Rousseau, La Filosofía

septiembre 18, 2011 under Relatos de Historia

 

Intentando superar la emoción de verle vivo, se acercó a él a grandes pasos cruzando la calle y cuando el filósofo iba a introducirse en el portal, Pierre le tocó tímidamente en un hombro. ¡Había tantas cosas que quería preguntar a su padre, tantas cosas que no le había dicho y quería saber!. No podía perder aquella oportunidad.

Al sentir el contacto, Rousseau le miró sorprendido y Pierre se sumergió en aquellos dos pozos grandes y grises que eran sus ojos, pero sus aguas no eran los remansos tranquilos que él estaba acostumbrado a ver en sus retratos, en ellos se agitaban dos remolinos inquietos que desconocía. Su padre era un hombre joven y su juventud le desconcertaba.

Vio que no le reconocía. ¿Qué  podía decirle?. Al fin se decidió.

- Yo os conozco –  tartamudeó.

- Sí, es posible que sí – le contestó Rousseau, mirándole con mucha atención.

- Intuye lo que voy a ser para él en el futuro – pensó el joven, debo seguir hablando y añadió volviéndose más audaz::

Quizás nos hemos visto en algún sitio hace tiempo o quizás nos veremos en un futuro próximo -

El filósofo pareció comprender, ambos habían abandonado el concepto de presente y entraba en un sentido especial del tiempo.

- ¿Quién eres tú? – le preguntó.

- ¿No lo adivináis? -

- Creo que algo nos ha reunido a los dos en esta circunstancia tan especial por algún motivo que yo no puedo entender ahora… ¿Qué habéis venido a decirme?-

- Quisiera preguntaros si desearíais  conocerme algún día.

- No os comprendo-

Decidió no hacerle más preguntas e intentar averiguar algo de su momento presente tan importante para él.

Habían comenzado a pasear, uno al lado del otro. La calle parecía extrañamente solitaria, nadie se cruzaba en su camino, tampoco se oía ningún ruido, sólo sus voces que resonaban sobre las paredes de las casas. No podía decir si era de día o de noche, pero una luz especial lo iluminaba todo.

En aquel momento su padre tenía casi su misma edad y le era más fácil verlo como a un amigo y hablar con él con naturalidad.

- Decidme- le preguntó, al cabo de un rato de silencio: ¿Sois feliz?.

A Rosseau no pareció sorprenderle aquella pregunta-.

- No he tenido madre y mi infancia fue vagabunda, he recibido una desordenada educación, he intentado ser médico, músico y profesor, mi vida no ha sido fácil y ha estado llena de aventuras y de amores fugaces, pero me siento feliz porque he conseguido vivirla en libertad y no como los demás decían que la viviese.

La pregunta que quemaba la boca de Pierre surgió al fin con toda su fuerza, abrasando su aliento-.

- ¿Os gustaría tener un hijo? -.

El filosofo le miró, casi ninguna de las arrugas que luego surcaron su piel había aparecido en su rostro de agradables facciones, pero la serenidad que en su madurez fue su principal característica comenzaba a perfilarse en su mirada, amortiguando el ardor del impulso que brillaba en ella.

Estaban en una pequeña plaza y los árboles tenían extrañas tonalidades violáceas y púrpuras que Pierre nunca había visto antes.

- ¿Un hijo?- reflexionó unos instantes – No es un buen momento para tener un hijo, pero si esto sucediera creo que sería algo muy importante para mí -

El joven estuvo a punto de saltar al cuello de su padre en una reacción ambigua e incontrolada de amor y de odio, le hubiese gustado abrazarle y estrangularle al mismo tiempo.

Siempre había querido saber, si había sido un hijo deseado, pero… ¿Qué  horrible contradicción era aquella?. ¿Cómo puede alguien desentenderse de lo que es importante?. ¿Cómo alguien, que predica en todos sus libros que el hombre debe buscar sinceramente su norma de conducta en su propia conciencia, pudo abandonar después a sus hijos en un hospicio?. Aquel había sido el gran enigma que le había perseguido durante toda su vida y sabía que no podría descansar hasta descifrarlo, esta era su oportunidad. ¿Debía pues decirle quien era él?. Decidió que todavía no; debía saber más cosas, pero no hicieron falta más preguntas, Rousseau como si hubiera entendido sus pensamientos, continuó hablando.

- Un hijo no pide venir al mundo- hablaba como para sí mismo – Merece todo el amor. Un hijo es como una rama que brota del tronco de un árbol, si el árbol es fuerte y tiene sólidas raíces podrá también darle fuerza y vigor para crecer sano y feliz. Un padre jamás debe de tratar de modelarlo a su imagen, ni según las ideas convencionales dominantes, debe conseguir que el desarrollo espiritual del niño se realice de un modo espontáneo, que cada adquisición sea una nueva creación, que todo provenga del interior no del exterior, de acuerdo con su sentimiento y su instinto.

Pierre se dio cuenta de que su padre ya no hablaba de su propio hijo sino que generalizaba en todos los hijos de la Humanidad y se sintió frustrado. Necesitaba obtener respuestas personales, no ideas que ya había leído en sus libros años atrás. Su padre teorizaba de una manera tan estimulante que Francia entera había dicho de él: “Es imposible expresar el entusiasmo de toda la nación en favor suyo”. Pero los hijos de Francia no eran los hijos de su propia carne y sangre y él sí. Entonces, ¿por qué había preferido amarlos a ellos y sacrificar al suyo propio abandonándolo a su suerte?.

Sin embargo, comprendió que Rousseau deseaba continuar hablando, y que debía de ser paciente y escucharle. Había esperado ya tantos años que era absurdo impacientarse ahora que estaba a punto de descubrir su verdad.

- Un sistema de educación racional conforme a la naturaleza, hará al hombre bueno y feliz. La educación tradicional oprime y destruye la esencia originaria del hombre y en su lugar yo propongo una educación cuyo fin sólo debe limitarse a suprimir los obstáculos que se oponen a su libre desarrollo-.

Pierre ya no pudo contenerse por más tiempo. Recordaba los largos y tristes años vividos en el hospicio, desde donde oía hablar del padre que le abandonó al nacer, como el benefactor de la humanidad.

- ¿Y un orfanato es el mejor medio para que un hijo se desarrolle de acuerdo con su propia naturaleza? -.

Rousseau, pareció volver a la realidad, había hablado con la pasión propia del que cree firmemente en sus propias palabras, tenía fe en ellas, vivía para ellas, pero sus teorías estaban engendradas para la abstracción, no podía personalizarlas, estaba demasiado ocupado creándolas para los demás.

- Si tuviera hijos – El tono de su voz se hizo casi susurrante, sus ojos ya no brillaban, había perdido su entusiasmo y su energía, ya no era un filósofo disertando brillantemente sobre sus firmes creencias, era un hombre confuso, asustado ante la responsabilidad de aplicar en algo suyo  todas sus ideas…

Pierre sintió pena por aquel hombre enfrentado a sí mismo, pero no cedió, conseguiría que su padre le contase el por qué de su abandono, el por qué aquel ser famoso por su integridad había podido ser capaz de desentenderse completamente de su hijo y para dedicar toda su vida a los hijos de los otros.

Rousseau, continuó hablando en un penoso monólogo.

- El hombre nace libre y la sociedad le encadena, el hombre debe buscar el bien y el mal en sí mismo, aunque ello implique enfrentarse a la autoridad y las leyes, porque posee una bondad innata que se corrompe en cuanto entra en contacto con la civilización, ellas son las culpables de tanta desigualdad y tanto dolor, el hombre debe volver a la naturaleza donde están sus raíces, para volver a aspirar a su inocencia-. Hizo una larga pausa para continuar después más sosegadamente: Me he alejado del grupo de filósofos de la Ilustración y me he enfrentado a las autoridades. Mis libros han sido condenados a la hoguera, he tenido que huir de Francia y refugiarme en Inglaterra, ahora he vuelto a París y estoy obligado a ir de un sitio a otro, siempre con el temor a que me encarcelen. ¿Como podía yo arrastrar conmigo a un hijo a semejante suplicio?. Yo creo en la libertad individual y la independencia frente a toda autoridad y para ello debo estar libre de responsabilidades. Yo no debería tener hijos….

Pareció haber recobrado de pronto su perdido entusiasmo.

- Escúchame bien, joven desconocido, que me hacéis preguntas a las que no puedo contestar… Mis ideas tendrán mucha influencia en la posteridad. Habrá un día en que todo el mundo se desarrollará según mis creencias, yo seré el pilar de una nueva sociedad llamada república democrática, en las que el pueblo ejercerá funciones de soberanía y legislación. Porque, ¿sabéis? No existen diferencias entre los hombres, estos nacen todos igualmente libres, la desigualdad y la opresión son resultado de una organización contraria a la naturaleza y a la razón humana. Cuando, como en el caso de la monarquía absoluta que nos gobierna, la sociedad no sirve para garantizar los derechos de cada individuo sino que por el contrario los viola y atropella, esta sociedad debe abolirse porque se ha convertido en un régimen despótico-.

Pierre, se sintió cada vez más lejos de su objetivo, su padre no quería responder a su pregunta o simplemente no podía hacerlo, creía en el individuo, pero solo podía vivir para la masa humana.

- Quiero mostrar a mis semejantes a un hombre en toda la verdad de su naturaleza y ese hombre seré yo: Rousseau, el imaginativo, el realista, el lógico, el sensual, el reformador, el utópico, el único Rousseau, pero… ¿por qué me hacéis tantas preguntas?-.

Pierre no le contestó, sabía cuanto había venido a averiguar y había dado ya media vuelta y se alejaba en dirección contraria, iba en busca de su presente y abandonaba a Rosseau en su pasado.

De repente, la calle cobró una realidad distinta y volvió a ser como antes. El joven imaginó que había estado soñando despierto frente a la casa donde había vivido su padre, pero aquel paseo parecía demasiado real como para haber sido producto de su imaginación y pensó: “Sin duda mi ensueño ha querido advertirme de algo y yo debo captar su mensaje”.

Continuó caminando, sumido en sus profundos pensamientos, cuando de pronto se detuvo, acababa de descífrarlo. Ya no odiaría más a su padre, no podía hacerlo, él lo había abandonado a su suerte, pero su suerte sería mejor gracias a él. Una nueva era de libertad se extendía ante su futuro, donde no habría diferencias entre los hombres. Los tiempos estaban cambiando y toda la nación vibraba con aires nuevos que auguraban destrucción de lo viejo para que lo nuevo naciese y curiosamente él, Pierre, el hijo no deseado del gran hombre, sería testigo de los advenimientos. Rousseau, en cambio, moriría sin poder ver el resultado de su obra.

“Siempre creí que no tenía padre” – pensó – “Ahora he comprendido que sólo lo he compartido con los demás”. Y añadió, dirigiéndose al Panteón parisién donde estaba enterrado el gran hombre y cuya bóveda relucía como oro en medio de la oscuridad de la noche: “Padre, quizás no me educaste como a un hijo, pero te perdono porque has educado a toda la Humanidad como un padre”.

 

Jane, la hipocresía

agosto 14, 2011 under Relatos de Historia

 

Ahora se hallaban allí, en la cubierta del pequeño barco que zarpaba a la más absoluta aventura, absortos en la contemplación de la eternidad, del mismo modo que sus ojos en la contemplación de la franja de tierra inglesa que se empequeñecía frente a ellos a medida que el barco se adentraba en un mar tan misterioso y desconocido como su futuro.

Pero no tenían miedo porque para ellos cualquier evento por insignificante que fuese lo atribuían al Altísimo, al que únicamente querían servir para gozar de su luz deslumbradora. No tenían miedo porque el entusiasmo  de servirle  les había hecho estoicos y les apartaba de la influencia del peligro y la corrupción.

Hombres y mujeres y niños ofrecían una imágen patética dentro de su ingenua vanidad. Se habían cortado el pelo para protestar contra el uso de las pelucas, tan en boga por aquellos tiempos y que ellos consideraban un insulto a la divinidad del hombre e iban vestidos con gran sobriedad.

Los hombres con corta capa, botas de cuero y sombrero de fieltro de ancha ala, sin cordón ni pluma y las mujeres con largas faldas, recatados corpiños, cofias y delantales blancos, aunque dominaba como nota peculiar de sus vestidos el negro y el gris oscuro.

Jane era demasiado pequeña todavía para comprender nada de todo esto. Con sus pequeñas manos gordezuelas se agarraba a la falda del largo vestido de su madre. Se sentía muy confusa por todo aquel ajetreo que la rodeaba y sus sonrosadas y redondas mejillas estaban cubiertas por gruesas lágrimas que resbalaban desde sus grandes ojos azules. A ella le hubiera gustado seguir viviendo rodeada de sus queridos campos siempre verdes a los que la lluvia hacia brillar. Allí había nacido y ellos eran toda su vida. Creció junto a los animales de la granja que había sido su hogar y ellos eran también parte de su familia, como sus mismos propios padres y hermanos. Ahora sin saber porque, había tenido que dejarlos y el mar tan grande, de un frío color gris metálico la asustaba mucho porque nunca había visto tal cantidad de agua junta.

A pesar de que su madre estaba a su lado, no podía dejar de sentir miedo y desamparo, le hubiera gustado preguntarle por que habían dejado su casa y se hallaban allí encima de aquel extraño artefacto que se movía y la hacía sentir enferma, pero no podía hacerlo porque Jane era aún demasiado pequeña para poder hablar, por eso lloraba en silencio, como el único modo de dejar escapar la gran pena que se asfixiaba dentro de su alma.

Pero aunque Jane fuese demasiado joven para poder expresar con palabras sus sentimientos, había algo que no hacía falta que nadie le explicase,  sabía, no con la inteligencia pero si con el corazón, que ya nunca más volvería a ver a sus gallinas, sus patos y sus cerdos, ni tampoco los prados  los árboles y las flores que rodeaban la pequeña granja de su nacimiento.

Sabía  también que a partir de aquel día todo iba a ser diferente para ella y este convencimiento interno le hacía llorar con desconsuelo.

En pocas horas estuvieron en alta mar. La travesía duró 63 días, durante los cuales los puritanos tuvieron que luchar contra los elementos y soportar estoicamente una tormenta tras otra. Desde su estrecho camarote, la niña acurrucada al lado de sus hermanos, escuchaba aterrorizada el ruido que las enormes olas producían al chocar violentamente contra los laterales de madera del barco. Dentro de su joven mente sus pensamientos eran mucho más profundos de lo que los mayores podían llegar nunca a suponer, porque aunque solo tenía tres años y no sabía lo que era la muerte, la intuía.

La travesía fue terriblemente larga para todos y especialmente para Jane que no sintiendo aquel grado de gracia divina que tan orgullosos volvía a los puritanos ante los hombres y las cosas de este mundo, sufría. y sus sufrimientos no se quedaban a flor de piel, como ellos pensaban, sino que calaban muy hondo en ella conformando para siempre la personalidad que marcaría su futuro de mujer adulta.

Los componentes del grupo, habían dominado la piedad y la ira, la ambición y el miedo, el atractivo de la voluptuosidad y hasta el horror de la muerte, en su ciega pasión por Dios y aunque sonreían y lloraban, pasando del dolor a la alegría, nunca era por las cosas de este mundo y por eso nadie tomaba en consideración el llanto de Jane y tampoco nadie se ocupaba demasiado de ella, ni siquiera su madre.

En realidad su madre nunca había parecido dedicarle suficiente tiempo porque estaba siempre demasiado ocupada con las cosas de Dios y su conducta hacia su hija había sido mas bien fría y distante. Su padre era un pastor protestante de marcada influencia calvinista, de extremado rigor moral y doctrinal, que preocupado por los discursos que debía prepara a sus fieles tampoco disponía nunca de tiempo para dedicarle y miraba con desprecio a los demás hombres porque se creía poseedor de un tesoro mas poderoso que todos : la iluminación.

Los días se sucedían uno tras otro y cuando las tormentas cesaban el sol abrasaba sin piedad sobre las cabezas de los embarcados. A veces Jane tenía tanto calor bajo las gruesas telas que cubrían su pequeño cuerpo, que intentaba quitarse las medias que asfixiaban sus pies, pero su madre se lo impedía siempre, ya que el extremado rigor moral de su doctrina impedía que hombres y mujeres aligerasen su vestimenta. Los puritanos creían que el cuerpo era algo impuro y pecaminoso y ni siquiera la tierna edad de la niña estaba exenta de transgredir la norma.

Asi pues, Jane, para protegerse de los rayos del sol, apenas si salía a la cubierta y pasaba las horas tendida sobre unos almohadones extendidos sobre el sucio suelo del camarote, comía poco y los continuos mareos, unidos al calor, la mala calidad de la comida y la falta de higiene, le habían provocado un estado de desánimo que la hacía dormir durante largas horas, entonces soñaba que al despertar todo volvía a ser como antes, pero cada vez que abría los ojos y se daba cuenta de que todo seguía igual, deseaba volver a dormirse para siempre.

Un día la pesadilla pareció terminar para la pequeña Jane y el resto de los  peregrinos que viajaban a bordo de Mayflower, la costa de América del Norte se dibujó limpiamente en la lejanía del horizonte y todos estallaron en exclamaciones de gozo y alegría. Dios los había protegido y salvado de todos los peligros a los que se habían expuesto durante aquellos terribles días de navegación, no en vano eran nobles por privilegio divino y habían sido sus elegidos. Cuando desembarcaron y tocaron aquella tierra por vez primera cayeron de rodillas y devotamente dieron gracias Dios por haber llegado a buen puerto.

Durante los primeros días que sucedieron al desembarco exploraron la costa, la tierra era salvaje y desierta y parecía rechazarles continuamente porque cada noche regresaban exhaustos y desanimados sin poder hallar un lugar adecuado para asentarse y nunca sabían si al día siguiente encontrarían algo para comer.

A Jane no le gustó aquella nueva tierra donde no había campos con flores ni verdes montes, allí todo era blanco y triste. Hacía tanto frío que los pies y las manos parecían abrasarle y tenía tanta hambre que el estómago se le encogía. Allí tampoco podía jugar con sus hermanos, porque poco a poco y uno tras otro, se habían ido durmiendo y ya no habían vuelto a despertar.

Hasta que un día su madre también se durmió para siempre. Su padre le contó que había ido a reunirse con ellos y con Dios y a partir de entonces Jane solo esperaba que llegase la noche, para sumirse en aquel sueño eterno que la arrebatase para siempre de aquel lugar y la llevase al Cielo donde ellos se encontraban.

 

Las relaciones entre los indios y los recién llegados fueron al principio sumamente amistosas. Tras un largo período de convivencia, los indígenas enseñaron a los ingleses a trabajar la tierra que tan inhóspita les había parecido al principio, a cultivar el maíz, cereal apenas conocido a la otra orilla del Atlántico y a utilizar los restos del pescado como abono, entre otras muchas cosas. Paralelamente se estableció un intenso comercio entre ambas civilizaciones porque comprendieron que la cooperación era el mejor camino para la convivencia.

Jane se había convertido en una joven, que destacaba entre todos los demás componentes del grupo por su vitalidad. En realidad ella nunca se había considerado escogida por Dios, sino que solo creía ser un ser humano embarcado en la aventura de la vida y así pues pasaba mas horas intentando vivirla, que en la Iglesia.

Desde muy niña frecuentaba el poblado de los indios, acompañando a su padre en las visitas que les hacían para intercambiar los productos de la tierra que cultivaban y también a través de ellos, había conseguido integrarse en aquella nueva patria que tanto había odiado cuando llegó.

Casi sin darse cuenta había ido substituido a su familia por una de las tribus indígenas que habitaban cerca del poblado inglés y en ellos halló todo el calor que nunca pudo encontrar entre los suyos, pues su padre continuaba más ocupado hablado con Dios que con ella.

Sin embargo Jane sabía que en el fondo, los indios eran considerados por sus compatriotas como unos seres salvajes, descreídos y holgazanes a los que solo toleraban por conveniencia. Y también se daba cuenta de que el resentimiento de los indios comenzaba a aumentar, sobre todo a medida que nuevas expediciones de europeos iban llegando al país e iban naciendo florecientes ciudades a orillas del océano Atlántico e incluso más al interior. Las nuevas oleadas de colonos en su camino hacia el oeste usurpaban las tierras de los indígenas y los incidentes comenzaban a proliferar, especialmente aquel verano de 1636 cuando un comerciante de la ciudad de Boston fue asesinado en Block Island por un indio de la tribu pequot y los colonos británicos organizaron una expedición de castigo.

Jane se sentía avergonzada de aquella actitud y temía que aquel incidente le impediría ser bien recibida entre la tribu nativa que la había adoptado. Decidió tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre. Aquella tarde se encaminó como de costumbre hacia el poblado indio completamente decidida abandonar a sus compatriotas y renunciar a su propia raza.

 

El chamán alcanzaba el estado de éxtasis mediante sus bailes y cantos que podían durar horas y horas, llevaba puesta una máscara de vivos colores e incansable, retorcía su cuerpo y agitaba sus manos al son de una música monótona y grave, así se comunicaba con los espíritus ya que no en vano era el intermediario entre el hombre y Dios. El concepto del bien y el mal  se encarnaba especialmente en el brujo de la tribu, el chamán, creencia que se perdía en los albores de la historia.

Aquel día, en aquella ceremonia, se pedía algo muy especial a los dioses, su aprobación en la adopción de Jane como un miembro más en el seno de la tribu  y el destino de aquella muchacha inglesa dependía de su veredicto.

Ante la duda, aquella niña perdida que un día embarcó en el Myflower rumbo a lo desconocido, volvía a sentirse desamparada. Hacía tiempo que había perdido a su patria y junto a ella su hogar y sus hermanos. A sus padres nunca los perdió porque nunca los tuvo, ya que solo su Dios, intransigente y cruel los había poseído. Ahora solo podía confiar en que aquel otro Dios de los indígenas, que hablaba a través de aquel brujo, embadurnado en pinturas y oculto tras una máscara, se compadeciese de ella y la aceptase.

Cuando el chaman termino su danza se acercó a la joven que sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la cabeza erguida esperaba pacientemente el veredicto que había de decidir su destino. No le dirigió la palabra, simplemente le ofreció su mano para alzarla. A partir de aquel momento, Jane sabía que era una mas entre los miembros de la tribu. Entonces todos los componentes de la misma se acercaron a ella para abrazarla y Jane pensó que el Dios de sus padres no podía ser verdadero, porque no había amor en Él y en el fondo de su corazón sabía, con aquella sabiduría innata que conservaba desde la niñez, que Dios es solo amor.

 

En el año de 1639 las autoridades de Massachusetts, autorizaron a un grupo de colonos británicos al mando del capitán John Mason, a exterminar a casi la totalidad de los indios pequots.

Olvidando incluso a los que habían bautizado y se mostraban orgullosos de la civilización de los invasores, se dirigieron a su más importante reducto y mataron mas de 5000 de sus habitantes. Los supervivientes fueron perseguidos y la tribu diezmada.

En el periódico Weekly Leader, un pastor puritano de la iglesia reformadora calvinista escribió después un articulo que decía así:

Los indios son un tropel de infames ladrones vagos y apestosos infieles que todo hombre honesto no puede menos que desear  sea exterminado. El firmante de semejante articulo era el padre de Jane. Sin duda no sabía al escribirlo, que su hija desaparecida hacia tiempo de su lado, estaba entre las víctimas de la masacre.

 

Arabela, el embrujo

julio 8, 2011 under Relatos de Historia

 

El hombre, un sencillo pastor de edad indefinida, continuó hablando durante largo rato sin que nadie le interrumpiera. La concurrencia que le rodeaba, en su mayoría mujeres y niños, se había incrementado lentamente a medida que los campesinos que regresaban a sus hogares se unían al grupo.

Sólo al cabo de largo rato de escucha silenciosa, uno de ellos se atrevió a romper la magia de aquellas palabras que parecían fascinar a todos los oyentes e interrumpió la larga oratoria…

- Pues yo creo que todo esto que explicas es un cuento. Seguro que estabas borracho cuando la viste. Si es que  la viste.

- Pues yo si creo que la vio- añadió otro.

Esta intervención dividió rápidamente al grupo en dos bandos contrarios.

A medida que los ánimos se calentaban se enzarzaron rápidamente en una discusión que podía haberse hecho interminable y que amenazaba acabar en feroz pelea, si no hubiese sido por la feliz intervención de uno de ellos, quien subiéndose a una de las piedras más altas del camino zanjó la discusión, gritando simplemente:

- Pues yo pienso que la mejor manera de ponerse de acuerdo es averiguarlo por nosotros mismos y encontrar a la bruja-.

Tras unos breves segundos de reacción el asentimiento de todos fue unánime. Rápidamente los ánimos pasaron de la exaltación a la impaciencia y abandonando las discusiones, todos se pusieron a planear la acción.

Capitaneados por el hombre que había hablado, trazaron un plan de estrategia: al día siguiente, los habitantes del pueblo recorrerían el bosque divididos en grupos de cuatro y las mujeres y los niños se quedarían vigilando en la entrada para evitar que la bruja escapase con sus malas artes mientras los hombres la buscaban. Todos tenían motivos para vengarse de ella y no podían dejar que se burlase de nuevo.

 

La leyenda se remontaba al pasado y había corrido de boca en boca sin que nadie hubiese podido averiguar nunca que había de cierto o no en ella.

Hacia tiempo, una vieja fea y desaliñada llamada Arabela vivía en una de las casas más apartadas del pueblo. Nadie conocía exactamente su historia, pero los más ancianos del lugar contaban que en un tiempo fue una joven malvada pero extraordinariamente hermosa, hija de un cura y de una prostituta. Abandonada a su suerte después de su indigno nacimiento y dotada de unos encantos a los que los hombres no podían resistir, había tenido infinidad de amantes, a los que había asesinado con sus propias manos, uno tras otro, después de haber obtenido de ellos dinero y placer.

Al paso de los años aquella hermosa mujer dilapidó su fortuna con la misma rapidez que sus amores y acabó viviendo sola, en una casa miserable de aspecto lúgubre, con la única compañía de un extraño gato negro y un par de lechuzas cuyos ojos vigilaban la casa día y noche; y de los cuales según se decía que era ella misma la que tomaba su aspecto para mezclarse con la gente del pueblo sin que nadie lo advirtiese.

También, según contaban, se untaba el cuerpo con unas substancias misteriosas que la hacían remontarse por los aires a lomos de su escoba voladora para reunirse en las noches del sábado con sus iguales, llegados de los más lejanos parajes donde adoraban al mismísimo demonio en forma de macho cabrío, danzando juntos en torno a un caldero lleno de horribles ingredientes: sangre de seres humanos mezclada con ungüentos y jugos mágicos.

Un día la vieja mendiga a quien todos habían comenzado a llamar bruja,  fue a pedir limosna a una de las casas del pueblo. Al negársela, su cólera fue terrible y vociferó que pronto se acordarían de ella jurando hacerles a todos mal de ojo.

A los pocos días, moría el hijo mayor de la casa y los dueños recordaron de inmediato la amenaza de la mendiga. Los hombres de la familia del muchacho fallecido, se reunieron y le salieron al encuentro para llevarla arrastrando al pie de la cruz del término donde habían preparado una hoguera. Allí la ataron a un roble donde habían preparado una pira de leña seca, le prendieron fuego y la arrojaron a las llamas abandonándola a su suerte.

Después de aquel suceso, no se volvió a saber nunca más nada de la desgraciada mujer. Nadie sabía si se había salvado del fuego o si su espíritu continuaba viviendo en lo más profundo del bosque para seguir vengándose de los vivos. Así pues, cada vez que alguien enfermaba o moría en la aldea, todos  atribuían aquel infortunio a la venganza de la bruja.

 

Los hombres comenzaron la búsqueda al amanecer y a lo largo del día recorrieron hasta los más apartados rincones del bosque sin hallar ni rastro de la vieja. Cuando el sol declinó, se encontraron cansados y sin ánimos de seguir. Entonces, desalentados y de común acuerdo, decidieron regresar al pueblo.

Solo uno, Tomás, el mismo hombre que había jurado ver a la bruja, resolvió continuar la búsqueda. El resto de sus compañeros le tacharon de loco e intentaron convencerle inútilmente del peligro que podía correr si permanecía allí, pero ninguno sabía que algo en aquel lugar atraía irremisiblemente a Tomás y le obligaba a seguir buscando hasta encontrarla.

Le dejaron solo y la noche le envolvió pronto con su gama de susurros desconocidos que parecían surgir por todas partes, mientras extrañas sombras que convertían a los árboles en fantasmas imaginarios.

Tras algunas horas de vagar perdido y exhausto se refugió en el interior de una cueva acurrucándose contra las rocas. Sólo entonces, se sintió a salvo. Pensó que quizás debería haber sido más sensato y regresar con los demás al pueblo para continuar la búsqueda al día siguiente, pero ya sólo podía quedarse allí y esperar a que pasase la noche. Entonces, cuando sus ojos comenzaban a cerrarse, rendido por el sueño y el cansancio, escuchó una hermosa voz que parecía surgir del interior mismo de la cueva.

- Tomás, ven conmigo, te estoy esperando-.

El hombre pensó que quizás soñaba. Él había ido a buscar a una bruja, pero aquella voz tan dulce y atrayente parecía haber surgido de los labios de un hada. Extrañamente dejó de sentir miedo, sólo deseaba acercarse a ella. Incorporándose, comenzó a avanzar hacia el interior de la cueva, donde la voz parecía repetir su nombre cada vez con más dulzura, y entonces la vio.

Una mujer tan hermosa como nunca hubiera podido imaginar. Sus ojos de un verde intenso brillaban en la oscuridad. Sólo iba vestida de resplandor pero tampoco parecía tener cuerpo, porque Tomás podía ver la cueva a través de ella. Los cabellos largos y oscuros que enmarcaban aquel rostro perfecto parecían flotar en el aire como una aureola. De pronto, sus manos largas de uñas afiladas le atrajeron hacia ella y él hombre, incapaz de resistir aquel abrazo, sucumbió, dejándose envolver por el embrujo que emanaba de aquella extraordinaria figura.

 

Al amanecer, los hombres de la aldea no fueron al trabajo para continuar la búsqueda de la bruja. Debían encontrar de una vez a la malvada vieja que traía tantas desgracias al pueblo, para atraparla y darle muerte antes de que todos cayeran bajo su maligno hechizo.

Y aquel día tuvieron más suerte, como si sus pasos ya conocieran el lugar donde se encontraba. No tardaron en hallarla dormida en el interior de una de las cuevas del bosque. No podía ser otra, era exactamente igual a la descripción que Tomás había hecho de ella; una mujer vieja y arrugada, de una fealdad increíble. Pero lo que a todos llenó de estupor fue que no se hallaba sola, ya que el mismo Tomás, yacía a su lado dormido entre sus brazos. Cuando lograron reaccionar del asombro que esto les ocasionó, separaron bruscamente al hombre de la bruja y a ésta se la llevaron entre todos, arrastrándola por los cabellos.

Tomás trató de impedirlo desesperadamente, pero nadie comprendió su reacción e imaginaron que el contacto con aquel ser malvado le había enloquecido. Lo que ninguno podía saber, es que allí donde todos veían a una bruja repugnante y malvada, él veía a la hermosa mujer de la que se había enamorado locamente en una noche.

La extraña y tétrica comitiva llegó hasta las orillas de un lago que se abría entre la espesura de los árboles. Un sacerdote acompañaba al grupo.

Ataron a la mujer a un árbol mientras sujetaban fuertemente al hombre que gritaba y pedía clemencia para ella. Aquella vez estaban dispuestos a celebrar un juicio justo, un juicio de Dios que les liberase para siempre de aquella pesadilla y limpiase sus conciencias de culpa.

Se celebró la santa Misa, se impartieron los sacramentos y después se bendijo solemnemente el lago antes de comenzar la ceremonia.

La  prueba del agua fría consistía en arrojar a la acusada a las aguas sin compasión; si flotaba, sería prueba que el demonio, cuya sustancia era espiritual y volátil, había penetrado en todas las partes del cuerpo y le comunicaba su ligereza, entonces sería ejecutada inmediatamente.

Pero si por el contrario se sumergía, sería rápidamente extraída del agua con las mismas cuerdas que la ligaban.

Antes de comenzar  el ritual, el sacerdote pronunció las siguientes palabras en voz alta: Si Dios es justo, no debe permitir el triunfo del malvado y puesto que es omnipotente suspenderá las leyes de la naturaleza o las dirigirá de modo que prevalezca la inocencia.

Entonces Tomás, en una explosión de desesperación encontró fuerzas desproporcionadas a la envergadura de su cuerpo y consiguió desligarse de las cuerdas que lo aprisionaban.

Como un verdadero loco, corrió hasta la misma orilla del lago y ante la sorpresa de todos lo presentes, se lanzó al agua al mismo tiempo que el cuerpo de la mujer era arrojado a ella, poniendo sus brazos alrededor del cuerpo de la bruja para impedir que flotase y arrastrarla así consigo a las profundidades. El pueblo, al contemplar semejante acto de locura, abandonó entonces las cuerdas con que habían atado el cuerpo, dejándolo libre.

Tomás no sabía nadar y ambos descendieron lentamente hasta los mismos abismos del lago. Mientras lo hacían, y a medida que el oxígeno abandonaba sus pulmones y la vida se escapaba de su cuerpo, el pastor miró por última vez a su amada: la cara de ángel se había transformado en el deforme rostro de una bruja que se reía de él, enseñándole como aquel día que la descubrió en el bosque una boca vacía de dientes…

 

Brian, la fe

junio 12, 2011 under Relatos de Historia

 

Aquella mañana el calor era denso y amontonados unos junto a otros sobre la pequeña embarcación dormida sobre la arena, protegiéndose de los abrasadores rayos del sol con algunos pedazos de vela destrozada, los piratas también dormían el profundo sueño que produce la mezcla del hambre en el estómago vacío y del alcohol en el cerebro.

Habían derrochado ya en juego y disipación el botín del último barco capturado y hacia ya muchos días que ningún buque se veía sobre el horizonte. Algunos roncaban con gran estrépito y otros dormían en silencio, pero el sudor hacia brillar los rostros embotados y humedecía las ropas malolientes.

Inesperadamente, una silueta esbelta se deslizó como una sombra sobre aquel montón de cuerpos apretados. Saltando ágilmente sobre todos ellos se alejó de la barcaza corriendo al encuentro del mar de intenso color turquesa, que brillaba sobre la blanca arena como una joya.

Era un muchacho de apenas doce años, ojos muy azules y cabello rojo como las panochas maduras, las mejillas cubiertas de pecas revelaban claramente su origen irlandés. Corrió hasta llegar a la misma orilla y una vez allí se tiró al agua sin vacilar y nadó como un pez hasta alejarse varias decenas de metros de la playa, como si quisiera escapar lo más rápidamente posible de aquel bulto informe de cuerpos que en la orilla emitían toda clase de ruidos malsonantes mientras dormían el pesado sueño de la borrachera.

El pequeño Brian había nacido en Cuba y era hijo de piratas oriundos de Inglaterra que se habían unido a los bucaneros, antiguos pobladores de la isla. No sabía ni leer ni escribir porque jamás había ido a la escuela:  el pillaje, las peleas y el crimen fue toda la educación que había recibido desde que nació. Sin embargo el pequeño Brian no se consideraba uno de ellos.

Desde que tuvo uso de razón sentía en el fondo de su alma un profundo rechazo por aquellas costumbres salvajes con las que nunca pudo identificarse. Para su gente el continuo ejercicio del valor era un poderoso estímulo, no importaba a qué precio. A él en cambio le gustaba más jugar con los animales de la isla, sus únicos compañeros de juegos, y sabía separar instintivamente la belleza de la naturaleza de la fealdad de las cosas creadas por el hombre.

Él fue el primero en advertir el barco que giraba lentamente en dirección al Oeste. Se quedó contemplando la silueta de la nave avanzando soberbia, recubierta de banderas multicolores y con las velas desplegadas al viento. Pensó que le gustaría estar a bordo de aquel gran buque para poder irse lejos de allí, porque aunque nadie se lo había contado nunca estaba seguro de que más allá de la franja del horizonte debía de haber algo diferente a aquella vida, que él no consideraba suya sino de otros.

Desde el lugar donde se encontraba todo se desarrolló ante sus ojos con gran rapidez. Vio como de las canoas embarrancadas en la playa comenzaban a surgir docenas de hombres empequeñecidos por la distancia que gesticulaban con los brazos y pudo adivinar, aunque no oír, los gritos y las blasfemias que acompañaban siempre al inicio de la lucha. Después, una docena de embarcaciones ágiles y ligeras fueron botadas al agua mientras unos setenta u ochenta hombres perfectamente armados y resueltos tomaron sus lugares en el interior y se dirigieron remando con gran celeridad hasta donde se hallaba el navío, dispuestos al abordaje.

Había visto aquella escena muchas veces y le resultaba familiar; sabía que pronto debería formar parte de aquel espectáculo y sentía una interior repugnancia, porque la vista de la sangre de los heridos y de los cuerpos mutilados de los muertos le hacia sufrir.

Se sumergió  de nuevo para quedar aislado de lo que estaba sucediendo en la superficie y buceó durante largo rato. El sol atravesaba el agua e iluminaba con destellos brillantes las rocas que se asentaban firmemente en el fondo recubiertas de conchas, caracolas y de erizos. Allí en la profundidad, rodeado de peces multicolores de todos tamaños y de algas que parecían danzar, agitadas por las corrientes marinas, se sentía feliz y a salvo.

Permaneció durante mucho rato en el agua, de vez en cuando salía a la superficie para tomar aire y dejarse remontar un trecho por una ola, después volvía a sumergirse, pero ni una sola vez dirigió la mirada hacia el lugar donde había visto el navío.

Cuando decidió volver a la playa, el sol ya iba descendiendo en su cenit. Aparentemente todo parecía haber vuelto a la normalidad, el viento había amainado y a pesar de tener las velas desplegadas, el barco seguía estando en el mismo lugar donde lo vio por primera vez y las canoas tampoco parecían haberse movido de la playa.

Comenzó a nadar despacio hacia la orilla. Sus pensamientos le acompañaban e imaginó lo que vería al llegar. Un círculo de hombres gritaría entorno al botín capturado producto de su fechoría y el reparto tardaría horas en realizarse. La parte principal se adjudicaría a los heridos de la siguiente manera: cien escudos a quien hubiese perdido un ojo y doscientos por un brazo mutilado; a los muertos se le enviaría una porción para sus familias y el resto sería derrochado por los vivos de una manera tan rápida como había sido conseguido. Tras duras disputas en el reparto, los contrincantes se pelearían por el oro y el que se considerase agraviado, mataría si tenía ocasión de hacerlo a su ofensor. Después sus compañeros examinarían los hechos y si consideraban que se había hecho justicia, se daría sepultura al muerto y se olvidaría el asunto, en caso contrario, el asesino seria atado a un árbol y cada uno de los piratas del grupo le dispararía un tiro. Después, todos volverían a su vida miserable, todos menos algunos, que se quedarían en la cubierta del barco asaltado hasta que el tiempo y el sol calcinase sus huesos, o bien para siempre en el fondo del mar.

Cuando ya estaba bastante cerca del corro de hombres que vociferaban y maldecían, Brian comprendió que ser uno de ellos era el futuro que le esperaba en un corto plazo y que nadie, si no era él mismo, podría cambiar su destino. Entonces respiró hondo para que sus pulmones se llenaran de suficiente oxigeno y comenzó a nadar rápidamente en dirección contraria a la playa.

Sus brazos estaban entrenados a recorrer grandes distancias en el agua, pero aunque había aprendido a nadar casi antes de comenzar a andar, tuvo que bracear mucho para alcanzar el barco. La calma reinante le favorecía y además le guiaba una firme decisión, que le infundía una inusitada fuerza para alcanzar su objetivo.

Cuando al fin llegó junto al casco del navío, descubrió fácilmente un acceso para subir a bordo. Trepó por las cuerdas sueltas sobre la borda y jadeante se encontró al fin sobre la cubierta. Una vez allí, intentó ocultarse para no ser visto, pero lo que vio le hizo olvidar su miedo y su cansancio.

Por todas partes se veían cuerpos sin vida, amontonados unos sobre otros y el hedor de la sangre le produjo una sensación de náusea. Aunque estaba acostumbrado a la suciedad, nunca hubiera podido imaginar que aquella nave, que de lejos parecía espléndida y majestuosa, pudiera esconder tanta hediondez. Los insectos se multiplicaban por doquier y

la vista de los muertos le sobrecogió, aunque estaba acostumbrado a la muerte. !Habían tantos!. Venciendo su irreprimible repugnancia, se sobrepuso y comenzó a recorrer la nave, sorteando los cadáveres que la cubrían.

En la cubierta de popa un pabellón ocupaba la parte principal y por su mejor acabado supuso estaría reservado a los oficiales. En la proa se erguía un lugar alto, que a juzgar por la cantidad de hombres armados que yacían sin vida junto a la artillería, parecía estar reservado a la defensa. Ambos lados de la cubierta parecían un lugar de tránsito de marineros u oficiales.

Brian siguió su recorrido impulsado por la intriga de hallar a alguien con vida a bordo.  Y no intentaba ocultarse pues era evidente que nadie intentaría atacarle ya que no habían supervivientes.

Descendió por unas escaleras interiores hasta hallarse bajo cubierta y descubrió una habitación que por su especial lujo y comodidades le pareció debía de ser la del capitán. Continuó caminando hacia la proa hasta llegar al depósito de las armas y un poco más hacia adelante encontró la despensa, de cuyas provisiones los piratas apenas si habían dejado nada, solo algunos restos de carne salada, queso, embutidos, harina, y habas. Llegando a la proa había otra gran cámara con velas y municiones, pero ni una sola presencia humana en su interior.

Se disponía a subir de nuevo a cubierta, cuando un suave movimiento del navío le hizo perder el equilibrio, enseguida comprendió que se había levantado el viento y el barco comenzaría rápidamente a navegar sin rumbo. En su precipitación olvidó toda prudencia y corrió para alcanzar las escaleras de acceso al exterior. Conocía bien aquellas tempestades de aire que se originaban en cuestión de minutos y levantaban grandes olas que enviaban los barcos a la deriva, llevándolos como juguetes contra las rocas o haciéndolos embarrancar contra la costa.

Un nuevo y brusco vaivén le zarandeó empujándolo con tal fuerza, que prácticamente fue despedido contra la pared golpeándose la cabeza con uno de los salientes. Brian cayó al suelo sin sentido mientras el barco emprendía una ruta veloz hacia lo desconocido. En la superficie las nubes comenzaban a agolparse negras y sobrecogedoras, como acudiendo a una cita obligada y el cielo adquiría una oscuridad impenetrable.

Cuando se recuperó, la nave parecía haber recobrado la estabilidad, poco a poco fue volviendo a la realidad y comprobó con espanto que el barco se movía como si estuviese navegando en alta mar. Oyó el sonido de unas voces lejanas y su instinto de supervivencia agilizó sus pensamientos. Debía ponerse a salvo: nadie podía descubrir que estaba a bordo, su vida estaba en juego…

Pero no tuvo tiempo de ocultarse, dos hombres descendían ya por la escalera hacia donde se encontraba y en pocos segundos estuvieron frente a él. Parecían dos marineros, hablaban en una lengua desconocida y reían a grandes carcajadas. Sus largos cabellos y bigotes denotaban que eran hombres libres. Brian hizo un gesto de defensa previendo un ataque por parte de ellos, pero ante su estupor los dos pasaron por su lado casi rozándole, como si no existiera.

Una vez repuesto algo de aquella impresión y antes de subir a la cubierta, decidió seguirlos, aunque a prudente distancia.

Los marineros se dirigieron a la despensa y Brian casi no pudo dar crédito a sus ojos al comprobar como aquella habitación que él había visto antes saqueada por sus gentes, estaba ahora de nuevo repleta de comida en abundancia. Comenzaron su tarea de cargar víveres probablemente para la tripulación sin demostrar que le habían visto.

Brian pensó que el golpe del cual aún se resentía le había enloquecido hasta el punto de hacerle sufrir alucinaciones y entonces se arriesgó, colocándose en el centro de la habitación, para hacerse completaste visible a los ojos de los marineros; pero como estos seguían con sus tareas sin demostrar que le veían, aturdido y sin saber que pensar, decidió subir a la superficie.

Una vez en cubierta, el espectáculo que se ofreció ante sus ojos estuvo a punto de quitarle nuevamente el sentido. Los cadáveres que antes había visto, eran ahora hombres vivos dedicados a las tareas cotidianas de la navegación en alta mar. Los marineros trepaban por los altos mástiles, arriando y desplegando las velas. Los soldados conversaban animadamente, mientras se ocupaban de limpiar sus fusiles y de conservar en buen estado los cañones, y el que parecía el capitán de todos, hablaba con varios de sus oficiales. Discutían entre ellos y parecían sumidos en profundas dudas. Aventurarse por el océano era temerario y todos sabían que las corrientes marinas, el viento y las tempestades podían desviar a la nave de su rumbo con gran facilidad. Y aunque indicaban al marinero que llevaba el timón el curso a seguir, de hecho se navegaba por intuición.

Como nadie parecía advertir su presencia, Brian, se atrevió a deambular entre ellos cada vez con más confianza. Era evidente que una extraña circunstancia le hacía invisible a sus ojos, y aunque el muchacho no comprendía lo que estaba ocurriendo todavía no estaba muy lejos de la edad en que la fantasía y realidad se confunden de tal modo que es difícil separar la una de la otra. Aceptó pues los hechos con la curiosidad propia de sus años y decidió vivirlos intensamente.

Había deseado huir de su destino trazado por su nacimiento y fuera como fuese sus sueños se estaban materializando. Lo importante es que había escapado de sus gentes y estaba embarcado en la nave que tanto deseó. Ahora solo le hacia falta imaginar como sería el lugar a donde se dirigía y su fe conseguiría el resto. La fe de Brian era su mejor arma y su mayor tesoro.

Durante los días que siguieron el muchacho compartió la vida de la tripulación del navío como un miembro mas: comía de su comida, dormía en sus literas, paseaba junto a los oficiales y observaba con curiosidad todo lo que le rodeaba. Todos actuaban como si no existiera y alguna vez se llegó a preguntar si verdaderamente no estaba muerto y se había convertido en un fantasma.

Aunque no comprendía sus palabras se sentía muy afín a los sentimientos de sus compañeros de viaje. La mayoría de ellos se habían embarcado en busca de aventuras y otros por necesidad, pero todos buscaban lo mismo que él, una nueva vida. A todos les guiaba el entusiasmo y la esperanza que les hacia soportar de mejor grado la dura disciplina, la escasa comida y los insectos que lo invadían todo. Lo mismo que él, todos esperaban la aparición de la franja de tierra deseada en el horizonte y todos también se dormían cada noche con la esperanza de que ésta fuese la última en el mar. Pero los días se sucedían uno tras otro, con una monotonía angustiosa y el mar se mantenía siempre ante sus ojos extrañamente quieto y azul.

Una noche, mientras Brian dormía, el barco comenzó a moverse bruscamente de nuevo. El muchacho se despertó sobresaltado y subió a la cubierta. Allí todo era agitación, el viento había comenzado a soplar con fuerza anunciando tormenta y los hombres corrían de un lado a otro gritando, plegando las velas e intentando mantener el rumbo.

En pocos minutos todo se hizo oscuro a su alrededor y el cielo y el mar se confundieron en un estrecho abrazo que pareció envolverle. Sobrecogido, Brian intentó asirse a un mástil para no ser arrasado por las gigantescas olas que, anunciando la proximidad de la costa, amenazaban arrojarlo a las profundidades.

Entonces una enorme sacudida de la mar acompañada de un estremecedor estruendo hicieron que el muchacho saliese despedido por la borda.

Cuando Brian recobró el conocimiento, se encontró tendido en una playa de arena dorada. El sol brillaba sobre su cabeza y el mar había vuelto a recuperar la calma perdida. Se incorporó débilmente para inspeccionar el lugar donde se hallaba.

Las palmeras se extendían a lo largo de la orilla balanceándose al viento y a lo lejos vio una cordillera de sierras muy altas coronadas de algo blanco que desconocía y que parecía unirse con las nubes hasta el punto de confundirse con ellas. Le pareció estar soñando una vez más… Nunca había visto nada semejante. De pronto recordó a sus compañeros de viaje y miró mar adentro: Entonces le pareció ver el barco que le había conducido hasta allí desapareciendo en la lejanía y envuelto en la tormenta que le había arrojado a la playa.

Comprendió que aquellos hombres habían muerto hacía tiempo. ¿Quizás habían sido los espíritus de los mismos que tripulando aquella nave fantasma le habían llevado hasta su destino?  ¿O quizás todo había sido fruto de su imaginación y el azar y la suerte habían hecho el resto?

Fuera como fuese, tal y como había imaginado él estaba allí. Su fe le había dado ánimos, valor y fuerza y aquella misma fe le animaría a proseguir el camino emprendido.

Su fe, su mejor arma, su mejor tesoro.

 

Luca, la creatividad

mayo 17, 2011 under Relatos de Historia

 

Pintaba, modelaba o tocaba uno de los muchos instrumentos musicales que dominaba a la perfección, y cuando el sol comenzaba a declinar se dedicaba a su segunda faceta de físico, matemático y arquitecto devorando libros a la luz de las velas y escribiendo frenéticos apuntes sobre el pergamino con la afilada punta de su pluma de ave. Robaba así el tiempo a la noche y cuando descansaba por fin en su cama, después de tanto esfuerzo intelectual, dormía tan profundamente que nunca tenía tiempo de encontrar a faltar dama alguna al otro lado de su almohada de seda. Pero no siempre permanecía encerrado en sus habitaciones. A veces, también compartía ejercicios de hípica o esgrima con sus compañeros y era en aquellas salidas cuando un mundo muy diferente al suyo se abría ante sus ojos.

Contrariamente, el pueblo vivía en una angustia permanente, amenazado de manera continua por las epidemias, el hambre y la violencia. El hombre de la calle era incapaz de comprender los fenómenos de la naturaleza que poblaban el mundo de fuerzas malignas y de ese miedo nacían una serie de ritos para conjurar las fuerzas del mal y congraciarse con las del bien, deformando el mensaje cristiano, convirtiéndolo en una forma de pensamiento mágico, especialmente en el culto a la Virgen y a los Santos y  marcando  la religión con el terror a la muerte y del Apocalipsis.

Aunque la cultura urbana se nutría en gran parte de la rural, e incluso, compartía con ella algunas formas de pensamiento, como el anticlericalismo, era evidente que ambas se alejaban cada vez más la una de la otra.

Los ritos del pueblo creaban incomprensión entre los eruditos y eran calificados de supersticiones por las mentes cultivadas. A pesar de ello, la cultura superior se hallaba asimismo impregnada de pensamiento mágico y los espíritus ilustrados también pensaban que el mundo estaba animado por fuerzas ocultas, la única diferencia era que los intelectuales utilizaban la astrología para explicar los misterios que no comprendían.

Nada hacia sospechar que aquel día, aparentemente igual a muchos otros, iba a resultar para Luca muy diferente a los demás. Regresaba a su casa después de una agotadora carrera a caballo, se sentía cansado pero satisfecho de su habilidad, pues había resultado vencedor absoluto y estaba ávido de disfrutar de una sabrosa cena que saciase el apetito que el ejercicio había despertado en su estómago.

Al doblar una de las esquinas de las estrechas callejuelas que conducían a su señorial mansión, la vio. Era una mujer de edad indefinida que caminaba en solitario por la empedrada calzada. Sus largos cabellos rojos formaban un rodete de trenzas sobre cada sien y su cuerpo esbelto se adivinaba semioculto bajo un burdo manto de tela enrollado sobre los hombros.

A pesar de su humilde atavío, caminaba erguida como una diosa y Luca pensó que era una lástima que una mujer que se movía de aquel modo estuviera escondida bajo tan groseras ropas. Con la fantasía exuberante del artista, la imaginó envuelta en brocados y terciopelos, ceñido su esbelto talle con un jubón breve recamado de perlas y adornando su tentador escote con collares de ágatas de cien colores.

Le dirigió unas palabras elogiosas para llamar su atención y al oírlas la desconocida levantó la vista para mirarle. En el momento en que Luca se vio reflejado en sus ojos, tuvo la inmediata convicción de que debía inmortalizar toda aquella belleza en un cuadro y aquella misma noche la llevó a su casa para que posase para él.

La mujer no opuso ninguna resistencia, ya que estaba acostumbrada a obedecer. Había nacido en un mundo en que los desheredados de la fortuna pertenecían en cuerpo y alma a los más afortunados. Vio el brillo del oro brillando en la mano del rico florentino y sin réplica alguna le siguió dócilmente como un perro que se deja conducir por su amo.

Aquello fue el comienzo de una extraña relación en la que Luca dejó volar su frondosa imaginación sobre los poros de la piel de la bella desconocida, a la que desde aquel mismo momento consideró de su pertenencia.

Las sesiones comenzaron aquella misma noche. El noble florentino le indicó donde debía reclinarse para posar y colocó con delicadeza la posición de sus brazos y de sus piernas mientras soltaba sus cabellos y la despojaba de las míseras ropas que la cubrían, dejando al descubierto sus senos, pero cubriendo con velos el resto de su cuerpo. Después, con febril ansiedad, se situó frente al lienzo desnudo que debía plasmar toda la belleza de aquel cuerpo que le fascinaba.

Trabajó en su obra durante toda la noche, sin poder detener su pincel, que parecía tener vida propia. Nunca había sentido la llamada de la inspiración de una forma tan rotunda, como si aquella mujer que horas antes ni siquiera conocía le hubiese traído con su presencia a todas las musas que tantas veces se habían negado a acudir a su llamada.

Ella permaneció horas enteras sin mover ni un solo músculo de su cuerpo mientras él la pintaba, como si toda su energía fuese trasladándose al cuadro y a medida que la pintura iba tornándose viva, ella aparecía cada vez más ausente, como si cada pincelada fuese arrancándole, poco a poco, la vitalidad.

El silencio era sobrecogedor, pero Luca sabía que cualquier sonido podía destruir la magia de aquellos momentos. En realidad tampoco le interesaba saber nada sobre aquella mujer, aparte de las curvas rotundas de aquel cuerpo turgente de sensualidad enloquecedora. Era su diosa, la misma Venus reencarnada en mortal que había venido a visitarle y a concederle la gracia de posar para él, despertando el genio que dormía en su interior. Sólo cuando la luz comenzó a irrumpir tímidamente en la estancia, Luca abandonó la paleta y los pinceles y se desplomó rendido a los pies de su modelo, quedándose profundamente dormido.

Entonces, la mujer se incorporó por primera vez y, poco a poco, fue tomando conciencia de su cuerpo olvidado. Le dolían terriblemente las extremidades y tenía frío. Sigilosamente, para no despertarle, se enrolló con sus viejas ropas que yacían en el suelo y se acercó a él para mirarle: era tan hermoso y tan elegante… A su lado había caído el turbante que ceñía su cabeza adornado con medallas y joyas, y admiró sus cabellos oscuros, rizados según la última moda italiana.

Después, observó con admiración su refinada casaca de mangas abiertas abotonadas y las ajustadas calzas partidas en dos colores. Nunca había visto a nadie vestido así y acarició las ropas de su traje. El suave tacto de la tela le produjo una sensación de deleite desconocido y de pronto sintió deseos de apretarse junto a él para compartir sus sueños.

Sin poder reprimir aquella llamada interior, se estiró a su lado y rodeándole con sus brazos, como si quisiera retenerle a su lado para siempre, también se quedó dormida.

Cuando Luca despertó, ni siquiera se sorprendió al verla junto a él, porque en su mente solo existía el deseo de comprobar el resultado de su trabajo. Apartó fríamente los brazos que le envolvían y se incorporó para colocarse tras el cuadro. Lo miró durante un largo rato, sopesando, midiendo, valorando con ojos críticos y objetivos, como si no fuera una obra nacida de sus propias manos.

Había esbozado un frondoso bosque en el fondo, pero sin dejar de considerarlo como un simple escenario para poner de relieve la acción humana, que en este caso era el sueño en vigilia de la mujer desconocida. La perspectiva de elevada técnica era insuperable, pero el protagonismo de la figura en primer plano era indiscutible. Sin embargo no tardó en darse cuenta de que la belleza de la obra no estaba a la altura de la belleza de la realidad.

Comprendió que una sola noche no bastaba para poder captar todo lo que él había visto en ella y que la inspiración engendrada en su alma debía de salir al exterior en forma de colores y de luces enredados en la cabellera de su pincel. Se sintió impotente y enfurecido consigo mismo y locamente preso de la pasión de la creatividad, la despertó bruscamente, arrancando las ropas que ella había colocado sobre su cuerpo aterido y obligándola a levantarse del suelo.

La mujer, obedeciendo la muda orden del hombre al que se sentía pertenecer, se incorporó rápidamente como un dócil animal y volvió a colocarse en la misma posición de la noche anterior. Aunque las mañanas de invierno en Florencia eran frías y todo su cuerpo tiritaba, no dejó escapar una sola réplica. A aquel cuadro sucedieron muchos otros, sin que Luca nunca acabase de sentirse satisfecho de ninguno.

Sus amigos vinieron a buscarle varias veces porque extrañaban su ausencia en las fiestas cortesanas en las, que el noble florentino era el centro de las más brillantes conversaciones, pero la puerta de su casa permaneció cerrada porque el mundo exterior pareció dejar de existir para los dos y las sesiones se repitieron ininterrumpidamente, día tras día, encerrados tras aquellas paredes.

Luca no sólo quería crear formas bellas sino que ambicionaba penetrar en la esencia de la belleza. Aunque sus cuadros, que poco a poco, se iban amontonado sobre las paredes, estaban impregnados de un desbordante sensualismo en el color y en la forma, nunca lograban plasmar la esencia de aquella mujer, a la que jamás había hablado ni tocado.

No podía hacerlo, porque Luca como hombre de su tiempo intentaba conciliar el mensaje antiguo y el mensaje cristiano, reflejando en su obra la coexistencia del placer carnal con una fe profunda, que le hacía ver en su modelo la representación del placer humano, pero también del misticismo divino. Sólo la quería viva en su cuadro, pero no sólo en cuerpo, sino también en espíritu.

Hasta que un día, y cuando ya el pintor desesperaba de su empeño, el alma de la mujer penetró en el lienzo. De pronto se dio cuenta de que su obra estaba terminada, que ya nada más se podía añadir y su pincel se quedó inmóvil y su angustia le abandonó.

Entonces, volvió a cobrar el sentido de la realidad. Rápidamente abandonó la paleta y se acercó a ella observándola detenidamente: parecía dormida.

De pronto, se alarmó al no advertir su respiración y en un instante comprendió lo sucedido. Había estado tan enfrascado en su obra que se había olvidado que ella era también era una mujer como las demás. Advirtió que las llamas de la chimenea hacia tiempo que se había apagado y que el frío húmedo que reinaba en la estancia había actuado como un afilado cuchillo clavándose en la fina piel que no llevaba más abrigo que unos velos que apenas la envolvían con sus transparencias.

De pronto, sintió las punzadas de hambre acompañando su conciencia y mordiendo su estómago con rabia y se dio cuenta, con horror, de todos los días y noches que ella no había llevado un simple bocado a sus labios.

Pero ya era tarde: la desconocida había muerto de inanición y de frío ante sus propios ojos sin que él, obsesionado por captar su espíritu, lo hubiese advertido.

Y entonces, el pintor que nunca le había hablado, le dirigió por primera vez una sola palabra que resumía toda su pena, su arrepentimiento y también su felicidad:

-  Gracias.

Pero ella ya no pudo contestarle, porque hasta el último aliento de su vida le había sido robado para llenar su obra con la belleza de su alma.

Luca comprendió que ella había aceptado morir para vivir eternamente en su cuadro, el mejor cuadro que jamás había pintado y el último cuadro que volvería a pintar jamás.

 

Isabel, la confesión

marzo 1, 2011 under Relatos de Historia

Era una mujer de mediana edad, no demasiado alta y bien proporcionada. Su tez blanca estaba enmarcada por una cofia oscura que casi ocultaba su cabello de un rubio descolorido; los ojos pequeños y vivos, entre verdes y azules, se hubieran perdido entre tanta palidez, sino hubiera sido por su brillo de acero metálico y parecían no mirarle a él, sino a un objetivo invisible.

 

 

Más incluso que su real presencia, fue aquella mirada la que le asustó de veras al pobre fraile y ambos se quedaron observándose, como si esperasen algo el uno del otro. Después Fray Fernando dijo simplemente: Arrodillaos, Señora.

Entonces, la soberana habló y su voz sonó como una campana en la estancia silenciosa: Nunca me arrodillaré ante vos, si vos no lo hacéis también ante mí. No olvidéis que soy la reina.

Fray Fernando se quedó por unos momentos sin palabras, no esperaba aquella falta de humildad, pero ante semejante arrogancia, el fraile encontró la réplica justa: Majestad, yo represento a Dios en el Tribunal de la Penitencia y Dios, como rey del Cielo, no puede hincar la rodilla ante ningún rey de la Tierra.

Isabel pareció haber recibido un golpe, porque se estremeció. Nadie se había atrevido a contradecirla, sólo permitía ser replicada por su esposo, Fernando, con quien después de su matrimonio había pactado compartir el título y el mando, pacto que simbolizaron ambos en aquellas palabras que unidas al yugo y a las flechas se hicieron grabar bajo sus respectivos escudos: Tanto monta, monta tanto.

Sin embargo no se indignó, al contrario, le había sido sumamente grato el valeroso rasgo del fraile, tanto, que comprendió que aquel era el confesor que había estado buscando durante mucho tiempo, un confesor digno de ser el suyo. El anciano, con su entereza y dignidad, había ganado de golpe toda su confianza, hasta el punto de hacerle sentir irreprimibles deseos de liberar por fin su alma de los pecados que jamás había osado confiar a ningún sacerdote por temor a que no supiera guardar el secreto sagrado de la confesión.

Había vivido durante años con aquellas ocultas culpas pesando en su alma como piedras de molino. Ahora y por primera vez, un ministro de Dios le parecía lo suficientemente integro para confiar en él, y sin añadir palabra se arrodilló dispuesta a iniciar la confesión de sus pecados.

La voz de la reina hablando en susurros a su oído parecía confundirse con el crepitar del fuego que se consumía lentamente. Era una tarde del año 1495.

- Padre, yo me acuso de haber pecado hace ya mucho tiempo y aunque me he confesado de otras faltas cometidas después, éstas primeras quedaron en el fondo de mi corazón sin haber sido perdonadas. Como fue que he tomado la comunión muchas veces con ellas en la conciencia, el pecado ha sido cada vez mayor, hasta llegar a tal proporción que ya no sé si seré digna de la absolución de mi culpa.

La reina hizo una pausa, como si no se atreviese a continuar. Fray Fernando esperó pacientemente sin decir nada, invitándola a seguir con su silencio y entonces, ella incapaz de retener ya más lo que había estado reprimido durante tanto tiempo, prosiguió: Padre, me acuso de ocupar un trono que por derecho no me pertenece.

Y después de aquellas palabras, las demás acudieron a sus labios como un torrente imparable.

- Vos debéis saber lo que se contaba de mi hermanastro Enrique sobre su impotencia, hasta el punto que por esta causa, su propia esposa Juana de Portugal solicitó la nulidad de su matrimonio; pero parece ser que la clase de impotencia que Don Enrique padeció no fue en absoluto total y pudo permitirle alguna relación aislada, porque la reina dio a luz a dos hijos y una hija, llamada Juana, apodada despectivamente la Beltraneja, porque decían que Beltrán de la Cueva era el supuesto progenitor de aquella criatura. Yo, y muchos otros, sabíamos que éste no podía ser el padre, pues la falta que se le reprochaba a la reina databa sólo de un año y hacía mucho más que la princesa había venido al mundo.

Creo que recordareis que los castellanos indignados se sublevaron al ver educar a Juana, supuesto fruto de un adulterio, para que le sucediese en el trono. Enrique, siempre débil y juguete de intrigantes, nombró entonces heredero a su hermano Alfonso, aunque bajo la condición de que se casaría con ella.

Poco después murió Don Enrique y yo recogí sus últimas palabras en su lecho de agonía; en ellas declaraba solemnemente la legitimidad de su hija Juana, pero yo las callé para mí e hice como si no las hubiera nunca escuchado, proclamándome rápidamente Reina.

Aquí Isabel, hizo de nuevo una larga pausa, como si tuviera que tomar fuerzas para continuar hablando; cuando al fin lo hizo, su voz sonó distinta, como cargada de un sentimiento de odio mezclado con desprecio.

- Pero la Beltraneja- como la llamaba ahora- tenía sus partidarios, que eran mis enemigos, entre ellos el mismo rey de Portugal, antiguo y desairado aspirante a mi mano. Éste también pretendía mi reino y para ello se desposó con Juana y declaró la guerra a Castilla. Mi esposo el rey, y yo misma, le hicimos frente en la batalla: Fernando como capitán de los soldados y yo como estratega en la retaguardia. Una vez vencido el rey de Portugal y mientras mi amado esposo recogía toda la gloria de la victoria, yo me ocupaba de otros menesteres aún más importantes, aunque desconocidos para todos.

Decidí apartar a Juana de mi vida, aunque sin perderla tampoco de vista. No por ella misma, que era, igual que su padre, un pobre e insignificante ser que se dejaba llevar por las circunstancias como un muñeco, sino porque preveía que un enemigo potente podía jugar la carta de la Beltraneja como se juega un comodín.

La solución que se me ocurrió fue recluirla en un convento, porque pensé que así la tendría siempre controlada, y aprovechando una crisis de desmoralización de la muchacha, cansada de que su persona y la circunstancia de su procreación fuesen utilizadas como arma política según los intereses del poder, la convencí de que renunciase al trono para siempre, y amenacé a las autoridades eclesiásticas con las más severas sanciones si la dejaban salir del convento.

Para que jamás se descubriese que yo me había aprovechado del desánimo de aquella pobre alma, puse especial empeño en que constara en los papeles del convento de Santa Clara, que la Beltraneja había tomado el acuerdo de hacerse monja por su propia voluntad.

Y allí es donde la desgraciada de transcurrir tristemente sus días y esa es la forma en que yo, Isabel reina de Castilla, he pisoteado su porvenir y el trono, que como he dicho al principio de esta confesión, es a ella a quien por derecho pertenece.

Esta verdad, que sólo yo, Juana, y ahora Vos conocéis, no me deja vivir en paz, y aunque no he vuelto a verla, sueño cada día con su triste rostro, encerrado tras las paredes de su celda y los remordimientos por la injusticia cometida con aquella infeliz me roban la alegría de vivir.

El fraile había escuchado sin hablar la confesión real con tanta atención como asombro, porque de todos era sabida y conocida la virtud y la honestidad de la reina, según se decía la mujer más recta e inflexible de Castilla. No estaba en su mano juzgarla porque eso sólo correspondía a Dios y a Dios invocó piadosamente para hablar en su santo Nombre. Permaneció unos minutos en silencio esperando la iluminación, hasta que el Señor efectivamente puso en su boca las temidas palabras:

- Hija mía, el único modo de recobrar la paz de tu conciencia, es devolver el trono a su verdadera dueña.

Isabel, que había esperado conteniendo los latidos de su corazón a que el sacerdote hablase, dio rienda suelta a su indignación al escuchar lo que jamás hubiera deseado oír.

-¿Pretendéis decir que yo, la reina de Castilla y Aragón, que he podido conseguir junto a mi esposo la unidad de los reinos y he reducido a la obediencia a los nobles y grandes señores, obligándoles a devolver a la corona las tierras que de hecho le pertenecían. Yo, que he hecho posible, tras innumerables esfuerzos políticos y económicos, hacer posible el descubrimiento de las Indias, apoyando al intrépido navegante Cristóbal Colon, a quien nadie, excepto yo misma, daba un voto de confianza. Que he sido una amante de mis súbditos, hasta el punto de preocuparme también de darles un esplendor intelectual nunca conocido. Que he tenido a mis cinco hijos uno tras otro, en medio de guerras y constantes campañas en pos de la grandeza del reino y los he casado con los reyes más poderosos de Europa, sacrificando su voluntad. Que he librado a la Iglesia y a los cristianos de la nefasta influencia de los judíos, ordenando la expulsión de los mismos del país y creando el Santo Tribunal de la Inquisición para la persecución de herejes peligrosos para la fe de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Vos pretendéis que yo, que tanto he hecho en nombre de Dios, en ese mismo nombre entregue a esa mujer sin carácter todo lo que me ha costado semejante esfuerzo?.

-Majestad, yo sólo hablo en nombre de Jesucristo y a Él poco le importan los bienes de la Tierra. Es vuestra alma la que está en juego y ella es más importante que todo el poder y toda la grandeza del reino-.

La blanca tez de la reina, perdió su fantasmal palidez y se tornó roja de indignación a medida que escuchaba las palabras de Fray Fernando, toda su admiración y confianza se había truncado en furia desmedida y maldijo el impulso que la había llevado a hacerle partícipe de sus más íntimas confidencias, sin tener en cuenta que él como hombre, nada tenía que ver con la figura divina que representaba.

- Padre, Dios está muy alto, pero el bien de mi patria es para mí, más alto todavía. Si Él no puede comprender el porqué de mis actos y perdonarlos, prefiero vivir en pecado pero ser reina, que ser una mujer justa pero sin corona.

- Hija mía, nada puede ser más alto que la palabra del Señor, pero si ésta es tu decisión, yo no puedo darte la absolución para tus pecados.

La tensión parecía poder cortarse con un cuchillo. Con arrogancia se levantó Isabel del suelo, dejando al fraile arrodillado a sus pies. Le miró con desprecio, después giró la espalda con brusquedad y salió de la habitación haciendo crujir las ropas de su austero traje mientras se alejaba.

Fray Fernando de Talavera se quedó solo y de rodillas en medio de la estancia desierta, con las paredes como único testigo de aquella conversación, pensó entonces que las paredes no podrían contar nunca lo que habían escuchado, pero tuvo el presentimiento de que sus días como confesor de la reina habían terminado.

 

Acababan de darle la extremaunción, la reina estaba agonizando. Sólo tenía cincuenta y cuatro años, aún era joven para morir, pero la mujer que no había flaqueado ante las preocupaciones de los más arduos negocios de estado y las mayores fatigas corporales, sucumbía al acerbo dolor de ver morir a sus hijos uno tras otro. En sus últimos momentos aún tuvo la suficiente fuerza de espíritu para exigir al sacerdote que al ponerle los óleos sagrados lo hicieran bajo las sábanas, pues su pudor no permitía enseñar los pies desnudos.

Fernando, su esposo, que estaba a su lado, pensó que era lógico que no quisiera mostrarlos a nadie, puesto que él no los había podido ver nunca, como tampoco el resto de su cuerpo.

El rey comprendía que iba a perder a su mejor compañera, pero también a su peor amante. Como marido, jamás había podido disfrutar de su áspero cuerpo, por eso había buscado calmar su sed en otros cuerpos más complacientes a lo largo de todo su matrimonio. Isabel, inteligente y astuta, no sólo le había pagado sus infidelidades con la más intachable lealtad sino que había colmado de regalos a sus enamoradas, las casaba y las enviaba lejos, bien lejos…

Aquella manera de comprender sus debilidades de la carne, siempre le llenó de respeto hacia su esposa. También la había admirado porque ella era mejor estadista, mejor político, mejor soldado y mejor estratega que él mismo, pero lo que nunca podría perdonarle, es que ella fuese mejor rey que el mismo rey.

 

Juana la Beltraneja se sentó al lado del lecho de la moribunda mirándola con sus ojos grandes y soñadores. Desde su nacimiento Isabel había odiado aquella mirada abúlica en su rostro dulce, lleno de la característica melancolía que tan parecida la hacía a su padre Enrique y que hacía clara la legitimidad de su origen.

Isabel se dio cuenta de que Juana no podía estar allí con los demás, porque hacía ya varios años que había muerto en el monasterio donde ella misma la había recluido y entonces comprendió que Juana había venido desde el Más Allá para pedirle cuentas en el lecho de muerte. La reina sabía que tenía una deuda y que si no era saldada antes de morir, le impediría franquear las puertas del Paraíso. Con voz velada por la fiebre se dirigió al fantasma creado en su culpable imaginación.

- Juana, yo te dejo mi reino en mi muerte, ya que te despojé de él en vida.

Pero Isabel estaba tan acostumbrada a mandar, que hasta aquella última súplica parecía una orden.

Juana inclinó la cabeza en un deje contemplativo y le contestó con suave voz:

- Donde yo estoy, Isabel, ya no necesito un trono, porque ese reino que me arrebataste ya me ha sido devuelto en el Cielo. Allí no tengo corona, ni castillos, ni vasallos, ni soldados, pero tengo algo que tú no tuviste y que nunca tendrás: paz.

Tú has sido reina en la tierra pero ahora en el infierno penarás eternamente, del mismo modo que yo pené al entrar tras los muros del convento donde me condenaste a vivir de por vida. Ese es el precio que pagarás por tu ambición.

 

En el mismo momento en que Isabel intentaba retener a Juana a su lado, el último aliento escapó de sus labios. El médico real que había estado atento a los movimientos de la soberana, se acercó al lecho y tomó una de sus manos para comprobar si la vida había abandonado su cuerpo. Después se dirigió hacia el gentío que llenaba la habitación, ávido de presenciar sus últimos momentos y dijo con voz solemne: La reina ha muerto.

Y mientras estas palabras todavía resonaban en los oídos de todos los presentes, el alma de aquella mujer se escapaba veloz por el hueco de uno de los ventanales de la alcoba en pos de su próximo destino, que sólo Dios podía conocer.

 

 

Paolo, la humildad

febrero 4, 2011 under Relatos de Historia

 

La gente le seguía y como predicaba con el ejemplo de sus virtudes, contrastando con el orgullo y la pompa de la sociedad de la época, estaba devolviendo al pueblo parte de la fe que había perdido por causa de la corrupción de la Iglesia, cuyos obispos habían adquirido grandes riquezas.

Así había nacido aquel nuevo vivo espíritu religioso y Francisco de Asís, que también se hacía llamar Caballero de Cristo y de Dama Pobreza, era su mejor representante.

Paolo, siempre sintió curiosidad por conocer a un hombre así. No sabía sí se trataba de un loco o de un santo, pues renunciar a las comodidades de la vida material podía resultar muy poético, pero a la vez también muy difícil; sólo una personalidad extraordinaria podía conseguirlo y ahora se le presentaba la ocasión de averiguar por sí mismo como era realmente aquel curioso monje que intentaba transformar a la sociedad mezclándose con sus miembros y dando a conocer la verdadera moral cristiana.

Decían que la doctrina que predicaba era tan bella y conmovedora como el canto de un pájaro y que todos los animales de la Tierra eran sus amigos e incluso que hablaba con ellos y estos parecían entenderle. Sí, iría a escucharle e intentaría hablar con él. Necesitaba comprender el porqué de aquella insólita conducta basada en la más estricta pobreza, caridad y amor a todos los hombres. Paolo, pertenecía a una nueva clase social, la burguesía, que había tomado su nombre de los burgos o arrabales de las ciudades donde vivían, y todo aquello le parecía muy bonito para ser contado por los trovadores en las aburridas reuniones de un castillo, pero muy difícil de realizar.

Después de las Cruzadas, el comercio y la industria había renacido en Europa, las ciudades se habían hecho poderosas y los reyes habían dado autorización para que se gobernasen a sí mismos mediante consejos municipales.

Paolo, había trabajado mucho para conseguir el bienestar económico del que disfrutaba. Poseía un taller de joyería muy conocido y sus hábiles operarios daban forma color y textura a las pequeñas piezas de oro y plata, y a las gemas preciosas. Importantes patricios que gobernaban la ciudad se contaban entre sus mejores clientes, vivía en una cómoda casa, y su mujer disponía de trajes confeccionados con exquisitas telas y sus hijos disfrutaban también de una esmerada educación.

Había alcanzado todas las metas que se había propuesto en la plenitud de su vida, debía pues considerarse un hombre feliz. Sin embargo, en su interior experimentaba una extraña desazón, y a veces, se sentía terriblemente inquieto; era la sensación de no saber si todo lo que en la vida le había costado tanto esfuerzo conseguir era verdaderamente importante para él.

Había tenido que trabajar tanto para obtenerlo, que casi no le había quedado tiempo para disfrutarlo. Estuvo siempre tan ocupado intentado que los suyos tuvieran toda clase de bienestar que no había podido ni ver crecer a sus hijos. Y en cuanto a su fiel esposa Giovana, dominado por la fiebre del poder y del dinero, apenas sí le había dedicado un poco de su tiempo.

Sentía curiosidad por conocer a aquel ser diferente que predicaba hallar la felicidad en la pobreza, debía ser un Santón charlatán, porque nadie puede encontrar la paz cuando no se dispone de lo necesario para vivir holgadamente, pensaba.

Paolo, se apartó de la ventana. Había tomado la decisión de no perderse aquella oportunidad de ver a Francisco de Asís, pero no se lo diría a nadie, ni siquiera a su mujer. Iría solo, aquella necesidad de conocerle pertenecía a su alma y no podía compartirla ni siquiera con los que amaba.

Aquella misma tarde salió del taller un poco antes para dirigirse a la Plaza mayor, donde sabía que el fraile iba a predicar y sin comentarlo con nadie encaminó allí sus pasos. El sol lucía en lo alto del Cielo de la ciudad de Pádua, cuando Francisco con sus hermanos frailes minoritas, como se hacían llamar para mejor testimonio de humildad, se dirigieron también a la Plaza Mayor.

El número de seguidores del fraile había aumentado tanto que por donde pasaban dejaban en el lugar un buen número de adeptos que, como ellos, se dedicaban al culto del Señor y practicaban el ejemplo de la virtud. Pero Francisco nunca se quedaba en ningún lugar, continuaba con su vida de prédica de un sitio a otro, dejando a su paso un rastro de amor para todos los seres, hombres y animales, como un segundo Jesucristo.

Paolo, tropezó con él cuando iba a cruzar la calle. Francisco caminaba mirando a la gente y les sonreía con los ojos. La luz que despedían se reflejaba en los de todos los que a su paso le aclamaban, y aquella mirada le estremeció. Entonces comprendió que sí había algo importante para él en la vida estaba a punto de descubrirlo.

Cuando Francisco se detuvo en el centro de la plaza se hizo un silencio absoluto. Paolo, había intentado colocarse lo más cerca posible de él, pero solo consiguió un lugar donde apenas podía verle.

Mientras miraba al gentío reunido en la plaza, pensó con escepticismo que aquella sociedad podía mezclar las cosas más groseras con la más sincera piedad. Era grande el amor de Dios, pero no menor que el temor al diablo. La religiosidad era sincera, pero la ignorancia hacía que ésta derivase en supersticiones y las mismas personas que esperaban impacientemente escuchar las palabras de Francisco eran también las mismas que presenciaban con jolgorio y brutalidad el ritual de mutilación y ceguera en la famosa fiesta de los locos.

Una voz juvenil clara y alegre interrumpió sus pensamientos:

- Hermanos, la vida es algo que empuja hacia arriba porque es arriba y no abajo donde esta la realidad mas sólida, y esta roca donde apoyamos los pies es el Cielo. Alabemos al Señor, su creador con todas su criaturas. A nuestro hermano sol, que nos trae el día y la luz. A nuestro hermano el viento, que nos trae calmas y tempestades con las que nos sustenta. A nuestra hermana agua, tan útil y humilde, tan preciosa y limpia. A nuestro hermano el fuego, que ilumina la oscuridad, poderoso y fuerte, y a nuestra madre la tierra, que nos guarda y también nos da frutos y flores de muchos colores. Todo sea alabanza y gloria a Ti excelso y omnipotente Señor.

Aquellas palabras sencillas le cautivaron desde el principio. Se quedó escuchando toda la prédica con gran atención y cuando el fraile hubo terminado de hablar, Paolo, tomó una decisión firme e irrevocable: lo dejaría todo, absolutamente todo, y se marcharía tras los pasos de aquel hombre extraño, hasta averiguar el secreto de aquella felicidad que irradiaba de aquel personaje que no poseía absolutamente nada a parte de sí mismo.

En realidad, no era una decisión tomada sin reflexión. Hacía ya tiempo que aquella idea estaba dando vueltas en su cabeza, porque se daba cuenta que cuando más cosas acumulaba menos poseía en realidad. Era una decisión tomada tras un infierno de dudas, vacilaciones y preguntas sin respuestas que le habían atormentado durante los últimos años, pero fue aquel día, un día aparentemente como tantos otros, cuando de repente halló la salida al tortuoso laberinto, del cual le pareció que no iba a salir jamás. Cuando Francisco abandonó la ciudad para seguir recorriendo Italia, entre los nuevos seguidores estaba Paolo.

 

Durante los últimos cinco meses, la comunidad atendió leprosos y construyó iglesias con sus propias manos, siempre subsistiendo milagrosamente gracias a la caridad de los fieles, siempre predicando el arrepentimiento, la pureza y la perfección moral, la caridad sin límites y la hermandad entre todos lo pueblos de la tierra. Su única regla era la que Cristo dio a los Apóstoles: Id y predicad; curad a los enfermos; limpiar a los leprosos; dad con creces lo que con creces habéis recibido.

Paolo y la comunidad hacían vida de ermitaños, vivían en chozas cerca de la leprosería y para su sustento dependían de lo que pudieran ganar como jornaleros en granjas y viñedos.

A su lado, Paolo, aprendió a observar con atención pequeños detalles que antes le pasaban desapercibidos: el paso de un insecto, el vuelo de los pájaros, los cambiantes colores de las hojas de los árboles, el murmullo de la hierba agitada por el viento. Aquellas cosas que antes no existían para él, ahora le fascinaban, porque las captaba como si nunca las hubiera visto antes y en efecto era así, o a lo menos no las había percibido como realmente eran, sino deformadas a través de sus propias preocupaciones, ambiciones y deseos. Ahora veía el cielo y escuchaba cantar a los pájaros, respiraba el aire de la libertad que da no poseer nada más que la propia vida y vivía el presente a cada instante.

Cuando finalizaban el trabajo, los monjes daban largos paseos por el campo, no solían llevar los ojos fijos en un breviario, sino que a menudo, alzaban la vista del suelo y cantaban. Sus conversaciones discurrían casi siempre sobre las flores del camino o el canto de las alondras, pero Paolo no hablaba apenas con nadie sino era con Francisco. Con frecuencia, éste sentía la necesidad de refugiarse en el seno de la naturaleza y buscaba un bosque apartado o se sentaba solo en una colina, a la orilla de un río, rodeado de toda clase de animales que sin temor alguno buscaban su compañía. Entonces, Paolo, se acercaba y él le explicaba todos sus pensamientos, porque Francisco siempre encontraba un momento para escucharle, él le entendía y a su lado todo era fácil y sencillo.

Paolo, había estado siempre demasiado ocupado  viviendo la vida que la sociedad de su época había planeado para él, pero se daba cuenta de que la vida que deseaba no tenía nada que ver con todo ello. Poseer y atesorar cosas nunca le dio la satisfacción que sentía ahora dando un simple paseo por el campo, adormeciéndose al sol que calentaba la tierra y sintiendo la caricia del viento en la cara, todo aquello podía parecer insignificante, pero no lo era, porque le hacía sentir feliz y por lo que tanto había luchado nunca lo había podido conseguir.

Entre otras cosas, aprendió que intentar retener a la felicidad es como intentar atrapar una voluta de humo que siempre se escapa. Allí, viviendo con la comunidad, un día era aparentemente igual a otro, pero el pasado y el futuro se unían en un largo día distinto a todos. Aprendió a vivir en el ahora.

Una mañana, Paolo, se levantó antes que el sol y se dio cuenta de que debía regresar. Se dirigió como de costumbre en busca de Francisco, pero cuando lo halló no tuvo necesidad de decirle nada, porque como sí hubiera leído sus pensamientos, éste le dijo simplemente: – Ve en paz y que Dios te guíe.

Paolo emprendió el regreso. Mientras caminaba de vuelta a su hogar pensó que ya no tendría que volver a dejar a los suyos nunca más. Había encontrado lo que fue a buscar. La paz estaba en su interior.

 

Ricardo Corazón de Leon

enero 10, 2011 under Relatos de Historia

 

Sus ideas no se adaptaban en absoluto a las de sus contemporáneos de su mismo rango y decidió solucionarlo como pudo, o sea viviendo como le gustaba, aunque no le correspondiese hacerlo así. Se hallaba en su elemento cuando corría aventuras y como las aventuras de un rey en su propio país son siempre demasiado peligrosas y fáciles, Ricardo había decidido organizar una Cruzada a Oriente al lado de Felipe Augusto de Francia y Federico I de Alemania.

Sin embargo y para proporcionarse el dinero necesario para semejante empresa, cometió en nombre de Dios enormes injusticias, expulsó a los antiguos ministros de la corte de su padre y renovó antiguos impuestos. Aunque lo peor de su gobierno fue que no darse cuenta de que tras él no quedaba en Inglaterra nadie capaz de sustituirle en su largas ausencias, circunstancia de la que su propio hermano Juan, envidioso del aire de leyenda que envolvía a Ricardo, no tardaría en aprovecharse. Hubiera sido un excelente príncipe de Gales porque había nacido para ser un perfecto irresponsable, un hijo de familia, un príncipe encantado, pero era un mal rey para Inglaterra por la poca importancia que le daba a ser rey.

Los dos monarcas Ricardo de Inglaterra y Felipe II de Francia se reunieron en Vezalay para oír juntos misa en la basílica de Santa Magdalena y partir a continuación para Marsella. Allí, ambos tomarían rumbo hacia las tierras de Oriente para reunirse en Sicilia con Federico I de Alemania.

Aunque muy distintos entre sí, los dos eran muy jóvenes y se habían hecho cruzados más por amor a la gloria que por devoción. Ricardo estaba lleno de espíritu de caballería, pero era poco hábil en el arte de la guerra, más pródigo que generoso, soberbio a la par que  obstinado e inconstante,  necesitaba imponer su voluntad en todas partes. Por el contrario Felipe era frío, calculador e intrigante.

Se habían tomado serias medidas para reprimir los excesos de la muchedumbre que los seguía. Cada injuria inferida fuese la que fuese estaba tasada en una onza de plata. A los ladrones se les rapaba la cabeza y después de verter sobre ella agua hirviendo, se la cubría de plumas que quedaban adheridas a la misma dándoles un aspecto ridículo delatando su condición y provocaba la mofa de todos. Si alguien se atrevía utiliza la espada y hería a otro en disputa perdía la mano como castigo.

En cuanto al crimen, el asesino era atado al cadáver de su víctima y arrojado al agua sin compasión. También se prohibió tajantemente que las mujeres siguieran a sus maridos o a sus amantes y los hombres no podían entregarse a los juegos de azar a excepción de las reyes, los caballeros y los clérigos que gozaban de plena libertad.

Los caballeros de ambos bandos vestían cotas de malla pintadas en colores  rojo, verde, azul o negro. Encima de ellas se colocaba la cota de armas al fin de resguardarlas del sol y de la lluvia, las cuales llegaban hasta las rodillas e incluso algunas llevaban mangas. El yelmo, cilíndrico, representaba la mayor protección y estaba adornado con piedras preciosas y flotantes flecos, rematándolo con un cuadro de terciopelo, cuando no les era posible hacerlo con una corona.

Todos blandían lanzas al nivel de la cadera de unos tres metros de longitud cuya punta de hierro tenía la forma de una hoja de sauce, pero  el caballero disponía de una segunda espada colgada de la parte delantera de su silla.

En medio de toda aquella algarabía que representaba la partida a lejanas tierras, el verdadero espíritu de la cristiandad se perdía entre el espíritu de aventura de algunos, la ambición de muchos y la desesperación de unos pocos…

Los tres reyes llevaban casi dos años de sitio, ocho batallas y más de noventa encuentros sin haber podido reconquistar la ciudad de Jerusalén, ganada por el sultán de Egipto, Saladino, en 1187 y ya había perecido allí suficiente ejército como para haber sometido a toda Asia.

Sus hombres estaban cansados y Ricardo se había visto obligado a pactar un armisticio con el Sultán para recuperar la moral de los soldados. La contienda se convirtió entonces en un combate entre los mismos reyes que casi nunca estaban de acuerdo en nada y los cruzados olvidaron a veces la causa común que los unía para guerrear entre sí, ayudando a uno u otro. Así que mientras los unos subían al asalto, los otros permanecían como simples espectadores.

Cuando aún no se habían repuesto del estupor que les había causado el hallar ahogado en un río a Federico de Alemania, la mala insalubridad de la atmósfera hizo caer enfermos de paludismo a los dos monarcas restantes, que tuvieron que detener forzosamente las luchas entre ellos y contra los musulmanes.

El propio Saladino, que defendía la plaza contra los ejércitos cristianos, demostró ser tan caballero que los propios caballeros cruzados, dándoles una magnánima tregua de cortesía y enviándoles gentilmente médicos y refrescos para aliviar sus horas de larga enfermedad.

Ricardo se repuso pronto, pero Felipe quedó muy debilitado y parecía una sombra de si mismo, había perdido el pelo y adelgazado mucho. La Cruzada había dejado de una atrayente aventura para él y sin inmutarse de los sarcasmos de sus soldados y caballeros, se decidió apostar por su vida en lugar de la gloria y dejar la expedición en manos del rey inglés.

Era un caluroso día del mes de Julio del año 1191, cuando Ricardo vio partir a las naves del rey de Francia. La mayoría de sus hombres quedaron en tierra para alinearse a las ordenes del Ricardo Plantagenet, que después de la vergonzosa deserción del rey francés, quedó solo ante la gran empresa y rodeado de un deslumbrante halo de heroicidad.

Mientras veía empequeñecerse lentamente las naves, pensó que en el fondo envidiaba a Felipe, la gloria futura sería para Ricardo, pero la felicidad presente navegaba junto a la figura del rey francés en la cubierta el barco que le llevaba de vuelta a su hogar.

Enjugó el sudor de su frente que hacía brillar su blanca piel, delicada y suave como la de un niño. Su constitución anglosajona hacía que el calor húmedo de aquellas latitudes se le hiciera verdaderamente insoportable.

Sin apartar la vista del mar, sus pensamientos comenzaron a ir mucho más aprisa que las embarcaciones que se alejaban y llegaron hasta la mismas costas de Inglaterra. Ante él apareció nítidamente una imagen de mujer con el cabello en llamas, partido por una raya encima de la frente despejada y cayendo en dos mitades sobre los hombros como una cascada de fuego. No recordaba su nombre, ni su rostro, pero si recordaba la pasión ardiente de sus caricias entre las sabanas tibias del lecho. De hecho todas sus amantes tenían la misma cara, solo variaban sus nombres, sus edades y el color de sus cabellos, pero para él todas eran iguales, había pensado en aquella como hubiese podido pensar en  cualquier otra, quizás había sido la última:

Aquello le asustó…¿cuando había sido la última vez que había estado con una mujer?…Se sobresaltó alarmado y olvidó de inmediato la retirada del rey francés, los barcos que se alejaban, el calor y toda la campaña corta los musulmanes, era como si su cuerpo se hubiese despertado de repente después de una gran pesadilla, en la que solo habían sido los protagonistas la guerra y el sufrimiento. Tenía que encontrar una mujer, fuese como fuese… necesitaba el contacto de una piel femenina, el calor de una pasión aunque fuese efímera y comprada… y dando media vuelta abandonó aquel lugar dirigiéndose a su tienda con pasos rápidos y decididos.

Saladino vestía sencillamente, no bebía más que agua y oraba con exactitud a las horas señaladas. Casto para Musulmán, sabía dominar sus pasiones hasta el punto que le convenía para avasallar a los demás. Aunque su lectura favorita era el Corán, que leía hasta a caballo mientras guiaba sus tropas al ataque, era un hombre culto que conocía la lengua de los ingleses.

Después de haber leído el mensaje que le trajo uno de sus escuderos, sonrió satisfecho mirando el papel entre sus manos. Aquella carta le daba una magnifica ocasión de dar una lección al orgulloso Ricardo. Había tratado de descubrir inútilmente cual podía ser el punto débil de su especial enemigo y ahora sin ningún esfuerzo la solución había llegado milagrosamente escrita por él mismo.

Se dio cuenta de que el ingles había contraído una nueva enfermedad, la lascivia y dijo en voz alta: Le ayudaré a curarse, de la misma manera que lo hice cuando contrajo el paludismo.- añadiendo después en un susurro para que el escudero no pudiera oírle.- Pero esta vez el remedio acabará con él…

Se suspendieron todas las escaramuzas durante unos días para celebrar torneos festivos en honor a la heroicidad de Ricardo, a los cuales fueron invitados los mahometanos con todas las cortesías caballerescas propias de estos actos y se ostentó una relajación suntuosa, donde trescientas mujeres llegaron de Chipre para hacer alarde y tráfico de sus encantos.

Entre ellas una, la más exquisita, fue escogida especialmente por Saladino para ser destinada a Ricardo. Este, satisfecho, no quiso verla antes de tiempo, confiaba en el buen gusto de su rival y anfitrión y esperó pacientemente a que acabase la fiesta, para conocerla. Cuando llegó la noche y se retiró a su lujosa tienda  encontró a la mujer esperándole…

La cruzada continuó de nuevo a partir de aquel día, las flechas de los musulmanes se clavaban en los escudos de cuero de los soldados cristianos, dándoles un grotesco aspecto de puerco-espín. Ya no era una devoción ciega lo que impulsaba a cometer tales empresas, sino los sentimientos de la caballería, sucediendo que al día siguiente de una encarnizada batalla, se veían sentados en la misma mesa al Ingles y al Curdo y se prodigaba al prisionero tantos miramientos como golpes había recibido al caer del caballo.

A pesar de que los musulmanes defendían la ciudad de Tolemaida como el león defiende su guarida de otro león extranjero, ésta capituló al fin y Ricardo pidió a Saladino. como vencedor, restituir el madero de la Cruz y 600.000 prisioneros, a parte de 200 monedas de oro.  Accedió el sultán, pero Ricardo no se sintió todavía satisfecho y pidió también algo más, a la hermosa mujer que cada noche compartía su lecho. Insólitamente esto le fue negado y como el rey ingles insistió, siguió recibiendo negativa tras negativa.

Un anochecer noche la bella chipriota dejó de acudir a la cita, Ricardo la aguardó en vano noche tras noche y cuando comprendió que ya nunca volvería verla, quiso vengarse de Saladino y en su desesperación hizo degollar a 2.000 musulmanes desarmados.

Ninguno de sus hombres comprendió aquella actitud  tan inesperada y cruel. Parecía como si el odio y la ambición se hubiesen apoderado de él desde la noche que durmió por vez primera con la desconocida, aquella mujer que le aguardaba en la intimidad de su tienda y que había seguido aguardándole  durante toda la campaña.

Era la primera vez en la vida del joven rey Ricardo que una amante no era desbancada rápidamente por otra y sus allegados se preguntaban que clase de mujer sería la que había ejercido semejante fascinación sobre él rey, pero nadie la había visto nunca porque cada mañana abandonaba los aposentos reales completamente oculta por un velo que la cubría hasta los pies. Solo Saladino parecía conocer el secreto y a medida que iba viendo como el ingles, a pesar de las asombrosas proezas en el campo de batalla, perdía  la estimación y el amor de los Cruzados, se sentía más y más satisfecho.

Ricardo se dio cuenta al fin de que aquella mujer era precisamente la venganza cruel del musulmán. El rey de Inglaterra admirado y victorioso, temido por tantos hombres y deseado por tantas mujeres debía renunciar por primera vez en su vida a la única de la que se había enamorado

En Inglaterra había estallado la rebelión a causa de su hermano que intentaba arrebatarle el trono y esto fue decisivo para determinar la partida. Ya en la nave que debía trasladarle a Europa, el rey miró por última vez a Palestina y se cubrió los ojos con la cota de mallas exclamando:

Señor Dios, no vea yo tu tierra Santa, pues no me es dado liberar de los infieles a la ciudad de Jerusalén… añadiendo por lo bajo, como una vez hiciera también Saladino ante su escudero: Ni merezca yo vivir porque no me es dado liberar tampoco a la mujer que amo.

Como si la suerte le hubiese girado definitivamente la espalda, la nave que le trasladaba de vuelta a su país naufragó en el mar Adriático y el rey fue capturado y hecho prisionero, perdiendo a la vez su amor, su fortuna y su libertad.

Tras pagar un enorme rescate que acabó de arruinar a sus súbditos, Ricardo consiguió finalmente regresar a Inglaterra y como si Dios hubiera escuchado la plegaria, no tardó en morir de una herida de flecha que el mismo se arrancó del pecho, negándose después a ser curado.

Aquella humilde flecha procedente de una mano desconocida, logró lo que no habían conseguido los ejércitos de Saladino. Pero Ricardo sabía que, indirectamente, había sido el musulmán quien había disparado contra su corazón, hiriéndole de muerte al obligarle a dejar a la única mujer que había amado y cuyo nombre permaneció oculto para siempre .

 

Godofredo, la locura

junio 22, 2010 under Relatos de Historia

 

Los propietarios indígenas debían albergar en cada finca a una familia goda, que pasaba a beneficiarse de los frutos de los dos tercios de los campos de labor, y esto, sobre todo en un tiempo de decadencia económica, provocaba grandes recelos por parte de los vencidos. Además y como casi todos los pueblos de raza germánica, ellos eran seguidores de las doctrinas de Arrio, mientras que el resto de la población era católica, lo que aumentaba la intransigencia y la separación, pero tampoco el pueblo visigodo pretendía modificar los hábitos de los indígenas del país, que conservaron sus costumbres.

Aunque al invadir Hipania se habían encontrado con una civilización decadente, los invasores eran conscientes de que la cultura hispana era muy superior a la suya, por esta razón y aunque fomentando un dualismo de religión y de raza, iban trasformando poco a poco sus usos y modo de vida asemejándola a la de ellos y sus hijos nacidos orillas del Mediterráneo se habían habituado pronto al lujo y a una vida más alegre, pero Godofredo seguía recordando con nostalgia las tierras del Norte, especialmente desde que había muerto su esposa Segismunda, hacía solamente dos meses.

Solía visitar con frecuencia el cementerio donde estaba enterrada y aunque iba solo, siempre estaba acompañado de sus recuerdos. Caminaba taciturno entre las sepulturas que se alineaban en las calles, algunas excavadas simplemente en tierra y otras revestidas de obra de albañilería, para detenerse delante de la gran losa de piedra que cubría la tumba de su esposa donde permanecía largo rato perdiendo la noción del tiempo.

Recordaba que habían colocado su robusto cuerpo dentro de un ataúd de madera, en decúbito y mirando al sol naciente, como era la costumbre entre los pueblos godos, él mismo había cruzado sus brazos sobre el amplio pecho que había amamantado a sus seis hijos y lo había cubierto de joyas, que simbolizaban todo el amor que sentía hacia ella en conmovedora ofrenda. Las mismas alhajas con las que su familia había atravesado el Danubio.

El trato continuado con los romanos había hecho de los visigodos, uno de los pueblos germánicos más civilizados, Godofredo era un noble culto, con innatas dotes de mando, era también justo y recto en sus costumbres, por cuyas cualidades era muy querido por los suyos, por eso su inmensa tristeza preocupaba a sus hijos que intentaban distraerle y hacerle olvidar el recuerdo de su perdida esposa, pero Godofredo no quería olvidarla y se refugiaba en el solitario cementerio para estar a solas con sus propios pensamientos.

Recordaba a Segismunda antes de su penosa enfermedad que había minado su salud poco a poco, cuando aún tenía las mejillas carnosas y sonrosadas. Le gustaba abrazar el robusto cuerpo de matrona germana, envuelto en una amplia túnica talar que solía cubrir con una larga estola de lino blanco sobre la cabeza y espalda y que extendida desde el lado derecho del hombro al lado izquierdo dejando al descubierto sus grandes y exuberantes pechos. Entre ellos él había recostado muchas veces su cabeza, no ya en busca de la pasión de la amante, sino de la ternura de la madre desaparecida hacía tiempo. Y ahora sin el calor del pecho de su amada, se sentía como un niño perdido.

Su pueblo había dejado de ser nómada al aposentarse en las riberas mediterráneas, pero él sentía deseos de volver a su país de nacimiento y revivir entre los brumosos parajes del norte de Europa los días de su juventud, cuando conoció a Segismunda. Aunque sabía que ella ya no estaría allí para esperarle y nada sería como antes. Su esposa había partido a ese extraño país de donde dicen nunca se regresa, pero entonces…¿por qué la sentía siempre tan cerca de él y su presencia llenaba todos sus pensamientos? Sin ella la vida no merecía la penas ser vivida y su amargura era cada día mayor, a pesar de los esfuerzos de sus hijos y de sus amigos.

 

El invierno estaba próximo y comenzaba a hacer frío, un manto de pieles cubría su corta túnica ceñida al talle por un cinturón rematado por una recia hebilla de oro macizo, que servía, también, para sujetar los largos calzones que protegían sus piernas. Su larga cabellera color de trigo se confundía con su también larga y espesa barba. Aunque ya no era joven, Godofredo conservaba la esbeltez y la fortaleza física de sus años jóvenes y puesto que los matrimonios entre individuos de distinta religión estaban prohibidos por las leyes de la Iglesia, más de una hispano romana al verle, había deseado pertenecer al pueblo invasor para poder desposarle y consolarle en su dolor.

Pero Godofredo no pensaba en mujer alguna que no fuese la que había perdido, y así, sumido en profunda tristeza pasaron los días uno tras otro y estos pronto se convirtieron en meses y después en años.

El noble visigodo envejeció rápidamente en aquella soledad auto impuesta, a la que nadie, excepto sus recuerdos tenía acceso, y poco a poco dejó de interesarse por las cosas materiales. Sus hijos fueron casándose y él repartió entre todos las viñas, las huertas, los olivares, los campos de cereales, y todos los demás bienes acumulados de la explotación de las tierras a los hispanos. Después se hizo construir una pequeña casita cerca del cementerio y delante de la tumba de su esposa pasaba la mayor parte del día.

Al principio sus hijos iban a visitarle a menudo e intentaban devolverlo a la realidad, pero poco a poco se dieron cuenta de que su padre hacía ya mucho tiempo que no deseaba vivir en el mundo real y espaciaron sus visitas en vista de la inutilidad de sus esfuerzos. Godofredo llegó a obsesionarse de tal forma con el recuerdo de su esposa muerta, que comenzó a hablar imaginariamente con ella a todas horas como si aún estuviese viva, hasta que todo el mundo acabó por creerle loco y sus hijos dejaron de visitarle definitivamente.

Una noche el cielo se llenó de resplandores de tormenta. Godofredo se despertó con el estruendo de los truenos y en su demencia, le pareció que era su amada Segismunda que lo llamaba con su voz recia y sonora. Se levantó con rapidez y olvidándose incluso de protegerse de la lluvia que caía a torrentes salió de su casa.

Con pasos vacilantes atravesó la escasa distancia que lo separaba del cementerio y se dirigió ansiosamente al lugar de la tumba de su amada, en aquel instante otro trueno más cercano pareció estremecer la tierra hasta sus más profundos cimientos y a su mente enferma le pareció escuchar la siguiente suplica dirigida a él, en la voz de Segimunda:

.- Godofredo, esposo mío, estoy encerrada en esta lúgubre fosa desde hace tanto tiempo… deseo volver a ver la luz del sol y el resplandor de la luna y de las estrellas… deseo embriagarme de nuevo con las esencias de las flores y escuchar el canto de los pájaros en el bosque, pero sobre todo, lo que más deseo, es volverme a mirar en tus azules ojos, tan iguales a los ojos de todos mis hijos que tanto añoro… Godofredo, por piedad, aparta esta pesada losa que me impide salir de aquí y libérame de este encierro que sufro desde hace años…

Los relámpagos seguían iluminando el horizonte y Godofredo confundió los truenos, que cada vez se escuchaban con más frecuencia, con los intermitentes sollozos de su esposa. Sin pensarlo ni un minuto y preso de una enfermiza desesperación, intentó apartar la piedra que cubría la sepultura. Pero aunque era un hombre fuerte, nunca hubiera podido lograrlo si la misma ansiedad no hubiese prestado una inusitada fuerza a sus brazos.

Tardó bastante rato en conseguir su propósito, el sudor del esfuerzo se mezcló con la lluvia y resbaló por su rostro surcado de arrugas que la amargura había ido marcado durante tantos años de sufrimiento.

Al fin la piedra cedió y Godofredo vio de nuevo frente a sí el ataúd que encerraba el cuerpo de su esposa. Los truenos parecían haber enmudecido de repente y en medio de aquella calma inesperada se dio cuenta con terror que la caja estaba abierta. Entonces vio sus manos, intactas, blancas como el mármol, que se agarraban aún crispadas sobre la tapa carcomida y descubrió de repente el porque de su incapacidad de resignarse ante la evidencia de la muerte. Aquel espíritu atormentado lo había perseguido día y noche trasmitiéndole toda su angustia y toda su desesperación, porque…

y entonces lo comprendió con horror…!Segismunda había sido enterrada viva!…

Y aquel descubrimiento que podía haber enloquecido a un cuerdo, hizo que su mente recuperarse la lucidez perdida.

 

Gertrud, el padre

marzo 12, 2010 under Relatos de Historia

Gertrud era alta y rubia como sus hermanos Eegill, Smurri y Olaf y también como ellos tenía la piel blanca y los ojos azules, pero el azul de sus ojos quizá era más claro y su cabello era tan rubio que se confundía a veces con la nieve que en invierno cubría los valles.

Aunque quería mucho a su madre, que, como todas las madres de las diferentes familias del grupo era tenida en gran consideración por parte de todos, adoraba a su padre, Olaf, que a su vez sentía un cariño extraordinario por la pequeña Gertrud, permitiéndole a menudo muchas de las cosas que jamás hubiera consentido a ningún otro de sus hijos.

Se sentía muy orgullosa de él, no sólo porque era su padre, sino porque también era el jefe de la tribu, a quien todos debían respeto y obediencia. Sus sentimientos iban mucho más allá del vínculo de sangre y muy dentro de sí misma, donde los instintos bailan una loca danza que la razón no puede comprender, vibraba algo que iba aún más lejos de su admiración como jefe famoso por sus hazañas y su amor filial. Algo extraño e indefinible, quizá como un remoto presentimiento del amor que ella entregaría a un hombre algún día.

Todos los varones en su familia ostentaban largas cabelleras que eran muy estimadas y cuidadas como signo de pertenecer a la casta de los hombres libres, a diferencia de los siervos y de los esclavos que llevaban el cabello corto.

Desde muy niña se acostumbró a ver luchar por su independencia a sus hermanos junto a su padre y a los demás guerreros de la tribu, ya que de hecho ésta era la única ocupación que tenían.

En las noches de plenilunio o novilunio, los ancianos y los nobles decidían la paz y la guerra y entonces a Gertrud le hubiera gustado ser hombre para asistir a aquellas misteriosas asambleas y poder ver a su padre dirigiéndose a todos los guerreros que, vestidos con sus trajes de combate, le escuchaban como si fuera un dios.

Alguna vez cuando nadie la veía, se había colocado sobre la cabeza el casco de guerra. Deseaba ardientemente acompañar a su padre en la batalla, para poder morir con él en combate e ir juntos al reino del dios Wotan, donde ambos, eternamente jóvenes, podrían cazar día y noche y beber el hidromiel celeste en el cráneo de sus enemigos. Pero se daba cuenta de que aquellos eran sueños imposibles Siempre le estaría vedado el mundo de la guerra por haber nacido mujer.

Odiaba su sexo que la limitaba en todo lo que ella deseaba hacer y en consecuencia odiaba las labores de la casa propiamente femeninas. Tampoco le gustaba la larga túnica con franjas ornamentales que le llegaba hasta los pies y que vestían todas las mujeres de la comunidad, ya que le parecía incómoda y ridícula. A ella le hubiera gustado vestirse con pieles, como los demás hombres y actuar como ellos, pero nadie sabía de los deseos escondidos en su corazón.

El tiempo pasaba aprisa y el cuerpo de Gertrud cambiaba llenándose de curvas que ella intentaba inútilmente disimular bajo las ropas. Aún a su pesar se había convertido en una hermosa mujer y por mucho que intentase disimularlo todos lo advertían, sobre todo los muchachos jóvenes del poblado, pero ella no podía interesarse por ellos porque en su corazón ninguno podía siquiera compararse a su padre.

Se había convertido en una joven solitaria. Su conducta era extraña, sólo parecía sentir deseos de emular a sus hermanos en sus simulados juegos de guerra sin importarle sus burlas y constantes rechazos. Su madre, preocupada, decidió que quizá había llegado el tiempo de buscarle un esposo y el cariño que de niña sentía por ella se convirtió en un abierto enfrentamiento, pues no la comprendía y Gertrud tampoco se sentía comprendida por ella.

Fue por aquel entonces cuando su pueblo se vio seriamente amenazado por uno de los jefes de las tribus vecinas que había extendido rápidamente su autoridad por varios cantones y quería también anexionarse aquellos territorios para proclamarse rey. El poblado estaba inquieto y Gertrud, como todos los demás, sabía que si su padre, como jefe de la tribu, daba muestras de temor o timidez sería inmediatamente depuesto.

Aquella circunstancia distrajo completamente la atención sobre su persona y su hipotético marido y Gertrud suspiró aliviada; sabía desde su nacimiento, que la autoridad paterna entre los suyos era ilimitada y que su padre podía no sólo casarla contra su voluntad sino también, venderla o incluso quitarle la vida si se oponía a sus deseos. Le dolía en lo más profundo que él no comprendiera los motivos por los que ella no quería casarse con nadie, pero jamás se hubiera atrevido a revelarle su escondido secreto, y aunque era consciente de que no debía sentir aquel sentimiento hacia él, no podía luchar contra sí misma.

Por otra parte, los guerreros vibraban de entusiasmo ante la perspectiva de lucha, que para ellos representaba una aventura más que una desgracia y les suponía una nueva ocasión para merecer el Paraíso prometido, ya que si morían de vejez o de enfermedad perderían el cielo eterno e irían a parar para siempre a la fría morada del Loki, que para ellos representaba el infierno.

La guerra estalló y el pueblo se quedó desierto de hombres. Gertrud los vio partir un día a caballo con su padre a la cabeza, ostentando orgullosos los cascos metálicos de dos cuernos y armados con afiladas espadas de bronce y escudos que les cubrían la mitad del cuerpo.

Entonces una idea, la realización de todos sus sueños de niña, germinó en su mente; No lo dudó un instante: con la velocidad del rayo se vistió con las ropas de combate de sus hermanos y montando uno de los caballos que había quedado en las cuadras se unió al grupo que partía. Estaba segura de que en la confusión nadie se daría cuenta de su presencia ni sería reconocida porque había ocultado sus cabellos bajo el casco de guerra.

Y así, veloz como el viento y ágil como una gacela, la valiente amazona que deseó haber nacido jinete, partió hacia la realización de todos sus sueños de niña siguiendo la figura adorada de su padre, su dios y su ídolo, en busca de la gloria en la tierra o en el Cielo para compartirla con él.

En la fría noche que precedía al combate, Olaf el jefe de la tribu, paseaba lentamente por entre los cadáveres de las víctimas que yacían caídos en el mismo campo de batalla. Habían tenido innumerables bajas, a pesar de haber salido victoriosos en el enfrentamiento. Los supervivientes se disponían a recogerlos para enterrarlos como correspondía a su rango y dar así una digna despedida a los afortunados, que en aquel momento debían de estar ya disfrutando de las delicias de una vida de eterna juventud en el Paraíso, junto a Wotan, el dios de la guerra,.

De pronto, algo llamó su atención y se detuvo para observar de cerca la cara de uno de los caídos. Un mechón de cabello pálido como la nieve asomaba por debajo del casco metálico y su corazón comenzó a palpitar con fuerza, ya que le pareció reconocer en aquel rostro a alguien muy querido.

Lo separó con suavidad de la ensangrentada cabeza y una cascada de largos y rubios cabellos cayó en completa libertad, entonces, con sus propias manos giró el rostro hacia él, y pudo ver con claridad los azules ojos de su hija Gertrud, que aún a pesar de tener la frialdad de la muerte parecían mirarle con amor.

Y entonces, comprendió todo lo que ella siempre había querido decirle y nunca se había atrevido y aquel descubrimiento lo llenó de amargura y de felicidad. Después se inclinó con ternura y dolor sobre el delicado cuerpo de su hija y la llevó en brazos hasta su tienda. Gertrud sería enterrada con todos los honores de un guerrero germano. Aunque la había perdido, sabía que volvería a encontrarla en el Paraíso, donde ella le estaría aguardando desde aquel día.

Allí podrían amarse para siempre como dos espíritus, libres de los lazos de sangre que los ataban en la Tierra