Josefina, el remordimiento

marzo 11, 2012 under Relatos de Historia

 

Cada día acudía puntualmente a su cita con el pasado y éste siempre hacía acto de presencia. De aquel pequeño soldado de mirada penetrante que un día había llegado a dominar medio mundo, sólo quedaba un hombre envejecido y cansado, de tez pálida, cuyos ojos ahora lloraban su fracaso con todas las lágrimas que fueron risas durante su vida de triunfos.

Cuando comenzaba a oscurecer, abandonaba la solitaria playa de aquella pequeña isla perdida en el océano para volver a refugiarse en la humilde habitación donde dormía en su destierro. Entonces los graznidos de las gaviotas le parecían los mismos gritos de júbilo con que las gentes le saludaban a su paso cuando hizo su triunfante entrada en París, a la vuelta de sus campañas de Egipto y hasta le parecía verlos arremolinados junto a su coche, arrojándole flores y tendiéndole la mano.

Todos creían, tras las heroicas gestas de sus ejércitos en Oriente, que él era el hombre que daría a Francia orden en el interior y la paz en el exterior. Le parecía estar viendo sus ojos muy abiertos mirándole con esperanza.

El susurro del mar que se iba quedando tras sus espaldas resonaba como las campanas que aquel mismo día volteaban para celebrar la llegada del salvador que todos deseaban.

 

Una vez en el interior de las cuatro paredes que constituían su hogar y su prisión, se refugiaba entre las sábanas húmedas tiritando de frío y de despecho. Cada noche esperaba encontrar consuelo a su dolor entre los cálidos brazos de su amada Josefina, pero ella nunca estaba allí para esperarle. Hundió su espalda en el desvencijado colchón mudo, testigo de su dolor y sus ojos se cerraron para apartar de su entorno las desnudas paredes que le rodeaban.

Noche tras noche, las paredes parecían estrecharse, más y más, alrededor de su cuerpo. Las sentía hostiles y amenazantes avanzando, poco a poco, y le costaba conciliar el sueño, porque imaginaba que si se sumía en el reino de la inconsciencia éstas caerían sobre él y le aplastarían. Y aunque deseaba refugiarse en los sueños, se debatía angustiosamente entre el deseo de huir de la realidad y el temor de que aquellas malvadas paredes intentaran asfixiarle mientras dormía.

De repente la sensación de que una presencia extraña estaba a su lado le obligó a abrirlos de nuevo. Una sombra, al parecer humana, se recortaba limpiamente contra el blanco fondo de la pared.

- ¿Josefina?-  preguntó débilmente.

Le habían dicho que su esposa había muerto de pena después de su repudio, y sólo le mantenía vivo la esperanza de que algún día ella volvería para perdonarle desde el Mas Allá. Pero quizás él ya había cruzado la barrera que separaba la vida y la muerte.

Su pobre mente enferma todavía guardaba algún resto de coherencia, por eso cuando la sombra surgió de la oscuridad y se hizo visible ante sus ojos se estremeció de espanto y tuvo la clara conciencia de que no estaba muerto.

Era un hombre muy joven, casi un muchacho, y aunque iba vestido con elegancia, no eran sus ropas sino su porte, lo que denotaba su noble origen. Sus facciones resultaban imprecisas a la luz de la velas, pero le eran extremadamente familiares, aunque estaba seguro de no haberle visto nunca antes.

- ¿Quien eres tú?  – preguntó consciente de su locura

- Tu pregunta no es exacta – contestó la aparición mientras se sentaba indolentemente a los pies de la cama – .  Deberías preguntarme quien podía haber sido.

Napoleón, el héroe de las campañas contra Austria e Inglaterra, temblaba de terror frente aquel adolescente sentado frente a él.

-  ¿Dónde esta la espada que Francia buscó en ti para derribar a aquel régimen de podredumbre después del vendaval de la revolución?- continuó el muchacho en tono burlón – . No veo héroe alguno en este hombrecillo que me mira asustado entre las sábanas.

El desconocido pareció esperar una respuesta que nunca llegó, Napoleón estaba demasiado confuso por aquella inesperada y extraña aparición para poder articular palabra.

- Quizás no hace falta que me contestes. Yo he venido a hablar contigo, pero poco me interesa lo que tú puedas decirme. De hecho te conozco mucho más de lo que crees. Sé muchas cosas sobre ti, que nadie ha sabido nunca, ni siquiera tú mismo.

A medida que hablaba Napoleón se convencía de que no estaba soñando, ya que el joven parecía tan real como el propio oyente.

- Te conozco bien, General. Yo conozco tus ansias de poder, tu ambición, tu concupiscencia. Y sé que para trascender tus humanas limitaciones, tú has matado a innumerables hombres y has dormido con incontables mujeres, también sé que has construido castillos por todas partes, que has tratado de ser Dios y esto te aisló de la especie humana. Y también sé, además, que este aislamiento te hizo temeroso, pues todos se convirtieron en tus enemigos y para hacer frente a este miedo tuviste que aumentar tu poder, tu crueldad, tu narcisismo.

El General temblaba. Su interlocutor se acercó bruscamente hasta casi rozar su lívida cara.

- Estás temblando. Ahora también tienes miedo: no sabes si aún estás vivo y si yo vengo a matarte, o si estás muerto y estás hablando con un fantasma.

Los ojos de Napoleón amenazaban salirse de sus órbitas. Entonces, el muchacho pareció apiadarse, porque se apartó de él con suavidad y le habló en un tono tranquilizador.

- No sufras, te explicaré porqué estoy aquí. Quien puedo ser yo, lo averiguarás por ti mismo.  Pero ponte cómodo: esta conversación va a ser larga. !Ah! y no te preocupes: estás vivo, todavía no debes morir. Debes escucharme primero. ¿Estás dispuesto a oír tu propia vida de mis labios?.

El silencio era tan absoluto, que hasta el mar parecía haber enmudecido a lo lejos.

- Quizás tú ya no recuerdes a aquel muchacho de pequeña estatura y facciones pronunciadas que estudiaba en la Escuela Militar de París y cuyos espesos cabellos siempre estaban enmarañados como si acabasen de pelearse con alguien. Un muchacho peculiar, no sólo en su aspecto, sino en sus movimientos siempre bruscos y en su tono al hablar: breve, duro, diferente, sobre todo en su temperamento. Ese muchacho eras tú mismo treinta años atrás y aunque te sentías orgulloso de tu origen y de tu nobleza corsa, comprendiste enseguida que en realidad eras un francés.

A medida que hablaba, la aparición paseaba a lo largo de la reducida habitación y las cuatro paredes parecían encogerse y estirarse siguiendo sus pasos.

- En aquellos momentos Francia atravesaba una crisis profunda y según tu forma de pensar unos estúpidos filósofos llamaban libertad al desorden y paz a la perpétua cobardía. Y pronto te convenciste de que eras el elegido por Dios para restaurar el Imperio de Carlomagno.

Habías nacido para mandar y conocías el corazón humano, tus propios generales decían que eras un pequeño diablo al que sin saber por qué, no había más remedio que obedecer, por eso los soldados te siguieron hipnotizados, por la fe y la seguridad que emanaba tu persona. País tras país, todos fueron cayendo ante tu espada y tu ambición.

Les prometiste honor, fama y riqueza y lo cumpliste. En Francia se desbordó el entusiasmo. La revolución había producido finalmente un hombre capaz de hacer algo bueno y los voluntarios acudieron a millares a acogerse bajo tus banderas.

La voz del joven pareció convertirse en un susurro.

- Después te casaste con Josefina, la mujer que te ayudó a llegar a lo más alto. Ella fue el silencioso y discreto pilar donde apoyaste todos tus deseos y tus proyectos. Y aunque habías renegado de Cristo y de su Iglesia, fuiste coronado Emperador por el mismo Papa.

A medida que le escuchaba, el rostro de Napoleón se transformó. Ya no había miedo en sus pupilas porque el hecho de revivir aquellos gloriosos instantes en su pensamiento parecía haber convertido su miedo en extrema felicidad.

- Me llamaban el nuevo Carlomagno – intervino de repente. Era el día 2 de Diciembre de 1804. La catedral de Nuestra señora de París estaba adornada con magnificencia inaudita, aún me parece estar viendo al Papa entrando acompañado de sus cardenales, precedido de la cruz y las llaves de San Pedro… Quinientos sochantres cantaban, mientras él avanzaba y se colocaba frente al altar mayor.

- Entraste con la Emperatriz y tu séquito – le interrumpió el joven -. Delante vuestro era llevada una corona hecha a semejanza de la de Carlomagno, pero cuando el Papa quiso coronarte, la tomaste rápidamente de sus manos y la ceñiste en tu cabeza. Después, tomaste del altar la corona de la Emperatriz y la colocaste en las sienes de Josefina.

- Cogidos de la mano subimos los dos al trono – interrumpió de nuevo Napoleón enardecido –  y mientras tanto, mis hermanos sostenían la orla de mi manto y mis hermanas sostenían el de mi esposa. ¡Viva el Emperador!, gritaron todos. Los cañones disparaban salvas. Fue un espectáculo brillante y toda la nación vibró de entusiasmo.

- En Milán formaste una corte fastuosa. Tu familia, tus oficiales y tus embajadores habitaban a tu lado en el palacio y eran honrados como príncipes. Estabas totalmente lleno de ti mismo y ellos eran la continuación de tu propio Yo. Para vencer tu miedo te convertiste también en el mundo, de este modo ningún mundo exterior podía asustarte. Si tú eras todo, no estabas solo -Toda la beatitud que reflejaba la cara de Napoleón se desvaneció al escuchar estas últimas palabras. El joven siguió hablando:

-  Las continuas guerras por el poder arruinaron Francia. En veinte años habías agotado todos los ingresos del país y ya no podías siquiera defender tu patria de tus enemigos. Creaste más impuestos, reduciste la libertad de tus ciudadanos y estableciste un absoluto absolutismo. En tus últimos años gobernaste como un déspota. Hasta que llegó la catástrofe  y como castillo de naipes se vinieron abajo todos los estados que habías conquistado, uno por uno.

Napoleón sintió la necesidad incontrolable de defenderse, aún sin comprender el por qué aquel desconocido se hallaba frente a él acusándole.

- Mi dictadura era indispensable – replicó con vehemencia. Yo cerré el abismo de la anarquía y acabé con el caos, yo recompensé con creces todos los méritos de los que me apoyaron y alcancé merecidamente los límites de la gloria. Y esta gloria no estribó solo en mis cuarenta victorias, porque las escuelas prepararán a generaciones desconocidas que me sucederán y el código Civil que yo redacté nunca desaparecerá en el futuro.

El muchacho le dejó hablar sin interrumpirle. Cuando la furia que sacudía a Bonaparte se serenó, volvió a hablar pausadamente, esta vez con un cierto deje de ironía en la voz:

- Dices que recompensaste a todos… ¿Estás seguro de que lo hiciste? Tenías el mundo a tus pies y ahora lo añoras, pero quizás ya no recuerdes a una esposa buena que te amaba y a la que como pago repudiaste y alejaste de tu lado. Fue una buena recompensa a su amor y a su apoyo de tantos años.

- Yo necesitaba un sucesor para dejar el Imperio que había conquistado con tanto esfuerzo – replicó Napoleón con los ojos llenos de lágrimas – .Josefina ya no podía tener más hijos y aunque yo también la amaba, tuve que renunciar a ella por amor a Francia.

- No me hagas reír General Bonaparte – continuó el muchacho sin conmoverse -. Tú solo has amado el poder, no tuviste ningún remordimiento en abandonarla y dejarla con el corazón destrozado. Y no tardaste en desposar a una joven princesa que te regaló enseguida un hijo. Un hijo a cambio de un Imperio.

Napoleón no pudo resistir aquellas palabras, saltó de la cama con rapidez e intentó enfrentarse con el joven que le aguardaba en medio de la habitación con una sonrisa de burla en los labios.

- ¿Quien eres?.- le increpó a gritos – . ¿Con qué derecho irrumpes en mi vida y osas hablarme de este modo? Dices que sabes todo de mí y yo puedo decirte que no sabes absolutamente nada. ¿Acaso escuchas cada noche mis sollozos de pena por haber perdido a la mujer que amé?. Inquirió, ya casi totalmente  fuera de control -. He llorado más por ella en mi destierro que por mi propio Imperio perdido. Y si pudiera cambiar un instante a su lado por todos mis años de triunfo, los cambiaría sin vacilar. Si tú supieras lo mucho que me he arrepentido de mi ceguera… Ahora sé que ella valía más que todas las naciones conquistadas, que todas las riquezas, que todo el poder del mundo. Todos los que me admiraban y me aclamaban me han dejado solo, pero ahora comprendo que Josefina nunca me hubiera abandonado.

El General estalló entonces en sollozos irreprimibles, pero el muchacho se apartó de él con desprecio.

- Sin embargo la abandonaste y ahora es demasiado tarde para llorar. Mil lágrimas de tus ojos no conseguirán borrar ni una sola de los suyos.

Se acercó de nuevo a Napoleón que había caído al suelo gimiendo y le susurró al oído.

- Pero la vida ha hecho justicia y ahora mereces vivir en tu propia piel la injusticia con que la trataste.

Napoleón apartó las manos de su rostro y alzando la cabeza se tragó su llanto.

- ¿Quien eres tú, que tanto me odias y por qué me causas tanto daño con tus palabras?.

El joven avanzó hacia él.

- ¿Quieres saber el por qué estoy aquí? Te lo diré, General, pero no como una concesión para aliviar tu congoja, sino para que mis palabras te sirvan de lenta tortura en los últimos años de tu vida. Ninguno de los desprecios sufridos por tus seguidores te harán desear tanto la muerte como lo que voy a decirte. Conozco cada rincón de tu alma, cada pensamiento de tu mente, cada deseo de tu corazón, porque yo soy aquel que vivió cada día en tus sueños y sólo cobró realidad en tus esperanzas. Aquel que tanto deseaste y que nunca tuviste. El único anhelo que te fue negado durante tu reinado de gloria y el único triunfo que nunca pudiste conquistar. La frustración por el cual sacrificaste a la mujer que te amaba.

Poco a poco, sus palabras se iban haciendo menos audibles hasta acabar hablando casi en susurros.

- Quiero que sepas, que tú has vivido acompañado solamente de tus recuerdos y carcomido por el despecho y el odio, pero ella en cambio nunca estuvo sola. Su corazón se entregó exclusivamente a los demás y este amor le fue devuelto con creces por todos a quienes lo ofrecía tan generosamente. Y yo, tan real en sus sueños como en los tuyos, he sido el mudo testigo de su silencioso dolor y de su resignación piadosa y también el único que en su lecho de muerte recogió su perdón hacia el hombre que aún amaba y que tanto daño le había hecho con su alejamiento.

Cuando acabó de hablar, el joven acercó una vela a su rostro.

- Pero aunque ella te haya perdonado, yo nunca podré hacerlo.

Entonces le vio claramente: Tenía la misma cara que Josefina Y comprendió que aquel muchacho desconocido era el hijo deseado que nunca nació.

- ¿Por qué has venido tan tarde? Todo hubiera sido distinto si hubieras venido antes.

Pero el muchacho ya había desaparecido.

 

George, el progreso

enero 4, 2012 under Relatos de Historia

 

La jornada duraba, a veces, hasta quince horas. Comenzaban el trabajo de madrugada, cuando las sombras de la noche reinaban todavía en las calles del pueblo y salían de la mina cuando las mismas sombras habían ya vuelto a ocupar su trono perdido durante el día.

Apenas si recordaban que su aldea estaba rodeada de verdes valles que el sol hacia brillar, porque apenas si recordaban como era la luz del sol. Para ellos todo era oscuridad: la oscuridad de la profundidad de la mina, la oscuridad de las sombras de la noche y la oscuridad de una vida sin esperanza.

George Stephenson, creció entre la negrura del carbón y la resignación. Su joven vida se desarrolló sin más instrucción que el propio sufrimiento y el de los suyos, viendo desfilar ante sus ojillos grises y despiertos un día tras otro y una noche tras otra, todas exactamente iguales y tristes, marcadas sólo por la frustración.

Pero pronto comenzó a comprender que él no podría resignarse. Aunque no poseía cultura alguna, ni nadie le había explicado nada de lo que ocurría al otro lado del valle, una voz en su interior le hablaba a menudo y le decía que la vida debía de ser diferente lejos del pueblecito de Newcastle donde había nacido

Al llegar a la adolescencia había dejado el trabajo de la mina y se había empleado como pastor de vacas. El jornal era aún más mísero que el de un minero, pero al menos podía disfrutar de los radiantes días de primavera y mantener extensos diálogos consigo mismo. En pleno contacto con la naturaleza podía dejar en silencio su mente y escuchar la voz de su corazón, que le animaba a seguir en su empeño de abandonar el pueblo de su infancia.

A los dieciocho años empezó a frecuentar cursos nocturnos gratuitos que se impartían en la aldea para los obreros y aprendió a leer y escribir con rapidez.

No era fácil encontrar libros en aquel rincón apartado del mundo, pero George se las arreglaba siempre para conseguirlos. A veces, a falta de otros nuevos, leía el mismo libro sin cesar una y otra vez, extrayendo hasta el más profundo saber de las letras impresas, reflexionando sobre cada palabra y cada frase. Cualquier idea le servía de trampolín para desarrollar otra y así, fiel a la poderosa necesidad de conocer, su cerebro iba capacitándose para cultivar su gran pasión: la mecánica. A veces, levantaba los ojos del libro para soñar despierto y con la videncia de su inteligencia, el muchacho intuía una Era diferente para la Humanidad.

Corría el año 1799 y un nuevo siglo comenzaba a clarear. Inglaterra estaba en plena transformación, el combustible que se extraía de la mina donde trabajaba servía para alimentar a todo un bosque de chimeneas humeantes que se había extendido por toda la comarca.

Primeramente el martillo a vapor comenzó a resonar en las fábricas de acero trabajando más barato y mejor que ningún herrero. Después había comenzado a marchar el telar mecánico que tejía más en un día que los más diligentes tejedores en un mes. La que hasta entonces había sido nación de granjeros y comerciantes se convertía, poco a poco, en el primer país industrial de Europa…

Cuando cumplió veinte años, George, fiel a sus propósitos de seguir su vocación, abandonó las vacas y consiguió ser contratado como mecánico en la fábrica del dueño de la mina donde, de niño, había tirado junto a su madre vagonetas cargadas de carbón.

Aquella mañana, como cada día, el muchacho se dirigía al trabajo. Sus pasos eran vacilantes, intentando no perder el equilibrio y no introducir sus pies en las profundas rodadas marcadas en el lodo por los carros. De pronto, divisó a lo lejos un coche de caballos que se acercaba. El camino era tan estrecho que sólo permitía el paso a un sólo carruaje. Se apartó todo lo que le era posible subiéndose a unas piedras amontonadas en la cuneta y esperó a que el vehículo pasase.

Mientras lo contemplaba, pensó que los caballos no bastaban ya para acarrear tanta mercancía como se amontonaba en los almacenes del puerto de Liverpool. Los fabricantes de Manchester debían parar sus máquinas en espera de que aquellas fueran transportadas a sus fábricas. Fue en aquel mismo momento cuando la idea que hacia tiempo daba vueltas por su cabeza comenzó a tomar la forma de una máquina que aprovechando la energía del vapor, sirviese para arrastrar combustible de carga pesada e incluso personas. Sabía que otros hombres lo habían intentado antes sin éxito, pero él tenía una enorme confianza en sí mismo.

Cuando la diligencia era ya sólo un puntito en el horizonte George había diseñado la locomotora en su imaginación con todo detalle. Ahora solo le faltaba encontrar a alguien que creyese en ella para materializase, y como si la suerte hubiera respondido a sus deseos, sus sueños comenzaron a tomar forma aquel mismo día.

La bomba de aspiración de la fábrica se había averiado y hacía meses que ningún ingeniero podía conseguir repararla. Cansado de esperar, el propietario de la mina se acordó de las habilidades técnicas de aquel muchacho brillante y decidió darle una oportunidad. George solucionó el problema en pocas horas.

A partir de aquel momento su vida comenzó a cambiar. Por la noche, entre las sábanas de su humilde cama, se dio cuenta de que lo verdaderamente tenía importancia en la vida de un ser humano no es lo que le rodea, sino lo que éste hace con lo que le ha tocado en suerte tener a su alrededor. Alguien había creído en él, porque él nunca había dejado de creer en sí mismo.

En 1814, gracias a la ayuda económica prestada por Lord Rawenstworth, propietario de la mina y después de distintos experimentos, el mecánico de Newcastle, terminó de construir la primera locomotora a vapor que, jadeando y silbando, arrastraba vagones cargados de carbón a los puertos de embarque a una velocidad de ocho millas por hora.

Aquel fue solo el principio, la época de los ferrocarriles acababa de empezar…

 

En la ciudad se oían los más diversos comentarios sobre el nuevo invento. Thomas Taylor, un joven empleado de banca, compró el periódico aquella mañana a uno de los muchachos que voceaban por las calles de Londres y miró los grandes titulares con los que resaltaban la noticia del momento: La Liverpool-Manchester, la primera línea ferroviaria del mundo, iniciaba aquel día, 16 de septiembre de 1830 su primer histórico recorrido, con quinientos pasajeros a bordo.

Siguió ojeando las páginas del diario mientras caminaba lentamente camino a su trabajo y se detuvo al leer uno de los artículos de los periodistas sobre aquel increíble hecho:

-¿Quién puede hallar un absurdo más evidente y una pretensión más ridícula que viajar en esas locomotoras que corren a velocidades superiores al doble de las diligencias? Tanto mejor sería viajar a lomos de una bomba.

El comentario le hizo esbozar una sonrisa de profundo desdén. Tomas Taylor, era de los que creían profundamente en el progreso y sabía que éste se basaba en el futuro de las comunicaciones. La rapidez de desplazamiento de los alimentos y medicinas significaba la victoria sobre el hambre y de la enfermedad y también un gigantesco aumento de la producción y el comercio, con unas consecuencias transcendentales en todos los órdenes de la vida.

- “La aplicación del vapor a lo locomotora, es el mayor descubrimiento de nuestra época”- pensaba. Y con una clara intuición del futuro, sospechaba que no sería el último.

En el otro extremo de Londres y en aquel mismo momento, Sir Phillip Bridges, se hallaba cómodamente instalado en el salón de su confortable mansión y también ojeaba ávidamente el periódico que su mujer le acababa de traer. Su cara se hallaba congestionada de indignación a medida que leía los textos referentes a la espectacular inauguración del recorrido del ferrocarril.

Sir Phillip, era uno de los ricos terratenientes que veían expropiados sus terrenos al paso del monstruo de acero, como solía llamarle. Unido a los propietarios de los transportes de caballo y algunos campesinos, había llevado a cabo una guerra sin cuartel para evitar que aquel proyecto se llevase a término.

- ¿Te das cuenta Margaret de lo que esto significa? - exclamó dirigiéndose a su esposa que le miraba silenciosamente-. Es la ruina, la nuestra y la de todos los honrados ciudadanos que hemos levantado el país con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo. El ferrocarril es el invento más desgraciado que el intelecto humano haya podido imaginar jamás. Si logra extenderse, desaparecerán con él la paz y el bienestar espiritual y material del hombre.

En los suburbios londinenses y a la misma hora, Sally Carlmikel, estaba haciendo su compra diaria en el pequeño mercado de su barrio. Aquel día todas las vendedoras de las paradas hablaban de lo mismo y aunque Sally era un ama de casa a quien poco importaba la política y el progreso, también era una madre celosa del bienestar de su familia y de sus hijos. Por eso, al enterarse de las extraordinarios velocidades que aquel monstruoso artefacto de hierro llamado ferrocarril era capaz de alcanzar, pensó enseguida en la seguridad de los suyos y se escandalizó profundamente.

- Jamás – comentó a otra de las mujeres que se hallaba a su lado escuchando la noticia que corría en boca de todos - Jamás permitiré que mi marido o ninguno de mis hijos suba a uno de esos diabólicos instrumentos del mal.

La interpelada no se sorprendió de aquel comentario que compartía como la mayoría de las mujeres que aquella mañana llenaban el mercado.

- ¿Sabe usted – dijo a su vez- he oído hablar que médicos ilustres han profetizado la rápida propagación de cierta enfermedad producida por las exhalaciones de carbono?. Otra se incorporó al grupo-: Y eso no es todo, me han dicho que la velocidad de las imágenes ante los ojos de los viajeros es tanta, que puede producir hasta ceguera.

Poco a poco, el grupo de mujeres fue aumentando entorno a Sally. Todas tenían algo que añadir a la noticia de aquel insólito recorrido. Curiosamente todas se parecían extraordinariamente entre sí, tenían edades semejantes, vestían de la misma forma, peinaban sus cabellos de un modo parecido e incluso hablaban en el mismo tono de voz, hasta tal punto que era difícil distinguir la una de la otra y ninguna tenía un pensamiento propio, solo repetían lo que habían oído comentar a los demás.

 

En el Parlamento, la agitación había llegado también al máximo. La Cámara Baja que había recibido con risas la ridícula pretensión del pobre minero comprometiéndose a transportar pasajeros y mercancías a una velocidad de veinte Kilómetros por hora, tenía ahora que tragarse sus chistes y sus ironías.

Se le había tomado por loco, pero a pesar de ello, George Stephenson, había perseverado sobre la campaña de detractores y había conseguido su aprobación triunfando sobre los numerosos intereses en contra de las máquinas de vapor.

Ahora el Presidente del Consejo, algunos ministros y numerosos diputados, se hallarían presentes en el momento de realizarse el viaje inaugural entre Liverpool y Manchester.

 

En la recién inaugurada estación, la concurrencia y el júbilo eran extraordinario. Fervientes admiradores se habían dado cita esperando ver funcionar al enorme monstruo que parecía estar tan impaciente como ellos para iniciar el recorrido.

Cuando el tren arrancó, la gente corrió hacia él ovacionando a la máquina y a sus ocupantes. Seis vagones cargados de hierro y carbón, treinta y cinco viejas diligencias y veintiuna carrozas eran arrastrados por la locomotora ante los ojos asombrados de todos los presentes. Los raíles eran poco más de un metro de longitud y se apoyaban en bloques de piedra. Algunos pasajeros se acomodaban en vagones descubiertos y los que deseaban viajar con más comodidad habían hecho instalar su propio vehículo encima del vagón, hallándose así al resguardo de la intemperie y sobre todo del humo de la carbonilla y de las chispas.

Desde el vagón especial para los dirigentes, George Stephenson, orgulloso y lleno de satisfacción, hablaba con su hijo, mientras saludaba a la muchedumbre agitando la mano.

- Los caminos de hierro reemplazarán pronto a los demás medios de transporte y servirán lo mismo para un rey que para el último de los vasallos. Sin duda, todavía habrá grandes dificultades para vencer, pero con el tiempo todo ocurrirá tal y como acabo de predecir.

Pero el estruendo de la máquina y las voces de los asistentes era tan enorme que nadie, excepto su hijo, pudo escuchar sus palabras.

 

Unos años después, los capitales de los hombres que, en su día, se habían arriesgado en la construcción del ferrocarril, empezaron a dar grandes beneficios. Las nuevas invenciones dieron a la industria y al comercio un inesperado desarrollo y los dueños de las fábricas, comerciantes y banqueros comenzaban a reunir fabulosas fortunas y construyeron magníficas casas en las ciudades y hermosas quintas en el campo, viviendo con lujo y opulencia. A consecuencia de todo ello, los campesinos tuvieron que abandonar sus campos y emplearse como obreros en los nuevos talleres de Londres.

El éxodo masivo a las grandes ciudades, produjo una avalancha de obreros sin empleo y cuantos más se ofrecían en las fábricas, más bajaban los jornales, viviendo en la ignorancia y en la necesidad y sin medios para mejorar su situación. En los miserables suburbios de malolientes callejuelas infestadas de ratas, se agrupaban casuchas donde vivían familias enteras hacinadas en una sola habitación, cobrando miserables salarios por su trabajo en las oscuras fábricas donde el ruido de los telares ensordecía los oídos.

 

Veinte años más tarde, en el Congreso de Edimburgo, el ilustre David Brewster saludaba sus huéspedes con las siguientes palabras:

- Para contribuir eficazmente al bien y a la paz de las sociedades, es preciso que la ciencia salga del círculo de los sabios y de los filósofos y que se infiltré hasta las últimas ramificaciones del cuerpo social. Si el delito es el veneno, la instrucción es su antídoto.

¿Qué será de nuestra sociedad, si a la par que aumenta el poder sobre el mundo físico y el bienestar de las naciones, no se efectúa una mejora correspondiente en la naturaleza moral e intelectual del hombre?.