Aresdre y Alor

enero 31, 2010 under Relatos de Historia

 

Iba vestido con un jubón ceñido a la cintura y cubría sus hombros con un manto hecho de oscura lana de cabra, sujetado en el hombro con un broche de bronce. Llevaba anillos de oro y plata en las orejas, cuello, brazos y también en los dedos de los pies, que insólitamente llevaba descalzos a pesar del frío, ya que como celta, había sido acostumbrado a soportar los rigores de la temperatura para poder convertirse en un buen guerrero.

Su pueblo se había establecido en el Rin, el Elba y el Danubio a donde habían llegado tras atravesar la Europa continental, procedentes de Asia, eran excelentes jinetes y amantes de la lucha abierta y aquel día celebraban una futura victoria porque a la mañana siguiente Alor y sus hombres marchaban a la conquista de las cálidas tierras del Sur, pobladas de gentes morenas de pequeña estatura.

Debían atravesar montañas y valles, hasta llegar a donde estas gentes tenían asentados su poblados, pequeños grupos aislados de viviendas que al ser de reducido número los hacían más vulnerables. Les esperaba un largo camino y la comida era también un modo de preparar sus cuerpos para la ardua marcha que se avecinaba.

Alor, como noble galo, disponía de esclavos y vasallos en número proporcionado a su alta alcurnia y a sus riquezas y también contaba con numerosos hombres de la plebe, que oprimidos por las deudas, los tributos y los vejaciones, se sometían a su servicio y sobre quienes podían ejercer los mismos derechos que sobre los esclavos.

Era un hombre rico y poderoso, poseedor de muchas tierras, temido por su bravura y sus armas, pero sin embargo no muy fiel a la palabra empeñada, que solía interpretar a su conveniencia, lo cual le ocasionaba más de un problema y frecuentes rencillas.

Uno de sus más encarnizados enemigos era el druida Aresdre, que en aquella ocasión se hallaba sentado enfrente de él, vistiendo una túnica blanca y un gran manto de tejido de lino fino que le concedía la prestancia y gravedad correspondiente a su cometido de sacerdote. Aresdre también ejercía de adivino, médico, legislador y filósofo, según el caso, y había sido el preceptor de Alor desde su más tierna infancia.

El joven fue siempre un aventajado discípulo, despierto e inteligente, y acostumbraba a formularle mil preguntas, para las cuales el sacerdote no tenía siempre res­puesta. Al llegar a la adolescencia, el joven galo, como casi todos los muchachos de su misma edad, creía haber llegado a un número de conocimientos superior al de su maestro y dejó de escuchar sus enseñanzas, que le parecían aburridas e incluso algo absurdas.

Hombre pragmático y con sentido práctico, todas aquellas historias de carácter esotérico comenzaron a parecerle muy poco convincentes. Este cambio de actitud, perfectamente natural en un adolescente, le pareció al druida algo insólito y humillante.

La hostilidad entre ambos empezó con la rapidez del fuego que comienza en un bosque sediento. Aresdre nunca pudo perdonarle su arrogancia y su impertinente descaro y cuando el noble galo se convirtió en un joven adulto, el antagonismo entre ambos era tan fuerte y evidente que ya ninguno de los dos se molestaba en disimularlo ante los demás, ocasionando a veces situaciones no sólo embarazosas sino violentas.

El pueblo se hallaba dividido entre ambos contrincantes, sin ni saber qué partido tomar, ya que el uno representaba la autoridad religiosa y el poder espiritual y el otro el poder económico y militar.

Sus desavenencias llegaron al punto culminante cuando Alor se casó con una joven de su misma tribu, la hermosa Igelda, a quien el druida había amado desde siempre en silencio. De los muchos agravios infringidos por el noble celta, éste era el más insoportable de todos. El druida comenzó a envidiar su juventud y su apostura de un modo enfermizo y, poco a poco, en su mente fue germinando la idea de la venganza.

Cada noche en la soledad de su alcoba, formulaba ritos mágicos secretos destinados a llevar a la ruina al joven celta, pero hasta el momento, ninguno de sus hechizos maléficos parecía haber dado resultado y su animadversión hacia él aumentaba al mismo tiempo que aumentaban las conquistas y los éxitos del noble galo.

Aquel día, el druida, como todos los demás comensales, había bebido demasiado, sus ojos brillaban de excitación y la cerveza comenzaba a liberar su odio reprimido en el fondo de su corazón durante demasiado tiempo.

Igelda, la mujer de Alor, estaba sentada al lado de su esposo y parecía resplandecer como una joya. Iba vestida con una simple saya sostenida en el cuello a modo de collar que cruzaba el seno de forma que los altivos pechos quedaban al descubierto. El pelo recogido en dos largas trenzas se adivinaba rubio en su origen, pero lucía el tono castaño de los frutos del bosque, conseguido con un tinte elaborado con médula de cabra y ceniza muy apreciado entre las damas de noble alcurnia.

Los ojos del druida no podían apartarse de los sonrosados pezones contraídos por la baja temperatura y tal era el deseo que se reflejaba en su mirada, que el mismo Alor captó la lascivia en las pupilas del sacerdote y le increpó violentamente:

“Solo yo puedo mirar de este modo lo que me pertenece y harías bien en alejar tus ojos de lo que es mío.”

Todos callaron presintiendo una tormenta inminente. Alor se levantó de golpe y todos se levantaron también en señal de respeto. El sacerdote permaneció sentado mirándole fijamente pero sin miedo, sabía que su persona era intocable, pertenecía a la otra casta poderosa de las tribus celtas. Quizá no poseía las riquezas ni las armas, pero sí estaba investido de la autoridad suficiente para desafiar a la nobleza. Sin embargo el alcohol pesaba en la cabeza de los dos hombres y el desafío se establecía entre sus instintos, desposeídos de su rango.

Igelda intentó intervenir, pero fue apartada bruscamente por el brazo de su marido que la arrojó al suelo sin contemplaciones. En aquel instante, cualquier cosa podía suceder, la mano de Alor se dirigió a  la larga espada de dos filos que embutía en una vaina de hierro ceñida al cinto y el druida lo hizo a su vez con el puntal que llevaba oculto entre los pliegues de su larga túnica.

En aquel momento decisivo, un espantoso trueno retumbó por todo el cielo antes despejado y la lluvia comenzó a arremeter con fuerza sobre el bosque. Inmediatamente, como si el agua que caía sobre ellos aplacase también el calor de sus ánimos, el casi inevitable enfrentamiento desapareció y Alor apartó su mano del cinto mientras volvía a recuperar su lugar en la mesa, todos los demás siguieron su ejemplo aliviados y el banquete prosiguió animadamente a pesar de la tormenta. Pero el odio que brotaba del alma de ambos contrincantes no desapareció, simplemente volvió a su lugar de origen y permaneció postergado, pero no muerto.

Aquella nueva humillación no había hecho sino aumentar los deseos de venganza de Aresdre, que decidió dar a sus planes una forma definitiva porque se había dado cuenta que el mundo era demasiado pequeño para los dos. Uno de ellos debía desaparecer para siempre.

Con el alba, el cuerno de guerra sonó llamando a la partida. Todos los miembros del poblado celta abandonaron al unísono sus hogares y sus utensilios de trabajo y acompañados de sus mujeres corrieron a empuñar las armas. Habían cambiado sus vestidos por una cota de escamas de bronce para proteger su cuerpo, cubrían sus cabezas con un casco, provisto de dos astas y guarda mejillas y se armaron con lanzas de larga punta de hierro ondulada, jabalinas, arcos, hondas y escudos ovales de la altura de un hombre. Pero especialmente, con su arma favorita, la maza, en cuyo manejo eran temibles hasta el extremo que los romanos solían decir que nadie podía vencer a un galo cuando decía: ¡Duro y a la cabeza! palabras que acostumbraban a ser sus gritos de combate.

Abandonaron el poblado en masa hacia el encuentro con lo desconocido, montados a caballo y armando un terrible estrépito, haciendo ostentación de todo un aparato de guerra, en el que no faltaban pinturas y cincelados de oro y plata.

Pero a Adresde no le importaba nada conquistar las tierras de los Iberos, sólo le importaban sus planes de venganza y sabía que Alor iba a una cita con la muerte porque había planeado matarle con sus propias manos.

Galopaban favorables al viento en busca del enemigo, confiados en que todavía se hallaban a considerable distancia del poblado ibero, cuando les sorprendió el ataque de docenas de ellos que, agazapados tras las rocas abruptas, habían estado esperando pacientemente a que se acercasen lo suficiente.

Ya en pleno fragor de la lucha, confundidos los hombres de ambos bandos en un abrazo encarnizado, Aresdre creyó haber encontrado el momento oportuno para realizar sus planes. Los galos estaban aún demasiado aturdidos y confusos para prestar atención a nada que no fuera defender sus propias vidas y no se dieron cuenta de que Aresdre arrebatando la máscara de la cara de uno de los contrarios muertos, se precipitaba a traición sobre el jefe galo que en aquel momento luchaba cuerpo a cuerpo contra uno de los feroces guerreros iberos.

Ya iba a hundir en su espalda la punta de su lanza, cuando en aquel preciso instante un dolor agudo detuvo su mano, sus dedos perdieron sensibilidad y el arma cayó a sus pies al mismo tiempo que él caía a su lado.

Agonizante, aún tuvo tiempo de contemplar la cara de su asesino que se erguía frente a él blandiendo la espada ensangrentada y de reconocer antes de morir, los ojos azules de Igelda mirándole sin piedad.

Pero antes de exhalar su último suspiro se sintió feliz, había predicho que en el mundo no había sitio para los dos y uno de ellos debía desaparecer. Sus oráculos se habían cumplido, solo se había equivocado de víctima.

Safo, la vanidad

septiembre 30, 2009 under Relatos de Historia

A pesar de todo, Safo poseía todas las componentes para ser feliz, era inteligente, constante y además, después de la muerte de su marido, rica, los poseía todos menos uno, convencer a su enamorado Faón de la que la amase. Esta fue su única causa perdida. Y es que Safo, nunca pudo comprender, que aunque puede lograrse casi todo lo que está dentro de nosotros, nunca podemos acceder a lo que está dentro de los demás. Y Faon poseía sus propio sentimientos que nunca la correspondieron.

Hacía ya tiempo que había regresado de Sicilia donde fue desterrada a causa precisamente de uno de sus versos, dedicados al tirano Pitaca, pues el carácter integro de Safo no podía consistir las injusticias que se cometían en su patria y su pluma dulce y apasionada podía ser a veces afilada como un cuchillo y causar heridas profundas y dolorosas. Ahora el tirano había muerto y ella estaba otra vez en Grecia, asomada al luminoso y enorme balcón de su lujosa casa, que se sostenía con columnas blancas de mármol mientras dejaba que los recuerdos volasen libremente

El mar parecía un gran lago ligeramente movido por la brisa que bordaba en sus orillas cenefas de encaje. Safo estaba enamorada de aquel mar que sonreía entre rocas e isletas desde el fondo de golfos y bahías recortadas como por las mágicas tijeras de un dios, de los  ríos que corrían a sumirse en el seno de sus aguas azules, de las muchas penínsulas donde crecían la vid, las higueras, el laurel y el olivo y también de las montañas que salpicaban el suelo de su patria aquí y allá y condicionaban la vida marinera y comunicativa de sus gentes, formando una raza artista, jovial de pobladores de distinta procedencia.

Pero ella ya no se identificaba con ellos porque se sentía muy sola dentro de su lujoso palacio rodeada de esclavos y servidores y ni siquiera la compañía de su hija Cleida la consolaba de aquella sensación de soledad.

Aquel día llevaba un ligero manto echado sobre el hombro que dejaba en libertad el brazo derecho con el que pulsaba las cuerdas de su lira. Aunque rodeada de tan idílico marco Safo se sentía tan triste que de su boca solo surgían cantos melancólicos.

Había inventado una medida métrica de versos completamente personal, diferente de las entonces conocidas pero hasta el momento solo el poeta Alceo, su incondicional enamorado, lo utilizaba… Recordó la carta que éste había hecho llegar a sus manos aquella misma mañana…

 

Mujer de los bucles violetas,

de encantadora sonrisa,

que yo adoro y venero…

un pudor me detiene…

 

Safo había sonreído al leer aquella poesía escrita, sin rima aparente. Estimaba a Alceo por su valía y se sentía conmovida por su ternura y pasión, pero no le podía corresponder y eludía estas tímidas proposiciones ofreciéndole a cambio intercambiar no sus besos, sino sus versos, porque ella solo amaba a Feón, que contrariamente a Alceo no merecía ni uno solo de sus poemas.

Faón era un hermoso y elegante ejemplar de varón, en una época donde la hermosura física del cuerpo humano era admirada hasta extremos inconcebibles. Para él, Safo, morena y pequeñita no era suficiente, pues en su escala de valores la hermosura era mejor que la bondad y la inteligencia y Safo solo poseía la belleza de su genio.

Dejó el arpa a un lado y los melancólicos cánticos quedaron en silencio entre sus cuerdas. Aquella mañana el sol le hacía cosquillas en los ojos y todo lo que la rodeaba estaba tan lleno de vida que parecía advertirla de que ya iba siendo hora de que reaccionase antes de que fuera demasiado tarde.

Pensó entonces que hacía  tiempo que deseaba fundar una escuela de música, danza y poesía que reuniese a un círculo de muchachas nobles como ella,  a quienes no solo se les enseñaría a mover con gracia sus cuerpos, manejar delicadamente los instrumentos y pronunciar con arte las palabras simples de la vida corriente, sino que a diferencia de otras escuelas, se les enseñaría también el arte de amar.

Su ilusión era que ellas nunca llegasen a sumergirse en un porvenir parecido a la mayoría de las muchachas griegas, esposas, valientes madres y amas de casa, pero mediocres compañeras en la cama, que aburrían a sus maridos y eran al final de sus vidas objeto de desprecio. En sus planes, las mujeres serían compañeras iguales a los hombres y les demostrarían con su nivel intelectual que eran dignas de ellos. Quizá, pensaba, si ella misma hubiera sabido antes de casarse lo que ahora sabía, su matrimonio hubiese sido distinto y no se hubiera enamorado de Feón, centrando en él todas sus frustraciones y deseos íntimos insatisfechos

Estuvo dando vueltas y vueltas a aquellas ideas, sin advertir que mientras lo hacia Faón quedaba relegado al olvido y cuando abandonó la gran terraza su semblante era ya muy diferente, como si de repente se hubiera trasformado en una persona distinta. Una gran idea había cobrado vida en su interior y se reflejaba en el brillo de sus ojos iluminados por el sol, su cómplice.

 

El benigno clima mediterráneo favorecía las reuniones al aire libre y la vida política y social de las ciudades griegas. Aquella tarde y bajo los pórticos orientales de la plaza pública se albergaban paseantes y mercaderes. Las casas, mudos testigos de aquella agitación estimulante, eran bellas y armoniosas, porque los arquitectos que las habían creado lo hicieron con cánones y reglas totalmente flexibles, no se hallaba en toda Grecia dos edificios igualmente interpretados.

Fedra, antigua alumna de Safo, estaba frente al balcón abierto y mientras dejaba que una de sus esclavas la vistiese, miraba curiosa todo lo que sucedía en el exterior. Para poder colocarse el peplos, la mujer se situaba en el centro de la ropa plegada en dos partes iguales. Dos broches fijaban la tela en la espalda y mantenían colocado el tejido a lo largo de los brazos, formando verdaderas mangas. La ropa iba ceñida al talle con un cinturón y la esclava tiraba hacia arriba, hasta que la tela llegase hasta los pies, para poder luego marcar otro pliegue mantenido por un segundo cinturón. Finalmente el indumento quedaba listo, en toda su elegancia.

Fedra se miró complacida en el espejo donde su esclava le mostraba su imagen. Aquellos magníficos pliegues que se veían en el tejido habían sido obtenidos marcando los dobleces con las uñas y mojando luego la ropa en un engrudo para después dejarla secar al sol, un largo y entretenido proceso que quedaba recompensado por el efecto estético conseguido.

Peinó los rizos castaños que caían por su frente y mientras se cubría los dos brazos con el himation, se dirigió a una dama que se hallaba oculta en algún lugar de la estancia para decirle.-

.- Vamos a llegar tarde a la ceremonia y no quisiera perderme ni un solo detalle… – y dándose una última mirada al espejo añadió. -¿Crees que llevo demasiados brazaletes y collares?. Quizá me he perfumado demasiado el pelo… no hay que olvidarse de que vamos a la ceremonia  de la  muerte de Safo y no a una fiesta.-

La desconocida interlocutora, mujer elegante como su amiga, se incorporó a su vez haciéndose visible en la habitación -.

.- Dado lo extraño de esta muerte, el templo va a estar más rebosante de curiosos malévolos que de compungidos familiares y discípulos y más va a parecer a una fiesta que a un funeral. Ya sabes el denigrante rumor que se ha levantado entorno a esta muerte. Muchos intentan conservar de Safo una imagen grosera y sensual, de mujer que satisfacía todos sus instintos sexuales con los cuerpos de las discípulas de sus escuelas.-

.- Por eso las mujeres de Grecia han propagado también que se arrojó al mar desde la roca de Leucades, por haber amado a un hombre y verse desdeñada por él.-

.- Pero tú y yo sabemos bien que Safo amaba demasiado a la vida para despreciarla y esta fábula fue inventada por todas las que rehusan pasar por lesbianas.-

Y Fedra añadió levantando un poco la túnica que cubría sus pies para arreglar las cintas de cuero que los cruzaban repetidamente hacia arriba.

.- Mujeres como nosotras, ex- discípulas de sus escuelas.-

.-Sin embargo, sus confidencias sentimentales y explosiones de celos apasionadas muestran los tiernos sentimientos de Safo por sus alumnas.-

.-Oh Cleida, sus poesías contienen algunas alusiones a sus gustos homosexuales, pero tú sabes, que pocos versos indican que Safo deseaba estar físicamente con las chicas que ella amaba tanto. Ni tú ni yo podremos olvidar sus cánticos al Himeneo, sus hermosas imágenes y ante la observación de la naturaleza y sobre todo que intentó colocar a la mujer en el mismo nivel que los hombres.-

.- Pero también sabes querida amiga, que es mejor renegar de Safo que caer en la mala reputación.-

.- Eso siempre.-

.- Fíjate, la plaza ya está desierta.- dijo Fedra asomándose al balcón abierto.- todo el mundo debe de estar ya en el templo.-

.- Vamos, al fin de cuentas, donde Safo se encuentra ahora debe de serle muy indiferente lo que los humanos piensen de ella.-.

.- Y lo importante es que sus versos seguirán en la boca de la gente a través de las generaciones, quizá no se conozca cual fue su vida, perdida entre la leyenda y la historia, pero cuando todos nosotros estemos olvidados, ella seguirá siendo recordada.-

 

El templo no estaba rodeado de viviendas, sino aislado de la población y situado sobre un alto cerro que dominaba la ciudad. En realidad el monte entero era una ciudad sagrada. Se necesitaba media hora de andar para recorrer el camino que facilitaba la ascensión al templo, alzado sobre una prominencia en forma de terraza y rodeado de muros que facilitaban el acceso. La entrada era monumental y sobre ella, cubierto por tejas multicolores se levantaba un frontón triangular decorado con ricas esculturas y cubierto por tejas multicolores. Sin embargo y a pesar de la apariencia, los templos griegos eran siempre pequeños, pues raramente constituían lugar de reunión sino la morada de dios.

El vestíbulo, se encontraba ya abarrotado cuando Feón se abrió paso a duras penas entre la muchedumbre hasta el santuario en el que se encontraba la estatua de Afrodita. Al fondo de la cámara y en la penumbra, pues la luz no penetraba más que por la puerta, aparecía la estatua del culto, aquello le impedía ver el rostro de la diosa, pero tampoco dejaba ver el suyo a los demás evitando así ser reconocido por la gente.

La silueta de Afrodita era gigantesca y los visitantes sentían una fuerte impresión de presencia divina  a su lado. Al gentío le estaba vedado acceder a la cámara posterior, en la que se guardaba el tesoro y las ofrendas y apenas había si un pequeño espacio donde colocar a tanta humanidad.

Feón contrariamente a la mayoría de sus conciudadanos, llevaba el pelo largo y la barba ya un poco canosa, corta y cuidada. Aunque, como todos, se envolvía el cuerpo con el himation, para diferenciarse de los demás él lo usaba sin ropa debajo, ciñendo la prenda fuertemente contra su cintura y combinándola con un largo pliegue que apenas encubría su bien formado cuerpo.

Era atractivo y elegante pero aunque le gustaba enormemente llamar la atención, aquel día prefería pasar desapercibido, sabía que su imagen despertaba los sentimientos más encontrados y no quería arriesgarse a salir mal parado. Sin embargo no podía perderse aquel acontecimiento. Siempre había correspondido a los requerimientos de Safo con la mayor indiferencia, pero debía acudir a su funeral, aunque solo fuera para comprobar por si mismo como una criatura tan físicamente insignificante como la poetisa, había llegado a semejante altura.

Esperaba que Afrodita le diera una respuesta a su pregunta. Ella era la diosa de la belleza y del amor, reinaba sobre los vientos y las olas porque había nacido de la espuma del mar, los poetas la pintaban como la más bella y hechicera de todas las diosas, cuyos encantos no podía resistir ni el hombre más austero… pero quizá ni la misma Afrodita podría resistir los suyos y se sinceraría con él, quizá le revelaría el secreto del triunfo de una mujer como Safo, que no era hermosa y por que él, Feón, que poseía aquel don divino, no había alcanzado la gloria.

En aquel momento por la puerta penetró un rayo de potente luz que iluminó el rostro de la diosa como si fuera dedicado expresamente a él, entonces una mujer lo reconoció y gritó: !Es Feón, el enamorado de Safo…

Todos los que estaban a su lado se giraron hacia él y lo miraron, y otra mujer añadió después… Que hermoso es… y una tercera… y que alto y que fuerte… También un hombre joven exclamó: !Y que elegante!…

Feón se sintió tan halagado que se olvidó de mirar a Afrodita y sonrió a todos con una mirada preñada de felicidad. Cuando las voces se acallaron, recordó sus propósitos, pero el último rayo de la tarde había desaparecido ya tras las montañas y el rostro de la diosa volvió a sumirse en la oscuridad.

Feón abandonó el templo sin haber hallado la respuesta que había venido a buscar y siguió viviendo tal y como había hecho siempre, en la ignorancia de la verdadera belleza.

Quizá había tenido una oportunidad de descubrirla, pero su propia vanidad se lo había impedido.

 

Nuevos relatos

septiembre 3, 2009 under Novedades


Tenemos tres nuevas historias en la sección de relatos, dos en los relatos de historia y uno en los relatos de catarismo.
No dejeis de leerlos y dejar vuestros comentarios, sus autores esperan vuestra opinión, vuestros ánimos o vuestros consejos.
También queremos animaros a que enviéis vuestros propios relatos.
A ti que te gusta escribir, que siempre te apeteció contar una historia, que sientes este gusanillo por escribir un relato, corto o largo, no importa el número de páginas, envíanoslo y lo publicaremos en la sección adecuada.
Si conseguimos juntar muchos igual encontramos un editor que nos lo publique y, hasta puede ser que te conviertas en un escritor conocido, quien sabe.