Zur, el arte

agosto 24, 2009 under Relatos de Historia

 

Z U R,   El  Arte

Dordogne, prehistórico, 15.000 a.C.

 

 

Z

ur estaba sentada a la orilla del río, el agua corría limpia y transparente y ella observaba fijamente las piedras del fondo. Hoy había vuelto a ver a su madre enferma, pero ella no le había cogido las manos, ni de sus labios habían surgido los dulces sonidos que la hacían sentirse querida. Aquel día su madre estaba quieta, inmóvil, estirada en su lecho de pieles de oso y sus ojos no la habían mirado ni parecían mirar a ninguna parte.

No comprendía que le podía pasar a su madre, hasta el color de su cara curtida por el sol había cambiado y su piel le recordaba a la cera de los panales de las abejas. La había tocado casi con miedo y estaba tan fría que enseguida retiró su mano asustada. Su madre no parecía la misma de siempre. Habían llamado al hechicero para que la viese pero a Zur la asustaban los tatuajes con los que cubría su cuerpo y sus dientes afilados como puntiagudos estiletes. Se había ido a pasear para no verle y estar a solas con sus pensamientos.


Zur era muy joven, casi una niña, su cuerpo atlético estaba rematado por largas piernas que la pequeña falda hecha de hojas entretejidas dejaban al descubierto y su seno desnudo estaba aún poco desarrollado. Tenía el cráneo alto y anguloso, aunque más bien pequeño, la nariz afilada y la frente abombada.

    
Vivía con su extensa familia, padres, abuelos y numerosos hermanos, en una choza construida con troncos de árboles, ramaje y piedras, bajo los salientes de
unas rocas y en la pendiente de una montaña no lejos del río. Era una buena morada, orientada al sol y protegida del viento, un cobijo seguro para resguardarse de las inclemencias del tiempo. Estaba rodeada por otras chozas cercanas similares donde vivían numerosas hordas también emparentadas con las suya. Todas tenían un corral anejo al descubierto y pequeños silos para los recipientes de grano y frutas desecadas.

Su padre y todos los demás hombres eran cazadores, como todos los padres y demás hombres de las viviendas vecinas. Cazaban en común, empleando en ello, venablos, lanzas y unas enormes porras, preparando trampas en el suelo mediante fosas recubiertas de hojas. A ella nunca la querían llevar de cacería, pero su hermano Tor se las explicaba.

Su madre, los niños y todas las mujeres de la familia dedicaban el día la recolección de frutos silvestres, raíces y huevos de nidos que los pájaros ponían en los árboles y también a la caza de reptiles, roedores y aves, como todas las madres, mujeres y niños de las demás viviendas.

Pero a pesar de vivir próximos los unos de los otros, todos trataban de salvaguardar su propia intimidad y nadie se sentía miembro de una manada, como los animales. Defendían su aislamiento y reposo tras las agotadoras jornadas en busca de alimento, jornadas que ocupaban todas las horas del día, desde que amanecía, hasta que se ponía el sol.

Ella siempre se había sentido feliz y segura rodeada de los suyos, incluso en la estación fría del año, en las que todas las familias se refugiaban en las profundas cuevas. Entonces su padre y hermanos mayores construían muros de protección en la entrada para guardarles de las fieras y del frío intenso y las mujeres se dedicaban a la conservación del fuego que calentaba la cueva y era indispensable para su existencia. Ocupaban una gran habitación que recibía luz exterior. Allí habían nacido ella y todos sus hermanos.


Recordaba como los hombres habían pintado en las paredes de piedra y a la luz de las antorchas, el contorno de sus propias manos, para advertir a los espíritus de la presencia de seres vivos en el interior y se abstuvieran de visitar la cueva. También habían pintado las siluetas de muchos de los animales que cazaban, pues todos creían que al plasmar la acción deseada la imagen atraería la realidad. Utilizaban grasa animal, huevo o sangre y los aplicaban con los dedos o soplando con la boca. Los colores eran tan brillantes, que la luz al proyectarlos sobre las irregularidades de la superficie, le daba una asombrosa sensación de realidad, creando tal impresión de vida, que el jabalí, el bisonte o el ciervo dibujado parecían salir de sus planos y convivir con ellos en el interior de la cueva. Nunca se pintaban a ellos mismos para evitar ser reconocidos y recibir los efectos de la magia de destrucción que afectaba a todos los seres allí representados.

Recordaba especialmente un caballo, cuya silueta se destacaba por su belleza de los demás, su preferido. A ella también le hubiera gustado pintar, pero las mujeres debían de ocuparse de otras cosas y esto la ponía triste, tanto, que un día su hermano Tor, para consolarla, capturó un caballo igual al que él había pintado y se lo regaló.

Vivieron tanto tiempo en la cueva, que desconocía la existencia del sol, de las montañas y de los árboles, pero como no los conocía tampoco los encontraba a faltar. Cuando el frío cesó y la nieve se deshizo, todos volvieron a salir al exterior y entonces Zur hizo maravillosos descubrimientos… podía cabalgar por las inmensas llanuras y bañarse en el río a la luz del sol… todo era nuevo y estaba lleno de misterio, un misterio que ella iba descubriendo poco a poco, a la par que su cuerpo crecía y se desarrollaba.


A veces sus hermanos la llevaban a dar largos paseos en canoa por el río y mientras capturaban truchas y lucios con sus arpones ella se bañaba y jugaba con el agua.

Pero aquel día no había nadie allá, el río estaba desierto y Zur tampoco deseaba bañarse. Todos estaban en la casa al lado de la madre, su extraña madre, tan quieta, tan blanca, tan callada, como poseída de un extraño sueño del que parecía no poder despertar.

La madre era objeto de veneración por parte de todos, ella aseguraba la continuidad de su grupo aportando periódicamente nuevos hijos y determinaba la pertenencia a la familia, pero Zur quería a su madre por otras razones, porque era suya y porque se sentía protegida y segura a su lado.

No conocía aún la muerte porque no había visto morir a nadie todavía, si alguna vez desaparecía uno de los hombres después de las largas jornadas de cacería, nadie le explicaba porque no había vuelto con los demás, simplemente desaparecía.

Sin embargo la idea de la muerte no podía pasar inadvertida por un espíritu dotado cada vez de más conciencia.

- Quizá la muerte fuera la entrada al reino de un sueño extraordinariamente largo – pensó – y si era así… ¿cuanto tiempo dormiría su madre?..


Abstraída en sus pensamientos y confundida con los sentimientos que nacían de ellos, le pareció que una de las piedras del fondo del río le recordaba la silueta del caballo que semanas antes había capturado para ella su hermano Tor, alargó la mano y la cogió, aunque para hacerlo tuvo que hundirse hasta las rodillas en el agua.

Estuvo contemplando la piedra durante mucho rato fascinada, se dio cuenta de con unos simples retoques podía representar la crin, el ojo y la cola del hermoso animal. Miró a su alrededor tratando de encontrar un elemento que le pudiera proporcionar el color deseado y localizó unas piedras de pizarra, después las frotó unas contra las otra con vehemencia, hasta obtener un polvillo oscuro que mezcló con el agua, consiguiendo una especie de pintura en la que untó su dedo y con él dio a la piedra los retoques necesarios para que tuviese el aspecto del caballo rojo de negra crin.

Miró su obra con ojos críticos y se sintió satisfecha. Imaginó a su madre montada a lomos del caballo que había creado y después sintió que ambos cobraban vida y emprendían un galope veloz.

Algo húmedo cayó por sus mejillas, no era la primera vez que ocurría y aunque no comprendía bien por qué, ahora se sentía mejor. Había vuelto a ver a su madre tal y como la recordaba antes, hermosa, feliz, sonriente y le pareció que le trasmitía todo su amor y le decía que no debía estar triste. Había emprendido un viaje muy largo y aunque no podía llevarla consigo, algún día vendría a buscarla.

Se incorporó y se encaminó con rapidez hacia la vivienda de sus padres, sus pies parecían tener alas, llevaba la piedra rescatada del fondo del río apretada contra su corazón. 


Zur atravesó la llanura y trepó por la montaña, ya no se sentía triste ni confusa, había podido expresar su dolor y éste había quedado impreso en aquella piedra para siempre.


Había descubierto el arte… había nacido la artista…

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