Clara, la soledad

abril 1, 2013 under Relatos de Historia

Clara, la soledad

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Viaje a la Luna, 1969 d. C.

Era una mañana calurosa, como muchas del mes de Julio, pero sin embargo no era una mañana como las demás. Ante la atenta mirada de quinientos millones de espectadores, una nave espacial llamada Apolo XI iba a ser lanzada desde el Cabo Cañaveral, en el Sur de los Estados Unidos, con un destino único y distinto a ningún otro; un destino soñado durante varios siglos y que culminaba todos los deseos de la Humanidad : La Luna.

Aquella mañana de verano del año 1969, Clara, sentada frente a la televisión y rodeada de toda su familia, contemplaba el momento del despegue de la nave.
El locutor comentaba todas las incidencias proporcionando información a los espectadores: “La astronave tripulada por el comandante norteamericano Neil Amstrong, pesa 45.000 kg. y esta formada por tres elementos esenciales: la cabina de mando que da cabida a la tripulación, el módulo de servicio que contiene los motores de propulsión de 1000 Kg. de empuje y las astronave de desembarco.”
Mientras escuchaba los comentarios de su marido de sus hijos y sus nietos, reunidos frente al televisor, Clara comenzó a percibir un extraño sentimiento en su interior, algo parecido a estar presenciando una profanación. La Luna siempre había sido su cómplice, su consejera y su amiga. En cierto modo le pertenecía, porque la luna conocía todos sus secretos.
Desde que era niña no había dejado de preguntarse si alguien viviría allí arriba, sobre la superficie blanca y redonda que brillaba en la noche como un farol encendido e iluminaba todas sus alegrías y también sus penas. Ahora Clara era ya una anciana y a pesar de ello, en su interior, aún seguía viviendo escondida la niña que fue. Por eso nunca había dejado de preguntárselo. Y aquella mañana sabría la respuesta.
El locutor continuó su información: “Tras situarse en la órbita de aparcamiento terrestre mediante un cohete, la nave tomará la trayectoria Tierra-Luna según los cálculos realizados, efectuando las necesarias maniobras de corrección de rumbo para asegurar la llegada a la Luna en el instante preciso.”
Pero Clara no le escuchaba y pensó que pronto los pies de aquellos hombres desconocidos pisarían el suelo del astro lunar y quizás en aquel mismo instante toda la magia que ejercía en su vida, se desvaneciese. Pero no se atrevía a expresar en voz alta sus pensamientos, porque sabía que todos se reirían de ella. Click here to read more.. »

Rosa, la mujer

septiembre 23, 2012 under Relatos de Historia

Desde que se casó nunca había tenido pensamientos propios que no fueran mas allá del cuidado de los hijos, de la limpieza de la casa y un sin fin de labores cotidianas relacionadas con ellos.

Se levantaba muy temprano para estar al lado de los suyos desde las primeras horas de la mañana y se acostaba la última, esperando que no quedase ni un solo problema por resolver. Después se sentía tan cansada que no disponía ni un momento para pensar en si misma, ni en nada. Y aunque ahora sus hijos ya habían crecido y no la necesitaban como antes, ella seguía actuando de igual forma y ellos exigiéndola. Quizás ésta era una de las razones por la que aquella mujer no tenía pensamientos propios ni ajenos, ni de ninguna clase. No tenía tiempo de pensar. pero alguna vez había intuido que existía algo más allá de su pequeña jaula, una sensación de culpabilidad la sacudía con tal fuerza que le parecía estar haciendo algo malo… La casa: su santuario, su refugio, su palacio, su cárcel, su premio, su castigo, su vida… ¿La suya?.

Si aquella mujer hubiera tenido tiempo de pensar quizás se hubiese preguntado si realmente era suya la vida que estaba viviendo o la que otros – sus padres, su marido o sus propios hijos y la sociedad en pleno – habían querido que viviese. Su esposo había impedido siempre que Rosa trabajase fuera del hogar, así se reconocía públicamente que su sueldo bastaba para mantener a su familia, lo cual era un símbolo de prestigio hacia al exterior. El éxito de un hombre siempre se medía por las comodidades que podía dar a su esposa. Si dentro de las paredes del hogar su mujer trabajaba el doble de su jornada laboral y sin ninguna clase de retribución ni reconocimiento, era algo que a nadie le importaba, ni siquiera a él mismo. Las apariencias bastaban y eso era lo importante.

Ella tampoco se hacía preguntas porque lo aceptaba como lo más natural del mundo. Nunca había tomado decisiones propias, la habían educado para el matrimonio, en la más absoluta ignorancia sexual y celosamente guardada para el hombre a quien los padres concedían aquella flor virginal.

La virginidad era pues su mayor valor y tesoro y la mejor prueba de inteligencia de una mujer era encontrar un buen esposo. Así pues, dejó los estudios cuando conoció al que ahora era su marido. Le habían dicho que una futura esposa y madre ya no necesitaba estudiar. ¿Acaso existía una carrera mejor para una mujer que el matrimonio?. Pan, techo y compañía asegurados, ¿qué más podía pedir?.

Así le habían hablado siempre sus padres, que la querían mucho y sólo deseaban su bienestar y también sus amigas solteras que esperaban impacientemente un hombre libertador que las redimiese de la necesidad de tener un empleo para ganarse un sustento.

Pedro, su marido, era un hombre educado y agradable, ni demasiado listo, ni demasiado tonto, económicamente estable, perfectamente gris, el sujeto ideal para asegurarse una vida aparentemente plácida, segura y sin complicaciones.

Ella se comprometió a ser su amante, su madre y su criada para que no le faltase nada material de por vida. El amor y la amistad poco contó en aquel contrato de compra venta legal que habían firmado al casarse.

Rosa había intuido alguna vez, en una butaca de cine un domingo o en la soledad de su cocina, un compañero apasionado y comprensivo, pero entonces se sentía cogida en falta, traicionada por un demonio maligno que sin duda llevaba dentro. ¿Acaso tenía derecho a ambicionar más de lo que tenía?. ¿Una vida segura, sin apuros económicos, unos hijos sanos, un marido trabajador?. Ella era considerada el ángel del hogar y sabía que una mujer respetable debía ignorar los placeres sensuales, porque las que experimentaban gusto por el sexo eran únicamente las prostitutas. Ya se lo decía su confesor: “Si la tentación te asalta, debes ser fuerte y rechazarla” y Rosa conocía bien los medios para combatirla, se levantaba rápida y atacaba un gran cesto lleno de ropa para planchar o una enorme pila de platos sucios. Se entregaba con ahínco a su trabajo, la musiquilla de una canción de moda en sus labios, y automáticamente el inquietante brillo de sus ojos desaparecía, dando lugar a la inexpresiva mirada de siempre.

Aquella mañana estaba sola en casa, entregada a sus tareas cotidianas, como de costumbre, cuando de improviso un fuerte griterío proveniente de la calle la interrumpió. Era tal el ruido que tuvo que abandonar lo que estaba haciendo y asomarse a la ventana para ver lo que sucedía.

Un numeroso grupo de mujeres de todas las edades desfilaba por la calle, gritando y deteniendo el tránsito de coches y peatones a su paso. Al principio, no pudo entender lo que decían, pero después de unos minutos de prestar atención pudo comprender algunas de las frases que repetían incesantemente:

- Compañeras, pongamos fin a la discriminación que sufrimos en silencio y reclamemos nuestra libertad. Exijamos nuestro derecho a opinar y hacer valer nuestras ideas. Basta ya a los míseros salarios y a las jornadas de trabajo interminables fuera y dentro del hogar. Somos seres humanos inteligentes, no bestias de labor ni muñecas de salón. Despertad de vuestro letargo y exigir vuestro voto para conseguir la igualdad con el hombre.

Rosa había oído hablar de ellas, se llamaban sufragistas, y utilizaban la lucha como único medio para ser escuchadas y conseguir el reconocimiento al voto de las mujeres. Conocía muy vagamente la historia por habérsela oído contar a su marido de un modo despectivo, y sabía que todo comenzó cuando un diputado inglés presentó en el Parlamento una petición para el sufragio de las mujeres.

Todas las naciones se habían reído de sus protestas, que chocaban con el conservadurismo defensor de la familia tradicional y las ideas cristianas sobre la autoridad del padre. Ella también las había considerado ridículas en sus pretensiones. Siempre le había parecido que la mujer que luchaba por la igualdad de sexos era un ser poco agraciado y algo masculino, que buscaba compensar su oculta frustración con los hombres en una feroz competitividad con ellos. Aunque en realidad, aquello no era un pensamiento propio, pero era lo que le habían dicho siempre y ella lo había dado por cierto.

Sin embargo, y aún a pesar de que si alguien de su familia hubiera entrado en aquel momento en la casa se hubieran reído de ella, no se apartó de la ventana. Sentía curiosidad, una curiosidad extraña. Entonces, una de las manifestantes, una mujer de una edad aproximada a la suya dirigió su mirada hacia lo alto y viéndola le gritó:

- Hermana, no te quedes mirando sin hacer nada. Porque esto es lo que han venido haciendo las mujeres desde hace siglos. Ponte en movimiento, no dejes que alguien viva tu vida por ti.

Entonces, dejó de hablar y deteniéndose encendió un papel que llevaba en al mano para arrojarlo en llamas a un buzón de correos. Al cabo de unos minutos todas las cartas que se hallaban en su interior comenzaron a arder y la gente a la vista del humo gritó asustada. La policía, que había permanecido expectante se apresuró a intervenir y detener a las manifestantes, algunas de las cuales se resistieron y fueron cruelmente golpeadas.

En la calle la confusión iba en aumento. Algunos de los transeúntes intentaron ayudar a las mujeres que trataban de zafarse de los golpes de las porras e incluso atacaban como podían a los policías, utilizando uñas y dientes. Otros en cambio las increpaban e insultaban.

Estuvo bastante rato mirando. Sin embargo, se daba cuenta que nunca había sido tan consciente de la realidad de todo lo que la rodeaba como en aquel instante y sintió que aquellos golpes que no recibía le dolían en la piel tanto o más a ellas.

Las últimas palabras de la desconocida acababan de sembrar por fin un pensamiento en su mente. Y como si éste hubiera comenzado a fructificar en acción, Rosa sintió la apremiante necesidad de bajar también a la calle y gritar al lado de todas aquellas mujeres, se sentía culpable de no recibir los golpes que las manifestantes sufrían por defender sus derechos

El viento agitó con fuerza renovadora su cabello y el sol acarició su rostro. Entonces, se apartó de la ventana dejándola abierta tras sí y, sin comprender por qué, sintió unos deseos irrefrenables de mirarse al espejo.

Allí, detrás de la pulida superficie, había una mujer de mediana edad, aspecto vulgar y triste, cabellos cortados a la moda y grasa acumulada en las caderas y en el vientre. La contempló en silencio. Siguió mirándose durante un buen rato, como hacía tiempo que no hacía, y le pareció que era la primera vez que se veía porque casi no se reconoció. No había nada de sí misma en aquella imagen.

Sin embargo, sus ojos ya no estaban vacíos: había algo en ellos, un brillo especial que los hacía muy semejantes al de la mujer que le había hablado.

Y entonces, ella supo ver algo más que la imagen extraña que la observaba: descubrió que debajo de sus carnes blandas había un cuerpo hermoso y flexible, lleno de color y de vida y que su boca triste podía sonreír iluminando su cara y no quiso mirar más. Echó a correr escaleras abajo para mezclarse con ellas. De repente, sentía que junto a aquellas desconocidas estaba su  verdadero lugar.

Cuando llegó al portal se topó de bruces con la mujer que le había hablado y que corría a proteger su cuerpo de la avalancha de golpes que la amenazaba. Sus cabellos estaban en desorden y las sienes se empapaban, poco a poco, en sangre. Rosa la acogió entre sus brazos y la llevó hacia el interior del oscuro umbral. Allí, de momento estaban a salvo.

- Gracias.- dijo la desconocida – Ya hemos recorrido un pequeño trecho en el camino, pero todavía es mucho lo que nos queda por andar… Debemos unirnos para ser fuertes y debemos despertar a la verdadera realidad para vivir como seres humanos y no como objetos u animales.

Entonces, un grupo de hombres uniformados entró en el portal y cogiendo a las dos mujeres por el brazo las arrastró hacia la calle a trompicones, para obligarlas a subir a un coche de la policía.

Una vez dentro del vehículo, hacinada con otras manifestantes que a pesar de los golpes recibidos seguían gritando por la igualdad de sexos y por la libertad, Rosa se dio cuenta de que no sabía a donde la llevarían aunque en aquel momento se sentía tan plenamente feliz que esto no le preocupaba demasiado.

Hasta entonces había estado recorriendo el camino que otros le indicaban. A partir de ahora cualquier otro, fuera cual fuese, sería mejor, porque ella misma lo escogería.

Dentro de su pequeña casa, que se empequeñecía a lo lejos, quedaba su juventud, su matrimonio, sus hijos y la mujer vulgar y triste que todavía debía estar asomada a la superficie del espejo del dormitorio. Los remordimientos se quedaban con ella también. Se sentía libre de todo sentimiento, se uniría a aquel grupo de mujeres que lo sacrificaban todo por ser ellas mismas. No sabía a donde iba, pero si sabía que no pensaba volver.

 

Se hicieron muchos comentarios en el barrio después de su partida. Entre otras cosas los amigos y vecinos dijeron que era una mala mujer, que no quería a sus hijos ni a su hombre. Su familia, para evitar la vergüenza ante la gente, dijeron que había muerto. Nadie comprendió que para querer a los demás, aquella mujer debía aprender a quererse a sí misma. Nadie comprendió que aquella mujer que vivía muerta, había resucitado a la vida. Pero el que la entendieran o no, era muy poco importante para ella.

 

Tatiana, la sumisión

julio 14, 2012 under Relatos de Historia

 

Las gentes aldeanas le llamaban radenyi, y sus compañeros rasputnik, que en ruso quiere decir, extraviado. Había nacido en la aldea y era hijo de un ladrón de caballos, borracho y mujeriego. Se había criado libre y salvaje sin más escuela que las correrías por los bosques y los azotes de su padre y había llegado a los 30 años convertido en un hombre apuesto y brutal dotado de un gran vigor físico, que ejercía una especial fascinación en las mujeres por la extraña sensualidad de su mirada. ¿Pero quién era en realidad aquel tosco campesino de modales burdos y vida turbulenta que llegaba a ganarse la voluntad de quienes le conocían, hasta el punto de anular la suya por completo? Parecía como si la tierra rusa hablase por su boca, por eso todos le comprendían y se identificaban con él. Sus pecados eran innumerables, pero ponía tal fuerza en la contrición y tenía una fe tan ingenua en la misericordia divina, que nadie podía dudar de su salvación eterna, como si después de cada arrepentimiento quedase puro como un niño al que acaban de bautizar. Había algo siempre oscuro en su vida que le hacia excepcional: bueno o malo, santo o demonio, esto le hacia diferente a los demás hombres.

 

La leña ardía suavemente iluminando los rostros de los hombres y mujeres que cogidos de las manos bailaban y cantaban formando un gran anillo alrededor de la hoguera. Todos gritaban sin cesar mientras se entregaban a su extraña danza: “Señor, perdonad nuestros pecados ya que nos arrepentimos de ellos.” Poco a poco a medida que iban exaltándose por el baile parecían poseídos de una especie de furor místico, sus pasos se iban volviendo cada vez más torpes y sus cánticos se transformaban en aullidos, mientras se embriagaban con las fragancias del incienso arrojado a las llamas y del alcohol que había regado en abundancia sus cerebros.

Cuando el fuego se apagó completamente, todos soltaron la cadena que formaban sus manos y comenzaron a caer al suelo, amontonados unos encima de otros.

Tatiana sintió la presión de un cuerpo sobre el suyo, despedía un fuerte olor a macho cabrío y se abandonó al abrazo. Su aliento le quemaba la boca y a su innata repulsión se unió el más incontrolable deseo. Una fuerte atracción de piel a piel, de sudor con sudor, de sangre mezclada con sangre la embriagó. No quería pensar, solo deseaba sentir, no pudo oponer resistencia a las manos que arrancaron los vestidos de su cuerpo, porque sintió que su cuerpo ya no le pertenecía…

La mañana llegó fría y tímidamente sorprendiéndoles a todos en el más profundo de los sueños. Tatiana fue de las primera en abrir los ojos. Apenas si recordaba nada de lo sucedido la noche anterior. Contempló los cuerpos semidesnudos que yacían a su alrededor y sintió un profundo sentimiento de asco, estremeciéndose de frío y de horror. A su lado dormía Rasputin  y entre sus manos todavía guardaba jirones de su vestido. Poco a poco comenzó a ser consciente de lo sucedido.

Como si hubiese tenido conciencia de su mirada, el hombre abrió también sus ojos y le habló suavemente: “Hermana, yo te bendigo en el nombre del Padre y del Espíritu santo. Ten confianza, tu carne ha sido bendecida con el pecado de la concupiscencia, ahora debes mortificarla por amor a Dios.”

Y levantándose del suelo desató el cinturón de su cinto y abalanzándose sobre ella comenzó a azotarla sin piedad sobre la espalda, los brazos y el pecho. La muchacha se incorporó como pudo para zafarse de la lluvia de latigazos que sacudían su cuerpo y volvió a caer en tierra, sollozando. Entonces sintió también que aquel hombre que antes había poseído su cuerpo, era ya el dueño absoluto de su alma, le seguiría a donde fuera que fuese y arrodillándose ante él, besó su túnica en señal de absoluta sumisión.

A partir de aquel día Tatiana nunca se separó de él y cuando Rasputin abandonó su hogar y sus hijos partiendo hacia San Petesburgo como meta de todas sus ambiciones, Taitiana abandonó también a su familia para seguirle hacia su excepcional destino.

Siempre estuvo a su lado como sombra fiel y silenciosa mientras las masas se arrodillaban a su paso, señalándolo como el hombre elegido por Dios, y exclamaban gimiendo: “Cristo nuestro salvador, ruega por nosotros pobres pecadores Dios te escuchará.”

Le acompañaba sin ser casi notada en todas las visitas a cuantos monasterios hallaban a su paso y le ayudaba a organizar sus ceremonias rituales y aprenderse de memoria largos párrafos de libros sagrados para conseguir más prosélitos y desconcertar a sus más acérrimos enemigos. Nadie sabía de su existencia, que compartía con otras mujeres que surgían y desaparecían a su paso, pero ella siempre continuaba cerca, como su fiel perro, agradeciéndole que no la alejase de su lado.

Cuando por fin llegó a San Petesburgo, Rasputin, con su extraña habla campesina y su magnética personalidad, se introdujo poco a poco en los hogares de los ricos y las damas de alta alcurnia se estremecieron, reconociendo en él a un profeta. Numerosas carrozas de la nobleza acudían día tras día a su domicilio y gran número de mujeres hacían cola para ser escuchadas por el milagroso curandero con la esperanza de remediar todos su males.

Después de haberlas atendido y obtener de ellas substanciosas compensaciones, Rasputin, en la intimidad de su alcoba y con la joven Tatiana entre sus brazos, hacia mofa de todas aquellas mujeres histéricas, la mayoría de engañadas por sus maridos y frustradas en sus relaciones conyugales.  Con ellas sostenía una fuerte relación de dependencia erótica y mental, pero Tatiana jamás sentía celos de sus seguidoras porque sabía que ella era la única que lo conocía y que él siempre acudiría a su lado en sus momentos de debilidad.

 

Hacía tiempo que la emperatriz deseaba conocer a aquel personaje que venía precedido de una enorme aureola de popularidad, ya que en todos los estamentos de la Rusia zarista se hablaba de él. Se había presentado ante la familia imperial vestido con sus ropas de campesino y calzado sus groseras botas y había hablado a los zares de una manera ruda y familiar, utilizando el entrañable tuteo ruso.

La zarina Alejandra Feorovna, nacida Alicia de Hesse, comentó aquella tarde con su amiga Olga Karamsvna so encuentro con Rasputin, sin poder imaginar siquiera que un futuro el supuesto profeta podría influir decisivamente en su vida y en la de los suyos…

- Físicamente Rasputin me desagrada, tiene las manos toscas, las uñas negras, la barba sin cuidar, los zapatos rotos, los vestidos rasgados e increíblemente sucios…Sin embargo confieso que me divierte. Tiene un palabra y una fantasía extraordinaria, incluso llega a ser muy elocuente. Posee un profundo sentido del misterio. Puede ser sucesivamente familiar, bromista, violento y alegre, absurdo y poético, y todo ello sin simulación alguna. Por el contrario tiene un cinismo que aturde y fascina a la vez.

Rasputin regresó aquella tarde del Palacio imperial extremadamente satisfecho y de excelente humor, pero Tatiana entre sus brazos, tuvo un presentimiento amargo.

Enseguida la fortuna le sonrió en la persona del heredero del trono. Gracias a su ascendiente benéfico sobre la precaria salud del pequeño Zarevich, Rasputin fue ocupando poco a poco, el lugar de consejero de la zarina.

Parecía que solo él sabía tranquilizar al niño, hacerle reír, divertirle, obligarle a comer y conseguir que descansara, hasta tal punto que el pequeño hemofílico necesitaba su presencia a todas horas y solo quería vivir a través de él.

Aquella influencia había ganado el corazón de los angustiados padres y otorgado también a Rasputin de un poder inigualable, pero había puesto a los altos estamentos de la nación en su contra y había alejado a Tatiana para siempre de su lado. Cuando Rasputin se trasladó a vivir en palacio, la muchacha quedó relegada al olvido.

 

Rusia había entrado en la gran guerra que sacudía a Europa, el pueblo gemía en la miseria bajo la autocracia de los nobles y grandes masas de obreros se agitaban en las calles de San Petesburgo, mientras se oían los primeros gritos subversivos.

En Moscú y en toda la nación el embrión de la Revolución se desarrollaba lentamente y el gobierno del zar amenazaba ser barrido como una hoja seca al viento. Pero como una vela, la vida y la influencia de Rasputin brillaron mas intensamente que nunca antes de apagarse para siempre.

El principie Yusopov y parte de la nobleza se habían reunido para organizar un plan que acabase definitivamente con el poder de aquel Santón maléfico que parecía influir en los zares hasta el punto de no tener voluntad propia y llevar a la ruina al país.

 

Aquella tarde de diciembre del año 1916, cuando Rasputin recibió la invitación del príncipe se sintió extremadamente satisfecho. Había esperado día tras día aquel reconocimiento por parte de la nobleza, y ésta llegaba al fin.

Se dispuso a vestirse de una manera apropiada a la ocasión y llegó al Palacio elegantemente ataviado con blusa de seda y calzón de terciopelo negro rematado con flamantes botas de cuero.

Una mendiga, una pobre mujer del pueblo en la que nadie reparaba, le vio descender del carruaje e introducirse en el Palacio con porte altivo y arrogante. Los años de miseria que habían transcurrido desde su separación con su amante habían convertido a Tatiana en una sombra de sí misma. Envejecida y enferma, contempló con ojos todavía ardientes de amor como su ídolo pasaba por su lado sin ni siquiera dirigir una mirada piadosa a su mano extendida.

Ya en el interior del Palacio, Rasputin conversó largo rato de un modo distendido con su anfitrión, comió a placer de la extensa bandeja de plata repleta de dulces que los criados le ofrecían con manos enfundadas y bebió abundantemente del excelente vino de Madeira que brillaba como fuego vivo a la luz de las velas. Había conseguido todas sus metas y, por primera vez en su turbia vida, se sentía en paz.

El príncipe lo miraba con ojos expectantes. Los cocineros se habían extremado en la elaboración de los dulces, por los que todos sabían que Rasputin sentía gran debilidad, y el mismo príncipe había añadido a solas en la cocina una buena ración de cianuro sobre todos ellos.

Pero ante el estupor del anfitrión, las horas transcurrían y el siberiano no mostraba ningún síntoma de envenenamiento. Deambulaba por la estancia charlando sin parar con gran euforia y balanceando su extraordinaria humanidad de un lado a otro. Aunque en algunos momentos parecía tambalearse, siempre se recobraba y continuaba paseando y hablando sin cesar, como si la vida no quisiera abandonar aquel cuerpo extraordinario.

Entonces, incapaz de resistir más y aprovechando la semiinconsciencia de su invitado, el príncipe abrió uno de los cajones de una mesilla y apoderándose de una pistola, descargó todas las balas que quedaban en el cargador sobre su invitado que yacía amodorrado en un sofá.

Después, lentamente se acercó al cuerpo aparentemente sin vida para comprobar que las balas habían atravesado su corazón. Apoyando la oreja sobre su pecho en su excitación, le pareció no oír sus latidos.

Cuando ya le daba por muerto, Rasputin se agitó inesperadamente y con un esfuerzo sobrehumano se puso en pie rodeando con sus manos el cuello del príncipe, que a duras penas pudo desembarazarse de aquellas garras que atenazaban su garganta y huir corriendo despavorido.

Arrastrándose de rodillas, Rasputin bajó las escaleras del palacio que antes había subido erguido alegremente y ganando la puerta exterior desapareció en la oscuridad de la noche.

En la calle todo estaba inexplicablemente desierto y silencioso. Taitiana, que no se había movido de la puerta del palacio le siguió al verle. Temblaba de frío y la nieve dificultaba sus pasos haciéndole avanzar con lentitud. De repente otro disparo estremeció el silencio de la gélida noche y Rasputin, herido de muerte, se tambaleó por última vez antes de caer fulminado sobre la alfombra blanca que cubría las calles.

La mujer se acercó a él y cuando llegó a su lado le besó en los labios, intentando retener su último aliento. Él la miró, pero ella nunca supo si sus ojos habían podido reconocerla. Entonces, oyendo que se acercaban, lo cubrió con su cuerpo como para protegerle por última vez.

 

 

 

 

 

 

Josef y Elise, la inspiración

mayo 30, 2012 under Relatos de Historia

 

A pesar de su incurable enfermedad que la tenía postrada en cama desde que era niña, Elise se sentía feliz porque no estaba sola. Después de la  prematura muerte de sus padres su hermano Josef había permanecido a su lado, manteniéndola con su sueldo de profesor de música y velando por todas sus necesidades.

A veces pensaba que podía representar una carga para él y que cuidarla le impediría casarse y formar una familia, pero entonces su hermano la tranquilizaba y la hacía reír con alguna de sus bromas para demostrarle que su piano y ella le bastaban para ser feliz.

Contrariamente a ella, Josef rebosaba salud y energía. A parte de cuidarla, dedicaba todas sus horas a sus clases en el Conservatorio de Munich y al estudio del piano, interpretando a la perfección la música de los grandes compositores que Elise escuchaba horas y horas con los ojos semicerrados perdida en sus ensueños.

Sus pensamientos a lomos de las notas escapaban de su pobre cuerpo enfermo y volaban libres, atravesando las paredes de la antigua casa familiar, porque sus meditaciones no estaban limitadas por su enfermedad y con la música y la pequeña visión del mundo que cada día le mostraba su ventana ella había construido otro distinto, mas allá de su encierro imaginando con su fantasía toda la vida que no podía vivir.

Aquella mañana Elise cumplía veinte años y el jardín le ofreció una de sus más hermosas imágenes, como si fuese consciente de que era un día muy especial para ella. Tanta belleza era una invitación a visitarlo y enseguida se vio a si misma corriendo descalza entre la hierba con la falda enrollada a la cintura y la rubia cabellera bailando al compás de la canción del viento. Y era tal la realidad de su ensueño que le parecía sentir la humedad del rocío en las plantas de los pies y la tibia caricia del sol en los ojos.

Josef entró en la habitación como una tromba llena de vitalidad, interrumpiendo de repente su imaginario paseo.

- Feliz cumpleaños – exclamó casi gritando, sumamente exaltado. Y mientras la abrazaba deslizó un pequeño envoltorio entre sus manos.

Cada año su regalo era escogido con especial cuidado y ella lo esperaba impaciente, pero aquel día cuando lo abrió lo que vio no pareció estar a la altura de los otros.

- ¿Que voy a hacer con una flauta? – le preguntó decepcionada, mientras miraba el pequeño instrumento después de haberlo liberado del papel que lo envolvía – .Yo no sé música como tú.

Josef la miró atentamente antes de responder. Después cogió sus manos entre las suyas:

- Te gustará tocarla – le dijo dulcemente -. Posees oído musical y sensibilidad, y no te costará mucho aprender. Ya verás, yo te enseñaré.

- Elise se sentía desilusionada. ¡Había esperado con tanta impaciencia aquel regalo!

- Me basta con escucharte cuando tocas el piano. Tus interpretaciones son lo único que necesito para sentirme feliz.

- Quizás te guste aprender, pruébalo – contestó su hermano sonriente. Y después, comprendiendo lo que ella realmente esperaba, salió de la habitación y se sentó en el piano del salón, donde comenzó a tocar.

Al escuchar las primeras notas la cara de la muchacha se transformó y la desilusión dejó paso a una expresión de beatitud… aquello era lo que ella había estado esperando. Josef no la había decepcionado. La pieza era de un nuevo talento cuyas composiciones hacían furor en toda Baviera y Josef había estado estudiándola noche tras noche en secreto y con sordina para no despertar a Elise mientras dormía.

Se dejó llevar de los acordes durante un buen rato, atravesando en sus pensamientos los mares más profundos y escalando las montañas mas altas. Fue en aquel mismo instante cuando sintió por primera vez deseos de coger la olvidada flauta entre sus dedos y llevársela a los labios. Inesperadamente las notas que surgían del instrumento se acoplaron como un guante a la melodía que su hermano interpretaba al piano. Sorprendida de su propia audacia siguió tocando durante un buen rato.

Cuando Josef dio por terminada su interpretación, le sorprendió oír una exquisita melodía que se expandía por todas las habitaciones de la casa. Se quedó escuchando atentamente y comprendió que provenían de la flauta que le había regalado a su hermana, pero no podía creer que era ella misma la que la estaba tocando.

Cuando entró en la habitación Elise ni siquiera reparó en él, tan enfrascada se hallaba en el placer de la improvisación. Era evidente que aunque nadie la había enseñando, poseía un don innato para la música que hasta el momento había permanecido oculto.

Josef siguió escuchándola sin interrumpirla y a medida que aquellas simples notas espontáneas, pero llenas de autenticidad y de vida, se multiplicaban y desparramaban encima de los muebles, de los cuadros de las alfombras y de las lámparas de la habitación, comprendió que contenían toda la creatividad y el genio que, a pesar de sus muchas horas de estudio frente al piano y toda su técnica depurada, jamás él lograría poseer.

Aunque amaba a su hermana y comprendía que debería sentirse feliz de haber descubierto sus aptitudes para la música, algo muy amargo pareció desgarrarse en su interior, allí donde nadie tiene acceso jamás a entrar: algo muy parecido a la envidia y también a la frustración.

A partir de aquel día las relaciones entre los dos hermanos cambiaron. Josef apenas hablaba con ella y dejaba que la criada la atendiese la mayor parte tiempo. Un día hizo cambiar el piano de lugar colocándolo en el otro extremo de la casa. Aquello entristeció mucho a Elise, que como ya no podía soñar escuchando las piezas que él interpretaba se consolaba tocando la flauta a todas horas. y a partir de aquel momento sus sentimientos se concentraron en la música que surgía de lo más hondo de su alma brotaba y de su pequeño instrumento, desde aquel momento se convirtió en su confidente y su única amiga.

Pero la joven ignoraba que cuando ella tocaba, Josef escuchaba escondido detrás de la puerta y que después, como un ladrón que huye con su presa, trasladaba al pentagrama todas aquellas notas que habían surgido de la sencilla flauta.

Y así día tras día,  sola en su habitación, con las ventanas cerradas a la vida, Elise seguía tocando y su hermano como una ave de rapiña, escuchando atentamente cada uno de las notas que su hermana dejaba escapar a través de su único consuelo, para convertirlos después en valses, impromptus, preludios y nocturnos sobre el piano.

Y a medida que las notas que Josef escribía febrilmente sobre el papel se multiplicaban y adquirían fuerza, la salud de Elise iba extinguiéndose poco a poco

En poco tiempo todo el mundo en la ciudad celebraba al joven y brillante compositor como la inesperada revelación de la temporada y sus conciertos comenzaron a prodigarse. Elise se sentía orgullosa del éxito de su hermano, del que todos hablaban, ignorando por completo que era su propia música la que iba haciéndose famosa interpretada por los ágiles dedos de Josef.

El rey Ludwig II de Baviera amaba el arte y se interesaba por todas las compositores que se alejaban de la corriente musical conocida hasta entonces. Si el rey creía en ellos, no tenía reparos en oponerse y enfrentarse al pueblo que los rechazaba, por no saberlos comprender.

Pronto llegaron a sus oídos los éxitos del joven Josef, un modesto profesor del Conservatorio de Munich, que de repente había comenzado a componer de un modo tan extraordinario que llegaba directamente al corazón de entendidos y profanos. Su música, le habían dicho, parecía dirigirse directamente a la esencia de cada ser, como si utilizase un lenguaje universal fuera del tiempo y de las limitaciones de la forma. Un lenguaje que hablaba de la unidad de todos los humanos como si éstos formasen un solo cuerpo, y en la que todos se reconocían.

- Parece como si se pudiera escuchar la voz de Dios a través de sus notas – le habían dicho, y aquella frase le decidió a invitarle a palacio.

En realidad se sentía algo escéptico sobre todas aquellas exaltaciones, después de haber escuchado, según su criterio, al mayor de los genios musicales de la Creación: el compositor Ricardo Wagner, para quien había hecho construir en la ciudad de Bayreuth al norte de Baviera, un colosal templo musical. El rey había defendido y apoyado al gran músico en contra de todo y de todos y no creía que nadie pudiese superar las composiciones de Wagner, que no solo eran sublimes, si no que expresaban toda la grandiosidad de una raza enlazada fuertemente con los héroes de la mitología germana.

Si la música de aquel desconocido se parecía al lenguaje de Dios, seguro que no podrían tener comparación con la compuesta por un Dios de la Música encarnado en un ser tan extraordinario como Ricardo Wagner.

Y aunque aún no había escuchado ninguna de las composiciones del joven profesor, estaba convencido de que si agradaban a todos debían de ser simples y vulgares, porque solo la música excepcional era comprendida por unos pocos como él.

Josef fue llamado al palacio con gran sorpresa por su parte y aquel día, con la carta real entre sus manos, se sintió tan feliz que decidió entrar en la habitación de su hermana para comunicárselo. Hacía mucho tiempo que no la visitaba y al verla comprendió que no le quedaban ya muchos meses de vida. Entonces se dio cuenta de que si ella moría sus composiciones morirían también. Debía salvar a Elise como fuese, pensó. Ni por un momento le impulsó la compasión hacia ella, pero si  el deseo de la gloria y de la fama.

A partir de aquel día intentó que su hermana recuperase la alegría de vivir, pero aunque la visitaba de nuevo frecuentemente nunca la dejaba escuchar sus composiciones.  Aquel extraño misterio que parecía envolverle apagaba a Elise poco a poco, como una vela se extingue por falta de oxígeno. Pero Josef no podía desvelar el secreto que nadie conocía: el fraude de su música, con el que a todos engañaba y con el que se engañaba también a sí mismo.

El Castillo de Neuschwanstein se alzaba erguido y orgulloso como un gigante de cuentos de hadas en la región bávara de Allgaü, en las proximidades de la ciudad de Füsen. Sus torres de mármol parecían querer tocar el cielo con sus afiladas puntas compitiendo con las altas montañas que lo rodeaban reflejadas en los azules lagos como en un espejo.

El rey de Baviera soñaba con dominar un Imperio y había construido aquel enorme recinto a imagen y semejanza de sus sueños de gloria. Su afán desmedido por el lujo y por todo lo excéntrico había dañado seriamente la economía del país y después de la construcción de sus numerosos y extraordinarios castillos las arcas del estado se hallaban prácticamente vacías Sus súbditos comentaban que la salud mental del monarca Ludowig II iba empeorando día a día y muchos opinaban que debía de abandonar el poder y ser recluido.

Ajeno a todos estos rumores, el monarca aguardaba aquella tarde al pianista en el salón de conciertos del Castillo, reclinado en su trono de oro. Las luces que surgían de las múltiples lámparas y candelabros se reflejaban en los grandes espejos de las paredes haciéndolos brillar como joyas.

Josef apareció en la sala y tras inclinarse respetuosamente ante el rey se sentó frente al piano. Su imagen reflejada se multiplicó hasta el infinito. Sus dedos entraron en contacto con las teclas que parecían aguardarle impacientes.

Fue su mejor interpretación. La música compuesta por Elise adquirió una grandiosidad indescriptible en sus dedos que se deslizaban por el teclado como si estuvieran impulsados por un aliento divino. A su depurada técnica se unía la sensibilidad nacida de lo más profundo del alma de la enferma y las notas llenaban la sala de cadencias y de sonoridades que parecían llegar de unos confines muy lejanos y a la vez muy próximos. Era un canto a la vida y a la muerte, a la alegría y a la tristeza, al dolor y a la esperanza.

Cuando finalizó, el rey en persona se levantó de su trono para felicitarle entusiasmado.

- Jamás he oído nada semejante – le dijo mientras estrechaba sus manos con admiración. Y en sus ojos brillantes de exaltación le pareció ver a Josef reflejado el rostro de su hermana, mirándole acusadamente.

Sentado en el interior del carruaje que el mismo rey había puesto a su disposición, Josef regresaba a Munich aquella tarde después del concierto.

Ante sus ojos desfilaba su pequeño país: extensos y verdes prados, ríos y lagos de un intenso azul, y hermosas casas llenas de flores de todos los colores que él miraba sin ver, mientras pensaba en el éxito conseguido ante el rey.

Pero de pronto, el cielo se oscureció amenazando tormenta y las mieles del triunfo parecieron ensombrecerse también por un oscuro presentimiento que le hizo pedir al cochero que fustigara los caballos para llegar a casa rápidamente.

Cuando cruzaba el umbral de la puerta la criada se adelantó para comunicarle que su hermana había entrado en agonía. Subió las escaleras de tres en tres y una vez delante de la pálida imagen de Elise, que parecía confundirse con la blancura de las sábanas, la estrechó entre sus brazos con fuerza, como si así pudiera retenerla para siempre a su lado.  Entonces se dio cuenta de que, al igual que ella su triunfo estaba condenado a una muerte cierta

- No puedes dejarme, ahora.- murmuró en su oído-. Si tu te vas, todo terminará para mi.

La enferma le miró y aún tuvo fuerzas para poder hablarle:

No te dejo solo, tienes un gran talento y éste siempre será para ti la mejor compañía. Pero yo debo seguir mi camino y tú el tuyo – después hizo una larga pausa para tomar aliento y continuó: Quisiera agradecerte tus cuidados y sobre todo tu música, que me ha hecho siempre tan feliz y quisiera solo pedirte una cosa antes de irme: que me dejases escucharla por última vez.

Josef reaccionó ante aquellas palabras. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Si Elise escuchaba sus propias composiciones volvería a sentir deseos de vivir porque desearía cosechar los éxitos de los que él injustamente se había apropiado. Le revelaría el secreto e intentaría hacerle comprender que ella no era más que una pobre mujer, intelectualmente inferior al hombre, a quien por una extraña casualidad de la fortuna se le había concedido un don que por su sexo no se merecía tener. Elise comprendería que él solo intentaba reparar una injusticia de la naturaleza. Con este razonamiento y convenciéndose de que toda su conducta estaba guiada por una causa justa, Josef enterró los sentimientos de culpa en lo más profundo de su subconsciente.

La cogió en sus brazos y la trasladó con delicadeza al otro lado de la casa donde él había hecho colocar su piano. La tendió después suavemente sobre el sofá y la abrigó con unas mantas. Sin volver a mirarla se colocó delante del instrumento que parecía estar siempre dispuesto a obedecer sus órdenes bajo la presión de sus dedos y comenzó de nuevo a tocar el concierto que aquel mismo día había interpretado ante el rey. Pero aunque tocó de un modo excepcional, dedicando todo su arte a su hermana que parecía escucharle con los ojos cerrados, ninguna de aquellas notas estaba pulsada con amor y su música parecía tener la frialdad de la misma muerte.

Cuando terminó, se quedó unos instantes quieto frente al piano que enmudecía lentamente y tuvo miedo de mirar hacia donde se encontraba Elise, asustado de su posible reacción. Sólo cuando la vibración de la ultima nota se diluyó por completo en el espacio, se atrevió a dirigir su mirada hacia ella.

Elise parecía dormida, pero Josef se dio cuenta enseguida de que estaba muerta. Entonces se quedó mirándola largo rato sin reaccionar y después se sintió invadir por una furia incontrolable. ¿Cómo podía hacerle esto a él? No solamente le abandonaba cuando el éxito comenzaba a sonreírle, sino que ni siquiera le dejaba el consuelo de saber si había podido escuchar su música. Después, sin ni siquiera derramar una sola lágrima o rezar una oración, abandonó silenciosamente la habitación dejando a Elise durmiendo en el sueño de la eternidad frente al piano abierto.

Durante los meses que siguieron a muerte de su hermana, Josef intentó muchas veces que el teclado respondiese a la llamada de su inspiración, pero las teclas permanecían obstinadamente mudas a sus demandas.

Tras unos cuantos intentos fallidos, su fama de compositor desapareció tan rápidamente como había surgido. Todos pensaron que el aliento del genio se había dignado inspirar a un ser vulgar durante un corto período de tiempo para abandonarlo después en su mediocridad y todos lo abandonaron también.

Y la música de Elise fue olvidándose poco a poco, solo Josef la recordaba en sus largas horas de soledad, tocándola al piano una y otra vez. Y al hacerlo le parecía que el espíritu de su hermana se sentaba a su lado para mirarle con ojos vacíos de expresión, condenándole a no saber jamás si hubiera sido capaz de perdonarle.

 

Calamity Jane, la aventurera

abril 14, 2012 under Relatos de Historia

 

Hija de una prostituta y de un ladrón de ganado cuya mayor pasión era la bebida, quizás la verdadera causa de su inadaptación fue el origen de su nacimiento. Creció en una época en que los Estados Unidos del Norte estaban bajo el terror impuesto por las bandas de delincuentes. Los billetes falsos circulaban por todo el país, los robos de caballos eran la plaga del Oeste Medio y los asaltos a los ferrocarriles que unían el Este con el Oeste se incrementaban. Viviendo en medio de toda aquella fauna salvaje, tomó la determinación de crear un sexo a su medida tomando los valores de ambos que más le gustaban, con lo cual ni los hombres ni las mujeres la comprendieron. Cuando decidió esto era muy joven, casi una niña. Huyó de su casa a los catorce años, y se prostituyó para sobrevivir.

Aunque el dinero no le importaba demasiado, pronto se dio cuenta que con dinero podía vengarse comprando a los hombres a los que antes había tenido que venderse, y aunque a veces se daba cuenta de que éste afán de venganza la encadenaba cada vez mas al miedo, no podía dejar de vivir sin jugarse continuamente lo mas preciado que poseía, la propia vida.

 

Aquella noche Calamity Jane se escurrió por entre las sombras como una sombra más. Los tacones de sus botas de montar resonaron en el silencio de la calle desierta como una canción disonante. La vieja chaqueta de algodón colgaba sobre sus caderas balanceándose al compás que marcaban sus pasos vacilantes y el sombrero se ladeaba en su cabeza amenazando caer al suelo de un momento a otro. Había bebido demasiado. Se sentó sobre el entablado de madera incapaz de seguir andando y respiró profundamente. Al día siguiente se perpetraría uno de los más arriesgados golpes que había planeado nunca, el asalto al ferrocarril procedente de Chicago y aquella noche se reencontraba con su peor enemigo, al cual no podía disparar ni vencer: el temor a la muerte.

En su mente confusa los pensamientos se atropellaban los unos a los otros intentando adquirir protagonismo, pero el miedo los anulaba a todos. Por eso había bebido, para no sentir su despiadada garra amenazando destrozar su alma y había huido del salón donde todos reían y cantaban para que nadie lo advirtiese. Nadie debía saber que ella, la salvaje, la valiente, la indomable tigresa, estaba profundamente asustada.

Entre las risas, la música y las voces, Tom buscó con impaciencia el rostro de Jane. Necesitaba verla, hablar con ella a solas antes del amanecer. La vio salir y la siguió a prudente distancia, observando sus pasos inseguros. Muy despacio, se acercó a ella y sin siquiera rozarla con su cuerpo se  sentó a su lado. La mujer que había escondido la cara sobre sus rodillas, no pudo verle ni siquiera oírle hasta que el hombre apoyó el brazo sobre sus hombros. Entonces se incorporó como si la hubiesen golpeado y al verle le abrazó con fuerza. Tom se sorprendió ante aquella reacción y la comprendió: “todo irá bien” – le dijo para tranquilizarla, apretándola con fuerza contra sí y reteniéndola abrazada mientras acariciaba su oscuro cabello.

Jane reaccionó entonces de un modo inesperado. Tom era su amante de turno y quizás despertaba en ella un sentimiento más profundo que los otros, pero ni siquiera él podía ser testigo de su debilidad. Avergonzada de si misma se deshizo de los brazos que la sujetaban y sobreponiéndose, se encaró a él con violencia.

- Siempre va todo bien – dijo fríamente – .Yo he planeado el atraco al tren, yo soy el jefe de la cuadrilla. Yo nunca cometo errores – pero a pesar de la frialdad de su tono de voz, sus ojos estaban encendidos.

El hombre sintió el olor del alcohol sobre su rostro y comprendió que estaba borracha. Advirtió también la crispación de sus manos muy cerca del revólver colgado del cinto y pensó que aquel momento de debilidad ante él podía ser la causa de su propia muerte.

Ningún hombre era tan hábil disparando como Calamity Jane, por eso todos la temían y la respetaban. Conocía bien la violencia de aquella mujer extraña, por quien se sentía atraído de una manera irresistible. No era demasiado hermosa, pero su atractivo emanaba de sus movimientos felinos y de la misteriosa expresión de sus ojos, que brillaban como dos ascuas. En realidad ella solo actuaba como una mujer compartiendo con él las sábanas de su cama, pero Tom sabía que no quería ser protegida ni poseída por nadie.

Las sombras de la noche parecieron ser cómplices del miedo de ambos. Las primeras luces del amanecer todavía dormían tras las montañas, con ellas, llegaría el nuevo día y con él también llegaría lo desconocido.

 

En cada una de las estaciones que recorría el ferrocarril de la compañía Unión Pacific, había un empleado que reunía el importe de la venta de los billetes y lo metía en una gran bolsa de cuero con la cuenta exacta de la semana. Este saco era enviado a la estación cercana más importante donde se verificaban las cuentas antes de remitir el dinero a la estación central. Sólo estos controladores poseían las llaves de las diferentes bolsas, que únicamente se abrían ante los empleados responsables y su contenido contado ante ellos. Después de efectuada la operación se volvía a cerrar el saco, así se evitaba cualquier falsificación. Aquel sistema había funcionado siempre sin problemas, hasta aquel día del año 1854.

 

El tren correo que recorría el trayecto de Chicago a Lexington fue asaltado en la pequeña estación de Shelton. Fue un golpe sorpresa y tres de los empleados de la línea ferroviaria de la Unión Pacific murieron por tratar de defender el cowboy. La paga de los obreros fue robada y los viajeros completamente desvalijados. El botín ascendió a más de diez mil dólares.

Los bandidos, una tropa de unos treinta hombres, no iban enmascarados pero nadie pudo reconocerles, probablemente debían proceder de otro Estado, aunque ninguno podría olvidar nunca el rostro del jefe de la banda., una mujer de edad indefinida, vestida como un hombre, morena y curtida por el sol, en cuyo rostro destacaban unos ojos de fuego. La mujer desconocida montaba su caballo con tal soltura que parecía haber nacido sobre él y juraba como el peor de los condenados mientras disparaba sin cesar su revólver.

 

Sentado frente a su mesa de trabajo, Michael O´Sea, el presidente de la Compañía ferroviaria Unión Pacific increpaba casi a gritos a su subordinado mientras masticaba furiosamente la punta da su grueso cigarro.

- Pero… ¿Cómo podían saber esos forajidos que había una suma tan cuantiosa en el tren?  El dinero había tenido que salir un día antes y el retraso era culpa del Banco de Chicago que no lo tenía preparado. ¿Cómo unos forasteros, podían estar al corriente de semejante accidente?

John Carraway, un hombre joven y extremadamente delgado que ostentaba orgulloso un diminuto bigote colgante bajo una nariz también minúscula, contestó sin inmutarse ante el nerviosismo de su jefe.

- Sí, uno de los empleados conocía el retraso de un día en el envío del dinero y del lugar en que era esperado y esta noticia se dio por telégrafo, El primer punto a descubrir es quien estaba al cuidado del morse; sin duda uno de los telegrafistas informó a los bandidos que debían acechar desde algún lugar de los alrededores.

El presidente se quedó pensativo. Era la única explicación lógica que todo aquel embarullado asunto podía tener y se sentía molesto de que no se le hubiese ocurrido a él, pero intentó tranquilizarse.

- Tuvimos hace unos meses dificultades con uno de los empleados, un tal Tom O´Day, controlador de la estación de Lexington, pero nada se pudo probar contra él, aunque sospechábamos que substraía billetes. Demasiado tarde nos enteramos que frecuentaba malas compañías, bebía mucho y jugaba un dinero que evidentemente no podía ganar con su sueldo.

- En octubre desaparecieron once mil dólares, que casualmente fueron enviados a una dirección errónea –  añadió John -.  Demasiado casual.

- Tuvieron que pasar por el control de Lexington, pero no tenemos pruebas de ello y sin pruebas nada se pudo hacer, pero le hicimos la vida muy difícil y conseguimos que se marchase de la compañía. Seria interesante poder encontrarle, pero no se donde habrá ido a parar.

- Tenemos que buscarle, es la única pista para cazar a los responsables del atraco y recuperar el dinero.

O´Sea miró a su subordinado con incomodidad. Se sentía contrariado de que hubiese descubierto al posible culpable y aún mucho más de su actitud de mando, debería recordarle más a menudo que él era el único que podía tomar decisiones. Sin embargo el asunto era demasiado importante como para dejarse influenciar por susceptibilidades.

- Vamos a ver que se puede hacer. Contrataremos a un detective privado. Me han hablado de un tal Pinkerton, sé esta haciendo verdaderamente famoso por el éxito de sus pesquisas en el medio Oeste.

- Excelente idea – aprobó John Carraway -. No se me hubiera ocurrido a mí.

Y Ó´Sea sonrío satisfecho de su perspicacia.

- ¿Sabe usted donde podríamos encontrarle?.

Su interlocutor le alargó una tarjeta con el nombre y la dirección del detective. El presidente de la Unión Pacific le miró con frialdad. Cualquier día encontraría el motivo oportuno para despedir a Carraway, se estaba creyendo demasiado importante.

 

Aquella tarde del mes de Octubre del año 1854, Calamity Jane caminaba  por el bosque. Estaba acostumbrada a andar sola, sólo tenía en realidad dos fieles compañeras que la acompañaban a todas partes: su carabina y su guitarra. Curiosamente ambas tenían nombre de mujer, pero no tenía amigas, solo amantes. Y éstos habían sido tantos que a veces hasta confundía sus nombres . Mientras caminaba pensó que había vivido cien y una historias de amor y de dolor. Quiso tener una vida de aventuras y se había pasado la vida buscándolas y encontrándolas, pero aunque estaba dejando atrás la juventud, no había envejecido por dentro, su vida había sido una juventud permanente, simplemente con cambios, variaciones dentro de una línea, la suya. Siempre consideró que las cosas no debían durar siempre y había intentado no aferrase jamás a nada, ni siquiera a los afectos, aunque se entregaba apasionadamente a ellos mientras los vivía.

Se detuvo y miró a su alrededor. La oscuridad había descendido de repente y la sorprendió al llegar a un pequeño claro. Era una noche de plenilunio y el bosque parecía bañado en plata. Su silueta enfundada en unos largos pantalones de basto paño se recortó contra los árboles. Había elegido aquella noche porque había suficiente luz para asegurarse que nadie seguía sus pasos.

Alargó la mano en el interior del hueco de un árbol y sacó un pico y una azada escondidas allí. Seguidamente, con el vigor de un hombre, se puso a cavar entre las hierba. Al cabo de un rato un pequeño cofre apareció en la superficie. Lo abrió con cierta dificultad ya que había permanecido bajo tierra durante un mes y la cerradura estaba algo oxidada. Allí estaba prácticamente completo el botín del asalto al tren de Lexington. Nadie más que ella lo sabía. Había pagado a sus hombres lo que consideraba justo y se había reservado la mayor parte de las ganancias para irlas utilizando a medida que las necesitaba. Cogió un abultado fajo de billetes y lo escondió bajo la camisa, junto a su pecho. Entonces, en el momento de incorporarse y cuando ya se disponía a colocar el cofre nuevamente en su lugar, la voz de un hombre le heló la sangre en las venas.

- Alto Calamity, arriba las manos.

Entonces le vio. Era un hombre desconocido con espesa barba y ojos penetrantes que la apuntaba con un revólver, pero no iba solo: le acompañaba una muchacha rubia y de facciones aniñadas que reconoció como la antigua amante de Tom.

La voz de la joven pareció llenar todos los rincones del bosque al increparla:

- Desde que tu llegaste al pueblo, Calamity Jane, Tom no ha querido volver a verme., antes decía que me amaba, pero luego me di cuenta de que solo me utilizaba para pedirme dinero. Ahora recuperaré todo lo que me ha robado y él te perderá a ti para siempre-

Jane apenas pudo comprender como la habían seguido hasta allí, pero ya no podía perder el tiempo haciendo cábalas: su mano vaciló en dirección a su pistola.

- No intentes disparar, estas atrapada – gritó el hombre con voz rotunda  mientras la mano de Calamity Jane colgaba inerte a lo largo de su cuerpo.

 

-Ha sido un Excelente trabajo Mister Pinkertom – dijo el presidente de la Unión Pacific con gran satisfacción, mientras abonaba unos cuantiosos honorarios al famoso detective.

- No fue tan difícil olfatear el rastro de la presa y buscar su punto más vulnerable. Una mujer despechada jamás resiste la tentación de vengarse.

- Tom O¨Day había tenido un compañero de juerga que trabajaba como telegrafista en la estación, por él se había enterado de que aquel transporte del dinero había sido aplazado para el día siguiente y la ex amante de Tom los delató a los dos y nos condujo hasta el paradero de  Calamity Jane.

- Sí, pero encontrar este punto débil, requiere un fino olfato de rastreador y un montón de años de experiencia.

- Este es mi oficio, querido amigo, este es mi oficio.

Y los dos hombres brindaron con la cerveza que llenaban sus vasos.

El Presidente sonría pensando que gracias a su astucia al contratar al detective todo el botín del asalto al tren había sido recuperado y además había podido demostrar su superioridad ante su ayudante.

 

Tom y Calamity Jane fueron encarcelados el mismo día y condenados a la horca. Antes de ser conducida al patíbulo, Jane pensó que la gente creería que nunca había tenido suerte porque nada bueno había sido duradero en su vida.

Pero antes de exhalar su último suspiro una extraña sensación de paz la invadió. Sólo ella sabía que era un ser afortunado. Había vivido intensamente y pese a todo, siempre había hecho lo que quería hacer.

Calamity Jane dejó de tener miedo y murió tranquila y feliz porque tuvo la suerte que ella misma escogió.

 

Josefina, el remordimiento

marzo 11, 2012 under Relatos de Historia

 

Cada día acudía puntualmente a su cita con el pasado y éste siempre hacía acto de presencia. De aquel pequeño soldado de mirada penetrante que un día había llegado a dominar medio mundo, sólo quedaba un hombre envejecido y cansado, de tez pálida, cuyos ojos ahora lloraban su fracaso con todas las lágrimas que fueron risas durante su vida de triunfos.

Cuando comenzaba a oscurecer, abandonaba la solitaria playa de aquella pequeña isla perdida en el océano para volver a refugiarse en la humilde habitación donde dormía en su destierro. Entonces los graznidos de las gaviotas le parecían los mismos gritos de júbilo con que las gentes le saludaban a su paso cuando hizo su triunfante entrada en París, a la vuelta de sus campañas de Egipto y hasta le parecía verlos arremolinados junto a su coche, arrojándole flores y tendiéndole la mano.

Todos creían, tras las heroicas gestas de sus ejércitos en Oriente, que él era el hombre que daría a Francia orden en el interior y la paz en el exterior. Le parecía estar viendo sus ojos muy abiertos mirándole con esperanza.

El susurro del mar que se iba quedando tras sus espaldas resonaba como las campanas que aquel mismo día volteaban para celebrar la llegada del salvador que todos deseaban.

 

Una vez en el interior de las cuatro paredes que constituían su hogar y su prisión, se refugiaba entre las sábanas húmedas tiritando de frío y de despecho. Cada noche esperaba encontrar consuelo a su dolor entre los cálidos brazos de su amada Josefina, pero ella nunca estaba allí para esperarle. Hundió su espalda en el desvencijado colchón mudo, testigo de su dolor y sus ojos se cerraron para apartar de su entorno las desnudas paredes que le rodeaban.

Noche tras noche, las paredes parecían estrecharse, más y más, alrededor de su cuerpo. Las sentía hostiles y amenazantes avanzando, poco a poco, y le costaba conciliar el sueño, porque imaginaba que si se sumía en el reino de la inconsciencia éstas caerían sobre él y le aplastarían. Y aunque deseaba refugiarse en los sueños, se debatía angustiosamente entre el deseo de huir de la realidad y el temor de que aquellas malvadas paredes intentaran asfixiarle mientras dormía.

De repente la sensación de que una presencia extraña estaba a su lado le obligó a abrirlos de nuevo. Una sombra, al parecer humana, se recortaba limpiamente contra el blanco fondo de la pared.

- ¿Josefina?-  preguntó débilmente.

Le habían dicho que su esposa había muerto de pena después de su repudio, y sólo le mantenía vivo la esperanza de que algún día ella volvería para perdonarle desde el Mas Allá. Pero quizás él ya había cruzado la barrera que separaba la vida y la muerte.

Su pobre mente enferma todavía guardaba algún resto de coherencia, por eso cuando la sombra surgió de la oscuridad y se hizo visible ante sus ojos se estremeció de espanto y tuvo la clara conciencia de que no estaba muerto.

Era un hombre muy joven, casi un muchacho, y aunque iba vestido con elegancia, no eran sus ropas sino su porte, lo que denotaba su noble origen. Sus facciones resultaban imprecisas a la luz de la velas, pero le eran extremadamente familiares, aunque estaba seguro de no haberle visto nunca antes.

- ¿Quien eres tú?  – preguntó consciente de su locura

- Tu pregunta no es exacta – contestó la aparición mientras se sentaba indolentemente a los pies de la cama – .  Deberías preguntarme quien podía haber sido.

Napoleón, el héroe de las campañas contra Austria e Inglaterra, temblaba de terror frente aquel adolescente sentado frente a él.

-  ¿Dónde esta la espada que Francia buscó en ti para derribar a aquel régimen de podredumbre después del vendaval de la revolución?- continuó el muchacho en tono burlón – . No veo héroe alguno en este hombrecillo que me mira asustado entre las sábanas.

El desconocido pareció esperar una respuesta que nunca llegó, Napoleón estaba demasiado confuso por aquella inesperada y extraña aparición para poder articular palabra.

- Quizás no hace falta que me contestes. Yo he venido a hablar contigo, pero poco me interesa lo que tú puedas decirme. De hecho te conozco mucho más de lo que crees. Sé muchas cosas sobre ti, que nadie ha sabido nunca, ni siquiera tú mismo.

A medida que hablaba Napoleón se convencía de que no estaba soñando, ya que el joven parecía tan real como el propio oyente.

- Te conozco bien, General. Yo conozco tus ansias de poder, tu ambición, tu concupiscencia. Y sé que para trascender tus humanas limitaciones, tú has matado a innumerables hombres y has dormido con incontables mujeres, también sé que has construido castillos por todas partes, que has tratado de ser Dios y esto te aisló de la especie humana. Y también sé, además, que este aislamiento te hizo temeroso, pues todos se convirtieron en tus enemigos y para hacer frente a este miedo tuviste que aumentar tu poder, tu crueldad, tu narcisismo.

El General temblaba. Su interlocutor se acercó bruscamente hasta casi rozar su lívida cara.

- Estás temblando. Ahora también tienes miedo: no sabes si aún estás vivo y si yo vengo a matarte, o si estás muerto y estás hablando con un fantasma.

Los ojos de Napoleón amenazaban salirse de sus órbitas. Entonces, el muchacho pareció apiadarse, porque se apartó de él con suavidad y le habló en un tono tranquilizador.

- No sufras, te explicaré porqué estoy aquí. Quien puedo ser yo, lo averiguarás por ti mismo.  Pero ponte cómodo: esta conversación va a ser larga. !Ah! y no te preocupes: estás vivo, todavía no debes morir. Debes escucharme primero. ¿Estás dispuesto a oír tu propia vida de mis labios?.

El silencio era tan absoluto, que hasta el mar parecía haber enmudecido a lo lejos.

- Quizás tú ya no recuerdes a aquel muchacho de pequeña estatura y facciones pronunciadas que estudiaba en la Escuela Militar de París y cuyos espesos cabellos siempre estaban enmarañados como si acabasen de pelearse con alguien. Un muchacho peculiar, no sólo en su aspecto, sino en sus movimientos siempre bruscos y en su tono al hablar: breve, duro, diferente, sobre todo en su temperamento. Ese muchacho eras tú mismo treinta años atrás y aunque te sentías orgulloso de tu origen y de tu nobleza corsa, comprendiste enseguida que en realidad eras un francés.

A medida que hablaba, la aparición paseaba a lo largo de la reducida habitación y las cuatro paredes parecían encogerse y estirarse siguiendo sus pasos.

- En aquellos momentos Francia atravesaba una crisis profunda y según tu forma de pensar unos estúpidos filósofos llamaban libertad al desorden y paz a la perpétua cobardía. Y pronto te convenciste de que eras el elegido por Dios para restaurar el Imperio de Carlomagno.

Habías nacido para mandar y conocías el corazón humano, tus propios generales decían que eras un pequeño diablo al que sin saber por qué, no había más remedio que obedecer, por eso los soldados te siguieron hipnotizados, por la fe y la seguridad que emanaba tu persona. País tras país, todos fueron cayendo ante tu espada y tu ambición.

Les prometiste honor, fama y riqueza y lo cumpliste. En Francia se desbordó el entusiasmo. La revolución había producido finalmente un hombre capaz de hacer algo bueno y los voluntarios acudieron a millares a acogerse bajo tus banderas.

La voz del joven pareció convertirse en un susurro.

- Después te casaste con Josefina, la mujer que te ayudó a llegar a lo más alto. Ella fue el silencioso y discreto pilar donde apoyaste todos tus deseos y tus proyectos. Y aunque habías renegado de Cristo y de su Iglesia, fuiste coronado Emperador por el mismo Papa.

A medida que le escuchaba, el rostro de Napoleón se transformó. Ya no había miedo en sus pupilas porque el hecho de revivir aquellos gloriosos instantes en su pensamiento parecía haber convertido su miedo en extrema felicidad.

- Me llamaban el nuevo Carlomagno – intervino de repente. Era el día 2 de Diciembre de 1804. La catedral de Nuestra señora de París estaba adornada con magnificencia inaudita, aún me parece estar viendo al Papa entrando acompañado de sus cardenales, precedido de la cruz y las llaves de San Pedro… Quinientos sochantres cantaban, mientras él avanzaba y se colocaba frente al altar mayor.

- Entraste con la Emperatriz y tu séquito – le interrumpió el joven -. Delante vuestro era llevada una corona hecha a semejanza de la de Carlomagno, pero cuando el Papa quiso coronarte, la tomaste rápidamente de sus manos y la ceñiste en tu cabeza. Después, tomaste del altar la corona de la Emperatriz y la colocaste en las sienes de Josefina.

- Cogidos de la mano subimos los dos al trono – interrumpió de nuevo Napoleón enardecido –  y mientras tanto, mis hermanos sostenían la orla de mi manto y mis hermanas sostenían el de mi esposa. ¡Viva el Emperador!, gritaron todos. Los cañones disparaban salvas. Fue un espectáculo brillante y toda la nación vibró de entusiasmo.

- En Milán formaste una corte fastuosa. Tu familia, tus oficiales y tus embajadores habitaban a tu lado en el palacio y eran honrados como príncipes. Estabas totalmente lleno de ti mismo y ellos eran la continuación de tu propio Yo. Para vencer tu miedo te convertiste también en el mundo, de este modo ningún mundo exterior podía asustarte. Si tú eras todo, no estabas solo -Toda la beatitud que reflejaba la cara de Napoleón se desvaneció al escuchar estas últimas palabras. El joven siguió hablando:

-  Las continuas guerras por el poder arruinaron Francia. En veinte años habías agotado todos los ingresos del país y ya no podías siquiera defender tu patria de tus enemigos. Creaste más impuestos, reduciste la libertad de tus ciudadanos y estableciste un absoluto absolutismo. En tus últimos años gobernaste como un déspota. Hasta que llegó la catástrofe  y como castillo de naipes se vinieron abajo todos los estados que habías conquistado, uno por uno.

Napoleón sintió la necesidad incontrolable de defenderse, aún sin comprender el por qué aquel desconocido se hallaba frente a él acusándole.

- Mi dictadura era indispensable – replicó con vehemencia. Yo cerré el abismo de la anarquía y acabé con el caos, yo recompensé con creces todos los méritos de los que me apoyaron y alcancé merecidamente los límites de la gloria. Y esta gloria no estribó solo en mis cuarenta victorias, porque las escuelas prepararán a generaciones desconocidas que me sucederán y el código Civil que yo redacté nunca desaparecerá en el futuro.

El muchacho le dejó hablar sin interrumpirle. Cuando la furia que sacudía a Bonaparte se serenó, volvió a hablar pausadamente, esta vez con un cierto deje de ironía en la voz:

- Dices que recompensaste a todos… ¿Estás seguro de que lo hiciste? Tenías el mundo a tus pies y ahora lo añoras, pero quizás ya no recuerdes a una esposa buena que te amaba y a la que como pago repudiaste y alejaste de tu lado. Fue una buena recompensa a su amor y a su apoyo de tantos años.

- Yo necesitaba un sucesor para dejar el Imperio que había conquistado con tanto esfuerzo – replicó Napoleón con los ojos llenos de lágrimas – .Josefina ya no podía tener más hijos y aunque yo también la amaba, tuve que renunciar a ella por amor a Francia.

- No me hagas reír General Bonaparte – continuó el muchacho sin conmoverse -. Tú solo has amado el poder, no tuviste ningún remordimiento en abandonarla y dejarla con el corazón destrozado. Y no tardaste en desposar a una joven princesa que te regaló enseguida un hijo. Un hijo a cambio de un Imperio.

Napoleón no pudo resistir aquellas palabras, saltó de la cama con rapidez e intentó enfrentarse con el joven que le aguardaba en medio de la habitación con una sonrisa de burla en los labios.

- ¿Quien eres?.- le increpó a gritos – . ¿Con qué derecho irrumpes en mi vida y osas hablarme de este modo? Dices que sabes todo de mí y yo puedo decirte que no sabes absolutamente nada. ¿Acaso escuchas cada noche mis sollozos de pena por haber perdido a la mujer que amé?. Inquirió, ya casi totalmente  fuera de control -. He llorado más por ella en mi destierro que por mi propio Imperio perdido. Y si pudiera cambiar un instante a su lado por todos mis años de triunfo, los cambiaría sin vacilar. Si tú supieras lo mucho que me he arrepentido de mi ceguera… Ahora sé que ella valía más que todas las naciones conquistadas, que todas las riquezas, que todo el poder del mundo. Todos los que me admiraban y me aclamaban me han dejado solo, pero ahora comprendo que Josefina nunca me hubiera abandonado.

El General estalló entonces en sollozos irreprimibles, pero el muchacho se apartó de él con desprecio.

- Sin embargo la abandonaste y ahora es demasiado tarde para llorar. Mil lágrimas de tus ojos no conseguirán borrar ni una sola de los suyos.

Se acercó de nuevo a Napoleón que había caído al suelo gimiendo y le susurró al oído.

- Pero la vida ha hecho justicia y ahora mereces vivir en tu propia piel la injusticia con que la trataste.

Napoleón apartó las manos de su rostro y alzando la cabeza se tragó su llanto.

- ¿Quien eres tú, que tanto me odias y por qué me causas tanto daño con tus palabras?.

El joven avanzó hacia él.

- ¿Quieres saber el por qué estoy aquí? Te lo diré, General, pero no como una concesión para aliviar tu congoja, sino para que mis palabras te sirvan de lenta tortura en los últimos años de tu vida. Ninguno de los desprecios sufridos por tus seguidores te harán desear tanto la muerte como lo que voy a decirte. Conozco cada rincón de tu alma, cada pensamiento de tu mente, cada deseo de tu corazón, porque yo soy aquel que vivió cada día en tus sueños y sólo cobró realidad en tus esperanzas. Aquel que tanto deseaste y que nunca tuviste. El único anhelo que te fue negado durante tu reinado de gloria y el único triunfo que nunca pudiste conquistar. La frustración por el cual sacrificaste a la mujer que te amaba.

Poco a poco, sus palabras se iban haciendo menos audibles hasta acabar hablando casi en susurros.

- Quiero que sepas, que tú has vivido acompañado solamente de tus recuerdos y carcomido por el despecho y el odio, pero ella en cambio nunca estuvo sola. Su corazón se entregó exclusivamente a los demás y este amor le fue devuelto con creces por todos a quienes lo ofrecía tan generosamente. Y yo, tan real en sus sueños como en los tuyos, he sido el mudo testigo de su silencioso dolor y de su resignación piadosa y también el único que en su lecho de muerte recogió su perdón hacia el hombre que aún amaba y que tanto daño le había hecho con su alejamiento.

Cuando acabó de hablar, el joven acercó una vela a su rostro.

- Pero aunque ella te haya perdonado, yo nunca podré hacerlo.

Entonces le vio claramente: Tenía la misma cara que Josefina Y comprendió que aquel muchacho desconocido era el hijo deseado que nunca nació.

- ¿Por qué has venido tan tarde? Todo hubiera sido distinto si hubieras venido antes.

Pero el muchacho ya había desaparecido.

 

Kunte, la esclavitud

enero 29, 2012 under Relatos de Historia

 

 

Aquel abominable pillaje que, año tras año, desertizaba lentamente las comarcas del continente negro, lo practicaban corsarios y aventureros, principalmente ingleses y holandeses, con el beneplácito de sus gobiernos.

Los colonos americanos contaban para trabajar en sus plantaciones con los indios nativos cuyas tribus se agotaban en las faenas más duras y también, a veces, con sus mismos compatriotas, que se comprometían a ayudarles durante siete años para poder realizar gratuitamente la travesía transoceánica, pero los brazos no eran suficientes y los traficantes de esclavos les surtían de mano de obra inagotable, barata y dócil.

Algunos de los compañeros de Kunte eran delincuentes, pero él era inocente de todo delito y había sido cazado por el mismo jefe de su propia tribu para ser vendido junto a los demás prisioneros. El único motivo: la pingüe ganancia que los europeos les ofrecían por la mercancía humana.

Un buque les esperaba amarrado a la costa y la última visión que Kunte tuvo de la tierra en que había nacido fue un cielo brillante, cuyo azul se elevaba limpio de nubes hacia lo más alto y la arena de la playa reluciendo al sol, salpicada de altas palmeras que parecían despedirle tristemente con su cabellera cimbreando al viento.

Ya en el oscuro vientre del barco, los blancos cambiaron sus cuerdas por cadenas y le apretaron los pies con una barra de hierro encadenándolo a otro grupo de negros que yacían amontonados, prácticamente uno sobre otro.

Allí dentro apenas había aire para respirar y un agrio y fuerte hedor de vómito revolvió su estómago. La oscuridad y el silencio eran casi absolutos, sólo rotos intermitentemente por gemidos que no parecían surgir de gargantas humanas. Kunte notó el contacto de otra piel tocando la suya, una piel húmeda y suave que olía a hembra. Luego, cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, pudo distinguir unos ojos negrísimos que parecían iluminar las tinieblas y que le miraban como un animal herido de muerte. Era una mujer encadenada junto a él. Poco a poco, su imagen se fue haciendo más nítida y pudo descubrir sus hermosas facciones casi infantiles.

Le hubiera gustado preguntarle su nombre y de donde procedía pero se sintió enfermo. El barco había comenzado a moverse, primero con lentitud, después más rápido, entonces, comprendió que se estaban alejando de la costa y que ya no volvería a ver más a sus padres ni a sus hermanos. Volvió a mirar a la muchacha que a su lado le observaba en silencio, en la tristeza profunda que se reflejaba en la oscuridad de sus ojos comprendió que solo la muerte podría liberarle de aquel sufrimiento y deseó ardientemente morir… su destino ya no le importaba.

 

En aquellos penosos meses de viaje, los dos compañeros de infortunio resistieron la disentería, la falta de comida y la escasez de oxigeno, y tuvieron que soportar terribles vejaciones y sufrimientos.

El viento parecía confabularse con la desgracia de los prisioneros y el barco avanzaba muy lentamente. Al mes de travesía la comida comenzó a escasear, entonces, los blancos escogieron entre los negros a los más débiles y los más viejos y los tiraron por la borda sin piedad. Kunte y Mosaka eran jóvenes y fuertes y fueron respetados teniendo que presenciar como, para ahorrar víveres, centenares de sus hermanos de raza eran arrojados vivos al mar.

Pero sus almas estuvieron en continua comunicación alentándose mutuamente y dándose fuerza para poder sobrevivir, y aunque no hablaban mucho, lo sabían todo el uno del otro. Ella era la única razón por la que el joven todavía se agarraba a aquel espantoso simulacro de vida. Quería estar a su lado para protegerla.

Finalmente, un día el barco llegó a puerto. Entonces, los blancos los subieron a cubierta como si fueran una manada de animales. Los sobrevivientes ofrecían un aspecto cadavérico y apenas si parecían una sombra de lo que habían sido cuando embarcaron. Los lavaron, raparon y les pintaron extraños dibujos en la piel para que con ellos disimulasen los estragos sufridos por el hambre, la enfermedad y el sufrimiento y de este modo presentasen un aspecto más atractivo en el mercado donde iban a ser vendidos como esclavos.

Kunte y Mosaka fueron separados sin poder hacer nada para impedirlo. Kunte fue adiestrado por esclavos negros como él, que ya hacía tiempo estaban trabajando en la plantación, y pasó a ponerse al servicio de un amo blanco bajo la vigilancia del capataz, que sólo se comunicaba con él a través del látigo.

Desde aquel momento, vio pasar sus días trabajando medio desnudo de sol a sol. Cuando acababa la jornada se le arrojaba su ración de pan y tocino rancio y después por la noche se le encerraba a dormir en una choza sucia como una pocilga. Ninguno de los esclavos protestaba porque a la menor queja eran encadenados por los pies con enormes cadenas, suspendidos de un árbol con los brazos azotados y obligados a permanecer así veinticuatro horas.

Los días transcurrían inacabables, uno tras otro, sólo los trabajos serviles estaban reservados al negro y hasta los mismos criados blancos tenían uno a quien mandar.

Como les excluían de todo lo que hiciera agradable la vida, Kunte veía a sus compañeros de infortunio entregarse al concubinato como único placer, cediéndose las hembras uno al otro. Pero él se mantenía fiel a la única ilusión que le hacía permanecer vivo dentro de aquel infierno: la esperanza de volver a ver algún día a su compañera de viaje.

Mosaka, tuvo aún peor suerte, porque a parte del inhumano trabajo diario, estaba obligada a compartir el lecho de su amo siempre que a éste le apetecía copular con ella. Algunas de sus compañeras aceptaban este hecho de un modo natural y si quedaban embarazadas, sus hijos eran educados por el padre con tanto cuidado como los asnos y los terneros.

Los esclavos ignoraban las leyes y al blanco tampoco le interesaba que las conociesen. Era tanta la opresión que sufrían que ellos mismos se persuadían de que eran de naturaleza inferior o sólo nacidos para padecer y obedecer, pero ni siquiera aquel tormento podía quitarle su alegría e incluso, a veces, se entregaban al baile. Mientras los veía danzar al compás del ritmo que llevaban en su sangre, Mosaka, siempre permanecía sola en un rincón. El recuerdo de la imagen de Kunte y la esperanza de volver a verlo otra vez, eran sus únicos momentos de felicidad, la única compensación a seguir viviendo.

Un día, se dio cuenta de que algo estaba creciendo en sus entrañas y cuando ya estaba decidida a matar a su hijo para librarle del horrible porvenir que le aguardaba, la suerte hizo que escuchase, escondida tras unas matas, una conversación entre dos blancos…

- En el Parlamento Inglés han surgido voces en contra de la trata de esclavos. – decía uno -. Los cuáqueros han comenzado a combatir el tráfico de negros por medio de la imprenta -.

- Ellos no los conocen – añadía el otro -. Los negros son gente falsa, depravada y muy peligrosa porque son tres veces más numerosos que nosotros. Aprovechan todas las ocasiones para ponerse enfermos y no trabajar, algunas veces toman venganzas atroces y prenden fuego a las plantaciones.

- Hay que evitar por todos los medios que estas voces de libertad lleguen a su oído -. concluyó el primero.

Pero Mosaka, sí las había escuchado y aquellas palabras la decidieron huir de allí. Sabía a lo que se exponía: cuando se enterasen de su desaparición sería perseguida como una fiera por perros adiestrados a su olfato, prestos a despedazarla si la alcanzaban, pero pensó que si su hijo naciera lejos de allí, en algún lugar de las tierras del norte, quizá algún día podría vivir en libertad y no sería tratado como un ser diferente al resto de los humanos

Kunte, también había oído aquel rumor que como un torrente de lava candente se propagaba por todas partes y en su esperanza de encontrar a Musaka decidió acabar con aquella vida que sólo le deparaba vejaciones e injurias.

En un momento de descuido del capataz, Kunte se apoderó de su arma. Sabía también el castigo que se infería a los delincuentes. Si lo descubrían, le meterían los pies en un cilindro de moler azúcar y lo triturarían, poco a poco, pero él ya había soportado más de lo que cualquier ser humano puede soportar y si moría, le sostenía la idea de que después de muerto su alma volvería al gran mar, para ver de nuevo a su patria y a su familia, donde esperaría pacientemente a Mosaka, si ella todavía no estaba allí aguardándole.

Escaparon los dos y caminaron alentados por la esperanza de encontrarse en las tierras del norte. Su pensamiento les atraía el uno hacia el otro con la fuerza de un imán y el sol guiaba sus pasos durante el día y las estrellas durante la noche.

 

En 1818 la American Colonation Society dio comienzo al ambicioso plan de devolver a África a los esclavos de los Estados Unidos de América.

El proyecto se inició con el embarque de un primer barco de 1.800 negros americanos, rumbo a las costas africanas, donde no fueron bien recibidos por sus hermanos de sangre. El problema era más complicado de lo que parecía a primera vista en las asambleas inglesas. Los esclavos no sabían qué hacer con su libertad porque nunca la habían conocido y, aunque tarde, la humanidad empezaba a comprender que para borrar las grandes iniquidades no bastaba con dejarlas abolidas.

Kunte y Mosaka eran ajenos a todo lo que estaba sucediendo en el mundo, ellos sólo corrían hacia la libertad para compartirla juntos. Ni el hambre, ni el frío, ni el cansancio ni el peligro podían hacer sucumbir a aquellos dos seres iluminados por la fe del reencuentro.

Pero ni la historia ni nadie podrá contar nunca si los dos jóvenes, compañeros de tortura, llegaron a encontrarse en esta vida, porque sólo la espesura de la selva fue testigo de su destino.

 

 

 

George, el progreso

enero 4, 2012 under Relatos de Historia

 

La jornada duraba, a veces, hasta quince horas. Comenzaban el trabajo de madrugada, cuando las sombras de la noche reinaban todavía en las calles del pueblo y salían de la mina cuando las mismas sombras habían ya vuelto a ocupar su trono perdido durante el día.

Apenas si recordaban que su aldea estaba rodeada de verdes valles que el sol hacia brillar, porque apenas si recordaban como era la luz del sol. Para ellos todo era oscuridad: la oscuridad de la profundidad de la mina, la oscuridad de las sombras de la noche y la oscuridad de una vida sin esperanza.

George Stephenson, creció entre la negrura del carbón y la resignación. Su joven vida se desarrolló sin más instrucción que el propio sufrimiento y el de los suyos, viendo desfilar ante sus ojillos grises y despiertos un día tras otro y una noche tras otra, todas exactamente iguales y tristes, marcadas sólo por la frustración.

Pero pronto comenzó a comprender que él no podría resignarse. Aunque no poseía cultura alguna, ni nadie le había explicado nada de lo que ocurría al otro lado del valle, una voz en su interior le hablaba a menudo y le decía que la vida debía de ser diferente lejos del pueblecito de Newcastle donde había nacido

Al llegar a la adolescencia había dejado el trabajo de la mina y se había empleado como pastor de vacas. El jornal era aún más mísero que el de un minero, pero al menos podía disfrutar de los radiantes días de primavera y mantener extensos diálogos consigo mismo. En pleno contacto con la naturaleza podía dejar en silencio su mente y escuchar la voz de su corazón, que le animaba a seguir en su empeño de abandonar el pueblo de su infancia.

A los dieciocho años empezó a frecuentar cursos nocturnos gratuitos que se impartían en la aldea para los obreros y aprendió a leer y escribir con rapidez.

No era fácil encontrar libros en aquel rincón apartado del mundo, pero George se las arreglaba siempre para conseguirlos. A veces, a falta de otros nuevos, leía el mismo libro sin cesar una y otra vez, extrayendo hasta el más profundo saber de las letras impresas, reflexionando sobre cada palabra y cada frase. Cualquier idea le servía de trampolín para desarrollar otra y así, fiel a la poderosa necesidad de conocer, su cerebro iba capacitándose para cultivar su gran pasión: la mecánica. A veces, levantaba los ojos del libro para soñar despierto y con la videncia de su inteligencia, el muchacho intuía una Era diferente para la Humanidad.

Corría el año 1799 y un nuevo siglo comenzaba a clarear. Inglaterra estaba en plena transformación, el combustible que se extraía de la mina donde trabajaba servía para alimentar a todo un bosque de chimeneas humeantes que se había extendido por toda la comarca.

Primeramente el martillo a vapor comenzó a resonar en las fábricas de acero trabajando más barato y mejor que ningún herrero. Después había comenzado a marchar el telar mecánico que tejía más en un día que los más diligentes tejedores en un mes. La que hasta entonces había sido nación de granjeros y comerciantes se convertía, poco a poco, en el primer país industrial de Europa…

Cuando cumplió veinte años, George, fiel a sus propósitos de seguir su vocación, abandonó las vacas y consiguió ser contratado como mecánico en la fábrica del dueño de la mina donde, de niño, había tirado junto a su madre vagonetas cargadas de carbón.

Aquella mañana, como cada día, el muchacho se dirigía al trabajo. Sus pasos eran vacilantes, intentando no perder el equilibrio y no introducir sus pies en las profundas rodadas marcadas en el lodo por los carros. De pronto, divisó a lo lejos un coche de caballos que se acercaba. El camino era tan estrecho que sólo permitía el paso a un sólo carruaje. Se apartó todo lo que le era posible subiéndose a unas piedras amontonadas en la cuneta y esperó a que el vehículo pasase.

Mientras lo contemplaba, pensó que los caballos no bastaban ya para acarrear tanta mercancía como se amontonaba en los almacenes del puerto de Liverpool. Los fabricantes de Manchester debían parar sus máquinas en espera de que aquellas fueran transportadas a sus fábricas. Fue en aquel mismo momento cuando la idea que hacia tiempo daba vueltas por su cabeza comenzó a tomar la forma de una máquina que aprovechando la energía del vapor, sirviese para arrastrar combustible de carga pesada e incluso personas. Sabía que otros hombres lo habían intentado antes sin éxito, pero él tenía una enorme confianza en sí mismo.

Cuando la diligencia era ya sólo un puntito en el horizonte George había diseñado la locomotora en su imaginación con todo detalle. Ahora solo le faltaba encontrar a alguien que creyese en ella para materializase, y como si la suerte hubiera respondido a sus deseos, sus sueños comenzaron a tomar forma aquel mismo día.

La bomba de aspiración de la fábrica se había averiado y hacía meses que ningún ingeniero podía conseguir repararla. Cansado de esperar, el propietario de la mina se acordó de las habilidades técnicas de aquel muchacho brillante y decidió darle una oportunidad. George solucionó el problema en pocas horas.

A partir de aquel momento su vida comenzó a cambiar. Por la noche, entre las sábanas de su humilde cama, se dio cuenta de que lo verdaderamente tenía importancia en la vida de un ser humano no es lo que le rodea, sino lo que éste hace con lo que le ha tocado en suerte tener a su alrededor. Alguien había creído en él, porque él nunca había dejado de creer en sí mismo.

En 1814, gracias a la ayuda económica prestada por Lord Rawenstworth, propietario de la mina y después de distintos experimentos, el mecánico de Newcastle, terminó de construir la primera locomotora a vapor que, jadeando y silbando, arrastraba vagones cargados de carbón a los puertos de embarque a una velocidad de ocho millas por hora.

Aquel fue solo el principio, la época de los ferrocarriles acababa de empezar…

 

En la ciudad se oían los más diversos comentarios sobre el nuevo invento. Thomas Taylor, un joven empleado de banca, compró el periódico aquella mañana a uno de los muchachos que voceaban por las calles de Londres y miró los grandes titulares con los que resaltaban la noticia del momento: La Liverpool-Manchester, la primera línea ferroviaria del mundo, iniciaba aquel día, 16 de septiembre de 1830 su primer histórico recorrido, con quinientos pasajeros a bordo.

Siguió ojeando las páginas del diario mientras caminaba lentamente camino a su trabajo y se detuvo al leer uno de los artículos de los periodistas sobre aquel increíble hecho:

-¿Quién puede hallar un absurdo más evidente y una pretensión más ridícula que viajar en esas locomotoras que corren a velocidades superiores al doble de las diligencias? Tanto mejor sería viajar a lomos de una bomba.

El comentario le hizo esbozar una sonrisa de profundo desdén. Tomas Taylor, era de los que creían profundamente en el progreso y sabía que éste se basaba en el futuro de las comunicaciones. La rapidez de desplazamiento de los alimentos y medicinas significaba la victoria sobre el hambre y de la enfermedad y también un gigantesco aumento de la producción y el comercio, con unas consecuencias transcendentales en todos los órdenes de la vida.

- “La aplicación del vapor a lo locomotora, es el mayor descubrimiento de nuestra época”- pensaba. Y con una clara intuición del futuro, sospechaba que no sería el último.

En el otro extremo de Londres y en aquel mismo momento, Sir Phillip Bridges, se hallaba cómodamente instalado en el salón de su confortable mansión y también ojeaba ávidamente el periódico que su mujer le acababa de traer. Su cara se hallaba congestionada de indignación a medida que leía los textos referentes a la espectacular inauguración del recorrido del ferrocarril.

Sir Phillip, era uno de los ricos terratenientes que veían expropiados sus terrenos al paso del monstruo de acero, como solía llamarle. Unido a los propietarios de los transportes de caballo y algunos campesinos, había llevado a cabo una guerra sin cuartel para evitar que aquel proyecto se llevase a término.

- ¿Te das cuenta Margaret de lo que esto significa? - exclamó dirigiéndose a su esposa que le miraba silenciosamente-. Es la ruina, la nuestra y la de todos los honrados ciudadanos que hemos levantado el país con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo. El ferrocarril es el invento más desgraciado que el intelecto humano haya podido imaginar jamás. Si logra extenderse, desaparecerán con él la paz y el bienestar espiritual y material del hombre.

En los suburbios londinenses y a la misma hora, Sally Carlmikel, estaba haciendo su compra diaria en el pequeño mercado de su barrio. Aquel día todas las vendedoras de las paradas hablaban de lo mismo y aunque Sally era un ama de casa a quien poco importaba la política y el progreso, también era una madre celosa del bienestar de su familia y de sus hijos. Por eso, al enterarse de las extraordinarios velocidades que aquel monstruoso artefacto de hierro llamado ferrocarril era capaz de alcanzar, pensó enseguida en la seguridad de los suyos y se escandalizó profundamente.

- Jamás – comentó a otra de las mujeres que se hallaba a su lado escuchando la noticia que corría en boca de todos - Jamás permitiré que mi marido o ninguno de mis hijos suba a uno de esos diabólicos instrumentos del mal.

La interpelada no se sorprendió de aquel comentario que compartía como la mayoría de las mujeres que aquella mañana llenaban el mercado.

- ¿Sabe usted – dijo a su vez- he oído hablar que médicos ilustres han profetizado la rápida propagación de cierta enfermedad producida por las exhalaciones de carbono?. Otra se incorporó al grupo-: Y eso no es todo, me han dicho que la velocidad de las imágenes ante los ojos de los viajeros es tanta, que puede producir hasta ceguera.

Poco a poco, el grupo de mujeres fue aumentando entorno a Sally. Todas tenían algo que añadir a la noticia de aquel insólito recorrido. Curiosamente todas se parecían extraordinariamente entre sí, tenían edades semejantes, vestían de la misma forma, peinaban sus cabellos de un modo parecido e incluso hablaban en el mismo tono de voz, hasta tal punto que era difícil distinguir la una de la otra y ninguna tenía un pensamiento propio, solo repetían lo que habían oído comentar a los demás.

 

En el Parlamento, la agitación había llegado también al máximo. La Cámara Baja que había recibido con risas la ridícula pretensión del pobre minero comprometiéndose a transportar pasajeros y mercancías a una velocidad de veinte Kilómetros por hora, tenía ahora que tragarse sus chistes y sus ironías.

Se le había tomado por loco, pero a pesar de ello, George Stephenson, había perseverado sobre la campaña de detractores y había conseguido su aprobación triunfando sobre los numerosos intereses en contra de las máquinas de vapor.

Ahora el Presidente del Consejo, algunos ministros y numerosos diputados, se hallarían presentes en el momento de realizarse el viaje inaugural entre Liverpool y Manchester.

 

En la recién inaugurada estación, la concurrencia y el júbilo eran extraordinario. Fervientes admiradores se habían dado cita esperando ver funcionar al enorme monstruo que parecía estar tan impaciente como ellos para iniciar el recorrido.

Cuando el tren arrancó, la gente corrió hacia él ovacionando a la máquina y a sus ocupantes. Seis vagones cargados de hierro y carbón, treinta y cinco viejas diligencias y veintiuna carrozas eran arrastrados por la locomotora ante los ojos asombrados de todos los presentes. Los raíles eran poco más de un metro de longitud y se apoyaban en bloques de piedra. Algunos pasajeros se acomodaban en vagones descubiertos y los que deseaban viajar con más comodidad habían hecho instalar su propio vehículo encima del vagón, hallándose así al resguardo de la intemperie y sobre todo del humo de la carbonilla y de las chispas.

Desde el vagón especial para los dirigentes, George Stephenson, orgulloso y lleno de satisfacción, hablaba con su hijo, mientras saludaba a la muchedumbre agitando la mano.

- Los caminos de hierro reemplazarán pronto a los demás medios de transporte y servirán lo mismo para un rey que para el último de los vasallos. Sin duda, todavía habrá grandes dificultades para vencer, pero con el tiempo todo ocurrirá tal y como acabo de predecir.

Pero el estruendo de la máquina y las voces de los asistentes era tan enorme que nadie, excepto su hijo, pudo escuchar sus palabras.

 

Unos años después, los capitales de los hombres que, en su día, se habían arriesgado en la construcción del ferrocarril, empezaron a dar grandes beneficios. Las nuevas invenciones dieron a la industria y al comercio un inesperado desarrollo y los dueños de las fábricas, comerciantes y banqueros comenzaban a reunir fabulosas fortunas y construyeron magníficas casas en las ciudades y hermosas quintas en el campo, viviendo con lujo y opulencia. A consecuencia de todo ello, los campesinos tuvieron que abandonar sus campos y emplearse como obreros en los nuevos talleres de Londres.

El éxodo masivo a las grandes ciudades, produjo una avalancha de obreros sin empleo y cuantos más se ofrecían en las fábricas, más bajaban los jornales, viviendo en la ignorancia y en la necesidad y sin medios para mejorar su situación. En los miserables suburbios de malolientes callejuelas infestadas de ratas, se agrupaban casuchas donde vivían familias enteras hacinadas en una sola habitación, cobrando miserables salarios por su trabajo en las oscuras fábricas donde el ruido de los telares ensordecía los oídos.

 

Veinte años más tarde, en el Congreso de Edimburgo, el ilustre David Brewster saludaba sus huéspedes con las siguientes palabras:

- Para contribuir eficazmente al bien y a la paz de las sociedades, es preciso que la ciencia salga del círculo de los sabios y de los filósofos y que se infiltré hasta las últimas ramificaciones del cuerpo social. Si el delito es el veneno, la instrucción es su antídoto.

¿Qué será de nuestra sociedad, si a la par que aumenta el poder sobre el mundo físico y el bienestar de las naciones, no se efectúa una mejora correspondiente en la naturaleza moral e intelectual del hombre?.

 

 

Carmen, la videncia

diciembre 4, 2011 under Relatos de Historia

 

 

Los hombres eran fuertes y robustos y las mujeres bonitas y entre ellas se destacaba Carmen, una joven gitana que caminaba ágilmente entre las carretas.

Esbelta como una gacela, la blanca blusa anudada a la cintura parecía ceñir sus senos de virgen como una segunda piel y la falda de lunares agitaba alegremente sus volantes al compás de sus pies descalzos. Hablaba animadamente y mientras lo hacía acompañaba a sus palabras con rápidos gestos y siempre daba grandes rodeos para explicar cualquier idea por simple que esta fuese. En su expresivo rostro estrecho y alargado, destacaba una nariz afilada y una boca extraordinariamente roja y pequeña, como un clavel flor. Amaba el baile, el canto y los juegos y odiaba el esfuerzo de cualquier trabajo, el cual, como la mayoría de sus hermanos de raza, evitaba siempre que era posible.

Los gitanos habían recorrido muchas leguas. Y aunque su vida era un continuo deambular comenzaban a sentirse cansados del camino. Aquel día y ante la vista del pueblecillo que se divisaba a lo lejos decidieron acampar por un tiempo indefinido…

 

Dos acomodados terratenientes que regresaban a la aldea aceleraron el trote de sus caballos al pasar por delante del campamento. Al verlos sintieron miedo y desprecio porque ellos ni siquiera consideraban a los gitanos un pueblo diferente, sino simplemente malas gentes que vivían separadas de los demás entregados al pillaje y a la mendicidad. Un nido de ladrones y asesinos.

Cuando llegaron al pueblo los dos hombres se apresuraron a convocar una reunión de vecinos honorables para ponerles al corriente de la alarmante proximidad de la banda de indeseables.

 

.- Aprovechan todas la perversas inclinaciones de la Humanidad.- dijo el propio Alcalde ante todos los reunidos en la Plaza mayor.- Dicen la buenaventura, roban niños, engañan en el precio de los animales que compran y venden y prefieren el robo a la limosna.-

 

No tardaron en ponerse todos de acuerdo, nadie iba a consentir que aquellos huéspedes ociosos y repugnantes se acercasen al pueblo. Todos los vecinos recordaban que la última vez que lo hicieron habían desaparecido gallinas en los corrales, víveres en las paradas del mercado y también algunas bolsas de transeúntes distraídos. Incluso un niño, hijo de una pobre viuda, desapareció también del lugar después de su partida y a pesar de buscarlo por todas partes nunca fue encontrado.

Mientras se hablaba de tomar medidas rápidas y radicales, los gitanos ajenos a lo que acontecía, habían levantado el campamento y se disponían a pasar la noche dentro de sus tiendas. En cuanto el alba comenzase a apuntar en el horizonte se dirigirían al pueblo cargados con sus cestos y canastas de pita y de junco para venderlos en el mercado.

Hacía tanto tiempo que viajaban que sabían muy poco de las nuevas disposiciones del gobierno: Ante la resistencia tenaz que los gitanos oponían al abandono de su género de vida errante y marginal y a instancias de marques de la Ensenada, el rey Fernando VI había firmado un decreto ordenando que abandonasen sus trajes, sus costumbres y lenguaje y fueran conducidos a los presidios, fortalezas, arsenales y galeras para que, con su trabajo forzoso, contribuyeran a fomentar las riquezas de España. No se hallarían reparos en separar a las mujeres de sus maridos. Sólo a los niños menores de 7 años se les permitiría quedarse con sus madres. Los que escapasen serían marcados con un sello ardiente y los reincidentes serian ejecutados.

 

Carmen no podía dormir aquella noche, silenciosamente había abandonado su lugar en el lecho familiar, que compartía con sus padres y sus cuatro hermanos menores y había salido fuera de la tienda. En el cielo la luna era tan clara que iluminaba el camino casi como si fuese de día y los tejados del pueblo, a lo lejos, parecían estar hechos de luz. Se sentó sobre la hierba que resplandecía y se dejó envolver por la magia de la noche.

Había nacido sabiendo que su pueblo era diferente a los demás y estaba acostumbrada a ser mirada con desprecio por todos los lugares donde pasaban, sin embargo a ella eso poco le importaba porque la familia era y sería siempre toda su vida y su propio mundo. Pensó que pronto sería una mujer casada, pues estaba prometida a Manuel desde su nacimiento y ya tenía 15 años. Se sentía feliz porque estaba enamorada del gitano que sus padres le habían destinado para marido y estaba segura de que él la correspondía, lo había leído en las estrellas. Se había conservado pura para su hombre, al que sería fiel hasta la muerte y amaría a sus hijos como sus padres la habían amado a ella.

Pero hoy no podía pensar en Manuel. Un temor extraño y desconocido parecía agarrar sus entrañas impidiéndole sumergirse en el embrujo de la noche. De pronto miró las palmas de sus manos. Carmen leía en sus líneas y predecía el futuro de los demás, pero aquel día sus manos parecían tener vida propia. Las contempló largo rato iluminadas por la brillante luz de la luna llena. Podía escuchar su voz en el latido de su propia sangre. Y esta voz decía: No vayas al pueblo mañana, Carmen, avisa a los tuyos y huye lejos de aquí, hacia nuevas tierras. La muerte te espera al otro lado del camino.

Se incorporó asustada, debía despertar a todo el campamento, todos debían saber el aviso que ella había recibido del destino.

Comenzó a gritar para alertar a su gente, rápidamente todos fueron saliendo de sus tiendas alarmados. El silencio de la noche se vio truncado por los llantos de los niños y los gritos de las mujeres, mientras los hombres cogían sus estacas y sus fusiles, pronto hicieron un corro a su alrededor…

Carmen había heredado de su abuela sus dotes de adivina. Ella le enseñó todo cuanto sabía en el arte de adivinar el futuro y la fortuna por medio de las rayas de la mano y de la observación de la fisonomía. No era la primera vez que las predicciones de la gitana se cumplían y aunque era muy joven, los gitanos creían en sus dotes, por eso una vez la hubieron escuchado, silenciosamente y con rapidez fueron deshaciendo el campamento entre todos…

 

A la mañana siguiente, cuando los hombres del pueblo armados hasta los dientes y con las autoridades a la cabeza se dirigieron al lugar donde los gitanos habían pasado la noche, solo encontraron unas cuantas huellas de las ruedas de sus carros en el camino y la hierba tronchada por el peso de sus tiendas. Los gitanos estaban ya muy lejos de allí.

Nadie se explicó lo repentino de su marcha, porque nadie supo nunca que el destino había tomado partido y había escrito un mensaje en las manos de la sencilla muchacha gitana.

 

María Antonieta

octubre 9, 2011 under Relatos de Historia

 

Una mujer joven irrumpió en un cuerpo de guardia y se apoderó de un tambor. Pronto se mezclaron entre la muchedumbre algunos hombres disfrazados que dirigieron al río mugiente y anárquico de mujeres.

Sin saber como, apareció allí un jefe que formó un ejército sobre la desordenada y espontánea masa y entre la confusión general alguien impuso su voz a todas las demás: ¡A Versalles!- gritó e inmediatamente contestaron miles de voces: ¡A Versalles!

Se apoderaron de picas, pistolas y hasta dos cañones que engancharon a dos caballos. Sobre uno de ellos, se sentó una mujer muy hermosa a la que sus compañeras adornaron con las cintas de los colores de la bandera del pueblo mientras cantaban y bailaban a su alrededor. La muchacha subida al caballo parecía una reina entre todos.

La extraña y sobrecogedora comitiva emprendió el rumbo a Versalles y a medida que pasaban por los barrios de París se unían a ella nuevos grupos vociferantes y enardecidos. De repente comenzó a llover, las ropas se empaparon, la lluvia borró los caminos y las patas de los caballos se hundieron en el barro, pero nada de esto pareció disminuir su decisión de avanzar y su entusiasmo.

 

En el interior del Palacio, Luis XVI vacilaba, como había hecho durante toda su vida, mirando a la reina con ojos angustiados. Era un hombre sencillo y laborioso que carecía de decisión y a quien el destino le había gastado la terrible broma de ser rey. Siempre se había dejado conducir por una camarilla de cortesanos capitaneados por su mujer, la bella austriaca, cuyo carácter espontáneo y alegre pero irresponsable, no era perdonado por el pueblo de Francia y por primera vez no hallaba respuesta en los ojos azules de su esposa.

María Antonieta se mordía los labios con ansiedad, paseando inquieta por los amplios salones repletos de nobles agitados. Su complicado peinado levantado sobre un postizo introducido entre los mechones del cabello, dejaba despejada la blanca nuca y a ambos lados de su rostro caían escalonados unos bucles empolvados que se balanceaban en su constante ir y venir contra sus mejillas. Aunque no era una verdadera belleza poseía un atractivo natural que la hacia sumamente deseable. Una especie de magnetismo especial que nacía de sus propias contradicciones: podía ser la más entrañable madre de familia, la más altiva de las reinas, la más tierna de las enamoradas y la más inconsciente de las adolescentes. Podía despertar toda clase de sentimientos, menos uno: la indiferencia. Amada por su esposo sus hijos y sus amigos, odiada por su pueblo que no la conocía y a quien ella tampoco había querido conocer.

La criatura más humana e indefensa y a la vez más egoísta y salvaje. Todo bajo una piel suave, cubierta por brocados adornados con perlas y con flores.

Los ministros mas arriesgados aconsejaban al rey enfrentarse con las masas vociferantes que se acercaban a Palacio y los más prudentes huir de inmediato. Pero éste no acababa de decidirse. Mientras, en el patio de armas, los caballos piafaban de impaciencia enganchados a las a las carrozas, y los lacayos esperaban sus ordenes para partir.

Una larga hora después llegaba al Palacio la guardia nacional, con su comandante el general Lafayette al frente. Este había intentado impedir la partida de la multitud hacia Versalles, pero sus soldados no le obedecieron. Ahora cabalgaba sombrío en su caballo blanco detrás de la banda de mujeres de la revolución, intentando inútilmente dirigir con la razón, la pasión de los elementos desenfrenados.

Al oírlos, el rey respiró aliviado. Las fuerzas armadas de la nación llegaban para protegerlo. Como siempre  había dejado que los acontecimientos fueran a su encuentro en lugar de ir él en su busca, y éstos acontecimientos se acercaban implacables en los rostros de miles de mujeres hambrientas, con los zapatos cubiertos del fango del camino, que llegaban mojadas hasta los huesos y tiritando tras seis horas de marcha. Una multitud andrajosa y sucia, con las faldas echadas sobre la cabeza para protegerse de la lluvia, que, como una ola desbordada, pisoteaba los arriates llenos de flores de los jardines del palacio de Versalles.

Todos se detuvieron frente al Palacio y comenzaron a gritar enfrente del enorme edificio la consigna que corría de boca en boca:

¡A París con el rey, a París con la reina!

El soberano se vio obligado a mostrarse en un balcón para dar su consentimiento. La vista del rey aplacó a las masas que cambió su furia por júbilo y vítores, pero cuando apareció la reina con sus dos hijos cogidos de la mano la multitud calló respetuosamente. Su cara, lívida como una muerta en vida, no mostraba ningún gesto de súplica de ni indulgencia.

Por unos terribles instantes, todos se mantuvieron en silencio esperando lo peor, pero aquella actitud altiva que tantos enemigos le había granjeado durante su reinado, mezclada con la sinceridad de no fingir para obtener clemencia, conquistaron insólitamente a todos los que antes la insultaban que prorrumpieron en nuevos vítores y aclamaciones. La reina había ganado un primer asalto, pero todavía faltaban muchos en la lucha que se había entablado entre ella y el pueblo.

La calma pareció renacer. Ejército y pueblo decidieron acampar en los jardines para pasar allí la noche. La lluvia había cesado. Entre todos encendieron hogueras para calentarse y secar las ropas empapadas, pero aquella tregua era solo aparente y mientras todo parecía haber recuperado la serenidad, los murmullos comenzaban a subir de tono y la guardia que había llegado hasta allí para proteger a la familia real confraternizaba con las masas.

Mientras tanto, unas peligrosas figuras surgidas de no se sabe donde, comenzaban a deslizarse a largo de las verjas a la incierta y escasa luz de las linternas de aceite.

Pierre observó que la mujer que había dirigido la comitiva subida a uno de los cañones, tiritaba de frío. Se acercó a ella y la ayudó a desembarazarse de todas las cintas que unas horas antes brillaban multicolores a la luz del sol y ahora se veían deslucidas y descoloridas, enredadas entre si como mutiles telas de araña. A pesar de su apariencia, la mujer seguía siendo hermosa y su belleza encendía de admiración los ojos del hombre que la miraba.

Pierre estaba seguro de no haberla visto nunca antes, de otro modo jamás hubiese podido olvidar aquella cara. Galantemente le ofreció su capa para cubrirla mientras le decía en tono festivo:

- Seca tus ropas al lado del fuego compañera y abrígate, pues la noche es fría.

Mireille le miró con gratitud y aceptó el abrigo que le ofrecía. Le gustaba el rostro de aquel hombre, tenía una mirada noble y limpia que inspiraba confianza. Desde muy niña estaba acostumbrada a despertar la admiración de los demás y lo aceptaba como algo natural, pero en aquellos momentos no sentía deseos de que él se deslumbrase por su físico como los otros. Le hubiera gustado que también la encontrase hermosa por dentro, porque intuía que aquel hombre era diferente a todos y deseaba agradarle de una manera distinta.

Se sentaron junto a la hoguera y comenzaron la aventura de aquel encuentro. A su alrededor se oían los gritos del populacho y de los soldados que  alborotaban y reía a su alrededor, habían dejado a un lado sus fusiles y bebían todos juntos, para calentar sus ateridos cuerpos y alegrar sus almas.

Pierre y Mireille eran jóvenes y ambos habían sufrido la injusticia de haber nacido en una época que favorecía únicamente a los ricos y sumía a los pobres en la mas espantosa miseria. Los dos tenían también los mismos sueños, los mismas aspiraciones y las mismas metas.

Estuvieron hablando durante horas a pesar del cansancio, descubriendo cuantas cosas tenían en común e intentando compensar con sus palabras todos los años que habían tardado en conocerse.

- Nuestra desgracia está a punto de acabar – decía él con la esperanza reflejada en sus ojos: El general Lafayette ha convencido al rey para que venga con nosotros a París. Entonces las reformas que el pueblo ha planeado serán puestas en práctica y todos seremos iguales, libres y felices.

Ella le miraba con la misma esperanza brillando en sus ojos, soñando también con un futuro que inesperadamente veía unido a aquel hombre que acababa de conocer. Un futuro sin hambre, sin vejaciones, sin tristeza, un futuro lleno de amor y de prosperidad.

Después de varias horas, exhaustos pero felices, se durmieron estrechamente abrazados, al lado de las brasas humeantes como si, ahora que se habían encontrado, no quisieran dejarse escapar.

Ya entrada la noche los despertaron los gritos de un grupo de hombres y mujeres armados con picas, que habiendo descubierto una verja que se había quedado sin vigilancia animaban a todos a penetrar en Palacio… Habían corrido rumores de que los reyes iban a escapar durante la noche. La furia y el odio se redoblaron, era necesario capturar al el rey y a la reina. Debían conducirlos ellos mismos a París.

Como un solo cuerpo la multitud les siguió sin vacilar. Los primeros que llegaron a las graderías de mármol dieron muerte a los guardias reales que les cerraban el paso y ensartaron sus cabezas en sus picas como trofeo. A la vista de la sangre la multitud pareció enloquecer como una fiera hambrienta que captura a su presa y una vez en el interior del Palacio recorrieron una tras otra  las espléndidas salas hasta llegar a la habitación de la odiada reina. Pierre y Mireille estaban entre ellos. Ya no eran dos enamorados llenos de ternura, sino dos animales salvajes luchando por sobrevivir.

 

María Antonieta de Francia escuchaba aterrorizada los alaridos de la multitud que se oían cada vez más cerca de sus habitaciones. Con manos torpes intentaba colocar sobre su camisa de dormir el traje que llevara puesto aquella misma tarde para divertirse con sus amigos en la villa de recreo del Petit Trianon. Su doncella intentaba ayudarla, pero tampoco sus manos le respondían. A duras penas pudo abrochar el corchete que aseguraba bajo el pecho el escotado corpiño, dejando la cotilla abandonada sobre la cama, con lo que la falda quedaba sin soporte y la soberana debía aguantarla con la mano mientras caminaba descalza, porque ni siquiera tuvo tiempo de ponerse medias ni zapatos. Después la doncella cubrió a toda prisa sus hombros con una pañoleta de encaje en el mismo momento en las hordas invadían las habitaciones reales.

La primera en entrar fue Mireille que ágilmente se había adelantado mucho a los demás blandiendo un fusil. Ante ella se hallaba la odiada austriaca, la mujer que tenía más de lo que necesitaba a costa de su propia miseria y la de los suyos. Le hubiera gustado ver correr su sangre para demostrarles a todos que no era azul, sino roja  como su propia sangre de campesina. Todo su futuro y su felicidad estaban en juego. Sus dedos apretaron con fuerza el gatillo, dispuestos a presionarlo, pero ante sí solo vio a una pobre mujer asustada que la miraba suplicante con los ojos llenos de lágrimas, y algo muy parecido a la piedad se apoderó de ella, trocando su furor en lástima. Fue solo un segundo, el necesario para que la reina pudiera desaparecer la habitación tras una puerta secreta que se cerró rápidamente detrás de ella.

Mireille se quedo aturdida en medio de la lujosa estancia. Pierre ya se encontraba a su lado junto a los demás y ella le miró con amor. Quizás aquel sentimiento que había penetrado en su corazón era tan grande que la había enternecido concediendo el regalo de la vida a la odiada austriaca, pero nadie debía saber nunca que en sus manos había estado el destino de la reina y que ella había preferido salvarla.

Cogiendo fuertemente del brazo a su compañero sintió que aquella misma noche María Antonieta había sido sentenciada a muerte, y que a partir de aquel momento ella comenzaba a vivir.