Jane, la hipocresía

agosto 14, 2011 under Relatos de Historia

 

Ahora se hallaban allí, en la cubierta del pequeño barco que zarpaba a la más absoluta aventura, absortos en la contemplación de la eternidad, del mismo modo que sus ojos en la contemplación de la franja de tierra inglesa que se empequeñecía frente a ellos a medida que el barco se adentraba en un mar tan misterioso y desconocido como su futuro.

Pero no tenían miedo porque para ellos cualquier evento por insignificante que fuese lo atribuían al Altísimo, al que únicamente querían servir para gozar de su luz deslumbradora. No tenían miedo porque el entusiasmo  de servirle  les había hecho estoicos y les apartaba de la influencia del peligro y la corrupción.

Hombres y mujeres y niños ofrecían una imágen patética dentro de su ingenua vanidad. Se habían cortado el pelo para protestar contra el uso de las pelucas, tan en boga por aquellos tiempos y que ellos consideraban un insulto a la divinidad del hombre e iban vestidos con gran sobriedad.

Los hombres con corta capa, botas de cuero y sombrero de fieltro de ancha ala, sin cordón ni pluma y las mujeres con largas faldas, recatados corpiños, cofias y delantales blancos, aunque dominaba como nota peculiar de sus vestidos el negro y el gris oscuro.

Jane era demasiado pequeña todavía para comprender nada de todo esto. Con sus pequeñas manos gordezuelas se agarraba a la falda del largo vestido de su madre. Se sentía muy confusa por todo aquel ajetreo que la rodeaba y sus sonrosadas y redondas mejillas estaban cubiertas por gruesas lágrimas que resbalaban desde sus grandes ojos azules. A ella le hubiera gustado seguir viviendo rodeada de sus queridos campos siempre verdes a los que la lluvia hacia brillar. Allí había nacido y ellos eran toda su vida. Creció junto a los animales de la granja que había sido su hogar y ellos eran también parte de su familia, como sus mismos propios padres y hermanos. Ahora sin saber porque, había tenido que dejarlos y el mar tan grande, de un frío color gris metálico la asustaba mucho porque nunca había visto tal cantidad de agua junta.

A pesar de que su madre estaba a su lado, no podía dejar de sentir miedo y desamparo, le hubiera gustado preguntarle por que habían dejado su casa y se hallaban allí encima de aquel extraño artefacto que se movía y la hacía sentir enferma, pero no podía hacerlo porque Jane era aún demasiado pequeña para poder hablar, por eso lloraba en silencio, como el único modo de dejar escapar la gran pena que se asfixiaba dentro de su alma.

Pero aunque Jane fuese demasiado joven para poder expresar con palabras sus sentimientos, había algo que no hacía falta que nadie le explicase,  sabía, no con la inteligencia pero si con el corazón, que ya nunca más volvería a ver a sus gallinas, sus patos y sus cerdos, ni tampoco los prados  los árboles y las flores que rodeaban la pequeña granja de su nacimiento.

Sabía  también que a partir de aquel día todo iba a ser diferente para ella y este convencimiento interno le hacía llorar con desconsuelo.

En pocas horas estuvieron en alta mar. La travesía duró 63 días, durante los cuales los puritanos tuvieron que luchar contra los elementos y soportar estoicamente una tormenta tras otra. Desde su estrecho camarote, la niña acurrucada al lado de sus hermanos, escuchaba aterrorizada el ruido que las enormes olas producían al chocar violentamente contra los laterales de madera del barco. Dentro de su joven mente sus pensamientos eran mucho más profundos de lo que los mayores podían llegar nunca a suponer, porque aunque solo tenía tres años y no sabía lo que era la muerte, la intuía.

La travesía fue terriblemente larga para todos y especialmente para Jane que no sintiendo aquel grado de gracia divina que tan orgullosos volvía a los puritanos ante los hombres y las cosas de este mundo, sufría. y sus sufrimientos no se quedaban a flor de piel, como ellos pensaban, sino que calaban muy hondo en ella conformando para siempre la personalidad que marcaría su futuro de mujer adulta.

Los componentes del grupo, habían dominado la piedad y la ira, la ambición y el miedo, el atractivo de la voluptuosidad y hasta el horror de la muerte, en su ciega pasión por Dios y aunque sonreían y lloraban, pasando del dolor a la alegría, nunca era por las cosas de este mundo y por eso nadie tomaba en consideración el llanto de Jane y tampoco nadie se ocupaba demasiado de ella, ni siquiera su madre.

En realidad su madre nunca había parecido dedicarle suficiente tiempo porque estaba siempre demasiado ocupada con las cosas de Dios y su conducta hacia su hija había sido mas bien fría y distante. Su padre era un pastor protestante de marcada influencia calvinista, de extremado rigor moral y doctrinal, que preocupado por los discursos que debía prepara a sus fieles tampoco disponía nunca de tiempo para dedicarle y miraba con desprecio a los demás hombres porque se creía poseedor de un tesoro mas poderoso que todos : la iluminación.

Los días se sucedían uno tras otro y cuando las tormentas cesaban el sol abrasaba sin piedad sobre las cabezas de los embarcados. A veces Jane tenía tanto calor bajo las gruesas telas que cubrían su pequeño cuerpo, que intentaba quitarse las medias que asfixiaban sus pies, pero su madre se lo impedía siempre, ya que el extremado rigor moral de su doctrina impedía que hombres y mujeres aligerasen su vestimenta. Los puritanos creían que el cuerpo era algo impuro y pecaminoso y ni siquiera la tierna edad de la niña estaba exenta de transgredir la norma.

Asi pues, Jane, para protegerse de los rayos del sol, apenas si salía a la cubierta y pasaba las horas tendida sobre unos almohadones extendidos sobre el sucio suelo del camarote, comía poco y los continuos mareos, unidos al calor, la mala calidad de la comida y la falta de higiene, le habían provocado un estado de desánimo que la hacía dormir durante largas horas, entonces soñaba que al despertar todo volvía a ser como antes, pero cada vez que abría los ojos y se daba cuenta de que todo seguía igual, deseaba volver a dormirse para siempre.

Un día la pesadilla pareció terminar para la pequeña Jane y el resto de los  peregrinos que viajaban a bordo de Mayflower, la costa de América del Norte se dibujó limpiamente en la lejanía del horizonte y todos estallaron en exclamaciones de gozo y alegría. Dios los había protegido y salvado de todos los peligros a los que se habían expuesto durante aquellos terribles días de navegación, no en vano eran nobles por privilegio divino y habían sido sus elegidos. Cuando desembarcaron y tocaron aquella tierra por vez primera cayeron de rodillas y devotamente dieron gracias Dios por haber llegado a buen puerto.

Durante los primeros días que sucedieron al desembarco exploraron la costa, la tierra era salvaje y desierta y parecía rechazarles continuamente porque cada noche regresaban exhaustos y desanimados sin poder hallar un lugar adecuado para asentarse y nunca sabían si al día siguiente encontrarían algo para comer.

A Jane no le gustó aquella nueva tierra donde no había campos con flores ni verdes montes, allí todo era blanco y triste. Hacía tanto frío que los pies y las manos parecían abrasarle y tenía tanta hambre que el estómago se le encogía. Allí tampoco podía jugar con sus hermanos, porque poco a poco y uno tras otro, se habían ido durmiendo y ya no habían vuelto a despertar.

Hasta que un día su madre también se durmió para siempre. Su padre le contó que había ido a reunirse con ellos y con Dios y a partir de entonces Jane solo esperaba que llegase la noche, para sumirse en aquel sueño eterno que la arrebatase para siempre de aquel lugar y la llevase al Cielo donde ellos se encontraban.

 

Las relaciones entre los indios y los recién llegados fueron al principio sumamente amistosas. Tras un largo período de convivencia, los indígenas enseñaron a los ingleses a trabajar la tierra que tan inhóspita les había parecido al principio, a cultivar el maíz, cereal apenas conocido a la otra orilla del Atlántico y a utilizar los restos del pescado como abono, entre otras muchas cosas. Paralelamente se estableció un intenso comercio entre ambas civilizaciones porque comprendieron que la cooperación era el mejor camino para la convivencia.

Jane se había convertido en una joven, que destacaba entre todos los demás componentes del grupo por su vitalidad. En realidad ella nunca se había considerado escogida por Dios, sino que solo creía ser un ser humano embarcado en la aventura de la vida y así pues pasaba mas horas intentando vivirla, que en la Iglesia.

Desde muy niña frecuentaba el poblado de los indios, acompañando a su padre en las visitas que les hacían para intercambiar los productos de la tierra que cultivaban y también a través de ellos, había conseguido integrarse en aquella nueva patria que tanto había odiado cuando llegó.

Casi sin darse cuenta había ido substituido a su familia por una de las tribus indígenas que habitaban cerca del poblado inglés y en ellos halló todo el calor que nunca pudo encontrar entre los suyos, pues su padre continuaba más ocupado hablado con Dios que con ella.

Sin embargo Jane sabía que en el fondo, los indios eran considerados por sus compatriotas como unos seres salvajes, descreídos y holgazanes a los que solo toleraban por conveniencia. Y también se daba cuenta de que el resentimiento de los indios comenzaba a aumentar, sobre todo a medida que nuevas expediciones de europeos iban llegando al país e iban naciendo florecientes ciudades a orillas del océano Atlántico e incluso más al interior. Las nuevas oleadas de colonos en su camino hacia el oeste usurpaban las tierras de los indígenas y los incidentes comenzaban a proliferar, especialmente aquel verano de 1636 cuando un comerciante de la ciudad de Boston fue asesinado en Block Island por un indio de la tribu pequot y los colonos británicos organizaron una expedición de castigo.

Jane se sentía avergonzada de aquella actitud y temía que aquel incidente le impediría ser bien recibida entre la tribu nativa que la había adoptado. Decidió tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre. Aquella tarde se encaminó como de costumbre hacia el poblado indio completamente decidida abandonar a sus compatriotas y renunciar a su propia raza.

 

El chamán alcanzaba el estado de éxtasis mediante sus bailes y cantos que podían durar horas y horas, llevaba puesta una máscara de vivos colores e incansable, retorcía su cuerpo y agitaba sus manos al son de una música monótona y grave, así se comunicaba con los espíritus ya que no en vano era el intermediario entre el hombre y Dios. El concepto del bien y el mal  se encarnaba especialmente en el brujo de la tribu, el chamán, creencia que se perdía en los albores de la historia.

Aquel día, en aquella ceremonia, se pedía algo muy especial a los dioses, su aprobación en la adopción de Jane como un miembro más en el seno de la tribu  y el destino de aquella muchacha inglesa dependía de su veredicto.

Ante la duda, aquella niña perdida que un día embarcó en el Myflower rumbo a lo desconocido, volvía a sentirse desamparada. Hacía tiempo que había perdido a su patria y junto a ella su hogar y sus hermanos. A sus padres nunca los perdió porque nunca los tuvo, ya que solo su Dios, intransigente y cruel los había poseído. Ahora solo podía confiar en que aquel otro Dios de los indígenas, que hablaba a través de aquel brujo, embadurnado en pinturas y oculto tras una máscara, se compadeciese de ella y la aceptase.

Cuando el chaman termino su danza se acercó a la joven que sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la cabeza erguida esperaba pacientemente el veredicto que había de decidir su destino. No le dirigió la palabra, simplemente le ofreció su mano para alzarla. A partir de aquel momento, Jane sabía que era una mas entre los miembros de la tribu. Entonces todos los componentes de la misma se acercaron a ella para abrazarla y Jane pensó que el Dios de sus padres no podía ser verdadero, porque no había amor en Él y en el fondo de su corazón sabía, con aquella sabiduría innata que conservaba desde la niñez, que Dios es solo amor.

 

En el año de 1639 las autoridades de Massachusetts, autorizaron a un grupo de colonos británicos al mando del capitán John Mason, a exterminar a casi la totalidad de los indios pequots.

Olvidando incluso a los que habían bautizado y se mostraban orgullosos de la civilización de los invasores, se dirigieron a su más importante reducto y mataron mas de 5000 de sus habitantes. Los supervivientes fueron perseguidos y la tribu diezmada.

En el periódico Weekly Leader, un pastor puritano de la iglesia reformadora calvinista escribió después un articulo que decía así:

Los indios son un tropel de infames ladrones vagos y apestosos infieles que todo hombre honesto no puede menos que desear  sea exterminado. El firmante de semejante articulo era el padre de Jane. Sin duda no sabía al escribirlo, que su hija desaparecida hacia tiempo de su lado, estaba entre las víctimas de la masacre.

 

Arabela, el embrujo

julio 8, 2011 under Relatos de Historia

 

El hombre, un sencillo pastor de edad indefinida, continuó hablando durante largo rato sin que nadie le interrumpiera. La concurrencia que le rodeaba, en su mayoría mujeres y niños, se había incrementado lentamente a medida que los campesinos que regresaban a sus hogares se unían al grupo.

Sólo al cabo de largo rato de escucha silenciosa, uno de ellos se atrevió a romper la magia de aquellas palabras que parecían fascinar a todos los oyentes e interrumpió la larga oratoria…

- Pues yo creo que todo esto que explicas es un cuento. Seguro que estabas borracho cuando la viste. Si es que  la viste.

- Pues yo si creo que la vio- añadió otro.

Esta intervención dividió rápidamente al grupo en dos bandos contrarios.

A medida que los ánimos se calentaban se enzarzaron rápidamente en una discusión que podía haberse hecho interminable y que amenazaba acabar en feroz pelea, si no hubiese sido por la feliz intervención de uno de ellos, quien subiéndose a una de las piedras más altas del camino zanjó la discusión, gritando simplemente:

- Pues yo pienso que la mejor manera de ponerse de acuerdo es averiguarlo por nosotros mismos y encontrar a la bruja-.

Tras unos breves segundos de reacción el asentimiento de todos fue unánime. Rápidamente los ánimos pasaron de la exaltación a la impaciencia y abandonando las discusiones, todos se pusieron a planear la acción.

Capitaneados por el hombre que había hablado, trazaron un plan de estrategia: al día siguiente, los habitantes del pueblo recorrerían el bosque divididos en grupos de cuatro y las mujeres y los niños se quedarían vigilando en la entrada para evitar que la bruja escapase con sus malas artes mientras los hombres la buscaban. Todos tenían motivos para vengarse de ella y no podían dejar que se burlase de nuevo.

 

La leyenda se remontaba al pasado y había corrido de boca en boca sin que nadie hubiese podido averiguar nunca que había de cierto o no en ella.

Hacia tiempo, una vieja fea y desaliñada llamada Arabela vivía en una de las casas más apartadas del pueblo. Nadie conocía exactamente su historia, pero los más ancianos del lugar contaban que en un tiempo fue una joven malvada pero extraordinariamente hermosa, hija de un cura y de una prostituta. Abandonada a su suerte después de su indigno nacimiento y dotada de unos encantos a los que los hombres no podían resistir, había tenido infinidad de amantes, a los que había asesinado con sus propias manos, uno tras otro, después de haber obtenido de ellos dinero y placer.

Al paso de los años aquella hermosa mujer dilapidó su fortuna con la misma rapidez que sus amores y acabó viviendo sola, en una casa miserable de aspecto lúgubre, con la única compañía de un extraño gato negro y un par de lechuzas cuyos ojos vigilaban la casa día y noche; y de los cuales según se decía que era ella misma la que tomaba su aspecto para mezclarse con la gente del pueblo sin que nadie lo advirtiese.

También, según contaban, se untaba el cuerpo con unas substancias misteriosas que la hacían remontarse por los aires a lomos de su escoba voladora para reunirse en las noches del sábado con sus iguales, llegados de los más lejanos parajes donde adoraban al mismísimo demonio en forma de macho cabrío, danzando juntos en torno a un caldero lleno de horribles ingredientes: sangre de seres humanos mezclada con ungüentos y jugos mágicos.

Un día la vieja mendiga a quien todos habían comenzado a llamar bruja,  fue a pedir limosna a una de las casas del pueblo. Al negársela, su cólera fue terrible y vociferó que pronto se acordarían de ella jurando hacerles a todos mal de ojo.

A los pocos días, moría el hijo mayor de la casa y los dueños recordaron de inmediato la amenaza de la mendiga. Los hombres de la familia del muchacho fallecido, se reunieron y le salieron al encuentro para llevarla arrastrando al pie de la cruz del término donde habían preparado una hoguera. Allí la ataron a un roble donde habían preparado una pira de leña seca, le prendieron fuego y la arrojaron a las llamas abandonándola a su suerte.

Después de aquel suceso, no se volvió a saber nunca más nada de la desgraciada mujer. Nadie sabía si se había salvado del fuego o si su espíritu continuaba viviendo en lo más profundo del bosque para seguir vengándose de los vivos. Así pues, cada vez que alguien enfermaba o moría en la aldea, todos  atribuían aquel infortunio a la venganza de la bruja.

 

Los hombres comenzaron la búsqueda al amanecer y a lo largo del día recorrieron hasta los más apartados rincones del bosque sin hallar ni rastro de la vieja. Cuando el sol declinó, se encontraron cansados y sin ánimos de seguir. Entonces, desalentados y de común acuerdo, decidieron regresar al pueblo.

Solo uno, Tomás, el mismo hombre que había jurado ver a la bruja, resolvió continuar la búsqueda. El resto de sus compañeros le tacharon de loco e intentaron convencerle inútilmente del peligro que podía correr si permanecía allí, pero ninguno sabía que algo en aquel lugar atraía irremisiblemente a Tomás y le obligaba a seguir buscando hasta encontrarla.

Le dejaron solo y la noche le envolvió pronto con su gama de susurros desconocidos que parecían surgir por todas partes, mientras extrañas sombras que convertían a los árboles en fantasmas imaginarios.

Tras algunas horas de vagar perdido y exhausto se refugió en el interior de una cueva acurrucándose contra las rocas. Sólo entonces, se sintió a salvo. Pensó que quizás debería haber sido más sensato y regresar con los demás al pueblo para continuar la búsqueda al día siguiente, pero ya sólo podía quedarse allí y esperar a que pasase la noche. Entonces, cuando sus ojos comenzaban a cerrarse, rendido por el sueño y el cansancio, escuchó una hermosa voz que parecía surgir del interior mismo de la cueva.

- Tomás, ven conmigo, te estoy esperando-.

El hombre pensó que quizás soñaba. Él había ido a buscar a una bruja, pero aquella voz tan dulce y atrayente parecía haber surgido de los labios de un hada. Extrañamente dejó de sentir miedo, sólo deseaba acercarse a ella. Incorporándose, comenzó a avanzar hacia el interior de la cueva, donde la voz parecía repetir su nombre cada vez con más dulzura, y entonces la vio.

Una mujer tan hermosa como nunca hubiera podido imaginar. Sus ojos de un verde intenso brillaban en la oscuridad. Sólo iba vestida de resplandor pero tampoco parecía tener cuerpo, porque Tomás podía ver la cueva a través de ella. Los cabellos largos y oscuros que enmarcaban aquel rostro perfecto parecían flotar en el aire como una aureola. De pronto, sus manos largas de uñas afiladas le atrajeron hacia ella y él hombre, incapaz de resistir aquel abrazo, sucumbió, dejándose envolver por el embrujo que emanaba de aquella extraordinaria figura.

 

Al amanecer, los hombres de la aldea no fueron al trabajo para continuar la búsqueda de la bruja. Debían encontrar de una vez a la malvada vieja que traía tantas desgracias al pueblo, para atraparla y darle muerte antes de que todos cayeran bajo su maligno hechizo.

Y aquel día tuvieron más suerte, como si sus pasos ya conocieran el lugar donde se encontraba. No tardaron en hallarla dormida en el interior de una de las cuevas del bosque. No podía ser otra, era exactamente igual a la descripción que Tomás había hecho de ella; una mujer vieja y arrugada, de una fealdad increíble. Pero lo que a todos llenó de estupor fue que no se hallaba sola, ya que el mismo Tomás, yacía a su lado dormido entre sus brazos. Cuando lograron reaccionar del asombro que esto les ocasionó, separaron bruscamente al hombre de la bruja y a ésta se la llevaron entre todos, arrastrándola por los cabellos.

Tomás trató de impedirlo desesperadamente, pero nadie comprendió su reacción e imaginaron que el contacto con aquel ser malvado le había enloquecido. Lo que ninguno podía saber, es que allí donde todos veían a una bruja repugnante y malvada, él veía a la hermosa mujer de la que se había enamorado locamente en una noche.

La extraña y tétrica comitiva llegó hasta las orillas de un lago que se abría entre la espesura de los árboles. Un sacerdote acompañaba al grupo.

Ataron a la mujer a un árbol mientras sujetaban fuertemente al hombre que gritaba y pedía clemencia para ella. Aquella vez estaban dispuestos a celebrar un juicio justo, un juicio de Dios que les liberase para siempre de aquella pesadilla y limpiase sus conciencias de culpa.

Se celebró la santa Misa, se impartieron los sacramentos y después se bendijo solemnemente el lago antes de comenzar la ceremonia.

La  prueba del agua fría consistía en arrojar a la acusada a las aguas sin compasión; si flotaba, sería prueba que el demonio, cuya sustancia era espiritual y volátil, había penetrado en todas las partes del cuerpo y le comunicaba su ligereza, entonces sería ejecutada inmediatamente.

Pero si por el contrario se sumergía, sería rápidamente extraída del agua con las mismas cuerdas que la ligaban.

Antes de comenzar  el ritual, el sacerdote pronunció las siguientes palabras en voz alta: Si Dios es justo, no debe permitir el triunfo del malvado y puesto que es omnipotente suspenderá las leyes de la naturaleza o las dirigirá de modo que prevalezca la inocencia.

Entonces Tomás, en una explosión de desesperación encontró fuerzas desproporcionadas a la envergadura de su cuerpo y consiguió desligarse de las cuerdas que lo aprisionaban.

Como un verdadero loco, corrió hasta la misma orilla del lago y ante la sorpresa de todos lo presentes, se lanzó al agua al mismo tiempo que el cuerpo de la mujer era arrojado a ella, poniendo sus brazos alrededor del cuerpo de la bruja para impedir que flotase y arrastrarla así consigo a las profundidades. El pueblo, al contemplar semejante acto de locura, abandonó entonces las cuerdas con que habían atado el cuerpo, dejándolo libre.

Tomás no sabía nadar y ambos descendieron lentamente hasta los mismos abismos del lago. Mientras lo hacían, y a medida que el oxígeno abandonaba sus pulmones y la vida se escapaba de su cuerpo, el pastor miró por última vez a su amada: la cara de ángel se había transformado en el deforme rostro de una bruja que se reía de él, enseñándole como aquel día que la descubrió en el bosque una boca vacía de dientes…