y partir a continuación para Marsella. Allí, ambos tomarían rumbo hacia las tierras de Oriente para reunirse en Sicilia con Federico I de Alemania.

Aunque muy distintos entre sí, los dos eran muy jóvenes y se habían hecho cruzados más por amor a la gloria que por devoción. Ricardo estaba lleno de espíritu de caballería, pero era poco hábil en el arte de la guerra, más pródigo que generoso, soberbio a la par que  obstinado e inconstante,  necesitaba imponer su voluntad en todas partes. Por el contrario Felipe era frío, calculador e intrigante.

Se habían tomado serias medidas para reprimir los excesos de la muchedumbre que los seguía. Cada injuria inferida fuese la que fuese estaba tasada en una onza de plata. A los ladrones se les rapaba la cabeza y después de verter sobre ella agua hirviendo, se la cubría de plumas que quedaban adheridas a la misma dándoles un aspecto ridículo delatando su condición y provocaba la mofa de todos. Si alguien se atrevía utiliza la espada y hería a otro en disputa perdía la mano como castigo.

En cuanto al crimen, el asesino era atado al cadáver de su víctima y arrojado al agua sin compasión. También se prohibió tajantemente que las mujeres siguieran a sus maridos o a sus amantes y los hombres no podían entregarse a los juegos de azar a excepción de las reyes, los caballeros y los clérigos que gozaban de plena libertad.

Los caballeros de ambos bandos vestían cotas de malla pintadas en colores  rojo, verde, azul o negro. Encima de ellas se colocaba la cota de armas al fin de resguardarlas del sol y de la lluvia, las cuales llegaban hasta las rodillas e incluso algunas llevaban mangas. El yelmo, cilíndrico, representaba la mayor protección y estaba adornado con piedras preciosas y flotantes flecos, rematándolo con un cuadro de terciopelo, cuando no les era posible hacerlo con una corona.

Todos blandían lanzas al nivel de la cadera de unos tres metros de longitud cuya punta de hierro tenía la forma de una hoja de sauce, pero  el caballero disponía de una segunda espada colgada de la parte delantera de su silla.

En medio de toda aquella algarabía que representaba la partida a lejanas tierras, el verdadero espíritu de la cristiandad se perdía entre el espíritu de aventura de algunos, la ambición de muchos y la desesperación de unos pocos…

Los tres reyes llevaban casi dos años de sitio, ocho batallas y más de noventa encuentros sin haber podido reconquistar la ciudad de Jerusalén, ganada por el sultán de Egipto, Saladino, en 1187 y ya había perecido allí suficiente ejército como para haber sometido a toda Asia.

Sus hombres estaban cansados y Ricardo se había visto obligado a pactar un armisticio con el Sultán para recuperar la moral de los soldados. La contienda se convirtió entonces en un combate entre los mismos reyes que casi nunca estaban de acuerdo en nada y los cruzados olvidaron a veces la causa común que los unía para guerrear entre sí, ayudando a uno u otro. Así que mientras los unos subían al asalto, los otros permanecían como simples espectadores.

Cuando aún no se habían repuesto del estupor que les había causado el hallar ahogado en un río a Federico de Alemania, la mala insalubridad de la atmósfera hizo caer enfermos de paludismo a los dos monarcas restantes, que tuvieron que detener forzosamente las luchas entre ellos y contra los musulmanes.

El propio Saladino, que defendía la plaza contra los ejércitos cristianos, demostró ser tan caballero que los propios caballeros cruzados, dándoles una magnánima tregua de cortesía y enviándoles gentilmente médicos y refrescos para aliviar sus horas de larga enfermedad.

Ricardo se repuso pronto, pero Felipe quedó muy debilitado y parecía una sombra de si mismo, había perdido el pelo y adelgazado mucho. La Cruzada había dejado de una atrayente aventura para él y sin inmutarse de los sarcasmos de sus soldados y caballeros, se decidió apostar por su vida en lugar de la gloria y dejar la expedición en manos del rey inglés.

Era un caluroso día del mes de Julio del año 1191, cuando Ricardo vio partir a las naves del rey de Francia. La mayoría de sus hombres quedaron en tierra para alinearse a las ordenes del Ricardo Plantagenet, que después de la vergonzosa deserción del rey francés, quedó solo ante la gran empresa y rodeado de un deslumbrante halo de heroicidad.

Mientras veía empequeñecerse lentamente las naves, pensó que en el fondo envidiaba a Felipe, la gloria futura sería para Ricardo, pero la felicidad presente navegaba junto a la figura del rey francés en la cubierta el barco que le llevaba de vuelta a su hogar.

Enjugó el sudor de su frente que hacía brillar su blanca piel, delicada y suave como la de un niño. Su constitución anglosajona hacía que el calor húmedo de aquellas latitudes se le hiciera verdaderamente insoportable.

Sin apartar la vista del mar, sus pensamientos comenzaron a ir mucho más aprisa que las embarcaciones que se alejaban y llegaron hasta la mismas costas de Inglaterra. Ante él apareció nítidamente una imagen de mujer con el cabello en llamas, partido por una raya encima de la frente despejada y cayendo en dos mitades sobre los hombros como una cascada de fuego. No recordaba su nombre, ni su rostro, pero si recordaba la pasión ardiente de sus caricias entre las sabanas tibias del lecho. De hecho todas sus amantes tenían la misma cara, solo variaban sus nombres, sus edades y el color de sus cabellos, pero para él todas eran iguales, había pensado en aquella como hubiese podido pensar en  cualquier otra, quizás había sido la última:

Aquello le asustó…¿cuando había sido la última vez que había estado con una mujer?…Se sobresaltó alarmado y olvidó de inmediato la retirada del rey francés, los barcos que se alejaban, el calor y toda la campaña corta los musulmanes, era como si su cuerpo se hubiese despertado de repente después de una gran pesadilla, en la que solo habían sido los protagonistas la guerra y el sufrimiento. Tenía que encontrar una mujer, fuese como fuese… necesitaba el contacto de una piel femenina, el calor de una pasión aunque fuese efímera y comprada… y dando media vuelta abandonó aquel lugar dirigiéndose a su tienda con pasos rápidos y decididos.

Saladino vestía sencillamente, no bebía más que agua y oraba con exactitud a las horas señaladas. Casto para Musulmán, sabía dominar sus pasiones hasta el punto que le convenía para avasallar a los demás. Aunque su lectura favorita era el Corán, que leía hasta a caballo mientras guiaba sus tropas al ataque, era un hombre culto que conocía la lengua de los ingleses.

Después de haber leído el mensaje que le trajo uno de sus escuderos, sonrió satisfecho mirando el papel entre sus manos. Aquella carta le daba una magnifica ocasión de dar una lección al orgulloso Ricardo. Había tratado de descubrir inútilmente cual podía ser el punto débil de su especial enemigo y ahora sin ningún esfuerzo la solución había llegado milagrosamente escrita por él mismo.

Se dio cuenta de que el ingles había contraído una nueva enfermedad, la lascivia y dijo en voz alta: Le ayudaré a curarse, de la misma manera que lo hice cuando contrajo el paludismo.- añadiendo después en un susurro para que el escudero no pudiera oírle.- Pero esta vez el remedio acabará con él…

Se suspendieron todas las escaramuzas durante unos días para celebrar torneos festivos en honor a la heroicidad de Ricardo, a los cuales fueron invitados los mahometanos con todas las cortesías caballerescas propias de estos actos y se ostentó una relajación suntuosa, donde trescientas mujeres llegaron de Chipre para hacer alarde y tráfico de sus encantos.

Entre ellas una, la más exquisita, fue escogida especialmente por Saladino para ser destinada a Ricardo. Este, satisfecho, no quiso verla antes de tiempo, confiaba en el buen gusto de su rival y anfitrión y esperó pacientemente a que acabase la fiesta, para conocerla. Cuando llegó la noche y se retiró a su lujosa tienda  encontró a la mujer esperándole…

La cruzada continuó de nuevo a partir de aquel día, las flechas de los musulmanes se clavaban en los escudos de cuero de los soldados cristianos, dándoles un grotesco aspecto de puerco-espín. Ya no era una devoción ciega lo que impulsaba a cometer tales empresas, sino los sentimientos de la caballería, sucediendo que al día siguiente de una encarnizada batalla, se veían sentados en la misma mesa al Ingles y al Curdo y se prodigaba al prisionero tantos miramientos como golpes había recibido al caer del caballo.

A pesar de que los musulmanes defendían la ciudad de Tolemaida como el león defiende su guarida de otro león extranjero, ésta capituló al fin y Ricardo pidió a Saladino. como vencedor, restituir el madero de la Cruz y 600.000 prisioneros, a parte de 200 monedas de oro.  Accedió el sultán, pero Ricardo no se sintió todavía satisfecho y pidió también algo más, a la hermosa mujer que cada noche compartía su lecho. Insólitamente esto le fue negado y como el rey ingles insistió, siguió recibiendo negativa tras negativa.

Un anochecer noche la bella chipriota dejó de acudir a la cita, Ricardo la aguardó en vano noche tras noche y cuando comprendió que ya nunca volvería verla, quiso vengarse de Saladino y en su desesperación hizo degollar a 2.000 musulmanes desarmados.

Ninguno de sus hombres comprendió aquella actitud  tan inesperada y cruel. Parecía como si el odio y la ambición se hubiesen apoderado de él desde la noche que durmió por vez primera con la desconocida, aquella mujer que le aguardaba en la intimidad de su tienda y que había seguido aguardándole  durante toda la campaña.

Era la primera vez en la vida del joven rey Ricardo que una amante no era desbancada rápidamente por otra y sus allegados se preguntaban que clase de mujer sería la que había ejercido semejante fascinación sobre él rey, pero nadie la había visto nunca porque cada mañana abandonaba los aposentos reales completamente oculta por un velo que la cubría hasta los pies. Solo Saladino parecía conocer el secreto y a medida que iba viendo como el ingles, a pesar de las asombrosas proezas en el campo de batalla, perdía  la estimación y el amor de los Cruzados, se sentía más y más satisfecho.

Ricardo se dio cuenta al fin de que aquella mujer era precisamente la venganza cruel del musulmán. El rey de Inglaterra admirado y victorioso, temido por tantos hombres y deseado por tantas mujeres debía renunciar por primera vez en su vida a la única de la que se había enamorado

En Inglaterra había estallado la rebelión a causa de su hermano que intentaba arrebatarle el trono y esto fue decisivo para determinar la partida. Ya en la nave que debía trasladarle a Europa, el rey miró por última vez a Palestina y se cubrió los ojos con la cota de mallas exclamando:

Señor Dios, no vea yo tu tierra Santa, pues no me es dado liberar de los infieles a la ciudad de Jerusalén… añadiendo por lo bajo, como una vez hiciera también Saladino ante su escudero: Ni merezca yo vivir porque no me es dado liberar tampoco a la mujer que amo.

Como si la suerte le hubiese girado definitivamente la espalda, la nave que le trasladaba de vuelta a su país naufragó en el mar Adriático y el rey fue capturado y hecho prisionero, perdiendo a la vez su amor, su fortuna y su libertad.

Tras pagar un enorme rescate que acabó de arruinar a sus súbditos, Ricardo consiguió finalmente regresar a Inglaterra y como si Dios hubiera escuchado la plegaria, no tardó en morir de una herida de flecha que el mismo se arrancó del pecho, negándose después a ser curado.

Aquella humilde flecha procedente de una mano desconocida, logró lo que no habían conseguido los ejércitos de Saladino. Pero Ricardo sabía que, indirectamente, había sido el musulmán quien había disparado contra su corazón, hiriéndole de muerte al obligarle a dejar a la única mujer que había amado y cuyo nombre permaneció oculto para siempre .